… DE LA VIDA XLII…

XLII.

De pequeño me gustaba mucho coleccionar cromos; era mi pasatiempo favorito: iba casi todos los días a la librería de la esquina con la paga semanal, o con las monedas que había podido sisar a mi madre de la vuelta del pan o de la leche… mi corazón latía cada vez más aprisa – ¡pum, pum! ¡pum, pum! – a medida que me acercaba al templo del tesoro; una vez allí pedía cuatro, cinco… no sé, los paquetes de cromos que fuese posible en relación proporcional con el número de monedas que llevase. Los abría uno a uno nada mas salir, unas veces despacio y pasando, a continuación, cada cromo con sumo cuidado: “lo tengo, lo tengo, lo tengo… ¡No! ¡Bieeeen!”. Otras, cuando la colección no era una de mis preferidas, los pasaba rápido, casi hasta con desdén…

Los cromos daban mucha cancha: el acto comunicativo de intercambiarlos – no sin antes llegar a un buen acuerdo, que un cromo difícil valía muchos otros, puede que hasta cien en el mercado negro; un juego al que llamábamos ‘montar’, que implicaba una vigilancia extrema a las posibles trampas del contrincante – aunque yo no estoy para dar lecciones, que me engañaba cualquier imbécil a la mínima de cambio…

La dinámica de ‘montar’ era en sí muy sencilla: dos o mas jugadores, cada uno con su respectivo montón de cromos; después dibujábamos una raya en la pared (a la altura del pecho, más o menos) y desde esa línea, por riguroso orden de sorteo, uno a uno íbamos dejando caer un cromo de cada vez apoyándolo primero contra la pared para luego soltarlo, procurando, si eras realmente hábil, dirigirlo un poco, hasta que un cromo caía justo encima de otro. “¡Monta!”, decía el que tenía esa suerte, y se llevaba como premio todos los cromos que estaban esparcidos por el suelo en ese momento. Si ‘picaba’ un poco no era válido, había que seguir tirando. ‘Picar’ ocurría cuando la esquina de un cromo tocaba ligeramente a otro sin llegar a cubrir, al menos, la tercera parte del total de la superficie de éste, más o menos. Ahí radicaba la madre de todas las discusiones: “¡Qué sí!”… “¡Qué no!”… “¡Monta claramente!”… “¡Qué dices, si sólo pica un poco…! ¿No lo ves?”… En estas circunstancias un niño tan alelado como yo tenía todas las de perder. Nunca llegué a ganar un cromo de los considerados importantes jugando a ‘montar’…

Aún conservo todas mis colecciones; están guardadas dentro de una caja de cartón en el desván de la casa de mis padres: “Heidi”, “Un, Dos, Tres”, “La Guerra de las Galaxias” (recuerdo como si fuera ayer mismo estar pegando el último cromo que me quedaba, uno de la Estrella de la Muerte, mientras las Baccara cantaban en Aplauso ‘Yes Sir, I can Boogie – bat ai nid a serten song’),

“Spiderman” y, por supuesto, todas las ligas de fútbol desde la temporada 74/75 hasta la 83/84, junto con los Mundiales del ’74, ’78 y ’82; y no es por presumir, pero las completé todas… bueno, miento, casi todas: Mundial del ’78, Argentina; precisamente de la selección del país anfitrión me faltaba el único cromo para completar el álbum: Daniel Passarella. En una ocasión estuve a punto de cambiárselo a Lázaro, el hijo del panadero, por Hansi Krankl, un delantero austríaco que venía al Barça después del campeonato del Mundo, y que no sé por qué razón, a mí me salía repetidas veces, aunque era uno de los difíciles, de los que les faltaba a muchos otros coleccionistas. Pues no, al final no pudo ser: en el momento más “oportuno” apareció el cabrón de Jorge, el del molino, y me hizo una opa de lo más hostil para conseguir a Passarella, al ansiado capitán de la albiceleste. Ofreció como intercambio al citado Krankl, sumado éste a otros dos jugadores de la selección de Irán de los cuales, lógicamente, no recuerdo sus nombres.

Ayer mismo recibí carta de mi tío Carlos; con la misiva me enviaba también una foto suya con Passarella, además – ¡SORPRESA! – del anteriormente mencionado cromo, dedicado y firmado: “Un saludo muy fuerte para Pedrito. El seleccionador de Argentina, Daniel Passarella”. Es curioso, ¿cómo habrá sabido mi tío lo del cromo…? ¿Cómo cojones lo habrá conseguido…? En la carta me cuenta que se enteró por mi abuela Dolores, que ella le había dicho que me faltaba ese cromo para completar la colección del Mundial ’78… que desde que le di la foto habla mucho con ella, casi cada noche… ¡Ay!, mi tío y sus historias paranormales. Desde luego, imaginación no le falta, no.”

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