… DE LA VIDA XII…

XII.

Pedro decidió estudiar Filología Inglesa porque le apasionaba el Inglés. Sus grupos musicales preferidos eran casi todos británicos o estadounidenses. Podía pasarse horas y horas escuchando música, siguiendo las letras de las canciones, para luego traducirlas. También le gustaba el cine. No se perdía ninguna película en versión original con subtítulos que pasaban por la tele, en el Cine-Club de la segunda cadena. Se sabía los títulos originales de las películas, lo que le hacía parecer un pedante de lo más pretencioso cuando llegaba al Instituto y conversaba con sus amigos: “Joder, tengo un sueño de la hostia. Ayer me quedé a ver Freaks, de Tod Browning, hasta las tres menos cuarto de la madrugada. Es una película cojonuda, con todos esos seres deformes…”

“¡Ah, sí! Te refieres a La Parada de los Monstruos; también me quedé yo a verla. Pero si dices siempre el título en Inglés, ni dios te va a entender”, solía contestar alguno que todavía no había huido.

El Inglés era su futuro: escribiría, traduciría, compondría canciones, vería películas sin subtítulos – todas las de Peckinpah, Wilder, Hitchcock, Altman, Coppola,… -. No veía aún cercano el momento en que se marcharía de casa. La situación con sus padres era casi insostenible. El choque generacional estaba llegando a su límite. Lo mejor sería separarse de ellos para poder hacer su vida sin las consabidas interferencias paternas. La cuestión era: “¿Adónde me voy yo a estudiar?”. León estaba demasiado cerca del radio de acción de papá y mamá, y, además, sólo podría estudiar allí el primer ciclo para luego tener que irse o otro sitio a terminar su licenciatura en Filología Inglesa. Decidió irse a Oviedo después de pasar un fin de semana de juerga con sus amigos, entre los cuales estaba Humberto, que llevaba dos años en Oviedo estudiando Psicología. Humberto le contó todas las ventajas de estar allí: una ciudad no excesivamente grande, con mucho ambiente nocturno, y sin ser éste exclusivamente universitario, algo que ambos odiaban visceralmente – tunas y demás algarabía con un tufo muy, pero que muy decadente -. Además, había que contar con el resto de Asturias: Gijón, Avilés, Mieres, Llanes, todas las fiestas y romerías en pueblos de la costa y de la montaña… Parecía un buen plan el irse a estudiar a Oviedo.

A todo lo anteriormente mencionado, Pedro unió la parte sentimental, propia e intransferible. Se sentía genéticamente muy revolucionario: su abuela, miembro del Partido Comunista desde 1930, Había estado en Asturias durante la Revolución de Octubre del 34, ayudando a sembrar ilusiones renovadoras en la gente oprimida. Iban a conquistar el mundo. El pueblo vencería, si duda…

Pero la abuela Dolores murió en las calles de Oviedo. Franco había tomado el mando de las operaciones contrarrevolucionarias, y un regular se cruzó en su camino, y tras dispararle en su pierna derecha, atravesó el frágil cuerpo de Dolores con su maldita bayoneta calada. Se desangró allí mismo, tirada en la calle y sin que nadie pudiese ayudarla. Esa era, al menos, la versión de la señora Anuncia, una antigua amiga de Dolores, viuda de Ramón ‘El Stalin’, el cual también había participado en aquella mítica revolución del ’34 junto con muchos otros compañeros bercianos, aunque él tuvo más suerte que Dolores: murió en el ’91, de puro viejo.

A Pedro le gustaría saber dónde había muerto su abuela, en qué calle, en qué dos metros cuadrados había respirado por última vez. Le rendiría el homenaje merecido.

Toda esta historia, aunque pueda formar parte de un mito, aunque pueda haber sido exagerada un poco debido a la literatura oral popular, se la había oído contar a su tío Carlos cuando éste estuvo de visita – para confirmarla, Carlos llevó a Pedro a casa de la anciana Anuncia para que así su sobrino pudiese escuchar todo el relato por boca de una amiga de su abuela; por boca de la que, ocho meses después de lo ocurrido en Asturias en el ’34, se casó con ‘El Stalin’, que había vivido casi en directo, según contaba él cuando se ponía en plan batallitas, la agonía de Dolores. Su madre, que no quería recordar las aventuras proletarias de “Mamá Dolores”, no contestaba nunca a las preguntas que Pedro le hacía al respecto. Hacía ya dos años que Pedro se interesaba por la vida y milagros de su abuela; le gustaba ver aquellas fotos antiguas en las que se veía a su abuela, junto con otras mujeres, en la Cooperativa de Tabacos que habían montado.

No quedaba la más mínima duda, Oviedo era el sitio idóneo para irse a estudiar, o a lo que fuese menester. El espíritu de la abuela Dolores le protegería, seguro.

Anuncios

6 comentarios en “… DE LA VIDA XII…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s