… DE LA VIDA XLI…

XLI.

El camarero escanciaba el enésimo culín de sidra mientras Ingrid se peleaba, con cierto grado de impaciente nerviosismo, contra una de las patas de su centollo. Pedro la observaba en silencio. El ya había terminado con su crustáceo, y esperaba fumando tranquilamente a que su compañera comensal venciese en su particular batalla contra los frutos del mar para poder luego pedir algún postre. El continuo intercambio de cómplices risitas entre Pedro y el camarero agotó de un certero martillazo la frágil paciencia de Ingrid…

¡Paso de pelearme más…!”, dijo, y estrelló, acto seguido, contra el plato lo que entre sus manos quedaba aún de la pata del centollo, lo cual salió volando rebotado, yendo a aterrizar en la mesa contigua, en la que una feliz familia no cesaba de untar pastel de cabracho con mayonesa en las consiguientes mini-tostadas. La risa no pudo ser contenida ya por más tiempo… Todo ese colegueo entre su amigo y el camarero la llevó irrefrenablemente a un estado de furia casi incontrolada.

– ¡Idos los dos a tomar por culo…! ¡Os vais a descojonar de vuestra puta madre…!- proclamó realmente airada antes de levantarse de la mesa para dirigirse al baño con la intención de eliminar de sus dedos ese asqueroso olor a marisco. Una vez allí intentó calmarse un poco; lavó su cara con agua fría y respiró profundamente unas cuantas veces sin dejar de mirar de frente, a los ojos, su imagen en el espejo…

– ¡Y tú qué coño miras?- se gritó a sí misma

Pedro, sentado a la mesa del comedor, soportaba sobre sus hombros todo el sobrepeso de la escena previa: envió una mirada de trayecto semicircular que recorrió amenazante todas y cada una de las mesas, lo que, como ansiado antídoto, tornó el silencio acusador en murmullo generalizado, como debe ser siempre en cualquier bar.

– Vaya cómo se puso la parienta, ¿eh? – dijo el camarero dirigiéndose con poco tacto a Pedro.

-Ya – fue la única respuesta concluyente que Pedro pudo proferir, más atento, si cabe, al inminente regreso de Ingrid a la mesa que a los posibles comentarios dicharacheros de los allí presentes. No quería confianzas. Sintió alivio al comprobar que Ingrid no estaba aún de regreso del servicio – su reacción si llega a escuchar por boca de aquel camarero, (al que nadie había dado vela en entierro ajeno), la palabra ‘parienta’ podía ser auténticamente predecible… sólo quedará la duda de cuántos destrozos podría haber causado en la sidrería… – Más valía dar respuestas breves y cortantes al camarero con el fin de evitar ese torbellino de rabia desbocada.

Mientras Ingrid volvía del lavabo de señoras, Pedro se apresuró a lanzar a los ojos del osado camarero una mirada que decía: “Ni una sola palabra más, ¿vale, tío?”, y que además surtió el efecto deseado: se fue con viento fresco a echar sidra a otra de las mesas.

– Oye, perdona… pero es que tampoco sabes aguantar una broma.

– No, perdona tú. No sé qué hostias me pasa… estoy bastante alterada.

– Venga, no pasa nada. Vamos a pedirnos algún postre, ¿no?

– Pide tú algo para ti si quieres; yo paso, ya no tengo ganas.

– Como quieras. Yo, desde luego, sí que me voy a pedir un arroz con leche, que el de aquí está de puta madre… casero y además quemado con el gancho de la cocina; tradicional, como debe ser… ¿Estás segura de que no te apetece?

– ¡Qué no, joder! ¿Cómo te lo tengo que decir… ? Cuando quieres puedes llegar a ser muy atorrante.

– … Oye, tía, como sigas así me largo… y te pueden dar mucho por el mismísimo culo, que no hay dios que te aguante hoy… ¿vale?

Más que hablar en un tono de voz normal, Pedro susurró despacito toda su decepción al oído de su desquiciada amiga. Nunca le gustaron las escenas en público, las broncas al más puro estilo italiano … las veía como una forma de hacer teatro gratuitamente para un público dispuesto a succionar las desgracias ajenas. Ingrid, por el contrario, sí que forzaba sus cuerdas vocales a la mínima de cambio sin importarle el aforo en el patio de butacas. Esta contrastada actitud trajo consigo un instante de silencio que se levantó momentáneo como un muro pacificador entre ellos. Pedro aprovechó la tregua para comerse tranquilamente su arroz con leche, saboreando cada cucharada como si ésta constituyese la última de su vida. Ingrid por respeto, que no por ganas, esperó a que Pedro rebañase el cuenco de barro para volver a disparar.

– Joder, tío, contigo no se puede discutir – dijo en un tono ya más relajado.

– ¿Por qué lo dices? ¿Qué crees, que discutir sólo consiste en dar voces…?

– Es que no sabes discutir, no tienes sangre… nunca te alteras por nada; siempre estás ahí, tranquilo, a tu puta bola, como controlándolo todo…

– Sí, por una vez tengo que darte la razón, aunque…

– ¡Ves… ! Ahora me estás dando la razón para quitarme de en medio… Siempre estás a tu rollo, sin contar para nada con los demás. Eres un jodido hijo único egoísta y egocéntrico.

– ¡Joder, que yo no me estaba refiriendo a eso!… Yo me refería a lo de que no sé discutir… Bueno, no es que no sepa, que claro que sé, que no soy gilipollas… es que no me gusta hacerlo a voces; sabes de sobra que lo odio.

– Pues es la única forma de discutir que conozco.

– Yo no… y mira que he discutido mogollón de veces con amigos sobre cualquier tema… no sé, política, música, cine… incluso de fútbol…¡Joder, sobre cualquier cosa… y sin dar voces, tía!

– Eso, como todos los tíos… el dichoso fútbol. Sois de un simple…

– ¡Eh, eh; cuidado…! Ahí te equivocas de pleno, que yo el fútbol lo veo de otra forma, no como la mayoría de fanáticos. Para mí es un arte…

– No pienso hablar de fútbol… Sabes que lo odio. No sigas por ahí…

– Sí… Ya, ya. Lo típico de la imposición de los gustos del macho y bla, bla, bla… Pero si las tías nunca llegaréis a entender lo que significa el fútbol…

– Un juego, no es más que un juego idiota… ¡Es que es la puta verdad! Los hombres tenéis que tener vuestros jueguecitos para ser felices: que si el fútbol, que si las cartas…. Sois pura competición con patas.

– Qué no, que por ese camino no me vas a pillar… En ningún sentido distingo yo hombres de mujeres (bueno… en uno sí, claro… pero por lo demás nada… eeeh, dos, serían dos si incluyo al fútbol…). Me da igual tener presidente o presidenta, que mi padre cocine y mi madre se vaya a currar a la viña… No. No pienso entrar en tu juego, que siempre acabamos en lo mismo.

– ¡Tú empezaste!

– ¿Yooo…?

– Tú, sí, tú… no te hagas el sorprendido.

– Joder, pues será un indicio de falta de memoria, pero no recuerdo en qué momento… además no he sido yo el que se ha enfadado por una simple broma.

– Sí, acuérdate, antes en tu habitación, cuando quisiste imponerme tu música… desde ese momento llevo de mala hostia.

– ¡Qué dices? ¡Si tuvimos que acabar tragando a esos insoportables…!

– ‘… suena antiguo… son unos rancios…’. ¡Ya te vale, joder!

– Oye, no me hagas burla, tía.

– Pues si odias tanto todo lo antiguo, ¿por qué te gustan entonces las películas antiguas?

– Pero… ¿Quién te ha dicho a ti que a mí no me guste más que la música actual…? ¿Has revisado mis discos? Tengo desde madrigales hasta los grandes del ‘blues’: Elmore James, Muddy Waters, Howlin’ Wolf… No sé… Y lo del cine, para qué molestarse en explicarlo, si tú no ves una peli si está rodada en blanco y negro… No merece la pena seguir cuando no hay argumentos válidos…

– Pues no, en blanco y negro no las soporto… No me traen buenos recuerdos. ¿Pasa algo?

– Joder, que osadía. Reniegas de todo… de ‘El Crepúsculo de los Dioses’, de ‘Some Like it hot’, de ‘Intolerancia’, de Chaplin, de Keaton, de Lang, de Von Stroheim… ¡de la historia misma del cine!

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… Pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Si, anda… vámonos a casa que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– …Ya ves: me las recetó mi médico…

– Tú sabrás…No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; como si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche que eran, ¿pastillas para la tos?

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… DE LA VIDA XL…

XL.

Lo prometido siempre genera deuda, y, tras la alucinante e increíble historia del fantasma de mi abuela, mi tío Carlos se dedicó pacientemente a ponerles nombre a todos y cada uno de los rostros que acompañaban la breve pero intensa vida de ‘La Carretona’. Extraña historia la de mis antepasados: no existe ni una sola foto en la que salga mi abuelo Eutiquio y, sin embargo, ‘El Stalin’ aparece en unas cuantas. Ramón, al que apodaban ‘El Stalin’ por salir siempre en defensa del jefe soviético por aquella época, era el marido de la mejor amiga de mi abuela, Anuncia, pero, en aquellas fotos de juventud idealista, él siempre se situaba a la vera de Dolores ‘La Carretona’. Mi tío Carlos especula con el hecho de que debieron ser novios. Yo no digo nada, tan sólo trataré de ser objetivo a la hora de relatar mi propia versión de los hechos acontecidos entre 1926 y 1934; versión elaborada con partes de aquí y de allí, con la historia según mi tío Carlos, según Doña Anuncia, y aderezado, todo ello, con los significativos silencios de mi madre después de alguna de mis comprometedoras preguntas al respecto. Seré breve.

Cacabelos, otoño de 1926. Mi abuela se queda embarazada de mi tío Carlos. Por aquella época mi abuela no tenía novio, tan sólo pretendientes. Quince días después de que Antonio ‘El Carretón’ cruzase la cara de su hija Dolores de una buena hostia al enterarse de tan ingrata noticia, un hombre desaparece de la faz del pueblo de Cacabelos; era Manuel, el hermano del ‘Stalin’, uno de los que con más ansias pretendía a mi abuela. Poco después del nacimiento de Carlos, fue el propio Ramón el que empezó a acercarse a Dolores – puede que tratando de cargar sobre sus espaldas con la responsabilidad que, se supone, debería haber recaído sobre su hermano Manuel-Anuncia dice que Dolores nunca jamás mencionó el nombre del padre de su hijo Carlos, ni bajo la mayor de las amenazadoras coacciones de su padre. Era el tema tabú entre ellas. Aunque, claro, en un pueblo pequeño siempre acaba por saberse toda la verdad sobre cualquiera de sus habitantes. Eso es lo malo de un pueblo: la puñetera falta de intimidad que te invade, te rodea y te asola a cada paso que das fuera del camino señalado.

Ramón y Dolores se hicieron novios – incluso la propia Anuncia no tiene ningún reparo a la hora de reconocer ese hecho -. Pero aparece Eutiquio en escena, y todo se complica. De repente, Dolores dice que se va a casar con Eutiquio, el de ‘La Furraxa’. ¿Por qué? Puedo especular, y puedo dar en el clavo, pero no lo voy a hacer; no es ese mi estilo… Tan sólo puedo reflejar el gesto de la anciana Anuncia al rechazar contestar a una de las preguntas de mi tío Carlos (al que, luego, desde el primer día en que se instaló en la casa de ‘Los Carretones’, Eutiquio hizo la vida imposible; imposible hasta verse obligado a emigrar lejos, muy lejos): ladeó su cabeza, cerró los ojos con fuerza, hasta que los párpados se perdieron entre tanta arruga, y abrió levemente su boca para emitir un pequeño suspiro de fastidio. “Lógico. A nadie le gusta ser plato de segunda meeesa”, como dijo mi tío Carlos cuando comentamos ese gesto de la vieja Anuncia… Anuncia, la que era capaz de caminar durante horas y horas por los montes de los Ancares sólo para llevar provisiones e información a los maquis que aún hacían la guerra…

Ramón ‘El Stalin’ y Anuncia se hicieron novios cinco meses después de que él hubiese roto sus relaciones con Lola ‘La Carretona’, o, para ser exactos, cinco meses después de que Eutiquio “secuestrase” literalmente los sentimientos de mi abuela – aunque se casaron unos años más tarde, el cinco de Junio de 1935 -. Mi tío Carlos dice que eso tuvo que ser fruto de un vil chantaje, que Eutiquio ‘El Furraxo’ seguro que sabía algo que obligó a mi abuela Dolores a ceder a sus pretensiones de boda. Yo no sé, no contesto; pero, en este punto, todo se complica en demasía… son demasiadas reacciones en cadena y sin un motivo aparente que las justifique.

En Noviembre del ’32 nació mi madre. Casi dos años más tarde, en Octubre del ’34, mataron a mi abuela en Oviedo mientras Eutiquio, su marido, se encargaba de las labores de la vendimia en Cacabelos. Ramón ‘El Stalin’ también estaba en Oviedo aquel día, hecho que puede parecer lógico si tenemos en cuenta que ambos eran compañeros de partido, militantes del Partido Comunista desde 1930; pero, por otro lado, ilógico a todas luces si nos remontamos a su relación de noviazgo entre l927 y 1931…

Yo, con sangre de ‘Carretones’ y con sangre de ‘Furraxos’, habría preferido llevar en mis venas y arterias sangre del ‘Stalin’. El mote de ‘Carretón’ no me molesta lo más mínimo. Se lo pusieron a mi bisabuelo Antonio porque se dedicaba, allá a finales del siglo pasado y principios de éste, a hacer mudanzas con su carreta de bueyes. Sin embargo, no me gusta ser ‘Furraxo’. Es un término absolutamente despectivo; se utiliza en cualquier contexto en el que tengas que decir que algo es totalmente inútil, inservible. “Estos apuntes son una auténtica furraxa”, le dije yo hace poco a Fernando al referirme a unos apuntes que me había dejado una compañera de clase, y que eran realmente malos: mal redactados, con muchas faltas… ¡No quiero ser un ‘Furraxo’ de mierda! He de reconocer también que estoy un poco mediatizado por todo lo que mi tío Carlos me contó sobre él, ya que mi madre no tiene nunca ganas de hablar sobre mis abuelos. Eutiquio murió en 1965, y me da la impresión de que a partir de ahí mi madre comenzó a respirar: comenzó su propia vida, se casó, llegué yo, etc., etc.

El Stalin’ falleció hace tan sólo tres años, el único de los tres – sin olvidarnos de Anuncia, claro está; pero a ella no la estoy incluyendo en ese triángulo… supongo que amoroso, que formaban Dolores, Eutiquio y Ramón – que llegó realmente a viejo. Ahora me acuerdo del anciano ‘Stalin’ con su cayado de roble, caminando muy encorvado y con la pava de un puro siempre colgando del lado izquierdo de su boca. Después de la Guerra Civil estuvieron a punto de matarlo, pero en su defensa salió Eutiquio, que no había luchado en la guerra con ningún bando alegando una falsa diabetes – aunque tampoco tardó demasiado en unirse al tren de los vencedores -, diciendo “ahora hay que sacar esto adelante, y necesitamos buenos panaderos como Ramón”. Se libró gracias al pan. Otros no tuvieron esa suerte: su hermano Manuel, que había regresado al pueblo de Cacabelos tras la contienda, fue fusilado, junto a otros quince ‘rojos’, al pie del muro de la iglesia de la Plaza del Generalísimo, puto Generalísimo. Por él nadie intercedió; ni siquiera su propio hermano abrió la boca para pedir clemencia por él.

Ramón ‘El Stalin’ siempre que me veía por la calle me saludaba con un especial afecto: “¿Cómo va eso, pequeño ‘Carretón’?”. “Bien, va todo bien. Gracias. ¿Y a usted?”, solía responder yo con toda mi buena educación cristiana. “Ya ves, hijo: viejo, muy viejo… más cerca de allí que de aquí… Cada día te pareces más a tu abuela Dolores. Tienes todos sus rasgos… sus gestos”, me comentaba siempre el viejo ‘Stalin’ de Cacabelos. “No lo sé, señor. Yo no la conocí”. “Yo sí, pequeño… Yo sí”, y se alejaba calle arriba en dirección al Hogar del Pensionista donde cada tarde jugaba una o dos partidas de tute…”

… DE LA VIDA XXXIX…

XXXIX.

Ese ruido, ese maldito ruido que emite la paleta del albañil contra los bordes del mármol se va haciendo cada vez más y más insoportable. Los invitados al sepelio van huyendo en oleadas de su inevitable predicción de futuro, de toda la parafernalia que la muerte siempre trae consigo. Cuando el nicho de Javi ya está absolutamente precintado tan sólo permanecen allí sus padres, su hermana y, un poco más alejado, observándolo todo desde la distancia, su amigo Pedro.

No es por morbo, ¡qué va!, es sólo una cuestión de supervivencia, de innato apego a la vida: él se ha muerto y Pedro se siente más vivo que nunca… Y con esa sobredosis de vida decide, en ese preciso momento, buscar soluciones, las causas que han llevado a su buen amigo a permanecer para siempre en ese estado inerte en el que ya no podrá hablar más, ni fumarse otro porro, ni correr en bicicleta, ni volver a escuchar a los Pixies…

De acuerdo, te has muerto… Adiós, hasta siempre. Yo seguiré por los dos”, constituye la única oración por su amigo que sale de los labios de Pedro.

Con el transcurso de los días Pedro irá recordando con mayor nitidez lo sucedido aquel fatídico domingo de madrugada, el accidente que nos separó de Javi. Sólo con ejercitar un poco su capacidad de memoria podrá extraer alguna conclusión que conteste salvadora a todos sus interrogantes… De momento, ya no puede soportar ni por un instante más la visión de esos dos padres destrozados. Había previsto darles el pésame, pero no le quedan fuerzas para acercarse a ellos. La madre de Javi se agarra desesperada al nicho sin dejar de gimotear; el padre trata en vano de tirar de ella para poder irse de aquel lugar cuanto antes; y la hermana permanece ajena al dolor paterno mientras llora para sus adentros todo el dolor que la inunda un poco más cada segundo que pasa. “Dantesco espectáculo”, piensa Pedro y, con la venia, da media vuelta para escapar por piernas del hogar de la materia orgánica de los muertos. Mientras busca la puerta de salida de ese laberíntico cementerio, se fija en algo que lama poderosamente su atención: una fosa común presidida por una extraña escultura, rodeada ésta por multitud de ramos de flores como mínimo originales – rosas rojas que forman una estrella de cinco puntas, rosas y claveles rojos que dibujan simbólicamente una hoz y un martillo, composiciones florales tricolores: rojo, amarillo y morado… – “Joder, cuántas banderas republicanas”, piensa Pedro en alto a la vez que empieza a preguntarse intrigado si no estará enterrada allí su abuela Dolores. No hay ni una sola cruz, ningún símbolo católico, sólo un cartel al pie de la escultura que reza: ‘Monumento a los hombres y mujeres torturados y asesinados por la represión franquista’… Da lo mismo, porque aunque la vieja Dolores no descanse en ese mausoleo, para Pedro esa fosa común tan idealista, tan idealizada a partir de ahora, ha supuesto todo un hallazgo: “Supongo que no os importará si vengo aquí de vez en cuando a charlar un poco con mi abuela, ¿verdad?… … Muchas gracias, sois cojonudos”. Pedro sabe que allí hay un sitio para ‘La Carretona’, revolucionaria hasta la médula, y muerta como todos los que yacían bajo aquel suelo por el rodillo de la represión franquista, aunque ésta fuese parte de la represión pre-Guerra Civil… o ¿quién si no había sido el encargado de “limpiar” Asturias de las hordas revolucionarias que osaban “ensuciar” el suelo patrio?

Sale, por fin, del cementerio municipal de Oviedo; y camina con una nueva sensación, algo que hasta le hace sonreír… porque Javi, por el momento, se esconde agazapado en otro rincón de su cerebro no conectado con el pensamiento presente.

En los aledaños del camposanto espera pacientemente Fernando, aunque un poco inquieto ya ante la imprevista tardanza de Pedro.

– ¡Hombre, por fin apareces! ¿Dónde te metiste?

– ¿Qué?

– Que dónde estabas, que llevo media hora aquí esperando. Los padres y la hermana de Javi se fueron hará ya unos diez minutos…

– ¿Tanto? … Joder, pero si acabo de dejarlos allí… en…

– Tú alucinas, colega.

– Es que se me pasó el tiempo mirando una fosa común.

– ¿Una fosa común?

– Sí, una fosa común… … Es una larga historia que ahora no viene a cuento; ya te la contaré otro día, que lo que más deseo en este instante es perder este puto lugar de vista.

– Yo también… Vámonos. Tengo el coche aparcado al lado del tanatorio… ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

– Sí, sí… no pasa nada… Es extraño, ¿no crees?

– ¿El qué?

– Que se te muera tu mejor amigo, que lo acaben de emparedar ahí dentro para que se pudra para siempre… y nosotros aquí, tan tranquilos, como si tal cosa.

– Ya… es ley divina: unos se van…

– ¡Qué ley divina ni qué hostias! Es el destino, tío, el puto destino…

– No sé… puede… ¿De verdad aún crees que ella iba a por ti?

– ¿Quién?

– Joder, ¿Quién va a ser? ¡¿Quién coño va a ser?! Lo que me contaste del intercambio de cazadoras, el accidente, el coche rojo que conducía ella, Ingrid.

– ¡Ah! Sí, claro… Ingrid. Casi no me acordaba ya del accidente de marras.

– ¿Qué tienes pensado hacer a partir de ahora?

– No lo sé… No tengo ni puta idea… Creo que debería aclarar algunas cosas con ella. De todas formas, puede que ella no haya sido…

– Si estás totalmente seguro de que fue ella deberías denunciarla directamente, y dejarte de rollos.

– ¿Denunciar? ¿Denunciarla yo? ¡Qué va, tío, qué dices…! ¡Ni pa dios! ¿Acaso crees que la puta inepta policía puede solucionar algo?

– Bueno, es lo correcto, lo legal, ¿no?

– Mira: Javi, mi amigo, está tieso, allí encerrado, metido dentro de un puto ataúd… eso ya no lo va a solucionar nadie… La verdadera justicia no tiene porque ser la que nos imponen, la que nos han hecho mamar desde críos… Hay miles de formas…

– Por supuesto que sí, pero sólo una válida: denunciar y que cada uno se encargue de su trabajo.

– Joder, vaya insistencia, tío… Ni que te dieran a ti de comer los ‘maderos’.

– Acabas de hacer diana: mi padre es un ‘puto’ policía.

– … Bueno, ¿y qué? Yo sigo pensando lo mismo; eso no cambia nada…

– Ya. Tú lo que eres es un cabezota… Ya verás, ya verás cuando se lo cuente a mi padre…

Fernando introduce la llave en el contacto y, entre risas y bromas derivadas de su conversación, salen definitivamente de aquel infierno en la Tierra. Fernando comprende en parte a su nuevo amigo: Pedro busca desesperadamente una vía de escape que pueda reconfortarlo internamente de alguna manera; no pretendía, a estas alturas, empezar a jugar a los detectives; sin embargo debe preguntar, indagar, si quiere estar en paz y armonía con su propia conciencia, no ya sólo por Javi, sino también por su propia estabilidad emocional… Vaya un supuesto como punto de partida: la chica de la que está enamorado desde hace unos años, aunque él no lo reconocería abiertamente ni bajo tortura china, se carga así, por las buenas, a su mejor amigo… puede que confundiéndolo con él mismo… O no, quizás lo ideal sería que todo hubiese sido fruto de una extraña casualidad, bien como consecuencia de una imprevista autotraición alucinógena, o bien como causa de una paranoia esquizoide provocada por la interna lucha amor-odio que se vivía, desde el día en que la conoció, en el corazón de Pedro.

¿Ley divina? ¿Destino? ¿Casualidad?… ¡Qué más da! Ya no hay vuelta de hoja, y lo único cierto es que los gusanos afilan ya sus cubiertos para, sin más demora, hincar el diente en la fresca carne joven que acaban de adquirir a precio de saldo, que poca carne joven suele haber de oferta en esta época de longevidad, ya que sólo carne vieja, dura y arrugada, procedente del matadero al que los humanos llaman geriátrico, es distribuida regularmente en el frío país de los gasterópodos…

… DE LA VIDA XXXVIII…

XXXVIII.

Un domingo como todos los domingos en una casa habitada por aves nocturnas: la una y cuarto de la tarde y ni el más mínimo atisbo de vida en el planeta 6º C del 36 de Fray Ceferino. La noche anterior había sido larga, muy larga y llena de drogas empapadas en diversos tipos de alcohol. Pedro siente cercano su despertar; en ese estado semi-consciente se sorprende a sí mismo repasando la ‘Poética’ de Aristóteles…

– ¿Qué hora es? ¿Qué día es hoy? – vocifera asustado al despertarse temiendo que fuese lunes… En primer lugar comprueba la hora en su reloj: la una y diecisiete minutos; luego enciente el televisor, sin que haya remitido todavía la sensación de angustia que tapona la vía de entrada a su estómago… “¡Menos mal!”, se siente aliviado al ver que en la segunda cadena retransmiten el típico partido de baloncesto de cada mañana invernal de domingo.

– ¡Qué susto, joder! Pensé por un momento que hoy era lunes – se consuela en voz alta.

Ingrid, con tanto trajín – la tele puesta, Pedro hablando solo y sin parar de moverse inquieto en su lado de la cama – abre los ojos, mira a su compañero de catre y comienza a protestar airadamente.

– ¡Qué hostias pasa aquí, joder, que no me dejas dormir!

– Perdona, tía. Me he despertado pensando que hoy era lunes y que se me había pasado la hora del examen.

– ¡Serás mamón! Hoy es domingo, día de dormir a pierna suelta hasta que te salga del chocho.

– Vale, vale. No te pongas así. Tú sigue durmiendo que yo me voy a poner a estudiar un poco.

– ¡De eso nada, monada! Ahora te jodes, que ya me he despertado y cuando me despierto, o me despiertan, ya no puedo volver a conciliar el sueño hasta pasadas al menos unas cinco o seis horas.

– Pero es que yo debería ponerme a estudiar, que mañana tengo mi primer examen en la Facultad y…

– ¡Y nada! Para una puta vez que vengo a Oviedo a verte me aguantas y punto. Ya estudiarás luego toda la noche, que ya sabes que yo me voy en el ‘Alsa’ de las doce y media.

A Pedro le entraron unas ganas locas de agarrar a aquella mujer de un brazo y arrastrarla a empellones hasta la puerta, no ya la de su habitación, sino la de la puta calle para cerrarla, posteriormente, a cal y canto. El único problema surgiría irremisiblemente al no estar la casa debidamente insonorizada contra gritos de mujer histérico-despechada.

Pedro deseaba que ella regresase a Madrid de una puta vez. Ingrid invadía todo su espacio vital, ya no era dueño de su propia habitación (todo hijo único ama la soledad escogida, la soledad que permite tener todo lo que se encuentre al alcance de la vista bajo control)… Pero estaba más que dispuesto a imponerse, a rebelarse contra aquella que osaba conquistar su pequeño país. Ensayó consigo mismo una mirada violentamente acusadora, que fuese capaz de decir: “Cuidado, que aquí estoy yo, ¡eh?”… Llegado el momento de ponerla en práctica no pudo… fue mirarla a los ojos y enternecerse al mismo tiempo.

– Venga, haya paz. Voy a poner algo de música.

– Vale. Mientras, voy al baño a mear y a lavarme un poco la ojera, que debo tener un aspecto de lo más terorífico.

Todo lo contrario, para Pedro estaba guapísima recién levantada, sin nada de maquillaje, sin ningún tipo de máscara. No sé porque las tías se empeñan en arreglarse excesivamente, si a cualquier hombre enamorado le gusta su chica esté como esté…

Pedro revisó de una pasada su discografía, pero aún no tenía muy claro qué le gustaría escuchar en ese preciso instante. Cada momento tiene su música, y, tras barajar cuatro opciones, sacó un vinilo de su correspondiente carátula y lo colocó en el plato de su tocadiscos; limpió a continuación la aguja, ajustó el volumen y el “Daydream Nation” de los Sonic Youth comenzó a sonar llenado de decibelios no sólo su habitación, sino que el ruido de guitarra distorsionada también avanzó desafiante abriéndose paso por el resto de la casa. Ingrid regresó del baño alterada ante la avalancha de vatios que invadía su cerebro, según su propia consideración, de forma premeditada.

– ¡Joder! ¿Estás loco, o qué? ¡Baja eso!… ¿o es que a ti no te duele ni un ápice la cabeza?

– ¡A mi no me duele la cabeza! ¡Al contrario, a mí la música me ayuda a vencer los efectos de la resaca!

– ¡Pero es que vas a despertar a los demás!

– ¡Qué se jodan esos cabrones! ¡Anda que no me habrán despertado ellos a mí cantidad de veces… ! ¡La última me despertó Carlos con Nino Bravo, tía! ¡¡¡Nino Bravo!!!

Ingrid decide pasar directamente a la acción: baja el mando del volumen del siete al dos. Pedro siente como su hipotética autoridad se desmorona. “Esto supone un golpe de estado en toda regla”, piensa indignado. Había tenido, como todo bicho viviente, sus rollos; alguna que otra chica había pasado por su reino sometiéndose en casi todo a su regia voluntad… Pero esto era nuevo, algo inconcebible, sin dejar de ser, por otro lado, moralmente insoportable. Su único consuelo se derivaba de que el estado dictatorial impuesto por la coronela Ingrid tenía sus horas contadas: sólo hasta las doce y media de la noche…

– A estas horas, sin haber desayunado todavía, apetece oír una música menos estridente, ¿no crees?… Además, podías tener algo de consideración con los demás, tío.

– Joder… yo alucino en colores. ¡Si a ti te gustaban los Sonic Youth!

– Sí, sí que me gustan… pero en momentos muy determinados, no ahora. Y tampoco es que me chiflen, la verdad.

– No dejo de salir de mi asombro… De acuerdo. Entonces, ¿qué te apetece escuchar?

– No sé… pon esta cinta mía de El Último de la Fila, por ejemplo.

– ¡No, eso no! ¡Por ahí sí que no paso!

– ¡Ah, no? Pues antes bien que te gustaban también… ya empiezas a contradecirte, como siempre.

– No, si yo no lo niego; pero es que son muy repetitivos… cada disco que sacan es más de lo mismo.

– Y dale… ¿Qué es, que Sonic Youth no se repiten, que en cada disco inventan algo nuevo?

– Pues no, no es eso… Joder, es una mera cuestión de gustos… es ir evolucionando, creciendo con la música y seleccionando lo que consideras realmente bueno.

– Ya, las típicas chorradas de siempre… ¡Ya te digo!

Siguiente operación de Ingrid: quita el disco de Sonic Youth, coloca en la pletina “Como la Cabeza al Sombrero” de El Último de la Fila, y pulsa la tecla de ‘play’.

– Vale, vale… Me rindo. ¡Qué remedio si no…! Además, no tengo ánimo para seguir discutiendo, que tengo un examen mañana… ¡Mi primer examen en la universidad!, y necesito estímulos, concentración, y no discusiones gilipollas sobre este o el otro grupo.

– Yo reconozco que sabes mucho de música, de cine… conoces mogollón de grupos, siempre estás al día en todo… Si es que tu único defecto es que tratas de imponer tus gustos a los demás.

– ¡Yooo? ¡De eso nada!

– Sí, tú, tú… Acuérdate de los rollos sobre música pop que me metes siempre en tus cartas: didácticos e insufribles la mayor parte de las veces, para qué te voy a engañar…

– Joder, me gustan, o mejor dicho, me apasionan la música y el cine… Lamento haberte contado mis rollos de crítico cinematográfico-musical. Ya ves, pensaba que te interesaba todo lo que te contaba en mis cartas, que tenías gustos afines a los míos…

– Y los tengo… muchos de los grupos que me recomendaste me parecieron flipantes: los Pixies, los Dead Kennedys, los Smiths, Joy Division… o incluso los Residents. Lo que ocurre es que no soporto que me des lecciones magistrales de tío listo que lo sabe todo; no soporto la prepotencia masculina…

– ¡No jodas!… … Y eso, ¿qué tiene que ver?

– Mucho, pero mucho que ver. ¿Pero es que no os dais cuenta? Los tíos sois todos como cromos repetidos: os creéis superiores a nosotras; tratáis de mostrarnos continuamente todo lo inteligentes que podéis llegar a ser… joder, es que sois de un paternalista que da asco, ¡puto asco!

– Yo no tengo la culpa de ser inteligente, joder… No cuento las cosas por meter puros y simples rollos, sino porque…

– ¿Por qué?, a ver, ¿por qué? Explícate.

– … … ¡No tengo ni puta idea! Yo sólo quería poner un disco de Sonic Youth, y no tener que soportar a los pesados de El Último de la Fila… Además, el que canta es idéntico al Pajares, ¡y tampoco soporto a Andrés Pajares!

– ¡Bravo! Vaya un señor razonamiento de ‘monsieur’ inteligencia… Pajares… Entonces, según tu nueva teoría sobre gustos musicales a mí no me pueden gustar los Pixies: no soporto a los gordos, y el cantante es una puta bola de grasa…

– Vale, vale, tú ganas… como siempre… Mira, sólo trataba de explicarte que no me apetece escuchar a esos varas; suenan rancio, antiguo, decadente…

– Pasado de moda, querrás decir pasado de moda. ¿Antiguo? Antiguo es el gregoriano, ¡no te digo!

Pedro se tranquiliza: se sienta sobre la cama en actitud relajada y pacificadora, y elabora uno de sus – al menos él lo cree así – brillantes razonamientos.

– Vamos a ver, Ingrid… no es exactamente eso; ‘antiguo’ no define correctamente lo que pretendía explicar, tampoco ‘pasado de moda’… Los Rolling Stones, por ejemplo, tuvieron que hacer montones de canciones, grabar discos año tras año, para convertirse en clásicos y ser reconocidos como tales por todo el mundo… Bueno, por casi todo el mundo.

– ¿Y…?

– No me interrumpas, déjame seguir… ¿No te das cuenta? Ahora todo va muy de prisa, todo gira a más revoluciones: ¿cuántos discos tiene que grabar hoy en día un buen grupo para convertirse en un clásico? Con un par de ellos, ¡con uno, incluso!, puede ser más que suficiente… Por la misma razón, si al tercer o cuarto disco no son capaces de superarse, de introducir variaciones… pues eso, se vuelven antiguos, aburridos, y tú escucharás sus primeras grabaciones, así como pasarás olímpicamente de todo lo nuevo que vayan sacando a la calle. Así de sencillo.

– De acuerdo, sencillísimo, ¡oh! ser supremo del rock’n’roll… ¡Pedro dixit!

– ¡Bah! No me vaciles, tía, que estoy hablando en serio.

– Pues tú no me des lecciones, tío, que no las necesito.

Y se enzarzan en una amistosa pelea que, como suele ocurrir cuando hay deseo, acaba en un buen polvo que sirve de vía de escape a toda la tensión acumulada previamente. La fase post-coito devuelve el silencio, ya no hay música, ya no hay discusiones, tampoco se pueden oír jadeos entrecortados… Toda esa quietud se ve perturbada inconscientemente por el intenso rugir de las entrañas de Ingrid, que no conocen otra forma más discreta de decir que ya está bien, que el hambre aprieta. Pedro se da por aludido: “Oye, ¿por qué no bajamos a la sidrería de enfrente a comernos un buen par de centollos?”, propone, a lo que ella asiente antes de matar contra el compacto vidrio del cenicero el primer canuto del día, el canuto mañanero.