CEREZAS – VI

VI.

Por la tarde Álvaro se quedó descansando en su habitación, o al menos eso fue lo que contó a su hermano mayor como justificación para no ir a recoger cerezas a la finca. Antonio no pensó nada; ya se lo temía: su hermano siempre había sido un poco holgazán. No como él, que era capaz de hacerse jornadas de hasta dieciocho horas casi sin descanso. Pero lo que en verdad ataba en ese momento al pequeño de los “paparranes” a su morada era su alter ego, su proyección olvidada y, sin él quererlo ni pretenderlo, recuperada espontáneamente del más oscuro rincón de sus alterados recuerdos. Tenía que matarlo. Como fuese. Daba igual el método, tan sólo importaba el resultado final. Dos habitantes en una sola personalidad pueden llegar a ser demasiados. Y en este caso lo eran, ¡vaya si lo eran! Se odiaban a muerte y no lo podían disimular ya más. Álvaro se tumbó sobre la cama, con cuidado de no manchar la colcha de ganchillo que con tanta ilusión su madre había tejido durante casi tres años, tarde sí y tarde también, dispuesto a escapar de una vez por todas del encierro de su propia individualidad. Quería cambiar el decorado de su vida en el pueblo, y aquél ya no pertenecía a ese decorado. No tardó en aparecer el joven. Hoy sí parecía dispuesto a hablar.

– Sigues siendo el mismo mentiroso de siempre.

– Sólo ha sido una mentira piadosa.

– Es increíble, viejo, te has llegado a creer tu propio juego.

– ¡Pues si te parece, mejor le hubiese contado al Antonio que me dedico al cultivo de la coca…! ¡No te jode!

– Sería lo más justo, ser sincero con él después de haberlo abandonado; después de marcharte tan repentinamente de aquí, sin haber tenido siquiera la decencia de habérselo comentado.

– No podía hacerlo. Y tú lo sabes…Tú tampoco habrías querido venir conmigo. Es más, yo creo sinceramente que tú tenías que quedarte aquí. Era tu destino,…nuestro destino.

– ¡Qué bonito! Ahora me dirás eso de “aunque me haya ido de mi tierra una parte de mí se quedó allí…”! ¡¡Vete a tomar por culo!!

– ¡Ya no te necesito…! ¿Lo entiendes? ¡No te necesito para nada! ¡No te he necesitado en estos últimos treinta y cinco años! ¡Me hacías daño,…mucho daño, y ahora quieres seguir con lo mismo! ¡Muérete ya, cabrón! ¡Esfúmate y déjame vivir en paz de una puta vez! ¡No sé por qué tuve que cargar contigo hasta los veintidós años!

Álvaro cerró sus ojos con fuerza. Comenzó a pensar en su madre sentada al lado de la vieja cocina de carbón una fría mañana de invierno. Estaba pelando un pollo dentro de un balde de agua hirviendo y el humo hacía que soltase alguna que otra lágrima, o puede que estuviese escogiendo unos garbanzos o unas lentejas, pero también llorando. Su madre le sonrió. Él estaba en la cuna, de pie, aferrado a los barrotes de madera. Solo. Le transmitió un poco de paz, que Álvaro agradeció. Álvaro también sonrió, y con esa sonrisa mantuvo todavía sus ojos cerrados durante unos segundos más, tratando de conservar en su mente ese daguerrotipo de su madre. Los abrió y él había desaparecido de su presencia. Entonces decidió echar una siesta. La marea estaba ya baja y podía relajarse al penetrante y peculiar olor de su viejo colchón de lana. Respiró muy profundamente, durante un par de minutos, y se durmió en un santiamén. Sobre la mesa de la cocina yacían todos los huesos de las cerezas que media hora antes se habían comido al unísono su hermano Antonio y él. Ya los recogería cuando despertase, que no había ninguna prisa.

Antonio, mientras tanto, cargaba sobre sus espaldas con un cesto a medio llenar de cerezas. Estaba trabajando a gusto, pensando que quizá por la mañana se había mostrado un poco nervioso, pero que ahora podía disfrutar cómodamente dentro de su tan envolvente soledad. Escuchaba como en la finca de al lado una pandilla de niños se atiborraba de cerezas entre las ramas de los árboles. La finca era de su primo Alberto; ¡qué mas daba! Total, con el primo Alberto no se llevaba excesivamente bien. Era un poco engreído para el gusto de Antonio, y para el de casi todo el pueblo, por qué no decirlo. “¡Está el “paparran”! ¡Qué está el “paparran!”, oyó gritar un par de veces a algún rapaz de los de la camada del nieto del “peidán”. “Pero hoy vos jodéis, que vos vais quedar sin probar as miñas”, se consolaba Antonio en voz baja mientras seguía arrancando cerezas, una a una, con cuidado de que no se separase el rabo del fruto para que luego no se estropeasen con excesiva celeridad. A pesar de haberlas tomado como postre una hora antes, alguna que otra iba directa a su boca. Su destreza era tal, que no necesitaba de ninguna de sus manos para ayudarse en esa labor. Mordisqueaba con suma precisión alrededor del hueso, y, en cuanto tragaba el último trocito de pulpa, jugueteaba con el corazón del rojo fruto, se lo pasaba de un lado a otro de su boca y hacía rechinar sus molares superiores contra el hueso hasta que éste quedaba pelado y bien pelado; al final, lo escupía con fuerza, y listo para plantar otro cerezo si se terciaba. Pensaba en su hermano, en que tal vez lo había juzgado con excesiva dureza. La imagen de su hermano en su cinematógrafo cerebral trajo consigo unas irrefrenables ansias de fumarse un Celtas sin boquilla; pero, “¡cagüenlaputa!”, se había dejado el tabaco en casa. Nunca fumaba al trabajar. (Antonio es de los que evitan cualquier distracción, por liviana que ésta sea, que impida trabajar a pleno rendimiento.) Desechó momentáneamente la idea de fumar. Momentáneamente, ya que, haciendo caso omiso de sus perennes principios, decidió buscar desesperadamente algo que fumar. “Joder de Dios. Como cuando era eu un rapaciño y buscaba as pavas que deixaban os mayores p’ol suelo…”, se lamentaba (y consolaba en cierta medida) Antonio el “paparrán”. Bajó del cerezo saltando con firmeza de un escalón al siguiente. Al pisar suelo firme reequilibró con mucho tiento la vieja escalera de madera que llevaba en sus escalones más de cuarenta cosechas de cereza. Volvió a oír las voces de los críos, que llegaban desde la finca del primo Alberto. Quizá no les hubiese llegado aún a esos aprendices de muchachos la edad de echarse un “trujas”, pero era la única oportunidad que le quedaba de recibir un poco de nicotina por vía pulmonar. Se acercó ya inquieto hasta el muro que separaba su finca de la del “inaguantable” de su primo. El muro no era excesivamente alto, tan sólo servía para marcar territorios propios, y Antonio no encontró dificultad alguna para encaramarse al mismo y asomar su cabeza con boina negra al otro lado. En ese otro lado pudo ver como se lo estaban pasando de bien aquellos rapaces: unos comían cerezas, otros ya se habían empachado y reposaban su hartura tumbados al sol, y un último grupo permanecía un poco alejado del resto en actitud casi controladora, como si de los jefes del clan se tratase. Dos de los chiquillos de este grupo parecían estar fumando. Ninguno de ellos sobrepasaría los catorce años. A Antonio, lejos de parecerle mal ese hecho (él echó sus primeras caladas a los ocho años), lo que sí le proporcionó fue una oportunidad para acercarse de alguna manera a aquéllos que le arrasaban la finca cuando él no estaba allí, y, de paso, ¡por qué no!, les pediría también un cigarrillo. Antonio hizo notar su presencia al otro lado del muro con la ayuda de un potente silbido. Se hizo el silencio al otro lado hasta que al nieto del “peidán”, el cabecilla del grupo para lo bueno y para lo malo, se le ocurrió una débil explicación: “No estábamos haciendo nada malo, señor Antonio”; negativa que delataba a todas luces que sí que estaban haciendo algo no del todo “bueno”. Antonio respondió en tono pacificador.

– No, no…Eu sólo viña pidir un cigarro, que acabóseme o miño paquete de Celtas y…

– Ah, bueno. Espere ahí que ahora mismo le alcanzo uno. – Contestó diligente el nieto del “peidán” mientras se acercaba con paso firme hasta la posición del “paparrán”. Los demás continuaron su variada algarabía sin mayor problema. – Aquí tiene. Es rubio, no tenemos Celtas.

– Da igual, por un día podese uno sacrificar, ¿nun e verdá?

– Sí, claro.

– ¿Nun te parece que eres un pouco rapaz pra andar ya fumando? – Preguntó Antonio justo antes de colocarse el pitillo entre los labios y darse fuego con el mechero que el chaval le había dejado.

– ¡Qué va…! Dentro de poco cumpliré los catorce, y mi padre dice que él empezó a los nueve, así que…

– Pero seguro que nun hay güevos a facelo delante de él, ¿o me equivoco?

– No, no se equivoca usted…Oiga, no vaya usted a pensar que venimos a sus cerezas. – Cambio radical de tema que evita de un plumazo más cuestiones sobre sus hábitos fumatorios y que, de paso, trata de justificar lo injustificable. ¡Cómo si el mayor de los “paparranes” no supiese qué acontece y qué no acontece dentro de su finca cuando llegan estas fechas!

– Entós eso quiere dicir que sólo venís a comer as do miño primo el “camorro”. – (mote que Alberto se había ganado a pulso tras unas cuantas broncas con varias de las gentes del pueblo).

– Sí…y no muchas veces, no se crea,…una o dos, puede que tres.

– No, si a mí nun me da mas que vengáis a finca do miño primo; sólo quiero que tengáis más cuidao y que nun me empachéis al pobre Augusto, que e un perro mu viello y delicao, y nun tá ya p’a esas farturas.

Y el “paparrán” se dirige de nuevo a su labor de recogida de cerezas sin esperar siquiera una posible réplica del chaval, que no es que considerase que el bueno de Antonio fuese también tonto, pero sí que no se temía ni por asomo, cuando creía tener más que controlada la situación, una respuesta similar en ese preciso momento.

Antes de situar de nuevo correctamente la escalera – torcida y peligrosa otra vez gracias a un pequeño empujón del Augusto -, Antonio se acercó cariñoso hasta su perro y acarició su cabeza durante unos segundos, tras los cuales, el perro lameteó muy agradecido la mano derecha de su amo. “Vamos, vamos, Augusto; nun hay por qué ponese tiernos”, dijo Antonio en el momento en que se alejaba de la refrescante sombra que protegía al Augusto para adentrarse diligente en las horas que aún le quedaban de trabajo.

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CEREZAS – V

V.

(Antonio “El Paparrán” enviudó un mes y cinco días después de su boda. La pareja se había instalado provisionalmente en la casa de la madre de Antonio. Tenían pensado ir haciéndose una casita poco a poco en un terreno colindante a la finca de cerezos que los “paparranes” poseían cerca de la iglesia de La Angustia. No fue posible ni comenzar siquiera a hacer las correspondientes mediciones. Remedios se murió, y con ella gran parte de Antonio. A pesar de la precariedad sanitaria de la época, resultaba como mínimo un poco extraño que una mujer tan joven, tan llena de vida y con unas ganas enormes de vivirla, no hubiese despertado una mañana de junio de 1961. Dejó de respirar, sin más. No hubo explicaciones. En aquellos duros tiempos no existían todavía en la región autopsias aclaratorias ni nada que se les pareciese. La enterraron en el cementerio, y al día siguiente, al campo, a trabajar, que había que disipar la pena de alguna manera, y nada mejor que seguir con la rutina diaria para evitar lloros y lamentos que pudiesen delatar un mínimo de sentimiento. Había que seguir con la recogida de la cereza. “Que nadie te vea nunca llorar, Antonio”, le dijo en más de una ocasión su abuelo paterno cuando de pequeño iba a recoger cerezas con él. Lo que significaba, con toda su crudeza, que los no elegidos tenían que tragar con todo sin dejarse engañar por falsas euforias o por mal tragados dolores. Álvaro ya no estaba a su lado, y le odiaba por eso, por no haber tenido a quién gritar su desdicha.

¡¡Me cago en Dios, Álvaro!!”

Pero Álvaro no podía contestar, no estaba ya disponible como interlocutor, y le odiaba por eso. Juro y perjuró que jamás volvería a hablar con él, que jamás sentiría lástima por él, le ocurriese lo que le ocurriese estuviese donde estuviese… Pero el tiempo pasa, y es un bálsamo que todo lo cura.)

CEREZAS – IV

IV.

Álvaro no podía evitar que una risa interior le enviase luminosas señales de júbilo. “Este Antonio sigue siendo el mismo de siempre: mandón cual general en época de guerra”. Era el mayor, y eso ya no tenía solución. La finca seguía igual que antaño: todos y cada uno de los cerezos distribuidos arbitrariamente en un terreno de cuatro “jornales”, como se diría y mediría en Cacabelos, lo cual supone unas dos hectáreas y media, más o menos, si tenemos en cuenta que un “jornal” se correspondería con 0’625 hectáreas en el sistema métrico decimal. Antonio no sabía lo que era una hectárea; “esas pijadas nun ayudan pra que haiga una bona cosecha. Una vez viño un biólogo de esos y nos quería aconsellar pra que aumentásemos a pro…produ… produtividá, o algo así…¡menudo langrán! Y ainda hubo algún que y fixo caso: Camilo el del Foyo cogió ese año menos da mitá que el año anterior…y todo por facer caso de inorantes, que muito habrán estudiao, pero que del campo nun teñen ni idea, ¡ni puta idea!”, solía repetir Antonio en el Hogar del Pensionista cuando alguno comentaba que iba a cambiar su estrategia agrícola con respecto a las cerezas. Ése es Antonio, el más firme descendiente de la cultura popular.

– Ahora que estoy yo aquí, te puedo ayudar a “pañar” las cerezas.

– Ya sabes que esto tamén es tuyo, así que fai o que che de a gana, que eu arréglomelas muy bien solo.

– De acuerdo. Entonces, ¿cuándo empezamos?

La continua perseverancia de Álvaro destrozaba por momentos a Antonio; ya hasta le estaba empezando a costar bastante trabajo ser tan hostil; comenzaba a darse cuenta de que el combate se empezaba a decantar para el lado colombiano, y más valía ceder un poco para que al menos la lucha continuase, que perder por KO técnico a las primeras de cambio.

– …pero, si aquí hay un montón de huesos de cereza por el suelo. Alguien viene a comerte las cerezas.

– Ya, ya o sei. E o nieto do “peidán”, que veñe casi to los días con outros rapaciños.

– Entonces habrá que tomar las medidas oportunas.

– ¡Qué medidas nin que oito cartos…! Aquí o que hay que facer e chevarse bien con tol mundo. Nun te jode el listo éste, acaba chegar y…

– ¿Y el perro qué?

– ¡Este? Nah, éste sólo sabe vaguear. E una acémila. Eu creo que nun sabe ni ladrar.

Esa mañana “pañaron” doce cestas de cerezas. Las que antes habían osado madurar ya estaban listas para el consumo. Antonio tenía la sana costumbre de repartir con sus convecinos. Era una tradición. Yo cerezas; tú cebollas; el otro alguna que otra lechuga; la de más allá algún kilo de patatas a finales de agosto o algún chorizo por la matanza…Gente del campo. Gente que rara vez visitaba uno de esos tan “avanzados” supermercados que en la última década habían sustituido amenazantes a las tiendas de siempre: la de Angustias la “ranga”, la del “tocaiquí”. Se comía, y eso era lo que importaba; y si había que freír, nada de aceites, margarinas o mantequillas, no, que para eso ya tenían la manteca de cerdo, totalmente prohibida por “el del seguro” (tal y como se designaba al médico de la Seguridad Social en el pueblo), pero, cómo nunca antes habían oído hablar de “eso del colesterol”, hacían, casi unánimemente y por inconsciente consenso, caso omiso de tales consejos.

Al mediodía, Los “paparranes” almorzaron cada uno un chorizo tumbado a toda la larga de una buena rebanada de pan de hogaza de Chas y una sopa de gallina que ya sabía un poco a rancio de tantos días como llevaba hecha. Por descontado que de postre cayeron al menos dos kilos de cerezas, uno por cabeza. Casi no cruzaron una sola palabra durante la primera parte de la comida, pero, al final, las cerezas parecían haber devuelto el habla a los dos hermanos. Hasta ese momento, Álvaro no había hecho más que observar atentamente a su hermano; sus ojos parecían decir que se sentía muy orgulloso de él. Estaba en casa. Estaba a gusto.

Extrañamente, Antonio tomó la iniciativa y estranguló al gato que no cesaba de arañarlo por dentro:

– ¿Y cómo es Colombia?

– Es una tierra hermosa, muy hermosa.

– O sitio donde vives…nun recordo o nome.

– Duitama, en la montaña.

– Eso, “Diutana”. Es bonito, ¿no?

– Es como un paraíso. Es tan distinto a todo esto… Me gusta aquello, allí soy feliz. Vivo bien… Bueno, para ser justos, he de decir que algo de dinero sí que he hecho; pero mi trabajo me ha costado; muchos, muchos esfuerzos.

– Nas tuas cartas nunca me contaras a qué che dedicabas.

– Mira, Antonio, soy hijo y nieto de agricultores, de campesinos, como tú, como todos los del pueblo…y no podía alejarme de la tierra, de su contacto, de su olor…Soy agricultor; tengo unas fincas allá en la montaña.

– ¿Y e bona terra aquela pras cerezas?

– No, demasiado húmedo el clima tropical para cultivar cerezas, al menos tan buenas como las de por aquí. Ese sabor…- Álvaro introduce en su boca una picota gorda y rojísima – Lo recordaba, pero el recuerdo no es comparable al hecho de meterte una en la boca y hacerla estallar en su interior.

– ¿Y entós que carallo plantas?

Álvaro hace una pausa; come una, dos, tres cerezas, sin prisa, y mira a su hermano dispuesto a contestar de la manera más eufemística posible. Pero en ese preciso instante se da cuenta de que su otro yo, el amigo invisible al que había abandonado hacía treinta y cinco años, está observando atentamente desde la puerta toda la escena. “Venga, cacho cabrón, atrévete a decírselo. Díselo ya, no esperes más…¿De qué tienes miedo, eh, cobarde?” Álvaro sabe de sobra que esa voz sólo llega hasta su cerebro. Sólo él puede verlo, oírlo… Nunca se atrevió a presentárselo a su hermano, ni, por supuesto, a la madre. Llegó a la sana conclusión de que sería mucho mejor omitir algún que otro detalle en su siguiente respuesta.

– Tengo unos cuantos jornales en los que cultivo una planta autóctona de Colombia. Vamos, una que aquí en España no se da, quiero decir. Pero se exporta a casi todo el mundo, incluida España, claro.

– Ya. Seguro que por ailí hay frutas y plantas que por aiquí nun se dan. O mundo e muy grande, hermao.

Sí, Antonio, quizá demasiado grande”, contesta Álvaro a su hermano, y añade, de forma imperceptible para que así Antonio no pueda escucharlo, “…para los dos”, a la vez que gira lo justo su cabeza con la intención de que sus ojos se encuentren de lleno con los del otro “Álvaro”, el “Álvaro” joven, el cual, dándose inmediatamente por aludido, le envía un “si crees que te vas a librar de mí, lo tienes jodido, pero que muy jodido”, que se clava certero en el miedo ya olvidado de aquél de los “paparranes” que se había largado, sin previo aviso, a tierras colombianas treinta y cinco años atrás. El mismo día en el que la antorcha olímpica encendía el pebetero del Estadio Olímpico de la vieja ciudad de Roma. El mismo día en que Antonio comunicó a su madre que tenía pensado casarse con Remedios, la de los “morraños”.

CEREZAS – III

III.

– Antonio…¡cuánto tiempo!

– Sí, muito. Muito tiempo. ¿Has tenido bon viaxe?

– Sí, sí, gracias.

– Podes deixar as maletas na habitación do fondo…na de siempre…na tua, vamos.

– Sí, sí, claro.

– Eu me voy pra cama. Estuve na finca y estou mu cansao. Ta mañana.

– …Hasta mañana, Antonio. Buenas noches.

Y Álvaro se encerró en su antiguo dormitorio tragándose para sus adentros todas las preguntas que tenía que hacerle a su hermano. La habitación no había cambiado ni un ápice su aspecto: la vieja cama de hierro forjado; sobre ella, el colchón de lana que su madre vareaba todos los veranos; la vieja mesilla de noche, de madera de castaño, barnizada en tonos oscuros, y ya carcomida por el inexorable paso del tiempo…Toda, absolutamente toda la estancia le devolvía al pasado, a su ya lejano pasado en Cacabelos. Esa particular regresión en el tiempo empezaba a asustarlo. Se miró en el espejo del viejo ropero de nogal y, a pesar de que allí se reflejaba un señor canoso, de unos cincuenta y cinco años, de mediana estatura y con algún que otro problema de obesidad, él no vio más que a un joven de veintidós años, delgado, con la cara de despabilado que da el hambre y una mirada triste que delataba traidora su estado interior.

– Viejo amigo…mi viejo y buen amigo. ¿Cómo te ha ido?

– ………………

– No puedo reprocharte nada. No me contestes si no te apetece, pero al menos escúchame, ten el valor de escucharme.

– ¡No me sale de los cojones escucharte ahora! ¿Por qué me dejaste aquí, eh, por qué?

– Sabes que tenía que irme. Tú lo sabes.

– Esa no es razón suficiente como para dejarme aquí, abandonado a mi suerte, viendo como el Antonio iba haciéndose más y más viejo cada día, cada mes, cada año…treinta y cinco años, hijo de puta…No, hoy no pienso escucharte, tragarme tus cínicas y miserables explicaciones…Me largo, pero volveré, volveremos a vernos las caras; de eso sí que puedes estar seguro.

– Está bien, hermano. Por lo visto hoy nadie tiene ganas de hablar conmigo…

Álvaro se acostó vestido en la cama. Trató de conciliar el sueño, de adaptar su cuerpo y su mente al nuevo horario. “Son las once de la noche, no las cinco de la tarde; son las once de la noche, no las cinco de la tarde…”, se estuvo repitiendo en voz baja durante un largo cuarto de hora, como un relajante mantra que permitiese trasladar las intenciones de su activo cerebro hasta los intransitables bajos fondos del sueño. Pero sus ojos permanecían abiertos como bocas de cráteres. Sin él pretenderlo, su mirada no cesaba de buscar a su otro yo, al amigo invisible, al que había abandonado a su oscura suerte en el verano de 1960…al que ni siquiera pudo llegar a nacer de veras. Se había ido, era verdad que se había ido de la habitación en la que ahora moraba el “Álvaro” desconocido, por el que el tiempo sí que había ido dejando todas y cada una de sus muescas. Y no soportaba que aquél, desde los veintidós años, hubiese vivido una sola vida por los dos. No era justo.

Antonio pensó que su hermano no había cambiado. “Ese cabrón sigue falando solo, como cuando éramos unos rapaciños”, se dijo justo antes de dar media vuelta en la cama para buscar su postura preferida, la que siempre lo encaminaba aceleradamente hacia el más profundo de los sueños, el que había sido capaz de atraparlo entre sus densas redes hasta no llegar a notar los temblores que había provocado el terremoto del ’69 – 5,2 en la escala Richter.

Álvaro no fue capaz de conciliar el sueño en casi toda la noche, pero eso le daba exactamente igual, no era muy dormilón, con cuatro horitas bien dormidas bastaba. Pero esa noche tenía algo que la distinguía de muchas otras: estaba en casa, al cobijo de su techo de siempre; su hermano y su pasado compartían con él el mismo oxígeno… y eso era bueno.

Cuando Álvaro se levantó, Antonio ya estaba recogiendo el tazón del desayuno y guardando la hogaza de pan recién hecho.

– Buenos días, hermano – dijo Álvaro en tono conciliador.

– Bos días. Ahí teis leite y pan recién feito. Si nun te gusta la nata, la apartas con una cuchara antes de echar a leite no tazón, que nun teño colador – De sobra sabía Antonio que su hermano no soportaba la nata de la leche, pero utilizaba el condicional intencionadamente: “Aquí confianzas las mínimas”, pensaba.

– Ah, muy bien, muy bien. Cuántas ganas tenía ya de volver a comer de este pan. ¡Qué bien huele! ¿Sigue siendo el de Chas?

– Si, claro, ¡por qué iba a cambiar eu de panadería?

– No sé, como ahora hay tantas…está todo tan cambiado.

– Tá todo como siempre. Nada ha cambiao…al menos n’esta casa nos últimos treinta y cinco años.

Antonio cortaba igual que una cuchilla de afeitar. Álvaro entendía perfectamente cada mensaje, cada gesto de su hermano. Lo conocía como a la vida misma y sabía que con paciencia podría llegar hasta el fondo de sus sentimientos. Sabía más que de sobra que su hermano iba a ser lo más telegráfico posible con él; sabía que no haría ni una sola pregunta, como antes había sabido que no le iba a contestar ni a una sola de sus cartas. Se habían criado juntos; habían chupado de los mismos pezones y eso, por cojones, tiene que terminar uniendo. Es como el pegamento. Pura cola de contacto fraterno. Pero Álvaro no necesitaba que nadie le preguntase nada para contar una historia, una anécdota; detalles, en definitiva, de su desconocida vida allá en Colombia, ¡de lo que fuese! La curiosidad acabaría por matar al gato que con tanto celo guardaba dentro de sus vísceras Antonio el “paparrán”.

– Eu vou pra finca, que ainda teño c’acabar de preparar as jaulas.

– Ah, muy bien; pues entonces me voy contigo.

– Cómo quieras. Pero a la finca vase a traballar, nun a dar la lata. ¿Comprendido?