CEREZAS – IV

IV.

Álvaro no podía evitar que una risa interior le enviase luminosas señales de júbilo. “Este Antonio sigue siendo el mismo de siempre: mandón cual general en época de guerra”. Era el mayor, y eso ya no tenía solución. La finca seguía igual que antaño: todos y cada uno de los cerezos distribuidos arbitrariamente en un terreno de cuatro “jornales”, como se diría y mediría en Cacabelos, lo cual supone unas dos hectáreas y media, más o menos, si tenemos en cuenta que un “jornal” se correspondería con 0’625 hectáreas en el sistema métrico decimal. Antonio no sabía lo que era una hectárea; “esas pijadas nun ayudan pra que haiga una bona cosecha. Una vez viño un biólogo de esos y nos quería aconsellar pra que aumentásemos a pro…produ… produtividá, o algo así…¡menudo langrán! Y ainda hubo algún que y fixo caso: Camilo el del Foyo cogió ese año menos da mitá que el año anterior…y todo por facer caso de inorantes, que muito habrán estudiao, pero que del campo nun teñen ni idea, ¡ni puta idea!”, solía repetir Antonio en el Hogar del Pensionista cuando alguno comentaba que iba a cambiar su estrategia agrícola con respecto a las cerezas. Ése es Antonio, el más firme descendiente de la cultura popular.

– Ahora que estoy yo aquí, te puedo ayudar a “pañar” las cerezas.

– Ya sabes que esto tamén es tuyo, así que fai o que che de a gana, que eu arréglomelas muy bien solo.

– De acuerdo. Entonces, ¿cuándo empezamos?

La continua perseverancia de Álvaro destrozaba por momentos a Antonio; ya hasta le estaba empezando a costar bastante trabajo ser tan hostil; comenzaba a darse cuenta de que el combate se empezaba a decantar para el lado colombiano, y más valía ceder un poco para que al menos la lucha continuase, que perder por KO técnico a las primeras de cambio.

– …pero, si aquí hay un montón de huesos de cereza por el suelo. Alguien viene a comerte las cerezas.

– Ya, ya o sei. E o nieto do “peidán”, que veñe casi to los días con outros rapaciños.

– Entonces habrá que tomar las medidas oportunas.

– ¡Qué medidas nin que oito cartos…! Aquí o que hay que facer e chevarse bien con tol mundo. Nun te jode el listo éste, acaba chegar y…

– ¿Y el perro qué?

– ¡Este? Nah, éste sólo sabe vaguear. E una acémila. Eu creo que nun sabe ni ladrar.

Esa mañana “pañaron” doce cestas de cerezas. Las que antes habían osado madurar ya estaban listas para el consumo. Antonio tenía la sana costumbre de repartir con sus convecinos. Era una tradición. Yo cerezas; tú cebollas; el otro alguna que otra lechuga; la de más allá algún kilo de patatas a finales de agosto o algún chorizo por la matanza…Gente del campo. Gente que rara vez visitaba uno de esos tan “avanzados” supermercados que en la última década habían sustituido amenazantes a las tiendas de siempre: la de Angustias la “ranga”, la del “tocaiquí”. Se comía, y eso era lo que importaba; y si había que freír, nada de aceites, margarinas o mantequillas, no, que para eso ya tenían la manteca de cerdo, totalmente prohibida por “el del seguro” (tal y como se designaba al médico de la Seguridad Social en el pueblo), pero, cómo nunca antes habían oído hablar de “eso del colesterol”, hacían, casi unánimemente y por inconsciente consenso, caso omiso de tales consejos.

Al mediodía, Los “paparranes” almorzaron cada uno un chorizo tumbado a toda la larga de una buena rebanada de pan de hogaza de Chas y una sopa de gallina que ya sabía un poco a rancio de tantos días como llevaba hecha. Por descontado que de postre cayeron al menos dos kilos de cerezas, uno por cabeza. Casi no cruzaron una sola palabra durante la primera parte de la comida, pero, al final, las cerezas parecían haber devuelto el habla a los dos hermanos. Hasta ese momento, Álvaro no había hecho más que observar atentamente a su hermano; sus ojos parecían decir que se sentía muy orgulloso de él. Estaba en casa. Estaba a gusto.

Extrañamente, Antonio tomó la iniciativa y estranguló al gato que no cesaba de arañarlo por dentro:

– ¿Y cómo es Colombia?

– Es una tierra hermosa, muy hermosa.

– O sitio donde vives…nun recordo o nome.

– Duitama, en la montaña.

– Eso, “Diutana”. Es bonito, ¿no?

– Es como un paraíso. Es tan distinto a todo esto… Me gusta aquello, allí soy feliz. Vivo bien… Bueno, para ser justos, he de decir que algo de dinero sí que he hecho; pero mi trabajo me ha costado; muchos, muchos esfuerzos.

– Nas tuas cartas nunca me contaras a qué che dedicabas.

– Mira, Antonio, soy hijo y nieto de agricultores, de campesinos, como tú, como todos los del pueblo…y no podía alejarme de la tierra, de su contacto, de su olor…Soy agricultor; tengo unas fincas allá en la montaña.

– ¿Y e bona terra aquela pras cerezas?

– No, demasiado húmedo el clima tropical para cultivar cerezas, al menos tan buenas como las de por aquí. Ese sabor…- Álvaro introduce en su boca una picota gorda y rojísima – Lo recordaba, pero el recuerdo no es comparable al hecho de meterte una en la boca y hacerla estallar en su interior.

– ¿Y entós que carallo plantas?

Álvaro hace una pausa; come una, dos, tres cerezas, sin prisa, y mira a su hermano dispuesto a contestar de la manera más eufemística posible. Pero en ese preciso instante se da cuenta de que su otro yo, el amigo invisible al que había abandonado hacía treinta y cinco años, está observando atentamente desde la puerta toda la escena. “Venga, cacho cabrón, atrévete a decírselo. Díselo ya, no esperes más…¿De qué tienes miedo, eh, cobarde?” Álvaro sabe de sobra que esa voz sólo llega hasta su cerebro. Sólo él puede verlo, oírlo… Nunca se atrevió a presentárselo a su hermano, ni, por supuesto, a la madre. Llegó a la sana conclusión de que sería mucho mejor omitir algún que otro detalle en su siguiente respuesta.

– Tengo unos cuantos jornales en los que cultivo una planta autóctona de Colombia. Vamos, una que aquí en España no se da, quiero decir. Pero se exporta a casi todo el mundo, incluida España, claro.

– Ya. Seguro que por ailí hay frutas y plantas que por aiquí nun se dan. O mundo e muy grande, hermao.

Sí, Antonio, quizá demasiado grande”, contesta Álvaro a su hermano, y añade, de forma imperceptible para que así Antonio no pueda escucharlo, “…para los dos”, a la vez que gira lo justo su cabeza con la intención de que sus ojos se encuentren de lleno con los del otro “Álvaro”, el “Álvaro” joven, el cual, dándose inmediatamente por aludido, le envía un “si crees que te vas a librar de mí, lo tienes jodido, pero que muy jodido”, que se clava certero en el miedo ya olvidado de aquél de los “paparranes” que se había largado, sin previo aviso, a tierras colombianas treinta y cinco años atrás. El mismo día en el que la antorcha olímpica encendía el pebetero del Estadio Olímpico de la vieja ciudad de Roma. El mismo día en que Antonio comunicó a su madre que tenía pensado casarse con Remedios, la de los “morraños”.

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