… DE LA VIDA LV…

LV.

Madrid, la capital del reino, una ciudad plagada de seres solitarios que casi siempre viven y padecen con prisa. Pedro en tan sólo dos días se movía ya en perfecta simbiosis con el ritmo de la gran urbe: visitas a museos – El Reina Sofía y la Galería Thyssen -, algo de cine en versión original, opción que en Oviedo se antojaba realmente utópica, y ‘Riff – Raff’ de Ken Loach suponía una buena alternativa para saciar su ansia de cine sin adulterar y su espíritu proletario al mismo tiempo, no porque fuese un trabajador, sino por afinidad ideológico-revolucionaria de salón, que se diría…

Pedro sentía cierta necesidad de entretenerse para que los nombres de Javi e Ingrid en la lista de 3er curso dejasen de revolotear estruendosamente entre sus conexiones neuronales, sin dejar de mencionar, por otra parte, el extraño mensaje “rushdiano”; sin embargo, la contradicción que rige nuestro devenir obligó a Pedro a realizar la visita prometida a casa de los padres de Ingrid. “¡Qué sensación más rara…! Es como alguien desconocido para mí; no noto su presencia en mi interior como antes…”, pensó Pedro antes de emprender camino hacia su destino inmediato: los padres y hermano de la supuesta extraña. No consideraba esa visita ya como parte de su investigación, que esos menesteres agonizaban en el limbo de su hipotálamo, aunque sí que había algo de morbosa curiosidad por saber qué cojones la habría impulsado a desaparecer de la vista de sus seres queridos.

Lo que en aquella casa pudo ver y comprobar personalmente, con sus cinco sentidos, tan sólo pudo provocarle una especie de mueca parecida a una sonrisa, que Pedro mantuvo inconscientemente durante todo el trayecto de vuelta a Oviedo. No había el menor rastro de Ingrid. Sole, la madre, le había enseñado a Pedro la habitación de Ingrid, y en su interior no había nada de nada, ni una sola de sus pertenencias, ni una mísera foto, ni una carta, ni tan siquiera un par de bragas… nada, vacía de contenido humano, carente de años y años de vida en sus entrañas… impersonal, a secas. Lo único que Sole había podido encontrar era una nota que reposaba sobre la cama de Ingrid; nota construida con letras de distintos tamaños recortadas de periódicos y revistas, como las utilizadas por los secuestradores en las películas de cine negro; el mensaje: ‘Tan sólo me defendí’, y al pie un nombre, Sara Balabán. Soledad estaba al borde de la histeria; “… pero, ¿tú sabes quién es esa Sara no-sé-qué?”, le  preguntó la madre de Ingrid a Pedro para ver si éste sabía algo que pudiese aclarar aquel embrollo. “No, ni idea”, respondió Pedro, tan alucinado como su interlocutora, y era verdad: era la primera vez en toda su vida que oía ese nombre de mujer. Pedro apuntó ese nombre para poder indagar más adelante sobre la identidad de la tal Balabán; misión imposible: no pudo encontrar nada, no existía nadie famoso o conocido que respondiese por semejante nombre; la conclusión a la que llegó Pedro fue que Sara Balabán sería un seudónimo que adoptó Ingrid para despistar… pero, ¿por qué?

Erik le contó, una vez que Soledad se había retirado a su cuarto ahogada entre profundos sollozos, que su hermana había desaparecido entre las doce menos cuarto de la noche de un domingo y las ocho y media de la madrugada del lunes siguiente, y que se había pasado todo ese fin de semana de juerga por ahí sin dar señales de vida en casa. “Una pena, porque además ese mismo lunes tenía una entrevista de trabajo en un banco”, dijo Erik muy serio, embargado por la emoción que le provocaba el haber “perdido” así a su propia hermana. Pedro sólo hizo una pregunta a Erik: “¿no sabes dónde pasó Ingrid ese fin de semana?”. “No, nadie lo sabe… sólo ella”, fue la decepcionante respuesta de Erik. Decepcionante porque no aclaraba las cosas ni en un sentido ni en el contrario. Sólo un dato era válido: ese fin de semana oscuro de Ingrid coincidía con la fecha en la que Javi había sido salvajemente atropellado por un Ford Fiesta de color rojo. Por lo demás, no había – aparte de haber estudiado juntos en el mismo instituto – ningún otro punto de unión entre ellos…

A Ingrid se la había tragado la tierra junto con todas sus pertenencias, como si nunca hubiese nacido… Ingrid Zamudio como George Bailey en ‘Qué Bello es Vivir’. Probablemente se encontraría en Pottersville, perdida entre sus cambiadas calles y sin que ninguno de los que habían compartido con ella un pedazo de vida la pudiese reconocer, mientras todos nosotros seguíamos viviendo en Bedford Falls, manteniendo íntegro el espíritu de la eterna e hipócrita Navidad… ¿o sería al revés? La estamos buscando desde Pottersville mientras ella vive ‘feliz’ en la dimensión Bedford Falls. Hipótesis, nada más que putas hipótesis. Pedro le estuvo dando vueltas a esta idea, trasladando toda la moralina de esa película a su mundo particular – incluso comenzaba a recordar a Ingrid con la cara del bueno de James Stewart – mientras conducía el coche de su amigo Fernando por la N-VI de regreso al hogar, dulce y almibarado hogar. Tratando de vencerle la batalla al sueño, no paraba de elaborar teorías de lo más disparatadas con las que luego se autorregocijaba; teorías que seguían tomando como referente la citada película navideña del ‘siempre americanísimo’ Frank Capra. “Cada vez que suena una campana, un ángel acaba de ganarse sus alas”, decía Clarence Oddboddy, A. S. 2 (ángel de segunda clase), el ángel sin alas que salva a George Bailey del suicidio; “No, no, no… Eso suena como muy simple, ¿no? Mejor sería: cada vez que alguien muere atropellado por un coche, un ángel consigue sus alas… pero, ¿para qué coño las quiere?”; la obsesión comparativa entre realidad cinematográfica y realidad a secas hacía divagar en exceso a Pedro. Pedro es de los que siempre comenta: “Vaya cursilada de película” para acabar luego, como todos (bueno, casi todos), viéndola en televisión una Navidad tras otra, pero ‘viéndola’ con los cinco sentidos en acción y dejándose, como todos… los sensibles, embargar por la emoción que desprende la terrible y mentirosa humanidad del feliz final.

El sueño iba ganando a Pedro en la prórroga, y no le quedó otro remedio que pararse a tomar un café bien cargado para no dormirse al volante, alucinado por la mezcla explosiva entre Jimmy Zamudio e Ingrid Stewart. Cada sorbo de café, junto con el humo que recorre veloz todo su sistema respiratorio hasta quedar impregnado en los alvéolos pulmonares, estimulan su imaginación más aún si cabe, ya que de pie, en la barra de un impersonal bar de carretera, solo y sin poder entablar conversación con nadie, lo único que le queda en ese momento son sus propias elucubraciones. Ahora se ha adentrado en una profunda conclusión sobre todo lo que ha sucedido en las últimas siete semanas: “Ingrid era un ángel, una aparición, de eso estoy casi seguro. Víctor y los demás la habían violado, (¡vaya atrevimiento violar a un ángel!). Todo lo demás está constituido por una parte de venganza, según llevaba ella tatuado en la parte derecha de su culo, y otra parte de viaje mítico en pos de sus esperadas alas… pero, ¿qué cojones son las alas…? ¿Qué representan…? No tengo ni puta idea. Aún hay algo para lo que no soy capaz de encontrar ningún tipo de explicación: ¿por qué Javi? ¿Por qué no atropelló a cualquier otro ‘pringao’ para conseguir su hipotética redención? No sé… ella dice que sólo se defendía; y luego ese alias tan raro que le ha dado por utilizar… Paso, paso ya de todo; no me voy a comer más la cabeza por culpa de este puto rollo; además, nada tiene lógica… ¡vaya una puta mierda de conclusiones…! Estamos como para viajar desde Capra hasta Rushdie, con escala en Sara Balabán. ¿Y quién hostias es esa Sara Balabán? Seguro que no he acertado nada. Desisto, no me lo están poniendo nada fácil; y, además, no he nacido para ser detective… si acaso, mezcla de detective y poeta, como el inefable Adam Dalgleish.”

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