… DE LA VIDA XXVIII…

XXVIII.

Muchas veces Pedro se quedaba ensimismado observando las fotografías de su abuela, esas fotos en un rancio blanco y negro retocadas hasta dar un tono angelical a la expresión que emanaba de cada rostro allí plasmado para los restos… esa mirada siempre desafiante, en duro contraste con el amago de sonrisa que estaba presente en todos y cada uno de los retratos. Se imaginaba gestos y, algunas veces, partiendo del fotograma que tenía enfrente, continuaba la acción: Dolores posaba; el estallido de luz daba paso a una ligera conversación entre el retratista de Cacabelos, llamado Honorio, y esa mujer a la que acababa de inmortalizar. En la mayor parte de esas ocasiones, Pedro despertaba de sus ensoñaciones al oír la voz de su madre que requería su presencia para solventar cualquier nimiedad.

– ¡Mamá?

– Dime, hijo

– ¿Cuándo murió la abuela?

– ¡Uf! Hace mucho tiempo ya, en el 34. Yo casi no me acuerdo de ella, de verla, me refiero. Yo era casi un bebé cuando nos dejó.

– Y ¿de qué murió tan joven?

– Ay, hijo, ni me acuerdo. A mi me contaron tantas historias distintas que ya no sé ni cuál de ellas puede ser la verdadera. Además, sabes de sobra que no me gusta hablar de ese tema.

– Pero, es que…

– Ni peros ni nada. Hala, ayúdame a subir la ropa al desván, que ya sabes que yo no puedo con tanto peso, que mi espalda ya no está para estos trotes.

Angustias, aunque disponía de una lavadora de carga superior, gustaba de lavar la ropa blanca a mano, desafiando conscientemente al progreso; y no se iba al río a hacerlo porque le daba vergüenza, que eso sólo “lo hacían ya las gitanas” y, claro está, no le gustaría ser comparada con ellas. Ya se sabe, el racismo amparado por el catolicismo extremo. Pedro, con sus catorce años, estaba ya lo suficientemente fornido como para subir dos pisos con una carga de casi quince kilos de ropa mojada. Las sábanas blancas tendidas en el desván, impregnando todo el ambiente de un penetrante olor a limpio, constituían una de las imágenes preferidas por Pedro, que solía utilizar como fondo para sus lecturas de batallas y demás eventos que aparecían en los libros de historia.

“¿Por qué no hay fotos del abuelo?”, la pregunta tabú, la pregunta que sólo había osado plantear tres años atrás, por pura y simple curiosidad. La respuesta: silencio y miradas entrecruzadas entre Aurelio y Angustias para, acto seguido, cambiar de tema sin molestarse siquiera en decir un simple “no”. Pedro, el gran observador, no se atrevió jamás a repetirla al darse cuenta de que nunca jamás recibiría una respuesta.

Una familia unida se resquebrajaba por momentos. Tres miembros, y dos bandos atrincherados esperando el próximo ataque enemigo. A veces, la situación de tregua se prolongaba durante unos días, llegando, a duras penas, a la semana. Entonces, sin previo aviso, llegaba un ataque por sorpresa del soldado Pedro y todo su ejército unipersonal. Ese día, nada más terminarse el postre, saca del bolsillo izquierdo de su pantalón vaquero un paquete de cigarrillos rubios americanos, extrae uno del interior, se lo coloca entre los labios y lo enciende con la ayuda de su mechero nuevo de gasolina; luego da una calada inhalando el humo con toda la potencia de sus pulmones, lo expulsa a continuación, y mira intrigante a los dos componentes del batallón enemigo. Observa su reacción para poder adelantarse así a su más que previsible contraataque.

– ¿Has visto, Angustias? Tu hijo ya no respeta nada.

– ¡Ay! Este hijo mío se nos pierde, se nos pierde, Aurelio.

– ¡Apaga ese cigarro ahora mismo, que aquí no se fuma!

Pedro se levanta de la mesa para coger uno de esos tan llamativos ceniceros que sólo sirven para decorar las baldas del armario de la cocina, o también para depositar en él los huesos de las aceitunas cuando Angustias las pone como entremés. Se sienta de nuevo, sin dejar de fumar y denotando con su mirada más desafío incluso, sin molestarse siquiera en responder a las advertencias paternas.

– ¡Cagüendiós! ¡Ya estoy hasta los mismísimos cojones! – Aurelio da un manotazo a la altura de la muñeca del brazo izquierdo de su ahora rebelde hijo. El cigarrillo cae al suelo, y Aurelio lo pisotea como un poseso mientras sigue jurando sobre todos los estamentos.

– Papá, ya no respetas nada. En esta casa no se pueden decir tacos, que nos molestan. ¿A qué sí, mamá? – Y enciende otro cigarrillo, esta vez entre unos labios que dibujan una sonrisa demasiado irónica como para poder ser consentida. La batalla parecía ganada. El enemigo no sabe ya que medidas estratégicas tomar; sólo debe dejar que el impulso guerrero dicte los pasos a dar. Aurelio agarra la botella de gaseosa, de un macizo y duro cristal, la levanta amenazante contra su hijo y suelta un bramido casi ultrasónico que hace temblar hasta los pilares de la Tierra. Angustias reacciona y entra en combate con la intención de frenar al kamikaze que se dispone a asestar el golpe definitivo. Le agarra el brazo con todas sus fuerzas.

– ¡Aurelio, no te pierdas! ¿Qué vas a hacer, insensato?

“Muy bien”, piensa Pedro sin inmutarse lo más mínimo ante los movimientos tácticos de sus contrincantes. “Ahora se pelean entre ellos, y yo aprovecho para pirarme”.

Suena el teléfono, justo la excusa que Pedro necesitaba para levantarse definitivamente de la mesa y salir del campo de batalla sin ser perseguido.

– ¿Sí?

– ¡Hola? ¿Quién sos ahí?

– Yo soy Pedro. ¿Con quién hablo?

Ché, Pedrito. Soy tu tío Caaarlos.

– Hombre, tío, ¡qué sorpresa!

Esteee… acabo de shegar. Estoy en Madrid, y mañana mismo voy para el pueeeblo. Desile a tu mamá que se ponga, sha verás vos que contenta se pooone.

– ¡Mamáaaa! ¡Al teléfono!

Carlos, el hermano mayor de Angustias, su único hermano, que con diecisiete años se había ido para la Argentina a buscarse la vida. Vida que en el ‘44 se hacía harto dura en su tierra, sobre todo siendo rojo y bocazas, dos aspectos incompatibles en aquellos tiempos, y que, con toda seguridad, darían con sus huesos en una de las lúgubres cárceles franquistas.

Pedro había conocido a su tío Carlos hacía ya cinco años, cuando éste había venido desde Buenos Aires para solucionar unos pequeños problemas que habían surgido con la herencia de un pariente que había dejado unas fincas para dividir entre dieciséis primos. Guardaba una grata impresión de aquella visita. Le caía bien aquel señor tan parlanchín que no cesaba de meterse sanamente con su madre, lo que, debido a la extrema susceptibilidad de su madre, casi siempre derivaba hacia discusiones un poco subidas de tono.

– Aurelio, mañana llega mi hermano Carlos.

– ¡Joder! El que nos faltaba ahora. Eramos pocos y la abuela en cinta. ¡No te jode!

– Bueno, bueno, ya sabes cómo es. Sólo va a estar unos días, así que vamos a llevarnos todos bien, que no quiero yo disgustos, que luego ya sabes cómo me atacán al corazón ¿De acuerdo? Además, es mi hermano, por mucho que nos pese.

Pedro consideraba la venida del tío Carlos como la inminente llegada de tropas aliadas. No era difícil comprobar que no todo fluía relajadamente entre sus padres y su tío. La situación se presentaba muy, pero que muy interesante. Apagó su cigarrillo, y se fue para clase sin poder evitar una gran sonrisa, tarareando feliz “The Cutter”, de Echo and the Bunnymen, “conquering myself, until I see another hurdle approaching. Say we can, say we will, not just another drop in the ocean.” (Conquistándome a mí mismo hasta que vea como se aproxima otra valla. Di que podemos, di que lo haremos, no – seremos – tan sólo otra gota más en el océano.)

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