… DE LA VIDA XLVII…

XLVII.

Desde los nueve hasta casi los trece años fui monaguillo; me pasaba muchas de las frías tardes del invierno cacabelense en la sacristía, jugando al ajedrez con Don Damián, el cual, por cierto, no tenía una sola gota de compasión: siempre me ganaba; siempre. Yo iba para católico convencido, de los que acaban estudiando en la Universidad de Navarra para luego anudarse de por vida al temible Opus Dei, los fariseos del siglo veinte; pero la vida da muchas vueltas, y la mía dio un giro total de 180 grados: de ser el brazo derecho del cura, a no saludarlo más por puras y simples convicciones anticlericales. Reconozco que Damián es un buen hombre, y como hombre (y hetero), muy mujeriego – se dice de él que tiene dos o tres hijos repartidos por las aldeas de la montaña: supongo que, en esto, habrá parte de palabrería popular y parte de ausencia total de anticoncepción por parte del insigne cura, que se debe predicar con el ejemplo… – Cada vez que paso por su lado se me queda mirando fijamente; en su mirada hay siempre cierto tono de reprobación. ¡Cómo si tuviese yo la culpa de que dios no exista… ! Qué más da, para él no dejo de ser más que una simple oveja descarriada. Como hombre lo respeto, pero como cura no, no puedo… Joder, es que no puedo entrar en vanas argumentaciones con un sacerdote, que ni él me va a convencer a mí ni, por descontado, yo a él.

El caso es que, al poco de haber cumplido yo los diez años, me tocó hacer un trabajo sucio para el insigne párroco (no, no es eso, que sé lo que estáis imaginando, sucios malpensados, morbosos, “hijos” de Nieves Herrero y de Pepe Navarro … ). Sucedió de la siguiente manera: era domingo; me correspondía a mí ayudar en la misa de las doce, la única en la que la iglesia completaba todo su aforo. Una función sin incidencias, como casi todas. Al finalizar recogí el cáliz, las hostias y toda la demás composición de enseres litúrgicos, y me dirigí, acto seguido, hacia la sacristía, abrí la puerta y dejé el grial junto con el resto de mi carga encima de la mesa de Don Damián; nada nuevo. Pero al darme la vuelta vi, para mi asombro, tres pichones descabezados en el suelo, rodeados por un charco de sangre, justo al lado del armario en el que el cura guardaba sus sotanas. Y eso no era todo: encima de la mesa de ping-pong estaba el tablero de ajedrez con todas sus piezas perfectamente colocadas… ¡y las tres cabezas de los pichones encajadas, una en el rey de negras, la otra en el rey opuesto y la tercera en un alfil blanco! Joder, vaya susto; no sabía si salir corriendo de allí y entrar de nuevo en la iglesia, o si escapar por piernas e irme para mi casa… Pero no, aguanté el tipo, y esperé a que Don Damián y el otro monaguillo, Miguelín el de ‘La Frasia’, regresasen hasta mi posición en la sacristía una vez que los devotos feligreses hubiesen ‘podido ir en paz’.

El cabreo del padre fue monumental; ‘¡me cago hasta en Dios Santísimo!’, llegó incluso a jurar. ‘Al que haya hecho esto lo voy a emplumar bien emplumado…’, proclamó tajantemente antes de dirigirse a mí y nombrarme jefe a cargo de todas las operaciones de búsqueda y captura del culpable. Un trabajo sencillo, pensé. Quedaban descartados el propio cura y Miguelín (yo también, por supuesto), con lo cual tan sólo restaba el último de los monaguillos: Tacho, ‘El Mangas’, así conocido por utilizar habitualmente las mismas para solucionar su persistente problema de vegetaciones. Lo único que necesitaba era tener pruebas, pillarlo infraganti.

Visto esto desde la distancia en el tiempo da un poco de miedo, y me explico: Tacho tenía, y tiene, lógicamente, ya que aún no se ha muerto, dos años más que yo, pero no sólo eso, sino que era el líder de una banda temida por su insaciable hambre de fechorías en el colegio ‘Virgen de la Quinta Angustia’. Yo no consideré ese hecho como un atenuante, al contrario, el haber sido nombrado para llevar el caso me convertía, o eso creía yo, en un detective de novela o de serie de televisión inmune a toda clase de peligros, el ‘Starsky’ de Cacabelos.

Sabía que muchas de las palomas que ensuciaban sin cesar los adoquines que componían el suelo de la Plaza Mayor – por aquel entonces aún del Generalísimo – anidaban en lo alto del campanario. De ahí habían salido los tres pichones, ahora sólo quedaba enterarse de cuándo iba a tener Tacho servicio como monaguillo, para lo cual seguí el camino más corto: preguntarle a él directamente. ‘El miércoles’, me respondió; ‘¿y para qué quieres saberlo?’, me inquirió a continuación en un tono casi diríamos que amenazador. Mi respuesta no pudo ser de lo más original: ‘no, por nada, por saberlo’, y me largué de allí antes de que el temible ‘Mangas’ se volviese realmente fiero.

Tacho era monaguillo, no por convicción místico-religiosa, como Miguelín y yo, lo era por simple y puro interés: allí, en la sacristía, disponíamos de un montón de juegos como el ‘Monopoly’, los reunidos de ‘Geyper’, parchís, ajedrez y la gran estrella: una soberbia mesa de ping-pong. Para él y sus secuaces aquello no era más que una sala de juegos en la que pasaban las horas de frío y de lluvia sin dejar jugar a los demás, a los que no pertenecíamos a su ‘selecta’ pandilla. Una auténtica mafia a pequeña escala, vamos. Damián, el cura, no veía, o no quería ver, que todo esto estaba sucediendo en sus dominios. Tacho era un monaguillo de lo más eficiente y punto, no había lugar a ningún tipo de discusión, a ninguna clase de protesta.

Creo que intuí desde el primer momento que Damián sabía de sobra quién había sido el artífice de aquella pequeña masacre, pero decidió, de todos modos, utilizarme para conseguir las pruebas de lo que parecía evidente; o quizás, viéndome tan apocado, tan inútil, en definitiva, me encomendó la misión con la esperanza de que yo obtuviese un estrepitoso fracaso. La gran sorpresa fue que no ocurrió esto último. El miércoles, decidido cual Hercules Poirot, cogí mi cartera de ir a clase, la vacié de cuadernos, libros, estuches y cromos repetidos, y allí metí mi lupa, una linterna, unos prismáticos de juguete y mi grabadora portátil marca ‘Philips’ – último regalo de reyes – para así poder también grabar algún diálogo acusador; a continuación me despedí de mis padres, y me dirigí resuelto hacia la iglesia. Entré sigilosamente, abriendo con sumo cuidado la puerta de la sacristía y sin dejar de tantear el terreno. Por suerte, no había nadie. Repasé todo mi elaboradísimo plan con calma durante unos diez minutos, y sin más dilación encaminé mis pasos hacia la puerta que daba a las escaleras del campanario; una vez allí, subí con cautela abriéndome paso con la luz de la linterna. El hedor era insoportable, estaba todo impregnado de cagadas de paloma. Me preguntaba qué razones impedían a la señora encargada de limpiar y acondicionar la iglesia poder hacer lo propio con aquella empinada escalera de madera bastante carcomida ya. Supuse, enfrascado en mi detectivesco papel, que la banda del ‘Mangas’ no le permitía el acceso al campanario – craso error, ya que, según se pudo saber posteriormente, la pobre no limpiaba allí por miedo a la oscuridad, y también porque había visto ‘Los Pájaros’ de Hitchcock hacía poco, y temía a las ‘salvajes’ palomas que volaban allí a sus anchas -. Cuando llegué por fin a lo alto del campanario, en primer lugar agradecí la presencia de luz natural, y luego busqué un buen rincón en el que esconderme, justo detrás de la campana sin badajo, la ‘campana capada’, como era vulgarmente conocida, la más apartada del acceso a la escalera – no es que la parroquia no dispusiese del dinero para comprar un badajo; lo que ocurría era que el mencionado apéndice de bronce estaba arrestado, condenado a cadena perpetua en el Cuartel Militar de Astorga por haber actuado como lanza justiciera contra un odiado sargento de la Guardia Civil. Se había soltado como por arte de magia, y cayó clavándose materialmente en la espalda del, por aquel entonces, año ’68, jefe local de la benemérita, que murió casi en el acto; hecho que, según cuenta Doña Anuncia, provocó más de un estallido interior de júbilo en muchos de los allí presentes. Como dice la anciana amiga de mi abuela, ‘ese badajo se cayó por el peso de las muchas cornamentas causadas por aquel cabrito de sargento…’ – Mientras esperaba me dediqué a contar el número de palomas y palomos que pululaban por el escenario; llegué a sumar treinta y siete, incluyendo también a los pichones. Transcurrida una media hora, apareció por allí Tacho con su lugarteniente Aníbal, ‘El Peseto’ – apodo heredado de su padre, como era habitual -, para, acto seguido, comenzar a atosigar a las crías que, debido a su corta edad, aún no podían emprender el vuelo de huida.

– Oye, Tacho, ¿cuántos cogemos esta vez? – preguntó Aníbal.

– No sé… cuatro o cinco… ¿Tienes la navaja?

– Sí, además la afilé antes de venir…

Allí estaba yo, escondido, recogiendo en una cinta de audio ‘Tudor’ de sesenta minutos, todo el maquiavélico diálogo entre ‘El Mangas’ y ‘El Peseto’. ¡Los tenía! Ya tenía la evidencia en mi poder, pruebas que, sin duda, me otorgarían la merecida condecoración. Caso resuelto. Esperé pacientemente a que ellos bajasen del campanario con sus presas y, sin más demora, hice yo lo propio a continuación para encaminarme emocionado hacia la casa parroquial, donde entregué a Don Damián la prueba magnetofónica, no sin antes dejar de relatarle personalmente todo lo acontecido entre las campanas de la iglesia de mi pueblo. ‘Buen trabajo, Pedrito’, fue mi única recompensa, pingüe bagaje para lo que yo consideraba como una misión llevada a cabo con toda la profesionalidad y efectividad de un buen investigador privado, de los que salen en las películas y siempre resuelven todos los casos. Me sentí un poco decepcionado; decepción que súbitamente se transformó en pánico aterrador al darme cuenta de que podría haber represalias por parte del ‘Mangas’, que, por cierto, sí que las hubo.

La única medida que nuestro párroco tomó fue la de cesar irremisiblemente a Tacho en sus funciones como monaguillo. No sé cómo, aunque me lo imagino, el torturador asesino de pichones se enteró de lo que él denominó como ‘chivatazo de un pelotillero’. Recibí una buena paliza: ojo derecho amoratado, múltiples hematomas y fisura en una costilla. Yo me defendí, claro que me defendí; cuando ellos se esperaban una reacción por mi parte llena de súplicas salpicadas con mares y mares de lágrimas, se vieron un tanto sorprendidos ante mi encarecida defensa. ¡De eso nada! También pude yo asestarles algún que otro golpe, aunque, lógico, siendo tres contra uno, y además mayores, no había mucho que hacer, la batalla estaba perdida de antemano. Recibí el mensaje, no fui contándole mis penas a nadie, ni a mis padres – para ellos yo me había caído por las escaleras del campanario -, ni a Don Damián… como digo, a nadie, absolutamente a nadie… ni a dios (que, de aquella, aún existía). Tampoco nació en mí interior ningún deseo de venganza personal, que a cada uno ya le llegará su momento cuando más bajo de defensas se encuentre.

Pasadas unas dos semanas, el nido de la pareja de cigüeñas, que ese año había anidado prematuramente encima de la torre del campanario, amaneció destrozado en medio de la Plaza Mayor. Unos meses después, el gato del cura, que respondía por Moisés, fue hallado muerto en la higuera que crecía frente a la casa parroquial, con la particularidad de que estaba colgado boca abajo, atado a una cuerda por el rabo y con un perdigonazo en cada ojo. Y yo, tan tranquilo, recuperándome de mis contusiones y jugando al tenis de mesa con Miguelín. Había aprendido la lección de puta madre.

Todos sabíamos con certeza que el autor material de ambos atentados había sido el temible ‘Mangas’, pero nadie tomó las medidas oportunas; no hubo ninguna represalia… ‘Mejor no meneallo’, que decía siempre Don Damián.

En mi primer día de clase en el Instituto, al entrar en el aula, me topé de bruces con Tacho y sus acémilas. Como se suele decir en estos casos, los tenía en la garganta. No me esperaba aquel encuentro; ¿qué coño hacían aquellos cuatro en mi clase…? Qué iban a hacer, aparte de estar matriculados en 1º de BUP por tercer año consecutivo. ‘Mirad a quién tenemos aquí; si es Pedrito, El Carretón’, vocifero Tacho dirigiéndose triunfal a sus matones. No contesté, seguí caminando como si tal cosa hasta sentarme en uno de los pupitres que aún no estaban ocupados. Me siguieron. ‘¿Te acuerdas de cuando éramos monaguillos con Don Damián?’, me preguntó en un tono casi conciliador. ‘Sí, claro’, contesté yo lo más serio que pude, intentando no mostrar lo acojonado que estaba; (me veía otra vez cubierto de moretones y con algún hueso roto.) ‘Así que estás en mi clase, ¿no?’, seguía insistiendo. ‘Sí’, yo sólo utilizaba monosílabos, que no era menester despertar a la fiera. ‘De puta madre, tío’, me dijo a la vez que estiró su brazo derecho para ofrecerme su mano, la cual yo estreché sintiendo al mismo tiempo el natural alivio que ese simple acto suponía para mi integridad física y moral. ¿Por qué? Siempre me he hecho esa pregunta; ¿por qué me ofrecía su inmunidad…? Mi única explicación se remontaba a la pelea de cuatro años atrás. Pienso que, al defenderme sin caer en ningún momento en la autohumillación, me gané su respeto, ya que él estaba acostumbrado, desde preescolar, a intimidar a otros niños, obteniendo como única respuesta llantos y súplicas, ‘placer’ que yo no le había proporcionado.

En la actualidad, no sé, pero tengo un cariño especial por Anastasio. En el Instituto siempre me protegió contra toda violencia tanto verbal como físicamente amenazadora, porque yo seguía siendo un auténtico alelado, sin duda, pero alelado con bula.

Siempre que voy a Cacabelos me tomo un par de vinos con él, le invito a tabaco, e intento hablar con él tratando de reencontrar la coherencia perdida en un oscuro rincón de su cerebro. Hace ya tres años se pasó de tripis y se quedó anclado desde ese instante en su particular mundo. Vive solo, en la puta indigencia; no le queda ya ningún amigo, con lo que se conforma con conversar consigo mismo. Al verme y, sobre todo, al reconocerme, para lo que siempre necesita al menos una media hora, se alegra, cambia la expresión hierática de su rostro… Puede que sólo sea porque le doy algunos cigarrillos, o alguna que otra moneda rubia para que se tome algún vino, pero a mí me gusta pensar que lo hace porque me considera su amigo, el que lo delató hace ya casi doce años cuando él sólo pretendía divertirse, de una forma macabra, eso hay que reconocerlo, pero divertirse a secas…

Ahora estoy aquí, en mi pueblo de nuevo para pasar otras insulsas Navidades. Acabo de tomar unos vinos con Anastasio, el antiguo rey de los hunos de Cacabelos, por esa, entre otras razones, me he acordado de mi primera investigación. También he terminado de resolver, aunque sin aclararlo por completo, mi segundo caso como detective, como investigador privado autogestionado por mi mismo. ¿Que cuáles son mis sensaciones en estos momentos…? No tengo ni puta idea, pero me da igual, todo me da ya igual. Creer o no creer, ese es mi dilema. Sólo puedo decir que en estos días estoy releyendo ‘Midnight’s Children’, la obra maestra del Salman Rushdie. Es una auténtica delicia, sobre todo ahora que he podido recuperar la hoja que yo ni siquiera sabía que estaba perdida por el mundo, como el típico mensaje dentro de una botella, que cantaría ese ex-policía que responde por ‘aguijón’. Tampoco puedo dejar de pensar en el pobre Salman, en como, sin él comerlo ni beberlo, tan solo por dejar volar su imaginación, mezclada convenientemente con una cierta dosis de autobiografía, se encuentra condenado a muerte desde 1989, año en que el imam Jomeini lanzó su terrible ‘fatwa’ (decreto religioso); por culpa de unos fanáticos integristas que sólo se rigen por los dictados del Corán, ahora Salman se esconde por miedo, por el instinto de supervivencia que a todos nos protege… … También recuerdo a mi amigo Javi; aunque la experiencia pueda llegar a conseguir que yo llegue a mirarlo con otros ojos, nunca podré dejar de recordar los momentos vividos a su lado. Al menos conmigo si supo ser un gran amigo…

Ya no soy Starsky, más podría buscar la similitud con el agente Mulder, que la historia de Ingrid, la de Javi, ¿la de los dos conjuntamente? bien podrían pasar a engordar los archivos secretos de los expedientes X que nuestro amigo del FBI investiga semana tras semana en la pantalla amiga.”

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