… DE LA VIDA… XXXVI – EL FANTASMA DE LOLA, LA CARRETONA

XXXVI.

EL FANTASMA DE LOLA, “LA CARRETONA”

Febrero de 1944. Un invierno especialmente crudo en el pueblo
de Cacabelos cubría con su blanco manto de hielo y escarcha cada calle, cada acera, cada tejado, cada carro que, por no tener sitio en la cuadra, dormía a la intemperie.
Poco había ya que trabajar en los viñedos, ya podados y con su alfombra de arcillosa tierra recién arada. El vino fermentaba pacientemente en las barricas de roble. Cada familia elaboraba sus propios caldos, de la manera tradicional, y, por supuesto, según las necesidades, bien de consumo personal, o bien de venta en el caso de aquellos que regentaban una de las muchas bodegas que se sucedían a lo largo de la Calle Santa María.
Carlos, “El Carretón”, ayudaba a su padrastro en la bodega, a la vez que aprendía los múltiples secretos del arte de la enología. A sus dieciséis años había superado con creces a Don Eutiquio, famoso en toda la región por sus tintos jóvenes con aroma afrutado, dignos del mejor bodeguero, pero siempre reacio a vender al por mayor para evitar, de esa manera, el disfrute de sus convecinos.
Eutiquio era un hombre huraño, de carácter reservado y frío; un ser anti-social, un punki de los años cuarenta… Sólo tenía ojos para su hija Angustias. Para Carlos sólo quedaba trabajo y más trabajo a cambio de cama y comida. Y gracias.
Una tarde, Carlos comprobaba la fermentación del orujo, licor que los más osados expertos también elaboraban. Fuera, en la calle, tres grados bajo cero; dentro, en la bodega contigua a la cuadra, un agradable calorcillo que emanaba vaporoso de cada una de las humeantes barricas. Decidió sentarse al calor, no sólo de la uva fermentando, sino también de una botellita de aguardiente de tres cuartos de litro de la cosecha de dos años atrás; doble efecto calorífico – etílico que acaba por cerrar sus cansados ojos.
Transcurridas unas dos horas, una luz cegadora despierta súbitamente a Carlos. Todavía adormecido, no es capaz de distinguir nada, tan sólo tapa sus ojos con las manos para evitar instintivamente que semejante resplandor dañe su vista, recién llegada del desconocido mundo de los sueños. Restriega sus ojos procurando no presionar en demasía los párpados. Aunque realmente asustado, decide afrontar con decisión la presencia de aquel resplandor, para lo cual separa los dedos anular y corazón de su mano derecha, dejando así el hueco suficiente como para poder ver a través de él… La luz, de un tono azulado, se ha vuelto más tenue, ya no resulta tan molesta. Carlos se lamenta, “joder, no tenía que haberme bebido todo el orujo… ¡Puto frío de los cojones!”. Llegado a este punto, se siente capaz de abrir también su otro ojo; fija bien su vista para distinguir entre los halos de luz que aún permanecen ante él, una silueta que parece humana. Automáticamente, sin darse apenas cuenta de sus actos, estira su brazo derecho hasta una altura en la que puede asir, con toda la fuerza posible, el mango de una pala que, hasta ese momento, reposaba verticalmente apoyada contra el cubeto del blanco.
– ¡¿Quién anda ahí?! – Su voz suena firme, aunque sí que denota cierto tono de nerviosa impaciencia.
No hay respuesta, sólo un ligero acercamiento de la luminosa silueta hacia la posición que ocupa Carlos.
– ¡No te muevas, que te meto un palazo que te dejo ahí seco, cagondiós! – Por un instante piensa que aquello puede ser una especie de aparición mariana… o marciana.
La extraña presencia sigue acercándose, a la vez que comienza a mover una extremidad parecida a un brazo con un gesto tranquilizador. Se sitúa a un metro escaso de Carlos, que, no soportando ya por más tiempo la sensación de pánico, decide descargar toda su adrenalina asestando un buen golpe de pala al intruso.
– ¡¡Me cago en tu puta madre… toma, hijo de puta!!
El golpe seco contra el duro suelo, debido al efecto de retroceso, se vuelve contra él autodescargando toda la fuerza antes empleada sobre la extrema tensión muscular de sus brazos. Como respuesta al calambrazo suelta la pala, que cae justo a los pies de su supuesta víctima… No puede salir de su asombro. ¿Cómo ha podido fallar el golpe?
– ¿Q-q-quién eres? ¿Qué quieres de mi? ¡No me hagas daño!
No le queda otro remedio que intentar una negociación. Sus pulsaciones han llegado al límite de lo humano… Esos rasgos que ahora puede distinguir casi perfectamente le resultan familiares, a pesar de estar muy difuminados. Se da cuenta de que a través de esa cara puede ver la portezuela de acceso a la corripa de los cerdos. “¡Madre mía, es transparente! ¡Es un fantasma!”, piensa aterrado mientras cede humillado toda la iniciativa a “aquello”. Comienza también a notar como la orina caliente moja sus pantalones y se desliza por entre sus piernas en dirección a sus pies…
– No tengas miedo, Carlos, que soy yo.
– Pero… ¿y quién es usted?
– Soy Dolores, tu madre.
– ¿Mi madre? Mentira. Eso no puede ser. Mi madre murió hace ya once años y cuatro meses… ¡Lárguese! ¡Déjeme en paz!
– Soy yo, Carlitos… Claro, no puedes reconocerme… ¡Ay! Eras tan pequeño… ¿Aún conservas la cadenita de plata con la imagen de San Antonio que te regaló tu madrina?
– ¿Mamá…? Pero, ¿de verdad eres tú?
– Sí, hijo, sí. Perdona por haberte asustado, pero no me quedaba otra alternativa. Es necesario…
– ¿El qué? ¿Qué es necesario?
– Esto… el aparecerme así, de repente, ante ti, sin poderte avisar. Es nuestra obligación.
– Ya, todo lo que tú quieras, pero casi me cago de miedo.
– ¡Qué va! Si has sido muy valiente. Muchos otros escapan o se desmayan…
– ¿Muchos? Joder, ¿qué es, que vas apareciéndote por ahí a todo el mundo?
– No hombre, no. No me refiero a mí. Lo digo por lo que me han contado otras ánimas. Esta es mi primera y también última presencia ante un ser vivo, de los que estáis en la fase uno.
– ¿Y por qué a mí? ¿Por qué me has elegido a mí?
– Porque eres mi hijo… Veo que tienes una vida muy difícil, que Eutiquio no sabe, o no quiere, ser tu padre.
– Es un auténtico hijo de puta. Me la armaste buena, madre, al traerlo a casa…
– Ya lo sé, hijo, ya lo sé. Si tú supieras todo lo que he sufrido por ti… No sería capaz ni de explicarlo… Pero ahora escúchame con atención, Carlos: Va a ser mejor que te vayas del pueblo, que te alejes lo más posible de tus problemas aquí… Además… además aquí tu vida corre peligro.
– Ya me lo imaginaba. Si sigo aquí por mucho tiempo, o mato al cabrón del Eutiquio, o me empluman por rojo. Soy comunista, como tú.
– Sigue mi consejo, hijo. Hazme caso… Mírame a mí, que estoy donde estoy por defender mis ideas; aunque no reniego y no renegaré nunca de ser lo que he sido en mi fase uno, mejor hubiese estado a vuestro lado, cuidándoos.
– Ya no hay vuelta de hoja, mamá. Lo hecho, hecho está.
– Tienes razón; ése es otro de los motivos por los que estoy aquí ahora.
– Pero… ¿Dónde estás en realidad? ¿Qué haces?
– Me encuentro en la segunda fase de la existencia cósmica. La primera para mí se acabó el cinco de octubre de 1934… Perdí mi cuerpo.
– Y ahora, ¿te queda sólo el alma?
– No, no es exactamente lo que entendéis por alma. No existe el cielo, tampoco el infierno… Sólo existe un único Universo en el que estamos todos, los vivos y los no-vivos.
– O sea, que todos los fantasmas andáis por aquí, dando sustos por el mundo, ¿no?
– No, todos no. Los de la cuarta fase pueden estar en cualquier otro rincón del Universo, después de haber realizado su viaje interestelar.
– ¡Ah! Muy curioso… Mira, aunque seas el espíritu de mi propia madre no me creo ni una sola palabra… Eso de las fases, no sé, suena a chino…
– No, si yo no pretendo convencerte; mi misión consiste tan sólo en avisarte del peligro que corres si te quedas. Vete lejos, muy lejos, lo más que puedas… ¡Ah!, y ten mucho cuidado con el color rojo.
– ¡Pero yo soy comunista y no…!
– No, bobo. Me refiero al rojo perceptible, al color de… de… del mango de esta pala, por ejemplo, no al matiz político, que ese está bien. Ten en cuenta que cualquier cosa de color rojo puede causar muchos quebraderos de cabeza a nuestra familia…
– Ya. Creo que ya lo entiendo: si veo algo de color rojo desconfío, ¿no?
– Eso es, hijo, eso es… Bueno, no tengo más tiempo… debo irme ya.
– ¿A la siguiente fase?
– No, todavía no. Debo esperar pacientemente a que nazca la siguiente generación de nuestra familia… A ver si no me hacéis esperar mucho… No me está permitido explicar nada más sobre este tema.
– No entiendo nada, absolutamente nada… De todas formas, madre, haré todo lo que esté en mi mano…
– No lo olvides: el color rojo es el contrapunto negativo de nuestra familia… ¡Vaya una contradicción!
– Lo tendré siempre en cuenta. Oye, ¿y cómo es la tercera fase? No me has contado nada sobre ella.
– Ni yo sé muy bien en qué consiste esa fase… Creo que tiene algo que ver con el ciclo de la vida.
– ¡Madre! ¡Qué yo dejé de estudiar a los diez años! ¿Qué coño es eso del ciclo de la vida?
– La materia no se crea, tan sólo se transforma.
– Pues muy bien, cojonudo… en tu fase debéis ser todos listísimos…
– Ten paciencia, hijo mío, que ya te enterarás cuando llegue el momento… Terminó mi tiempo. ¡Adiós, Carlos! ¡Te quiero! ¡Cuídate mucho!
– ¡Adios, madre! ¡Hasta siempre!
El espectro se va alejando lentamente hasta convertirse en un punto de luz casi imperceptible. Carlos se despierta de nuevo y se da cuenta de que todo ha sido un sueño. “¡Menos mal!”, piensa antes de comenzar a notar los efectos de la aguardentosa resaca. Se incorpora, sacude el polvo arcilloso de sus pantalones negros de pana, acto con el que descubre que está completamente mojado por la zona de su entrepierna. “¡Joder, me he meado! Vaya borrachera, coño”, se dice mientras echa a andar en dirección a la puerta de la bodega, aunque sin dejar aún de quitar su vista del húmedo cerco de sus pantalones. Oye entonces la voz de su padrastro que lo está buscando para que vaya con él a recoger unos cántaros de vino. Carlos, al apresurarse para darse pronto a ver y que así la bronca sea mínima, dentro de la supuesta gravedad de su falta, se tropieza con el rojo mango de la pala de remover el estiércol en la pocilga. “¿Quién cojones habrá puesto ahí esta pala?”, se pregunta extrañado justo antes de contestar al impaciente Eutiquio con un sonoro “¡ya va! ¡Ya vaaa!”.

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