… DE LA VIDA XV…

XV.

“Hoy he pasado mi primer día en Asturias. He buscado piso, lo que me ha llevado casi todo el día. El piso está bien, me gusta mi habitación: amplia, no da a la calle, ¡pero sí que tiene una cama de matrimonio para mí solo! Ni siquiera he deshecho aún las maletas, y eso que aquí empieza a oler a chorizo que tira para atrás. Me da igual. Mis compañeros de piso parecen majos; tendré que ir tanteándolos, no quiero yo problemas de convivencia, aunque, eso sí, cada uno a lo suyo.

Sólo he pegado en la pared una vieja foto de mi abuela Dolores. ¡Qué guapa era! Murió joven, en la plenitud de su belleza, aquí en esta misma ciudad.

Abuela Dolores, estoy aquí; vengo a rescatarte, a salvar tu espíritu de las cadenas del tirano. ¡Salve al pueblo soberano que lucha por derrocar al tirano!

Mañana comienzo las clases, y todavía no sé cómo se llega a la Facultad de Filología; pero no pasa nada, ya le preguntaré a alguno de éstos, que ellos sabrán el camino ya que llevan viviendo aquí tres años.

Esta misma noche – dentro de un rato, para ser exactos – quieren sacarme por ahí de copas. Pues nada, habrá que estrenar mi nueva ciudad.

¡Hola, Oviedo! Ya estoy aquí; me tienes en tus entrañas. ¿Acaso me esperabas?”

Este fue el primer y último día que Pedro escribió algo similar a un diario.

La hoja reposaba plácidamente dentro de una carpeta clasificadora con las tapas verdes, entre muchas de las cartas que Ingrid le había escrito, todas ordenadas cronológicamente, leídas y releídas en multitud de ocasiones de autocrítica depresión, incluso subrayadas en un vano intento de buscar indicios, señales que pudiesen mostrar algo más que una simple, aunque sólida amistad.

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… DE LA VIDA XII…

XII.

Pedro decidió estudiar Filología Inglesa porque le apasionaba el Inglés. Sus grupos musicales preferidos eran casi todos británicos o estadounidenses. Podía pasarse horas y horas escuchando música, siguiendo las letras de las canciones, para luego traducirlas. También le gustaba el cine. No se perdía ninguna película en versión original con subtítulos que pasaban por la tele, en el Cine-Club de la segunda cadena. Se sabía los títulos originales de las películas, lo que le hacía parecer un pedante de lo más pretencioso cuando llegaba al Instituto y conversaba con sus amigos: “Joder, tengo un sueño de la hostia. Ayer me quedé a ver Freaks, de Tod Browning, hasta las tres menos cuarto de la madrugada. Es una película cojonuda, con todos esos seres deformes…”

“¡Ah, sí! Te refieres a La Parada de los Monstruos; también me quedé yo a verla. Pero si dices siempre el título en Inglés, ni dios te va a entender”, solía contestar alguno que todavía no había huido.

El Inglés era su futuro: escribiría, traduciría, compondría canciones, vería películas sin subtítulos – todas las de Peckinpah, Wilder, Hitchcock, Altman, Coppola,… -. No veía aún cercano el momento en que se marcharía de casa. La situación con sus padres era casi insostenible. El choque generacional estaba llegando a su límite. Lo mejor sería separarse de ellos para poder hacer su vida sin las consabidas interferencias paternas. La cuestión era: “¿Adónde me voy yo a estudiar?”. León estaba demasiado cerca del radio de acción de papá y mamá, y, además, sólo podría estudiar allí el primer ciclo para luego tener que irse o otro sitio a terminar su licenciatura en Filología Inglesa. Decidió irse a Oviedo después de pasar un fin de semana de juerga con sus amigos, entre los cuales estaba Humberto, que llevaba dos años en Oviedo estudiando Psicología. Humberto le contó todas las ventajas de estar allí: una ciudad no excesivamente grande, con mucho ambiente nocturno, y sin ser éste exclusivamente universitario, algo que ambos odiaban visceralmente – tunas y demás algarabía con un tufo muy, pero que muy decadente -. Además, había que contar con el resto de Asturias: Gijón, Avilés, Mieres, Llanes, todas las fiestas y romerías en pueblos de la costa y de la montaña… Parecía un buen plan el irse a estudiar a Oviedo.

A todo lo anteriormente mencionado, Pedro unió la parte sentimental, propia e intransferible. Se sentía genéticamente muy revolucionario: su abuela, miembro del Partido Comunista desde 1930, Había estado en Asturias durante la Revolución de Octubre del 34, ayudando a sembrar ilusiones renovadoras en la gente oprimida. Iban a conquistar el mundo. El pueblo vencería, si duda…

Pero la abuela Dolores murió en las calles de Oviedo. Franco había tomado el mando de las operaciones contrarrevolucionarias, y un regular se cruzó en su camino, y tras dispararle en su pierna derecha, atravesó el frágil cuerpo de Dolores con su maldita bayoneta calada. Se desangró allí mismo, tirada en la calle y sin que nadie pudiese ayudarla. Esa era, al menos, la versión de la señora Anuncia, una antigua amiga de Dolores, viuda de Ramón ‘El Stalin’, el cual también había participado en aquella mítica revolución del ’34 junto con muchos otros compañeros bercianos, aunque él tuvo más suerte que Dolores: murió en el ’91, de puro viejo.

A Pedro le gustaría saber dónde había muerto su abuela, en qué calle, en qué dos metros cuadrados había respirado por última vez. Le rendiría el homenaje merecido.

Toda esta historia, aunque pueda formar parte de un mito, aunque pueda haber sido exagerada un poco debido a la literatura oral popular, se la había oído contar a su tío Carlos cuando éste estuvo de visita – para confirmarla, Carlos llevó a Pedro a casa de la anciana Anuncia para que así su sobrino pudiese escuchar todo el relato por boca de una amiga de su abuela; por boca de la que, ocho meses después de lo ocurrido en Asturias en el ’34, se casó con ‘El Stalin’, que había vivido casi en directo, según contaba él cuando se ponía en plan batallitas, la agonía de Dolores. Su madre, que no quería recordar las aventuras proletarias de “Mamá Dolores”, no contestaba nunca a las preguntas que Pedro le hacía al respecto. Hacía ya dos años que Pedro se interesaba por la vida y milagros de su abuela; le gustaba ver aquellas fotos antiguas en las que se veía a su abuela, junto con otras mujeres, en la Cooperativa de Tabacos que habían montado.

No quedaba la más mínima duda, Oviedo era el sitio idóneo para irse a estudiar, o a lo que fuese menester. El espíritu de la abuela Dolores le protegería, seguro.

ANTES…

“Aquellos cíclopes saldrán esta noche y mañana de las entrañas de la tierra, y con sus barrenos, con sus picos, con sus cartuchos de dinamita, intentarán hacer saltar la Historia”- Joaquín Maurín, dirigente comunista del P.O.U.M., Octubre de 1934.

– … ¡Vamos, Dolores, corre que nos alcanzan esos hijos de puta!

– Ya no puedo más… creo que me he roto un tobillo. Sigue tú ¡Ánimo compañero…! Hasta siempre, mi amor…

– ¡Toma, coge esta pistola y dispara si es necesario!

El compañero de Dolores lanza el arma a los pies de su amiga. Ella, dolorida, agotada de puro cansancio, no duda ni un instante en recoger el arma del suelo. Ramón, que así se llamaba el compañero de partido de Dolores, también venido desde El Bierzo, como ella, a luchar por la Revolución, se encamina hacia la Calle Cimadevilla. Están escapando de los regulares y de la policía gubernamental, que los persiguen con saña para hacerlos prisioneros… o, en el peor de los casos, para matarlos. Tras ese primer instante en el que prevalecía el propio instinto de conservación, Ramón da marcha atrás a su veloz carrera, y regresa hasta la posición en la que había dejado abandonada a su amiga y compañera. Teme por su vida. Pero sólo tuvo tiempo para llegar y ver como un regular apuntaba desde bastante cerca a Dolores, disparaba y la hería en su muslo derecho, rematándola justo después clavando con saña su bayoneta calada en el estómago de aquella mujer indefensa que no había sabido manejar la pistola, y que sólo dispone ahora de un instante de vida, el suficiente para escupir en la cara al regular y llamarle ‘¡hijoputa fascista!’. Ramón mata al asesino antes de proseguir con su huida. No se le había pasado ni por la imaginación que alguno de aquellos que los perseguían podía actuar de forma tan rastrera, tan cobarde… Ya es demasiado tarde y no hay tiempo para las lágrimas, para lamentar la impune pérdida de su amiga, de su compañera, de su amante, de la esposa de uno de sus mejores amigos de adolescencia, aunque ya no se dirigían la palabra el uno al otro. “A ver cómo le cuento yo esto a Eutiquio… y esos dos niños, qué van a hacer ahora sin su madre…”, iba pensando Ramón mientras aceleraba su paso y cargaba al mismo tiempo el fusil arrancado de los brazos de aquel regular. De la bayoneta todavía chorreaba la sangre roja de su compañera. Era el día cinco de octubre de 1934, comenzaba la Revolución en Asturias.

“Las estadísticas oficiales publicadas por el régimen que acabó con la República estimaron en 4.336 el total de las bajas habidas en los sucesos de octubre, distinguiendo entre muertos, heridos y desaparecidos, así como entre paisanos y militares. La cifra más alta de muertos (1.051) y heridos (2.051) correspondía a los civiles, naturalmente”. – David Ruíz, INTRODUCCIÓN A OCTUBRE DE 1934.