… DE LA VIDA XLV…

XLV.

Una noche Pedro tuvo un sueño… bueno, sueños, lo que son sueños, los tendrá cada noche, como cada ser humano; me refiero a que hace dos días recordó un sueño, algo excepcional ya que nunca es capaz de recordar nada de lo soñado. El sueño podría resumirse como sigue:

El escenario, una carrera comarcal vacía, sin tráfico. Pedro camina en solitario siguiendo la estela de la línea continua que divide el asfalto en los correspondientes dos carriles. Es un camino plagado de curvas peligrosas a ambos lados. No hay señales de tráfico… De lejos, escucha una canción que le gustaba de muy pequeño, Amoureux Solitaires, de Lio, una chica que cantaba en camisón y bragas y que, cada vez que salía en Aplauso arrebataba no sólo a Pedro, sino a todo ser humano amante de la belleza; ahora le parece verla allí bailando, al fondo de la carretera… ¡incluso se parece un poco a Ingrid! (Amoureux solitaires dans une ville morte, amoureux imaginaires mais apres tout qu’importe, que nos vies aient l’air d’un film parfait… ‘Enamorados solitarios en una ciudad muerta, enamorados imaginarios, da igual, a quién le importa, hagamos que nuestras vidas se parezcan a una película perfecta…’))

De repente, al salir de una cerrada curva a la derecha, Pedro divisa allá, a lo lejos, muy por detrás de la propia Lio, una multitud que camina en dirección contraria. Van moviéndose despacio, muy despacio… Son zombis, pero no lo parecen – al menos no responden a la tradicional imagen fílmica del muerto viviente -. Intenta escapar, pero no puede: la propia carretera lo encamina hacia ellos. Tiene miedo (algo lógico, por otro lado). Se van acercando ellos a él, y él, irremisiblemente, también a ellos, como si un invisible imán los atrajese mutuamente. Por fin llegan a su altura; saluda a todo el mundo en general, pero no recibe respuesta alguna. Ellos caminan con una extraña rigidez; van todos vestidos con trajes negros; están muy pálidos… ‘Joder, éstos están muertos’, piensa antes de asustarse de verdad: ‘¿y yo?… ¡Anda la hostia, entonces yo también debo estar muerto… !’. Entre la masa distingue a su abuela Dolores. Emocionado y nervioso, llama su atención, pero ella no le contesta; nadie lo hace, todos pasan de largo. Sin dejar de salir de su asombro, continúa fijándose en la gente que pasa por su lado; casi al final del grupo aparece Javi, su amigo Javi. ‘¡Eh! ¡Javi, Javi, tío… ! ¿No me oyes?’. No, no le puede oír; no le mira, ni siquiera responde con un simple gesto. Pedro intenta acercarse a él para zarandearlo, para darle una buena bofetada… Imposible, ya que ahora una extraña fuerza lo mantiene quieto, sin poder caminar; para comprobar si está o no paralizado mueve un brazo y se lo lleva a la altura del pecho… ‘¡Qué alivio! Al menos yo puedo mover los brazos’, trata de consolarse un poco a sí mismo, y luego comienza a hacer muecas con su cara; intenta también hablar pero, aunque mueve su boca, no sale de ella ningún sonido, sin embargo él no se da cuenta de este hecho ya que él sí que puede escucharse a sí mismo. La Santa Compaña se va alejando de su posición; siguen yendo muy despacio, pero Pedro no puede mover sus piernas… no puede hacer nada. Transcurridos cinco minutos, puede oír el ruido del motor de un coche que se acerca: es un Ford Fiesta de color rojo; se fija, como siempre hace, en la matrícula (M – 2067 – BM). ‘Vaya, un coche de Madrid… M. B. M.’, se dice a la vez que estira su brazo derecho hasta llevarlo a una posición casi horizontal, para luego cerrar el puño y sacar el dedo gordo, como haría cualquier autoestopista. La sorpresa de Pedro es mayúscula al reconocer a la conductora: ¡¡¡Es Ingrid!!! La inicial sorpresa se torna alegría al verla, pero acaba siendo una de las más profundas decepciones cuando ella también pasa de largo, sin parar, aunque, eso sí, sin dejar de saludarlo diciéndole adiós con la mano. En el asiento del copiloto le pareció que iba sentada una anciana señora, y digo ‘pareció’ porque Pedro sólo pudo distinguir una silueta coronada por un moño alto de pelo cano; también recuerda Pedro que esa supuesta señora llevaba una chaqueta gris de punto que le resultaba familiar: ‘¿A quién he visto yo antes con esa chaqueta?’, se pregunta… Pero en ese preciso momento, Pedro oye el tubo de escape de un coche que esta vez viene en dirección contraria… y él que sigue sin poder moverse de allí. Cuando están a punto de atropellarlo, se despierta sobresaltado, empapado en un mar de sudor frío. A pesar del susto recibido, al principio no es capaz de recordar nada de ese sueño, como siempre, como le sucede habitualmente con todos sus sueños; se levanta, bebe un par de vasos de agua, y sigue su vida normal, un día como otro entre semana…

Yo conozco la historia de este sueño porque, pasados unos días, Pedro me llamó por teléfono muy alterado para contarme que había recordado esa extraña pesadilla. Quedamos en una céntrica cafetería y allí, ya más tranquilos, lo comentamos con calma. Aunque él trató de explicarme cómo había podido recordar ese sueño después de tantos días, lo cierto es que yo no me enteré muy bien de ese rollo – algo sobre un grupo de música y unas iniciales que coincidían con la matrícula…- No sé, sólo sé que ahora está enfrascado en una especie de investigación con fines aclaratorios – así la llamó él -. No tengo noticias suyas, y estoy verdaderamente preocupado ya que le tuve que dejar prestado mi coche… No podía negarme. ‘Fernando, tienes que hacerme un gran favor’, me dijo como si le fuese la vida en ello; y yo, por supuesto, le entregué las llaves de mi coche sin pensármelo dos veces. Un día, todo un día, y no sé por dónde puede andar este tío. ‘Ya te llamo cuando sepa algo’, contestó al preguntarle yo que cuándo me lo podría devolver… y aquí estoy, esperando, aguantando las continuas reprimendas de mis padres, que no paran de decirme que soy un gilipollas; pero eso no hace falta que me lo digan ellos, que ya lo sé yo… Es que Pedro es mi auténtica debilidad: todavía no he aprendido a decirle que no a nada… pero como no reciba algún mensaje suyo hoy o mañana creo que habrá que empezar a utilizar ese monosílabo con él. Gilipollas, sí… pero hasta un límite”.

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… DE LA VIDA XLIV…

XLIV.

Joder, mira que lo sé de sobra, no lo habré padecido ya montones de veces y siempre se repite la misma historia: estado semi-depresivo más ánimo corroído por vete-tú-a-saber-qué-hostias es igual a Joy Division, pura matemática aplicada. Visto así, desde una posición lejana y neutral, puede parecer masoquistamente agradable: una habitación oscura, sólo alumbrada mínimamente por la acción de cada calada dada a un cigarrillo, la voz del desesperado de Ian Curtis cantando ‘Transmission’ o ‘Disorder’, y yo, más angustiado que nunca y sintiendo en cada segundo que pasa que la vida no es más que un puto rollo, conviviendo los tres juntos en perfecta armonía durante dos, tres o cuatro horas… días, incluso.

Cuando crees que ya no hay salida, cuando la claustrofobia existencial tapa todos los agujeros y estás a punto de gritar desesperado llega, por fin, la tan ansiada luz: Homer Simpson, o bien los Monty python… la risa, que el buen humor puede levantar hasta a los muertos. Pongo en marcha mi aparato de video, inserto allí cualquier episodio de ‘Los Simpson’, ‘La Vida de Brian’ o cualquier cinta de la serie de televisión de los Cleese, Gillian, Idle, Palin, Jones y Chapman ‘Monty Python’s Flying Circus’… y a disfrutar.

¡Cómo me gustaría ser tan feliz como Homer… !, o cantar cuando me venga en gana y a viva voz ‘Isn’t it awfully nice to Have a Penis’ (no es maravilloso tener un pene). Pero como no puedo, ya que sé distinguir perfectamente lo real de lo fantástico, entonces lo que hago es interiorizar todas esas buenas vibraciones que emanan de la maravillosa pantalla de mi televisor y olvidarme del pesado de Ian Curtis – un tío que se suicida después de ver ‘Stroszek’, película de Werner Herzog, tiene que ser como mínimo un poco anormal; aunque a veces soy capaz de comprenderlo, que yo también he visto y padecido esa película y, desde luego, sí que entran unas ganas irrefrenables de suicidarse… pero sólo por lo mala que es, al menos desde mi siempre rebatible punto de vista. Todo esto no implica que no me gusten Joy Division, al contrario: gracias a ellos reviso cada poco toda mi videoteca dedicada al humor ácido y corrosivo, fuente de energía para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.

Y a éste, ¿qué coño le pasa ahora?’, os preguntaréis. Nada, en realidad no me ocurre nada… eso es lo malo, que nunca pasa nada… hasta que te mueres, claro, que entonces sí que ya no pasará nada de nada…

Ingrid se fue hace dos días. Tenía ganas de que se largase de una puta vez para poder recuperar el mando de las operaciones en mi habitación… ¡Y ya veis!

Volví de la estación de autobuses dispuesto a envenenarme con litros de café y con catovit ante los Platón, Aristóteles, Horacio y demás clásicos del pensamiento histórico-universal… pero no pude; no se me iba su imagen de la cabeza; mogollón de preguntas a las que no encontraba una lógica respuesta rondaban por mi cabeza… Esas cosas tan raras que me dijo: que si ‘devoradora de vidas’, que si ‘tantas historias que contar’. No llego a conectar con ella; no la pillo, no soy capaz de seguirla… Como resultado predecible, no me presenté al parcial de Crítica Literaria. ¿Para qué? ¿Para hacer el más absoluto de los ridículos…? ¡Empiezo con buen pie mi carrera universitaria… ! Se me vino el mundo encima – mundo sería, en este caso, igual a ausencia de Ingrid más no presentarse al examen. Llevo dos días y medio aquí encerrado, casi sin comer y sin apenas dormir. Sí que me he hecho alguna que otra paja… y es que creo que debería haber cambiado las sábanas al irse ella. Joder, es que es meterse en la cama, percibir toda su gama de olores, y notar de inmediato ese efecto en mi alterada libido. Claro, al final no queda más remedio que expulsar todo ese semen retenido, que, de lo contrario, supura en el escroto e infecta nuestra psique.

Ahora mismo voy a cambiar las sábanas, a abrir también la ventana, que aquí, aunque yo no lo perciba, ya debe oler a humanidad en peligro, y también a prepararme algo de comer. Espero que mis compañeros de piso sigan viviendo aquí…

¡Quién hostias me mandaría a mí enamorarme… ! Bueno, en realidad creo que ya lo estaba, pero debo sublimar todos mis sentimientos y hacerme fuerte. Voy a ser el Mae West de los hombres: castigador y sin dejarme afectar ni por asomo por las viles tretas femeninas… Es que esa tía puede machacar a cualquiera. ¡No me mires así, abuela, que es la puta verdad!”

La tele, de fondo, envía señales en forma de capítulo de ‘Los Simpson’:

– Hola, soy Michael Jackson, de los Jackson.

– Y yo Homer Simpson, de los Simpson.

Ese es mi héroe… Venga, Homer, levántame el ánimo, que tú sí que puedes…”.

… DE LA VIDA XLIII…

XLIII.

– Entonces, ¿te dejo en casa? – preguntó Fernando a Pedro desde su posición de conductor.

– No… Creo que voy a irme para el antiguo, a tomarme un par de jarras de Guinness. Las necesito. Oye, ¿por qué no te apuntas?

– No sé, debería estudiar algo hoy, que llevo una temporada de lo más ocioso; además, tengo que poner al día montones de apuntes…

– Venga, Fernando, tío… No seas agonías. Vamos a bebernos unas cervezas en honor de mi amigo Javi.

– No me tientes… no me tientes…

– Tentado estás… Joder, tío, que tienes tiempo de sobra: todo el fin de semana que viene, todas las mañanas… que por un día o dos que no estudies…

– Vale, vale, me has convencido, pelma incitador…

– ¡Ahí está mi Fernando!… No es por fastidiarte, (porque ya sabes que me interesa que tengas buenos apuntes, que a ver si no quién me los deja luego); es por no beber solo, que eso deprime mogollón: acabas como cualquier borracho solitario…

– ¡Vaya morro que le echas!

Sí, desde luego apetecía; después de dos días duros, dedicados exclusivamente a Javi, no quedaba más remedio que emborrachar la mente para, de esa manera, empezar a vivir y mamar del recuerdo del amigo muerto y enterrado.

Aparcaron el coche en el Campillín, donde la primeras putas del día comenzaban a contonearse frente a cada uno de los coches que por allí pasaba. Acto seguido, Fernando avisó a sus progenitores a través de la correspondiente llamada telefónica; hecho que de por sí sorprendió un poco a Pedro, acostumbrado ya a hacer todo lo que le viniese en gana sin necesidad de justificarse ante ningún mando superior, genealógicamente hablando, claro.

Comenzaron la ronda en el ‘Cecchini’ al ritmo que marcaba la voz de Paul Weller y sus Jam, ‘In the City’, muy apropiado, para luego ir subiendo desde la Calle Oscura hasta la Calle Mon.

Todavía era demasiado temprano… en todos los aspectos: las nueve y diez de la noche, un día de semana… Poca gente, sólo los habituales, visitaba los bares del casco viejo, y ni siquiera habían abierto el ‘Channel’. Al acabar su quinta cerveza, el estómago comenzaba a pedir a gritos algo sólido para calmar sus ansiosos jugos gástricos, hartos ya de asimilar tanto lúpulo… porque si al final no quedaba más remedio que vomitar, al menos que hubiese algún alimento digerido que poder expulsar. Fernando propuso ir a comer unos pinchos a la zona del Rosal, algo que a Pedro le pareció perfecto: uno de pollo, otro de tortilla, uno más de lomo… o puede que vegetal (pero vegetal anti-vegetariano, es decir, con su correspondiente rodaja de jamón cocido), regados todos con un buen vino, esta vez de Rioja, ya que no tenían vino del Bierzo en el bar… ellos se lo perdían.

Fernando, poco acostumbrado al efecto euforia que provoca el alcohol antes de haber abusado para dar paso a una fase etílico-incontrolada, decide que tiene ante sí la oportunidad que tanto anhelaba desde hacía ya dos años… “Ahora o nunca”, piensa mientras su amigo regresa a la mesa después de haber ido a sacar tabaco de la tradicional máquina de ‘su tabaco, gracias’.

– Oye, Pedro.

– Sí, dime

– Hace tiempo que quería comentarte una cosa que me ronda por la cabeza…

– Soy todo oídos.

Fernando coge un cigarrillo del paquete de ‘Marlboro’ que Pedro acaba de dejar sobre la mesa; lo enciende… su mano derecha muestra un ligero temblor nervioso del que Pedro ni se percata…

– … Es que estoy un poco nervioso: es la primera vez en mi vida que hablo sobre esto…

– Nada, hombre, fuma, que tampoco será para tanto.

– ¡Es que sí que es para tanto…!

– Joder, empiezas a preocuparme. ¡Dispara ya, cojones!… que somos amigos… tú también me escuchaste en su momento, ¿no? Pues eso, ahora me toca a mí.

– Está bien… Allá va; es algo que nadie sabe… o al menos eso creo yo… ¡Bah!, para que seguir con más rodeos: soy homosexual.

– ¿Y…?

– ¡Cómo que ‘¿Y?’…! ¿No te sorprende?

– ¿Y por qué tiene que sorprenderme? A mí los gustos sexuales de cada uno me traen sin cuidado… vamos, que yo respeto todas las opciones, quiero decir.

– Pero… ¿Qué es, que ya te lo sospechabas o algo así?

– Pues no, la verdad; nunca me lo había ni planteado de ti… tampoco te conozco hace tanto… Bueno, sí que te conozco de clase y esas cosas, pero no sé…

– Ya. Creo que lo entiendo: que yo era algo así como un ser invisible para ti, ¿no?

– Bueno… algo parecido… La gran masa está compuesta por seres invisibles, con los que te cruzas a diario, en la calle, en un bar… y a los que nunca recordarás conscientemente… Joder, luego ya conoces a mucha otra gente, a la que aprecias; pero amigos, lo que se dice buenos amigos, de confianza… pocos, muy pocos y escogidos. No te preocupes: no soy homófobo ni nada parecido. Podemos ser amigos sin ningún problema.

– Ya, amigos… sólo amigos, ¿no?

– ¡Uy, uy, uuuy…! Creo que sé adónde quieres llegar…

– ¿Y es terreno peligroso?

– No, peligroso exactamente no; mejor llámalo baldío, terreno baldío.

– ¿Baldío… ?

– Sí, eso: sin frutos que poder recoger en época de cosecha… ‘Wasteland’, ¿Leíste ‘Wasteland’ de T. S. Eliot el año pasado…?

– Sí, claro que lo leí. Era lectura obligatoria. Pero, ¿qué tiene eso que ver? Lo único que sé es que yo… yo… yo siento algo muy fuerte dentro de mí. Me da la impresión de que me estoy enamorando de ti.

– El único inconveniente es que a mí no me gustan los hombres. Puedo querer a un amigo… Quería a Javi… puedo llegar a tenerte un cariño especial… no sé… ¡Pero de ahí a que me llegues a gustar… ! Yo soy un heterosexual prototípico: se me van los ojos detrás de un buen par de tetas… ¿Entiendes, no?

– Sí, ya te dije antes que ‘entendía’…

– Joder, no me refiero a ese ‘entender’… Ahora va a resultar que te lo tomas a cachondeo.

– ¡Qué va! Nunca había hablado tan en serio… Lo que pasa es que estoy un poco borracho y se me va la lengua, sencillamente… La verdad es que es muy duro no asimilar bien lo que te ocurre… sobre todo cuando lo que te ocurre está tan en contra de lo que te han enseñado… lo llegas a pasar realmente mal, muy mal.

– ¡Pero si a ti no te ocurre nada, joder! Sólo tienes tus propios gustos sexuales, como todo el mundo… ¡Espabílate, que no eres ningún bicho raro, que no eres el único!

– Ya, ya lo sé… ¿Sabes?, lo más gracioso es que a mí me caen mal todas esas mariquitas que van de ‘locas’ por la vida, dando el cante, con todo ese plumerío…

– Pues a mí no me caen mal ni nada, ya ves. ¡Joder, que somos libres, tío… ! No seas cobarde… A ti lo que te pasa es que te dan envidia, puta envidia… ¿o no?

– … No sé… quizás tengas razón, puede que sea eso… Imagínate si se llegan a enterar mis padres… mis hermanos… pero sobre todo mi padre: el típico duro agente de policía fascista, racista y, sobre todo, homófobo hasta decir basta…

– ¿Qué? ¿Qué pasaría?… ¿Qué ibas a dejar de respirar así, de repente? Tú con esconderte en tu trinchera no ganas nada; al contrario, si sigues fingiendo toda tu puta vida seguro que hasta acabas casándote con una chica por complacer a tus ‘papás’… Tú sal del armario, tío, y si no son capaces de comprenderlo en tu casa pues no pasa nada, a otra cosa y ¡qué les den…!

– … por culo, ¿no?

– Sí, claro… supongo.

Llegados a este punto no pueden evitar las carcajadas que la última parte de la conversación les provoca. ¿Por qué razón Pedro evitó pronunciar la palabra ‘culo’? Es algo casi inconsciente; la educación tradicional amparada por los valores conocidos como morales se incrusta sin que nos demos cuenta en nuestro subconsciente, y a la mínima de cambio aflora, sube hasta nuestra superficie y nos acaba delatando sin nosotros pretenderlo. Pero no hay que preocuparse, tan sólo ser natural y ser consecuente con lo que uno dice. Pedro no puede mostrar ningún rasgo de su personalidad que, en principio, ofenda a un homosexual, debe ser políticamente correcto – el mundo anglosajón que nos invade irremisiblemente… ¡Qué tontería! ¡Como si no fuera ya suficiente con la moral cristiana, para tener que sufrir además la imposición de lo ‘políticamente correcto’! Gilipolleces. Pedro sabe perfectamente cuáles son sus verdaderas ideas al respecto; pero esa actitud tolerante, comprensiva, no evita que en otros contextos pueda llegar incluso a reírse de chistes sobre maricones, y a veces hasta contarlos sin tener porque sentirse posteriormente como un ogro come-mariquitas, como un hostigador de seres que no cumplan con la ‘establecida normalidad’. La realidad es la que es; podemos cambiar ciertas formas de intransigencia, pero sin la necesidad de llegar a extremos fundamentalistas.

Fernando, a pesar de las calabazas recibidas, se siente a gusto hablando con Pedro. De antemano sabía que la respuesta de Pedro iba a ser negativa, lo que ya no tenía tan claro era cuál sería la reacción global de su amigo ante su repentina confesión… Y la reacción parecía positiva, tan positiva incluso que su nivel de esperanza con respecto a un posible romance con Pedro no había menguado ni un solo ápice.

– Fernando, ¿tú conoces a Samuel?

– ¿El de Filología?

– Sí, el del grupo de la mañana… Pues él tiene una teoría: dice que todos los hombres somos homosexuales… Él lo es, por supuesto.

– Vaya bobada…

– Me contó que si él me la llegase a chupar o si me hiciese una paja, yo me correría de la misma forma que con una tía; luego me metió otro rollo sobre que si al hacer el coito anal, el que recibe siente un placer similar al orgasmo dependiendo de como se la meta el otro, que si llega a rozar con la próstata o no sé qué rollos puede llegar a correrse… A mí me parece todo un poco exagerado, ¿no crees?

– No tengo ni idea… Digamos que yo soy homosexual… platónicamente hablando, nada más.

– ¿Cómo… ? ¿Qué eres virgen? ¿Quieres decir que no has… ?

– Efectivamente: ni con tíos ni con tías… Nada de nada, excepto pajas, claro.

– Entonces tú todavía eres asexual, no homosexual…

– No sé, me da un poco de miedo probarlo… aunque no dejo de tener mis fantasías sexuales, por supuesto.

– Pues ¡hala!, a recuperar el tiempo perdido a partir de hoy mismo… no sé, vete a un bar de ambiente y ya verás como ligas, que estás bastante bueno…

– Hombre, muchas gracias por lo de ‘bueno’…

– ¡No, no, a mí no me mires así…!, que yo ya te he dicho que sólo me gustan las mujeres.

– Ya, por mi parte eso ya está asumido… pero es que tú me gustas un montón y no lo puedo evitar… … Ya, ya, no pongas esa cara, que me conformo con que seamos amigos.

– ¿Qué cara he puesto?

– No sé… un gesto raro, como de rechazo ante la idea de…

– … de hacérmelo contigo… o con cualquier otro tío. Joder, es que no estoy preparado; vamos… que no me atrae sexualmente ningún hombre… pero nunca se puede descartar nada en esta vida: igual algún día, por curiosidad, pues voy y lo pruebo… Desde luego no contigo, que no tienes ni puta idea… ¡Virgen a estas alturas… y con veintidós años…! ¡Ya te vale, tío! ¡Vaya un mal rollo…!

– No te preocupes, que lo intentaré al menos…

Esa noche agarraron un buen pedo, como dos buenos amigos que hace poco que se conocen y tienen mucho que aprender el uno del otro. Pedro, más acostumbrado a noches en vela de alcohólica bacanal, tuvo que ejercer como enfermero para con Fernando, y llevar el coche hasta casa de su amigo, aunque, eso sí, después de interrogarlo durante tres cuartos de hora hasta que por fin pudo Fernando vocalizar mínimamente su dirección. En ningún momento se le pasó por la cabeza dejarlo allí tirado, que eso no se hace nunca con un amigo.

… DE LA VIDA XLII…

XLII.

De pequeño me gustaba mucho coleccionar cromos; era mi pasatiempo favorito: iba casi todos los días a la librería de la esquina con la paga semanal, o con las monedas que había podido sisar a mi madre de la vuelta del pan o de la leche… mi corazón latía cada vez más aprisa – ¡pum, pum! ¡pum, pum! – a medida que me acercaba al templo del tesoro; una vez allí pedía cuatro, cinco… no sé, los paquetes de cromos que fuese posible en relación proporcional con el número de monedas que llevase. Los abría uno a uno nada mas salir, unas veces despacio y pasando, a continuación, cada cromo con sumo cuidado: “lo tengo, lo tengo, lo tengo… ¡No! ¡Bieeeen!”. Otras, cuando la colección no era una de mis preferidas, los pasaba rápido, casi hasta con desdén…

Los cromos daban mucha cancha: el acto comunicativo de intercambiarlos – no sin antes llegar a un buen acuerdo, que un cromo difícil valía muchos otros, puede que hasta cien en el mercado negro; un juego al que llamábamos ‘montar’, que implicaba una vigilancia extrema a las posibles trampas del contrincante – aunque yo no estoy para dar lecciones, que me engañaba cualquier imbécil a la mínima de cambio…

La dinámica de ‘montar’ era en sí muy sencilla: dos o mas jugadores, cada uno con su respectivo montón de cromos; después dibujábamos una raya en la pared (a la altura del pecho, más o menos) y desde esa línea, por riguroso orden de sorteo, uno a uno íbamos dejando caer un cromo de cada vez apoyándolo primero contra la pared para luego soltarlo, procurando, si eras realmente hábil, dirigirlo un poco, hasta que un cromo caía justo encima de otro. “¡Monta!”, decía el que tenía esa suerte, y se llevaba como premio todos los cromos que estaban esparcidos por el suelo en ese momento. Si ‘picaba’ un poco no era válido, había que seguir tirando. ‘Picar’ ocurría cuando la esquina de un cromo tocaba ligeramente a otro sin llegar a cubrir, al menos, la tercera parte del total de la superficie de éste, más o menos. Ahí radicaba la madre de todas las discusiones: “¡Qué sí!”… “¡Qué no!”… “¡Monta claramente!”… “¡Qué dices, si sólo pica un poco…! ¿No lo ves?”… En estas circunstancias un niño tan alelado como yo tenía todas las de perder. Nunca llegué a ganar un cromo de los considerados importantes jugando a ‘montar’…

Aún conservo todas mis colecciones; están guardadas dentro de una caja de cartón en el desván de la casa de mis padres: “Heidi”, “Un, Dos, Tres”, “La Guerra de las Galaxias” (recuerdo como si fuera ayer mismo estar pegando el último cromo que me quedaba, uno de la Estrella de la Muerte, mientras las Baccara cantaban en Aplauso ‘Yes Sir, I can Boogie – bat ai nid a serten song’),

“Spiderman” y, por supuesto, todas las ligas de fútbol desde la temporada 74/75 hasta la 83/84, junto con los Mundiales del ’74, ’78 y ’82; y no es por presumir, pero las completé todas… bueno, miento, casi todas: Mundial del ’78, Argentina; precisamente de la selección del país anfitrión me faltaba el único cromo para completar el álbum: Daniel Passarella. En una ocasión estuve a punto de cambiárselo a Lázaro, el hijo del panadero, por Hansi Krankl, un delantero austríaco que venía al Barça después del campeonato del Mundo, y que no sé por qué razón, a mí me salía repetidas veces, aunque era uno de los difíciles, de los que les faltaba a muchos otros coleccionistas. Pues no, al final no pudo ser: en el momento más “oportuno” apareció el cabrón de Jorge, el del molino, y me hizo una opa de lo más hostil para conseguir a Passarella, al ansiado capitán de la albiceleste. Ofreció como intercambio al citado Krankl, sumado éste a otros dos jugadores de la selección de Irán de los cuales, lógicamente, no recuerdo sus nombres.

Ayer mismo recibí carta de mi tío Carlos; con la misiva me enviaba también una foto suya con Passarella, además – ¡SORPRESA! – del anteriormente mencionado cromo, dedicado y firmado: “Un saludo muy fuerte para Pedrito. El seleccionador de Argentina, Daniel Passarella”. Es curioso, ¿cómo habrá sabido mi tío lo del cromo…? ¿Cómo cojones lo habrá conseguido…? En la carta me cuenta que se enteró por mi abuela Dolores, que ella le había dicho que me faltaba ese cromo para completar la colección del Mundial ’78… que desde que le di la foto habla mucho con ella, casi cada noche… ¡Ay!, mi tío y sus historias paranormales. Desde luego, imaginación no le falta, no.”