CEREZAS – X

X.

(Un día de verano, una vez cosechada y vendida toda la cereza, los “paparranes” se encontraban tomando el café que sigue al almuerzo en el Hogar del Pensionista. Antonio jugaba su eterna partida de mus con el compañero y los contrincantes de siempre. Álvaro, en cambio, miraba un rato la televisión mientras saboreaba su tercer café. Ponían un documental sobre tiburones, que parecía interesarle muchísimo – Álvaro era un gran aficionado a todo tipo de documentales -. Estaba sumamente concentrado, casi ensimismado, escuchando la explicación que allí daban sobre las peculiaridades del proceso de reproducción del tiburón tigre, cuando algo alteró repentinamente su ritmo cardiaco. “…El ‘galeocerdo cuvier’ se caracteriza por su gran voracidad, llegando incluso, debido al gran número de crías que la hembra puede llevar en su interior, y en un bello aunque salvaje proceso de selección natural, al canibalismo intrauterino…”, comentó el narrador como si aquel hecho fuese lo más natural del mundo. Pero para Álvaro no lo era. Empezó a sudar, a sentirse realmente enfermo. La desagradable imagen de aquel feto de elasmobranquio tigre – conservado en formol como un auténtico monstruo de vientre desproporcionado – cuyo nombre científico acababa en ‘cerdo’ empezaba a actuar en su interior como un virus más que maligno. Álvaro, contagiado y contrariado al mismo tiempo, bajó su mirada y contempló en un acto casi reflejo su prominente barriga. “…Canibalismo intrauterino”. Y la imagen de un feto humano frente a sus ojos, a escasos centímetros, flotando alegremente en el líquido amniótico, se insertó en su pensamiento sin dejarle apenas tiempo para asimilarla. El feto de tiburón tigre se volvía por momentos “paparrán”. La tan temida resurrección podía producirse en cualquier momento. Secó el sudor frío que empapaba su frente y se levantó del sillón que ocupaba delante del televisor. Ya no quería seguir viendo aquel programa. Ya no. Y a pesar de su odio visceral por todo tipo de juegos de naipes, decidió buscar a alguien que no estuviese ya jugando para echar una partida que disipase aquella imagen y lo devolviese raudo a la puta realidad. Del juego que fuese, tute, subastao, julepe, incluso mus si era menester…¡daba igual!, que él los recordaba todos, o casi todos.

Esa misma noche comunicó a Antonio que regresaría a Colombia en cuanto pudiese. Como excusa puso sus plantaciones, que se acercaba la época de recolección. Antonio sintió una profunda pena en su interior, pero no la exteriorizó. Nunca exteriorizaba nada. Tan sólo preparó, dos días más tarde, una caja a modo de paquete llena de cerezas, las más verdes para que así pudiesen aguantar todo el viaje sin estropearse excesivamente, para que su hermano se las llevase consigo a Colombia; a “Diutana”, como diría el propio Antonio.)

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