… DE LA VIDA XXVIII…

XXVIII.

Muchas veces Pedro se quedaba ensimismado observando las fotografías de su abuela, esas fotos en un rancio blanco y negro retocadas hasta dar un tono angelical a la expresión que emanaba de cada rostro allí plasmado para los restos… esa mirada siempre desafiante, en duro contraste con el amago de sonrisa que estaba presente en todos y cada uno de los retratos. Se imaginaba gestos y, algunas veces, partiendo del fotograma que tenía enfrente, continuaba la acción: Dolores posaba; el estallido de luz daba paso a una ligera conversación entre el retratista de Cacabelos, llamado Honorio, y esa mujer a la que acababa de inmortalizar. En la mayor parte de esas ocasiones, Pedro despertaba de sus ensoñaciones al oír la voz de su madre que requería su presencia para solventar cualquier nimiedad.

– ¡Mamá?

– Dime, hijo

– ¿Cuándo murió la abuela?

– ¡Uf! Hace mucho tiempo ya, en el 34. Yo casi no me acuerdo de ella, de verla, me refiero. Yo era casi un bebé cuando nos dejó.

– Y ¿de qué murió tan joven?

– Ay, hijo, ni me acuerdo. A mi me contaron tantas historias distintas que ya no sé ni cuál de ellas puede ser la verdadera. Además, sabes de sobra que no me gusta hablar de ese tema.

– Pero, es que…

– Ni peros ni nada. Hala, ayúdame a subir la ropa al desván, que ya sabes que yo no puedo con tanto peso, que mi espalda ya no está para estos trotes.

Angustias, aunque disponía de una lavadora de carga superior, gustaba de lavar la ropa blanca a mano, desafiando conscientemente al progreso; y no se iba al río a hacerlo porque le daba vergüenza, que eso sólo “lo hacían ya las gitanas” y, claro está, no le gustaría ser comparada con ellas. Ya se sabe, el racismo amparado por el catolicismo extremo. Pedro, con sus catorce años, estaba ya lo suficientemente fornido como para subir dos pisos con una carga de casi quince kilos de ropa mojada. Las sábanas blancas tendidas en el desván, impregnando todo el ambiente de un penetrante olor a limpio, constituían una de las imágenes preferidas por Pedro, que solía utilizar como fondo para sus lecturas de batallas y demás eventos que aparecían en los libros de historia.

“¿Por qué no hay fotos del abuelo?”, la pregunta tabú, la pregunta que sólo había osado plantear tres años atrás, por pura y simple curiosidad. La respuesta: silencio y miradas entrecruzadas entre Aurelio y Angustias para, acto seguido, cambiar de tema sin molestarse siquiera en decir un simple “no”. Pedro, el gran observador, no se atrevió jamás a repetirla al darse cuenta de que nunca jamás recibiría una respuesta.

Una familia unida se resquebrajaba por momentos. Tres miembros, y dos bandos atrincherados esperando el próximo ataque enemigo. A veces, la situación de tregua se prolongaba durante unos días, llegando, a duras penas, a la semana. Entonces, sin previo aviso, llegaba un ataque por sorpresa del soldado Pedro y todo su ejército unipersonal. Ese día, nada más terminarse el postre, saca del bolsillo izquierdo de su pantalón vaquero un paquete de cigarrillos rubios americanos, extrae uno del interior, se lo coloca entre los labios y lo enciende con la ayuda de su mechero nuevo de gasolina; luego da una calada inhalando el humo con toda la potencia de sus pulmones, lo expulsa a continuación, y mira intrigante a los dos componentes del batallón enemigo. Observa su reacción para poder adelantarse así a su más que previsible contraataque.

– ¿Has visto, Angustias? Tu hijo ya no respeta nada.

– ¡Ay! Este hijo mío se nos pierde, se nos pierde, Aurelio.

– ¡Apaga ese cigarro ahora mismo, que aquí no se fuma!

Pedro se levanta de la mesa para coger uno de esos tan llamativos ceniceros que sólo sirven para decorar las baldas del armario de la cocina, o también para depositar en él los huesos de las aceitunas cuando Angustias las pone como entremés. Se sienta de nuevo, sin dejar de fumar y denotando con su mirada más desafío incluso, sin molestarse siquiera en responder a las advertencias paternas.

– ¡Cagüendiós! ¡Ya estoy hasta los mismísimos cojones! – Aurelio da un manotazo a la altura de la muñeca del brazo izquierdo de su ahora rebelde hijo. El cigarrillo cae al suelo, y Aurelio lo pisotea como un poseso mientras sigue jurando sobre todos los estamentos.

– Papá, ya no respetas nada. En esta casa no se pueden decir tacos, que nos molestan. ¿A qué sí, mamá? – Y enciende otro cigarrillo, esta vez entre unos labios que dibujan una sonrisa demasiado irónica como para poder ser consentida. La batalla parecía ganada. El enemigo no sabe ya que medidas estratégicas tomar; sólo debe dejar que el impulso guerrero dicte los pasos a dar. Aurelio agarra la botella de gaseosa, de un macizo y duro cristal, la levanta amenazante contra su hijo y suelta un bramido casi ultrasónico que hace temblar hasta los pilares de la Tierra. Angustias reacciona y entra en combate con la intención de frenar al kamikaze que se dispone a asestar el golpe definitivo. Le agarra el brazo con todas sus fuerzas.

– ¡Aurelio, no te pierdas! ¿Qué vas a hacer, insensato?

“Muy bien”, piensa Pedro sin inmutarse lo más mínimo ante los movimientos tácticos de sus contrincantes. “Ahora se pelean entre ellos, y yo aprovecho para pirarme”.

Suena el teléfono, justo la excusa que Pedro necesitaba para levantarse definitivamente de la mesa y salir del campo de batalla sin ser perseguido.

– ¿Sí?

– ¡Hola? ¿Quién sos ahí?

– Yo soy Pedro. ¿Con quién hablo?

Ché, Pedrito. Soy tu tío Caaarlos.

– Hombre, tío, ¡qué sorpresa!

Esteee… acabo de shegar. Estoy en Madrid, y mañana mismo voy para el pueeeblo. Desile a tu mamá que se ponga, sha verás vos que contenta se pooone.

– ¡Mamáaaa! ¡Al teléfono!

Carlos, el hermano mayor de Angustias, su único hermano, que con diecisiete años se había ido para la Argentina a buscarse la vida. Vida que en el ‘44 se hacía harto dura en su tierra, sobre todo siendo rojo y bocazas, dos aspectos incompatibles en aquellos tiempos, y que, con toda seguridad, darían con sus huesos en una de las lúgubres cárceles franquistas.

Pedro había conocido a su tío Carlos hacía ya cinco años, cuando éste había venido desde Buenos Aires para solucionar unos pequeños problemas que habían surgido con la herencia de un pariente que había dejado unas fincas para dividir entre dieciséis primos. Guardaba una grata impresión de aquella visita. Le caía bien aquel señor tan parlanchín que no cesaba de meterse sanamente con su madre, lo que, debido a la extrema susceptibilidad de su madre, casi siempre derivaba hacia discusiones un poco subidas de tono.

– Aurelio, mañana llega mi hermano Carlos.

– ¡Joder! El que nos faltaba ahora. Eramos pocos y la abuela en cinta. ¡No te jode!

– Bueno, bueno, ya sabes cómo es. Sólo va a estar unos días, así que vamos a llevarnos todos bien, que no quiero yo disgustos, que luego ya sabes cómo me atacán al corazón ¿De acuerdo? Además, es mi hermano, por mucho que nos pese.

Pedro consideraba la venida del tío Carlos como la inminente llegada de tropas aliadas. No era difícil comprobar que no todo fluía relajadamente entre sus padres y su tío. La situación se presentaba muy, pero que muy interesante. Apagó su cigarrillo, y se fue para clase sin poder evitar una gran sonrisa, tarareando feliz “The Cutter”, de Echo and the Bunnymen, “conquering myself, until I see another hurdle approaching. Say we can, say we will, not just another drop in the ocean.” (Conquistándome a mí mismo hasta que vea como se aproxima otra valla. Di que podemos, di que lo haremos, no – seremos – tan sólo otra gota más en el océano.)

… DE LA VIDA XXVII…

XXVII.

“Siempre he odiado los autobuses, sobre todo estos armatrostes de la línea urbana, aunque ahora mismo voy cómodo. He pillado un sitio libre en la última fila y no hay demasiada gente. Mejor. Menudo fastidio supone ir de pie soportando toda una gama de olores corporales que se van concentrando justo en la parte media. La gente debería asearse más, al menos los días que tengan que viajar en autobús.

Las malditas paradas, los semáforos, que siempre lucen el color rojo cuando más los necesitas… Son ya las diez, y no sé si me dejarán entrar en el hospital. Bueno, si no es así, ya me las arreglaré de alguna manera… Tengo que verlo; necesito saber cómo está mi amigo… ¡Joder, cómo odio los putos hospitales! Pero sobre todo odio que mi amigo esté allí, rodeado de médicos y de enfermeras chupapollas. Hijos de puta, siempre tan seguros de sí mismos, diagnosticando a todas horas, juzgando y delimitando la vida de los demás… Deben ser un poco masoquistas por querer saber cuáles son las causas de la muerte para así tratar de evitarla, de postergarla… baldío trabajo, la Vieja Dama siempre gana. Pero Javi es muy fuerte; creo que podrá esquivarla… al menos por esta vez. Lo que suceda después… ¡Joder! ¿Cuál es mi parte de culpa?…”.

El autobús azul de la línea dos lleva a Pedro hasta el Hospital Central de Asturias. Tantas paradas acaban por ponerlo nervioso. Ansiedad, ganas de ver cómo se encuentra su amigo. Ganas de tranquilizarse, de comprobar que Javi está bien, que de ésta va a salir sin ningún problema. Al llegar a la última de las paradas, Pedro tarda en reaccionar, se apea el último después del amable aviso del conductor, que parece estar más pendiente de la radio, de enterarse, sin perderse ni un solo comentario, de lo que

acontece en el Nou Camp, que de cobrar los billetes a los viajeros que suben ahora para hacer el mismo recorrido, aunque esta vez en dirección contraria, hacia Lugones. Pedro se planta ante la marquesina donde la gente espera pacientemente para subir al autobús. Enciende un cigarrillo, y decide entrar en el lúgubre hospital una vez que éste se haya consumido. Tiene miedo, miedo de saber, miedo a lo desconocido, miedo a no recordar… a no librarse del marcaje implacable del destino.

Los efectos del hachís no se han ido aún del todo. Su mente retrocede unos instantes en el tiempo: “Joder, no debía haberme puesto en evidencia como lo he hecho. Qué culpa tendrá Juanjo de lo que me pasa… Joder, ese tipo de comentarios son normales entre colegas”. Sigue dando a la palanca de marcha atrás en su máquina mental del tiempo. Retrocede uno, dos, tres, hasta cuatro días… Como cada sábado había salido de marcha con su grupo de confianza – Javi, Carlos, Silvia y Marta -. Una noche de sábado como la de todas las semanas: cierto grado de monotonía agridulce, algún comentario ocurrente entre humo, cerveza y buena música. El humo, con la inestimable ayuda de alguna sustancia de color blanco, bien en forma de polvo, o bien en forma de compacta pastilla, se torna en neblina, y más tarde en densa niebla que se disipa repentinamente cuando aparece el coche rojo que se lleva por delante a Javi. “Joder, Ingrid… Ingrid” se dice a sí mismo antes de tirar la colilla al suelo y pisarla a continuación para asegurarse de que el cigarrillo queda bien apagado. Acto seguido, levanta la vista y comienza a caminar con determinación hacia la puerta principal del hospital. Debe preguntar en información dónde se encuentra la Unidad de Cuidados Intensivos.

“Estos pasillos solitarios, tan anchos y tan poco iluminados dan un poco de miedo. La hostia, esto parece el decorado de una película de George Romero… Venga, dejémonos de coñas y centrémonos; una vez que llegue al final de este pasillo tengo que torcer a la derecha, caminar un poco, y entonces ya veré el cartel que indica como llegar a la UCI”.

La UCI, la antesala de la muerte para unos; la tensa espera, la esperanza y, al final, la ansiada salvación para otros. Pedro se pregunta en cuál de estas dos disyuntivas se debatirá la vida de Javi.

El último de los interminables pasillos, y ya estará allí, lejos de los ficticios muertos vivientes que persiguen su imaginación. Ya puede distinguir perfectamente que por aquella zona pulula bastante gente. Gente que expresa su preocupación de muy diversas maneras: fumando compulsivamente, caminando cuatro o cinco pasos y volviendo a repetir el mismo proceso en dirección contraria; algunos lloran en silencio… Pedro se para. “Joder, la hostia bendita… No había yo contado con la familia de Javi. ¿Qué les digo yo ahora? ¿Qué me dirán ellos a mi?”. Traga saliva y decide enfrentarse con templanza a la situación. Echa un primer vistazo en el que no distingue a nadie que le resulte conocido. Observa también que de la zona izquierda de la sala de espera parte un nuevo pasillo que va a dar a otra puerta. Se acerca a esa puerta para leer los distintos carteles indicativos que hay allí pegados. “Sala número cuatro, Javier Antonio Carril García”. Ha encontrado, por fin, a su amigo. Sin pensárselo dos veces, agarra la manilla de esa puerta, la abre, busca con su mirada el número cuatro, lo ve, y se dispone a entrar en la habitación. Sin embargo, una voz femenina, que denota un cierto grado de enfado, devuelve a Pedro a la realidad de un hospital.

– ¡Qué haces ahí? ¡Ahora no se puede entrar! – La enfermera ajusta bien sus gafas para así poder ver con exactitud al joven que osa interrumpir la relativa quietud de su guardia. Los demás visitantes, ante el sonido de una voz que se acaba de elevar por encima del sibilante murmullo, se apresuran a acercarse para ver qué es lo que ocurre.

– Perdone. Sólo quería entrar a ver cómo está mi amigo Javi.

– Mira que lo tengo dicho mil veces: sólo se puede entrar aquí cada dos horas, las horas pares, cuando el médico viene a dar los últimos informes a los familiares. Además, tiene usted un cartel que lo pone bien clarito, ahí, en el tablón: las ho-ras pa-res, pa-res…

– Reitero mis disculpas. No he visto, o no me he fijado en el tablón. Lo siento. Ya  salgo – El traductor simultáneo de sus verdaderos pensamientos nos dice: “¡Vete a la puta mierda, enfermera sebosa, repelente, come-rabos de médicos adiposos, y déjame entrar, que no tengo ganas de perder el tiempo hablando con una puta enfermera pendenciera!”

La enfermera regresa a su puesto farfullando algo sobre las normas de no sé qué. Pedro, a continuación, se encuentra con unas diez personas que le miran desde el fondo del pasillo. Ahora reconoce entre los presentes a los padres de Javi. Seca el sudor frío que empapa su frente y, haciendo acopio de entereza y valor, saluda a los padres de su amigo con un gesto un poco forzado, levantando levemente su brazo izquierdo para hacer un movimiento idiota con la mano, a la vez que de su boca sale un “¡hola!” entrecortado que sólo él puede oír. No se sentía tan gilipollas desde hacía al menos tres años, cuando, después de hacer el amor con Ingrid, no dejó de meter la pata cada vez que intervenía en la conversación. Esta situación requería otro tipo de soluciones: hablar con los padres… claro, eso era; así de fácil. Además, aún son las once menos veinticinco, con lo cual tendrá que esperar hasta las doce si quiere saber qué va a suceder con el cuerpo de su amigo.

Se imagina la conversación con ellos:

– ¡Hola! ¿Qué hay? Venía a ver cómo se encuentra Javi.

– Ya ves, sigue igual, lo que equivale a decir mal, muy mal.

– Lo siento en el alma ( ¿qué alma, hipócrita? Si tú no crees en el concepto de “alma”).

– Cuéntanos, ¿qué pasó? Tú estabas con él, ¿no?

– “… …” (Me lo temía, me lo temía).

En este punto, Pedro frena en seco; se para su mente, sus piernas no responden órdenes. Otra vez vuelve el sudor frío; otra vez le invade el sentido de culpa. “¿Acaso tengo yo la culpa de lo que le sucede a Javi? Tengo yo alguna culpa por no acordarme de lo que pasó. Soy culpable de beber y drogarme hasta sobrepasar el límite de la consciencia, y eso ¿qué tiene de malo?… Y, con respecto a la pregunta anterior, la respuesta debería ser . Soy el intermediario del destino, el nexo de unión entre Javi e Ingrid. Acúsenme pues”.

Vuelve a caminar con la intención de saludar a esos dos seres que están pendientes de la vida de su hijo. La conversación real difiere un montón de la anteriormente imaginada. No hay reproches, no surge el tan temido interrogatorio, tan sólo un esbozo de mutuo consuelo. Esperan en silencio hasta las doce, cuando el adocenado doctor llega a leer el parte médico como si fuese el presentador de un macabro telediario. Seguro que la maleducada enfermera de guardia se la acaba de chupar muy alegremente… Seguro que trae buenas noticias, o puede que esa cara de feliz gilipollez la tenga siempre.

… DE LA VIDA XXVI…

XXVI.

– Pedro, hijo, despiértate, que ya es la hora de comer. Venga, que tu padre ya está sentado a la mesa.

A duras penas, Pedro consigue abrir su ojo derecho para notar, a continuación, el efecto en forma de cefalea de su primera resaca. Va despertándose poco a poco. Se incorpora, y se mira extrañado en el espejo del armario ropero. “Normalmente, de una crisálida debería salir una mariposa, y no esta babosa… Joder, además poeta…” manifiesta en voz baja, y esboza un intento de sonrisa que se ve contestada por la complicidad de su reflejo.

– ¡Ya voooy! – grita a su madre.

La verdad, es que Pedro tenía hambre, acentuada más, si cabe, por el aroma del cocido que impregnaba arrebatador todas las estancias de la casa. Ante la cercana presencia de un buen plato de cocido, se olvidó por completo del dolor de cabeza, y se preparó mentalmente para comer, para devorar un gran plato rebosante de garbanzos, patatas, chorizo, panceta, botillo y lacón, no sin antes olvidarse de beber casi un litro de agua, como intuitivo antídoto anti-resaca, directamente del grifo del lavabo del baño. Se lavó, intentó disimular su mal aspecto, sobre todo por culpa de esos ojos tan extremadamente enrojecidos, y se dirigió a la cocina, donde le esperaban papá y mamá para empezar el copioso almuerzo de los domingos.

Piezas de información de lo ocurrido el día anterior iban llegando hasta su base de datos; aunque decidió ensamblar las mismas después de haber llenado su vacío estómago.

– Buenos días – dijo.

– ¡Qué buenos días ni que ocho cuartos! Son casi las tres de la tarde, y ya sabes que no nos gusta esperar, que en esta casa se come, lo más tardar, a las dos.

– Pues vale. ¡Buenas tardes!, entonces.

Se había despertado, levantado, y ahora se sentía irónico. Sólo esperaba que “El Octavo Pasajero” que anidaba en sus entrañas no tuviese la desfachatez de salir repentinamente para amenazar el orden establecido, y menos aún antes de haberse zampado su ración de cocido, porque lo mejor sería asimilar primero ese ‘alien’ con el Pedro pre-boda-de-su-prima-Natalia para, posteriormente y sin excesiva prisa, ir descubriendo por sí mismo cuál era el resultado de esa aparente mutación. Inconscientemente, Pedro canturreaba para sus adentros esa canción que tanto le gustaba a María, la punki de su clase, “Tengo un pasajero, dentro de mi cuerpo”, sin saber aún que era de Parálisis Permanente, lo que tampoco ayudaba demasiado a solventar la escena.

Aurelio y Angustias no sabían que decir ante ese nuevo personaje que se sentaba amenazante frente a ellos. También decidieron esperar a que finalizase el almuerzo para luego ir actuando sobre la marcha. Había que preparar una buena estrategia de defensa ante el invasor, (aunque, desde luego, el presupuesto no daba como para contratar a Sigourney Weaver, y la vecina no pegaba demasiado como la Teniente Ripley). De momento, los tres deglutían en el más absoluto de los silencios, sin levantar la vista del plato, por si alguno se convertía de repente en estatua de sal. “Dios mío, vaya usted a saber”, pensaba Angustias.

Acabada la comida, Aurelio se levanta de la mesa; dice que se va al bar a tomar el café con el correspondiente ‘sol y sombra’, y a jugar la partida de subastao. “Es lo mejor”, piensa, “quedándose madre e hijo solos seguro que hablan más a gusto, que una madre entiende mejor a un hijo, y yo me conozco…”. Coge su chaqueta, y sale, sin más dilación, de su casa.

– Hijo.

– ¿Qué?

– No sé… te noto un poco raro. Ayer…

– Ayer, ¿qué?

– Vaya agresivo que estás con tu madre. Pero, ¿qué te he hecho yo?

– Nada, tú no me has hecho nada. ¿O sí? Tú sabrás.

– Saber, sabrás tú lo que hiciste ayer, que no te vi el pelo, y cuando te vi… ¡Madre mía, cómo estabas… cómo estabas!

La voz de Angustias se entrecorta, se emociona, y sus ojos comienzan a llenarse de agua. Va a soltar alguna que otra lágrima, haciendo un poco de honor a su nombre.

– ¡Hala, a llorar un poquitín! Siempre estás llorando por todo, eres una auténtica agonías; todo te parece mal, todo te lo tomas a la tremenda. Nada, mujer, nada. Que ayer sufrí una especie de aparición divina que me despertó de mi letargo, que llevo dieciséis años dormido, sin querer ver lo que pasa en el mundo, sin agarrarme a la vida que se me va ofreciendo día tras día.

– ¿Aparición? O sea que esa pendanga fue una aparición.

Desaparece el compungimiento que parecía invadir a Angustias para dar paso a una actitud mucho más beligerante. Ya no hay lágrimas, empiezan los reproches.

– Pues sí, creo que se la puede denominar así.

– Entonces es una pendanga. Ves, si ya lo decía yo, con esas pintas…

– ¡Qué no, joder! Me refiero al término “aparición”, que Ingrid no es ninguna puta, mamá.

– ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo le hablas así a tu madre? ¿Qué son esas palabrotas? Vaya una…

– Palabras, son palabras, sin más; palabras que definen conceptos, como casi todas las palabras semánticamente relevantes de un idioma.

– ¡Pues en esta casa no se usa ese vocabulario! ¿O es que acaso nos oyes a tu padre y a mi decir palabras feas? No si…

– No, a ti nunca, lo reconozco. Pero a papá sí. ¿Qué te crees, que ahora en el bar con sus amigotes de partida está diciendo “córcholis” o “cáspita”? Joder, mamá, de “cagondiós” para arriba, que ya lo he oído yo alguna que otra vez en el bar.

– Pues me da igual, exactamente igual. Te repito que en esta casa no se dicen. Si él quiere usarlas fuera es su problema, pero aquí dentro hay un respeto, unas normas de convivencia.

– ¡Aquí más que respeto, lo que hay es mierda, mucha mierda! Mierda tapada por vuestra hipocresía, por la hipocresía reinante en este puto pueblo de mierda.

– ¡Lárgate ahora mismo de aquí! ¡No quiero oírte más! Ya verás cuando venga tu padre.

– Vaya, vaya. Con amenazas andamos. Pues estamos bien. Pero yo las amenazas… ¡¡¡me las paso por el forro de los putos cojones!!!

Da un manotazo en la mesa y se va para su cuarto. Angustias aún tardará un rato en reaccionar. Se ha destruido un mito, el mito del hijo pródigo que siempre complace a sus padres en todo: buen comportamiento, educado, estudiante aplicado, con notas excelentes… Todo, absolutamente todo, derribado así, de un certero plumazo, y por culpa de una “pendanga”. No puede hallar respuestas, aunque al final le queda el mínimo consuelo de que “seguro que esto es algo pasajero, que mi hijo tiene muy buen fondo, sólo se ha dejado malear un poco. Pero, ¿de dónde habrá sacado todas esas expresiones? Ay, Dios mío, esta juventud…”

Pedro, a pesar de haber sido como había sido: una persona gris, sin ningún tipo de originalidad, sin gracia inherente, siempre se había caracterizado por su gran capacidad de observación y asimilación. Oía a los chicos en clase hablar, insultarse, recurrir a toda clase de improperios ante cualquier eventualidad, por mínima que esta fuese. Ahora sólo tenía que dejarse ir. Todo estaba insertado en su léxico mental, lo había adquirido sin apenas darse cuenta; ya sólo tenía que dar paso a una actuación inconsciente, innata. Por eso, quizás no se sorprendía ante el repentino cambio que se había producido en su personalidad. En realidad, estaba deseando que un día esto ocurriera, y de esa forma. Tumbado en la cama, comenzó a recordar los acontecimientos del día previo, enlazándolos con pensamientos sobre lo que podría deparararle el futuro. Al día siguiente iría a clase, como siempre, pero también como nunca. Sus compañeros iban a flipar con él, había decidido utilizar su inteligencia con fines muy distintos a los que hasta ese momento habían regido su existencia. Muy en el fondo sentía un poco de pena por su madre, aunque bien pensado, “que se joda, que tengo un universo fuera de estas cuatro paredes que me está esperando ansioso”.

… DE LA VIDA XXV…

XXV.

La habitación de Pedro se había convertido en un mini-estadio. Quince personas comentaban los primeros lances del encuentro. Pronto serían catorce: Fernando se iba, no se consideraba emocionalmente preparado para soportar dos horas entre semejante jauría. Pedro lo acompañó hasta la puerta.

– Te veo en clase mañana.

– Sí, claro, a las cuatro en Literatura Norteamericana.

– Y luego nos vamos a tomar algo, que no he podido explicarte bien toda la historia, mi dilema, y, como puedes ver, ahora no es el momento.

– Ya… Ya veo que esto se anima mucho cuando hay fútbol.

– Bueno, no te creas, no siempre, sólo en partidos importantes.

– Anda, vete a ver el fútbol, que por lo que están chillando debe suceder algo relevante. Nada, lo dicho, ¡hasta mañana!

– Hasta mañana… Oye, Fernando.

– ¿Sí?

– Gracias por traerme los libros…  y por escucharme.

– Ha sido un placer, aunque la verdad es que aún no me enteré muy bien de lo que te preocupa.

– Ya. Bueno, mañana hablamos, ¿vale?

– Vale.

Mientras espera el ascensor, Fernando recupera la sensación de euforia con la que unas horas antes se encaminaba hacia el piso de su – ahora ya podía denominarlo así – amigo. Al día siguiente irían los dos solos a tomar una cerveza; ¡qué privilegio! Iba a subir un escalón, de compañero de clase a gente de confianza, de observarlo calladamente desde una esquina de la vida, a disfrutar del placer de su compañía… No se podía pedir más, el destino había jugado a su favor.

Entretanto, Pedro aún no había tenido la oportunidad de dar un resultado para la porra; por eso, cuando regresó a su cubículo, todos los demás comenzaron a atosigarlo para que de una puta vez eligiese un marcador final, que sólo faltaba él, que el partido llevaba diez minutos jugándose.

– Pues… No sé, un dos a cero.

– No, no puede ser, ese lo escogió Edu.

– Tres – uno, entonces.

– Nada, ese también está, es de Carlos.

– Joder, ¡qué es, que no me habéis dejado ninguno decente?

– A ver: Empate a uno, a dos, uno – cero…

– Pues venga, para que comerse más el tarro, pon un cuatro a cero a favor del Barça.

– Apuntado queda. Pedro, cuatro – cero. Coño, lo vas a tener jodido…

Pedro deposita sus correspondientes quinientas pesetas en el bote común justo en el preciso instante en que Romario anota el primer gol en el marcador para el equipo blaugrana. Griterío generalizado entre la fiel hinchada que se concentra en los quince metros cuadrados de la habitación de Pedro, a poco más de metro cuadrado por persona.

Le apetece fumarse un porro, y para hacérselo coge de la mesa de estudio una cajita de latón que en sus tiempos contuvo caramelos de viaje; saca de su interior la piedra de costo, y luego, con su mechero de gasolina, quema una esquina para poder separar un buen trozo, sin escatimar en la cantidad, con la ayuda de las uñas del dedo gordo y del índice de su mano diestra. Del librillo rojo de papel de liar obtiene los dos que necesita para hacerse un buen peta, de los llamados “eles” por la forma en que queda el continente al pegar el uno con el otro. A partir de ese instante, hay que esperar unos cinco minutos, más ó menos, para que estén bien unidos. En ese intervalo, Pedro repite, de una manera casi automática, el ritual de la mezcla de los ingredientes que configuran el contenido, formado, en este caso, por una buena china bien quemada y el tabaco extraído de un cigarrillo y medio. La boquilla, hecha con un trozo de uno de los pitillos, reposa, por el momento, sobre el lóbulo de su oreja derecha. Se ha sentado en una esquina, discretamente, alejándose física y mentalmente del partido, así como de la algarabía que éste por momentos provoca en los allí presentes. Cae el segundo gol, Stoitchkov, mientras Pedro se dispone a encender el porro. Unas caladas después, y empieza a notar la relajación que produce el efecto del hachís. Lo pasa, acto seguido, para que los que quieran de los demás fumen de él en perfecta y ceremoniosa armonía.

Finaliza el primer tiempo; se hace cola para ir a mear al baño y, cómo no, también ante la nevera para apropiarse de una o varias cervezas. Pedro no se mueve, no habla, sólo medita alucinado sin poder centrarse en lógicos razonamientos. Los demás van ocupando sus respectivas posiciones para disfrutar de la segunda parte del evento deportivo. De repente, Pedro resucita cuando alguien se dirige a él.

– Oye, Pedro, este tío de la foto, ¿qué eres, tú?

 Pedro gira lo justo su cuello para ver de nuevo la foto; otra vez la fotografía de marras.

– Sí, era yo, pero un yo con dieciséis tacos.

– ¡Joder, mirad que pinta que tenía el colega!

Comentario festivo-jocoso que provoca risas generalizadas ante la visión de aquel ñoño ser que había quedado atrapado en aquel acartonado papel. Pedro ni se inmuta, es más, incluso sonríe ante la retahíla de bromas que se encadenan una tras otra debido al imparable efecto dominó.

– Pues anda que la churri… ¡Vaya cómo está la churri!

– ¡A ver? ¡Hostias, está buenísima! A ésta sí que le echaba yo un buen par de polvos… y sin sacarla.

Como activado por un invisible resorte, Pedro se incorpora, lanza una mirada aniquiladora a Juanjo, el que ha osado hacer semejante comentario, cierra con fuerza su puño derecho, y se dispone a asestarle un buen puñetazo en toda la cara. Se hace un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el comentarista de televisión, que todavía analiza las jugadas más interesantes del primer periodo. A mitad de camino, bajo las atónitas miradas de Juanjo y del resto, Pedro frena en seco. Acababa de cruzarse con su abuela Dolores que, desde su posición en la pared, parecía decirle con su serena mirada: “Mantén la calma, hijo, mantén la calma”.

– Lo siento, tíos. Hoy estoy un poco nervioso; no sé qué coño me pasa…

Y en ese instante decide, aunque ya eran casi las nueve y media de la noche, visitar a Javi, ir al hospital para verlo, para hablarle. No se enterará hasta que regrese a casa, a eso de la una, de que ha ganado la porra.