LA VISTA ATRÁS – IV

IV.

– Sentí en el alma lo de Remedios, Antonio.

– Ya.

– El destino nos juega a veces estas malas pasadas.

– Supongo.

Quizá Álvaro estaba intentando justificarse ante la opinión de su hermano mayor, pero éste no parecía dispuesto a entrar en detalles, a responder utilizando más de una sola palabra en cada una de sus intervenciones. Álvaro ya conocía al detalle lo ocurrido aquel fatídico día de junio de 1961, el modo en que la pobre Remedios, tan joven y bella, había sucumbido al ritmo cadencioso pero cotidiano de la muerte. No podía ser morboso. No debía hurgar más profundo en la herida que su hermano parecía no haber podido cicatrizar en los casi treinta y cuatro años transcurridos desde la fecha en que se quedó viudo. No había suficientes plaquetas en todo el Universo para hacer postilla de su inmenso dolor.

Álvaro fue el primer pretendiente que rondó a Remedios la “morraña”. Ella no sólo se sentía, como es lógico, halagada, sino que respondía plenamente a todos y cada uno de los pasos que el pequeño de los “paparranes” iba dando en su planteamiento de seducción, no excesivamente románticos, pero sí distintos a los utilizados por el resto de mozos casaderos del pueblo, que consistían, mayormente, en acercarse al patriarca de la familia de la pretendida para pedir permiso. Al menos se besaban y se metían mano a conciencia, a escondidas, protegidos por la falta de iluminación – norma habitual en las noches invernales en los soportales de la Plaza por aquel entonces aún del Generalísimo -. Y eso ya era algo.

Angustias la “carretona” se ponía en evidencia cada vez que su camino se cruzaba con el de Álvaro el “paparrán”. Él lo había notado desde que eran unos críos y compartían juegos con los demás niños del barrio, y siempre se había aprovechado de esa debilidad de su oponente para hacerla sufrir un poquito más cada día. Le parecía raro que una chica mayor que él bebiese por sus vientos tan a la vista de todos. La miraba con ojos que delataban algo más que mutuo respeto, y Angustias vivía y se desvivía con la ilusión de casarse algún día con aquél que constituía su amor platónico. Cuando llegó cabrón el sufrimiento, su padre, Eutiquio el “furraxo”, le dijo que nunca debía haberse puesto en evidencia, que eso sólo lo hacían las mujeres de mala vida. Sufrió en soledad su desgracia. Ya no estaba su hermanastro Carlos a su lado. Él había huido del pueblo a no se sabía aún dónde. Estaba ya resignada Angustias a vestir santos, a ser una más dentro del grupo de solteronas que iban diariamente a misa con un rosario de cuentas negras y un misal entre sus entrelazadas manos. Hasta que apareció Aurelio en escena y la salvó de la quema. Ambos se casaron con la treintena cumplida y bien cumplida. Martín, el mayor de los hermanos de Aurelio hizo las veces de padrino; Anuncia, la mujer del “Stalin”, Ramón de nombre, las de madrina.

Por aquel entonces, Álvaro ya había emigrado, y Remedios la “morraña” ya había fallecido, dejando viudo prematuramente al hermano mayor de Álvaro, Antonio el “paparrán”.

– A ti gustába-che Remedios, ¿non?

– Sí… … Bueno, un poco… pero no congeniábamos del todo, ya sabes.

– Sí, sí, ya sei… ya sei.

Lo sabía, claro que Antonio sabía que Remedios había abandonado a su hermano Álvaro por culpa de los extraños cambios de personalidad de éste último. Pero él no se llegó a sentir jamás plato de segunda mesa. En realidad, no le dio tiempo a sentir casi nada por ella. Estaban empezando a conocerse el uno al otro cuando de repente apareció la Dama de la Guadaña y asestó un certero tajo en el cuello de la joven “morraña”. Ya estaba preñada de la semilla de Antonio cuando murió, pero eso nunca lo llegó a saber nadie. Ni siquiera ella misma había tenido en cuenta aún una falta de tan sólo cuatro días en su ciclo menstrual, por otro lado, muy irregular. Con su ausencia, Remedios se convirtió en la amada, por y para siempre, de Antonio el “paparrán”. El vacío de la casa pesaba como una losa sobre su ánimo, cada día, cada mes, cada año más. Se murió la madre, y eso no le importó tanto. Ya no tenía familia directa a su lado, y se centró en el campo, en su finca de cerezos ubicada a escasos metros de la iglesia de la Virgen de la Quinta Angustia. Llegó a odiar a su hermano Álvaro; llegó a odiarlo de corazón, pero de tanto corazón, ese odio se tornó amor fraterno desde la llegada del hermano pequeño del otro confín del mundo casi treinta y cinco años después de su agria partida. Colombia se había convertido en la segunda patria del menor de los “paparranes”; la primera seguía siendo, en la lejanía pero en el recuerdo constante, Cacabelos, su pueblo del alma. Y ahora estaban los dos hermanos sentados el uno frente al otro, bebiendo chupitos de buen orujo. Treinta y cinco años habían pasado, con sus días, sus noches, sus alegrías y desgracias; separados por miles y miles de kilómetros de agua salada, la mayoría, y también de tierra fértil a ambos lados. Hablaban de sus recuerdos, de todo lo que habían compartido, incluida Remedios la “morraña”.

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… DE LA VIDA LVIII…

LVIII.

La cámara hace un travelling a lo largo de un pasillo que dobla – después de recorridos unos seis metros – a la derecha hasta llegar a una puerta de madera de pino barnizada en tonos caoba, que se abre para permitir nuestro paso al interior de una amplia habitación. Lo primero que vemos al entrar es un sillón de terciopelo azul; detrás, como a un metro de distancia más o menos, un armario empotrado; giramos la cámara a la derecha, y entra en cuadro el resto de la estancia: una cama ubicada justo en el medio y al fondo una ventana, bajo la cual tenemos una mesa a la que está sentado Pedro; nos acercamos a él y dejamos un plano medio fijo.

¡Hola! Aquí estoy de nuevo, esperando a que lleguen Fernando y su novio, Rafa. Se conocieron hace un año y medio en una de las multitudinarias fiestas que organizamos en mi piso. Rafa era compañero de clase de Iñigo; habían estudiado juntos para algún que otro examen, y en una de esas Iñigo decidió invitarlo a ‘La Fiesta’, como la denominaría posteriormente Fernando. La verdad es que Iñigo quedó un poco chafado, (no sabía que Rafa era homosexual), pero con el paso del tiempo ha terminado por entenderlo, olvidándose de su vena un pelín homófoba.

Vamos al cine los tres, a ver – por fin hay una sala en la que sólo ponen películas en versión original con subtítulos – ‘Amateur’ de Hal Hartley. Como de costumbre, éstos empiezan a retrasarse…

Ya hace tres años y siete meses que murió mi amigo Javi. Juan y Gloria, sus padres, regresaron a Madrid, quizá por no poder soportar por más tiempo la asociación de esta ciudad con la muerte de su vástago. Gloria, muchas noches, sobre todo aquellas en las que yo me encontraba estudiando frente a mi ventana, solía ir hasta la habitación de Javi; una vez allí encendía la luz, luego subía la persiana para que así yo pudiese verla mientras se desnudaba lentamente y sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. Alguna vez llegó incluso a masturbarse, bien frotando su clítoris con un dedo, o bien introduciendo uno, dos y, en ocasiones, hasta tres dedos en el interior de su vagina. Todo ese ritual me desconcentraba por completo. No sé, el ver la habitación de Javi tal y como estaba cuando él vivía, incluso con los mismos pósters y carteles de entonces, y a Gloria dejándose llevar por sus más escondidos deseos, me producían una angustia tal que yo, aunque no quería seguir aquel juego, llegué incluso, como espoleado por un efecto dominó de tipo onanista, a hacerme, en más de una ocasión, una paja asomado a mi ventana. De esa manera saciaba mi inmediata excitación y también le devolvía a Gloria lo que ella me estaba ofreciendo. Menos mal que se han ido para Madrid; a ver si así puede mi conciencia descansar un poco. Sin embargo Andrea, la hermana de Javi, sí que se ha quedado aquí, en Oviedo, aunque ya no como vecina mía, lo cual es una auténtica pena porque me cae muy bien… yo creo que incluso nos gustamos y todo – por lo menos, a mí si que me gusta ella. Una noche de marcha estuve a punto de entrarle, pero al final me corté, me frenó en seco el hecho de que fuese la hermana de Javi. Ya veis, rollo chungo con la madre, y no me atrevo a decirle a la hermana que me gusta. Quién sabe… nunca es descartable ninguna opción; puede que me decida algún día de estos… de momento me gusta… en silencio.

Estoy escuchando el último CD que me he comprado; es un grupo de Glasgow con nombre japonés, Urusei Yatsura. Suenan un poco a los primeros Pavement, a los de ‘Slanted & Enchanted’, algo también a Sonic Youth… no sé, siempre puedes encontrar referencias válidas; en música todo es válido. Ese nombre tan extraño está sacado de un personaje de manga, y según he leído se presta a dos posibles interpretaciones: ‘chicos ruidosos’ y ‘extraterrestres ofensivos’, ambigüedad que no se resuelve cuando los escuchas ya que ambos significados son perfectamente aplicables al contexto auditivo. Todo este rollo viene a cuento porque me aburro esperando a estos dos tardones… ¡Joder, si quedamos para tomar un café antes del cine se debe ser puntual…! Digo yo. No soporto la impuntualidad, pero Fernando siempre tiene preparada alguna excusa, y más ahora que se ha juntado con Rafa, otro impuntual patológico.

Mejor nos tranquilizamos un poco y cambiamos de tercio, (aunque no me gusten los toros, es más, ¡odio la tauromaquia!). Hoy he recibido carta de mi tío Carlos; sigue como siempre, con sus historias extrañas – ahora dice que me ha elegido a mí para aparecerse después de muerto -. La verdad es que eso me da igual, aunque ese fenómeno me llegue a suceder alguna vez seguiré sin creer en fantasmas. Lo que sí que me alegra es que la relación entre mi tío y mis padres fluya ahora con toda la normalidad que antaño brillaba por su ausencia. No sé si esta situación durará mucho tiempo más; la culpa la tienen los ‘kikos’, y no me estoy refiriendo al maíz tostado, sino al Camino Neocatecumenal, un movimiento religioso ultraconservador que toma su apodo gracias al nombre de su fundador, Kiko Argüello. Últimamente, mis padres están actuando de una forma muy rara: se reúnen en salas a celebrar durante horas su particular eucaristía y luego vuelven con el cerebro bien lavado y planchado. Estos ‘kikos’ cuentan con todo el apoyo del Sumo Pontífice, jefe de la mayor secta del mundo, la iglesia católica. Está claro, monoteísmo es igual a dictadura ideológica… y a mis padres no hay dios que los pueda sacar de ahí. Por otro lado, Carlos es un ser muy ácrata, demasiado para el gusto de mis padres… pero, bueno, en la distancia creo yo que puede funcionar la recuperada relación fraterna. Es más, yo actualmente me llevo bien con mis padres gracias a que evito premeditadamente cualquier tipo de discusión al respecto, aunque me joda en lo más hondo verlos atrapados por ese virus tan maligno. Si llegaran a enterarse de… digamos que un cinco por ciento de lo que yo hago por ahí cuando salgo de marcha, seguro que terminaban exorcizándome en alguno de esos antros tipo Centro Reto.

Llaman a la puerta; ¡por fin! Un momento, que voy a abrir… … … Son Fernando y Rafa. Como aún es pronto para ir al cine, los he invitado a tomar un café aquí en casa…”

– … con leche, ¿no?

– Sí, para mí con leche, y para Rafa también.

– ¡Pero déjale hablar a él, joder, que nunca le dejas meter baza…!

– No, no, si por mí está bien… lo tomo siempre con leche.

Pedro va a la cocina a preparar una cafetera del mejor café de Colombia y a calentar leche en un cazo; mientras tanto, Fernando revisa las nuevas adquisiciones discográficas y literarias de Pedro, y Rafa curiosea con su mirada todos los rincones de la habitación – hoy, por cierto, no excesivamente desordenada -. Una fotografía que cuelga de la pared llama poderosamente su atención; Rafa se levanta y se acerca para poder ver en detalle a la abuela Dolores.

– Oye, Fer, ¿quién es esta señora?

– ¿Cuál, la de la foto?

– Sí.

– Es, o, mejor dicho, era la abuela de Pedro.

En ese instante Pedro regresa de la cocina con una bandeja en la que reposan tres tazas, un azucarero, tres cucharillas, la cafetera humeante y una jarra de leche caliente. Al entrar se encuentra a sus dos amigos plantados de pie frente a la instantánea de su abuela.

– Esta es tu abuela, ¿no?

– Sí, era mi abuela… Murió precisamente aquí, en Oviedo; la mataron durante la revolución de octubre del ’34. Dolores, se llamaba Dolores, ‘La Carretona’.

– Era guapa.

– Sí, muy guapa.

– Sabes, me recuerda un poco a Ingrid… guarda cierto parecido con ella. No sé, la expresión de su cara, esa mirada profunda… y eso que a Ingrid sólo la vi en aquella foto que perdiste…

– Ingrid… ¿Quién es Ingrid?

Pregunta Rafa intrigado. A lo que los otros dos responden con una sonora carcajada de complicidad. Lola ‘La Carretona’ observa toda la escena, desde su hierática templanza, apostada frente a la antigua Cooperativa de Tabacos de Cacabelos, mientras coloca con cuidado su chaqueta gris de punto de cruz para que Honorio, el retratista de Cacabelos, apriete el botón de su aparatosa cámara fotográfica. De esa manera, la imagen de Dolores sobrevivirá a su muerte… por los años de los años.

… DE LA VIDA LVII…

LVII.

La música a todo trapo hace que hasta las paredes se tambaleen. Pedro y Javi están escuchando un disco de los Dead Kennedys – ‘Fresh Fruit For Rotting Vegetables’ (fruta fresca para vegetales podridos) -. Fuman un porro antes de salir por ahí de marcha mientras disfrutan de la voz de Jello Biafra y charlan distendidamente. Es un sábado cualquiera… como otros, pero la madre de Ingrid está muy preocupada porque su querida hija salió el día anterior, viernes, a tomarse unas copas y todavía no sabe nada de ella.

-… ‘Quiero a tu hermana en silencio’

– ¿Qué dices?

– ¡Eh? No, nada, nada. Sólo repetía mecánicamente una frase: ‘quiero a tu hermana en silencio’.

– No jodas… ¿a Andrea?

– Justo, lo que yo decía. A ver cómo cojones te lo explico… O sea, tú acabas de entender que yo estoy colado por tu hermana Andrea.

– Sí, tú lo acabas de decir… yo no me estoy inventando nada.

– Esa frase – ‘quiero a tu hermana en silencio’ – tuve que representarla ayer en clase, en el encerado, delante de todo el mundo. Se trata de una asignatura – Sintaxis Transformacional … todo ese rollo que te conté de Chomsky, ¿lo recuerdas?

– Sí, he de reconocer que era un puto rollo macabeo. No entendí un pijo.

– Pero si es muy fácil, Javi.

– No se te estará pasando por la cabeza volver a contarme todo aquel lío del ‘antecesor común’, de…

– Ya verás cómo hoy lo entiendes, tío.

– Joder, que mal rollo que me está dando. Entre el peta y tú vais a acabar con mis pobres neuronas.

– Tú escúchame atentamente y luego opinas, ¿vale?

– Joder, si no me queda más remedio…

– Es una idea de lo más revolucionaria. Tú imagínate, tío, un ‘pavo’ con veintitrés años recién cumplidos que publica su primera gramática, ¡la hostia…! Pero no una gramática al uso en la que sólo se ven estructuras y más estructuras de distintos tipos de oraciones, sino una que basa todo su razonamiento en lo que él denomina como Gramática Universal, común a toda la raza humana. Todas las lenguas se derivan de un único antecesor común. El dice que la capacidad del lenguaje es innata al ser humano…es una idea muy igualitaria, muy comunista en el amplio sentido de la palabra, ¿no crees?

– Yo no creo nada… nada de nada. Todo eso no son más que chorradas.

– No, no son chorradas. Si leyeses algo de lo que Chomsky escribe alucinarías, pero alucinarías de verdad. No es solamente un siniestro lingüista, también investiga a un niveeel… digamos que sociopolítico. A pesar de ser estadounidense, critica con extrema dureza la política exterior de su país, a la CIA, al FBI… Espera un segundo – Pedro se levanta del suelo, sobre el que estaba sentado casi como un yogui, y se acerca a su pequeña biblioteca, compuesta por una sola estantería, aunque, eso sí, rebosante de volúmenes. Coge uno con su mano derecha y regresa a su sitio para sentarse sobre el frío parqué y leer un párrafo a su amigo Javi -. Escucha esto: ‘Como Estados Unidos continuaba con lo que los nazis habían dejado a medias, tenía mucho sentido usar especialistas en actividades contra la resistencia. Más tarde, cuando se hizo difícil o imposible proteger en Europa a esta gente útil, muchos de ellos (incluso Barbie – se refiere a Klaus Barbie, uno que había sido jefe de la Gestapo en Lyon, el Carnicero de Lyon…)

– Sí, ese sí que me suena. Hace poco que salía en la tele por una condena o algo así.

– Sí… algo así. Pues resulta que al tal Barbie, el Ejército de los Estados Unidos le había encargado espiar a los franceses. Para que veas cómo funcionan las cosas en las cloacas del poder… Por dónde iba… ah, sí. ‘…(incluso Barbie) fueron llevados en secreto a Estados Unidos – ves, lo que yo te estaba diciendo – o a Latinoamérica, a menudo con la ayuda del Vaticano y de curas fascistas.’ Ese es Noam Chomsky.

– Bueno… ¿y qué?

– ¡Bueno y qué! ¡Bueno y qué! ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

– Tío, que yo paso de politiqueos. No son más que putos rollos que interesan sólo a los que manejan el poder. A mí ni me van ni me vienen.

– Eso es, configuremos un perfecto rebaño para que todos esos hijos de puta sigan manejando todos y cada uno de nuestros hilos.

– Es mucho más complejo, Pedro… Muchísimo más complejo de lo que tú te puedas llegar nunca a imaginar.

– ¿El qué?

– La vida, tío. La puta vida.

– Tampoco hay porque ponerse trascendentes… no es para tanto… … … … … Si te das cuenta, toda esta conversación deriva de ‘quiero a tu hermana en silencio’. Tan sólo es una oración ambigua, sin más.

– ¿En qué sentido ‘ambigua’?

– Puede tener dos significados: quiero que tu hermana se calle, que esté en silencio, o el que tú habías entendido antes.

– Pues yo sólo veo uno, ese, el que yo había entendido: que te mola mi hermana pero que no se lo dices a nadie.

– A ver, imagínate que ahora Andrea está aquí con nosotros, y que no deja de dar voces y me está molestando un huevo (es algo figurado, eh. No vayas a pensar que tengo algo contra tu hermana) y yo, en vez de dirigirme directamente a ella, te digo a ti en un tono enfadado: ‘¡quiero a tu hermana en silencio!’.

– Pues vaya una cursilada de frase. Conociéndote, seguro que me dirías: ‘¡qué se calle tu jodida hermana de una puta vez, hostia!’

– También es verdad. Por eso no supe responder a la profesora cuando me preguntó allí, frente a toda la clase, por la ambigüedad de esa frase. Por eso la estaba repitiendo de forma mecánica… Yo tampoco era capaz de sacar esa interpretación… me parece, no sé, como muy eufemística aplicada a esa situación.

– Sí.

– Oye, Javi, ¿te encuentras bien? No sé, te veo raro… tienes hasta mala cara.

– No estoy del todo bien. Ultimamente estoy durmiendo fatal, tío.

– ¿Y eso?

– Tengo sueños chungos, pero la hostia de chungos. Puedo estar soñando con una tía, con que juego un partido, con cualquier cosa, y, de repente mi abuelo se introduce en mi sueño y lo jode todo.

– ¡Hostias, como el Freddy Kruger!

– Hombre, no a ese nivel, pero sí que me fastidia.

– Desde luego, sí que es chungo, sí…

– A mí me tiene acojonao… ¿Qué hostias podrá significar…?

– No tengo ni puta idea; no soy Freud. Pero no te preocupes, tío, que ya se irá de tus sueños.

– Espero que sí, porque no creo que lo resista por mucho tiempo… Me da miedo, mucho miedo…

– Tu abuelo murió, ¿no?

– Supongo que sí, porque en mi vida lo he visto.

– Entonces, ¿cómo sabes que es él?

– Por una foto. De mi abuelo, el padre de mi padre, sólo tenemos una foto: está de pie, vestido de miliciano, fumando apoyado en unos sacos que componen una barricada; debe estar tomada en Madrid. Y es esa cara, no tengo la menor duda.

– También yo sólo conozco a mi abuela Dolores a través de fotografías… Me hubiese gustado poder conocerla en persona, aunque sería muy distinto: ahora sería una viejecita refunfuñona, y no esa guapa mujer de aquella fotografía. A lo mejor ella se introduce en mis sueños, como tu abuelo… la diferencia está en que yo nunca recuerdo ni un puto sueño, ¡ni uno!

– Ya me podía pasar eso a mí, joder… ¡Si yo nunca me he interesado por él…! Fue un cabrón de mierda. Le hizo un hijo a mi abuela – mi padre – y desapareció… y digo que fue un cabrón, pero yo no sé si eso es verdad o no. No sé de dónde era, sólo sé que no era de Madrid… pero sí que estaba allí cuando la guerra, resistiendo como uno más… puede que le hubiese ocurrido algo, pero ya es coincidencia que justo el día en que mi abuela Juana le contó que estaba embarazada de él, el tío va y desaparece misteriosamente; se esfuma… Demasiada coincidencia me parece a mí. Creo que se llamaba (o llama, porque igual está vivo aún) Manuel. Tampoco estoy muy seguro… mi padre nunca quiere hablar del tema, y mi abuela murió cuando mi padre tenía ocho años, así que…

– A mi abuela Dolores le ocurrió exactamente lo mismo. Eso si que es una coincidencia… La abandonaron a su suerte con un hijo en su vientre – mi tío Carlos, el que está en Buenos Aires.

– Sí, lo recuerdo… recuerdo toda la historia de tu abuela. Me la contaste el año pasado, un día que había tormenta y que nos quedamos aquí bebiendo y fumando porros.

– Sí, es verdad.

La música ya no suena. Jello Biafra se calló hace ya un cuarto de hora, y el silencio total se hace harto necesario para que cada uno estrangule los recuerdos no vividos, pero que al fin y al cabo pertenecen a su familia, a lo más hondo de cada una de sus conciencias. Pedro enciende un cigarrillo y se atreve luego a romper el muro de silencio que divide su habitación en dos.

– Oye, Javi; si no te apetece salir, aviso a Carlos y nos quedamos aquí.

– No, hombre, tampoco me siento tan mal como para quedarme en casita un sábado, como un gilipollas.

– Cómo quieras.

– ¿Con quién has quedado?

– Bueno, aparte de con Carlos, con Silvia y Marta, las de mi clase.

– Mola, tío. Silvia esta buenísima… y es una tía supermaja. ¿A ti te mola?

– Sí, claro. Pero no es más que una amiga de clase. No quiero yo rollos chungos con ninguna tía de clase, ni de la Facultad, que luego tendría que verla a diario.

– Joder, a buenas horas vienes tú con prejuicios. Yo, cualquier día de estos le entro a saco, tío.

– Bueno; ése es tu problema.

– ¿Qué es, que te parece mal?

– ¡Pero tú eres gilipollas o qué!

– Joder, tío, no tienes porque ponerte así.

– ¡Así cómo?

– Como un puto basilisco.

– Pero si tú no sabes ni lo que es un basilisco, joder.

– ¿Un obispo o algo así?

– ¡Un obispo! ¡ja, ja, ja, ja, jaaaa…!

– Joder, yo lo decía porque me suena así como a basílica… a obelisco, ¿no?. A ver, listo de los cojones, qué coño es entonces un puto basilisco.

– Es un bicho, tío, un reptil pequeñajo parecido a una iguana.

– ¡Dios mío; estoy frente a un diccionario con patas…! ¡Adoremos al sumo gurú de la infinita sabiduría!

– Venga, déjate de gilipolleces y hazte otro peta.

– Sus deseos son órdenes, ¡oh, pontífice del basilisco…! ¿Te cuento un chiste?

– Vale. Pero, mientras, te vas haciendo el peta.

– Pásame el papel… Un sargento de la Guardia Civil, todo uniformado y tal, entra en una farmacia y grita: ‘¡VICKS VAPORUB!’, y el farmaceútico va y reacciona como un sputnik y contesta: ‘¡VICKSVA!’.

… DE LA VIDA LIV…

LIV.

Tengo por norma ir una vez al mes, como mínimo, a mi pueblo. No es que lo necesite, pero sí que me reconforta salir de mi burbuja, de mi absorbente rutina de estudiante universitario. En la actualidad, con mis padres todo va fenomenal; nada mejor que la distancia para enriquecer una relación paterno-filial que se mantenía bajo mínimos, que transcurría agitadamente discusión tras discusión dentro de un círculo vicioso del que resultaba difícil escapar. Tampoco puedo dejar de mencionar lo que supone de revitalizador para mi vacía despensa una de estas visitas: jamón, chorizos, botillos, conservas de pimientos, de tomate frito… vamos, que suministran parte de mi alimentación a base de productos porcinos y ricas hortalizas de la tierra berciana. (¿Alguien ha mencionado la palabra ‘colesterol?)

Después de lo de Madrid y de lo ocurrido con Gloria sentía en mi interior una aparente necesidad de calma existencial, con lo que me fui a Cacabelos a pasar un fin de semana, sin otra intención que la de disfrutar de no hacer nada, absolutamente nada, salvo tomarme unos vinos y unas tapitas con mis amigos por las bodegas del casco viejo, y, sobre todo, dormir, disfrutar de las horas de sueño sin que la conciencia tenga que estar lanzándote constantes avisos del tipo ‘tengo mucho que estudiar’ o ‘tienes que ir a la compra y luego hacer la comida’. De eso nada, sólo levantarse a la una y media, a las dos, y tener la comida puesta sobre la mesa. Vamos, como un rey, un puto rey de mierda. (Todos sabemos “abusar” cuando nos lo proponemos…)

Mariano Farelo, el conocido en nuestra niñez como ‘Tocinín’, al enterarse de mi presencia en el pueblo me invitó a conocer su piso de recién casado. Vaya una decepción; ¡qué piso, madre mía! Ni un solo indicio del más mínimo desorden, que yo tanto amo. Toda la decoración conjuntada, multiplicidad de figurillas de cerámica alineadas en los estantes del armario del salón, etcétera, etcétera. Pero lo peor, lo más humillante, principalmente proviniendo de uno de tus mejores amigos, fue la forma en que me agasajaron, sobre todo Cristina, su mujer, para que tomase un café con pastitas de té. Joder, es como visitar a un pariente que, de tanto insistir para que estés cómodo y tomes algo, acaba por agobiarte de tal manera que a los cinco minutos tu único deseo es salir pitando de allí. ¡Ni siquiera se podía fumar!, sólo en la cocina y con las ventanas abiertas de par en par… Pobre Mariano, antaño tan rebelde y ahora engullido por la hipócrita vorágine de un pueblo pequeño, que es el mío, sí, pero ante el que hay que saber ser crítico para poder analizarlo desde una distancia prudencial, y sin dejarte atrapar por su rueda de molino. Un día de estos voy a tener que hablar muy seriamente con él. No puedo quedarme tranquilo cuando una duda que me agobia desde el día en que me comunicó que se casaba se acrecenta más y más cada día que pasa: ¿será Mariano consciente de todo el lío en el que se ha metido? Porque él tenía otros proyectos muy distintos…

Mariano dejó de ser ‘Tocinín’ cuando se convirtió en un apuesto adolescente tras el que andaban como perras salidas casi todas las chavalas de Cacabelos y sus alrededores. (Se me nota un poco la envidia, ¿no? En realidad no eran perras salidas, tan sólo quinceañeras con ganas de conocer nuevas sensaciones, como debe ser…) Aunque se podría decir sin temor a equivocarse que ya éramos amigos desde unos años antes, no comenzamos a compartir todo tipo de correrías hasta que yo fui capaz de despertar, de quitarme las orejeras de burro que me limitaban el horizonte, y salir de la secta católico-integrista por la que mis padres me guiaban; los dictados del Sumo Pontífice eran mi guía… y hoy en día considero que Juan Pablo II es uno de los mayores terroristas morales de la década. Lo mío fue muy repentino, fue como si hubiese bebido de un elixir que, afortunadamente, me devolvió a la vida; el bello durmiente que despierta después de que se lo folla – vamos a ser realistas: siempre nos cortaron la escena posterior al beso – la tan esperada princesa de cuento de hadas. Me di toda la prisa que pude… pero entré en el juego de la balanza compensatoria: cuanto más fuerte era la juerga, más dura para conmigo era la actitud de mis padres. He de reconocer que Mariano me ayudó a mantenerme conscientemente despierto; él disfrutaba de todo lo que le ofrecía la vida como a nadie había yo visto hacer hasta la fecha. Recuerdo que llegó a tener novias hasta en cuatro pueblos distintos, siendo además capaz de multiplicarse para mantener viva la llama en las cuatro; y todo ello sin dejar, además, de salir con nosotros, sus amigos. Yo actuaba como un buen parásito. Aprovechando sus innatas habilidades para ligar con una tía, yo cogía presto su rebufo y esperaba pacientemente a que alguno de sus múltiples ligues apareciese algún día con alguna amiga que poder llevarse presto a la boca… ¡anda que no me habré yo morreado y metido mano con tías no del todo guapas, por no decir horrorosas…! (y eso que estoy obviando mencionar toda la variedad de gordas, halitosas, bizcas, culibajas, patizambas, y hasta pijas gilipollas que no había su tía que las aguantase – hombre, alguna un poquitín guapa sí que hubo, aunque las menos, por desgracia – … pero es que hay que aprender a andar en bici como sea, da igual que la bici esté un poquitín descacharrada… … ¿no? Tampoco pretendo yo ser un Indurain…). Claro que yo estaba enamorado de Ingrid, aunque no quería reconocérmelo a mí mismo por no hacerme daño, pero eso no implicaba que, mientras mi mente era totalmente suya, no pudiese yo ofrecer mis juegos sexuales a otras chicas. ‘Sexo es sexo, y amor es amor’, como diría algún entrenador de fútbol yugoslavo (hablando en castellano, claro). Está más que científicamente demostrado que la monogamia, sexualmente hablando, no existe, es una pura invención judeo-cristiana que los curas utilizaban (y utilizan) para poder follarse ellos, en el nombre del Padre (también del Hijo o del Espíritu Santo), por supuesto, a toda hembra, niño o criatura que se les pusiese (o ponga) por delante.

Ese era Mariano, un ídolo no sólo de féminas, sino también de varones sanamente envidiosos de sus dotes como donjuán. Por eso no puedo soportar al Mariano de hoy en día, al de ‘¿quieres otra pastita?’… Daban ganas de responderle ‘sí, pero para metértela por el culo lentamente para ves si así te espabilas’. ¿Cómo puede haberse dejado engañar…? Y no me estoy refiriendo a Cristina, ‘La Túzara’, que ella es muy buena chica, aunque un poco simple y sin más aspiración que la de cuidar de su casita (tra-lara-larita) y de su apuesto maridín, me refiero al entorno, que debe ser atosigante hasta el punto de contagiar la enfermedad del haz-lo-mismo-que-yo-hice-y-sin-salirte-del-carril generación tras generación. Viéndolo a él, me produce un gran alivio el haberme ido de allí. Desde la lejanía quizá idealizas un poco todo lo que supone tu cuna, pero bastan dos días de visita cada cierto tiempo para que la puta realidad te dé la bofetada que continuamente tratas de esquivar, por lo menos para que ésta nunca llegue a dar como resultado un sonoro K. O. técnico.

Ahora que lo pienso con calma, puede que aquel susto que se llevó hace un par de veranos terminara de un plumazo con sus devaneos amorosos, con sus andanzas casanovianas. Había una gitana en Cacabelos, Raquel Jiménez, que se infiltraba en los sueños eróticos de todos nosotros. Era guapísima: con su larga melena negra, su tez tan morena y aquellos ojos verdes que iluminaban su cara… y de cuerpo no digamos: nada que envidiar a ninguna de las conocidas como top-models. Raquel iba siempre con dos amigas, también miembros de la raza calé, a bañarse en verano a una zona apartada del río – algo que también hacíamos nosotros, aunque por motivos muy distintos: para poder fumar algún que otro porro lejos de las ávidas miradas de las ‘lechuzas’ (por lo agudo de su vista) de Cacabelos, que eran capaces de propagar una noticia a la velocidad de la luz incluso, y, paradójicamente, antes de que ésta se produjese. La razón que obligaba a las tres gitanas a apartarse del bullicio permanente de la zona oficial de baños, la que cubrían con tosca arena de obra, era la de no ser vistas por el clan de los Jiménez, ya que las gitanas, por ley ancestral, deben bañarse y tomar el sol vestidas, sin mostrar ni un centímetro cuadrado de su piel – salvo manos, pies y cara, lógicamente -. Pero Raquel y sus dos colegas habían nacido con un espíritu rebelde en su interior: ellas sí que tomaban el sol y se bañaban en bikini. He aquí otra razón de peso que suponía un buen aliciente más para acercarnos a aquella zona del Cúa entre chopos, mosquitos y libélulas de varios tamaños.

Un día Mariano, en actitud ciertamente sentenciosa tras haber dado las caladas correspondientes al porro, comentó: ‘a esa Raquel me la voy a follar yo antes de que termine este verano’, lo que provocó automáticamente la risa general de todo el grupo, igualmente afectado por la risa floja que conlleva el fumar hachís; este espontaneo cachondeo se vio repentinamente interrumpido cuando nos dimos cuenta de que Mariano hablaba en serio: se había acercado, osadamente, a hablar con las tres chicas. Así estuvo unos días, hasta que por fin pudo aislar a Raquel de las otras dos y quedarse a solas con ella. A mediados de agosto, Mariano nos contó que ya estaba, que ya se lo había hecho con Raquel, y más de una vez, aunque omitió detalles más precisos, lo que nos extrañó bastante, porque Mariano era de los que alardeaban de sus conquistas, de lo semental que se sentía. Desde entonces, Raquel dejó de venir al río, al menos a la chopera que constituía nuestro territorio.

Mariano parecía estar colado por ella; hipótesis que se confirmó poco después cuando me contó, invadido por una sincera pena (nunca lo había visto así de compungido por una tía) que Raquel se tenía que casar, por orden de su padre, con un gitano de Barcelona llamado Antonio Salazar. Las palabras entrecortadas de mi amigo desprendían también cortantes trocitos de pánico que se acumulaban molestos y cristalizaban en la boca de su estómago. Estaba en peligro y él lo sabía.

Lo ocurrido después en la boda era más que previsible. Se prepara un festejo de tres días, vienen los capos gitanos de la región, los Jiménez, así como los jefes del clan catalán de la familia Salazar; se casan y justo después, ¡zas!, llega la ajuntadora – la encargada de introducir el inmaculado pañuelo en la vagina de la novia para dar así testimonio de su pureza -, y ,en esta ocasión, el pañuelo que sale del interior del sexo de Raquel no presenta el más mínimo rastro del denso líquido rojizo. Tras el grito desgarrado de la ajuntadora, papel que siempre recae en una familiar del novio, se sucedieron una serie de peleas a navajazos entre las dos familias, al más puro estilo ‘Montoyas y Tarantos’, que produjeron dos víctimas mortales y siete heridos de diversa gravedad. Acojonante, sin más. En cuanto me enteré de lo ocurrido (yo ya estaba muy pendiente de esa boda gitana porque me temía algo así) salí disparado en dirección a la casa de Mariano… pero él ya no estaba allí; me dijo su madre que se había marchado la noche anterior a Coruña a pasar unos días con sus tíos. Pero yo, su mejor amigo, estaba allí, en el pueblo y a tiro de los Jiménez… y el temor que debía padecer él se trasladó de inmediato a mi interior. Me había quedado solo y aterrado en el frente. Maldije al cabrón de ‘Tocinín’, y me encerré en casa durante tres días, esperando a que en cualquier momento apareciesen los Jiménez frente a la puerta de mi domicilio para rajarme como a un cerdo. Nada de eso sucedió; al cuarto día me informó mi madre, en labor de ardua vigilancia (ella sabía de qué iba todo aquello, aunque yo no le había contado ni mu… ¡Malditas cotillas de mierda!), que la novia no desposada junto con sus padres y hermanos habían sido desterrados de Cacabelos. El destierro gitano consiste en trasladar a los condenados a más de cien kilómetros de su lugar de residencia, con la prohibición expresa de volver por allí. Por fin pude respirar tranquilo y salir a la calle, aunque siempre con un ojo avizor por si me cruzaba con algún Jiménez por ahí con intenciones no demasiado amistosas. La jindama (término que utilizan constantemente los gitanos para referirse al miedo, pero al miedo visible, al que provoca diversos grados de diarrea) aún no se me había ido del todo.

A los diez días regresó Mariano. Todo lo que hablamos sobre lo acontecido en la boda gitana fue:

Yo – Tú viste que movida…

Él – Ya.

La verdad es que no hacían falta palabras para entenderse; los dos sabíamos que su vida habría corrido peligro si Raquel llega a dar el nombre del que la había ‘deshonrado’; pero ella, por lo que supimos unos días más tarde, insistió en que había perdido ‘eso’ por culpa de la bicicleta – y si no fuera por Mariano, razón no le faltaría a la pobre chica ya que las bicis que ‘lucían’ los gitanos estaban a años luz de lo que nosotros, “seres civilizados”, entendemos por bicicleta… más de una no tenía ni sillín… Pobre chica, y no lo estoy diciendo por compasión; esa no es una de mis ‘virtudes’. Yo no la utilizo como excusa para justificarme, yo procuro pasar a la acción (aunque, para no engañarnos dejándonos llevar por el calor del momento, rara vez tomo alguna iniciativa fuera del lenguaje hablado).

Tengo la impresión de que Mariano y Raquel estaban enamorados de verdad, pero sólo es una impresión, vaga, como casi todas las mías.

En septiembre yo me vine para Oviedo a hacer un examen, matricularme y todo lo demás; mientras, Mariano comenzaba a salir con Cristina, la hija del ‘Túzaro’, el zapatero de la plaza , y con ella sigue, con boda de por medio, claro… algo que Raquel no pudo llevar a cabo… ni con Mariano, ni con el tal Antonio Salazar. Machismo, puro machismo del que todos, absolutamente todos los hombres nos aprovechamos a la mínima de cambio.

Hay algo que me dijo Mariano el otro día en su casa que no me deja en paz, no ceso de darle vueltas y más vueltas. Cuando nos despedíamos hasta la próxima va y me suelta así, de sopetón, que le había parecido haber visto por Cacabelos a la chica aquella de la foto, la de la boda de mi prima Natalia, y que además la había visto en dos ocasiones, una caminando por la plaza y otra pasando por la carretera general en dirección a Ponferrada, conduciendo un Ford Fiesta de color rojo. Después de mi tajante afirmación diciendo que eso era absolutamente imposible, Mariano dijo que tampoco lo podía asegurar con rotundidad; ‘aunque si no era ella, entonces la que yo vi era igualita a la de la foto con la que tanto me diste la vara’, acabo diciendo no muy convencido de que la persona que había visto no fuese Ingrid. A punto estuve de contarle yo todo lo que había sucedido, pero, la verdad, no me vi con las fuerzas suficientes como para dar la más mínima de las explicaciones. Al Mariano de antes, al ‘Tocinín’ de toda la vida sí que le habría pedido consejo, y pienso que él me habría entendido… al menos sí que me habría escuchado con calma. Pero, ¿cómo iba a entender el Mariano de ‘¿otra pastita?’ todo ese galimatías entre Ingrid, Javi, Salman Rushdie, los tres del accidente, la nota a nombre de Sara Balabán, la madre de Javi y, por supuesto, yo mismo? La respuesta es sencilla: de ninguna manera. Cuando una persona cierra su ámbito existencial, cuando se deja hundir en arenas movedizas de tal calibre sin plantear siquiera un poco de batalla… ¿qué otra cosa te queda aparte de seguir siendo, a pesar de los pesares, uno de sus más fieles amigos? Para mitigar ese rictus de cara de bobo que se me había quedado después de escuchar por boca de Mariano que Ingrid había estado de nuevo en mi pueblo, en Cacabelos, no tuve otra salida más gloriosa que la de contar un chiste de lo más tonto, como en los buenos tiempos:

¿Viste que golazo marcó mi hijo ayer? / ¿Cuál, el de penalti? / No, no, el pequeño…

Mariano ni se ríe; no es capaz de cambiar la expresión de aturdimiento de su rostro hasta que, al fin, pregunta muy intrigado: ‘¿pero de qué penalti hablas?’… Cinco minutos más tarde me encontraba yo enfilando el camino hacia mi casa… Lógico.

Por el camino ajusté los auriculares en mis pabellones auditivos y le di al ‘play’ para que Gary Numan me explicase bien si las ‘amigas’ son eléctricas o no, y pensé: ‘tengo que llamar a sus padres y decirles que la han visto por Cacabelos’; pero no, no me veía yo ejerciendo de Lobatón en mis ratos libres. Al fin y al cabo, la información de mi amigo Mariano tampoco era muy fiable, y aunque lo fuese, si alguien se larga de casa sin dejar ni rastro por algo será, que no hay porque buscar a nadie en contra de su voluntad; vamos, digo yo.

… DE LA VIDA LII…

LII.

Vaya revuelo había esta noche en casa de mis vecinos, de los padres de Javi. Como casi todas las noches, me estaba costando un huevo coger el sueño, ya no sabía si levantarme y estudiar, o si hacerme una paja para conseguir, al menos, un mínimo de desgaste físico que diese paso a un estado tal de relajación que pudiese disipar mi no deseada vigilia. Por pura y simple eliminación opté por la segunda alternativa, con lo que, automáticamente, di cuerda a mi variada selección de mujeres inaccesibles imaginándomelas rendidas a mis pies y sometiéndose a todas mis sanas perversiones. En éstas estaba – me la estaba chupando Jennifer Tilly, una actriz que últimamente me pone de un burrooo…- cuando un grito seco, aterrador, proveniente de la garganta de una mujer, me sobresaltó. Como consecuencia de ese auténtico aullido, perdí la concentración y dejé mis prácticas de autosatisfacción manual (y a la buena de Jennifer) para mejor ocasión. Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana; subí la persiana y así pude comprobar que había luz en la habitación de Javi. De allí provenían los gritos, que todavía podían oírse, aunque ya más mitigados. Por sana curiosidad, agudicé mi oído intentando escuchar lo que parecía una conversación; pero no pude, por más que lo intenté, distinguir una sola palabra. Por un instante me pareció oír la voz de Javi… aquello no era posible; con toda seguridad sería su padre el que hablaba. De todos modos, llegué a dudarlo, más que nada por la naturaleza de los gritos de Gloria. ¿Por qué razón estaría gritando de esa manera…? Supongo que aún no se habría acostumbrado al vacío existencial que le produjo la muerte de su hijo.

Ellos, los padres de Javi, no me hablan. Procuran evitarme si me ven en el portal; si tenemos que compartir el ascensor esperan, sin dirigirme la palabra, a que yo haga mi correspondiente viaje arriba o abajo para luego hacer ellos lo propio. No sé… esa actitud histérica de Gloria no hacía más que alimentar mi sensación de culpa por lo sucedido con su hijo. Ya, ya sé que no soy responsable más que de mis propios actos, pero es algo inevitable, no puedes dejar de plantearte cuestiones como ¿y si no hubiese llamado ese día a Javi para salir…?

Cuando se apagó la luz en la habitación de mi amigo, me entró un gran ataque de responsabilidad: nada de pajas, a poner al día todos los apuntes que poblaban desordenadamente mi – por así llamarla – mesa de estudio. En ello estuve enfrascado, en un alarde de concentración impropio de mi innata irresponsabilidad, hasta las ocho y media de la madrugada, hasta que, por puro agotamiento, no pude más y tuve que echarme en la cama a dormir plácidamente. Tres horas más tarde sonó el timbre de nuestra puerta, llamada que yo oí entre las tinieblas del más profundo de los sueños, pero que no hizo que me sintiera aludido, ni mucho menos. Iñigo, que preparaba café para todos mientras silbaba melodías harto irreconocibles por lo que de inventadas tenían, se dignó a abrir la puerta y… ¡oh, sorpresa! Allí estaba Gloria, la vecina del ‘D’, la madre de Javi…”

– Buenos días.

– Buenos días, señora.

– ¿Estará Pedro en casa? Me gustaría hablar con él.

– ¡Eh… ! Sí, claro, claro… pero es que está durmiendo. Espere, que yo lo aviso ahora mismo.

– Gracias… si no es molestia.

– No, no; molestia ninguna… pero pase, pase, no se quede ahí de pie en la puerta. ¿Quiere un café? Acabo de hacerlo.

– No, gracias; no puedo tomar café.

– … entonces ¿un té?, ¿una manzanilla? No sé… a ver qué tenemos por aquííí.

– No te molestes, de verdad, que no quiero nada.

– Como usted prefiera. Voy entonces a avisar a Pedro.

Sin poder aún salir de su asombro, Iñigo sale de la cocina con la intención de despertar a Pedro y ponerlo sobre aviso de tan imprevisible visita. No parece que Gloria venga en son de guerra, sino todo lo contrario; por sus gestos, por su tono de voz, parece tranquila…

– ¡Pedro…! ¡Pedrooooo! Ábreme, que tienes visita.

No sin dejar de sospechar que ésta puede ser una de las múltiples bromas de Íñigo, Pedro se levanta y, sin abrir la puerta de su cuarto, por si las moscas, pregunta desde el interior quién era esa supuesta visita.

– Es Gloria, la madre de Javi.

– ¿En serio? ¡No vengas ahora a tocarme los cojones, que estuve estudiando hasta las ocho y media, joder!

– Sí, tío… de verdad, que no es ninguna broma.

– ¡Joder, la hostia…! Dile que ya voy…

Pedro, ante semejante imprevisto, abre por completo los ojos y despierta con los demás sentidos ya activados. Acelera su proceso ritual de recién despertado: se viste deprisa, corre hacia el cuarto de baño para salpicar su cara con chorros de agua fría, se peina, a continuación, frente al espejo, que devuelve aumentadas sus ojeras, las cuales destacan sobre manera entre la normalidad de los demás rasgos faciales, y, sin pensárselo dos veces para no seguir así estimulando su creciente temor ante la duda que le provoca tan inesperada visita, sale del baño en dirección a la cocina, donde le espera la madre de su colega muerto.

– Hola, Gloria.

– Hola, Pedro, buenos días; y perdón por haberte despertado tan… temprano – Todo esto, dicho así, acompañado de una espontánea sonrisa, supone un cambio radical de actitud para con él, algo que no deja de causar la extrañeza lógica en Pedro, pero que al mismo tiempo constituye un gran alivio de conciencia.

– No te preocupes; tendría que levantarme tarde o temprano.

– Bueno, yo os dejo, que tengo que irme para clase. ¡Hasta luego!

Íñigo apura su café solo y se despide premioso al darse cuenta de que está de más en la cocina. Gloria y Pedro se despiden de él sin prestarle excesiva atención, y se quedan solos en el ring, sin jueces… aunque, después de tanto precalentamiento, al final no va a haber pelea, el combate queda anulado hasta nueva orden.

Gloria trae consigo una gran bolsa de plástico que contiene algo que se dispone a sacar de su interior en ese preciso instante.

– Mira, el motivo de mi visita es éste – Y muestra a Pedro una cazadora negra de cuero con una inscripción en la espalda, dos letras en mayúscula y un número: MC5

– ¡Mi chupa!

– Sí… creo que tenía que habértela devuelto antes, pero… no sé… no sé lo que me pasaba; estaba muy confusa y descargaba parte de mi ira echándote a ti la culpa de lo que le ocurrió a mi hijo.

– No era necesario, Gloria… te comprendo perfectamente. Ahora mismo voy por la cazadora de Javi y te la devuelvo.

– ¡No… ! No la quiero, no la necesito. Mejor quédatela tú como recuerdo… como recuerdo de un amigo.

– Como quieras… y gracias, muchas gracias.

– No hay de qué… ¿Sabes? Ayer por la noche hablé con mi hijo… como suelo hacer todas las noches desde que murió… pero esta vez fue distinto: fui a su habitación antes de irme a dormir… y allí estaba él; bueno, no era él, sino su espíritu, su silueta, su forma… Desprendía un aura de un tono como azulado. Al principio me asusté, como es lógico, pero luego noté que trataba de decirme algo, y entonces me calmé. Me dijo algo sobre no sé qué de unas fases en el devenir del Universo… o algo así. La verdad es que yo no entendí nada, pero tampoco me interesaba ese tema lo más mínimo; a continuación me habló de ti… dijo que no debía culparte de lo sucedido, que se lo tenía merecido por lo que había hecho en el pasado… también me transmitió un mensaje para ti; “Dile a Pedro que deje de comerse el coco con lo ocurrido, que yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos. Cuéntale también que yo era amigo de Víctor cuando vivíamos en Madrid… él lo entenderá”, me dijo, y, sin darme tiempo para replicar, desapareció. Sé que no lo volveré a ver… es algo intuitivo… … Pensarás que estoy loca, ¿no?

– No, por supuesto que no.

– ¿Crees en los fantasmas… en que hay otra vida?

– No. No creo que exista una vida distinta a ésta.

– ¡Ves…! Entonces no te has creído ni una sola palabra de lo que te acabo de contar.

– No, no. No es eso… exactamente. Mira, puede que haya algo, algo desconocido, pero yo eso lo atribuyo a un poder de sugestión. Nuestra mente está predispuesta, en determinados momentos, a crear fantasmas, espíritus… o lo que sea, pero sólo con la intención de reconfortarnos interiormente, o de explicarnos lo de por sí inexplicable. No lo sé. La verdad es que no tengo idea…

– Bueno, pero al menos es una bonita teoría.

– Sí, puede que sólo sea eso, una bella teoría. Me aterra todo lo que no se puede explicar racionalmente… ni siquiera creo en que haya un dios o algo parecido. Yo hablo con la foto de mi abuela Dolores, y a veces me da la impresión de que me responde, que me aconseja y me guía.

– Puede que esa sea tu propia fe, ¿no?

– Puede…

De repente se callan; se interrumpe la conversación porque ambos sienten la necesidad de darse un fuerte abrazo mutuo, y eso hacen, dejando a un lado toda actitud represiva que indique que lo mejor sería no haber llegado hasta ese punto. Impulsada por un subliminal instinto escondido, Gloria, en la efusividad del momento, tan eróticamente inexplicable, separa lo justo su cabeza del hombro de Pedro hasta poner su cara frente a la de él. No lo puede evitar, le da un beso, al que Pedro responde instintivamente, sin pararse a pensar en lo que está haciendo. El siguiente paso de Gloria consiste en trasladar su mano derecha hacia la entrepierna del joven amigo de su hijo. Acaricia sus genitales, primero por fuera de la bragueta, y, poco después, tras librarse de la barrera que suponían los botones de los tejanos, así como del siempre impertinente botón de los boxers, agarra con fuerza el miembro viril que, en apenas dos segundos, se pone tan duro como el mármol. Pedro se deja llevar por el calor de la pasión momentánea y también pasa a la acción: en primer lugar, pone al descubierto los pechos de Gloria; luego, con la ayuda de su mano izquierda, y sin dejar al mismo tiempo de chupar sus pezones, se adentra en las profundidades de los muslos de la madre de su amigo. Súbitamente, como si un rayo católico hubiese descargado toda su furia sobre sus espaldas, Pedro se separa de la acción justo en el preciso instante en que comienza a correrse.

– No, Gloria, no. No es justo… no está bien – dice mientras no cesa de manchar con su blanco líquido la negra falda de Gloria, vestida con un riguroso luto.

– ¡Cómo que no… cómo que no está bien… ! Yo lo deseo, quiero que me folles, que me hagas sentir lo que tanto hace que no siento… venga, Pedro, no pares ahora.

– ¡No, no quiero! Es por Javi… ¿No lo entiendes… ? No es justo… por él.

– Pero, ¡qué más te da, ya no nos puede ver! Además, tú no crees en fantasmas, me lo acabas de decir…

– ¡Qué chorrada! Eso no es necesario para respetar la memoria de un amigo. Basta con el recuerdo.

– Pero, ¡tú te has corrido… me has manchado toda la falda! ¡Y yo quiero tener mi orgasmo…! Sabes, mi marido no me hace ni caso, no me folla casi nunca y yo…

– Está bien, de acuerdo. Si yo me acabo de correr, tú también tienes derecho a correrte… Favor por favor.

Y Pedro masturba a Gloria con su dedo anular derecho, moviéndolo acompasadamente de un lado a otro encima del prominente clítoris, que destaca como un pene en miniatura entre los labios vaginales de Gloria. (En su percepción, su propio dedo se confunde con el recuerdo de Ingrid…) Ella acaba obteniendo lo que quería, su orgasmo; pero Pedro no puede dejar de pensar en qué diría Javi si pudiese verlos… Javi, el antiguo colega de instituto de Víctor.

Antes de irse para su casa, Gloria le pregunta a Pedro que si él sabe lo que significa eso que le había dicho su hijo de ‘yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos’. Pedro responde que no tiene ni la más remota idea de lo que Javi habría querido decir con aquella frase tan sentenciosa, mientras su mirada se traslada desde el sujetador negro de Gloria hasta el platero, sobre cuyo estante reposa la edición de 1982 de la editorial inglesa Picador de ‘Midnight’s Children’

… DE LA VIDA LI…

LI.

Por fin Pedro había regresado de su particular Itaca. Seis días habían transcurrido: dos en Palencia, luego cuatro en Madrid… y sin haber podido aclarar nada, al menos materialmente. Nada tangible que llevarse al subconsciente, excepto una nota extraña que Ingrid había dejado como “testamento de despedida” y el comienzo de “Midnight’s Children” del perseguido Salman Rushdie en forma de hoja arrancada de un libro. Sólo la imaginación permitía elucubraciones un tanto hipotéticas y carentes de todo rigor científico; dicho de otra forma, si tuviese lugar un juicio no habría ni una sola prueba efectiva, tan sólo divagaciones, testimonios claramente subjetivos que podrían llevarnos de un lado a otro sin llegar jamás a una solución definitiva.

Fernando estaba ya al borde de la histeria; no tenía noticias sobre las andanzas de su amigo desde aquella llamada telefónica recibida desde Palencia, por eso reaccionó de una manera harto violenta cuando Pedro llamó para decir que ya estaba de vuelta en casa, que cuándo podía pasar a devolverle el coche, aunque, casi instantáneamente, Fernando dejó paso a la alegría, euforia que mataba de un plumazo la anterior preocupación: el hombre del que estaba enamorado, el oasis de su monotonía, estaba bien, no le había ocurrido ninguna desgracia.

Pedro había tenido la delicadeza de parar en un taller de León para que arreglasen el piloto trasero del coche, que sentía la necesidad obligada de entregar el coche tal y como se lo habían prestado, aunque sí que con unos cuantos kilómetros más bajo sus ruedas. Pero este detalle era de lo más nimio, a Fernando le traía sin cuidado… Preocupación que se transforma en súbita alegría, alegría que se va combinando con la intriga de adentrarse cuanto antes en la aventura de la curiosidad por saber qué había podido aclarar Pedro sobre la muerte de Javi.

– Pues ya ves, tío; tanto viaje, tanto rollo, para encontrarme sólo con contradicciones y más contradicciones. – Pedro parecía cansado, no muy dispuesto a contar en detalle todo lo que, en principio, parecía haber descubierto.

– Venga, relájate de una puta vez. Siéntate a tomar el café con tranquilidad, y me vas contando todo… pero por orden, ¡eh?, que si no, no me voy a enterar… Bueno, si te apetece, claro; porque yo…

– Sí, creo que será lo mejor. Además, puede que tú llegues a alguna conclusión lógica, porque lo que es yo… – Pedro apura el último sorbo de su café cortado, y se dispone a soltar su monólogo ante los atentos oídos del impaciente Fernando – Lo del desguace de Palencia me lo salto, que ya te lo conté.

– Sí, sí, lo del accidente de aquellos tres tíos; ayer, cuando me llamaste.

– Efectivamente. Pues luego me fui a Madrid… Los tres fallecidos en el accidente eran unos tíos de Madrid, y allí tendría que encontrar algún indicio… Joder, yo estoy cada vez más seguro de que ése fue el coche que atropelló a Javi, y resulta que el maldito coche de los cojones llevaba ya una gran temporada en aquel taller, como un puto acordeón… A lo que iba; yo había apuntado los nombres de esos tres tíos del Ford Fiesta: Víctor, Antonio y José Antonio – Pedro omite algunos detalles conscientemente, como el encontrar la hoja del libro de Salman Rushdie, ‘Midnight’s Children’, sin otra intención que la de no implicarse, al menos de forma material, en los hechos acaecidos, que, por lo que de macabros tienen, no deben, de ninguna manera, ramificarse hasta llegar a él mismo -… El coche pertenecía al primero de ellos, Víctor, con lo que desde entonces dirigí mis pesquisas hacia él. En Madrid iba a ser muy difícil encontrarlo, pero yo no me iba a rendir a las primeras de cambio. Compré un plano-guía de Madrid para poder moverme con un poco de soltura, y sin tener que estar preguntando a alguien cada dos por tres; luego llamé a Ingrid a su casa, no sin antes habérmelo pensado bien, concienzudamente… no sabía si estaba preparado para enfrentarme a ella, pero necesitaba ayuda y, bien pensado, ella podría aclarármelo todo… o nada. Lo que ocurrió fue muy extraño: me contestó su madre y, al preguntar por ella, se echó a llorar… yo no sabía qué decir. Por suerte, su hermano Erik cogió el teléfono, y, tras preguntarme intrigado quién era y qué quería, me contó que no sabían nada de ella desde hacía, más o menos, un mes y medio, que se imaginaban que se habría ido lejos ya que se había llevado todas sus cosas, todas sin dejar una, tan sólo una…No sé por qué, pero yo ya me sospechaba algo parecido. Antes de colgar el auricular, Erik me invitó a pasar por su casa, cosa que hice, aunque dos días más tarde.

– Joder, entonces ella no pudo haber sido, ¿no?

– En principio sí. Si recuerdas la fecha en que Javi fue atropellado, te darás cuenta de que sucedió hace un mes y dieciséis días exactamente. Y, además, el hecho de que haya desaparecido no implica que ella no pudiera estar en Oviedo aquel día… ¿no? Es más, ella desapareció un lunes, un día después del accidente… Erik me contó que ella se había pasado todo el fin de semana fuera, sin haber siquiera avisado en casa… ese fin de semana, precisamente ese fin de semana.

– Sí, tienes razón… claro… ¡Entonces ya está! ¡Está clarísimo, tío!

– ¿El qué?

– Fue ella; se lo cargó, no sé si intencionadamente o no, pero se lo cargó y luego se dio a la fuga… es evidente.

– Joder, Fernando, eres de un impaciente de la hostia. Espera, ten calma, colega, que aún te queda mucho por escuchar…Déjame contártelo todo por orden y al final opinas, ¿vale?

– Vale, vale; ya me callo.

– ¿Por dónde iba…? ¡Ah, sí…! Yo sólo disponía de tres nombres con sus respectivos apellidos. Empecé, como ya te he dicho, por Víctor, Víctor Manuel González Ortiz. Ahí tuve que recurrir por cojones a mi primera suposición: el tal Víctor tendría algún hermano o hermana, con lo que me encaminé a una sucursal de Telefónica para apuntar los números de teléfono de todos los apellidados González Ortiz que vivían en Madrid; tuve suerte, en el tomo de la ‘A’ a la ‘K’, en la página 1096 había sobre setenta personas apellidadas así; pocas para lo que yo había previsto.

– Tío, estás como una puta regadera…

Sin decir nada, tan sólo con la mirada reprobatoria que Pedro envió directamente a los ojos de Fernando, éste supo inmediatamente que no debía interrumpir el relato de su amigo con más gilipolleces de ese tipo si quería seguir saciando su curiosidad. Con un gesto, tipo defensa central que acaba de hacer una entrada asesina al delantero del equipo rival y se disculpa ante el árbitro con cara de pero-si-yo-no-lo-he-tocado para de esa manera evitar que le saquen la tarjeta roja, Fernando pidió disculpas, a la vez que dio también a entender que no osaría intervenir ni una sola vez más a destiempo.

– Bien, prosigo. Luego entré en una cabina, no sin antes dejar de avisar a la encargada sobre la cantidad de llamadas que con toda probabilidad necesitaría. Comencé a llamar. La verdad es que resulta un poco desesperante llamar y llamar sin obtener la respuesta esperada. Iba señalando también los teléfonos en los que no me contestaban, o en los que respondía el dichoso contestador automático. Eran casi las diez de la noche, y ya estaban a punto de cerrar, cuando obtuve el premio merecido a mi perseverancia. ‘¿El señor González Ortiz?’, pregunté mecánicamente; ‘No, se confunde. Yo me apellido así, pero soy señora…’, contestó una chica con un tono de voz entre confuso y condescendiente; ‘¡ah!, sí claro, perdone… es que necesito una información; es algo urgente…’, y le pregunté directamente si tenía algún familiar llamado Víctor Manuel; ‘Sí, mi hermano… … pero murió hace dos años y medio… en un accidente de tráfico…’ ¿Te das cuenta? ¡Había conseguido llegar hasta él!

Activé mis neuronas y pensé en algo que pudiese llevarme, sin infundir sospechas, hasta Aurora, que así se llamaba la hermana del tal Víctor, que, por cierto, está buenísima, tiene unas pedazo tetas de la hostia, y un cuerpo…¡vaya cuerpo, tío!… Bueno, pero a ti eso ni te va ni te viene…

– Ya sabes que a mí me llaman más la atención un buen par de bultos muy distintos… aunque no los cate… pero, venga, tío; ¿a qué viene ese inciso ahora? Sigue, joder… no pares ahora, que ya no me quedan uñas.

– Vaaaale… Después de disculparme diciendo que sentía mucho lo de Víctor y todo ese rollo al que se suele recurrir en estos casos fingiendo seriedad y compungimiento, le dije que ya lo sabía, que yo era primo de José Antonio Valero, otro de los que palmaron en el accidente de marras, y que necesitaba urgentemente algunos datos para ver si podía esclarecer de una vez por todas el asunto de aquel misterioso accidente que, como ya sabes, no había quedado nada claro en el informe pericial.

– ¿Yo? ¡Yo qué voy a saber!

– Sí, hombre, te lo conté desde Palencia, ¿no?

– ¡Qué coño me ibas a contar, si sólo me diste detalles por alto…!

– ¿Ah! Yo creía que… pensaba que ya te lo había contado. Pues nada, que no se sabían las causas del accidente; el Ford Fiesta invadió el carril contrario de repente, sin que fuese una maniobra de adelantamiento ni nada, justo cuando venía un camión de frente… y lo mas alucinante es que siguió en línea recta y acelerando durante unos segundos hasta darse de bruces contra el camión. Los posteriores análisis de sangre no dieron señales de consumo de alcohol, ni de ningún tipo de sustancia alucinógena. Nada de nada. El coche, que no era más que un puto montón de chatarra oxidada, no tenía ni seguro, y los papeles se habían extraviado todos, absolutamente todos… Joder, nadie figuraba como propietario del maldito coche rojo. Todo extraño, demasiado extraño como para encontrar una explicación coherente. Pero, bueno, ahí tenía yo mi punto de unión con la hermana de Víctor… Quedamos en vernos al día siguiente, en una cafetería del centro comercial de La Vaguada. Ella llevaría puesta una gorra a cuadros blancos y negros para que así pudiese yo reconocerla. Llegué media hora antes, a las once y media – habíamos quedado a las doce. Sobre las doce y diez, cuando ya comenzaba yo a impacientarme un poquito temiéndome que no viniese, apareció radiante, con su gorra a cuadritos – como ya te he dicho, la tía está más que buena… vamos, capaz de estimular hasta la imaginación más reacia a las practicas masturbatorias, y ya casi se me estaba olvidando el motivo real de aquella entrevista -; mis neuronas comenzaban a trasladarse a pasos agigantados hacia mis genitales… Pero desperté, y llamé de inmediato su atención levantándome del asiento que ocupaba haciéndole gestos ostensibles con mi mano derecha. Al verme, vino muy sonriente hasta mi mesa, nos presentamos y comenzamos a charlar con una fluidez impropia en dos personas que acaban de conocerse… Bueno, espera, que voy a encender un pito… ¿Quieres tú uno?

– No, gracias, no fumo… entre semana.

– ¡Coño! ¿Y eso?

– Pues ya ves, empecé a fumar algún que otro cigarrillo, desde el día aquel en que me contaste la historia de Ingrid… ese día fumé mi primer cigarrillo. Pero nada, sólo fumo cuando salgo de marcha los fines de semana…

– Así se empieza; ya verás, dentro de unos meses serás un fumador en toda regla, como todos los que fumamos… Un cliente más para Philip Morris.

– No sé; ya veremos… aunque creo que lo puedo controlar, al menos de momento.

– ¡Ya te digo!

– ¿Y eso…?

– ¿Eso qué?

– Eso de ‘ya te digo’

– ¡Ah! Te refieres al ‘ya te digo’… Joder, que acabo de llegar de Madrid, y por allí todo el mundo lo dice; es una coletilla muy pegadiza.

– Pues anda que si llegas a estar un mes en Madrid…

– Ya sabes, tío, hay que adaptarse, ¿no?… Venga, sigo, que si no nos van a dar aquí las mil y quinientas… Después de hablar con ella, con Aurora, un buen rato, me contó que su hermano Víctor aún hacía COU cuando ocurrió lo de su accidente, que había dejado de estudiar unos años antes en 3º de BUP, y que había decidido retomar sus estudios ante la agobiante falta de trabajo y todo eso… Por delicadeza no mencionamos mucho lo del accidente – recuerda que yo estaba representando el papel de primo de José Antonio -, sólo me dijo que ella sabía lo mismo que podía saber yo sobre lo ocurrido…Sí que le pregunté si sabía a quién pertenecía el Ford Fiesta. Me contestó que, por lo que ella había oído, conducía su hermano en el momento del accidente, y que el cochecito de marras no era de ninguno de los tres. ‘Ya, ya sé que de mi primo no podía ser’, me di prisa en replicar ante el temor de que ella descubriese mi trama. Quizás me estaba excediendo en mi celo por pasar por primo de José Antonio Valero, pero nunca se sabe, mejor sobreactuar que quedarse corto… aunque, bueno, si se llega a los límites de James Dean, casi es mejor ser entonces Victor Mature, el rostro sin gestos… ¡Mi madre! Vaya una fuga de olla más tremenda…¡Céntrate, Pedro! El caso es que ella me dijo, después de mi lamentable inciso, que a su hermano el coche se lo había prestado una amiga el día antes del accidente, que ellos se dirigían a Llanes para pasar unos días con un amigo de Oviedo. Pero, ¡oh maldita mala suerte!, no sabía ni ella, ni nadie a quien ella conociese, cuál era la identidad de aquella amiga. Una amiga, sin más. La amiga misteriosa. Ya, ya sé lo que estás pensando. Ingrid, ¿no? Who knows, Fernando! Who Knows!… … … … Nos despedimos hasta siempre, ya que ella, palabras textuales, tenía que ir a comer con su marido. ¿Te das cuenta…? ¡Con su marido! ¡Qué putada! Estaba casada la muy zorra… aunque ese simple hecho no hubiera supuesto ningún impedimento para un buen polvo… al menos por lo que a mí respecta… … De este breve encuentro con Aurora, por lo menos pude sacar algo en claro: mi siguiente idea: visitar el instituto en el que había estudiado Víctor, ni más ni menos que el famoso ‘Ramiro de Maeztu’, en Serrano… sí, ho, famoso por lo del baloncesto… el equipo de Estudiantes… ya veo que de baloncesto ni puta idea.

– No, ni puta idea de baloncesto… ni de ningún otro deporte.

– Joder, mira que eres raro… Bueno, pues resulta que ese instituto con nombre de escritor fascista es conocido por estar relacionado con un equipo de baloncesto de Madrid. Joder, eres un auténtico analfabeto del deporte…

Bien, pues después de llenar mi estomago con mogollón de basura en forma de asquerosa pizza, me dirigí al citado instituto para ver si me podían facilitar la lista de alumnos de 3º de BUP del curso 87-88, que, habiéndolo calculado con lo que me había dicho Aurora, debía ser el curso en el que el menda ese dejó de estudiar – aunque no definitivamente, ya que eso sucedió gracias al accidente…- Al principio, en secretaría no querían darme la lista; pero, sobre la marcha, me inventé una buena excusa diciendo que yo era José Antonio Valero Valle (supuse que éste también habría estudiado allí), y que quería reunir a la gente de esa promoción para hacer una cena de reencuentro… todo muy americano, ¿no te parece?

– Sí, desde luego.

– Sí, como viajar a ‘Texasville’ desde ‘The Last Picture Show’.

– ¿Qué…?

– Sí, hombre, las dos pelis de Peter Bogdanovich con Cybil Shepherd, Jeff Bridges, Timothy Hutton… La primera es del ’72 o por ahí, y rodó la secuela veinte años después…

– No sé, ni puta idea… ¿Un futbolista, quizá?

– Joder, tú que eres un fan acérrimo de ‘Doctor en Alaska’, al menos deberías saber quién es Peter Bogdanovich… en el capítulo en el que Maurice encarga a Ed la organización de un festival de cine en Cicely, y éste va y se gasta todas las pelas en traerse al Bogdanovich… que hace de sí mismo…

– Sí, recuerdo ese episodio… pero no vi esas películas, ni sabía quién era ese Bog…

– Bogdanovich… Nada, olvídalo. Ya veo que de cine… El caso es que al final, gracias a mi perseverancia, me entregaron la dichosa lista de alumnos; entre todos los grupos sumarían unos doscientos, más o menos (tampoco me paré a contarlos). Revisé todos los nombres; allí estaban los tres accidentados, normal; pero antes, como iba siguiendo la lista por el orden alfabético de los apellidos, me encontré con mi primera sorpresa: Carril García, Javier Antonio… ¡Javi, tío! ¡Javi…!

– ¡La leche…! Tú amigo, ¿no?

– Ni más ni menos que el propio Javi…

– Oye, perdona un segundo, pero es que te vas a quemar con el pito, que está a punto de llegar a la altura de tus dedos.

– ¡Hostia! Ni me acordaba ya del puto cigarro – Pedro hace un mínimo intervalo para apagar ese cigarrillo consumido por auto-ignición – Pero esa no era la única sorpresa. Una vez que había encontrado al último de los que yo estaba buscando, Vázquez González, Antonio José, por curiosidad continué revisando nombres en la lista… hasta que llegué a Zamudio Frías, Ingrid. ¡También estaba la ínclita Ingrid entre los estudiantes de 3º de BUP de aquel curso…!

– ¡No jodas…! ¡Vaya fuerte! ¿No?

Se hace el silencio entre los dos contertulios, el que cuenta la historia vivida y el paciente receptor. Perece como si lloviesen multitud de preguntas sobre cada una de las dos mentes pensantes que comparten mesa en un solitario café del centro de Oviedo. Fernando siente que él debe ser el que rompa el fuego, para lo cual lanza al aire la más que evidente pregunta.

– Entonces, ¿qué relación podrían tener Javi e Ingrid entre ellos… y con los del accidente? Porque lo que sí que está muy claro es que todos se conocían… Seguro que ella es la amiga que les dejó el coche. Yo creo que ya casi se podría asegurar con rotundidad.

– Hombre, Javi… no sé, era un tío muy cerrado, casi nunca quería hablar sobre su pasado… no parecía haber dejado muchos amigos en Madrid… Joder, ni siquiera me había contado que había estudiado en el ‘Ramiro de Maeztu’… y eso que vimos juntos algún partido del Estudiantes… … Sobre Ingrid y los otros tres he llegado a elaborar mi propia teoría: creo que fueron los que la habían violado en los vestuarios del instituto. Por lo que puedo recordar con claridad, ella me había dicho que su novio, el primero en actuar y luego instigador de los otros, se llamaba Víctor… No sé, es sólo una mera intuición, en la lista había otros cuatro o cinco llamados Víctor… puede que el coche sea una señal, un lazo de unión entre ellos. Pero si fueron esos tres los que la violaron, no creo que Ingrid les hubiese dejado prestado el coche… no creo que pudiese considerarse más como una amiga de ellos. O puede que sí, que les hubiese prestado el coche… y que de ahí se derivase el accidente… ¡Joder de dios, yo qué sé!

– Puede que alguna de esas conjeturas tuyas esconda la verdad de lo ocurrido… pero eso sólo lo podría aclarar Ingrid; por cierto, ¿qué pasó, aparte de lo que ya me contaste que te dijo Erik, cuando fuiste a visitar a su familia?

– Es que eso es lo mas acojonante de todo… es como si Ingrid no hubiese existido nunca, como si nunca hubiese vivido en aquella casa; no había ni rastro de ella … … ¡Hostias, la foto!

– ¿Qué foto?

Y sin dar contestación, Pedro se levanta de la mesa y sale corriendo de la cafetería. Fernando, una vez repuesto del sobresalto inicial, sale tras la estela de su amigo. Ninguno de los dos se acuerda de pagar las consumiciones, pero el camarero tampoco puede reaccionar a tiempo, tan sólo se queda allí de pie, tras la barra del bar, secando tazas de café recién salidas del lavavajillas. Fernando observa, al salir, que Pedro ya ha cruzado la calzada y que se dirige hacia su casa; él, en cambio, tiene que esperar a que el señor verde del semáforo se digne a aparecer de nuevo para poder cruzar… Transcurridos diez minutos, Fernando llega a la altura del portal número treinta y seis de la Calle Fray Ceferino y, aprovechando que salía una vecina, entra y sube en el ascensor hasta el sexto piso para comprobar, una vez que el elevador se ha parado en su punto de destino, que la puerta del piso con la letra C está abierta de par en par. Duda por un instante, pero al final decide adentrarse sin dar señales sobre su presencia en la jungla de aquella intriga. Recorre todo el pasillo hasta llegar a la habitación de su liado amigo; vuelve a dudar, aunque menos en esta ocasión, y da dos pasos, con lentitud, hasta llegar a una posición desde la que puede ver el interior. Allí está Pedro, sentado sobre la cama, en actitud relajada y riéndose con sus labios, que no con sus ojos, ya que éstos se encuentran mirando al infinito.

– Pedro, ¿qué pasa?

No recibe respuesta todavía.

– Vale, si quieres estar solo entonces me voy. Ya te paso a buscar mañana para ir a clase.

– No, espera un momento.

– No, hombre, que me da igual. Ya me contarás lo que te sucede… si te apetece, claro.

– ¿Recuerdas aquella foto, la única que tenía de Ingrid… la de la boda de mi prima?

– Sí, claro que la recuerdo.

– Pues ha desaparecido… sencillamente ha desaparecido… porque sí… ¡¡Joder!!

– ¿Cómo…?

– Que se ha volatilizado… La guardaba en este cajón de mi mesilla y, como podrás observar, están todas mis cosas menos la maldita foto. Esto se va complicando cada vez más.

– ¿No te la habrá cogido alguno de éstos para gastarte alguna broma o algo así?

– No, no creo. Esto es como una reacción en cadena, pero una reacción sin ningún tipo de lógica científica… tampoco están las cartas que ella me había escrito… ni una sola, ni una…

De nuevo reina el silencio compartido, que sólo se interrumpe cada vez que Pedro enciende un pitillo. Fernando piensa que, total, por una foto y unas cartas, tampoco hay porque ponerse así; de la foto ya hará una copia, que sólo es cuestión de pedir el negativo a quien la hubiera tomado… lo de las cartas ya resulta un poco más complicado… pero, en definitiva, tan sólo supone una complicación más, una más que añadir a todo el cúmulo de ellas que se iban presentando una tras otra, una tras otra… y sin previo aviso.

… DE LA VIDA XLIX…

XLIX.

Si tuviese que decidir en este mismo instante cuántos amigos he tenido a lo largo de mi aún corta existencia, con toda seguridad nombraría a tres: Simón, Javi (a pesar de los pesares, y a pesar de sus errores pasados… errores que jamás podrá – ¿podremos? – ya subsanar) y Mariano. (Ingrid fue algo más que una amiga, una simple y pura amiga entendida desde la “sencillez” que se le presupone al concepto de amistad en todas sus vertientes y ramificaciones… por eso no la puedo incluir aquí.) Y al decir ‘amigo’, me refiero al concepto de amistad en toda su extensión: compartirlo todo sin exigencias de ningún tipo, sin intereses creados, compartir hasta una chica si la ocasión lo requiere. Puede que Fernando llegué algún día a ser un gran amigo, pero eso es algo que se acaba forjando con el tiempo, y, realmente, hace poco tiempo que nos tratamos… y, desde luego, lo de compartir una chica con él…¡Cómo para intentar un trío!

De los anteriormente citados, la muerte me ha separado primero de Simón, y luego de Javi, con lo que, aplicada la correspondiente resta, sólo me queda Mariano; aunque tampoco sé realmente si sobrevivirá a su matrimonio… ¡Qué chungo!

Mariano Farelo, ‘Tocinín’ – mote curiosamente no heredado de sus predecesores, a nivel de árbol genealógico, sino que ganado a pulso gracias a sus sempiternas meriendas consistentes en bocadillos de tocino frito -, es un hombre tranquilo, más incluso que el John Wayne que vivió en Innisfree al lado de Maureen O’Hara; demasiado para mi gusto; pero eso no es malo, no, tan sólo un poco atosigante para los que lo conocemos de siempre.

Hace dos años – ¡qué lapidación en vida! – se casó con su última novia, Cristina Polledo, la hija del zapatero de la plaza al que apodan ‘El Túzaro’. Fui a la boda de mi amigo Mariano con ‘La Túzara’, aunque rechacé tajantemente, y con suma alevosía, la proposición indecente que él me había hecho: ser el padrino. No me gustan los protagonismos que generan este tipo de acontecimientos; no me gusta el matrimonio; odio la monogamia como símbolo de continuismo de la sociedad basada en lo que ‘ellos’ llaman la célula familiar. No lo entiendo, ¿por qué tiene que acabar así uno de los mayores folladores de Cacabelos…? ¿Por qué renunciar así, de golpe y porrazo, a uno de los mayores placeres que la vida puede deparar a un hombre: la conquista de una mujer tras otra? No hallo respuesta alguna, aunque puede que el sinfín que nos lleva haya traicionado miserablemente a mi amigo…

Conozco a Mariano desde que íbamos a párvulos, pero empezamos a ser compañeros de pandilla, de juegos, que no amigos (creo que ya he explicado – o intentado al menos – cuales son los pilares que sustentan la amistad), a los doce años. Yo estaba a punto de jubilarme de mi labor como monaguillo, que las nuevas generaciones venían apretando fuerte, y Miguelín, el de ‘La Frasia’, y yo comenzábamos a padecer la llamada de las glándulas en forma de visible bozo entre nuestra nariz y labio superior; vamos, que ya no estábamos presentables, aún sin nombrar el peligro de pecado mortal que nos acechaba sigiloso si aquello que cada poco se ponía tieso, en principio sin razón aparente, se llegaba a hacer perceptible bajo nuestras casullas blancas de castos monaguillos – algo que más de una beata, de las que en continuas misas perdían el tiempo, hubiera deseado, en primer lugar, para escandalizarse a gusto y así descargar toda su rancia adrenalina; y en segundo, para, después del visible escándalo, poder recurrir a alguna parafílica fantasía con la que aprovechar todos esos fluidos malgastados en manchas amarillentas sobre sus bragas.

Mi madre aún me hacía vestir pantalones cortos, de niño, durante todo el año. En verano se agradecía, pero en invierno, con las heladas, suponía un verdadero suplicio que dejaba mis pantorrillas, rodillas y muslos sin apenas circulación sanguínea, al borde incluso de la gangrena en algunas ocasiones. Por suerte, o desgracia para los demás, no era yo el único que padecía esa tortura; era como una especie de tradición secular de los pueblos de la región, que se mantenía, quizá por miedo al cambio, o porque ninguna madre se atrevía a dar el paso inicial, en los primeros años de la transición política. Angustias, mi madre, fue una de las pioneras; ¡con qué satisfacción empecé yo a ir a clase en el colegio con mi primer par de tejanos…! Y todo gracias a ‘Tocinín’…

Solíamos jugar por las tardes, después de salir de la escuela, a algo que llamábamos ‘cintalabrea’, palabra de la cual desconozco exactamente su etimología; aunque pienso que ‘cinta’ se refiere con toda seguridad a cinturón, y ‘brea’ a (valga la redundancia) la ‘brea’ que nos dábamos… los golpes… las hostias; y me explico: en el juego se sortean entre todos los contendientes dos roles, uno el de ‘la madre’(o persona que maneja a su antojo todo el desarrollo del juego), y el otro el de ‘perseguido’ por los demás, el cual cuenta además con unaaa… llamémosla ventaja, que consiste en que puede utilizar un cinturón para defenderse y arrear cintazos (‘brea’, repito) a todo el que se le ponga por delante. Al grito de ‘¡cintalabrea!’, proferido por ‘la madre’ del juego, el ‘perseguido’ podía correr a los demás procurando asestar el mayor número de latigazos con su arma sujeta-pantalones, pero sin descuidarse ni un ápice, ya que al grito de ‘¡oreja!’, que ‘la madre’ corea cuando le viene en gana, el resto de participantes pasaba al ataque intentando capturar al paria para darle unos buenos tirones de oreja; y así sucesivamente hasta que se oía ‘¡oreja pa casa!’, grito que daba paso a la batalla final: uno intentando librarse del acoso corriendo hasta la posición que ocupaba ‘la madre’ y así ganar el juego, y los demás tratando de capturarlo y llevarlo asido de la oreja ante la insigne presencia de ‘la madre’, el dios de ‘cintalabrea’. Un juego cruel, pero divertido. Ni que decir tiene que los que más corrían tenían siempre todas las ventajas; desde luego, yo en ese menester era de los más negados, por no decir el que más…

Una fría tarde de noviembre – la recuerdo bien ya que era el cumpleaños de mi madre -, después de sortear cada misión entre los allí presentes, a Mariano le tocó ser ‘el perseguido’, a Miguelín el papel de ‘madre’, y yo, junto con los cuatro restantes, a esperar órdenes. Pues bien, si Mariano era de los que más rápido corrían, y yo, entre el grupo de supuestos perseguidores era, con diferencia, el de menor punta de velocidad, y teniendo también en cuenta que en aquellos días Miguelín estaba un poco enfadado conmigo por culpa de unas hostias – pan divino – que yo me había comido irresponsablemente antes de que él ayudase en misa, os podéis entonces imaginar como acabó todo aquello: ‘¡cintalabrea!’, gritó Miguelín, y, en menos de cinco segundos, Mariano llegó corriendo hasta mi altura para dejar mis desprotegidas piernas como la espalda de Kunta Kinte cuando intentaba por enésima vez escapar del ‘masa’; todo ello con la complicidad del cabrón de Miguelín, que, para su regocijo, no se dignó a cambiar el rumbo del juego… Dos días más tarde aparecí en clase con un par de tejanos marca ‘Lois’ provocando la sana envidia de todos mis compañeros.

La consecuencia hizo que me olvidase un poco de la causa, que no era otra que Mariano – con el descarado consentimiento de Miguelín, bien es verdad -, el torturador del alelado Pedro. Creo que desde ese día comencé a sentir un cierto aprecio por el causante de mi cambio de aspecto, aunque sin olvidar que, a la larga, tenía que vengar la afrenta sufrida. Ese sentimiento siempre nos queda grabado en alguna neurona que se puede activar cuando menos te lo esperas – si con Tacho, ‘El Mangas’, no se activó en mi interior, creo que se debió a que la situación era totalmente distinta: no es lo mismo un ensañamiento injustificado, sólo por aprovechar la debilidad del oponente, que cantarle las cuarenta al que crees que se ha comportado como un puto chivato -. La venganza siempre tiene un componente pragmático que, de forma inconsciente, aflora cuando ves delante la oportunidad; y yo la tuve… ¡vaya si la tuve!

Como una buena ensalada, la venganza debe servirse fría, bien fría. Habían transcurrido tres meses desde aquel suceso, y el juego de ‘cintalabrea’ había pasado al ostracismo; la moda imperante en los primeros días de la primavera del ’82 era un juego al que en mi pueblo denominábamos ‘pico, pala, puño’ – también conocido como ‘cuchillo, tijera, ojo de buey’ o ‘chorro, morro, pico, taina’ en otras isoglosas. La descripción del juego de las tres ‘pes’ es muy sencilla: se hacen dos equipos con el mismo número de competidores en cada bando – cinco es el número ideal -, luego se sortean los roles, según los cuales, un equipo debe situarse de forma encadenada contra una pared, en la que el árbitro se encarga de sujetar entre sus manos la cabeza del que se coloque en primer lugar; una vez que éste está agachado y situado, los demás, por orden, se van enganchando sucesivamente cada uno al anterior, colocando la cabeza entre las piernas del que le precede, a la vez que, para poder mantener la estabilidad y así poder hacer más fuerza, se agarra con las manos a su cintura; y el otro equipo debe saltar, de uno en uno, sobre ese sucedáneo de plinto. Cuando el equipo receptor está ya preparado, el juez da la orden para que el equipo atacante vaya saltando, como ya he mencionado: uno por uno, a lo largo de ese plinto humano; lo normal es que, llegados a este punto, haya discusiones de poder para establecer quién salta el primero; aunque siempre hay que rendirse a la evidencia: yo, la antítesis de la flexibilidad – desde luego, se puede decir que ‘lo tenía todo’ -, por lo general iba en uno de los últimos turnos. Si alguno de los atacantes tocaba el suelo, o se caía, cosa que ocurría con relativa frecuencia, ya que era muy normal desequilibrarse en el aire al intentar dar un gran impulso para llegar lo más lejos posible y así dejar suficiente sitio para los demás, entonces se perdía el turno de ataque y se cambiaban los papeles entre los dos equipos. Pero, por el contrario, si se hundía el plinto receptor, entonces los perdedores eran estos últimos, y vuelta a empezar. Cuando conseguían saltar todos los de un equipo y el receptor mantenía su estabilidad, uno de los que estaban encima hacía con una de sus manos un gesto que representaba uno de los tres símbolos del juego: ‘pico’, con el dedo índice; ‘pala’, con la mano abierta y extendida; y ‘puño’, con el puño cerrado; todo ello sin que ninguno de los que aguantaban a pie firme bajo todo ese peso pudiese verlo, ya que sólo el árbitro podía tener acceso con su vista a la secreta señal, para, a continuación, preguntar a los sufridos portadores: ‘¿pico, pala, puño?’, a lo que éstos contestaban con suma rapidez cualquiera de los tres. Si acertaban, se cambiaban las tornas; si no era así, pues nada, a seguir padeciendo sobre sus espaldas todo el peso corporal de los rivales.

Ese sábado, el de la ‘venganza’, Mariano estaba en un equipo y yo en el contrario. Nos tocaba saltar a nosotros (ya llevábamos siete turnos seguidos saltando, y todo gracias a Manolín, ‘El Moucho’, que a sus trece años, pesaba ya la friolera de noventa y seis kilos), y lo que hacíamos era muy sencillo: dejábamos que fuese él el iniciador, el primero en tomar carrerilla y abalanzarse con todo su peso y toda su saña – que mala hostia no le faltaba al animal del ‘Moucho’ – sobre el temeroso potro, que no hacía más que desarmarse una vez tras otra ante tal avalancha. Pero, claro, los demás nos estábamos ya aburriendo un poco por no participar, aunque sí que nos habíamos reído un rato largo viendo como se desplomaban los rivales bajo el peso del ‘Moucho’, con lo que decidimos, tras una corta asamblea, cambiar el orden de saltadores. A mí me tocó el tercero. Mariano estaba situado en cuarta posición en la cadena de cinco que formaban la pista de nuestro aterrizaje. Saltó Toño, luego Miguelín – ya nos habíamos amigado -; hasta ese momento todo perfecto, los compañeros estaban bien colocados; habían caído en una posición bastante estable, con lo que los tres restantes contábamos con el espacio suficiente para situarnos a toda la larga sin excesivos agobios. Ya era mi turno… pero antes de empezar mi carrera, como por instinto, recordé el día en que ‘Tocinín’ se había ensañado injustamente conmigo, con mis pobres piernas, utilizando su cinturón negro de cuero. ‘¡Venga Pedro, salta ya, hostia!’, me recordó Toño, que comenzaba a tener serios problemas de sujeción en la parte delantera del potro. Sin más demora, eché a correr como un poseso, con una idea fija en mi mente: venganza. No sé ni cómo lo hice, pero caí a plomo sobre la espalda encorvada de Mariano a la vez que le propinaba una fuerte patada en toda la cara, en la que hice estallar toda mi rabia… y un perro rabioso necesita imperiosamente morder, morder… Ni siquiera me preocupé de asegurar mi propia estabilidad ya que acabé en el suelo, lo mismo que Mariano, sólo que él sangraba abundantemente por su nariz… Joder, ¡se la acababa de romper! Todos vinieron a por mí, a echarme una buena bronca, mientras yo trataba en vano de justificarme: ‘jolines, no pude hacer otra cosa… perdí la estabilidad…’. Nadie me creyó. Sólo Mariano, que agarraba su maltrecho apéndice nasal con el propósito de interrumpir cuanto antes aquella escandalosa hemorragia, dijo que allí no había pasado nada, que aquello no eran más que lances del juego, y punto. Desde ese día nos convertimos en amigos inseparables… Y no penséis que mi pueblo es como el del chiste de Gila, el de ‘pues si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo…’, no; se trata sólo de cuestiones personales e intransferibles, no de que seamos brutos por naturaleza… aunque, bien pensado, sí que lo somos un poco, pero sólo un poco…

Por eso creo que puedo entender, sin entrar en razones o divagaciones varias, el significado de una venganza, la rabia que la provoca, la ‘bacteria’ que la transmite… cómo acaba finalmente por insertarse entre nuestros pensamientos más recónditos, los que pertenecen al mundo del sueño, al mundo de nuestros actos más imprevisibles… al diccionario mental de nuestras conscientemente ajenas psicopatías… Por eso podría llegar a entender a Ingrid, aunque no quiera ni pretenda justificar ante mí ni ante nadie todo lo que sucedió aquel domingo de madrugada, todo lo que nos encaminó (y me incluyo, ¿por qué no había de hacerlo?), como conducidos por mil y un demonios de la medianoche, enloquecidos, hasta aquel fatídico día. Ingrid… Ingrid… … ¡Ay, Ingrid…! ¡Quién te entienda que te compre!

En resumen (y para no ponernos tiernos), cada uno entiende la venganza a su manera… Una vez yo le confesé a Mariano que aquel día le había propinado la patada a propósito con el afán de saldar una vieja cuenta pendiente, la de ‘cintalabrea’. ‘Ya lo sabía, gilipollas’, fue lo que me respondió, a lo que yo, en un alarde de reflejos mentales, contraataqué: ‘también yo sabía que tú lo sabías, ¿o qué te crees…? Sólo quería darte la satisfacción de que pudieses oírlo de mi boca’. No me dio más contestación, aunque sí que me sonrió mientras con su mano derecha se acariciaba levemente su torcida nariz.