LA VISTA ATRÁS – IV

IV.

– Sentí en el alma lo de Remedios, Antonio.

– Ya.

– El destino nos juega a veces estas malas pasadas.

– Supongo.

Quizá Álvaro estaba intentando justificarse ante la opinión de su hermano mayor, pero éste no parecía dispuesto a entrar en detalles, a responder utilizando más de una sola palabra en cada una de sus intervenciones. Álvaro ya conocía al detalle lo ocurrido aquel fatídico día de junio de 1961, el modo en que la pobre Remedios, tan joven y bella, había sucumbido al ritmo cadencioso pero cotidiano de la muerte. No podía ser morboso. No debía hurgar más profundo en la herida que su hermano parecía no haber podido cicatrizar en los casi treinta y cuatro años transcurridos desde la fecha en que se quedó viudo. No había suficientes plaquetas en todo el Universo para hacer postilla de su inmenso dolor.

Álvaro fue el primer pretendiente que rondó a Remedios la “morraña”. Ella no sólo se sentía, como es lógico, halagada, sino que respondía plenamente a todos y cada uno de los pasos que el pequeño de los “paparranes” iba dando en su planteamiento de seducción, no excesivamente románticos, pero sí distintos a los utilizados por el resto de mozos casaderos del pueblo, que consistían, mayormente, en acercarse al patriarca de la familia de la pretendida para pedir permiso. Al menos se besaban y se metían mano a conciencia, a escondidas, protegidos por la falta de iluminación – norma habitual en las noches invernales en los soportales de la Plaza por aquel entonces aún del Generalísimo -. Y eso ya era algo.

Angustias la “carretona” se ponía en evidencia cada vez que su camino se cruzaba con el de Álvaro el “paparrán”. Él lo había notado desde que eran unos críos y compartían juegos con los demás niños del barrio, y siempre se había aprovechado de esa debilidad de su oponente para hacerla sufrir un poquito más cada día. Le parecía raro que una chica mayor que él bebiese por sus vientos tan a la vista de todos. La miraba con ojos que delataban algo más que mutuo respeto, y Angustias vivía y se desvivía con la ilusión de casarse algún día con aquél que constituía su amor platónico. Cuando llegó cabrón el sufrimiento, su padre, Eutiquio el “furraxo”, le dijo que nunca debía haberse puesto en evidencia, que eso sólo lo hacían las mujeres de mala vida. Sufrió en soledad su desgracia. Ya no estaba su hermanastro Carlos a su lado. Él había huido del pueblo a no se sabía aún dónde. Estaba ya resignada Angustias a vestir santos, a ser una más dentro del grupo de solteronas que iban diariamente a misa con un rosario de cuentas negras y un misal entre sus entrelazadas manos. Hasta que apareció Aurelio en escena y la salvó de la quema. Ambos se casaron con la treintena cumplida y bien cumplida. Martín, el mayor de los hermanos de Aurelio hizo las veces de padrino; Anuncia, la mujer del “Stalin”, Ramón de nombre, las de madrina.

Por aquel entonces, Álvaro ya había emigrado, y Remedios la “morraña” ya había fallecido, dejando viudo prematuramente al hermano mayor de Álvaro, Antonio el “paparrán”.

– A ti gustába-che Remedios, ¿non?

– Sí… … Bueno, un poco… pero no congeniábamos del todo, ya sabes.

– Sí, sí, ya sei… ya sei.

Lo sabía, claro que Antonio sabía que Remedios había abandonado a su hermano Álvaro por culpa de los extraños cambios de personalidad de éste último. Pero él no se llegó a sentir jamás plato de segunda mesa. En realidad, no le dio tiempo a sentir casi nada por ella. Estaban empezando a conocerse el uno al otro cuando de repente apareció la Dama de la Guadaña y asestó un certero tajo en el cuello de la joven “morraña”. Ya estaba preñada de la semilla de Antonio cuando murió, pero eso nunca lo llegó a saber nadie. Ni siquiera ella misma había tenido en cuenta aún una falta de tan sólo cuatro días en su ciclo menstrual, por otro lado, muy irregular. Con su ausencia, Remedios se convirtió en la amada, por y para siempre, de Antonio el “paparrán”. El vacío de la casa pesaba como una losa sobre su ánimo, cada día, cada mes, cada año más. Se murió la madre, y eso no le importó tanto. Ya no tenía familia directa a su lado, y se centró en el campo, en su finca de cerezos ubicada a escasos metros de la iglesia de la Virgen de la Quinta Angustia. Llegó a odiar a su hermano Álvaro; llegó a odiarlo de corazón, pero de tanto corazón, ese odio se tornó amor fraterno desde la llegada del hermano pequeño del otro confín del mundo casi treinta y cinco años después de su agria partida. Colombia se había convertido en la segunda patria del menor de los “paparranes”; la primera seguía siendo, en la lejanía pero en el recuerdo constante, Cacabelos, su pueblo del alma. Y ahora estaban los dos hermanos sentados el uno frente al otro, bebiendo chupitos de buen orujo. Treinta y cinco años habían pasado, con sus días, sus noches, sus alegrías y desgracias; separados por miles y miles de kilómetros de agua salada, la mayoría, y también de tierra fértil a ambos lados. Hablaban de sus recuerdos, de todo lo que habían compartido, incluida Remedios la “morraña”.

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LA VISTA ATRÁS – III

III.

En la calle misma, entre barro y polvo, jugaban todos los niños y niñas en perfecta armonía. Desde los más pequeños, de cinco o seis años, hasta los que ya habían entrado de lleno en la adolescencia. Estaban los dos “carretones”, Carlos y Angustias; Esteban el hijo del “Stalin”; Alberto y su hermano Aurelio, primos de los “paparranes”, pero sin mote reconocido hasta que Alberto se ganase a pulso, años más tarde, el de “camorro” debido a sus constantes y violentas provocaciones, que casi nunca venían a cuento; los dos primos “cereixais”, Aníbal y Eufrasia; y, por descontado (por último, aunque no los últimos), los dos “paparranes”, Antonio y Álvaro. Unos días tocaba “manro”, otros “tres navíos en el mar”; si hacía mucho frío, “cintalabrea”, que calentaba bien las piernas; y los menos, el “cascallo”, cuando las dos niñas del grupo, Angustias y Eufrasia, podían imponer su ley ante tanto prototipo de buen macho. Los días de lluvia, los niños esperaban impacientes su cese observándose los unos a los otros desde las ventanas a las que estaban literalmente asomados de medio cuerpo. Desde cada una de las casas se podían ver perfectamente las restantes. Todas, en simétrico conjunto, componían un casi uniforme círculo que en su superficie constituía lo que más adelante, con el transcurso del tiempo, se conocería como plaza que sepultaba el barro y los juegos de toda la vida bajo capas de cemento y alquitrán; la Plaza del Campelín.

Nada más que escampaba, ¡zas!, no transcurrían ni diez segundos, y una auténtica horda de rapaces y rapazas, que salían como despedidos por alguna extraña fuerza motriz de cada una de las puertas, invadían el terreno. “¿Dónde ta Álvaro?”, solía preguntar Angustias la “carretona”, la cual sentía una cierta admiración enamoradiza por el menor de los dos “paparranes”, a pesar de ser cinco años mayor que él. “Nun quiere salir hoy”, respondía presto Antonio, pero sin pararse a dar mayores explicaciones, que ya estaba él más pendiente del desarrollo de los preparativos del juego que tocase ese día que de los problemas que pudieran atar a su hermano pequeño a las patas de la silla de su cuarto. Era uno de esos días en los que Álvaro no parecía Álvaro. Era otro. Ya no era el rapaz alegre y dicharachero centro de atención constante del resto del grupo. No. Era una mutación como mínimo extraña. Serio, triste, abandonado a los aleatorios reflejos de su mente. Hablaba solo, y a veces hasta parecía reñir consigo mismo. En Cacabelos, hasta aquel entonces, nadie había oído hablar jamás de un tal Freud, pero doña Asunción, la madre, se preocupaba un poco más si cabe cada día que a su hijo pequeño lo ocurría esto, porque sabía que su mente no regía del todo bien. Intentaba en vano hablar con él:

– Álvaro, filliño meu, ¿qué teis?

– Nada, nun teño nada. ¡Deixame’n paz!

Resultaba a todas luces infructuoso todo intento de acercamiento al bueno de Álvaro en aquellas circunstancias. Parecía que nadie podría jamás cortar de raíz tan extraño mal. “Dios mío, Dios mío… Fala solo, igual que Fonsa”, se le oía cuchichear a su madre mientras pelaba algún pollo o escogía unos garbanzos, o puede que incluso unas lentejas, al calor de la cocina de carbón. Recordaba a su hermana Fonsa, que había acabado con sus huesos en el psiquiátrico de León. A veces hasta lloraba, pero eso sólo sucedía cuando ella sabía a ciencia cierta que estaba completamente sola en la cocina; (aunque sí que se vio sorprendida en más de una ocasión por el propio Álvaro, que de cuando en cuando salía de su abotargado letargo antes de lo previsto.)

Pero un buen día, siendo ya un mozo, Álvaro conoció a Remedios la “morraña” – no es que no la conociese de antes, que en el pueblo todo el mundo se conocía, lo que pasó fue que la conoció de una forma distinta: mirándola de acuerdo con la urgente llamada de sus glándulas más primarias – y ese simple hecho trajo consigo una época de ostracismo para los bruscos cambios de personalidad de Álvaro. Se había enamorado de la chica y ya no hablaba solo. “Eso e o que o miño rapaz necesitaba”, se decía contenta a sí misma doña Asunción entre amplias y limpias sonrisas de satisfacción.

LA VISTA ATRÁS – II

II.

Fue un duro invierno aquel de 1942. Nevó copiosamente durante cuatro días, que incluyeron fastidiosos los dos del velatorio y también el del sepelio. El muñeco de nieve asistió impávido, sonriendo desde su puesto de vigilancia en la calle, a pocos metros de la puerta de la casa del “paparrán”, y ya sin nariz, a las exequias por aquel desgraciado al que habían pillado más que infraganti los picoletos en la estación de ferrocarril de Burgos. El “paparrán”, muerto bajo el peso implacable del yugo del miedo y las flechas – tornadas balas – de la justicia (no del todo justa cuando su aliento nos cae cerca) de los hombres.

– Yo tenía tan sólo cuatro años. Eché mucho de menos al padre y, es curioso, ahora sólo soy capaz de recordar aquel muñeco de nieve.

– Eu tamén. Ficímoslo xuntos… … Pero a madre portóse muy bien. Sacónos adelante sin ningún poblema.

– Es buena verdad esa, Antonio.

– Tú pasástelo mal n’aquel tiempo, hermao. Unos días tabas alegre, e outros nun se te podía nin falar. Nun querías xugar con nos.

– Algunos días no estaba para recibir ni consejo. Tienes toda la razón… Creo que incluso llegué a asustar a nuestros amigos en más de una ocasión.

– Sí, ho. Me recuerdo de Carlos o “carretón”, o que se foi pa la Argentina. Teníate miedo. Y eso que de aquela él xa era un mozo.

– Era mi mejor amigo en la escuela. Me enseñó a leer, las cuentas…

– Un día marchou berrando desta casa. Asustástelo de veras.

– Puede que por eso se largase del pueblo cuatro años más tarde, porque no me soportaba delante. El cura, Don Aquilino, llegó a pensar incluso en el exorcismo.

– Veña, ho. Deixate de caralladas, hermao.

Los “paparranes” eran vecinos, casa con casa, de los “carretones”, aunque de estos últimos ya no quedase con vida la única heredera y portadora de tal apodo, Dolores, Lola la “carretona”. Eutiquio, el viudo de la “carretona”, no era descendiente de “carretones” sino de “furraxos”. Pero, por suerte para los hijos, Carlos y su hermana pequeña (hermanastra, para ser justos, ya que sólo compartían madre) Angustias sí que habían conseguido ligar el concepto de “carretón” a sus respectivas personas, y sin el más mínimo esfuerzo por su parte. No querían ser “furraxos”; no querían conexión alguna – sobre todo Carlos, que además ni siquiera era hijo natural de Eutiquio; ni siquiera sabía a quién debía algunos de sus rasgos físicos… No llegaría nunca a saber quién había sido su padre biológico – con tan despectivo mote. Puede que fuese por respeto hacia Dolores, hacia su memoria. Lola la “carretona” se había convertido en una especie de mito retórico entre una parte muy importante de las gentes del pueblo de Cacabelos desde su violenta muerte, acaecida durante la revolución del ’34 en Asturias.

LA VISTA ATRÁS – I

I.

– ¿Recuerdas aquel invierno que nevó constantemente (y con una fuerza inusitada) durante cuatro días?

– Sí. Cómo nun o voy recordar, ho.

Por supuesto que Antonio lo recordaba perfectamente, como si hubiese sucedido ayer mismo. Su memoria funcionaba a las mil maravillas; era un preciso reloj suizo dentro de su envejecido cerebro. Recordaba sobre todo aquel muñeco de nieve que permaneció sonriente la friolera (nunca mejor aplicado el término) de una semana frente a la puerta de su casa. La nariz de zanahoria sólo resistió como tal un día y unas pocas horas. La madre la necesitaba para reforzar el caldo semanal. No es que hubiese necesidad. No es que pasasen hambre, que legumbres, hortalizas, fruta y algo de cerdo, aunque sólo fuese tocino, nunca faltaban en la mesa. Era un pueblo, ganadero y agrícola. En Cacabelos no necesitaban cartillas de racionamiento para sobrevivir decentemente a la dureza extrema de los primeros años de posguerra. El padre, don Emilio, más conocido entre sus convecinos por el sobrenombre de “paparrán”, había probado fortuna, había tentado a la suerte demasiadas veces, y un día ésta le fue esquiva para siempre. Lo abatieron a tiros en la estación de ferrocarril de Burgos. Se dedicaba al extraperlo; quería que sus dos hijos llegasen a disfrutar de una vida que él no había nunca ni olido. Pero su sangre acabó mezclándose con parte de la harina de trigo que escondía bajo el forro de su raído abrigo de lana. “¡Alto!”, le dio la pareja de la Guardia Civil, y Emilio el “paparrán” no obedeció la voz de la autoridad. Echó a correr instintivamente hacia la zona más oscura de la estación. Era noche cerrada, noche de cuarto menguante. No quería acabar con sus huesos en la cárcel, a morirse de frío, de hambre, de pena, de hostias… Dos tiros a bocajarro, a traición, por la espalda. Emilio el “paparrán” murió casi en el mismo instante en el que el plomo hizo contacto con su piel. Su viuda amortajó el cadáver ayudada por su madre y hermanas. Emilio no tenía ya madre, y nunca había tenido hermanas. Era, por tanto, un asunto exclusivo de la familia política. Doña Angustias, la madre de Asunción, esposa y viuda del “paparrán”, a pesar de su gran destreza en esas artes, no fue capaz de borrar del rostro de su yerno – el rigor mortis había ganado por tiempo a la anciana compostora – aquella mueca de fastidio que delataba misteriosa algo más que un accidente. Porque eso fue lo que les contaron; eso fue lo que trascendió oficialmente: un accidente al saltar del tren en marcha.

Pero si teñe dos bujeros de bala na espalda”, comentó sorprendida Adoración, una de las cuñadas del difunto. “¡Ca la boca, rapaza!”, replicó su madre, “¡nun ves que podes metenos a todos nun buen follón! Trata de vestilo y na más.” Nadie lloraba, que eso no se podía hacer cuando se amortajaba a un difunto; las lágrimas debían asomar a la vista de los ávidos ojos del pueblo en pleno; convenía guardarlas pues. A Asunción sólo le quedaba ya ser una buena, diligente y resignada viuda y cuidar de sus dos pequeños, Antonio y Álvaro, de siete y cuatro años respectivamente. Por fin, tras dos horas de ardua labor, el cadáver quedó sellado con la rúbrica de los dos algodones que taponaban sus fosas nasales. Él podía ya reposar en paz, y ellas podían pasar a hacer compañía a las plañideras más expertas de la comarca, que ya esperaban impacientes en el salón, ensayando cada una su gemido más lastimero.