… DE LA VIDA L…

L.

La chica regresa a su casa después de haber pasado todo el fin de semana fuera de ella. Es domingo; son las once y veinte de la noche. Su madre está realmente muy preocupada ya que su hija no había dicho que se iba a pasar todo el fin de semana sin aparecer por su casa. La chica ni tan siquiera se ha molestado en realizar una simple llamada telefónica a su madre…

– Me vas a matar de un disgusto, hija. Cualquier día me matas con un disgusto de éstos.

– Perdona, mamá.

– ¡Cómo que perdona…! ¿Crees que con un simple ‘perdona’ ya me voy a quedar tranquila?

– Mañana, mamá… Mañana. Hoy estoy muy cansada… sólo quiero dormir un poco.

– No, si no me extraña. Desde el viernes que te fuiste y hasta hoy… ¡hasta hoy! Duerme, hija, duerme, que mañana ya hablaremos tú y yo largo y tendido… y de todo, absolutamente de todo… y claro, muy claro también. Crees que no sé lo que haces por ahí cuando sales, ¿eh?

– Sí, mamá, lo que tú digas… lo que tú digas.

Y la chica se encierra en su cuarto, lejos de las reprimendas de su progenitora. Está agotada, exhausta, casi al borde del desmayo, pero, aún así, se sienta en su silla de mimbre con ruedas y se acerca a su escritorio. Toma papel y bolígrafo. Todos sus actos los realiza de una manera extremadamente pausada, como si no le quedasen ya energías para moverse a un ritmo normal. Sólo puede actuar a cámara lenta, como en la repetición de un gol… Escribe, por fin, tras haber meditado durante unos minutos.

Querido amigo

No sé ni como empezar… y ya tengo que terminar, que irme de tu lado, que despedirme de todo y de todos… y te elijo a ti por una razón fundamental: tienes que perdonarme; perdóname por haberte utilizado y por haber actuado en tu contra, por haber entrado, sin tu permiso, en el mundo de tus más íntimos sueños… por haberte robado parte de tus sentimientos, de tú buen corazón.

Un beso eterno

INGRID……………………”

Quince segundos después de haber rubricado esa nota, la chica la rompe en mil trocitos que luego tira por la ventana como si se tratase del confeti que unos niños lanzan al aire al paso de un desfile. Su gesto no refleja su verdadero estado de ánimo. Sus ojos no parecen ser ya el espejo de su interior. No es ella, la chica… Se tumba encima de la cama y trata de coger cuanto antes el sueño. Está cansada, cansada… realmente cansada; sus dedos están también muy doloridos: no están acostumbrados a conducir tantas horas, tantos kilómetros… “Bueno, ya está”, susurra Ingrid, la chica, antes de acomodarse en una postura que le permita bucear por los recónditos fondos abisales del sueño. Pero su madre insiste desde el otro lado de la puerta.

– Ingrid, hija, ¿estás ya dormida?

– Sí, mamá, casi lo estoy.

– No te olvides que mañana tienes que madrugar, que tienes la entrevista con los del banco… ya sabes que la entrevista es en inglés, y que ese trabajo te vendría estupendamente para ir centrándote, para ir sentando un poco esa cabeza loca que Dios te ha dado… ¡Ay!… Duerme bien, hija mía, y sueña en inglés, sueña con los colores del arco iris, que eso trae suerte, mucha suerte.

– … … … … – La chica no responde.

– ¿Me estás escuchando, hija? Tienes que poner el despertador para las ocho y media, que la entrevista es a las diez…

– I know, mom… I know – Pero su madre no ha podido oírla porque esas palabras han salido de su boca sin la suficiente fuerza como para poder llegar hasta los oídos de Soledad, la madre ocupada y preocupada.

La chica, Ingrid, adopta una postura que asemeja el estado fetal; así, de esa manera, la neblina de los cenagosos pantanos del mundo del sueño se infiltra por todos sus poros para anestesiarla por completo. Es extraño, realmente extraño que la chica pueda cerrar sus ojos y relajarse en esa postura: ella siempre duerme boca arriba… en ninguna otra posición puede ella conciliar el sueño.

Se acabó.

La luz poderosa vino y se la llevó, y en su lugar dejó, sobre la colcha de ganchillo, una nota hecha con letras de varios tamaños recortadas de periódicos y revistas.

A la mañana siguiente, la madre preocupada se encontrará con el vacío de la habitación de su hija, que le asestara tal bofetada, que no podrá recuperarse de su dolor durante el resto de sus días.

Mientras tanto, la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central de Asturias, en Oviedo, recibe en sus lúgubres aposentos a un nuevo huésped, que, en éste, su último viaje, escucha el eco de la voz de Morrissey cantándole muy suave eso de “sing me to sleep, I’m tired (cántame para dormir, estoy cansado)…”

… DE LA VIDA XLIX…

XLIX.

Si tuviese que decidir en este mismo instante cuántos amigos he tenido a lo largo de mi aún corta existencia, con toda seguridad nombraría a tres: Simón, Javi (a pesar de los pesares, y a pesar de sus errores pasados… errores que jamás podrá – ¿podremos? – ya subsanar) y Mariano. (Ingrid fue algo más que una amiga, una simple y pura amiga entendida desde la “sencillez” que se le presupone al concepto de amistad en todas sus vertientes y ramificaciones… por eso no la puedo incluir aquí.) Y al decir ‘amigo’, me refiero al concepto de amistad en toda su extensión: compartirlo todo sin exigencias de ningún tipo, sin intereses creados, compartir hasta una chica si la ocasión lo requiere. Puede que Fernando llegué algún día a ser un gran amigo, pero eso es algo que se acaba forjando con el tiempo, y, realmente, hace poco tiempo que nos tratamos… y, desde luego, lo de compartir una chica con él…¡Cómo para intentar un trío!

De los anteriormente citados, la muerte me ha separado primero de Simón, y luego de Javi, con lo que, aplicada la correspondiente resta, sólo me queda Mariano; aunque tampoco sé realmente si sobrevivirá a su matrimonio… ¡Qué chungo!

Mariano Farelo, ‘Tocinín’ – mote curiosamente no heredado de sus predecesores, a nivel de árbol genealógico, sino que ganado a pulso gracias a sus sempiternas meriendas consistentes en bocadillos de tocino frito -, es un hombre tranquilo, más incluso que el John Wayne que vivió en Innisfree al lado de Maureen O’Hara; demasiado para mi gusto; pero eso no es malo, no, tan sólo un poco atosigante para los que lo conocemos de siempre.

Hace dos años – ¡qué lapidación en vida! – se casó con su última novia, Cristina Polledo, la hija del zapatero de la plaza al que apodan ‘El Túzaro’. Fui a la boda de mi amigo Mariano con ‘La Túzara’, aunque rechacé tajantemente, y con suma alevosía, la proposición indecente que él me había hecho: ser el padrino. No me gustan los protagonismos que generan este tipo de acontecimientos; no me gusta el matrimonio; odio la monogamia como símbolo de continuismo de la sociedad basada en lo que ‘ellos’ llaman la célula familiar. No lo entiendo, ¿por qué tiene que acabar así uno de los mayores folladores de Cacabelos…? ¿Por qué renunciar así, de golpe y porrazo, a uno de los mayores placeres que la vida puede deparar a un hombre: la conquista de una mujer tras otra? No hallo respuesta alguna, aunque puede que el sinfín que nos lleva haya traicionado miserablemente a mi amigo…

Conozco a Mariano desde que íbamos a párvulos, pero empezamos a ser compañeros de pandilla, de juegos, que no amigos (creo que ya he explicado – o intentado al menos – cuales son los pilares que sustentan la amistad), a los doce años. Yo estaba a punto de jubilarme de mi labor como monaguillo, que las nuevas generaciones venían apretando fuerte, y Miguelín, el de ‘La Frasia’, y yo comenzábamos a padecer la llamada de las glándulas en forma de visible bozo entre nuestra nariz y labio superior; vamos, que ya no estábamos presentables, aún sin nombrar el peligro de pecado mortal que nos acechaba sigiloso si aquello que cada poco se ponía tieso, en principio sin razón aparente, se llegaba a hacer perceptible bajo nuestras casullas blancas de castos monaguillos – algo que más de una beata, de las que en continuas misas perdían el tiempo, hubiera deseado, en primer lugar, para escandalizarse a gusto y así descargar toda su rancia adrenalina; y en segundo, para, después del visible escándalo, poder recurrir a alguna parafílica fantasía con la que aprovechar todos esos fluidos malgastados en manchas amarillentas sobre sus bragas.

Mi madre aún me hacía vestir pantalones cortos, de niño, durante todo el año. En verano se agradecía, pero en invierno, con las heladas, suponía un verdadero suplicio que dejaba mis pantorrillas, rodillas y muslos sin apenas circulación sanguínea, al borde incluso de la gangrena en algunas ocasiones. Por suerte, o desgracia para los demás, no era yo el único que padecía esa tortura; era como una especie de tradición secular de los pueblos de la región, que se mantenía, quizá por miedo al cambio, o porque ninguna madre se atrevía a dar el paso inicial, en los primeros años de la transición política. Angustias, mi madre, fue una de las pioneras; ¡con qué satisfacción empecé yo a ir a clase en el colegio con mi primer par de tejanos…! Y todo gracias a ‘Tocinín’…

Solíamos jugar por las tardes, después de salir de la escuela, a algo que llamábamos ‘cintalabrea’, palabra de la cual desconozco exactamente su etimología; aunque pienso que ‘cinta’ se refiere con toda seguridad a cinturón, y ‘brea’ a (valga la redundancia) la ‘brea’ que nos dábamos… los golpes… las hostias; y me explico: en el juego se sortean entre todos los contendientes dos roles, uno el de ‘la madre’(o persona que maneja a su antojo todo el desarrollo del juego), y el otro el de ‘perseguido’ por los demás, el cual cuenta además con unaaa… llamémosla ventaja, que consiste en que puede utilizar un cinturón para defenderse y arrear cintazos (‘brea’, repito) a todo el que se le ponga por delante. Al grito de ‘¡cintalabrea!’, proferido por ‘la madre’ del juego, el ‘perseguido’ podía correr a los demás procurando asestar el mayor número de latigazos con su arma sujeta-pantalones, pero sin descuidarse ni un ápice, ya que al grito de ‘¡oreja!’, que ‘la madre’ corea cuando le viene en gana, el resto de participantes pasaba al ataque intentando capturar al paria para darle unos buenos tirones de oreja; y así sucesivamente hasta que se oía ‘¡oreja pa casa!’, grito que daba paso a la batalla final: uno intentando librarse del acoso corriendo hasta la posición que ocupaba ‘la madre’ y así ganar el juego, y los demás tratando de capturarlo y llevarlo asido de la oreja ante la insigne presencia de ‘la madre’, el dios de ‘cintalabrea’. Un juego cruel, pero divertido. Ni que decir tiene que los que más corrían tenían siempre todas las ventajas; desde luego, yo en ese menester era de los más negados, por no decir el que más…

Una fría tarde de noviembre – la recuerdo bien ya que era el cumpleaños de mi madre -, después de sortear cada misión entre los allí presentes, a Mariano le tocó ser ‘el perseguido’, a Miguelín el papel de ‘madre’, y yo, junto con los cuatro restantes, a esperar órdenes. Pues bien, si Mariano era de los que más rápido corrían, y yo, entre el grupo de supuestos perseguidores era, con diferencia, el de menor punta de velocidad, y teniendo también en cuenta que en aquellos días Miguelín estaba un poco enfadado conmigo por culpa de unas hostias – pan divino – que yo me había comido irresponsablemente antes de que él ayudase en misa, os podéis entonces imaginar como acabó todo aquello: ‘¡cintalabrea!’, gritó Miguelín, y, en menos de cinco segundos, Mariano llegó corriendo hasta mi altura para dejar mis desprotegidas piernas como la espalda de Kunta Kinte cuando intentaba por enésima vez escapar del ‘masa’; todo ello con la complicidad del cabrón de Miguelín, que, para su regocijo, no se dignó a cambiar el rumbo del juego… Dos días más tarde aparecí en clase con un par de tejanos marca ‘Lois’ provocando la sana envidia de todos mis compañeros.

La consecuencia hizo que me olvidase un poco de la causa, que no era otra que Mariano – con el descarado consentimiento de Miguelín, bien es verdad -, el torturador del alelado Pedro. Creo que desde ese día comencé a sentir un cierto aprecio por el causante de mi cambio de aspecto, aunque sin olvidar que, a la larga, tenía que vengar la afrenta sufrida. Ese sentimiento siempre nos queda grabado en alguna neurona que se puede activar cuando menos te lo esperas – si con Tacho, ‘El Mangas’, no se activó en mi interior, creo que se debió a que la situación era totalmente distinta: no es lo mismo un ensañamiento injustificado, sólo por aprovechar la debilidad del oponente, que cantarle las cuarenta al que crees que se ha comportado como un puto chivato -. La venganza siempre tiene un componente pragmático que, de forma inconsciente, aflora cuando ves delante la oportunidad; y yo la tuve… ¡vaya si la tuve!

Como una buena ensalada, la venganza debe servirse fría, bien fría. Habían transcurrido tres meses desde aquel suceso, y el juego de ‘cintalabrea’ había pasado al ostracismo; la moda imperante en los primeros días de la primavera del ’82 era un juego al que en mi pueblo denominábamos ‘pico, pala, puño’ – también conocido como ‘cuchillo, tijera, ojo de buey’ o ‘chorro, morro, pico, taina’ en otras isoglosas. La descripción del juego de las tres ‘pes’ es muy sencilla: se hacen dos equipos con el mismo número de competidores en cada bando – cinco es el número ideal -, luego se sortean los roles, según los cuales, un equipo debe situarse de forma encadenada contra una pared, en la que el árbitro se encarga de sujetar entre sus manos la cabeza del que se coloque en primer lugar; una vez que éste está agachado y situado, los demás, por orden, se van enganchando sucesivamente cada uno al anterior, colocando la cabeza entre las piernas del que le precede, a la vez que, para poder mantener la estabilidad y así poder hacer más fuerza, se agarra con las manos a su cintura; y el otro equipo debe saltar, de uno en uno, sobre ese sucedáneo de plinto. Cuando el equipo receptor está ya preparado, el juez da la orden para que el equipo atacante vaya saltando, como ya he mencionado: uno por uno, a lo largo de ese plinto humano; lo normal es que, llegados a este punto, haya discusiones de poder para establecer quién salta el primero; aunque siempre hay que rendirse a la evidencia: yo, la antítesis de la flexibilidad – desde luego, se puede decir que ‘lo tenía todo’ -, por lo general iba en uno de los últimos turnos. Si alguno de los atacantes tocaba el suelo, o se caía, cosa que ocurría con relativa frecuencia, ya que era muy normal desequilibrarse en el aire al intentar dar un gran impulso para llegar lo más lejos posible y así dejar suficiente sitio para los demás, entonces se perdía el turno de ataque y se cambiaban los papeles entre los dos equipos. Pero, por el contrario, si se hundía el plinto receptor, entonces los perdedores eran estos últimos, y vuelta a empezar. Cuando conseguían saltar todos los de un equipo y el receptor mantenía su estabilidad, uno de los que estaban encima hacía con una de sus manos un gesto que representaba uno de los tres símbolos del juego: ‘pico’, con el dedo índice; ‘pala’, con la mano abierta y extendida; y ‘puño’, con el puño cerrado; todo ello sin que ninguno de los que aguantaban a pie firme bajo todo ese peso pudiese verlo, ya que sólo el árbitro podía tener acceso con su vista a la secreta señal, para, a continuación, preguntar a los sufridos portadores: ‘¿pico, pala, puño?’, a lo que éstos contestaban con suma rapidez cualquiera de los tres. Si acertaban, se cambiaban las tornas; si no era así, pues nada, a seguir padeciendo sobre sus espaldas todo el peso corporal de los rivales.

Ese sábado, el de la ‘venganza’, Mariano estaba en un equipo y yo en el contrario. Nos tocaba saltar a nosotros (ya llevábamos siete turnos seguidos saltando, y todo gracias a Manolín, ‘El Moucho’, que a sus trece años, pesaba ya la friolera de noventa y seis kilos), y lo que hacíamos era muy sencillo: dejábamos que fuese él el iniciador, el primero en tomar carrerilla y abalanzarse con todo su peso y toda su saña – que mala hostia no le faltaba al animal del ‘Moucho’ – sobre el temeroso potro, que no hacía más que desarmarse una vez tras otra ante tal avalancha. Pero, claro, los demás nos estábamos ya aburriendo un poco por no participar, aunque sí que nos habíamos reído un rato largo viendo como se desplomaban los rivales bajo el peso del ‘Moucho’, con lo que decidimos, tras una corta asamblea, cambiar el orden de saltadores. A mí me tocó el tercero. Mariano estaba situado en cuarta posición en la cadena de cinco que formaban la pista de nuestro aterrizaje. Saltó Toño, luego Miguelín – ya nos habíamos amigado -; hasta ese momento todo perfecto, los compañeros estaban bien colocados; habían caído en una posición bastante estable, con lo que los tres restantes contábamos con el espacio suficiente para situarnos a toda la larga sin excesivos agobios. Ya era mi turno… pero antes de empezar mi carrera, como por instinto, recordé el día en que ‘Tocinín’ se había ensañado injustamente conmigo, con mis pobres piernas, utilizando su cinturón negro de cuero. ‘¡Venga Pedro, salta ya, hostia!’, me recordó Toño, que comenzaba a tener serios problemas de sujeción en la parte delantera del potro. Sin más demora, eché a correr como un poseso, con una idea fija en mi mente: venganza. No sé ni cómo lo hice, pero caí a plomo sobre la espalda encorvada de Mariano a la vez que le propinaba una fuerte patada en toda la cara, en la que hice estallar toda mi rabia… y un perro rabioso necesita imperiosamente morder, morder… Ni siquiera me preocupé de asegurar mi propia estabilidad ya que acabé en el suelo, lo mismo que Mariano, sólo que él sangraba abundantemente por su nariz… Joder, ¡se la acababa de romper! Todos vinieron a por mí, a echarme una buena bronca, mientras yo trataba en vano de justificarme: ‘jolines, no pude hacer otra cosa… perdí la estabilidad…’. Nadie me creyó. Sólo Mariano, que agarraba su maltrecho apéndice nasal con el propósito de interrumpir cuanto antes aquella escandalosa hemorragia, dijo que allí no había pasado nada, que aquello no eran más que lances del juego, y punto. Desde ese día nos convertimos en amigos inseparables… Y no penséis que mi pueblo es como el del chiste de Gila, el de ‘pues si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo…’, no; se trata sólo de cuestiones personales e intransferibles, no de que seamos brutos por naturaleza… aunque, bien pensado, sí que lo somos un poco, pero sólo un poco…

Por eso creo que puedo entender, sin entrar en razones o divagaciones varias, el significado de una venganza, la rabia que la provoca, la ‘bacteria’ que la transmite… cómo acaba finalmente por insertarse entre nuestros pensamientos más recónditos, los que pertenecen al mundo del sueño, al mundo de nuestros actos más imprevisibles… al diccionario mental de nuestras conscientemente ajenas psicopatías… Por eso podría llegar a entender a Ingrid, aunque no quiera ni pretenda justificar ante mí ni ante nadie todo lo que sucedió aquel domingo de madrugada, todo lo que nos encaminó (y me incluyo, ¿por qué no había de hacerlo?), como conducidos por mil y un demonios de la medianoche, enloquecidos, hasta aquel fatídico día. Ingrid… Ingrid… … ¡Ay, Ingrid…! ¡Quién te entienda que te compre!

En resumen (y para no ponernos tiernos), cada uno entiende la venganza a su manera… Una vez yo le confesé a Mariano que aquel día le había propinado la patada a propósito con el afán de saldar una vieja cuenta pendiente, la de ‘cintalabrea’. ‘Ya lo sabía, gilipollas’, fue lo que me respondió, a lo que yo, en un alarde de reflejos mentales, contraataqué: ‘también yo sabía que tú lo sabías, ¿o qué te crees…? Sólo quería darte la satisfacción de que pudieses oírlo de mi boca’. No me dio más contestación, aunque sí que me sonrió mientras con su mano derecha se acariciaba levemente su torcida nariz.

… DE LA VIDA… XLVIII

XLVIII.

– Sí, ¡Digame?

– Hola. ¿Está Fernando?

– Sí, ¿de parte de quién?

– de Pedro; Pedro el de clase.

– ¡Fernandoooo… ! ¡Al teléfono, que te llama un tal Pedro!

– ¡Ya vooooy…! … … … … … … … … … Sí, dime Pedro.

– Oye, ¿vas a ir hoy a clase?

– Claro, ¿por qué razón no iba a ir?

– Ya… Vaya una pregunta más idiota. Nada, sólo lo decía por si puedes pasar antes por mi casa.

– ¿Para recogerte…?

– No exactamente; es para hablar un poco y, sobre todo… Mira, Fernando, tienes que hacerme un gran favor…

– ¿Qué favor?

– Mejor vienes y te cuento, tío… Esta mañana conseguí en la Dirección General de Tráfico toda la información sobre la matrícula del coche que aparecía en mi sueño… y, efectivamente, era un Fiesta de color rojo.

– ¿Sí? Joder, qué fuerte, ¿no?

– Sí, ya ves… – Suena el pitido en el teléfono de la cabina que indica la apremiante necesidad de insertar alguna moneda más – Oye, que no tengo más suelto, tío… Vienes ahora, ¿no?

– Sí, sí. Ahora mismo salgo para tu casa…

¡Cómo iba Fernando a negarle un favor a Pedro? Evidentemente, de ninguna manera. Fernando es un ser carente de toda malicia; la palabra ‘no’ rara vez sale de su boca cuando se trata de ayudar a alguien; de ahí que casi toda la promoción del ‘94 disfrutase desde el primer curso de sus elaboradísimos apuntes, acto que tampoco le había reportado hasta la fecha ninguna amistad seria dentro de la Facultad, aunque sí reconocimiento generalizado y alguna que otra palmadita en la espalda, como cuando sacas a mear al perro y lo premias porque éste mea y caga todo lo que puede, ahorrándote de esa forma una más que segura labor de limpieza en casa. Así de simple. Tampoco Fernando esperaba nunca nada a cambio: dar por dar sin esperar que te devuelvan el favor; un cristiano perfecto, en definitiva.

Ahora Pedro dormía plácidamente en un hotel de las afueras de Palencia – ciudad a la que la información obtenida en la DGT lo había “enviado” -. Las llaves del 205 de Fernando reposaban en uno de los ceniceros de la mesilla de noche, mientras el otro rebosaba de colillas y ceniza, molesto ambientador que impide respirar en condiciones. Pero eso a Pedro le importaba hoy un carajo. Dentro de una hora y media interrumpirán su sueño, que queda mucho por descubrir aún y no se puede perder el tiempo en los brazos del otrora bienvenido Morfeo.

Al menos Fernando se había tranquilizado un poco después de la llamada de Pedro; llevaba todo el día nervioso, sin saber de él, incluso había llegado a pensar en todo tipo de desgracias en forma de accidente automovilístico. Pero no, sólo tenía que lamentar la pérdida de uno de los pilotos traseros de su coche, a la vez que compartía con su amigo la ansiedad ante la posible inminencia de un desenlace. Nada más colgar el teléfono, Fernando comenzó a sentirse mucho mejor. No se explicaba todavía por qué su amigo le había pedido prestado el coche y se había largado sin dar apenas explicaciones, sólo un simple ‘ya te llamo cuando sepa algo, ¿vale?’, antes de ver como Pedro se alejaba saltándose un semáforo en rojo. ‘¡Dios mío!’, pensó asustado Fernando, dándose cuenta al mismo tiempo de lo que acababa de hacer. ‘Joder, ¿y qué les cuento yo ahora a mis padres…?’. Pues nada, justo lo que hizo después, decirles la verdad y aguantar de labios de sus progenitores todo tipo de improperios referidos a lo gilipollas que era.

Fernando seguía sin entender por qué Pedro tenía que meterse por su cuenta y riesgo a las labores de detective propias de un policía o de un investigador privado, que para eso vivían de ello, pero, desde la distancia, le ofrecía todo su apoyo, todo su aliento, todo lo que, en definitiva, pudiese ofrecerle; aunque, por descontado, sin dejar de actuar como un Pepito Grillo que no deja de bombardear la conciencia del amigo en apuros. Si los dos se aceptaban así, no había porque efectuar ningún cambio. De todos modos, Fernando sabía que por fin comenzaba a mudar esa piel tan pegada a su cuerpo, tan gruesa que no dejaba aflorar su verdadero yo… y ahora Fernando notaba que Pedro empezaba a formar parte de su primera persona de singular.

Suena el teléfono en la habitación número diecisiete del hotel Rey Sancho de Castilla; Pedro descuelga el auricular al tercer tono.

– ¿Sí?

– Buenos días, Don Pedro; son las siete y media de la mañana.

– ¿Ya? Jodeeer… si me acabo de dormir… Pues nada, muchas gracias.

– No hay de qué; estamos a su disposición.

– Vale, vale… Hasta luego.

Y cuelga pensando en lo servil que era el recepcionista, en lo odiosa que resulta esa cínica amabilidad, presunto servicio de atención al cliente. “¿Por qué cojones no puede decirme ‘¡despiértate ya, hostia, que son las siete y media!’? No sé, algo así, que al menos suene natural”, se dice mientras busca con su todavía borrosa vista la toalla para darse una buena ducha antes de desayunar.

Perder de vista el hotel, que se va haciendo cada vez más pequeño en el espejo del retrovisor, produce en Pedro un efecto de alivio; alivio previo al nerviosismo que va notando crecer en sus entrañas a medida que se va acercando al punto de destino: ‘Desguaces López’. Ahora lamenta haber sido tan maleducado con el recepcionista; aunque, bien pensado, eso le da exactamente igual; qué más da haberse comportado inadecuadamente con una persona a la que probablemente nunca más vas a volver a ver…

Como impulsado por la mano inconsciente del pánico, Pedro aparca en el arcén al divisar el taller carroñero, que aprovecha las vísceras de los cadáveres metálicos que se apilan en una explanada frente a lo que parecen ser unas oficinas. Por unos momentos duda, y casi decide dar marcha atrás al coche… y a toda la operación. “Puede que sea mejor no preguntar, no saber…”, piensa antes de dejar sus gafas en la guantera para poder así restregar sus ojos y, de paso, dar un masaje a sus agotadas neuronas. Pero no, no puede ser; un detective debe ser inmune a los sentimientos, no se puede dejar vencer por impulsos pasajeros. Se mira en el espejo retrovisor y se ve fumando, con el cigarrillo colgando del lado izquierdo de sus labios y dando una calada sin sujetarlo siquiera con los dedos; “a fin de cuentas, sí que puedo parecer un detective: fumando, como lo hacen los hombres y con expresión de duro… Philip Marlowe… ¡Eso es, Philip Marlowe!” Arranca de nuevo el coche, mete la primera y sale a la carretera para devorar los apenas doscientos cincuenta metros que le separan de su primera comprobación. Ya no es Pedro, el amigo de Javi, ni tampoco el de Ingrid, tan sólo es el agente Frade en misión secreta, un agente que debe cumplir con su cometido.

Después de preguntar a un mecánico con quién podía hablar sobre un coche de los que allí yacían, entra en una lóbrega y sucia oficina, en la que un orondo señor, con pinta de ser muy feliz dentro de su más que presumible ignorancia, devora literalmente una palmera de chocolate. Pedro se dirige a él, y éste le responde sin dejar de masticar el gran bocado que acaba de asestarle a su pastel.

– Joder, chaval, aquí hay muchos coches.

– Pero a mí sólo me interesa uno en particular: un Ford Fiesta rojo, matrícula de Madrid, 20, 67, B, M.

– Bueno, pues entonces espera a que me coma esto, y te busco en el archivo alguna información; aunque no te prometo nada… no tenemos información sobre todos los coches que hay en el taller.

– Está bien; no tengo prisa.

Mientras espera, Pedro saca un café con leche de la máquina situada a la derecha de la puerta de acceso a la oficina, y regresa, acto seguido, a la oficina, presa ya de la impaciencia. El encargado está colocando sobre la mesa una serie de carpetas azules que ha logrado rescatar de entre el desorden que reina en la estantería contigua a la mesa; ni siquiera se molesta en limpiar las migas de chocolate ya casi impregnadas en el barniz que pinta su mesa, tan sólo abre la primera de las carpetas clasificadoras y comienza a pasar hojas y más hojas.

-¡Hombre, aquí está! Mira chaval, es una copia de atestados e informes de la DGT… … Accidente a la altura del kilómetro 277 de la nacional VI; choque frontal al invadir el carril contrario… Los tres ocupantes fallecieron casi en el acto… ¡Ah, sí; ya me acuerdo…! Fue un accidente muy comentado, muy extraño… ¡Salió hasta en los telediarios…! No sé, invadir así, de repente, el carril contrario, y sin causa justificada…

– A ver, déjeme ver…

Pedro lee atentamente todo el informe mientras el encargado de ‘Desguaces López’ hurga con fuerza entre sus dientes con la ayuda de un palillo, y sin dejar de hacer comentarios que ni siquiera llegan a los oídos del supuesto receptor, concentrado ya en su labor investigadora.

– ¡Joder…! ¡Es imposible, absolutamente imposible!

– ¿El qué, chaval?

– La fecha; aquí dice que el accidente ocurrió hace dos años y medio…

– A ver… No, no, chaval, la fecha está bien; fue por esa época. Ya te he dicho que fue muy comentado…

– Pero el coche… el Ford Fiesta… Yo lo vi en Oviedo hace muy poco tiempo… hace un mes y pico.

– Eso sí que no es posible; si quieres te lo enseño… es puro siniestro total, sólo pudimos aprovechar cuatro piezas de nada.

– No, no. No hace falta. Yo sé lo que vi, y recuerdo perfectamente que ese mismo coche atropelló y mató a mi mejor amigo…

– Bueno, hombre, no hace falta que te pongas así. Puede que te hayas confundido en algún número, o en alguna de las letras…

– No, perdóneme usted… Es que es todo muy extraño… y con esto el lío ya es monumental… ¿Le importa si tomo alguna nota del informe?

– No, hombre, no; apunta todo lo que quieras. Mira, ahí, en ese cajón, tienes papel, y puedes también coger un boli de los de propaganda… Quédatelo si quieres.

Tres nombres quedan apuntados en una hoja que Pedro guarda cuidadosamente en el bolsillo trasero izquierdo de sus vaqueros: Victor Manuel González Ortiz, Antonio José Vázquez González y José Antonio Valero Valle. Los tres habían muerto en el interior del supuesto coche que supuestamente también conducía Ingrid aquel fatídico sábado. Absurdo, totalmente absurdo y carente de toda lógica para una mente que sólo se alimenta de hechos reales, y cuya competencia pragmática desecha, sin reciclar nada, todo lo inexplicable. Decide, después del primer y fallido intento, buscar más pistas, nuevos indicios que le lleven a una solución definitiva… o quizá a un agujero negro, a un callejón sin ningún tipo de salida. Además, uno de los lemas de Pedro es no dejar nunca ningún trabajo a medias. Su – en estos días – detectivesca mente le avisa del error que acaba de cometer.

– Bien pensado, casi que me acerco a ver el coche… puede que eso me aclare algo.

– Por supuesto, chaval, sin ningún problema. Espera aquí que ahora te llamo al Emilio. (Es un poco retrasado… ya me entiendes, pero con esto de la ONCE hay que dar trabajo a esa gente… aparte de todas las ventajas que te da la Seguridad Social; y la verdad es que el chico se porta, ¡vaya si se porta!) ¡¡¡Emiliooo!!!

Emilio aparece raudo en la oficina, y Pedro sigue su estela después de que el encargado haya explicado al tal Emilio lo que tiene que hacer. Tras recorrer unos sesenta metros, llegan a una zona en la que los coches más bien parecen latas de sardinas apisonadas.

– Es éste – dice Emilio señalando con su dedo índice de la mano derecha al Ford Fiesta rojo… o a lo que quedaba de él.

Pedro se lo queda mirando un rato, como analizando cómo puede acceder a su interior. Luego se decide, e introduce su mano derecha por uno de los pocos huecos a través de los cuales eso es posible. Acaricia la guantera, como si le diese miedo romper algo, e intenta abrirla, lo que no le resulta muy complicado ya que el mecanismo de cierre y apertura aún funciona correctamente. Tantea con la punta de sus dedos toda la superficie interior hasta que da con lo que al tacto parece un papel. Con sumo cuidado lo rescata de las entrañas de aquel coche muerto. Atónito, Pedro se queda absolutamente atónito cuando lee el título en una página supuestamente arrancada de un libro: Book One. The Perforated Sheet (Libro Primero. La Sábana Perforada). La página le resulta, como mínimo, familiar. En la esquina inferior derecha está el número de esa página, el nueve… Pedro, sin pestañear siquiera debido a su estado casi catatónico provocado por semejante sorpresa, se fija en un párrafo subrayado: de la línea veintisiete a la treinta y uno, casi al final del papel amarillento, con cierto olor a rancio, compuesto por treinta y dos líneas. Es la primera página de una novela escrita en Inglés… Pedro lee detenidamente ese párrafo marcado, subrayado a lápiz por una mano temblorosa – las rayas distan mucho de la perfección de una línea recta:

20160315_181714And there are so many stories to tell, too many, such an excess of intertwined lives events miracles places rumours, so dense a commingling of the improbable and the mundane! I have been a swallower of lives; and to know me, just the one of me, you’ll have to swallow the lot as well.’ (‘¡Y hay tantas historias que contar, tantas, tal exceso de vidas eventos milagros lugares rumores entrelazados, tal densa combinación de lo improbable y lo mundano! Yo he sido un devorador de vidas; y para conocerme a mí, al verdadero yo, tendréis que tragaros todo el conjunto también.’)

¡Hostias; pero si esto es… es el ‘Midnight’s Children’ de Salman Rushdie… ¿Qué cojones significa todo esto…? ¿Dónde cojones me estoy metiendo…? ¡Me cago hasta en la puta madre que parió a Cristo…!” Pedro guarda esa hoja junto con todas sus notas sobre el informe del accidente, en el mismo bolsillo trasero de su pantalón en el que tres nombres de tres chicos muertos esperan para ser contextualizados; a continuación, vuelve a introducir su mano diestra en el interior de la guantera del ‘coche maldito’… pero allí ya no queda nada más. Decide releer con más detenimiento la parte subrayada de la hoja arrancada de un libro que acaba de hallar imprevisiblemente dentro de la guantera del Ford Fiesta rojo, matrícula de Madrid, número de serie 2067, letras B y M. “… ‘Devorador de vidas’… ¿Devorador de vidas? Joder, ¿la de Javi… una de ellas?… ‘Para conocerme debes tragarte el conjunto, el todo’. ¿Debo seguir, entonces, con todo esto? ¿Sabré algún día qué fue lo que ocurrió en realidad…? Me da la impresión de que yo he escuchado todo esto con anterioridad, pero sólo es una impresión, vaga, como casi todas las mías. No soy capaz de recordar quién pronunció esas palabras, ni en qué contexto… ¿Ingrid, quizá? ¿o tal vez Javi en alguna de nuestras últimas charlas? Mi memoria parece fallar por momentos… justo cuando más necesito de ella…”; el cuchicheo de Pedro se ve interrumpido repentinamente por la voz de Emilio, el ayudante de taller aquejado de cierto grado de idiocia desde su más tierna infancia (por culpa de una hostia de su madre, que no soportaba ni por un instante más los llantos hambrientos de su no deseado hijo).

– Que dice mi jefe que si deseaba usted algo más.

– ¡Eh? No, no. Muchas gracias… … Bueno, espera, sí que quería hacerle a tu jefe una última pregunta.

Pero para tal pregunta no hubo respuesta. Nadie figuraba como dueño o dueña del Fiesta colorado. No existían papeles del seguro del coche. Según el informe de Tráfico, la última cuota del seguro había sido pagada once años antes, pero, sin razones aparentes, se habían extraviado todos los papeles en algún camino intermedio, en algún cruce, en alguna bifurcación… entre el alba de lo desconocido y el crepúsculo de la venganza cumplida.

Ahora tocaba ir a Madrid, a seguirles la pista a los tres accidentados dentro de aquel siniestro coche; no quedaban otras alternativas; tampoco Salman, el viejo Salman, podría ayudar en demasía… los Hijos de la Medianoche tan sólo aportaban confusión y más confusión sobre todo el asunto, que se iba enturbiando y solidificando un poco más después de cada nueva pista – por llamarlas de alguna manera. Pero antes sería necesario echar más gasolina en el 205, aunque, debido a la apremiante necesidad de dinero en efectivo, había que acordarse de llamar a papá para pedirle un buen crédito con cualquier buena excusa: unos libros que necesitaba para un examen, por ejemplo.

… DE LA VIDA XLVII…

XLVII.

Desde los nueve hasta casi los trece años fui monaguillo; me pasaba muchas de las frías tardes del invierno cacabelense en la sacristía, jugando al ajedrez con Don Damián, el cual, por cierto, no tenía una sola gota de compasión: siempre me ganaba; siempre. Yo iba para católico convencido, de los que acaban estudiando en la Universidad de Navarra para luego anudarse de por vida al temible Opus Dei, los fariseos del siglo veinte; pero la vida da muchas vueltas, y la mía dio un giro total de 180 grados: de ser el brazo derecho del cura, a no saludarlo más por puras y simples convicciones anticlericales. Reconozco que Damián es un buen hombre, y como hombre (y hetero), muy mujeriego – se dice de él que tiene dos o tres hijos repartidos por las aldeas de la montaña: supongo que, en esto, habrá parte de palabrería popular y parte de ausencia total de anticoncepción por parte del insigne cura, que se debe predicar con el ejemplo… – Cada vez que paso por su lado se me queda mirando fijamente; en su mirada hay siempre cierto tono de reprobación. ¡Cómo si tuviese yo la culpa de que dios no exista… ! Qué más da, para él no dejo de ser más que una simple oveja descarriada. Como hombre lo respeto, pero como cura no, no puedo… Joder, es que no puedo entrar en vanas argumentaciones con un sacerdote, que ni él me va a convencer a mí ni, por descontado, yo a él.

El caso es que, al poco de haber cumplido yo los diez años, me tocó hacer un trabajo sucio para el insigne párroco (no, no es eso, que sé lo que estáis imaginando, sucios malpensados, morbosos, “hijos” de Nieves Herrero y de Pepe Navarro … ). Sucedió de la siguiente manera: era domingo; me correspondía a mí ayudar en la misa de las doce, la única en la que la iglesia completaba todo su aforo. Una función sin incidencias, como casi todas. Al finalizar recogí el cáliz, las hostias y toda la demás composición de enseres litúrgicos, y me dirigí, acto seguido, hacia la sacristía, abrí la puerta y dejé el grial junto con el resto de mi carga encima de la mesa de Don Damián; nada nuevo. Pero al darme la vuelta vi, para mi asombro, tres pichones descabezados en el suelo, rodeados por un charco de sangre, justo al lado del armario en el que el cura guardaba sus sotanas. Y eso no era todo: encima de la mesa de ping-pong estaba el tablero de ajedrez con todas sus piezas perfectamente colocadas… ¡y las tres cabezas de los pichones encajadas, una en el rey de negras, la otra en el rey opuesto y la tercera en un alfil blanco! Joder, vaya susto; no sabía si salir corriendo de allí y entrar de nuevo en la iglesia, o si escapar por piernas e irme para mi casa… Pero no, aguanté el tipo, y esperé a que Don Damián y el otro monaguillo, Miguelín el de ‘La Frasia’, regresasen hasta mi posición en la sacristía una vez que los devotos feligreses hubiesen ‘podido ir en paz’.

El cabreo del padre fue monumental; ‘¡me cago hasta en Dios Santísimo!’, llegó incluso a jurar. ‘Al que haya hecho esto lo voy a emplumar bien emplumado…’, proclamó tajantemente antes de dirigirse a mí y nombrarme jefe a cargo de todas las operaciones de búsqueda y captura del culpable. Un trabajo sencillo, pensé. Quedaban descartados el propio cura y Miguelín (yo también, por supuesto), con lo cual tan sólo restaba el último de los monaguillos: Tacho, ‘El Mangas’, así conocido por utilizar habitualmente las mismas para solucionar su persistente problema de vegetaciones. Lo único que necesitaba era tener pruebas, pillarlo infraganti.

Visto esto desde la distancia en el tiempo da un poco de miedo, y me explico: Tacho tenía, y tiene, lógicamente, ya que aún no se ha muerto, dos años más que yo, pero no sólo eso, sino que era el líder de una banda temida por su insaciable hambre de fechorías en el colegio ‘Virgen de la Quinta Angustia’. Yo no consideré ese hecho como un atenuante, al contrario, el haber sido nombrado para llevar el caso me convertía, o eso creía yo, en un detective de novela o de serie de televisión inmune a toda clase de peligros, el ‘Starsky’ de Cacabelos.

Sabía que muchas de las palomas que ensuciaban sin cesar los adoquines que componían el suelo de la Plaza Mayor – por aquel entonces aún del Generalísimo – anidaban en lo alto del campanario. De ahí habían salido los tres pichones, ahora sólo quedaba enterarse de cuándo iba a tener Tacho servicio como monaguillo, para lo cual seguí el camino más corto: preguntarle a él directamente. ‘El miércoles’, me respondió; ‘¿y para qué quieres saberlo?’, me inquirió a continuación en un tono casi diríamos que amenazador. Mi respuesta no pudo ser de lo más original: ‘no, por nada, por saberlo’, y me largué de allí antes de que el temible ‘Mangas’ se volviese realmente fiero.

Tacho era monaguillo, no por convicción místico-religiosa, como Miguelín y yo, lo era por simple y puro interés: allí, en la sacristía, disponíamos de un montón de juegos como el ‘Monopoly’, los reunidos de ‘Geyper’, parchís, ajedrez y la gran estrella: una soberbia mesa de ping-pong. Para él y sus secuaces aquello no era más que una sala de juegos en la que pasaban las horas de frío y de lluvia sin dejar jugar a los demás, a los que no pertenecíamos a su ‘selecta’ pandilla. Una auténtica mafia a pequeña escala, vamos. Damián, el cura, no veía, o no quería ver, que todo esto estaba sucediendo en sus dominios. Tacho era un monaguillo de lo más eficiente y punto, no había lugar a ningún tipo de discusión, a ninguna clase de protesta.

Creo que intuí desde el primer momento que Damián sabía de sobra quién había sido el artífice de aquella pequeña masacre, pero decidió, de todos modos, utilizarme para conseguir las pruebas de lo que parecía evidente; o quizás, viéndome tan apocado, tan inútil, en definitiva, me encomendó la misión con la esperanza de que yo obtuviese un estrepitoso fracaso. La gran sorpresa fue que no ocurrió esto último. El miércoles, decidido cual Hercules Poirot, cogí mi cartera de ir a clase, la vacié de cuadernos, libros, estuches y cromos repetidos, y allí metí mi lupa, una linterna, unos prismáticos de juguete y mi grabadora portátil marca ‘Philips’ – último regalo de reyes – para así poder también grabar algún diálogo acusador; a continuación me despedí de mis padres, y me dirigí resuelto hacia la iglesia. Entré sigilosamente, abriendo con sumo cuidado la puerta de la sacristía y sin dejar de tantear el terreno. Por suerte, no había nadie. Repasé todo mi elaboradísimo plan con calma durante unos diez minutos, y sin más dilación encaminé mis pasos hacia la puerta que daba a las escaleras del campanario; una vez allí, subí con cautela abriéndome paso con la luz de la linterna. El hedor era insoportable, estaba todo impregnado de cagadas de paloma. Me preguntaba qué razones impedían a la señora encargada de limpiar y acondicionar la iglesia poder hacer lo propio con aquella empinada escalera de madera bastante carcomida ya. Supuse, enfrascado en mi detectivesco papel, que la banda del ‘Mangas’ no le permitía el acceso al campanario – craso error, ya que, según se pudo saber posteriormente, la pobre no limpiaba allí por miedo a la oscuridad, y también porque había visto ‘Los Pájaros’ de Hitchcock hacía poco, y temía a las ‘salvajes’ palomas que volaban allí a sus anchas -. Cuando llegué por fin a lo alto del campanario, en primer lugar agradecí la presencia de luz natural, y luego busqué un buen rincón en el que esconderme, justo detrás de la campana sin badajo, la ‘campana capada’, como era vulgarmente conocida, la más apartada del acceso a la escalera – no es que la parroquia no dispusiese del dinero para comprar un badajo; lo que ocurría era que el mencionado apéndice de bronce estaba arrestado, condenado a cadena perpetua en el Cuartel Militar de Astorga por haber actuado como lanza justiciera contra un odiado sargento de la Guardia Civil. Se había soltado como por arte de magia, y cayó clavándose materialmente en la espalda del, por aquel entonces, año ’68, jefe local de la benemérita, que murió casi en el acto; hecho que, según cuenta Doña Anuncia, provocó más de un estallido interior de júbilo en muchos de los allí presentes. Como dice la anciana amiga de mi abuela, ‘ese badajo se cayó por el peso de las muchas cornamentas causadas por aquel cabrito de sargento…’ – Mientras esperaba me dediqué a contar el número de palomas y palomos que pululaban por el escenario; llegué a sumar treinta y siete, incluyendo también a los pichones. Transcurrida una media hora, apareció por allí Tacho con su lugarteniente Aníbal, ‘El Peseto’ – apodo heredado de su padre, como era habitual -, para, acto seguido, comenzar a atosigar a las crías que, debido a su corta edad, aún no podían emprender el vuelo de huida.

– Oye, Tacho, ¿cuántos cogemos esta vez? – preguntó Aníbal.

– No sé… cuatro o cinco… ¿Tienes la navaja?

– Sí, además la afilé antes de venir…

Allí estaba yo, escondido, recogiendo en una cinta de audio ‘Tudor’ de sesenta minutos, todo el maquiavélico diálogo entre ‘El Mangas’ y ‘El Peseto’. ¡Los tenía! Ya tenía la evidencia en mi poder, pruebas que, sin duda, me otorgarían la merecida condecoración. Caso resuelto. Esperé pacientemente a que ellos bajasen del campanario con sus presas y, sin más demora, hice yo lo propio a continuación para encaminarme emocionado hacia la casa parroquial, donde entregué a Don Damián la prueba magnetofónica, no sin antes dejar de relatarle personalmente todo lo acontecido entre las campanas de la iglesia de mi pueblo. ‘Buen trabajo, Pedrito’, fue mi única recompensa, pingüe bagaje para lo que yo consideraba como una misión llevada a cabo con toda la profesionalidad y efectividad de un buen investigador privado, de los que salen en las películas y siempre resuelven todos los casos. Me sentí un poco decepcionado; decepción que súbitamente se transformó en pánico aterrador al darme cuenta de que podría haber represalias por parte del ‘Mangas’, que, por cierto, sí que las hubo.

La única medida que nuestro párroco tomó fue la de cesar irremisiblemente a Tacho en sus funciones como monaguillo. No sé cómo, aunque me lo imagino, el torturador asesino de pichones se enteró de lo que él denominó como ‘chivatazo de un pelotillero’. Recibí una buena paliza: ojo derecho amoratado, múltiples hematomas y fisura en una costilla. Yo me defendí, claro que me defendí; cuando ellos se esperaban una reacción por mi parte llena de súplicas salpicadas con mares y mares de lágrimas, se vieron un tanto sorprendidos ante mi encarecida defensa. ¡De eso nada! También pude yo asestarles algún que otro golpe, aunque, lógico, siendo tres contra uno, y además mayores, no había mucho que hacer, la batalla estaba perdida de antemano. Recibí el mensaje, no fui contándole mis penas a nadie, ni a mis padres – para ellos yo me había caído por las escaleras del campanario -, ni a Don Damián… como digo, a nadie, absolutamente a nadie… ni a dios (que, de aquella, aún existía). Tampoco nació en mí interior ningún deseo de venganza personal, que a cada uno ya le llegará su momento cuando más bajo de defensas se encuentre.

Pasadas unas dos semanas, el nido de la pareja de cigüeñas, que ese año había anidado prematuramente encima de la torre del campanario, amaneció destrozado en medio de la Plaza Mayor. Unos meses después, el gato del cura, que respondía por Moisés, fue hallado muerto en la higuera que crecía frente a la casa parroquial, con la particularidad de que estaba colgado boca abajo, atado a una cuerda por el rabo y con un perdigonazo en cada ojo. Y yo, tan tranquilo, recuperándome de mis contusiones y jugando al tenis de mesa con Miguelín. Había aprendido la lección de puta madre.

Todos sabíamos con certeza que el autor material de ambos atentados había sido el temible ‘Mangas’, pero nadie tomó las medidas oportunas; no hubo ninguna represalia… ‘Mejor no meneallo’, que decía siempre Don Damián.

En mi primer día de clase en el Instituto, al entrar en el aula, me topé de bruces con Tacho y sus acémilas. Como se suele decir en estos casos, los tenía en la garganta. No me esperaba aquel encuentro; ¿qué coño hacían aquellos cuatro en mi clase…? Qué iban a hacer, aparte de estar matriculados en 1º de BUP por tercer año consecutivo. ‘Mirad a quién tenemos aquí; si es Pedrito, El Carretón’, vocifero Tacho dirigiéndose triunfal a sus matones. No contesté, seguí caminando como si tal cosa hasta sentarme en uno de los pupitres que aún no estaban ocupados. Me siguieron. ‘¿Te acuerdas de cuando éramos monaguillos con Don Damián?’, me preguntó en un tono casi conciliador. ‘Sí, claro’, contesté yo lo más serio que pude, intentando no mostrar lo acojonado que estaba; (me veía otra vez cubierto de moretones y con algún hueso roto.) ‘Así que estás en mi clase, ¿no?’, seguía insistiendo. ‘Sí’, yo sólo utilizaba monosílabos, que no era menester despertar a la fiera. ‘De puta madre, tío’, me dijo a la vez que estiró su brazo derecho para ofrecerme su mano, la cual yo estreché sintiendo al mismo tiempo el natural alivio que ese simple acto suponía para mi integridad física y moral. ¿Por qué? Siempre me he hecho esa pregunta; ¿por qué me ofrecía su inmunidad…? Mi única explicación se remontaba a la pelea de cuatro años atrás. Pienso que, al defenderme sin caer en ningún momento en la autohumillación, me gané su respeto, ya que él estaba acostumbrado, desde preescolar, a intimidar a otros niños, obteniendo como única respuesta llantos y súplicas, ‘placer’ que yo no le había proporcionado.

En la actualidad, no sé, pero tengo un cariño especial por Anastasio. En el Instituto siempre me protegió contra toda violencia tanto verbal como físicamente amenazadora, porque yo seguía siendo un auténtico alelado, sin duda, pero alelado con bula.

Siempre que voy a Cacabelos me tomo un par de vinos con él, le invito a tabaco, e intento hablar con él tratando de reencontrar la coherencia perdida en un oscuro rincón de su cerebro. Hace ya tres años se pasó de tripis y se quedó anclado desde ese instante en su particular mundo. Vive solo, en la puta indigencia; no le queda ya ningún amigo, con lo que se conforma con conversar consigo mismo. Al verme y, sobre todo, al reconocerme, para lo que siempre necesita al menos una media hora, se alegra, cambia la expresión hierática de su rostro… Puede que sólo sea porque le doy algunos cigarrillos, o alguna que otra moneda rubia para que se tome algún vino, pero a mí me gusta pensar que lo hace porque me considera su amigo, el que lo delató hace ya casi doce años cuando él sólo pretendía divertirse, de una forma macabra, eso hay que reconocerlo, pero divertirse a secas…

Ahora estoy aquí, en mi pueblo de nuevo para pasar otras insulsas Navidades. Acabo de tomar unos vinos con Anastasio, el antiguo rey de los hunos de Cacabelos, por esa, entre otras razones, me he acordado de mi primera investigación. También he terminado de resolver, aunque sin aclararlo por completo, mi segundo caso como detective, como investigador privado autogestionado por mi mismo. ¿Que cuáles son mis sensaciones en estos momentos…? No tengo ni puta idea, pero me da igual, todo me da ya igual. Creer o no creer, ese es mi dilema. Sólo puedo decir que en estos días estoy releyendo ‘Midnight’s Children’, la obra maestra del Salman Rushdie. Es una auténtica delicia, sobre todo ahora que he podido recuperar la hoja que yo ni siquiera sabía que estaba perdida por el mundo, como el típico mensaje dentro de una botella, que cantaría ese ex-policía que responde por ‘aguijón’. Tampoco puedo dejar de pensar en el pobre Salman, en como, sin él comerlo ni beberlo, tan solo por dejar volar su imaginación, mezclada convenientemente con una cierta dosis de autobiografía, se encuentra condenado a muerte desde 1989, año en que el imam Jomeini lanzó su terrible ‘fatwa’ (decreto religioso); por culpa de unos fanáticos integristas que sólo se rigen por los dictados del Corán, ahora Salman se esconde por miedo, por el instinto de supervivencia que a todos nos protege… … También recuerdo a mi amigo Javi; aunque la experiencia pueda llegar a conseguir que yo llegue a mirarlo con otros ojos, nunca podré dejar de recordar los momentos vividos a su lado. Al menos conmigo si supo ser un gran amigo…

Ya no soy Starsky, más podría buscar la similitud con el agente Mulder, que la historia de Ingrid, la de Javi, ¿la de los dos conjuntamente? bien podrían pasar a engordar los archivos secretos de los expedientes X que nuestro amigo del FBI investiga semana tras semana en la pantalla amiga.”

… DE LA VIDA XLVI…

XLVI.

¿La Ley del Talión…? Sólo es algo intuitivo, lo cual deja campo libre a un posible error de cálculo. No estoy hecho para el ‘cine negro’, que, aunque me guste saborear una buena peli de Cagney o Bogart, acaba siempre por destruir mis defensas. Entonces, ¿qué coño hago yo metido a Pepe Carvalho, con el coche de un amigo, y pernoctando en un hotel de las afueras de Palencia? ¿Qué extraña necesidad me obliga a mí a jugar mi propio papel de héroe? No lo sé. Algo desconocido tira invisiblemente de mí; estoy atado a una cuerda sin fin que me lleva, me va llevando… Y lo más curioso es que me parece que estoy a punto de descubrir algo…

Ahora me siento cansado…

Dormiré y mañana temprano visitaré ‘Desguaces López’; puede que ahí esté la clave de todo el asunto… pero antes voy a llamar a Fernando, que debe estar acordándose de todos mis ancestros, y más que se acordará cuando le cuente que le jodí el piloto trasero derecho de un golpe al aparcar…”

Cada uno tiene sus manías: unos creen que existe algún dios y se entregan devotamente a él para los restos; otros viven por y para la política y sus consecuencias; y la amplia mayoría intenta disfrutar de alguna actividad extrasocial que inunde sus horas de ocio, llámese ésta cine, música, filatelia o incluso colombofilia, como en el caso del insigne padre de los siempre anárquicos Zipi y Zape, Don Pantuflo Zapatilla. Pedro constituye una especie de híbrido mezcla de música pop-rock, cine y literatura, todo ello aderezado convenientemente con una pizca de sustancias psicotrópicas. Dentro de la inmensa multiplicidad de manías, llamémoslas secundarias, que todo bicho viviente posee, Pedro abusa con demasiada frecuencia de una especialmente idiota, aunque siempre relajante para su saturado cerebro: las iniciales de las matrículas de los coches, con las cuales construye todo tipo de acrónimos a los que intenta dar sentido (semánticamente hablando, que para eso es un prototipo de futuro filólogo). Un ejemplo, O – cualquier serie de números – CA; separando la inicial de la provincia y las letras de serie de la cifra obtenemos OCA, que, aparte de ser un palmípedo, para Pedro significaría Organización Comunista Asturiana. Otro, S – … … – Y; SY: pasamos ya al terreno musical y, ¡cómo no!, Sonic Youth. En estas circunstancias siempre da vueltas a la rueda de su mente tratando de encontrar algún grupo, alguna organización, alguna canción cuyas iniciales coincidan con las letras de la matrícula; si después de transcurridos unos minutos lo ve imposible, entonces se inventa cualquier frase, idiota preferiblemente. El último ejemplo: MSP, Manic Street Preachers, o bien Minero Siderúrgica de Ponferrada.

Habitualmente, antes de irse para clase Pedro pone algo de música a todo volumen mientras disfruta de un humeante café con leche y uno o dos cigarrillos. Ese día, después de que Gloria, la madre de Javi, le hubiese negado el saludo al encontrársela por casualidad en el portal, se sentía raro… No sabía que CD poner en su nuevo equipo compacto musical, hasta que, al hacer una segunda ronda de reconocimiento por el estante – en tan sólo tres meses ya se había comprado la friolera de diecinueve CDs, más los cinco que le habían regalado – reparó concretamente en uno al que no había prestado excesiva atención desde que su primo Jose se lo había regalado a finales de septiembre: el ‘Satyricon’ de los Meat Beat Manifesto.

– … Meat Beat Manifesto… M… B. M. ¡Joder… ! ¡¡MBM!! ¡Hostiaputa! ¿Dónde he visto yo hace poco esas siglas…?

Ejercitó su memoria hasta el límite; sabía perfectamente que hacía muy poco tiempo había visto algún coche cuya matrícula contenía esas tres iniciales, y que, además, era el coche de alguien conocido. Cuando estaba a punto de exprimir la última gota de su masa gris, comenzó a recordar el sueño que lo había alterado unos días atrás.

– Claro, claro… ¡Seré gilipollas! M – 2067 – BM, el coche de Ingrid, el que conducía en mi sueño… ¡Es alucinante…como una premonición! Entonces ése tiene que ser el coche que atropelló a Javi; sólo recuerdo que aquel también era de color rojo, pero lo mismo podría ser un ‘Ford Fiesta’ que un 205… ¡Con el ciego que llevábamos…!

Ni siquiera se molestó ya en poner el CD, sólo cogió apresuradamente su carpeta y salió escopetado en dirección a la calle; tenía que llamar por teléfono a alguien de confianza y contarle el sueño antes de que pudiera olvidarlo. Pensó en Fernando casi automáticamente: “Este tiene buena memoria y seguro que, en cuanto se lo cuente, se acordará luego mejor que yo, que no me fío yo de mis propios sueños, sobre todo porque nunca logro recordarlos… y eso que lo intento”. Entró en una de las cabinas que hay frente a la estación de autobuses, y marcó el número de su amigo; al segundo tono, la voz de Fernando surgió al otro lado del hilo telefónico.

– ¿Sí? ¿Quién llama?

– Joder, menos mal que estás en casa…

– Pero… ¿Quién es?

– Soy yo, tío, Pedro. Vas a alucinar, acabo de recordar un sueño que tuve hace unos días, aquel día que te dije que notaba una sensación extraña, que me había despertado sudando, muy alterado…

– ¡Ah! Sí, sí, ya me acuerdo; fue el jueves pasado. Sí, es verdad que estabas un poco raro… no sé, como alicaído.

– Justo; flipo con tu memoria, tío… Oye, ¿tienes tiempo ahora?

– ¿Ahora mismo?

– Sí.

– No sé, tenemos clase dentro de… exactamente… treinta y siete minutos, bueno, depende de cuánto tiempo necesites…

– Es que tengo que contártelo ahora mismo, que si no seguro que se me olvida; ya sabes que nunca soy capaz de recordar lo que sueño, pero en esta ocasión, gracias a los ‘Meat Beat Manifesto’ me vino así, como de repente, a la memoria… y todo gracias a mi manía con las matrículas de los coches… Es un sueño bastante… cómo definirlo… surrealista; eso ¡surrealista!, pero creo que tiene hasta cierto sentido, que podría explicar algunas cosas…puede que hasta tenga cierto carácter premonitorio… no sé.

– Venga, pues al grano, que si no…

– Es de día, y yo voy caminando solo por una carretera comarcal. No hay trafico, tampoco señales indicativas. No hay cuestas, por eso puedo ver la infinidad de curvas a izquierda y derecha que me esperan… ¡No puedo pararme… ni dar media vuelta…! El camino me arrastra… …

Y allí quedó, grabado en uno de los infinitos ‘bytes’ del cerebro-esponja de Fernando. Quedaron después de clase a tomar unas cañas para así poder analizarlo conjuntamente, en equipo, e intentar, finalmente, elaborar una sinopsis interpretativa. La postura de Fernando no había cambiado ni un ápice.

– … ya no hay más que hablar; ahora te vas a la policía, das el número de la matrícula, y que ellos investiguen y descubran a quién pertenece el coche.

– ¡Joder; ya estás otra vez con lo mismo! ¡Qué no, tío; qué no! Que esto es algo que debo resolver por mi cuenta…es una mera investigación con fines aclaratorios. No te preocupes, que con lo que pueda descubrir, y si veo que es algo extremadamente grave, ya lo pondré en manos de la justicia, de vuestra puta justicia.

– Te vas a meter en un buen lío, ya verás…

– Qué no; que sé cuidar de mi mismo… No me pasará nada. Mañana mismo, a primera hora, me acerco hasta Tráfico y les cuento cualquier historia para ver si así pueden informarme sobre la identidad del dueño del dichoso ‘Ford Fiesta’… si es que en realidad existe algún ‘Ford Fiesta’ rojo con esa matrícula.

– Pero… ¿cómo lo vas a hacer?

– ¡Bah! Eso es fácil; está tirado engañar a los de Tráfico… Les diré que una persona me quiere vender un coche con ese número de matrícula, y que no me fío, que prefiero ser precavido por si acaso es robado, que sólo es por asegurarme al cien por cien… Ves, así de sencillo.

– No, si a ti tu imaginación un día te va a meter en un buen berenjenal… Mejor la usabas con fines mas didácticos e instructivos, como estudiar, por ejemplo.

– Vale, vale, papá… Joder, a veces no me explico cómo puedo aguantarte.

– Será porque me quieres, cariñín mío – dice Fernando a la vez que da un pellizco suave en la mejilla de su amigo.

– ¡Fernando?

– ¿Sí?

– ¡Vete a tomar por el culo!