… DE LA VIDA XIX…

XIX.

Al ver que los invitados comenzaban a irse para sus respectivos hogares, Ingrid y Pedro se unieron al gran grupo, que aún conservaba intacto el ánimo ya que la gente perseveraba y seguía entonando variados cánticos, con la única excusa de prolongar la fiesta, que luego ya vendría la rutina propia de cada una de las moradas.

Pedro no se separaba de Ingrid. Sentía cierto pánico al momento en que tuviese que enfrentarse a sus padres. Podía verlos sentados en una mesa al fondo, charlando animadamente con sus tíos Martín y Laura. Eso podía ser una buena señal, que, de momento, aliviaba un poco la ansiedad que acababa de nacer en Pedro. Miró a los ojos a su nueva amiga y ella le contestó con una sonrisa graciosa, acompañada de un guiño de su ojo derecho. No pasaba nada, todo iba sobre ruedas, al menos hasta ese instante.

– Sonreíd, que va una foto. ¡Pataaaata!

Y ambos semi-posaron para una instantánea, obsequio del primo Jose, que, al final, no había podido ligarse a ninguna chica – la rubia se le había escapado viva -, y ahora se divertía, en su borrachera, sacando fotos con su cámara ‘made in Taiwan’ a todo el mundo. Será la única fotografía que Pedro tendrá de Ingrid… aunque no por mucho tiempo.

– Oye, Pedro, vete a avisar a los tíos, que os hago una foto de familia.

– No, no, yo paso, que ya hicimos una en la iglesia con los novios.

Volvía el pánico a asomarse a través de los cristalinos ojos de Pedro. No soportaba la amarga sensación que le producía la cercana presencia de la misma vida de siempre: de regreso a casa con sus padres, y a capear el temporal como buenamente pudiese. El tiempo comenzaba a correr demasiado aprisa.

– Pedro.

– ¿Sí?

– Voy a darte mis señas y mi número de teléfono, que mis padres me están avisando de que ya nos tenemos que ir. Toma, si quieres me escribes, y si no, pues también lo haces. No me seas vago, ¿vale?

– ¡Ah! Gracias. Espera, que yo también te voy a escribir mi dirección y mi teléfono… Así que vives en Madrid.

– Si, ya ves. Trasladaron a mi padre allí hace seis años, y no me queda otro remedio que estar en esa puta ciudad; pero en cuanto pueda me iré lejos… No sé, a estudiar a cualquier otro sitio, puede que al fin del mundo, o del Universo, quién sabe…

– Yo también me iré a estudiar fuera, probablemente a León, que me queda más cerca de casa. Bueno, yo qué sé. Ya veremos.

– Ya… Voy a despedirme de mi primo Jesús, a hacer un poco la típica escena hipócrita con toda la familia y toda la mierda de siempre. ¡Cómo lo odio, JODER!

– Anda, eres prima de Jesús; pues yo soy primo de Natalia, su desde hoy esposa. Vaya una coincidencia.

– Entonces, esa circunstancia nos convierte en primos… de primos, ¿no?

– Pues igual sí, supongo.

Pedro no había captado ni por asomo la ironía que Ingrid acababa de lanzar al aire, tan sólo se concentraba en anotar su dirección con letra clara y legible.

El cerco enemigo se iba cerrando más y más sobre la trinchera de Pedro. Pocas personas revoloteaban aún por la escena, la inmensa mayoría había abandonado ya las tablas, unos para largarse, y otros para dormitar los distintos grados de intoxicación etílica, con la esperanza de que no hubiese policía de tráfico en el trayecto de vuelta que les hiciese soplar por el alcoholímetro, “bendito” aparato.

Su padre, Aurelio, no cesaba de enviar flechas desde el arco de su mirada, que partían certeras hacia la diana, pero sin que ninguna hubiese hecho aún blanco en las retinas de su retoño. Pedro no había hecho todavía el suficiente acopio de valor como para dirigir su mirada abiertamente hacia la zona del salón en la que estaban ubicados sus padres. Ingrid se iba a marchar ya, y se quedaría como Gary Cooper, solo ante el peligro. Sus únicas alternativas consistían en contar las balas que le quedaban, ajustar bien el revólver en la cartuchera y, sobre todo, no perder de vista al enemigo, controlar cada uno de los movimientos estratégicos de los forajidos Aurelio y Angustias, la temible banda de la doble A.

… DE LA VIDA XVIII…

XVIII.

Pedro estaba a punto de cumplir seis años. Ya estaba en primero de E.G.B., en clase de Don José Tejeiro, maestro por imposición institucional desde el año 41. Se pasaban los primeros diez minutos de la mañana rezando y cantando, a continuación, el “Cara al Sol”, himno entre los himnos durante los años oscuros del franquismo. Los castigos eran ejemplares, aunque a Pedro todavía no le había tocado sentir el dolor que producían los latigazos propinados con una vara de mimbre, perfectamente lijada, en las yemas de sus dedos. Era de los pocos elegidos que podían presumir de esa suerte. Entre los pelotas agraciados, también se encontraba su amigo Simón. Los dos, después de clase, solían jugar a la peonza o a las canicas en buena armonía, sin enfadarse nunca.

Un buen día, Simón no apareció por la escuela. Llegó Don José muy apesadumbrado; no rezaron ni cantaron el himno fascista de rigor. Hubo un momento de silencio que a todos pareció eterno. Todos los niños permanecían inmóviles en sus asientos, callados y notando en el ambiente que algo extraño sucedía.

“Queridos niños, hoy es un día muy triste para mí, para todos vosotros, para el pueblo de Cacabelos en general. Vuestro compañero Simón ha muerto. Ayer se cayó al río desde el puente y se ahogó. Nadie vio cómo sucedió, nadie pudo hacer nada por él… Vamos a rezar un Avemaría y un Padrenuestro por el alma de nuestro querido Simón. Por la tarde no habrá clase, iremos desde el colegio, en formación solemne, hasta la iglesia para posteriormente asistir a la ceremonia religiosa que se oficiará por el alma del pobre Simón. Acto seguido, nos dirigiremos al cementerio para así rendir un último homenaje a nuestro compañero y amigo. Hoy es un día de luto para todos nosotros. Recemos”. De uno de los ojos del anciano maestro, brotó una lágrima que resbaló despacio, muy despacio, por su mejilla hasta morir rebotada contra el borde de su mesa.

Pedro ya había oído con anterioridad la palabra “muerte”, pero esa era la primera vez que sentía cómo esa maldita palabra se contextualizaba.

“¿Qué ocurre, que Simón no va a volver nunca más a clase? ¿No voy a poder jugar más con él? Jolines, si aún me debe tres canicas que le gané la semana pasada…”. Pedro sintió un enorme vacío en sus entrañas. La clase estaba llena de niños, cada uno de ellos ocupando su puesto habitual. Sólo había un pupitre, con su correspondiente silla plegada, desierto. Pedro permanecía justo al lado de ese pupitre, observando atentamente el vacío, recibiendo la primera impresión de la muerte, como una certera pedrada, en todo su pequeño ser.

Desde hace dieciocho años, Pedro nunca falta a la cita con su amigo Simón. El día quince de noviembre se lo había reservado a él. Iba al cementerio, contemplaba la foto de su amigo – “¿cómo serías ahora? ¿Seguiríamos siendo amigos?” -, y le contaba sus historias durante un buen rato para, al final, despedirse, como siempre, hasta el año próximo.

Muerte, siempre acechando y dejando muescas a nuestro paso. Ahora volvía Pedro a sentir cercano el aliento de la dama de la guadaña, demasiado cercano, empañando los cristales de su ventana… Pero esta vez era distinto, quizá esta vez existía algún tipo de justificación.

… DE LA VIDA XVII…

XVII.

La temperatura ambiente había bajado unos grados debido a la copiosa lluvia caída unas horas antes. Fernando, que siempre tenía las manos frías, trataba de calentárselas apretándolas con fuerza contra la humeante taza de café recién hecho que Pedro le acababa de servir. Pedro, como tenía por costumbre, se había bebido el suyo en un santiamén: dos, tres tragos a lo sumo, y la taza vacía sobre la mesa. En ese momento lo apuró más que nunca, ya que no podía perder el hilo de la historia. Tenía multitud de datos que contar rondando por su cabeza, saltando, como una abeja lo hace de flor en flor, de neurona en neurona, y no era precisamente el momento idóneo para tomarse un café con leche de forma pausada, con un cierto relax que permita ir saboreando todo el aroma del café. Pedro ya había resumido interiormente todo lo que le quedaba por decir.

– Estás situado, ¿no?

– Sí, hombre. Estabais fuera hablando, y la tía te estaba dejando impresionado.

– Eso es. La cuestión es que ella me dio un beso, que yo entendí como un gesto cariñoso sin más. Comentamos lo que había ocurrido mientras nos fumábamos otro canuto. Bueno, el caso es que ella me dejo muy claro que yo no le gustaba, y que lo que había sucedido no significaba nada para ella – algo que yo ya me sospechaba -. ¿Dónde iba yo con aquel aspecto de pardillo?… No, no me mires así; a la foto te remito, ¿tú la has visto bien…? Pues eso.

Pedro enciende su enésimo cigarrillo, da dos caladas muy profundas, expulsando el humo a continuación como si le fuese la vida en ello, y prosigue.

– Luego, trató de aconsejarme. Nada, lo típico, que si empezaba a tomar drogas, a beber, que controlase, que ella llevaba unos años metiéndose caña, pero siempre sabiendo cuando echar el freno. La verdad es que no sé si he seguido al pie de la letra sus consejos, pero yo controlo ese tema mogollón: disfruto de todo cuando tengo que hacerlo, y sé cuando no ha lugar fumarse un peta o meterse una raya. Ya sabes a lo que me refiero, ¿no?

– Buenooo… la verdad es que no mucho. Yo sólo probé un porro una vez, en la última fiesta que distéis. Me lo pasaste tú.

– ¡Ah? Pues ni me acuerdo… … Joder, a mí esto de los resúmenes sólo se me da bien por escrito. Cuando hablo quiero contar tantas cosas al mismo tiempo que, en ocasiones, pierdo un poco el hilo del relato. A ver… Sí. Me puse a morir de nuevo, vomité yo creo que hasta trozos de estómago, pero ella me ayudó, cuidó de mi. Y ahora viene lo más “heavy”: en cuanto me recuperé, va y me dice que antes, en el baño, me había violado.

– ¡Hostias! ¡¿Que te había violado?!

Por fin Fernando se atreve a interrumpir el monólogo de Pedro.

– Sí, sí, así como suena. En ese momento me dijo algo que nunca había dicho a nadie, que casi tres años antes, o por ahí, la habían violado su novio y los colegas de éste en los vestuarios de su Instituto.

– Jodeeeer, ¿y qué hizo luego?

– Nada, ni lo denunció, ni dijo nada en casa. Sólo acumuló odio y más odio, y deseos de venganza en su interior. Supongo que aquel día, al principio, yo formaba parte de esa venganza… pero luego debí darle pena, porque me vio muy indefenso, muy débil ante el palo que podría haberme dado. Joder, sí que era yo una persona nueva: demasiadas impresiones para una sola jornada, aunque, lo más cojonudo, es que las estaba asimilando todas de puta madre.

Posteriormente, me impresionó que llorase a moco tendido durante mucho tiempo, cuando justo unos minutos antes acababa de decirme que nunca había malgastado una lágrima. Cada lágrima no derramada se había transformado en un fragmento de ira contenida; y en aquel momento, a mi lado, estaba expulsando gran parte de esa rabia.

En ese preciso instante alguien entra en casa, camina uno, dos, tres, cuatro pasos y abre la puerta de la cocina. Era Carlos, uno de los compañeros de piso de Pedro. Había pasado de ir a clase de Contabilidad, llegando a casa antes de lo previsto.

– Hombre, ¿qué hacéis aquí? De palique, ¿no?

– Ya ves, nada del otro mundo, charlando y tomándonos un café.

– ¡Coño, qué bien! ¿Queda algo de ese café para un pobre estudiante necesitado de cafeína?

– Pues habrá como para uno, pero ya debe estar frío, lo hice hará una media hora o así. Por cierto, creo que ya os conocéis, ¿no?

Carlos y Fernando se observan y se analizan mútuamente. Fernando se acuerda de Carlos, sin embargo Carlos no acaba de situar al otro, aunque sí que le resulta algo familiar esa cara. Ante esa situación, un poco embarazosa, Fernando se apresura a decir: “Sí, nos presentaste en la fiesta que distéis en el piso antes de las Navidades”, a lo que Carlos responde dándose por aludido: “Claro, tío, ya me acuerdo. ¿Cómo te va?”. Y, aunque suena convincente, lo cierto es que Carlos ni por lo más remoto recuerda a Fernando. En aquella fiesta había mucha gente, y Carlos sólo centró su interés en los invitados de sexo femenino; pero ha podido salir con éxito del compromiso planteado y ya puede prepararse una buena taza de café con leche para sentarse a la tertulia alrededor de la mesa.

– Oye, Carlos.

– ¿Qué pasa?

– Ya puedes ir fregando toda esa cacharrada, que me toca a mí hacer la cena y no tengo ni una puta sartén limpia.

… DE LA VIDA XVI…

XVI.

La fiesta llegaba a su fin. La orquesta apuraba una última pieza: era verano, nada mejor que “Fai un Sol de Carallo” de Os Resentidos. Los pocos que aún aguantaban el tipo, alzaban sus brazos al cielo y, al son del sucedáneo de gaita en forma de cutre teclado, hacían lo que buenamente podían, que, para ser honestos, era más bien poco. Se hacía harto imposible encontrar algún invitado que no estuviese borracho. Los señores componían un grupo de clónicos descamisados luciendo todo tipo de cadenas doradas, así como pelambreras, más o menos pobladas, en sus curtidos pechos. Los cinturones, un nivel por debajo de las ostentosas barrigas, habían retrocedido uno o dos agujeros para no dificultar excesivamente la ya de por sí entrecortada respiración de sus dueños. Todos a una, viejos, jóvenes y medianos, “¡Fai un sooool de caraaaalloooo…! Sólo los recién casados mantenían cierta actitud sobria, casi demasiado seria para reflejar su “hipotética” dicha. Sentados al fondo del salón, parecían coger fuerzas para pasar por el amargo trago de tener que despedir educadamente a todo el mundo, para esbozar la mejor de sus fingidas sonrisas a todos y cada uno de los allí presentes. ¡Qué crueldad! Aunque ellos habían elegido esa opción y, como personas bien educadas, deberían fingir, ser cínicos hasta el límite.

Quince segundos más, y la orquesta “Dátiles” se despediría de todo el personal. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, ¡UNO!, ¡CEROOO…! Aplausos, palmaditas mutuas en la espalda, el sol de carallo que deja paso a la realidad de la noche cerrada; todos parecen felices. Natalia y su ahora ya esposo se levantan de sus respectivas sillas, se miran resignadamente a los ojos, y se van acercando con paso firme hacia el gran grupo. Es ya el epílogo de la obra. El público parece satisfecho y comienza a felicitar efusivamente al primer actor, así como a la gran diva que encabezaba el cartel: “Enlace Natalia-Jesús. Salón Nº 2”.

A unos veinte metros del salón número dos, aún podía verse a una joven pareja en plena conversación, muy entretenidos y ajenos a todo el bullicio.

– Parece que esto se acaba. ¡Por fin! ¿Cómo te encuentras ahora? ¿Estás ya mejor?

– Sí, sí. El mundo vuelve a girar a una velocidad normal para mi cabeza. Ahora tendré que enfrentarme a mis “queridísimos” padres.

– ¡Venga, ánimo! Hoy eres otro, hoy puedes superarlo todo; has resucitado de entre los muermos.

Los dos sonríen muy a gusto. Pedro siente un repentino impulso, y acerca su cara a la de Ingrid para darle un beso, pero ella retira bruscamente la suya.

– ¡No! No me beses.

– Pero, ¿por qué? Hace un rato tú me diste un beso, así, de repente, y yo lo entendí como un gesto cariñoso, sin más.

– Ya, bueno, no sé…Es que no quiero hacerte daño. Hace unas horas me hubiera importado un bledo hacerte daño o no. Pero ahora no, ya no; no quiero que pienses en mí como una posible novia o algo por el estilo. Amigos, sólo amigos.

– Ya sé que no quieres nada conmigo, en el terreno sentimental, me refiero, pero sólo era un beso de amigo… ¡Yo qué sé! No sé nada de estas cosas.

Se callan por un instante, en el que cada uno busca dentro de sí algo que poder decir. Buscan la coherencia, necesitan explicaciones lógicas para que todo quede bien sentado. Ninguno pretende que haya confusiones recíprocas. Pueden oír todo el barullo que proviene del salón: ahora la gente canta las canciones de toda la vida, pronto llegará el “Asturias Patria Querida”.

– Mira, Ingrid, para qué nos vamos a engañar, tú me gustas, e intuyo todo lo que opinas sobre ese hecho… Pero podemos dejarlo en sólo amigos sin ningún problema. ¡Joder, no creo que eso sea tan difícil!

– Vale, amigos, buenos amigos si quieres. Contigo me siento muy relajada, puedo hablar y ser escuchada, sin reproches. Eres demasiado puro. Cambiarás, pero seguirás siendo, en el fondo, el mismo. Me da la sensación de que voy a necesitar amigos como tú en un futuro no muy lejano.

Acto seguido, Ingrid vuelve a robar otro beso de los labios de Pedro. El ya se esperaba algo parecido, y esta vez no se sorprende, sólo acaricia con sus dedos el pelo ensortijado de su amiga.

– Tengo que confesarte algo, Pedro.

– Di lo que te apetezca, que yo te escucho.

– Antes, en el baño, te violé.

– ¡Qué? ¡¿Qué antes qué?!

– Eso, lo que acabas de oír, que te violé. Aunque a ti no te lo pareciera, para mí fue una violación en toda regla.

– No sé qué decir, no entiendo nada… cada vez menos.

– Hace dos años y medio, en los vestuarios de mi Instituto, mi novio por aquel entonces me violó. Bueno, mi novio, primero, y a continuación todos los cabrones de su pandilla. Ni siquiera fui capaz de llorar. Tampoco los denuncié, ni conté nada a nadie. Eres la primera persona a la que cuento todo esto. El caso es que yo, desde ese día, con los tíos actúo en plan vengativo: les echo un polvo, y luego paso de ellos; y si se cuelgan por mí, pues mejor que mejor, así puedo yo maltratarlos de miles de maneras. Es mi propia forma de hacer justicia.

– Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué me cuentas ahora a mi todo esto? ¿Por qué no me vas a maltratar a mi…? ¿No formo yo parte de tu justicia?

– Ya te he dicho que eres la primera persona buena que se cruza en mi camino. Has llegado a tocar mi fibra sensible, y eso es la primera vez que me ocurre en mucho, muchísimo tiempo.

– Lo siento.

– ¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que sientes?

– No lo sé. Quizás lo diga por ser hombre y tener así algo en común con esos hijos de puta… No lo digo por compasión o algo así.

Pedro rodeaba con su brazo izquierdo la espalda de Ingrid, brazo que terminaba en la mano, la cual reposaba sobre el hombro izquierdo de su amiga. Casi por instinto, ella inclina su cabeza dejándola caer suavemente sobre el pecho de Pedro. Ingrid se siente bien, parcialmente bien, ya que nunca podrá tener sensaciones plenas, rebosantes de vida. Muchas veces piensa que debería darse un golpe en la cabeza para volverse amnésica, o incluso para morirse de una puñetera vez…

– Tendrás preguntas que hacerme.

– No, no necesito saber nada. Sé lo suficiente y no creo que tengas que contarme más detalles. No me considero morboso.

     – Bueno, pues al menos voy a contestarte a una: antes me masturbé, en primer lugar, porque sólo consigo placer autosatisfaciéndome, y, segundo, porque de esa manera te estaría fastidiando mucho más de lo que ya lo estabas… a nivel psicológico, quiero decir.

– Te equivocas, yo no haría nunca esa pregunta, primero, porque sobre sexo no tengo ni el más remoto conocimiento y, segundo, porque cada uno puede hacer lo que le de la santa gana. Somos seres libres, ¿o no?

Ingrid rompió a llorar de una forma espontánea, echando gotas y más gotas de amargas lágrimas. Lloró toda la rabia acumulada durante los últimos dos años y medio. Lo único que había necesitado en todo este tiempo era un hombro fiel sobre el que descargar toda su ira contenida, y, al fin, allí lo tenía. Se iniciaba, para ella, un largo proceso de autolimpieza interior… aunque la palabra VENGANZA viajaría siempre con ella, marcada al rojo vivo justo por debajo de su epidermis. Tres veranos antes, a Ingrid le habían hecho dos tatuajes, uno en cada una de sus nalgas: en la izquierda podía leerse RAGE (ira incontrolada), y en la derecha, en rojo fuerte, REVENGE (venganza).