… DE LA VIDA XLV…

XLV.

Una noche Pedro tuvo un sueño… bueno, sueños, lo que son sueños, los tendrá cada noche, como cada ser humano; me refiero a que hace dos días recordó un sueño, algo excepcional ya que nunca es capaz de recordar nada de lo soñado. El sueño podría resumirse como sigue:

El escenario, una carrera comarcal vacía, sin tráfico. Pedro camina en solitario siguiendo la estela de la línea continua que divide el asfalto en los correspondientes dos carriles. Es un camino plagado de curvas peligrosas a ambos lados. No hay señales de tráfico… De lejos, escucha una canción que le gustaba de muy pequeño, Amoureux Solitaires, de Lio, una chica que cantaba en camisón y bragas y que, cada vez que salía en Aplauso arrebataba no sólo a Pedro, sino a todo ser humano amante de la belleza; ahora le parece verla allí bailando, al fondo de la carretera… ¡incluso se parece un poco a Ingrid! (Amoureux solitaires dans une ville morte, amoureux imaginaires mais apres tout qu’importe, que nos vies aient l’air d’un film parfait… ‘Enamorados solitarios en una ciudad muerta, enamorados imaginarios, da igual, a quién le importa, hagamos que nuestras vidas se parezcan a una película perfecta…’))

De repente, al salir de una cerrada curva a la derecha, Pedro divisa allá, a lo lejos, muy por detrás de la propia Lio, una multitud que camina en dirección contraria. Van moviéndose despacio, muy despacio… Son zombis, pero no lo parecen – al menos no responden a la tradicional imagen fílmica del muerto viviente -. Intenta escapar, pero no puede: la propia carretera lo encamina hacia ellos. Tiene miedo (algo lógico, por otro lado). Se van acercando ellos a él, y él, irremisiblemente, también a ellos, como si un invisible imán los atrajese mutuamente. Por fin llegan a su altura; saluda a todo el mundo en general, pero no recibe respuesta alguna. Ellos caminan con una extraña rigidez; van todos vestidos con trajes negros; están muy pálidos… ‘Joder, éstos están muertos’, piensa antes de asustarse de verdad: ‘¿y yo?… ¡Anda la hostia, entonces yo también debo estar muerto… !’. Entre la masa distingue a su abuela Dolores. Emocionado y nervioso, llama su atención, pero ella no le contesta; nadie lo hace, todos pasan de largo. Sin dejar de salir de su asombro, continúa fijándose en la gente que pasa por su lado; casi al final del grupo aparece Javi, su amigo Javi. ‘¡Eh! ¡Javi, Javi, tío… ! ¿No me oyes?’. No, no le puede oír; no le mira, ni siquiera responde con un simple gesto. Pedro intenta acercarse a él para zarandearlo, para darle una buena bofetada… Imposible, ya que ahora una extraña fuerza lo mantiene quieto, sin poder caminar; para comprobar si está o no paralizado mueve un brazo y se lo lleva a la altura del pecho… ‘¡Qué alivio! Al menos yo puedo mover los brazos’, trata de consolarse un poco a sí mismo, y luego comienza a hacer muecas con su cara; intenta también hablar pero, aunque mueve su boca, no sale de ella ningún sonido, sin embargo él no se da cuenta de este hecho ya que él sí que puede escucharse a sí mismo. La Santa Compaña se va alejando de su posición; siguen yendo muy despacio, pero Pedro no puede mover sus piernas… no puede hacer nada. Transcurridos cinco minutos, puede oír el ruido del motor de un coche que se acerca: es un Ford Fiesta de color rojo; se fija, como siempre hace, en la matrícula (M – 2067 – BM). ‘Vaya, un coche de Madrid… M. B. M.’, se dice a la vez que estira su brazo derecho hasta llevarlo a una posición casi horizontal, para luego cerrar el puño y sacar el dedo gordo, como haría cualquier autoestopista. La sorpresa de Pedro es mayúscula al reconocer a la conductora: ¡¡¡Es Ingrid!!! La inicial sorpresa se torna alegría al verla, pero acaba siendo una de las más profundas decepciones cuando ella también pasa de largo, sin parar, aunque, eso sí, sin dejar de saludarlo diciéndole adiós con la mano. En el asiento del copiloto le pareció que iba sentada una anciana señora, y digo ‘pareció’ porque Pedro sólo pudo distinguir una silueta coronada por un moño alto de pelo cano; también recuerda Pedro que esa supuesta señora llevaba una chaqueta gris de punto que le resultaba familiar: ‘¿A quién he visto yo antes con esa chaqueta?’, se pregunta… Pero en ese preciso momento, Pedro oye el tubo de escape de un coche que esta vez viene en dirección contraria… y él que sigue sin poder moverse de allí. Cuando están a punto de atropellarlo, se despierta sobresaltado, empapado en un mar de sudor frío. A pesar del susto recibido, al principio no es capaz de recordar nada de ese sueño, como siempre, como le sucede habitualmente con todos sus sueños; se levanta, bebe un par de vasos de agua, y sigue su vida normal, un día como otro entre semana…

Yo conozco la historia de este sueño porque, pasados unos días, Pedro me llamó por teléfono muy alterado para contarme que había recordado esa extraña pesadilla. Quedamos en una céntrica cafetería y allí, ya más tranquilos, lo comentamos con calma. Aunque él trató de explicarme cómo había podido recordar ese sueño después de tantos días, lo cierto es que yo no me enteré muy bien de ese rollo – algo sobre un grupo de música y unas iniciales que coincidían con la matrícula…- No sé, sólo sé que ahora está enfrascado en una especie de investigación con fines aclaratorios – así la llamó él -. No tengo noticias suyas, y estoy verdaderamente preocupado ya que le tuve que dejar prestado mi coche… No podía negarme. ‘Fernando, tienes que hacerme un gran favor’, me dijo como si le fuese la vida en ello; y yo, por supuesto, le entregué las llaves de mi coche sin pensármelo dos veces. Un día, todo un día, y no sé por dónde puede andar este tío. ‘Ya te llamo cuando sepa algo’, contestó al preguntarle yo que cuándo me lo podría devolver… y aquí estoy, esperando, aguantando las continuas reprimendas de mis padres, que no paran de decirme que soy un gilipollas; pero eso no hace falta que me lo digan ellos, que ya lo sé yo… Es que Pedro es mi auténtica debilidad: todavía no he aprendido a decirle que no a nada… pero como no reciba algún mensaje suyo hoy o mañana creo que habrá que empezar a utilizar ese monosílabo con él. Gilipollas, sí… pero hasta un límite”.

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