… DE LA VIDA XLIII…

XLIII.

– Entonces, ¿te dejo en casa? – preguntó Fernando a Pedro desde su posición de conductor.

– No… Creo que voy a irme para el antiguo, a tomarme un par de jarras de Guinness. Las necesito. Oye, ¿por qué no te apuntas?

– No sé, debería estudiar algo hoy, que llevo una temporada de lo más ocioso; además, tengo que poner al día montones de apuntes…

– Venga, Fernando, tío… No seas agonías. Vamos a bebernos unas cervezas en honor de mi amigo Javi.

– No me tientes… no me tientes…

– Tentado estás… Joder, tío, que tienes tiempo de sobra: todo el fin de semana que viene, todas las mañanas… que por un día o dos que no estudies…

– Vale, vale, me has convencido, pelma incitador…

– ¡Ahí está mi Fernando!… No es por fastidiarte, (porque ya sabes que me interesa que tengas buenos apuntes, que a ver si no quién me los deja luego); es por no beber solo, que eso deprime mogollón: acabas como cualquier borracho solitario…

– ¡Vaya morro que le echas!

Sí, desde luego apetecía; después de dos días duros, dedicados exclusivamente a Javi, no quedaba más remedio que emborrachar la mente para, de esa manera, empezar a vivir y mamar del recuerdo del amigo muerto y enterrado.

Aparcaron el coche en el Campillín, donde la primeras putas del día comenzaban a contonearse frente a cada uno de los coches que por allí pasaba. Acto seguido, Fernando avisó a sus progenitores a través de la correspondiente llamada telefónica; hecho que de por sí sorprendió un poco a Pedro, acostumbrado ya a hacer todo lo que le viniese en gana sin necesidad de justificarse ante ningún mando superior, genealógicamente hablando, claro.

Comenzaron la ronda en el ‘Cecchini’ al ritmo que marcaba la voz de Paul Weller y sus Jam, ‘In the City’, muy apropiado, para luego ir subiendo desde la Calle Oscura hasta la Calle Mon.

Todavía era demasiado temprano… en todos los aspectos: las nueve y diez de la noche, un día de semana… Poca gente, sólo los habituales, visitaba los bares del casco viejo, y ni siquiera habían abierto el ‘Channel’. Al acabar su quinta cerveza, el estómago comenzaba a pedir a gritos algo sólido para calmar sus ansiosos jugos gástricos, hartos ya de asimilar tanto lúpulo… porque si al final no quedaba más remedio que vomitar, al menos que hubiese algún alimento digerido que poder expulsar. Fernando propuso ir a comer unos pinchos a la zona del Rosal, algo que a Pedro le pareció perfecto: uno de pollo, otro de tortilla, uno más de lomo… o puede que vegetal (pero vegetal anti-vegetariano, es decir, con su correspondiente rodaja de jamón cocido), regados todos con un buen vino, esta vez de Rioja, ya que no tenían vino del Bierzo en el bar… ellos se lo perdían.

Fernando, poco acostumbrado al efecto euforia que provoca el alcohol antes de haber abusado para dar paso a una fase etílico-incontrolada, decide que tiene ante sí la oportunidad que tanto anhelaba desde hacía ya dos años… “Ahora o nunca”, piensa mientras su amigo regresa a la mesa después de haber ido a sacar tabaco de la tradicional máquina de ‘su tabaco, gracias’.

– Oye, Pedro.

– Sí, dime

– Hace tiempo que quería comentarte una cosa que me ronda por la cabeza…

– Soy todo oídos.

Fernando coge un cigarrillo del paquete de ‘Marlboro’ que Pedro acaba de dejar sobre la mesa; lo enciende… su mano derecha muestra un ligero temblor nervioso del que Pedro ni se percata…

– … Es que estoy un poco nervioso: es la primera vez en mi vida que hablo sobre esto…

– Nada, hombre, fuma, que tampoco será para tanto.

– ¡Es que sí que es para tanto…!

– Joder, empiezas a preocuparme. ¡Dispara ya, cojones!… que somos amigos… tú también me escuchaste en su momento, ¿no? Pues eso, ahora me toca a mí.

– Está bien… Allá va; es algo que nadie sabe… o al menos eso creo yo… ¡Bah!, para que seguir con más rodeos: soy homosexual.

– ¿Y…?

– ¡Cómo que ‘¿Y?’…! ¿No te sorprende?

– ¿Y por qué tiene que sorprenderme? A mí los gustos sexuales de cada uno me traen sin cuidado… vamos, que yo respeto todas las opciones, quiero decir.

– Pero… ¿Qué es, que ya te lo sospechabas o algo así?

– Pues no, la verdad; nunca me lo había ni planteado de ti… tampoco te conozco hace tanto… Bueno, sí que te conozco de clase y esas cosas, pero no sé…

– Ya. Creo que lo entiendo: que yo era algo así como un ser invisible para ti, ¿no?

– Bueno… algo parecido… La gran masa está compuesta por seres invisibles, con los que te cruzas a diario, en la calle, en un bar… y a los que nunca recordarás conscientemente… Joder, luego ya conoces a mucha otra gente, a la que aprecias; pero amigos, lo que se dice buenos amigos, de confianza… pocos, muy pocos y escogidos. No te preocupes: no soy homófobo ni nada parecido. Podemos ser amigos sin ningún problema.

– Ya, amigos… sólo amigos, ¿no?

– ¡Uy, uy, uuuy…! Creo que sé adónde quieres llegar…

– ¿Y es terreno peligroso?

– No, peligroso exactamente no; mejor llámalo baldío, terreno baldío.

– ¿Baldío… ?

– Sí, eso: sin frutos que poder recoger en época de cosecha… ‘Wasteland’, ¿Leíste ‘Wasteland’ de T. S. Eliot el año pasado…?

– Sí, claro que lo leí. Era lectura obligatoria. Pero, ¿qué tiene eso que ver? Lo único que sé es que yo… yo… yo siento algo muy fuerte dentro de mí. Me da la impresión de que me estoy enamorando de ti.

– El único inconveniente es que a mí no me gustan los hombres. Puedo querer a un amigo… Quería a Javi… puedo llegar a tenerte un cariño especial… no sé… ¡Pero de ahí a que me llegues a gustar… ! Yo soy un heterosexual prototípico: se me van los ojos detrás de un buen par de tetas… ¿Entiendes, no?

– Sí, ya te dije antes que ‘entendía’…

– Joder, no me refiero a ese ‘entender’… Ahora va a resultar que te lo tomas a cachondeo.

– ¡Qué va! Nunca había hablado tan en serio… Lo que pasa es que estoy un poco borracho y se me va la lengua, sencillamente… La verdad es que es muy duro no asimilar bien lo que te ocurre… sobre todo cuando lo que te ocurre está tan en contra de lo que te han enseñado… lo llegas a pasar realmente mal, muy mal.

– ¡Pero si a ti no te ocurre nada, joder! Sólo tienes tus propios gustos sexuales, como todo el mundo… ¡Espabílate, que no eres ningún bicho raro, que no eres el único!

– Ya, ya lo sé… ¿Sabes?, lo más gracioso es que a mí me caen mal todas esas mariquitas que van de ‘locas’ por la vida, dando el cante, con todo ese plumerío…

– Pues a mí no me caen mal ni nada, ya ves. ¡Joder, que somos libres, tío… ! No seas cobarde… A ti lo que te pasa es que te dan envidia, puta envidia… ¿o no?

– … No sé… quizás tengas razón, puede que sea eso… Imagínate si se llegan a enterar mis padres… mis hermanos… pero sobre todo mi padre: el típico duro agente de policía fascista, racista y, sobre todo, homófobo hasta decir basta…

– ¿Qué? ¿Qué pasaría?… ¿Qué ibas a dejar de respirar así, de repente? Tú con esconderte en tu trinchera no ganas nada; al contrario, si sigues fingiendo toda tu puta vida seguro que hasta acabas casándote con una chica por complacer a tus ‘papás’… Tú sal del armario, tío, y si no son capaces de comprenderlo en tu casa pues no pasa nada, a otra cosa y ¡qué les den…!

– … por culo, ¿no?

– Sí, claro… supongo.

Llegados a este punto no pueden evitar las carcajadas que la última parte de la conversación les provoca. ¿Por qué razón Pedro evitó pronunciar la palabra ‘culo’? Es algo casi inconsciente; la educación tradicional amparada por los valores conocidos como morales se incrusta sin que nos demos cuenta en nuestro subconsciente, y a la mínima de cambio aflora, sube hasta nuestra superficie y nos acaba delatando sin nosotros pretenderlo. Pero no hay que preocuparse, tan sólo ser natural y ser consecuente con lo que uno dice. Pedro no puede mostrar ningún rasgo de su personalidad que, en principio, ofenda a un homosexual, debe ser políticamente correcto – el mundo anglosajón que nos invade irremisiblemente… ¡Qué tontería! ¡Como si no fuera ya suficiente con la moral cristiana, para tener que sufrir además la imposición de lo ‘políticamente correcto’! Gilipolleces. Pedro sabe perfectamente cuáles son sus verdaderas ideas al respecto; pero esa actitud tolerante, comprensiva, no evita que en otros contextos pueda llegar incluso a reírse de chistes sobre maricones, y a veces hasta contarlos sin tener porque sentirse posteriormente como un ogro come-mariquitas, como un hostigador de seres que no cumplan con la ‘establecida normalidad’. La realidad es la que es; podemos cambiar ciertas formas de intransigencia, pero sin la necesidad de llegar a extremos fundamentalistas.

Fernando, a pesar de las calabazas recibidas, se siente a gusto hablando con Pedro. De antemano sabía que la respuesta de Pedro iba a ser negativa, lo que ya no tenía tan claro era cuál sería la reacción global de su amigo ante su repentina confesión… Y la reacción parecía positiva, tan positiva incluso que su nivel de esperanza con respecto a un posible romance con Pedro no había menguado ni un solo ápice.

– Fernando, ¿tú conoces a Samuel?

– ¿El de Filología?

– Sí, el del grupo de la mañana… Pues él tiene una teoría: dice que todos los hombres somos homosexuales… Él lo es, por supuesto.

– Vaya bobada…

– Me contó que si él me la llegase a chupar o si me hiciese una paja, yo me correría de la misma forma que con una tía; luego me metió otro rollo sobre que si al hacer el coito anal, el que recibe siente un placer similar al orgasmo dependiendo de como se la meta el otro, que si llega a rozar con la próstata o no sé qué rollos puede llegar a correrse… A mí me parece todo un poco exagerado, ¿no crees?

– No tengo ni idea… Digamos que yo soy homosexual… platónicamente hablando, nada más.

– ¿Cómo… ? ¿Qué eres virgen? ¿Quieres decir que no has… ?

– Efectivamente: ni con tíos ni con tías… Nada de nada, excepto pajas, claro.

– Entonces tú todavía eres asexual, no homosexual…

– No sé, me da un poco de miedo probarlo… aunque no dejo de tener mis fantasías sexuales, por supuesto.

– Pues ¡hala!, a recuperar el tiempo perdido a partir de hoy mismo… no sé, vete a un bar de ambiente y ya verás como ligas, que estás bastante bueno…

– Hombre, muchas gracias por lo de ‘bueno’…

– ¡No, no, a mí no me mires así…!, que yo ya te he dicho que sólo me gustan las mujeres.

– Ya, por mi parte eso ya está asumido… pero es que tú me gustas un montón y no lo puedo evitar… … Ya, ya, no pongas esa cara, que me conformo con que seamos amigos.

– ¿Qué cara he puesto?

– No sé… un gesto raro, como de rechazo ante la idea de…

– … de hacérmelo contigo… o con cualquier otro tío. Joder, es que no estoy preparado; vamos… que no me atrae sexualmente ningún hombre… pero nunca se puede descartar nada en esta vida: igual algún día, por curiosidad, pues voy y lo pruebo… Desde luego no contigo, que no tienes ni puta idea… ¡Virgen a estas alturas… y con veintidós años…! ¡Ya te vale, tío! ¡Vaya un mal rollo…!

– No te preocupes, que lo intentaré al menos…

Esa noche agarraron un buen pedo, como dos buenos amigos que hace poco que se conocen y tienen mucho que aprender el uno del otro. Pedro, más acostumbrado a noches en vela de alcohólica bacanal, tuvo que ejercer como enfermero para con Fernando, y llevar el coche hasta casa de su amigo, aunque, eso sí, después de interrogarlo durante tres cuartos de hora hasta que por fin pudo Fernando vocalizar mínimamente su dirección. En ningún momento se le pasó por la cabeza dejarlo allí tirado, que eso no se hace nunca con un amigo.

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19 comentarios en “… DE LA VIDA XLIII…

  1. El Campillin, la zona porticada del Fontán… qué recuerdos, casi que vuelvo a mi juventud.. la facultad de la calle san francisco, la de filosofía que estaba a tiro de piedra (y que eran más pelgares 😉 )…

    PD. ¿Seguro que Fernando dijo “homosexual”‘? ¿no diría “maricón”? 🙂

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