LA VISTA ATRÁS – III

III.

En la calle misma, entre barro y polvo, jugaban todos los niños y niñas en perfecta armonía. Desde los más pequeños, de cinco o seis años, hasta los que ya habían entrado de lleno en la adolescencia. Estaban los dos “carretones”, Carlos y Angustias; Esteban el hijo del “Stalin”; Alberto y su hermano Aurelio, primos de los “paparranes”, pero sin mote reconocido hasta que Alberto se ganase a pulso, años más tarde, el de “camorro” debido a sus constantes y violentas provocaciones, que casi nunca venían a cuento; los dos primos “cereixais”, Aníbal y Eufrasia; y, por descontado (por último, aunque no los últimos), los dos “paparranes”, Antonio y Álvaro. Unos días tocaba “manro”, otros “tres navíos en el mar”; si hacía mucho frío, “cintalabrea”, que calentaba bien las piernas; y los menos, el “cascallo”, cuando las dos niñas del grupo, Angustias y Eufrasia, podían imponer su ley ante tanto prototipo de buen macho. Los días de lluvia, los niños esperaban impacientes su cese observándose los unos a los otros desde las ventanas a las que estaban literalmente asomados de medio cuerpo. Desde cada una de las casas se podían ver perfectamente las restantes. Todas, en simétrico conjunto, componían un casi uniforme círculo que en su superficie constituía lo que más adelante, con el transcurso del tiempo, se conocería como plaza que sepultaba el barro y los juegos de toda la vida bajo capas de cemento y alquitrán; la Plaza del Campelín.

Nada más que escampaba, ¡zas!, no transcurrían ni diez segundos, y una auténtica horda de rapaces y rapazas, que salían como despedidos por alguna extraña fuerza motriz de cada una de las puertas, invadían el terreno. “¿Dónde ta Álvaro?”, solía preguntar Angustias la “carretona”, la cual sentía una cierta admiración enamoradiza por el menor de los dos “paparranes”, a pesar de ser cinco años mayor que él. “Nun quiere salir hoy”, respondía presto Antonio, pero sin pararse a dar mayores explicaciones, que ya estaba él más pendiente del desarrollo de los preparativos del juego que tocase ese día que de los problemas que pudieran atar a su hermano pequeño a las patas de la silla de su cuarto. Era uno de esos días en los que Álvaro no parecía Álvaro. Era otro. Ya no era el rapaz alegre y dicharachero centro de atención constante del resto del grupo. No. Era una mutación como mínimo extraña. Serio, triste, abandonado a los aleatorios reflejos de su mente. Hablaba solo, y a veces hasta parecía reñir consigo mismo. En Cacabelos, hasta aquel entonces, nadie había oído hablar jamás de un tal Freud, pero doña Asunción, la madre, se preocupaba un poco más si cabe cada día que a su hijo pequeño lo ocurría esto, porque sabía que su mente no regía del todo bien. Intentaba en vano hablar con él:

– Álvaro, filliño meu, ¿qué teis?

– Nada, nun teño nada. ¡Deixame’n paz!

Resultaba a todas luces infructuoso todo intento de acercamiento al bueno de Álvaro en aquellas circunstancias. Parecía que nadie podría jamás cortar de raíz tan extraño mal. “Dios mío, Dios mío… Fala solo, igual que Fonsa”, se le oía cuchichear a su madre mientras pelaba algún pollo o escogía unos garbanzos, o puede que incluso unas lentejas, al calor de la cocina de carbón. Recordaba a su hermana Fonsa, que había acabado con sus huesos en el psiquiátrico de León. A veces hasta lloraba, pero eso sólo sucedía cuando ella sabía a ciencia cierta que estaba completamente sola en la cocina; (aunque sí que se vio sorprendida en más de una ocasión por el propio Álvaro, que de cuando en cuando salía de su abotargado letargo antes de lo previsto.)

Pero un buen día, siendo ya un mozo, Álvaro conoció a Remedios la “morraña” – no es que no la conociese de antes, que en el pueblo todo el mundo se conocía, lo que pasó fue que la conoció de una forma distinta: mirándola de acuerdo con la urgente llamada de sus glándulas más primarias – y ese simple hecho trajo consigo una época de ostracismo para los bruscos cambios de personalidad de Álvaro. Se había enamorado de la chica y ya no hablaba solo. “Eso e o que o miño rapaz necesitaba”, se decía contenta a sí misma doña Asunción entre amplias y limpias sonrisas de satisfacción.

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