LA VISTA ATRÁS – V

V.

El dieciséis de febrero de 1960, Remedios le dijo a Álvaro que no pasara ya más a buscarla, que ya no quería seguir saliendo con él. Álvaro pareció no entender el porqué de aquel repentino y brusco rechazo. Tampoco ella le dio ningún tipo de explicación. Para qué, si nadie, absolutamente nadie en el pueblo, ni hombre ni mujer, daba ninguna explicación a su pareja cuando había llegado el momento de la definitiva despedida. Álvaro volvió a las andadas, a hablar solo, a meterse dentro de su cascarón de acero, el que nadie de fuera podía siquiera llegar a resquebrajar mínimamente. Doña Asunción volvió a sufrir en silencio por su hijo pequeño; y Antonio, sorprendentemente, cuando parecía andar rondando a Eufrasia, la de los “cereixais”, empezó a salir con Remedios la “morraña”. ¿Por qué razón ésta aceptó a Antonio tan solo un mes y unos días después de haber mandado a la mierda a su hermano Álvaro, del que parecía estar más que colada por sus huesos? Muy sencillo, así podía estar cerca de su verdadero amor. No había dejado de amar a Álvaro, pero no podía soportar sus brusquedades, sus repentinos ataques y acosos de tipo sexual. Un día Álvaro era el ser más encantador del mundo, pero al siguiente una fiera en busca de su presa; casi no hablaba, no le interesaba mantener ninguna conversación con ella; en cambio sí que sus dedos iban directos al grano, directos a sus pechos, al límite entre sus bragas y su piel; bajaba su mano y jugueteaba con su coño hasta que éste se humedecía lo suficiente, luego sacaba de allí su mano y olía el dedo impregnado del profundo y excitante olor a hembra. Remedios no sabía por qué ella se ponía así, por qué se encontraba en un estado tal de sofocación y tan fuera de sí cuando su novio se propasaba de aquella manera. Le gustaba y le asustaba al mismo tiempo. El día quince de febrero de 1960, sábado, para más señas, Álvaro cruzó ilegalmente la frontera de su amada. Se encontraban, como casi siempre que salían al baile, en el callejón que había en la Plaza del Generalísimo entre la casa del “pajuela” y la de los “cereros”, familias ricas del pueblo ya venidas un poco a menos. Esa noche, en vez de olisquear su dedo anular después del recorrido de éste por los vericuetos de la vagina de su pretendida, Álvaro dio un importunado paso adelante: se bajó los pantalones, asió con fuerza las piernas de Remedios la “morraña” a la altura de los muslos, las alzó hasta llegar a una altura en la que era posible que ella apoyase las plantas de sus pies en la pared que le quedaba enfrente; calculó con tiento, y sin dejar que ella reaccionase aún de su orgasmo anterior – ella no sabía que aquello que le hacía perder el sentido era, nada más y nada menos, que un simple orgasmo -, y empujó con un certero movimiento de su pelvis hasta que su impaciente mensajero entró de lleno en el jardín prohibido de la muchacha. No hubo violencia. Sólo unas pocas gotas de sangre recorrieron sinuosas el interior de los muslos de Remedios, prueba inequívoca de su pureza hasta ese momento. Luego, Álvaro se disculpó torpemente mientras subía sus pantalones y se los abrochaba con poco tiento. La acompañó, como hacía todos los días desde hacía ya casi dos años, hasta la puerta de su casa. Iba a darle un beso en los labios, pero ella lo rechazó y, sin decir palabra, entró en casa sin pararse siquiera a encender la luz de la escalera. Al día siguiente ya no lo recibió.

Y el resto, entre el sabor de las cerezas y el misterioso ciclo de la vida, que con su mano que obedece a mil cabezas al mismo tiempo, nos va empujando hacia el infinito, ya no es más que historia, pura y simple historia.

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LA VISTA ATRÁS – IV

IV.

– Sentí en el alma lo de Remedios, Antonio.

– Ya.

– El destino nos juega a veces estas malas pasadas.

– Supongo.

Quizá Álvaro estaba intentando justificarse ante la opinión de su hermano mayor, pero éste no parecía dispuesto a entrar en detalles, a responder utilizando más de una sola palabra en cada una de sus intervenciones. Álvaro ya conocía al detalle lo ocurrido aquel fatídico día de junio de 1961, el modo en que la pobre Remedios, tan joven y bella, había sucumbido al ritmo cadencioso pero cotidiano de la muerte. No podía ser morboso. No debía hurgar más profundo en la herida que su hermano parecía no haber podido cicatrizar en los casi treinta y cuatro años transcurridos desde la fecha en que se quedó viudo. No había suficientes plaquetas en todo el Universo para hacer postilla de su inmenso dolor.

Álvaro fue el primer pretendiente que rondó a Remedios la “morraña”. Ella no sólo se sentía, como es lógico, halagada, sino que respondía plenamente a todos y cada uno de los pasos que el pequeño de los “paparranes” iba dando en su planteamiento de seducción, no excesivamente románticos, pero sí distintos a los utilizados por el resto de mozos casaderos del pueblo, que consistían, mayormente, en acercarse al patriarca de la familia de la pretendida para pedir permiso. Al menos se besaban y se metían mano a conciencia, a escondidas, protegidos por la falta de iluminación – norma habitual en las noches invernales en los soportales de la Plaza por aquel entonces aún del Generalísimo -. Y eso ya era algo.

Angustias la “carretona” se ponía en evidencia cada vez que su camino se cruzaba con el de Álvaro el “paparrán”. Él lo había notado desde que eran unos críos y compartían juegos con los demás niños del barrio, y siempre se había aprovechado de esa debilidad de su oponente para hacerla sufrir un poquito más cada día. Le parecía raro que una chica mayor que él bebiese por sus vientos tan a la vista de todos. La miraba con ojos que delataban algo más que mutuo respeto, y Angustias vivía y se desvivía con la ilusión de casarse algún día con aquél que constituía su amor platónico. Cuando llegó cabrón el sufrimiento, su padre, Eutiquio el “furraxo”, le dijo que nunca debía haberse puesto en evidencia, que eso sólo lo hacían las mujeres de mala vida. Sufrió en soledad su desgracia. Ya no estaba su hermanastro Carlos a su lado. Él había huido del pueblo a no se sabía aún dónde. Estaba ya resignada Angustias a vestir santos, a ser una más dentro del grupo de solteronas que iban diariamente a misa con un rosario de cuentas negras y un misal entre sus entrelazadas manos. Hasta que apareció Aurelio en escena y la salvó de la quema. Ambos se casaron con la treintena cumplida y bien cumplida. Martín, el mayor de los hermanos de Aurelio hizo las veces de padrino; Anuncia, la mujer del “Stalin”, Ramón de nombre, las de madrina.

Por aquel entonces, Álvaro ya había emigrado, y Remedios la “morraña” ya había fallecido, dejando viudo prematuramente al hermano mayor de Álvaro, Antonio el “paparrán”.

– A ti gustába-che Remedios, ¿non?

– Sí… … Bueno, un poco… pero no congeniábamos del todo, ya sabes.

– Sí, sí, ya sei… ya sei.

Lo sabía, claro que Antonio sabía que Remedios había abandonado a su hermano Álvaro por culpa de los extraños cambios de personalidad de éste último. Pero él no se llegó a sentir jamás plato de segunda mesa. En realidad, no le dio tiempo a sentir casi nada por ella. Estaban empezando a conocerse el uno al otro cuando de repente apareció la Dama de la Guadaña y asestó un certero tajo en el cuello de la joven “morraña”. Ya estaba preñada de la semilla de Antonio cuando murió, pero eso nunca lo llegó a saber nadie. Ni siquiera ella misma había tenido en cuenta aún una falta de tan sólo cuatro días en su ciclo menstrual, por otro lado, muy irregular. Con su ausencia, Remedios se convirtió en la amada, por y para siempre, de Antonio el “paparrán”. El vacío de la casa pesaba como una losa sobre su ánimo, cada día, cada mes, cada año más. Se murió la madre, y eso no le importó tanto. Ya no tenía familia directa a su lado, y se centró en el campo, en su finca de cerezos ubicada a escasos metros de la iglesia de la Virgen de la Quinta Angustia. Llegó a odiar a su hermano Álvaro; llegó a odiarlo de corazón, pero de tanto corazón, ese odio se tornó amor fraterno desde la llegada del hermano pequeño del otro confín del mundo casi treinta y cinco años después de su agria partida. Colombia se había convertido en la segunda patria del menor de los “paparranes”; la primera seguía siendo, en la lejanía pero en el recuerdo constante, Cacabelos, su pueblo del alma. Y ahora estaban los dos hermanos sentados el uno frente al otro, bebiendo chupitos de buen orujo. Treinta y cinco años habían pasado, con sus días, sus noches, sus alegrías y desgracias; separados por miles y miles de kilómetros de agua salada, la mayoría, y también de tierra fértil a ambos lados. Hablaban de sus recuerdos, de todo lo que habían compartido, incluida Remedios la “morraña”.

… DE LA VIDA LX…

LX.

Escena final: Pedro e Ingrid en una sidrería de Oviedo; es un domingo de resaca, como casi todos; ambos protagonistas discuten en perfecta simbiosis.

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Sí, anda… vámonos a casa, que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– … Ya ves, me las recetó mi médico…

– Tú sabrás… No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; cómo si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche qué eran, ¿pastillas para la tos?

– ¡Anda la hostia…! El que nos tomemos algún ‘equis’ de vez en cuando no significa que seamos unos yonkis, unos adictos. Tú me aconsejaste sobre todo esto cuando te conocí; ¿ lo recuerdas?

– Claro que lo recuerdo, gilipollas. Pero, ¿recuerdas tú cómo eras cuando te conocí?

– Hombre, aún tengo buena memoria. Era un ser tremendamente gris, en un estado de ensimismamiento continuo… un gilipollas, en definitiva, para qué andar con rodeos.

– Tampoco sería para tanto… Tú eres bueno, eres buena persona; en eso sí que no has cambiado.

– Pero sí que ha cambiado mi actitud ante la vida, que es lo más importante… creo yo.

– Sois dos, el Pedro que ya es historia, Pedro uno, y Pedro dos desde los dieciséis hasta ahora… y que dure, ¿no?

– Sí, que dure. Sabes, eso de los dos Pedros me recuerda una historia que me contó hace un año y pico mi tío Carlos. Resulta que, cuando él era un chaval, se le apareció el fantasma de su madre, de mi abuela Dolores, la de la foto de mi habitación… al menos eso dice él.

– ¿Y tú te lo crees?

– Hombre… no, no del todo… No, no me creo ni una palabra. Además mi tío asegura que mantuvieron hasta una conversación y todo. Dice que ella le explicó una teoría sobre la existencia del ser a través del tiempo… No lo puedo recordar con exactitud, aunque sí que me habló sobre un rollo de cuatro fases en el devenir del ser humano: la primera, la vida en la Tierra; la segunda, como espíritu…

– ¡No me digas! – y en ese instante Ingrid se echa a reír a carcajada limpia, sin poder siquiera contener las lágrimas. Desde el hilo musical de la sidrería se puede escuchar a Alison Moyet cantando “I don’t know what’s going on, it scares me, but it won’t be long…” (No sé que está pasando, me da miedo, pero no durará demasiado…)

–  Joder, pues yo no le veo la gracia…

… DE LA VIDA LIV…

LIV.

Tengo por norma ir una vez al mes, como mínimo, a mi pueblo. No es que lo necesite, pero sí que me reconforta salir de mi burbuja, de mi absorbente rutina de estudiante universitario. En la actualidad, con mis padres todo va fenomenal; nada mejor que la distancia para enriquecer una relación paterno-filial que se mantenía bajo mínimos, que transcurría agitadamente discusión tras discusión dentro de un círculo vicioso del que resultaba difícil escapar. Tampoco puedo dejar de mencionar lo que supone de revitalizador para mi vacía despensa una de estas visitas: jamón, chorizos, botillos, conservas de pimientos, de tomate frito… vamos, que suministran parte de mi alimentación a base de productos porcinos y ricas hortalizas de la tierra berciana. (¿Alguien ha mencionado la palabra ‘colesterol?)

Después de lo de Madrid y de lo ocurrido con Gloria sentía en mi interior una aparente necesidad de calma existencial, con lo que me fui a Cacabelos a pasar un fin de semana, sin otra intención que la de disfrutar de no hacer nada, absolutamente nada, salvo tomarme unos vinos y unas tapitas con mis amigos por las bodegas del casco viejo, y, sobre todo, dormir, disfrutar de las horas de sueño sin que la conciencia tenga que estar lanzándote constantes avisos del tipo ‘tengo mucho que estudiar’ o ‘tienes que ir a la compra y luego hacer la comida’. De eso nada, sólo levantarse a la una y media, a las dos, y tener la comida puesta sobre la mesa. Vamos, como un rey, un puto rey de mierda. (Todos sabemos “abusar” cuando nos lo proponemos…)

Mariano Farelo, el conocido en nuestra niñez como ‘Tocinín’, al enterarse de mi presencia en el pueblo me invitó a conocer su piso de recién casado. Vaya una decepción; ¡qué piso, madre mía! Ni un solo indicio del más mínimo desorden, que yo tanto amo. Toda la decoración conjuntada, multiplicidad de figurillas de cerámica alineadas en los estantes del armario del salón, etcétera, etcétera. Pero lo peor, lo más humillante, principalmente proviniendo de uno de tus mejores amigos, fue la forma en que me agasajaron, sobre todo Cristina, su mujer, para que tomase un café con pastitas de té. Joder, es como visitar a un pariente que, de tanto insistir para que estés cómodo y tomes algo, acaba por agobiarte de tal manera que a los cinco minutos tu único deseo es salir pitando de allí. ¡Ni siquiera se podía fumar!, sólo en la cocina y con las ventanas abiertas de par en par… Pobre Mariano, antaño tan rebelde y ahora engullido por la hipócrita vorágine de un pueblo pequeño, que es el mío, sí, pero ante el que hay que saber ser crítico para poder analizarlo desde una distancia prudencial, y sin dejarte atrapar por su rueda de molino. Un día de estos voy a tener que hablar muy seriamente con él. No puedo quedarme tranquilo cuando una duda que me agobia desde el día en que me comunicó que se casaba se acrecenta más y más cada día que pasa: ¿será Mariano consciente de todo el lío en el que se ha metido? Porque él tenía otros proyectos muy distintos…

Mariano dejó de ser ‘Tocinín’ cuando se convirtió en un apuesto adolescente tras el que andaban como perras salidas casi todas las chavalas de Cacabelos y sus alrededores. (Se me nota un poco la envidia, ¿no? En realidad no eran perras salidas, tan sólo quinceañeras con ganas de conocer nuevas sensaciones, como debe ser…) Aunque se podría decir sin temor a equivocarse que ya éramos amigos desde unos años antes, no comenzamos a compartir todo tipo de correrías hasta que yo fui capaz de despertar, de quitarme las orejeras de burro que me limitaban el horizonte, y salir de la secta católico-integrista por la que mis padres me guiaban; los dictados del Sumo Pontífice eran mi guía… y hoy en día considero que Juan Pablo II es uno de los mayores terroristas morales de la década. Lo mío fue muy repentino, fue como si hubiese bebido de un elixir que, afortunadamente, me devolvió a la vida; el bello durmiente que despierta después de que se lo folla – vamos a ser realistas: siempre nos cortaron la escena posterior al beso – la tan esperada princesa de cuento de hadas. Me di toda la prisa que pude… pero entré en el juego de la balanza compensatoria: cuanto más fuerte era la juerga, más dura para conmigo era la actitud de mis padres. He de reconocer que Mariano me ayudó a mantenerme conscientemente despierto; él disfrutaba de todo lo que le ofrecía la vida como a nadie había yo visto hacer hasta la fecha. Recuerdo que llegó a tener novias hasta en cuatro pueblos distintos, siendo además capaz de multiplicarse para mantener viva la llama en las cuatro; y todo ello sin dejar, además, de salir con nosotros, sus amigos. Yo actuaba como un buen parásito. Aprovechando sus innatas habilidades para ligar con una tía, yo cogía presto su rebufo y esperaba pacientemente a que alguno de sus múltiples ligues apareciese algún día con alguna amiga que poder llevarse presto a la boca… ¡anda que no me habré yo morreado y metido mano con tías no del todo guapas, por no decir horrorosas…! (y eso que estoy obviando mencionar toda la variedad de gordas, halitosas, bizcas, culibajas, patizambas, y hasta pijas gilipollas que no había su tía que las aguantase – hombre, alguna un poquitín guapa sí que hubo, aunque las menos, por desgracia – … pero es que hay que aprender a andar en bici como sea, da igual que la bici esté un poquitín descacharrada… … ¿no? Tampoco pretendo yo ser un Indurain…). Claro que yo estaba enamorado de Ingrid, aunque no quería reconocérmelo a mí mismo por no hacerme daño, pero eso no implicaba que, mientras mi mente era totalmente suya, no pudiese yo ofrecer mis juegos sexuales a otras chicas. ‘Sexo es sexo, y amor es amor’, como diría algún entrenador de fútbol yugoslavo (hablando en castellano, claro). Está más que científicamente demostrado que la monogamia, sexualmente hablando, no existe, es una pura invención judeo-cristiana que los curas utilizaban (y utilizan) para poder follarse ellos, en el nombre del Padre (también del Hijo o del Espíritu Santo), por supuesto, a toda hembra, niño o criatura que se les pusiese (o ponga) por delante.

Ese era Mariano, un ídolo no sólo de féminas, sino también de varones sanamente envidiosos de sus dotes como donjuán. Por eso no puedo soportar al Mariano de hoy en día, al de ‘¿quieres otra pastita?’… Daban ganas de responderle ‘sí, pero para metértela por el culo lentamente para ves si así te espabilas’. ¿Cómo puede haberse dejado engañar…? Y no me estoy refiriendo a Cristina, ‘La Túzara’, que ella es muy buena chica, aunque un poco simple y sin más aspiración que la de cuidar de su casita (tra-lara-larita) y de su apuesto maridín, me refiero al entorno, que debe ser atosigante hasta el punto de contagiar la enfermedad del haz-lo-mismo-que-yo-hice-y-sin-salirte-del-carril generación tras generación. Viéndolo a él, me produce un gran alivio el haberme ido de allí. Desde la lejanía quizá idealizas un poco todo lo que supone tu cuna, pero bastan dos días de visita cada cierto tiempo para que la puta realidad te dé la bofetada que continuamente tratas de esquivar, por lo menos para que ésta nunca llegue a dar como resultado un sonoro K. O. técnico.

Ahora que lo pienso con calma, puede que aquel susto que se llevó hace un par de veranos terminara de un plumazo con sus devaneos amorosos, con sus andanzas casanovianas. Había una gitana en Cacabelos, Raquel Jiménez, que se infiltraba en los sueños eróticos de todos nosotros. Era guapísima: con su larga melena negra, su tez tan morena y aquellos ojos verdes que iluminaban su cara… y de cuerpo no digamos: nada que envidiar a ninguna de las conocidas como top-models. Raquel iba siempre con dos amigas, también miembros de la raza calé, a bañarse en verano a una zona apartada del río – algo que también hacíamos nosotros, aunque por motivos muy distintos: para poder fumar algún que otro porro lejos de las ávidas miradas de las ‘lechuzas’ (por lo agudo de su vista) de Cacabelos, que eran capaces de propagar una noticia a la velocidad de la luz incluso, y, paradójicamente, antes de que ésta se produjese. La razón que obligaba a las tres gitanas a apartarse del bullicio permanente de la zona oficial de baños, la que cubrían con tosca arena de obra, era la de no ser vistas por el clan de los Jiménez, ya que las gitanas, por ley ancestral, deben bañarse y tomar el sol vestidas, sin mostrar ni un centímetro cuadrado de su piel – salvo manos, pies y cara, lógicamente -. Pero Raquel y sus dos colegas habían nacido con un espíritu rebelde en su interior: ellas sí que tomaban el sol y se bañaban en bikini. He aquí otra razón de peso que suponía un buen aliciente más para acercarnos a aquella zona del Cúa entre chopos, mosquitos y libélulas de varios tamaños.

Un día Mariano, en actitud ciertamente sentenciosa tras haber dado las caladas correspondientes al porro, comentó: ‘a esa Raquel me la voy a follar yo antes de que termine este verano’, lo que provocó automáticamente la risa general de todo el grupo, igualmente afectado por la risa floja que conlleva el fumar hachís; este espontaneo cachondeo se vio repentinamente interrumpido cuando nos dimos cuenta de que Mariano hablaba en serio: se había acercado, osadamente, a hablar con las tres chicas. Así estuvo unos días, hasta que por fin pudo aislar a Raquel de las otras dos y quedarse a solas con ella. A mediados de agosto, Mariano nos contó que ya estaba, que ya se lo había hecho con Raquel, y más de una vez, aunque omitió detalles más precisos, lo que nos extrañó bastante, porque Mariano era de los que alardeaban de sus conquistas, de lo semental que se sentía. Desde entonces, Raquel dejó de venir al río, al menos a la chopera que constituía nuestro territorio.

Mariano parecía estar colado por ella; hipótesis que se confirmó poco después cuando me contó, invadido por una sincera pena (nunca lo había visto así de compungido por una tía) que Raquel se tenía que casar, por orden de su padre, con un gitano de Barcelona llamado Antonio Salazar. Las palabras entrecortadas de mi amigo desprendían también cortantes trocitos de pánico que se acumulaban molestos y cristalizaban en la boca de su estómago. Estaba en peligro y él lo sabía.

Lo ocurrido después en la boda era más que previsible. Se prepara un festejo de tres días, vienen los capos gitanos de la región, los Jiménez, así como los jefes del clan catalán de la familia Salazar; se casan y justo después, ¡zas!, llega la ajuntadora – la encargada de introducir el inmaculado pañuelo en la vagina de la novia para dar así testimonio de su pureza -, y ,en esta ocasión, el pañuelo que sale del interior del sexo de Raquel no presenta el más mínimo rastro del denso líquido rojizo. Tras el grito desgarrado de la ajuntadora, papel que siempre recae en una familiar del novio, se sucedieron una serie de peleas a navajazos entre las dos familias, al más puro estilo ‘Montoyas y Tarantos’, que produjeron dos víctimas mortales y siete heridos de diversa gravedad. Acojonante, sin más. En cuanto me enteré de lo ocurrido (yo ya estaba muy pendiente de esa boda gitana porque me temía algo así) salí disparado en dirección a la casa de Mariano… pero él ya no estaba allí; me dijo su madre que se había marchado la noche anterior a Coruña a pasar unos días con sus tíos. Pero yo, su mejor amigo, estaba allí, en el pueblo y a tiro de los Jiménez… y el temor que debía padecer él se trasladó de inmediato a mi interior. Me había quedado solo y aterrado en el frente. Maldije al cabrón de ‘Tocinín’, y me encerré en casa durante tres días, esperando a que en cualquier momento apareciesen los Jiménez frente a la puerta de mi domicilio para rajarme como a un cerdo. Nada de eso sucedió; al cuarto día me informó mi madre, en labor de ardua vigilancia (ella sabía de qué iba todo aquello, aunque yo no le había contado ni mu… ¡Malditas cotillas de mierda!), que la novia no desposada junto con sus padres y hermanos habían sido desterrados de Cacabelos. El destierro gitano consiste en trasladar a los condenados a más de cien kilómetros de su lugar de residencia, con la prohibición expresa de volver por allí. Por fin pude respirar tranquilo y salir a la calle, aunque siempre con un ojo avizor por si me cruzaba con algún Jiménez por ahí con intenciones no demasiado amistosas. La jindama (término que utilizan constantemente los gitanos para referirse al miedo, pero al miedo visible, al que provoca diversos grados de diarrea) aún no se me había ido del todo.

A los diez días regresó Mariano. Todo lo que hablamos sobre lo acontecido en la boda gitana fue:

Yo – Tú viste que movida…

Él – Ya.

La verdad es que no hacían falta palabras para entenderse; los dos sabíamos que su vida habría corrido peligro si Raquel llega a dar el nombre del que la había ‘deshonrado’; pero ella, por lo que supimos unos días más tarde, insistió en que había perdido ‘eso’ por culpa de la bicicleta – y si no fuera por Mariano, razón no le faltaría a la pobre chica ya que las bicis que ‘lucían’ los gitanos estaban a años luz de lo que nosotros, “seres civilizados”, entendemos por bicicleta… más de una no tenía ni sillín… Pobre chica, y no lo estoy diciendo por compasión; esa no es una de mis ‘virtudes’. Yo no la utilizo como excusa para justificarme, yo procuro pasar a la acción (aunque, para no engañarnos dejándonos llevar por el calor del momento, rara vez tomo alguna iniciativa fuera del lenguaje hablado).

Tengo la impresión de que Mariano y Raquel estaban enamorados de verdad, pero sólo es una impresión, vaga, como casi todas las mías.

En septiembre yo me vine para Oviedo a hacer un examen, matricularme y todo lo demás; mientras, Mariano comenzaba a salir con Cristina, la hija del ‘Túzaro’, el zapatero de la plaza , y con ella sigue, con boda de por medio, claro… algo que Raquel no pudo llevar a cabo… ni con Mariano, ni con el tal Antonio Salazar. Machismo, puro machismo del que todos, absolutamente todos los hombres nos aprovechamos a la mínima de cambio.

Hay algo que me dijo Mariano el otro día en su casa que no me deja en paz, no ceso de darle vueltas y más vueltas. Cuando nos despedíamos hasta la próxima va y me suelta así, de sopetón, que le había parecido haber visto por Cacabelos a la chica aquella de la foto, la de la boda de mi prima Natalia, y que además la había visto en dos ocasiones, una caminando por la plaza y otra pasando por la carretera general en dirección a Ponferrada, conduciendo un Ford Fiesta de color rojo. Después de mi tajante afirmación diciendo que eso era absolutamente imposible, Mariano dijo que tampoco lo podía asegurar con rotundidad; ‘aunque si no era ella, entonces la que yo vi era igualita a la de la foto con la que tanto me diste la vara’, acabo diciendo no muy convencido de que la persona que había visto no fuese Ingrid. A punto estuve de contarle yo todo lo que había sucedido, pero, la verdad, no me vi con las fuerzas suficientes como para dar la más mínima de las explicaciones. Al Mariano de antes, al ‘Tocinín’ de toda la vida sí que le habría pedido consejo, y pienso que él me habría entendido… al menos sí que me habría escuchado con calma. Pero, ¿cómo iba a entender el Mariano de ‘¿otra pastita?’ todo ese galimatías entre Ingrid, Javi, Salman Rushdie, los tres del accidente, la nota a nombre de Sara Balabán, la madre de Javi y, por supuesto, yo mismo? La respuesta es sencilla: de ninguna manera. Cuando una persona cierra su ámbito existencial, cuando se deja hundir en arenas movedizas de tal calibre sin plantear siquiera un poco de batalla… ¿qué otra cosa te queda aparte de seguir siendo, a pesar de los pesares, uno de sus más fieles amigos? Para mitigar ese rictus de cara de bobo que se me había quedado después de escuchar por boca de Mariano que Ingrid había estado de nuevo en mi pueblo, en Cacabelos, no tuve otra salida más gloriosa que la de contar un chiste de lo más tonto, como en los buenos tiempos:

¿Viste que golazo marcó mi hijo ayer? / ¿Cuál, el de penalti? / No, no, el pequeño…

Mariano ni se ríe; no es capaz de cambiar la expresión de aturdimiento de su rostro hasta que, al fin, pregunta muy intrigado: ‘¿pero de qué penalti hablas?’… Cinco minutos más tarde me encontraba yo enfilando el camino hacia mi casa… Lógico.

Por el camino ajusté los auriculares en mis pabellones auditivos y le di al ‘play’ para que Gary Numan me explicase bien si las ‘amigas’ son eléctricas o no, y pensé: ‘tengo que llamar a sus padres y decirles que la han visto por Cacabelos’; pero no, no me veía yo ejerciendo de Lobatón en mis ratos libres. Al fin y al cabo, la información de mi amigo Mariano tampoco era muy fiable, y aunque lo fuese, si alguien se larga de casa sin dejar ni rastro por algo será, que no hay porque buscar a nadie en contra de su voluntad; vamos, digo yo.

… DE LA VIDA XLI…

XLI.

El camarero escanciaba el enésimo culín de sidra mientras Ingrid se peleaba, con cierto grado de impaciente nerviosismo, contra una de las patas de su centollo. Pedro la observaba en silencio. El ya había terminado con su crustáceo, y esperaba fumando tranquilamente a que su compañera comensal venciese en su particular batalla contra los frutos del mar para poder luego pedir algún postre. El continuo intercambio de cómplices risitas entre Pedro y el camarero agotó de un certero martillazo la frágil paciencia de Ingrid…

¡Paso de pelearme más…!”, dijo, y estrelló, acto seguido, contra el plato lo que entre sus manos quedaba aún de la pata del centollo, lo cual salió volando rebotado, yendo a aterrizar en la mesa contigua, en la que una feliz familia no cesaba de untar pastel de cabracho con mayonesa en las consiguientes mini-tostadas. La risa no pudo ser contenida ya por más tiempo… Todo ese colegueo entre su amigo y el camarero la llevó irrefrenablemente a un estado de furia casi incontrolada.

– ¡Idos los dos a tomar por culo…! ¡Os vais a descojonar de vuestra puta madre…!- proclamó realmente airada antes de levantarse de la mesa para dirigirse al baño con la intención de eliminar de sus dedos ese asqueroso olor a marisco. Una vez allí intentó calmarse un poco; lavó su cara con agua fría y respiró profundamente unas cuantas veces sin dejar de mirar de frente, a los ojos, su imagen en el espejo…

– ¡Y tú qué coño miras?- se gritó a sí misma

Pedro, sentado a la mesa del comedor, soportaba sobre sus hombros todo el sobrepeso de la escena previa: envió una mirada de trayecto semicircular que recorrió amenazante todas y cada una de las mesas, lo que, como ansiado antídoto, tornó el silencio acusador en murmullo generalizado, como debe ser siempre en cualquier bar.

– Vaya cómo se puso la parienta, ¿eh? – dijo el camarero dirigiéndose con poco tacto a Pedro.

-Ya – fue la única respuesta concluyente que Pedro pudo proferir, más atento, si cabe, al inminente regreso de Ingrid a la mesa que a los posibles comentarios dicharacheros de los allí presentes. No quería confianzas. Sintió alivio al comprobar que Ingrid no estaba aún de regreso del servicio – su reacción si llega a escuchar por boca de aquel camarero, (al que nadie había dado vela en entierro ajeno), la palabra ‘parienta’ podía ser auténticamente predecible… sólo quedará la duda de cuántos destrozos podría haber causado en la sidrería… – Más valía dar respuestas breves y cortantes al camarero con el fin de evitar ese torbellino de rabia desbocada.

Mientras Ingrid volvía del lavabo de señoras, Pedro se apresuró a lanzar a los ojos del osado camarero una mirada que decía: “Ni una sola palabra más, ¿vale, tío?”, y que además surtió el efecto deseado: se fue con viento fresco a echar sidra a otra de las mesas.

– Oye, perdona… pero es que tampoco sabes aguantar una broma.

– No, perdona tú. No sé qué hostias me pasa… estoy bastante alterada.

– Venga, no pasa nada. Vamos a pedirnos algún postre, ¿no?

– Pide tú algo para ti si quieres; yo paso, ya no tengo ganas.

– Como quieras. Yo, desde luego, sí que me voy a pedir un arroz con leche, que el de aquí está de puta madre… casero y además quemado con el gancho de la cocina; tradicional, como debe ser… ¿Estás segura de que no te apetece?

– ¡Qué no, joder! ¿Cómo te lo tengo que decir… ? Cuando quieres puedes llegar a ser muy atorrante.

– … Oye, tía, como sigas así me largo… y te pueden dar mucho por el mismísimo culo, que no hay dios que te aguante hoy… ¿vale?

Más que hablar en un tono de voz normal, Pedro susurró despacito toda su decepción al oído de su desquiciada amiga. Nunca le gustaron las escenas en público, las broncas al más puro estilo italiano … las veía como una forma de hacer teatro gratuitamente para un público dispuesto a succionar las desgracias ajenas. Ingrid, por el contrario, sí que forzaba sus cuerdas vocales a la mínima de cambio sin importarle el aforo en el patio de butacas. Esta contrastada actitud trajo consigo un instante de silencio que se levantó momentáneo como un muro pacificador entre ellos. Pedro aprovechó la tregua para comerse tranquilamente su arroz con leche, saboreando cada cucharada como si ésta constituyese la última de su vida. Ingrid por respeto, que no por ganas, esperó a que Pedro rebañase el cuenco de barro para volver a disparar.

– Joder, tío, contigo no se puede discutir – dijo en un tono ya más relajado.

– ¿Por qué lo dices? ¿Qué crees, que discutir sólo consiste en dar voces…?

– Es que no sabes discutir, no tienes sangre… nunca te alteras por nada; siempre estás ahí, tranquilo, a tu puta bola, como controlándolo todo…

– Sí, por una vez tengo que darte la razón, aunque…

– ¡Ves… ! Ahora me estás dando la razón para quitarme de en medio… Siempre estás a tu rollo, sin contar para nada con los demás. Eres un jodido hijo único egoísta y egocéntrico.

– ¡Joder, que yo no me estaba refiriendo a eso!… Yo me refería a lo de que no sé discutir… Bueno, no es que no sepa, que claro que sé, que no soy gilipollas… es que no me gusta hacerlo a voces; sabes de sobra que lo odio.

– Pues es la única forma de discutir que conozco.

– Yo no… y mira que he discutido mogollón de veces con amigos sobre cualquier tema… no sé, política, música, cine… incluso de fútbol…¡Joder, sobre cualquier cosa… y sin dar voces, tía!

– Eso, como todos los tíos… el dichoso fútbol. Sois de un simple…

– ¡Eh, eh; cuidado…! Ahí te equivocas de pleno, que yo el fútbol lo veo de otra forma, no como la mayoría de fanáticos. Para mí es un arte…

– No pienso hablar de fútbol… Sabes que lo odio. No sigas por ahí…

– Sí… Ya, ya. Lo típico de la imposición de los gustos del macho y bla, bla, bla… Pero si las tías nunca llegaréis a entender lo que significa el fútbol…

– Un juego, no es más que un juego idiota… ¡Es que es la puta verdad! Los hombres tenéis que tener vuestros jueguecitos para ser felices: que si el fútbol, que si las cartas…. Sois pura competición con patas.

– Qué no, que por ese camino no me vas a pillar… En ningún sentido distingo yo hombres de mujeres (bueno… en uno sí, claro… pero por lo demás nada… eeeh, dos, serían dos si incluyo al fútbol…). Me da igual tener presidente o presidenta, que mi padre cocine y mi madre se vaya a currar a la viña… No. No pienso entrar en tu juego, que siempre acabamos en lo mismo.

– ¡Tú empezaste!

– ¿Yooo…?

– Tú, sí, tú… no te hagas el sorprendido.

– Joder, pues será un indicio de falta de memoria, pero no recuerdo en qué momento… además no he sido yo el que se ha enfadado por una simple broma.

– Sí, acuérdate, antes en tu habitación, cuando quisiste imponerme tu música… desde ese momento llevo de mala hostia.

– ¡Qué dices? ¡Si tuvimos que acabar tragando a esos insoportables…!

– ‘… suena antiguo… son unos rancios…’. ¡Ya te vale, joder!

– Oye, no me hagas burla, tía.

– Pues si odias tanto todo lo antiguo, ¿por qué te gustan entonces las películas antiguas?

– Pero… ¿Quién te ha dicho a ti que a mí no me guste más que la música actual…? ¿Has revisado mis discos? Tengo desde madrigales hasta los grandes del ‘blues’: Elmore James, Muddy Waters, Howlin’ Wolf… No sé… Y lo del cine, para qué molestarse en explicarlo, si tú no ves una peli si está rodada en blanco y negro… No merece la pena seguir cuando no hay argumentos válidos…

– Pues no, en blanco y negro no las soporto… No me traen buenos recuerdos. ¿Pasa algo?

– Joder, que osadía. Reniegas de todo… de ‘El Crepúsculo de los Dioses’, de ‘Some Like it hot’, de ‘Intolerancia’, de Chaplin, de Keaton, de Lang, de Von Stroheim… ¡de la historia misma del cine!

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… Pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Si, anda… vámonos a casa que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– …Ya ves: me las recetó mi médico…

– Tú sabrás…No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; como si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche que eran, ¿pastillas para la tos?

… DE LA VIDA XL…

XL.

Lo prometido siempre genera deuda, y, tras la alucinante e increíble historia del fantasma de mi abuela, mi tío Carlos se dedicó pacientemente a ponerles nombre a todos y cada uno de los rostros que acompañaban la breve pero intensa vida de ‘La Carretona’. Extraña historia la de mis antepasados: no existe ni una sola foto en la que salga mi abuelo Eutiquio y, sin embargo, ‘El Stalin’ aparece en unas cuantas. Ramón, al que apodaban ‘El Stalin’ por salir siempre en defensa del jefe soviético por aquella época, era el marido de la mejor amiga de mi abuela, Anuncia, pero, en aquellas fotos de juventud idealista, él siempre se situaba a la vera de Dolores ‘La Carretona’. Mi tío Carlos especula con el hecho de que debieron ser novios. Yo no digo nada, tan sólo trataré de ser objetivo a la hora de relatar mi propia versión de los hechos acontecidos entre 1926 y 1934; versión elaborada con partes de aquí y de allí, con la historia según mi tío Carlos, según Doña Anuncia, y aderezado, todo ello, con los significativos silencios de mi madre después de alguna de mis comprometedoras preguntas al respecto. Seré breve.

Cacabelos, otoño de 1926. Mi abuela se queda embarazada de mi tío Carlos. Por aquella época mi abuela no tenía novio, tan sólo pretendientes. Quince días después de que Antonio ‘El Carretón’ cruzase la cara de su hija Dolores de una buena hostia al enterarse de tan ingrata noticia, un hombre desaparece de la faz del pueblo de Cacabelos; era Manuel, el hermano del ‘Stalin’, uno de los que con más ansias pretendía a mi abuela. Poco después del nacimiento de Carlos, fue el propio Ramón el que empezó a acercarse a Dolores – puede que tratando de cargar sobre sus espaldas con la responsabilidad que, se supone, debería haber recaído sobre su hermano Manuel-Anuncia dice que Dolores nunca jamás mencionó el nombre del padre de su hijo Carlos, ni bajo la mayor de las amenazadoras coacciones de su padre. Era el tema tabú entre ellas. Aunque, claro, en un pueblo pequeño siempre acaba por saberse toda la verdad sobre cualquiera de sus habitantes. Eso es lo malo de un pueblo: la puñetera falta de intimidad que te invade, te rodea y te asola a cada paso que das fuera del camino señalado.

Ramón y Dolores se hicieron novios – incluso la propia Anuncia no tiene ningún reparo a la hora de reconocer ese hecho -. Pero aparece Eutiquio en escena, y todo se complica. De repente, Dolores dice que se va a casar con Eutiquio, el de ‘La Furraxa’. ¿Por qué? Puedo especular, y puedo dar en el clavo, pero no lo voy a hacer; no es ese mi estilo… Tan sólo puedo reflejar el gesto de la anciana Anuncia al rechazar contestar a una de las preguntas de mi tío Carlos (al que, luego, desde el primer día en que se instaló en la casa de ‘Los Carretones’, Eutiquio hizo la vida imposible; imposible hasta verse obligado a emigrar lejos, muy lejos): ladeó su cabeza, cerró los ojos con fuerza, hasta que los párpados se perdieron entre tanta arruga, y abrió levemente su boca para emitir un pequeño suspiro de fastidio. “Lógico. A nadie le gusta ser plato de segunda meeesa”, como dijo mi tío Carlos cuando comentamos ese gesto de la vieja Anuncia… Anuncia, la que era capaz de caminar durante horas y horas por los montes de los Ancares sólo para llevar provisiones e información a los maquis que aún hacían la guerra…

Ramón ‘El Stalin’ y Anuncia se hicieron novios cinco meses después de que él hubiese roto sus relaciones con Lola ‘La Carretona’, o, para ser exactos, cinco meses después de que Eutiquio “secuestrase” literalmente los sentimientos de mi abuela – aunque se casaron unos años más tarde, el cinco de Junio de 1935 -. Mi tío Carlos dice que eso tuvo que ser fruto de un vil chantaje, que Eutiquio ‘El Furraxo’ seguro que sabía algo que obligó a mi abuela Dolores a ceder a sus pretensiones de boda. Yo no sé, no contesto; pero, en este punto, todo se complica en demasía… son demasiadas reacciones en cadena y sin un motivo aparente que las justifique.

En Noviembre del ’32 nació mi madre. Casi dos años más tarde, en Octubre del ’34, mataron a mi abuela en Oviedo mientras Eutiquio, su marido, se encargaba de las labores de la vendimia en Cacabelos. Ramón ‘El Stalin’ también estaba en Oviedo aquel día, hecho que puede parecer lógico si tenemos en cuenta que ambos eran compañeros de partido, militantes del Partido Comunista desde 1930; pero, por otro lado, ilógico a todas luces si nos remontamos a su relación de noviazgo entre l927 y 1931…

Yo, con sangre de ‘Carretones’ y con sangre de ‘Furraxos’, habría preferido llevar en mis venas y arterias sangre del ‘Stalin’. El mote de ‘Carretón’ no me molesta lo más mínimo. Se lo pusieron a mi bisabuelo Antonio porque se dedicaba, allá a finales del siglo pasado y principios de éste, a hacer mudanzas con su carreta de bueyes. Sin embargo, no me gusta ser ‘Furraxo’. Es un término absolutamente despectivo; se utiliza en cualquier contexto en el que tengas que decir que algo es totalmente inútil, inservible. “Estos apuntes son una auténtica furraxa”, le dije yo hace poco a Fernando al referirme a unos apuntes que me había dejado una compañera de clase, y que eran realmente malos: mal redactados, con muchas faltas… ¡No quiero ser un ‘Furraxo’ de mierda! He de reconocer también que estoy un poco mediatizado por todo lo que mi tío Carlos me contó sobre él, ya que mi madre no tiene nunca ganas de hablar sobre mis abuelos. Eutiquio murió en 1965, y me da la impresión de que a partir de ahí mi madre comenzó a respirar: comenzó su propia vida, se casó, llegué yo, etc., etc.

El Stalin’ falleció hace tan sólo tres años, el único de los tres – sin olvidarnos de Anuncia, claro está; pero a ella no la estoy incluyendo en ese triángulo… supongo que amoroso, que formaban Dolores, Eutiquio y Ramón – que llegó realmente a viejo. Ahora me acuerdo del anciano ‘Stalin’ con su cayado de roble, caminando muy encorvado y con la pava de un puro siempre colgando del lado izquierdo de su boca. Después de la Guerra Civil estuvieron a punto de matarlo, pero en su defensa salió Eutiquio, que no había luchado en la guerra con ningún bando alegando una falsa diabetes – aunque tampoco tardó demasiado en unirse al tren de los vencedores -, diciendo “ahora hay que sacar esto adelante, y necesitamos buenos panaderos como Ramón”. Se libró gracias al pan. Otros no tuvieron esa suerte: su hermano Manuel, que había regresado al pueblo de Cacabelos tras la contienda, fue fusilado, junto a otros quince ‘rojos’, al pie del muro de la iglesia de la Plaza del Generalísimo, puto Generalísimo. Por él nadie intercedió; ni siquiera su propio hermano abrió la boca para pedir clemencia por él.

Ramón ‘El Stalin’ siempre que me veía por la calle me saludaba con un especial afecto: “¿Cómo va eso, pequeño ‘Carretón’?”. “Bien, va todo bien. Gracias. ¿Y a usted?”, solía responder yo con toda mi buena educación cristiana. “Ya ves, hijo: viejo, muy viejo… más cerca de allí que de aquí… Cada día te pareces más a tu abuela Dolores. Tienes todos sus rasgos… sus gestos”, me comentaba siempre el viejo ‘Stalin’ de Cacabelos. “No lo sé, señor. Yo no la conocí”. “Yo sí, pequeño… Yo sí”, y se alejaba calle arriba en dirección al Hogar del Pensionista donde cada tarde jugaba una o dos partidas de tute…”

… DE LA VIDA XXXVIII…

XXXVIII.

Un domingo como todos los domingos en una casa habitada por aves nocturnas: la una y cuarto de la tarde y ni el más mínimo atisbo de vida en el planeta 6º C del 36 de Fray Ceferino. La noche anterior había sido larga, muy larga y llena de drogas empapadas en diversos tipos de alcohol. Pedro siente cercano su despertar; en ese estado semi-consciente se sorprende a sí mismo repasando la ‘Poética’ de Aristóteles…

– ¿Qué hora es? ¿Qué día es hoy? – vocifera asustado al despertarse temiendo que fuese lunes… En primer lugar comprueba la hora en su reloj: la una y diecisiete minutos; luego enciente el televisor, sin que haya remitido todavía la sensación de angustia que tapona la vía de entrada a su estómago… “¡Menos mal!”, se siente aliviado al ver que en la segunda cadena retransmiten el típico partido de baloncesto de cada mañana invernal de domingo.

– ¡Qué susto, joder! Pensé por un momento que hoy era lunes – se consuela en voz alta.

Ingrid, con tanto trajín – la tele puesta, Pedro hablando solo y sin parar de moverse inquieto en su lado de la cama – abre los ojos, mira a su compañero de catre y comienza a protestar airadamente.

– ¡Qué hostias pasa aquí, joder, que no me dejas dormir!

– Perdona, tía. Me he despertado pensando que hoy era lunes y que se me había pasado la hora del examen.

– ¡Serás mamón! Hoy es domingo, día de dormir a pierna suelta hasta que te salga del chocho.

– Vale, vale. No te pongas así. Tú sigue durmiendo que yo me voy a poner a estudiar un poco.

– ¡De eso nada, monada! Ahora te jodes, que ya me he despertado y cuando me despierto, o me despiertan, ya no puedo volver a conciliar el sueño hasta pasadas al menos unas cinco o seis horas.

– Pero es que yo debería ponerme a estudiar, que mañana tengo mi primer examen en la Facultad y…

– ¡Y nada! Para una puta vez que vengo a Oviedo a verte me aguantas y punto. Ya estudiarás luego toda la noche, que ya sabes que yo me voy en el ‘Alsa’ de las doce y media.

A Pedro le entraron unas ganas locas de agarrar a aquella mujer de un brazo y arrastrarla a empellones hasta la puerta, no ya la de su habitación, sino la de la puta calle para cerrarla, posteriormente, a cal y canto. El único problema surgiría irremisiblemente al no estar la casa debidamente insonorizada contra gritos de mujer histérico-despechada.

Pedro deseaba que ella regresase a Madrid de una puta vez. Ingrid invadía todo su espacio vital, ya no era dueño de su propia habitación (todo hijo único ama la soledad escogida, la soledad que permite tener todo lo que se encuentre al alcance de la vista bajo control)… Pero estaba más que dispuesto a imponerse, a rebelarse contra aquella que osaba conquistar su pequeño país. Ensayó consigo mismo una mirada violentamente acusadora, que fuese capaz de decir: “Cuidado, que aquí estoy yo, ¡eh?”… Llegado el momento de ponerla en práctica no pudo… fue mirarla a los ojos y enternecerse al mismo tiempo.

– Venga, haya paz. Voy a poner algo de música.

– Vale. Mientras, voy al baño a mear y a lavarme un poco la ojera, que debo tener un aspecto de lo más terorífico.

Todo lo contrario, para Pedro estaba guapísima recién levantada, sin nada de maquillaje, sin ningún tipo de máscara. No sé porque las tías se empeñan en arreglarse excesivamente, si a cualquier hombre enamorado le gusta su chica esté como esté…

Pedro revisó de una pasada su discografía, pero aún no tenía muy claro qué le gustaría escuchar en ese preciso instante. Cada momento tiene su música, y, tras barajar cuatro opciones, sacó un vinilo de su correspondiente carátula y lo colocó en el plato de su tocadiscos; limpió a continuación la aguja, ajustó el volumen y el “Daydream Nation” de los Sonic Youth comenzó a sonar llenado de decibelios no sólo su habitación, sino que el ruido de guitarra distorsionada también avanzó desafiante abriéndose paso por el resto de la casa. Ingrid regresó del baño alterada ante la avalancha de vatios que invadía su cerebro, según su propia consideración, de forma premeditada.

– ¡Joder! ¿Estás loco, o qué? ¡Baja eso!… ¿o es que a ti no te duele ni un ápice la cabeza?

– ¡A mi no me duele la cabeza! ¡Al contrario, a mí la música me ayuda a vencer los efectos de la resaca!

– ¡Pero es que vas a despertar a los demás!

– ¡Qué se jodan esos cabrones! ¡Anda que no me habrán despertado ellos a mí cantidad de veces… ! ¡La última me despertó Carlos con Nino Bravo, tía! ¡¡¡Nino Bravo!!!

Ingrid decide pasar directamente a la acción: baja el mando del volumen del siete al dos. Pedro siente como su hipotética autoridad se desmorona. “Esto supone un golpe de estado en toda regla”, piensa indignado. Había tenido, como todo bicho viviente, sus rollos; alguna que otra chica había pasado por su reino sometiéndose en casi todo a su regia voluntad… Pero esto era nuevo, algo inconcebible, sin dejar de ser, por otro lado, moralmente insoportable. Su único consuelo se derivaba de que el estado dictatorial impuesto por la coronela Ingrid tenía sus horas contadas: sólo hasta las doce y media de la noche…

– A estas horas, sin haber desayunado todavía, apetece oír una música menos estridente, ¿no crees?… Además, podías tener algo de consideración con los demás, tío.

– Joder… yo alucino en colores. ¡Si a ti te gustaban los Sonic Youth!

– Sí, sí que me gustan… pero en momentos muy determinados, no ahora. Y tampoco es que me chiflen, la verdad.

– No dejo de salir de mi asombro… De acuerdo. Entonces, ¿qué te apetece escuchar?

– No sé… pon esta cinta mía de El Último de la Fila, por ejemplo.

– ¡No, eso no! ¡Por ahí sí que no paso!

– ¡Ah, no? Pues antes bien que te gustaban también… ya empiezas a contradecirte, como siempre.

– No, si yo no lo niego; pero es que son muy repetitivos… cada disco que sacan es más de lo mismo.

– Y dale… ¿Qué es, que Sonic Youth no se repiten, que en cada disco inventan algo nuevo?

– Pues no, no es eso… Joder, es una mera cuestión de gustos… es ir evolucionando, creciendo con la música y seleccionando lo que consideras realmente bueno.

– Ya, las típicas chorradas de siempre… ¡Ya te digo!

Siguiente operación de Ingrid: quita el disco de Sonic Youth, coloca en la pletina “Como la Cabeza al Sombrero” de El Último de la Fila, y pulsa la tecla de ‘play’.

– Vale, vale… Me rindo. ¡Qué remedio si no…! Además, no tengo ánimo para seguir discutiendo, que tengo un examen mañana… ¡Mi primer examen en la universidad!, y necesito estímulos, concentración, y no discusiones gilipollas sobre este o el otro grupo.

– Yo reconozco que sabes mucho de música, de cine… conoces mogollón de grupos, siempre estás al día en todo… Si es que tu único defecto es que tratas de imponer tus gustos a los demás.

– ¡Yooo? ¡De eso nada!

– Sí, tú, tú… Acuérdate de los rollos sobre música pop que me metes siempre en tus cartas: didácticos e insufribles la mayor parte de las veces, para qué te voy a engañar…

– Joder, me gustan, o mejor dicho, me apasionan la música y el cine… Lamento haberte contado mis rollos de crítico cinematográfico-musical. Ya ves, pensaba que te interesaba todo lo que te contaba en mis cartas, que tenías gustos afines a los míos…

– Y los tengo… muchos de los grupos que me recomendaste me parecieron flipantes: los Pixies, los Dead Kennedys, los Smiths, Joy Division… o incluso los Residents. Lo que ocurre es que no soporto que me des lecciones magistrales de tío listo que lo sabe todo; no soporto la prepotencia masculina…

– ¡No jodas!… … Y eso, ¿qué tiene que ver?

– Mucho, pero mucho que ver. ¿Pero es que no os dais cuenta? Los tíos sois todos como cromos repetidos: os creéis superiores a nosotras; tratáis de mostrarnos continuamente todo lo inteligentes que podéis llegar a ser… joder, es que sois de un paternalista que da asco, ¡puto asco!

– Yo no tengo la culpa de ser inteligente, joder… No cuento las cosas por meter puros y simples rollos, sino porque…

– ¿Por qué?, a ver, ¿por qué? Explícate.

– … … ¡No tengo ni puta idea! Yo sólo quería poner un disco de Sonic Youth, y no tener que soportar a los pesados de El Último de la Fila… Además, el que canta es idéntico al Pajares, ¡y tampoco soporto a Andrés Pajares!

– ¡Bravo! Vaya un señor razonamiento de ‘monsieur’ inteligencia… Pajares… Entonces, según tu nueva teoría sobre gustos musicales a mí no me pueden gustar los Pixies: no soporto a los gordos, y el cantante es una puta bola de grasa…

– Vale, vale, tú ganas… como siempre… Mira, sólo trataba de explicarte que no me apetece escuchar a esos varas; suenan rancio, antiguo, decadente…

– Pasado de moda, querrás decir pasado de moda. ¿Antiguo? Antiguo es el gregoriano, ¡no te digo!

Pedro se tranquiliza: se sienta sobre la cama en actitud relajada y pacificadora, y elabora uno de sus – al menos él lo cree así – brillantes razonamientos.

– Vamos a ver, Ingrid… no es exactamente eso; ‘antiguo’ no define correctamente lo que pretendía explicar, tampoco ‘pasado de moda’… Los Rolling Stones, por ejemplo, tuvieron que hacer montones de canciones, grabar discos año tras año, para convertirse en clásicos y ser reconocidos como tales por todo el mundo… Bueno, por casi todo el mundo.

– ¿Y…?

– No me interrumpas, déjame seguir… ¿No te das cuenta? Ahora todo va muy de prisa, todo gira a más revoluciones: ¿cuántos discos tiene que grabar hoy en día un buen grupo para convertirse en un clásico? Con un par de ellos, ¡con uno, incluso!, puede ser más que suficiente… Por la misma razón, si al tercer o cuarto disco no son capaces de superarse, de introducir variaciones… pues eso, se vuelven antiguos, aburridos, y tú escucharás sus primeras grabaciones, así como pasarás olímpicamente de todo lo nuevo que vayan sacando a la calle. Así de sencillo.

– De acuerdo, sencillísimo, ¡oh! ser supremo del rock’n’roll… ¡Pedro dixit!

– ¡Bah! No me vaciles, tía, que estoy hablando en serio.

– Pues tú no me des lecciones, tío, que no las necesito.

Y se enzarzan en una amistosa pelea que, como suele ocurrir cuando hay deseo, acaba en un buen polvo que sirve de vía de escape a toda la tensión acumulada previamente. La fase post-coito devuelve el silencio, ya no hay música, ya no hay discusiones, tampoco se pueden oír jadeos entrecortados… Toda esa quietud se ve perturbada inconscientemente por el intenso rugir de las entrañas de Ingrid, que no conocen otra forma más discreta de decir que ya está bien, que el hambre aprieta. Pedro se da por aludido: “Oye, ¿por qué no bajamos a la sidrería de enfrente a comernos un buen par de centollos?”, propone, a lo que ella asiente antes de matar contra el compacto vidrio del cenicero el primer canuto del día, el canuto mañanero.