CEREZAS – VIII

VIII.

(Antonio estaba muy nervioso. La inminencia de su boda tenía más peso en su balanza interna que su propio autocontrol. Doña Asunción, la madre, contó el siguiente secreto de la familia, su secreto, al propio Antonio, que en esos días se mostraba más que desconocido ante sus ojos de madre conocedora del fruto de su sangre:

En su segundo embarazo, Doña Asunción, la del “paparrán”, traía gemelos, pero no sabía por qué extraña razón uno de los dos había nacido muerto, demasiado muerto, como si llevase varios días muerto dentro de su vientre; el otro era Álvaro, lógicamente. La madre, Doña Asunción, contó a su primogénito que ella siempre había sentido vivo a aquél que nació inerte, que notaba como se movían en su interior dos pequeños cuerpos. Los dos lo hacían; se movían, intercambiaban sus posiciones, y, por esa razón, ella sabía que venían dos, (incluso era capaz de distinguir quién de los dos fetos daba alguna que otra patadita. “Ésta de Álvaro o Asunción; esta otra de Anastasio o Ana María.” Doña Asunción quería que los nombres de todos sus hijos empezasen por la primera letra del alfabeto. Era una tradición en su familia, heredada de sus antepasados maternos: Angustias, su madre; Asunción, su abuela; Angustias, su bisabuela; y así hasta la última de sus predecesoras en lo que ella era capaz de recordar ascendiendo con la ayuda de sus neuronas por las ramas de su árbol genealógico. Doña Asunción quería introducir también esa tradición ancestral en los varones. Sin embargo, ella no era “paparrana”; descendiente de “paparranes” lo era su marido, Emilio, el “paparrán”, y sabía que sus hijos o hijas lo serían de por vida. Qué se le iba a hacer; no se podían controlar las intenciones de los habitantes del pueblo. Ellos mandaban, y los apodos prevalecían – y prevalecerán por siempre – sobre los verdaderos nombres). Enterraron al feto del que iba a ser Anastasio el “paparrán” en la tumba familiar; sin ceremonias, sin aspavientos. Iría al limbo de los nonatos y de los que no se habían podido librar, “¡oh, Dios, qué disgusto!”, de la marca del pecado original. Después de oír la historia de su desconocido hermano, Antonio trató de disimular su sorpresa siendo comedido en los gestos, en las respuestas. Un simple “nun sabía nada de eso, madre…Tuviera que ser muy duro pra usted. Eu nun podo recordalo; era demasiao pequeno”, que zanjaba el asunto para siempre. Nunca más volvieron a hablar del tema. No se atreverían a menearlo jamás.

Antonio se casó una semana más tarde con la mujer a la que su hermano Álvaro había pretendido antes que él, aunque sin éxito. Remedios la “morraña” no había elegido al pequeño de los paparranes porque éste le parecía muy voluble, demasiado para su frágil paciencia.)

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… DE LA VIDA LVI…

LVI.

Era superior a sus fuerzas, la curiosidad arrastraba irremisiblemente a Pedro hacia la búsqueda de alguna explicación sino posible, al menos plausible. En casa de la familia Zamudio Frías no quedaba ni un solo recuerdo palpable de la travesía por la vida de la primogénita. La única instantánea que Pedro conservaba de Ingrid también se había volatilizado misteriosamente. Todos sus compañeros de piso aseguraban y reaseguraban infinidad de veces que ellos no habían cogido la dichosa fotografía. ¿Qué cojones quedaba entonces…? Pedro se estaba planteando incluso si alguna vez había poseído aquella foto, y habría llegado a esa conclusión de no ser por los testimonios de Fernando, de sus propios compañeros de piso, hasta del propio Juanjo, el que había osado en una ocasión hacer un comentario fuera de tono sobre las voluptuosas formas de Ingrid. Todos confirmaron, sin dejar lugar a la menor de las dudas, que una vez existió, aunque sólo fuese plasmada en papel fotográfico, la imagen de una guapa chica morena al lado de un bisoño adolescente con cara de despiste inherente. “De todos modos, alguien podría haber hecho un buen montaje… ¿o no?”, llegó incluso a afirmar el cachondo de Iñigo, un fanático hincha de los Expedientes X.

A Fernando, en ocasiones agudo con su ingenio, un día se le ocurrió una última alternativa. “Recuerdo que me dijiste que la foto aquella la había hecho un primo tuyo, ¿no?”, preguntó Fernando súbitamente eufórico debido a la supuesta brillantez de su idea. “Sí, mi primo Jose”, le respondió Pedro sin darle mayor relevancia al contenido de la afirmación de su amigo – ya le daba todo igual, ya no sentía la desesperación de los días previos, sólo tenía ganas de pasar página cuanto antes -. “Pues ya está, asunto arreglado. Él conservará el negativo, supongo… haces una copia, o varias copias por si acaso…” Pedro tomó nota y, sin más demora, ese mismo día hizo una llamada telefónica a su primo Jose a Cacabelos para que le hiciese el favor de copiar la foto de los negativos de la boda de la prima Natalia en la que él salía con una chica morena muy guapa. La respuesta de Jose surgió contundente como un misil tierra-aire: extrañamente, Jose había extraviado los negativos de las fotos de aquella boda – “ya ves, tengo guardados todos los negativos de todas las fotos que he hecho en toda mi vida, y ésos, precisamente ésos, no están. Y mira que los he buscado para dejárselos al tío Martín, que no hace más que pedírmelos, y fotos, lo que son la fotos que saqué, no me quedan ni la mitad, el resto, pues ha desaparecido no sé aún ni cómo…” – A pesar de la decepción inicial, semejante respuesta (puede que hasta esperada) no causó la menor mella en el apaciguado ánimo de Pedro. Estaba dejando de ser Mulder, el ‘siniestro’, para ir convirtiéndose paso a paso en la escéptica Scully; “no me voy a creer nada, ninguna explicación fuera del mundo pragmático… pero seguiré insistiendo… por lo menos unos días más. La muerte de Javi no puede quedar así, impune… Era mi amigo, y creo que se merece un último esfuerzo por mi parte.”

Siguiendo la línea que la boda-despertador trazaba, a Pedro se le ocurrió indagar en casa de sus primos Jesús y Natalia. En una de las visitas a Cacabelos fue a visitarlos. Después de conversar sobre los mismos temas triviales de siempre, que si este año vendrás para la matanza, que si se estaban planteando ya tener descendencia ahora que estaban estabilizados (“¡qué triste!”, pensó Pedro ante la angustia existencial que le provocaba el hecho de pensar que alguna vez pudiese llegar a tener un hijo; “joder, un enano invadiendo toda mi intimidad y sin dejarme vivir a mis anchas… ¡no! ¡Y una mierda…! ¡Ni pa dios!”), etc., etc.

Pedro comenzó a hablar de Ingrid, sobre la repentina desaparición de la chica; se dirigía especialmente a Jesús, que, como primo de Ingrid, puede que supiera algo, que conociese algún dato nuevo que le acercase a su paradero actual. (Pedro no mencionó el accidente que había acabado con los huesos de su amigo Javi en el camposanto de Oviedo, no fuera a ser que esa información coartase de alguna manera la respuesta de Jesús.) Jesús sí sabía que su prima se había largado de casa sin dejar rastro, acto que, a pesar de lo que opinaba su familia, a él le parecía lógico; “no, si mi prima siempre estuvo un poco pirada. Es una tía muy rara, yo nunca llegué a tener una relación muy estrecha con ella… es más, se podría decir que ninguna, salvo en las típicas reuniones familiares. No tengo ni puta idea de dónde puede estar… Pero, ¿a qué se debe tanto interés por tu parte?”. “No, nada en particular; es que me enteré de su desaparición porque en Madrid me encontré por casualidad con su hermano… con tu primo, vamos”, contestó Pedro a la pregunta enviada por Jesús, cuando en realidad le hubiese apetecido decirle “¡y a ti qué cojones te importa! Son asuntos míos, solo míos; ¿vale?”. Pedro intentó una última cuestión: “oye, Jesús, ¿tú sabes si Ingrid tenía un Ford Fiesta de color rojo… o quizá su padre, o su madre?” “No, que yo sepa tenían un Polo; luego se compraron un BMW. Pero un Fiesta, no, de eso sí que estoy seguro.” Era imposible seguir; los caminos se bifurcaban una y otra vez, una y otra vez hasta hacer que los cruces, con infinidad de opciones a elegir, superasen la capacidad de Pedro para poder discernir cuál era el válido y cuál no. Pedro cambió repentinamente de tema; no quería que se le notara en exceso su delicado interés por la ‘tía rara’ aquella, pero llegado un momento en el que volvían a hablar cíclicamente de las mismas cosas una y otra vez, una y otra vez, ya no pudo resistirlo más y preguntó si podía ver al álbum de fotos de la boda, algo que hizo sentado entre el matrimonio de primos. Resultado negativo: Ingrid sólo aparecía en una foto, pero nada más se podía ver una pequeña parte de las botas Doctor Martens que llevaba puestas aquel día, el resto de su ser estaba tapado por su hermano Erik. Eso era a lo que se había reducido Ingrid, su recuerdo, a unos centímetros cuadrados de piel de bota Doctor Martens de color negro, ni mate ni brillante. Y ya metidos en materia, también se dispuso, esta vez a propuesta de su prima Natalia, a ver el insufrible vídeo ‘artístico’ de la boda entre planos innecesariamente alargados de flores del parque y de horteras sombrillas estilo victoriano. Nada, Ingrid parecía no haber actuado en aquella película: no estaba entre los presentes en la ceremonia religiosa, tampoco había bailado mientras el fotógrafo – el nieto de Honorio, el retratista, el que había inmortalizado a la abuela Dolores…el que había muerto en la Guerra Civil, en el frente de Aragón – grababa el vals que iniciaba el baile nupcial; su sitio en una de las mesas de invitados se presentaba vacío ante la videocámara cuando estuvieron tomando planos de todos y cada uno de los invitados al banquete. Daba la impresión de que Ingrid se había ocupado con extrema precisión de no dejar pruebas de su existencia hasta ese momento.

Aquello ya no daba para mas, con lo cual se despidió de Natalia y del marido de ésta envuelto por la cortina de humo formada por frases supuestamente efusivas del tipo “a ver si vienes a vernos más a menudo, que parece que no tienes primos…” Al entrar en casa de sus padres llegó a una firme determinación: “Paso. Desisto por completo; ya no pienso indagar más… Si ella mató a Javi, que sobre su conciencia recaiga su muerte, y si no lo hizo… ¿qué hostias hago yo entonces perdiendo el tiempo con estas pijadas, si dentro de nada comienzan lo exámenes…?”.

Si una persona no cree en la existencia de ningún dios, ni en ningún otro tipo de superstición, ni en nada que se salga lo más mínimo de la línea impuesta por las leyes de la ciencia, entonces no puede seguir buscando soluciones cuando cada paso dado, en vez de ir respondiendo lógicamente al planteamiento inicial, genera por sí mismo montañas y más montañas de enormes interrogantes. “Mejor no saber, no ver, no oír, no hablar más… Sigo con mi vida, como siempre, y puede que algún día, cuando menos las necesite, lleguen hasta mí las respuestas a tanto embrollo”, se dijo Pedro a sí mismo la misma noche en que regresó de su pueblo, tras haber visitado, sin resultados evidentes, a sus primos, y antes de ponerse a estudiar duramente para un examen final de Sintaxis Generativa Transformacional de cuarto curso de Filología Inglesa.

La expresión de la abuela Dolores parecía haber cambiado, parecía incluso más serena, más segura de sí misma que antes… pero se trata de una simple fotografía pegada en la pared de un cuarto en penumbra, y Pedro no se dejará nunca llevar por ese tipo de impresiones. Puede que no le den más que miedo… puede que, de todas formas, la verdad no esté ahí fuera…

… DE LA VIDA XLIX…

XLIX.

Si tuviese que decidir en este mismo instante cuántos amigos he tenido a lo largo de mi aún corta existencia, con toda seguridad nombraría a tres: Simón, Javi (a pesar de los pesares, y a pesar de sus errores pasados… errores que jamás podrá – ¿podremos? – ya subsanar) y Mariano. (Ingrid fue algo más que una amiga, una simple y pura amiga entendida desde la “sencillez” que se le presupone al concepto de amistad en todas sus vertientes y ramificaciones… por eso no la puedo incluir aquí.) Y al decir ‘amigo’, me refiero al concepto de amistad en toda su extensión: compartirlo todo sin exigencias de ningún tipo, sin intereses creados, compartir hasta una chica si la ocasión lo requiere. Puede que Fernando llegué algún día a ser un gran amigo, pero eso es algo que se acaba forjando con el tiempo, y, realmente, hace poco tiempo que nos tratamos… y, desde luego, lo de compartir una chica con él…¡Cómo para intentar un trío!

De los anteriormente citados, la muerte me ha separado primero de Simón, y luego de Javi, con lo que, aplicada la correspondiente resta, sólo me queda Mariano; aunque tampoco sé realmente si sobrevivirá a su matrimonio… ¡Qué chungo!

Mariano Farelo, ‘Tocinín’ – mote curiosamente no heredado de sus predecesores, a nivel de árbol genealógico, sino que ganado a pulso gracias a sus sempiternas meriendas consistentes en bocadillos de tocino frito -, es un hombre tranquilo, más incluso que el John Wayne que vivió en Innisfree al lado de Maureen O’Hara; demasiado para mi gusto; pero eso no es malo, no, tan sólo un poco atosigante para los que lo conocemos de siempre.

Hace dos años – ¡qué lapidación en vida! – se casó con su última novia, Cristina Polledo, la hija del zapatero de la plaza al que apodan ‘El Túzaro’. Fui a la boda de mi amigo Mariano con ‘La Túzara’, aunque rechacé tajantemente, y con suma alevosía, la proposición indecente que él me había hecho: ser el padrino. No me gustan los protagonismos que generan este tipo de acontecimientos; no me gusta el matrimonio; odio la monogamia como símbolo de continuismo de la sociedad basada en lo que ‘ellos’ llaman la célula familiar. No lo entiendo, ¿por qué tiene que acabar así uno de los mayores folladores de Cacabelos…? ¿Por qué renunciar así, de golpe y porrazo, a uno de los mayores placeres que la vida puede deparar a un hombre: la conquista de una mujer tras otra? No hallo respuesta alguna, aunque puede que el sinfín que nos lleva haya traicionado miserablemente a mi amigo…

Conozco a Mariano desde que íbamos a párvulos, pero empezamos a ser compañeros de pandilla, de juegos, que no amigos (creo que ya he explicado – o intentado al menos – cuales son los pilares que sustentan la amistad), a los doce años. Yo estaba a punto de jubilarme de mi labor como monaguillo, que las nuevas generaciones venían apretando fuerte, y Miguelín, el de ‘La Frasia’, y yo comenzábamos a padecer la llamada de las glándulas en forma de visible bozo entre nuestra nariz y labio superior; vamos, que ya no estábamos presentables, aún sin nombrar el peligro de pecado mortal que nos acechaba sigiloso si aquello que cada poco se ponía tieso, en principio sin razón aparente, se llegaba a hacer perceptible bajo nuestras casullas blancas de castos monaguillos – algo que más de una beata, de las que en continuas misas perdían el tiempo, hubiera deseado, en primer lugar, para escandalizarse a gusto y así descargar toda su rancia adrenalina; y en segundo, para, después del visible escándalo, poder recurrir a alguna parafílica fantasía con la que aprovechar todos esos fluidos malgastados en manchas amarillentas sobre sus bragas.

Mi madre aún me hacía vestir pantalones cortos, de niño, durante todo el año. En verano se agradecía, pero en invierno, con las heladas, suponía un verdadero suplicio que dejaba mis pantorrillas, rodillas y muslos sin apenas circulación sanguínea, al borde incluso de la gangrena en algunas ocasiones. Por suerte, o desgracia para los demás, no era yo el único que padecía esa tortura; era como una especie de tradición secular de los pueblos de la región, que se mantenía, quizá por miedo al cambio, o porque ninguna madre se atrevía a dar el paso inicial, en los primeros años de la transición política. Angustias, mi madre, fue una de las pioneras; ¡con qué satisfacción empecé yo a ir a clase en el colegio con mi primer par de tejanos…! Y todo gracias a ‘Tocinín’…

Solíamos jugar por las tardes, después de salir de la escuela, a algo que llamábamos ‘cintalabrea’, palabra de la cual desconozco exactamente su etimología; aunque pienso que ‘cinta’ se refiere con toda seguridad a cinturón, y ‘brea’ a (valga la redundancia) la ‘brea’ que nos dábamos… los golpes… las hostias; y me explico: en el juego se sortean entre todos los contendientes dos roles, uno el de ‘la madre’(o persona que maneja a su antojo todo el desarrollo del juego), y el otro el de ‘perseguido’ por los demás, el cual cuenta además con unaaa… llamémosla ventaja, que consiste en que puede utilizar un cinturón para defenderse y arrear cintazos (‘brea’, repito) a todo el que se le ponga por delante. Al grito de ‘¡cintalabrea!’, proferido por ‘la madre’ del juego, el ‘perseguido’ podía correr a los demás procurando asestar el mayor número de latigazos con su arma sujeta-pantalones, pero sin descuidarse ni un ápice, ya que al grito de ‘¡oreja!’, que ‘la madre’ corea cuando le viene en gana, el resto de participantes pasaba al ataque intentando capturar al paria para darle unos buenos tirones de oreja; y así sucesivamente hasta que se oía ‘¡oreja pa casa!’, grito que daba paso a la batalla final: uno intentando librarse del acoso corriendo hasta la posición que ocupaba ‘la madre’ y así ganar el juego, y los demás tratando de capturarlo y llevarlo asido de la oreja ante la insigne presencia de ‘la madre’, el dios de ‘cintalabrea’. Un juego cruel, pero divertido. Ni que decir tiene que los que más corrían tenían siempre todas las ventajas; desde luego, yo en ese menester era de los más negados, por no decir el que más…

Una fría tarde de noviembre – la recuerdo bien ya que era el cumpleaños de mi madre -, después de sortear cada misión entre los allí presentes, a Mariano le tocó ser ‘el perseguido’, a Miguelín el papel de ‘madre’, y yo, junto con los cuatro restantes, a esperar órdenes. Pues bien, si Mariano era de los que más rápido corrían, y yo, entre el grupo de supuestos perseguidores era, con diferencia, el de menor punta de velocidad, y teniendo también en cuenta que en aquellos días Miguelín estaba un poco enfadado conmigo por culpa de unas hostias – pan divino – que yo me había comido irresponsablemente antes de que él ayudase en misa, os podéis entonces imaginar como acabó todo aquello: ‘¡cintalabrea!’, gritó Miguelín, y, en menos de cinco segundos, Mariano llegó corriendo hasta mi altura para dejar mis desprotegidas piernas como la espalda de Kunta Kinte cuando intentaba por enésima vez escapar del ‘masa’; todo ello con la complicidad del cabrón de Miguelín, que, para su regocijo, no se dignó a cambiar el rumbo del juego… Dos días más tarde aparecí en clase con un par de tejanos marca ‘Lois’ provocando la sana envidia de todos mis compañeros.

La consecuencia hizo que me olvidase un poco de la causa, que no era otra que Mariano – con el descarado consentimiento de Miguelín, bien es verdad -, el torturador del alelado Pedro. Creo que desde ese día comencé a sentir un cierto aprecio por el causante de mi cambio de aspecto, aunque sin olvidar que, a la larga, tenía que vengar la afrenta sufrida. Ese sentimiento siempre nos queda grabado en alguna neurona que se puede activar cuando menos te lo esperas – si con Tacho, ‘El Mangas’, no se activó en mi interior, creo que se debió a que la situación era totalmente distinta: no es lo mismo un ensañamiento injustificado, sólo por aprovechar la debilidad del oponente, que cantarle las cuarenta al que crees que se ha comportado como un puto chivato -. La venganza siempre tiene un componente pragmático que, de forma inconsciente, aflora cuando ves delante la oportunidad; y yo la tuve… ¡vaya si la tuve!

Como una buena ensalada, la venganza debe servirse fría, bien fría. Habían transcurrido tres meses desde aquel suceso, y el juego de ‘cintalabrea’ había pasado al ostracismo; la moda imperante en los primeros días de la primavera del ’82 era un juego al que en mi pueblo denominábamos ‘pico, pala, puño’ – también conocido como ‘cuchillo, tijera, ojo de buey’ o ‘chorro, morro, pico, taina’ en otras isoglosas. La descripción del juego de las tres ‘pes’ es muy sencilla: se hacen dos equipos con el mismo número de competidores en cada bando – cinco es el número ideal -, luego se sortean los roles, según los cuales, un equipo debe situarse de forma encadenada contra una pared, en la que el árbitro se encarga de sujetar entre sus manos la cabeza del que se coloque en primer lugar; una vez que éste está agachado y situado, los demás, por orden, se van enganchando sucesivamente cada uno al anterior, colocando la cabeza entre las piernas del que le precede, a la vez que, para poder mantener la estabilidad y así poder hacer más fuerza, se agarra con las manos a su cintura; y el otro equipo debe saltar, de uno en uno, sobre ese sucedáneo de plinto. Cuando el equipo receptor está ya preparado, el juez da la orden para que el equipo atacante vaya saltando, como ya he mencionado: uno por uno, a lo largo de ese plinto humano; lo normal es que, llegados a este punto, haya discusiones de poder para establecer quién salta el primero; aunque siempre hay que rendirse a la evidencia: yo, la antítesis de la flexibilidad – desde luego, se puede decir que ‘lo tenía todo’ -, por lo general iba en uno de los últimos turnos. Si alguno de los atacantes tocaba el suelo, o se caía, cosa que ocurría con relativa frecuencia, ya que era muy normal desequilibrarse en el aire al intentar dar un gran impulso para llegar lo más lejos posible y así dejar suficiente sitio para los demás, entonces se perdía el turno de ataque y se cambiaban los papeles entre los dos equipos. Pero, por el contrario, si se hundía el plinto receptor, entonces los perdedores eran estos últimos, y vuelta a empezar. Cuando conseguían saltar todos los de un equipo y el receptor mantenía su estabilidad, uno de los que estaban encima hacía con una de sus manos un gesto que representaba uno de los tres símbolos del juego: ‘pico’, con el dedo índice; ‘pala’, con la mano abierta y extendida; y ‘puño’, con el puño cerrado; todo ello sin que ninguno de los que aguantaban a pie firme bajo todo ese peso pudiese verlo, ya que sólo el árbitro podía tener acceso con su vista a la secreta señal, para, a continuación, preguntar a los sufridos portadores: ‘¿pico, pala, puño?’, a lo que éstos contestaban con suma rapidez cualquiera de los tres. Si acertaban, se cambiaban las tornas; si no era así, pues nada, a seguir padeciendo sobre sus espaldas todo el peso corporal de los rivales.

Ese sábado, el de la ‘venganza’, Mariano estaba en un equipo y yo en el contrario. Nos tocaba saltar a nosotros (ya llevábamos siete turnos seguidos saltando, y todo gracias a Manolín, ‘El Moucho’, que a sus trece años, pesaba ya la friolera de noventa y seis kilos), y lo que hacíamos era muy sencillo: dejábamos que fuese él el iniciador, el primero en tomar carrerilla y abalanzarse con todo su peso y toda su saña – que mala hostia no le faltaba al animal del ‘Moucho’ – sobre el temeroso potro, que no hacía más que desarmarse una vez tras otra ante tal avalancha. Pero, claro, los demás nos estábamos ya aburriendo un poco por no participar, aunque sí que nos habíamos reído un rato largo viendo como se desplomaban los rivales bajo el peso del ‘Moucho’, con lo que decidimos, tras una corta asamblea, cambiar el orden de saltadores. A mí me tocó el tercero. Mariano estaba situado en cuarta posición en la cadena de cinco que formaban la pista de nuestro aterrizaje. Saltó Toño, luego Miguelín – ya nos habíamos amigado -; hasta ese momento todo perfecto, los compañeros estaban bien colocados; habían caído en una posición bastante estable, con lo que los tres restantes contábamos con el espacio suficiente para situarnos a toda la larga sin excesivos agobios. Ya era mi turno… pero antes de empezar mi carrera, como por instinto, recordé el día en que ‘Tocinín’ se había ensañado injustamente conmigo, con mis pobres piernas, utilizando su cinturón negro de cuero. ‘¡Venga Pedro, salta ya, hostia!’, me recordó Toño, que comenzaba a tener serios problemas de sujeción en la parte delantera del potro. Sin más demora, eché a correr como un poseso, con una idea fija en mi mente: venganza. No sé ni cómo lo hice, pero caí a plomo sobre la espalda encorvada de Mariano a la vez que le propinaba una fuerte patada en toda la cara, en la que hice estallar toda mi rabia… y un perro rabioso necesita imperiosamente morder, morder… Ni siquiera me preocupé de asegurar mi propia estabilidad ya que acabé en el suelo, lo mismo que Mariano, sólo que él sangraba abundantemente por su nariz… Joder, ¡se la acababa de romper! Todos vinieron a por mí, a echarme una buena bronca, mientras yo trataba en vano de justificarme: ‘jolines, no pude hacer otra cosa… perdí la estabilidad…’. Nadie me creyó. Sólo Mariano, que agarraba su maltrecho apéndice nasal con el propósito de interrumpir cuanto antes aquella escandalosa hemorragia, dijo que allí no había pasado nada, que aquello no eran más que lances del juego, y punto. Desde ese día nos convertimos en amigos inseparables… Y no penséis que mi pueblo es como el del chiste de Gila, el de ‘pues si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo…’, no; se trata sólo de cuestiones personales e intransferibles, no de que seamos brutos por naturaleza… aunque, bien pensado, sí que lo somos un poco, pero sólo un poco…

Por eso creo que puedo entender, sin entrar en razones o divagaciones varias, el significado de una venganza, la rabia que la provoca, la ‘bacteria’ que la transmite… cómo acaba finalmente por insertarse entre nuestros pensamientos más recónditos, los que pertenecen al mundo del sueño, al mundo de nuestros actos más imprevisibles… al diccionario mental de nuestras conscientemente ajenas psicopatías… Por eso podría llegar a entender a Ingrid, aunque no quiera ni pretenda justificar ante mí ni ante nadie todo lo que sucedió aquel domingo de madrugada, todo lo que nos encaminó (y me incluyo, ¿por qué no había de hacerlo?), como conducidos por mil y un demonios de la medianoche, enloquecidos, hasta aquel fatídico día. Ingrid… Ingrid… … ¡Ay, Ingrid…! ¡Quién te entienda que te compre!

En resumen (y para no ponernos tiernos), cada uno entiende la venganza a su manera… Una vez yo le confesé a Mariano que aquel día le había propinado la patada a propósito con el afán de saldar una vieja cuenta pendiente, la de ‘cintalabrea’. ‘Ya lo sabía, gilipollas’, fue lo que me respondió, a lo que yo, en un alarde de reflejos mentales, contraataqué: ‘también yo sabía que tú lo sabías, ¿o qué te crees…? Sólo quería darte la satisfacción de que pudieses oírlo de mi boca’. No me dio más contestación, aunque sí que me sonrió mientras con su mano derecha se acariciaba levemente su torcida nariz.

… DE LA VIDA XXIII

XXIII.

Después de despedirse de Ingrid, Pedro había entrado de lleno en un agujero negro. Sentado en la barra del bar, se vio reflejado en el espejo: su rostro cambiado entre una botella de ron cubano y otra de bourbon. “De vuelta a la realidad”, se dijo mientras uno de los camareros se acercaba hasta su posición para preguntarle qué deseaba tomar. “Una coca-cola”, respondió Pedro, el Pedro abstemio, el Pedro de ayer que no soportaba el alcohol, ni el humo del tabaco, ni las palabrotas que los compañeros de clase utilizaban a la mínima de cambio. “Cagondiós, vaya de puta madre que esta la jodida chocolatina ésta”, suponía la última frase que llegó a escandalizarle. Su fe católica, llevada hasta extremos que rayaban casi con el más puro integrismo sectario, había levantado más y más barrotes cada día, que acabaron por construir una celda unipersonal que no le permitía salir al mundo exterior. Ingrid se encargó de abrir la puerta de esa cárcel; Pedro salió, restregó con saña sus ojos, y recorrió el mundo durante unas horas, pero su carcelera se había ido ya, y el dilema existencial planeaba ahora sobre su cabeza: “¿Vuelvo a la cárcel, o la destruyo definitivamente para ser libre? Pues no, no pienso regresar. Conoceré el exterior, Sí señor”. Apresuró su decisión al percatarse de que sus padres se acercaban peligrosamente a su trinchera. Ya no había marcha atrás. Bebió apresurada y nerviosamente el último trago de su refresco de cola y se dio la vuelta encarándose desafiante a Aurelio. “Vámonos, hijo, que ya va siendo hora de retirarse”, fue todo lo que oyó por boca de su padre. Pedro no era capaz de salir de su asombro. “¿Estás ya bien, hijo? ¡Hala!, despídete de los tíos y de los primos mientras yo voy a recoger la chaqueta del guardarropa”. Increíble, ¿su madre también en tono conciliador? No quedaba más remedio que separar las yemas de los dedos del Colt 45 que había estado a punto de desenfundar.

Durante el camino de vuelta a casa sólo se comentaron detalles sobre la boda, que si vaya buena que estaba la crema de nécoras, que si el novio parecía un poco “pailán”, etc., etc. Ni siquiera al entrar ya en casa, donde el qué dirán pierde toda su razón de ser, hubo el más mínimo comentario sobre el incidente acaecido. En un tris estuvo Pedro de pedir perdón, pero no, no podía debilitar a las primeras de cambio su nueva actitud vital: había comenzado el diario de un rebelde, único e intransferible, aunque, al mismo tiempo, idéntico a todos los demás. Dio un simple “Buenas Noches” antes de encerrarse en su cuarto. Por primera vez su habitación le pareció una habitación extraña, decorada con muy mal gusto – “tanto crucifijo… Pues anda que esos trípticos de San Antonio… ¡Vaya una mierda!” -. Al meterse en la cama se acordó de Ingrid, lo que le hizo sentir unas irrefrenables ganas de masturbarse. Se masturbó muy despacio, en una auténtica ceremonia de iniciación, recorriendo lentamente con su pensamiento cada uno de los rincones del cuerpo de la muchacha morena que acababa de desvirgarle aquella misma noche, haciendo paradas especiales en los grandes y duros pezones que resaltaban como dos balas entre la masa de sus enormes tetas, y, sobre manera, en el depilado coño, en los labios vaginales y en el clítoris, apéndice que recordaba con la grata compañía de un fino dedo anular que se movía bruscamente de arriba a abajo sobre él. No pudo más; se corrió; manchó las sábanas… pero nada de eso le importó. Se sentía muy relajado, como nunca anteriormente lo había estado. Antes de entrar de lleno en el estado alfa del sueño, decidió que al día siguiente escribiría una carta a su nueva amiga, a su único y displicente amor.

… DE LA VIDA XVI…

XVI.

La fiesta llegaba a su fin. La orquesta apuraba una última pieza: era verano, nada mejor que “Fai un Sol de Carallo” de Os Resentidos. Los pocos que aún aguantaban el tipo, alzaban sus brazos al cielo y, al son del sucedáneo de gaita en forma de cutre teclado, hacían lo que buenamente podían, que, para ser honestos, era más bien poco. Se hacía harto imposible encontrar algún invitado que no estuviese borracho. Los señores componían un grupo de clónicos descamisados luciendo todo tipo de cadenas doradas, así como pelambreras, más o menos pobladas, en sus curtidos pechos. Los cinturones, un nivel por debajo de las ostentosas barrigas, habían retrocedido uno o dos agujeros para no dificultar excesivamente la ya de por sí entrecortada respiración de sus dueños. Todos a una, viejos, jóvenes y medianos, “¡Fai un sooool de caraaaalloooo…! Sólo los recién casados mantenían cierta actitud sobria, casi demasiado seria para reflejar su “hipotética” dicha. Sentados al fondo del salón, parecían coger fuerzas para pasar por el amargo trago de tener que despedir educadamente a todo el mundo, para esbozar la mejor de sus fingidas sonrisas a todos y cada uno de los allí presentes. ¡Qué crueldad! Aunque ellos habían elegido esa opción y, como personas bien educadas, deberían fingir, ser cínicos hasta el límite.

Quince segundos más, y la orquesta “Dátiles” se despediría de todo el personal. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, ¡UNO!, ¡CEROOO…! Aplausos, palmaditas mutuas en la espalda, el sol de carallo que deja paso a la realidad de la noche cerrada; todos parecen felices. Natalia y su ahora ya esposo se levantan de sus respectivas sillas, se miran resignadamente a los ojos, y se van acercando con paso firme hacia el gran grupo. Es ya el epílogo de la obra. El público parece satisfecho y comienza a felicitar efusivamente al primer actor, así como a la gran diva que encabezaba el cartel: “Enlace Natalia-Jesús. Salón Nº 2”.

A unos veinte metros del salón número dos, aún podía verse a una joven pareja en plena conversación, muy entretenidos y ajenos a todo el bullicio.

– Parece que esto se acaba. ¡Por fin! ¿Cómo te encuentras ahora? ¿Estás ya mejor?

– Sí, sí. El mundo vuelve a girar a una velocidad normal para mi cabeza. Ahora tendré que enfrentarme a mis “queridísimos” padres.

– ¡Venga, ánimo! Hoy eres otro, hoy puedes superarlo todo; has resucitado de entre los muermos.

Los dos sonríen muy a gusto. Pedro siente un repentino impulso, y acerca su cara a la de Ingrid para darle un beso, pero ella retira bruscamente la suya.

– ¡No! No me beses.

– Pero, ¿por qué? Hace un rato tú me diste un beso, así, de repente, y yo lo entendí como un gesto cariñoso, sin más.

– Ya, bueno, no sé…Es que no quiero hacerte daño. Hace unas horas me hubiera importado un bledo hacerte daño o no. Pero ahora no, ya no; no quiero que pienses en mí como una posible novia o algo por el estilo. Amigos, sólo amigos.

– Ya sé que no quieres nada conmigo, en el terreno sentimental, me refiero, pero sólo era un beso de amigo… ¡Yo qué sé! No sé nada de estas cosas.

Se callan por un instante, en el que cada uno busca dentro de sí algo que poder decir. Buscan la coherencia, necesitan explicaciones lógicas para que todo quede bien sentado. Ninguno pretende que haya confusiones recíprocas. Pueden oír todo el barullo que proviene del salón: ahora la gente canta las canciones de toda la vida, pronto llegará el “Asturias Patria Querida”.

– Mira, Ingrid, para qué nos vamos a engañar, tú me gustas, e intuyo todo lo que opinas sobre ese hecho… Pero podemos dejarlo en sólo amigos sin ningún problema. ¡Joder, no creo que eso sea tan difícil!

– Vale, amigos, buenos amigos si quieres. Contigo me siento muy relajada, puedo hablar y ser escuchada, sin reproches. Eres demasiado puro. Cambiarás, pero seguirás siendo, en el fondo, el mismo. Me da la sensación de que voy a necesitar amigos como tú en un futuro no muy lejano.

Acto seguido, Ingrid vuelve a robar otro beso de los labios de Pedro. El ya se esperaba algo parecido, y esta vez no se sorprende, sólo acaricia con sus dedos el pelo ensortijado de su amiga.

– Tengo que confesarte algo, Pedro.

– Di lo que te apetezca, que yo te escucho.

– Antes, en el baño, te violé.

– ¡Qué? ¡¿Qué antes qué?!

– Eso, lo que acabas de oír, que te violé. Aunque a ti no te lo pareciera, para mí fue una violación en toda regla.

– No sé qué decir, no entiendo nada… cada vez menos.

– Hace dos años y medio, en los vestuarios de mi Instituto, mi novio por aquel entonces me violó. Bueno, mi novio, primero, y a continuación todos los cabrones de su pandilla. Ni siquiera fui capaz de llorar. Tampoco los denuncié, ni conté nada a nadie. Eres la primera persona a la que cuento todo esto. El caso es que yo, desde ese día, con los tíos actúo en plan vengativo: les echo un polvo, y luego paso de ellos; y si se cuelgan por mí, pues mejor que mejor, así puedo yo maltratarlos de miles de maneras. Es mi propia forma de hacer justicia.

– Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué me cuentas ahora a mi todo esto? ¿Por qué no me vas a maltratar a mi…? ¿No formo yo parte de tu justicia?

– Ya te he dicho que eres la primera persona buena que se cruza en mi camino. Has llegado a tocar mi fibra sensible, y eso es la primera vez que me ocurre en mucho, muchísimo tiempo.

– Lo siento.

– ¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que sientes?

– No lo sé. Quizás lo diga por ser hombre y tener así algo en común con esos hijos de puta… No lo digo por compasión o algo así.

Pedro rodeaba con su brazo izquierdo la espalda de Ingrid, brazo que terminaba en la mano, la cual reposaba sobre el hombro izquierdo de su amiga. Casi por instinto, ella inclina su cabeza dejándola caer suavemente sobre el pecho de Pedro. Ingrid se siente bien, parcialmente bien, ya que nunca podrá tener sensaciones plenas, rebosantes de vida. Muchas veces piensa que debería darse un golpe en la cabeza para volverse amnésica, o incluso para morirse de una puñetera vez…

– Tendrás preguntas que hacerme.

– No, no necesito saber nada. Sé lo suficiente y no creo que tengas que contarme más detalles. No me considero morboso.

     – Bueno, pues al menos voy a contestarte a una: antes me masturbé, en primer lugar, porque sólo consigo placer autosatisfaciéndome, y, segundo, porque de esa manera te estaría fastidiando mucho más de lo que ya lo estabas… a nivel psicológico, quiero decir.

– Te equivocas, yo no haría nunca esa pregunta, primero, porque sobre sexo no tengo ni el más remoto conocimiento y, segundo, porque cada uno puede hacer lo que le de la santa gana. Somos seres libres, ¿o no?

Ingrid rompió a llorar de una forma espontánea, echando gotas y más gotas de amargas lágrimas. Lloró toda la rabia acumulada durante los últimos dos años y medio. Lo único que había necesitado en todo este tiempo era un hombro fiel sobre el que descargar toda su ira contenida, y, al fin, allí lo tenía. Se iniciaba, para ella, un largo proceso de autolimpieza interior… aunque la palabra VENGANZA viajaría siempre con ella, marcada al rojo vivo justo por debajo de su epidermis. Tres veranos antes, a Ingrid le habían hecho dos tatuajes, uno en cada una de sus nalgas: en la izquierda podía leerse RAGE (ira incontrolada), y en la derecha, en rojo fuerte, REVENGE (venganza).

… DE LA VIDA XIII…

XIII.

Pedro apuró las últimas caladas del porro y bebió whisky de la petaca que Ingrid se había traído consigo. Comenzaba a sentirse, de nuevo, un poco mareado. No quería hacer nada, tan sólo dejarse perder en el agujero negro de su interior, y escuchar lo que la chica morena que había conocido hacía unas horas le tenía que decir. Ni siquiera pensaba en sus padres, ni en lo que pudiera ocurrir cuando llegase el momento de marcharse para casa. Sentía, cada vez con más convicción, lo futil que había sido su vida hasta ese momento, no ya por haber probado las drogas, o haberse estrenado, aunque sin éxito, en el terreno sexual. No, lo único que sentía era que hasta ese día había vivido como un caracol, un puto caracol que vive con suma lentitud, y que siempre opta por el camino más fácil, el que contenga menos obstáculos. Ahora estaba decidido a buscar rincones, recovecos de vida nueva que pudieran aportarle sensaciones distintas cada día. Punto final a las aburridas partidas de ajedrez, a las horas malgastadas como ratón de biblioteca rodeado por insulsas novelas históricas y tomos de las más variopintas enciclopedias. Como primer paso a tomar, debería buscarse algún amigo. Sentada a su lado podía estar su primera oportunidad, su nueva amiga , o puede que su primer amor, opción que dependía exclusivamente de ella, ya que él estaba dispuesto a todo, listo para la batalla.

– Cuéntame algo, el silencio me agobia, y llevamos ya un buen rato callados. No sé… qué estudias, si sales con alguna chica… Lo que se te ocurra.

– Pues no se me ocurre nada. Mi vida podría contártela en un par de minutos como máximo, pero prefiero no hacerlo porque entonces pensarías que soy un gilipollas, que lo soy, seguramente… Y tú eres mi primera chica; nunca me había fijado en ninguna… Bueno, María José era mi amiga, y yo debía gustarle y todo eso, pero hace tres años aún no había yo desprecintado mi cerebro… Ni hace dos años, ni hace dos días, hace tan sólo … (Pedro interrumpe su diatriba para mirar la hora en su reloj, y ve que es la una menos cuarto de la madrugada) … unas dos horas, más o menos.

– ¡Joder, qué fuerte! Así que tú eres el típico niño bueno, aplicado en clase y sin ninguna falta de disciplina en su vida. ¡Bah! No creo que sea culpa tuya, aún no te habría llegado el momento de espabilar.

– Nunca es tarde para rectificar. No sé, hay un mundo fuera de las cuatro cosas que yo hago: voy a misa los domingos con mi madre, como un autómata; estudio para sacar buenas notas… pero eso no me sirve, ahora lo veo claro. Nunca me había parado a analizar el porqué de las cosas. Tengo todo ante mis ojos y yo siempre paso de largo…

– Creo que no soy muy buena dando consejos, pero puedo decirte que yo llevo casi tres años viviendo un poco al límite. Dentro de poco cumpliré dieciocho, y no creo que sienta nada especial llegado ese momento. Seré mayor de edad, legalmente hablando, pero me da la impresión de que he madurado antes de tiempo…Tú estás en el momento ideal, procura no pasarte con lo que decidas hacer, controla todos tus actos, todos tus vicios, si es que los vas a tener, claro, y, sobre todo, no te dejes dominar por ellos.

– ¿Qué quieres decir?

– Mira, llevo tres años metiéndome de todo, pero sé cuándo hacerlo y cuándo no. No sé si me entiendes.

– La verdad es que no, no entiendo lo que tratas de decirme.

– A ver… El que yo fume porros no quiere decir que lo tenga que hacer todos los días, ni desde que me levanto hasta que me voy a dormir. Puedo pasarme un mes de vida sana, yendo al monte, a correr en bici… Joder, eso, que si vas a lanzarte al vacío, debes llevar un buen paracaídas mental.

– Vale, lo tendré en cuenta.

Pedro se sentía inferior, a lo que también contribuía el hecho físico de estar sentado en el suelo mientras Ingrid permanecía casi tumbada decubito supino unos escalones más arriba. Notaba toda la fuerza que emanaba de su interior, de cada palabra que ella pronunciaba con ese tono de voz tan envolvente, tan agradable y tan seguro al mismo tiempo. No estaba a su altura, no debía hacerse demasiadas ilusiones. Habían follado, y ella no le estaba dando la menor importancia a ese hecho, lo que le hacía presuponer que ella estaría más que acostumbrada a manejar a los chicos a su antojo; y con él no tenía ni para empezar. Se consideraba a sí mismo como un oponente demasiado fácil, una buena presa, un antílope tullido ante una leona hambrienta.

– ¡Ingrid?

– ¿Qué?

– Sobre lo de antes… Bueno, ya te dije que era la primera vez, en todos los aspectos, vamos.

– ¡Bah! No te preocupes, tío. Sencillamente me apeteció y punto. No vayas a creer que me gustas, o que me estoy enamorando de ti. Me caes bien. Eres un tío raro, de los que quedan pocos. La verdad es que, bien mirado, se puede decir que eres hasta guapo, pero te sacas muy poco partido: ese pelo, esa pinta tan de señor mayor.

Ingrid acarició el pelo de Pedro, luego se incorporó, flexionó su tronco y le dio un beso fugaz, de una décima de segundo, en los labios. Con ese gesto cariñoso, Pedro comprendió que no tenía ninguna opción para enamorar a aquella chica. A él sí que le gustaba Ingrid, se había colado por una chica por vez primera, pero, en un corto intervalo de tiempo, ya comenzaba a notar en sus vísceras los sinsabores de su recién estrenado desengaño amoroso; sensación que hizo aumentar los efectos secundarios del costo fumado y del whisky bebido. La Tierra comenzó a rotar mucho más aprisa. Notó como su estómago empujaba con fuerza hacia arriba e intentaba expulsar de su interior lo poco que aún contenía. Dos arcadas, y se tuvo que poner de pie e irse corriendo a una esquina para vomitar por segunda y última vez. En esta ocasión, Ingrid sí que se ocupó de él. No todo estaba perdido, al menos podrían ser amigos.

… DE LA VIDA… X

X.

    Pedro salió del lavabo ayudado por su tía abuela Juliana, en la cual se apoyaba como buenamente podía. Casi no podía ni subir las escaleras de acceso a la pista de baile. Juliana lo dejó sentado en un sillón, y se dirigió a avisar a su sobrina Angustias, la madre de Pedro. Pedro aún no se enteraba de casi nada, pero estaba resucitando poco a poco, a la vez que iba encajando cada pieza, cada acción encadenada que había conducido su mente a semejante estado. La gente pasaba por delante de él como seres de otra dimensión, aunque algunos buenos samaritanos se paraban para interesarse por su estado. Pedro sólo atinó a soltar un buen eructo cuando su madre llegó y le preguntó cómo se encontraba.

      – ¡Dios mío, qué disgusto más grande! ¿Cómo has llegado a ese estado? – Angustias estaba realmente impresionada por ver a su hijo, a su buen retoño, al obediente de Pedrito, en esas etílicas circunstancias y, para más inri, delante de toda la familia. “¿Qué pensarán?”, constituía la principal preocupación de Angustias y, más que cuidar de su hijo, lo que hacía era esconderlo, que nadie viese a Pedro con una curda semejante; sobre todo Aurelio, su marido y, al fin y a la postre, padre de Pedro.

     Angustias pidió un café con sal para ver si así reanimaba a aquel ser casi inerte que no podía articular ni una sola palabra, aquél que había destrozado sus entrañas al nacer, aquél que la había hecho engordar quince kilos durante el embarazo, y que había provocado la pérdida de todo su encanto físico como pura y simple hembra de buen ver; pero también aquél al que más quería, aquél por el que sería capaz de matar al propio rey sin pensar siquiera en las consecuencias.

      Pedro iba, poco a poco, recobrando la consciencia, iba recuperando el color en sus mejillas y, por fin, pudo hablar de forma inteligible dirigiéndose a su progenitora:

      – Mamá, ¿has visto a Ingrid? ¿Sabes dónde está?

      – ¿Quién?

      – Ingrid; una chica morena con unos vaqueros negros ajustados.

    – Así que es ésa. Así que ésa te emborrachó y te dejó en este estado; y encima ahora me preguntas por ella… quieres estar con ella. ¡Es increíble!

     Angustias se había fijado en el sucedáneo de  baile que su hijo se había marcado con aquella chica, la cual, por cierto, le había dado muy mala espina.

    – ¡Mamá?

    – Dime, hijo. Dime.

    – ¡Vete a tomar por culo!

    Y se levantó, sintiéndose otra vez persona, para buscar a Ingrid por toda la fiesta. Con un gesto de desesperación, Pedro comenzaba a darse cuenta de que ella ya no pululaba por el salón de baile. De reojo, tampoco cesaba de controlar que su padre lo perseguía con cara de pocos amigos, mientras su madre lloraba desconsolada sentada en el sillón en el que anteriormente él había estado reposando su embriaguez.

    Decidió echar a correr en dirección a la puerta de salida, y eso hizo, y sin parar hasta encontrar un rincón lo suficientemente escondido como para que no lo encontrasen, pero no demasiado apartado de la puerta de acceso al salón donde se seguía celebrando el baile. Ingrid tendría que regresar en cualquier momento, no podía ser que se hubiese ido ya, que no se hubiese ni despedido de él. No se podía ser tan hijaputa.

    Se apoyó en una columna, estiró las piernas y, por un instante, se sintió a gusto, cómodo consigo mismo. Ya casi había despejado la borrachera. De repente, siente una mano que toca por detrás su hombro derecho. Pedro se gira, y ve a Ingrid acompañada de un chico alto, guapo y de aspecto moderno, a su espalda. La sensación de amargura, de celos, de impotencia, que embarga a Pedro en ese momento es indescriptible. El castillo se construye y se derrumba antes de que una princesa azul pueda habitarlo.

    Ingrid, dándose perfecta cuenta de la cara que se le había quedado al infeliz de Pedro, se apresuró a decir: “Pedro, éste es mi hermano Erik.”

      Se ve que a los padres de Ingrid les había dado por los nombres escandinavos. “Allá cada uno”, pensó Pedro.

    – Venimos de meternos unos tiros de coca. Erik pilló casi dos gramos. Por cierto, ¿cómo te encuentras? Antes parecías un poco jodido… con un buen moco, vamos.

     – Ahora ya estoy mejor. Acabo de escaparme de mis padres. Creo que voy a tener una buena bronca cuando todo esto acabe.

    – Oye, hermanita, yo me piro que he dejado sola a Paula, y hoy hay mucho buitre suelto – Interrumpió Erik.

    Pedro pensó casi instintivamente en su primo Jose, y en que se podía montar una buena si Paula resultaba ser la rubia con la que su primo estaba intentando ligar. Pero todo eso le dio exactamente igual, ante sí tenía a su recientemente adquirida musa, y no podía haber nada más importante en toda la Vía Láctea.

    – Joder, una bronca – Prosiguió Ingrid – ¿Qué es, que se enteraron del rollo, de lo que ha pasado?

    – No, no, qué va. Tan sólo he contestado mal a mi madre por primera vez en toda mi vida, y ¿sabes?, lo más gracioso es que me siento mejor que nunca… … ¿Te haces otro porro? Es que el de antes no me supo a nada.

    – Vale, creo que aún me queda alguna china por la cartera.