… DE LA VIDA LIV…

LIV.

Tengo por norma ir una vez al mes, como mínimo, a mi pueblo. No es que lo necesite, pero sí que me reconforta salir de mi burbuja, de mi absorbente rutina de estudiante universitario. En la actualidad, con mis padres todo va fenomenal; nada mejor que la distancia para enriquecer una relación paterno-filial que se mantenía bajo mínimos, que transcurría agitadamente discusión tras discusión dentro de un círculo vicioso del que resultaba difícil escapar. Tampoco puedo dejar de mencionar lo que supone de revitalizador para mi vacía despensa una de estas visitas: jamón, chorizos, botillos, conservas de pimientos, de tomate frito… vamos, que suministran parte de mi alimentación a base de productos porcinos y ricas hortalizas de la tierra berciana. (¿Alguien ha mencionado la palabra ‘colesterol?)

Después de lo de Madrid y de lo ocurrido con Gloria sentía en mi interior una aparente necesidad de calma existencial, con lo que me fui a Cacabelos a pasar un fin de semana, sin otra intención que la de disfrutar de no hacer nada, absolutamente nada, salvo tomarme unos vinos y unas tapitas con mis amigos por las bodegas del casco viejo, y, sobre todo, dormir, disfrutar de las horas de sueño sin que la conciencia tenga que estar lanzándote constantes avisos del tipo ‘tengo mucho que estudiar’ o ‘tienes que ir a la compra y luego hacer la comida’. De eso nada, sólo levantarse a la una y media, a las dos, y tener la comida puesta sobre la mesa. Vamos, como un rey, un puto rey de mierda. (Todos sabemos “abusar” cuando nos lo proponemos…)

Mariano Farelo, el conocido en nuestra niñez como ‘Tocinín’, al enterarse de mi presencia en el pueblo me invitó a conocer su piso de recién casado. Vaya una decepción; ¡qué piso, madre mía! Ni un solo indicio del más mínimo desorden, que yo tanto amo. Toda la decoración conjuntada, multiplicidad de figurillas de cerámica alineadas en los estantes del armario del salón, etcétera, etcétera. Pero lo peor, lo más humillante, principalmente proviniendo de uno de tus mejores amigos, fue la forma en que me agasajaron, sobre todo Cristina, su mujer, para que tomase un café con pastitas de té. Joder, es como visitar a un pariente que, de tanto insistir para que estés cómodo y tomes algo, acaba por agobiarte de tal manera que a los cinco minutos tu único deseo es salir pitando de allí. ¡Ni siquiera se podía fumar!, sólo en la cocina y con las ventanas abiertas de par en par… Pobre Mariano, antaño tan rebelde y ahora engullido por la hipócrita vorágine de un pueblo pequeño, que es el mío, sí, pero ante el que hay que saber ser crítico para poder analizarlo desde una distancia prudencial, y sin dejarte atrapar por su rueda de molino. Un día de estos voy a tener que hablar muy seriamente con él. No puedo quedarme tranquilo cuando una duda que me agobia desde el día en que me comunicó que se casaba se acrecenta más y más cada día que pasa: ¿será Mariano consciente de todo el lío en el que se ha metido? Porque él tenía otros proyectos muy distintos…

Mariano dejó de ser ‘Tocinín’ cuando se convirtió en un apuesto adolescente tras el que andaban como perras salidas casi todas las chavalas de Cacabelos y sus alrededores. (Se me nota un poco la envidia, ¿no? En realidad no eran perras salidas, tan sólo quinceañeras con ganas de conocer nuevas sensaciones, como debe ser…) Aunque se podría decir sin temor a equivocarse que ya éramos amigos desde unos años antes, no comenzamos a compartir todo tipo de correrías hasta que yo fui capaz de despertar, de quitarme las orejeras de burro que me limitaban el horizonte, y salir de la secta católico-integrista por la que mis padres me guiaban; los dictados del Sumo Pontífice eran mi guía… y hoy en día considero que Juan Pablo II es uno de los mayores terroristas morales de la década. Lo mío fue muy repentino, fue como si hubiese bebido de un elixir que, afortunadamente, me devolvió a la vida; el bello durmiente que despierta después de que se lo folla – vamos a ser realistas: siempre nos cortaron la escena posterior al beso – la tan esperada princesa de cuento de hadas. Me di toda la prisa que pude… pero entré en el juego de la balanza compensatoria: cuanto más fuerte era la juerga, más dura para conmigo era la actitud de mis padres. He de reconocer que Mariano me ayudó a mantenerme conscientemente despierto; él disfrutaba de todo lo que le ofrecía la vida como a nadie había yo visto hacer hasta la fecha. Recuerdo que llegó a tener novias hasta en cuatro pueblos distintos, siendo además capaz de multiplicarse para mantener viva la llama en las cuatro; y todo ello sin dejar, además, de salir con nosotros, sus amigos. Yo actuaba como un buen parásito. Aprovechando sus innatas habilidades para ligar con una tía, yo cogía presto su rebufo y esperaba pacientemente a que alguno de sus múltiples ligues apareciese algún día con alguna amiga que poder llevarse presto a la boca… ¡anda que no me habré yo morreado y metido mano con tías no del todo guapas, por no decir horrorosas…! (y eso que estoy obviando mencionar toda la variedad de gordas, halitosas, bizcas, culibajas, patizambas, y hasta pijas gilipollas que no había su tía que las aguantase – hombre, alguna un poquitín guapa sí que hubo, aunque las menos, por desgracia – … pero es que hay que aprender a andar en bici como sea, da igual que la bici esté un poquitín descacharrada… … ¿no? Tampoco pretendo yo ser un Indurain…). Claro que yo estaba enamorado de Ingrid, aunque no quería reconocérmelo a mí mismo por no hacerme daño, pero eso no implicaba que, mientras mi mente era totalmente suya, no pudiese yo ofrecer mis juegos sexuales a otras chicas. ‘Sexo es sexo, y amor es amor’, como diría algún entrenador de fútbol yugoslavo (hablando en castellano, claro). Está más que científicamente demostrado que la monogamia, sexualmente hablando, no existe, es una pura invención judeo-cristiana que los curas utilizaban (y utilizan) para poder follarse ellos, en el nombre del Padre (también del Hijo o del Espíritu Santo), por supuesto, a toda hembra, niño o criatura que se les pusiese (o ponga) por delante.

Ese era Mariano, un ídolo no sólo de féminas, sino también de varones sanamente envidiosos de sus dotes como donjuán. Por eso no puedo soportar al Mariano de hoy en día, al de ‘¿quieres otra pastita?’… Daban ganas de responderle ‘sí, pero para metértela por el culo lentamente para ves si así te espabilas’. ¿Cómo puede haberse dejado engañar…? Y no me estoy refiriendo a Cristina, ‘La Túzara’, que ella es muy buena chica, aunque un poco simple y sin más aspiración que la de cuidar de su casita (tra-lara-larita) y de su apuesto maridín, me refiero al entorno, que debe ser atosigante hasta el punto de contagiar la enfermedad del haz-lo-mismo-que-yo-hice-y-sin-salirte-del-carril generación tras generación. Viéndolo a él, me produce un gran alivio el haberme ido de allí. Desde la lejanía quizá idealizas un poco todo lo que supone tu cuna, pero bastan dos días de visita cada cierto tiempo para que la puta realidad te dé la bofetada que continuamente tratas de esquivar, por lo menos para que ésta nunca llegue a dar como resultado un sonoro K. O. técnico.

Ahora que lo pienso con calma, puede que aquel susto que se llevó hace un par de veranos terminara de un plumazo con sus devaneos amorosos, con sus andanzas casanovianas. Había una gitana en Cacabelos, Raquel Jiménez, que se infiltraba en los sueños eróticos de todos nosotros. Era guapísima: con su larga melena negra, su tez tan morena y aquellos ojos verdes que iluminaban su cara… y de cuerpo no digamos: nada que envidiar a ninguna de las conocidas como top-models. Raquel iba siempre con dos amigas, también miembros de la raza calé, a bañarse en verano a una zona apartada del río – algo que también hacíamos nosotros, aunque por motivos muy distintos: para poder fumar algún que otro porro lejos de las ávidas miradas de las ‘lechuzas’ (por lo agudo de su vista) de Cacabelos, que eran capaces de propagar una noticia a la velocidad de la luz incluso, y, paradójicamente, antes de que ésta se produjese. La razón que obligaba a las tres gitanas a apartarse del bullicio permanente de la zona oficial de baños, la que cubrían con tosca arena de obra, era la de no ser vistas por el clan de los Jiménez, ya que las gitanas, por ley ancestral, deben bañarse y tomar el sol vestidas, sin mostrar ni un centímetro cuadrado de su piel – salvo manos, pies y cara, lógicamente -. Pero Raquel y sus dos colegas habían nacido con un espíritu rebelde en su interior: ellas sí que tomaban el sol y se bañaban en bikini. He aquí otra razón de peso que suponía un buen aliciente más para acercarnos a aquella zona del Cúa entre chopos, mosquitos y libélulas de varios tamaños.

Un día Mariano, en actitud ciertamente sentenciosa tras haber dado las caladas correspondientes al porro, comentó: ‘a esa Raquel me la voy a follar yo antes de que termine este verano’, lo que provocó automáticamente la risa general de todo el grupo, igualmente afectado por la risa floja que conlleva el fumar hachís; este espontaneo cachondeo se vio repentinamente interrumpido cuando nos dimos cuenta de que Mariano hablaba en serio: se había acercado, osadamente, a hablar con las tres chicas. Así estuvo unos días, hasta que por fin pudo aislar a Raquel de las otras dos y quedarse a solas con ella. A mediados de agosto, Mariano nos contó que ya estaba, que ya se lo había hecho con Raquel, y más de una vez, aunque omitió detalles más precisos, lo que nos extrañó bastante, porque Mariano era de los que alardeaban de sus conquistas, de lo semental que se sentía. Desde entonces, Raquel dejó de venir al río, al menos a la chopera que constituía nuestro territorio.

Mariano parecía estar colado por ella; hipótesis que se confirmó poco después cuando me contó, invadido por una sincera pena (nunca lo había visto así de compungido por una tía) que Raquel se tenía que casar, por orden de su padre, con un gitano de Barcelona llamado Antonio Salazar. Las palabras entrecortadas de mi amigo desprendían también cortantes trocitos de pánico que se acumulaban molestos y cristalizaban en la boca de su estómago. Estaba en peligro y él lo sabía.

Lo ocurrido después en la boda era más que previsible. Se prepara un festejo de tres días, vienen los capos gitanos de la región, los Jiménez, así como los jefes del clan catalán de la familia Salazar; se casan y justo después, ¡zas!, llega la ajuntadora – la encargada de introducir el inmaculado pañuelo en la vagina de la novia para dar así testimonio de su pureza -, y ,en esta ocasión, el pañuelo que sale del interior del sexo de Raquel no presenta el más mínimo rastro del denso líquido rojizo. Tras el grito desgarrado de la ajuntadora, papel que siempre recae en una familiar del novio, se sucedieron una serie de peleas a navajazos entre las dos familias, al más puro estilo ‘Montoyas y Tarantos’, que produjeron dos víctimas mortales y siete heridos de diversa gravedad. Acojonante, sin más. En cuanto me enteré de lo ocurrido (yo ya estaba muy pendiente de esa boda gitana porque me temía algo así) salí disparado en dirección a la casa de Mariano… pero él ya no estaba allí; me dijo su madre que se había marchado la noche anterior a Coruña a pasar unos días con sus tíos. Pero yo, su mejor amigo, estaba allí, en el pueblo y a tiro de los Jiménez… y el temor que debía padecer él se trasladó de inmediato a mi interior. Me había quedado solo y aterrado en el frente. Maldije al cabrón de ‘Tocinín’, y me encerré en casa durante tres días, esperando a que en cualquier momento apareciesen los Jiménez frente a la puerta de mi domicilio para rajarme como a un cerdo. Nada de eso sucedió; al cuarto día me informó mi madre, en labor de ardua vigilancia (ella sabía de qué iba todo aquello, aunque yo no le había contado ni mu… ¡Malditas cotillas de mierda!), que la novia no desposada junto con sus padres y hermanos habían sido desterrados de Cacabelos. El destierro gitano consiste en trasladar a los condenados a más de cien kilómetros de su lugar de residencia, con la prohibición expresa de volver por allí. Por fin pude respirar tranquilo y salir a la calle, aunque siempre con un ojo avizor por si me cruzaba con algún Jiménez por ahí con intenciones no demasiado amistosas. La jindama (término que utilizan constantemente los gitanos para referirse al miedo, pero al miedo visible, al que provoca diversos grados de diarrea) aún no se me había ido del todo.

A los diez días regresó Mariano. Todo lo que hablamos sobre lo acontecido en la boda gitana fue:

Yo – Tú viste que movida…

Él – Ya.

La verdad es que no hacían falta palabras para entenderse; los dos sabíamos que su vida habría corrido peligro si Raquel llega a dar el nombre del que la había ‘deshonrado’; pero ella, por lo que supimos unos días más tarde, insistió en que había perdido ‘eso’ por culpa de la bicicleta – y si no fuera por Mariano, razón no le faltaría a la pobre chica ya que las bicis que ‘lucían’ los gitanos estaban a años luz de lo que nosotros, “seres civilizados”, entendemos por bicicleta… más de una no tenía ni sillín… Pobre chica, y no lo estoy diciendo por compasión; esa no es una de mis ‘virtudes’. Yo no la utilizo como excusa para justificarme, yo procuro pasar a la acción (aunque, para no engañarnos dejándonos llevar por el calor del momento, rara vez tomo alguna iniciativa fuera del lenguaje hablado).

Tengo la impresión de que Mariano y Raquel estaban enamorados de verdad, pero sólo es una impresión, vaga, como casi todas las mías.

En septiembre yo me vine para Oviedo a hacer un examen, matricularme y todo lo demás; mientras, Mariano comenzaba a salir con Cristina, la hija del ‘Túzaro’, el zapatero de la plaza , y con ella sigue, con boda de por medio, claro… algo que Raquel no pudo llevar a cabo… ni con Mariano, ni con el tal Antonio Salazar. Machismo, puro machismo del que todos, absolutamente todos los hombres nos aprovechamos a la mínima de cambio.

Hay algo que me dijo Mariano el otro día en su casa que no me deja en paz, no ceso de darle vueltas y más vueltas. Cuando nos despedíamos hasta la próxima va y me suelta así, de sopetón, que le había parecido haber visto por Cacabelos a la chica aquella de la foto, la de la boda de mi prima Natalia, y que además la había visto en dos ocasiones, una caminando por la plaza y otra pasando por la carretera general en dirección a Ponferrada, conduciendo un Ford Fiesta de color rojo. Después de mi tajante afirmación diciendo que eso era absolutamente imposible, Mariano dijo que tampoco lo podía asegurar con rotundidad; ‘aunque si no era ella, entonces la que yo vi era igualita a la de la foto con la que tanto me diste la vara’, acabo diciendo no muy convencido de que la persona que había visto no fuese Ingrid. A punto estuve de contarle yo todo lo que había sucedido, pero, la verdad, no me vi con las fuerzas suficientes como para dar la más mínima de las explicaciones. Al Mariano de antes, al ‘Tocinín’ de toda la vida sí que le habría pedido consejo, y pienso que él me habría entendido… al menos sí que me habría escuchado con calma. Pero, ¿cómo iba a entender el Mariano de ‘¿otra pastita?’ todo ese galimatías entre Ingrid, Javi, Salman Rushdie, los tres del accidente, la nota a nombre de Sara Balabán, la madre de Javi y, por supuesto, yo mismo? La respuesta es sencilla: de ninguna manera. Cuando una persona cierra su ámbito existencial, cuando se deja hundir en arenas movedizas de tal calibre sin plantear siquiera un poco de batalla… ¿qué otra cosa te queda aparte de seguir siendo, a pesar de los pesares, uno de sus más fieles amigos? Para mitigar ese rictus de cara de bobo que se me había quedado después de escuchar por boca de Mariano que Ingrid había estado de nuevo en mi pueblo, en Cacabelos, no tuve otra salida más gloriosa que la de contar un chiste de lo más tonto, como en los buenos tiempos:

¿Viste que golazo marcó mi hijo ayer? / ¿Cuál, el de penalti? / No, no, el pequeño…

Mariano ni se ríe; no es capaz de cambiar la expresión de aturdimiento de su rostro hasta que, al fin, pregunta muy intrigado: ‘¿pero de qué penalti hablas?’… Cinco minutos más tarde me encontraba yo enfilando el camino hacia mi casa… Lógico.

Por el camino ajusté los auriculares en mis pabellones auditivos y le di al ‘play’ para que Gary Numan me explicase bien si las ‘amigas’ son eléctricas o no, y pensé: ‘tengo que llamar a sus padres y decirles que la han visto por Cacabelos’; pero no, no me veía yo ejerciendo de Lobatón en mis ratos libres. Al fin y al cabo, la información de mi amigo Mariano tampoco era muy fiable, y aunque lo fuese, si alguien se larga de casa sin dejar ni rastro por algo será, que no hay porque buscar a nadie en contra de su voluntad; vamos, digo yo.

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