… DE LA VIDA XXXIX…

XXXIX.

Ese ruido, ese maldito ruido que emite la paleta del albañil contra los bordes del mármol se va haciendo cada vez más y más insoportable. Los invitados al sepelio van huyendo en oleadas de su inevitable predicción de futuro, de toda la parafernalia que la muerte siempre trae consigo. Cuando el nicho de Javi ya está absolutamente precintado tan sólo permanecen allí sus padres, su hermana y, un poco más alejado, observándolo todo desde la distancia, su amigo Pedro.

No es por morbo, ¡qué va!, es sólo una cuestión de supervivencia, de innato apego a la vida: él se ha muerto y Pedro se siente más vivo que nunca… Y con esa sobredosis de vida decide, en ese preciso momento, buscar soluciones, las causas que han llevado a su buen amigo a permanecer para siempre en ese estado inerte en el que ya no podrá hablar más, ni fumarse otro porro, ni correr en bicicleta, ni volver a escuchar a los Pixies…

De acuerdo, te has muerto… Adiós, hasta siempre. Yo seguiré por los dos”, constituye la única oración por su amigo que sale de los labios de Pedro.

Con el transcurso de los días Pedro irá recordando con mayor nitidez lo sucedido aquel fatídico domingo de madrugada, el accidente que nos separó de Javi. Sólo con ejercitar un poco su capacidad de memoria podrá extraer alguna conclusión que conteste salvadora a todos sus interrogantes… De momento, ya no puede soportar ni por un instante más la visión de esos dos padres destrozados. Había previsto darles el pésame, pero no le quedan fuerzas para acercarse a ellos. La madre de Javi se agarra desesperada al nicho sin dejar de gimotear; el padre trata en vano de tirar de ella para poder irse de aquel lugar cuanto antes; y la hermana permanece ajena al dolor paterno mientras llora para sus adentros todo el dolor que la inunda un poco más cada segundo que pasa. “Dantesco espectáculo”, piensa Pedro y, con la venia, da media vuelta para escapar por piernas del hogar de la materia orgánica de los muertos. Mientras busca la puerta de salida de ese laberíntico cementerio, se fija en algo que lama poderosamente su atención: una fosa común presidida por una extraña escultura, rodeada ésta por multitud de ramos de flores como mínimo originales – rosas rojas que forman una estrella de cinco puntas, rosas y claveles rojos que dibujan simbólicamente una hoz y un martillo, composiciones florales tricolores: rojo, amarillo y morado… – “Joder, cuántas banderas republicanas”, piensa Pedro en alto a la vez que empieza a preguntarse intrigado si no estará enterrada allí su abuela Dolores. No hay ni una sola cruz, ningún símbolo católico, sólo un cartel al pie de la escultura que reza: ‘Monumento a los hombres y mujeres torturados y asesinados por la represión franquista’… Da lo mismo, porque aunque la vieja Dolores no descanse en ese mausoleo, para Pedro esa fosa común tan idealista, tan idealizada a partir de ahora, ha supuesto todo un hallazgo: “Supongo que no os importará si vengo aquí de vez en cuando a charlar un poco con mi abuela, ¿verdad?… … Muchas gracias, sois cojonudos”. Pedro sabe que allí hay un sitio para ‘La Carretona’, revolucionaria hasta la médula, y muerta como todos los que yacían bajo aquel suelo por el rodillo de la represión franquista, aunque ésta fuese parte de la represión pre-Guerra Civil… o ¿quién si no había sido el encargado de “limpiar” Asturias de las hordas revolucionarias que osaban “ensuciar” el suelo patrio?

Sale, por fin, del cementerio municipal de Oviedo; y camina con una nueva sensación, algo que hasta le hace sonreír… porque Javi, por el momento, se esconde agazapado en otro rincón de su cerebro no conectado con el pensamiento presente.

En los aledaños del camposanto espera pacientemente Fernando, aunque un poco inquieto ya ante la imprevista tardanza de Pedro.

– ¡Hombre, por fin apareces! ¿Dónde te metiste?

– ¿Qué?

– Que dónde estabas, que llevo media hora aquí esperando. Los padres y la hermana de Javi se fueron hará ya unos diez minutos…

– ¿Tanto? … Joder, pero si acabo de dejarlos allí… en…

– Tú alucinas, colega.

– Es que se me pasó el tiempo mirando una fosa común.

– ¿Una fosa común?

– Sí, una fosa común… … Es una larga historia que ahora no viene a cuento; ya te la contaré otro día, que lo que más deseo en este instante es perder este puto lugar de vista.

– Yo también… Vámonos. Tengo el coche aparcado al lado del tanatorio… ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

– Sí, sí… no pasa nada… Es extraño, ¿no crees?

– ¿El qué?

– Que se te muera tu mejor amigo, que lo acaben de emparedar ahí dentro para que se pudra para siempre… y nosotros aquí, tan tranquilos, como si tal cosa.

– Ya… es ley divina: unos se van…

– ¡Qué ley divina ni qué hostias! Es el destino, tío, el puto destino…

– No sé… puede… ¿De verdad aún crees que ella iba a por ti?

– ¿Quién?

– Joder, ¿Quién va a ser? ¡¿Quién coño va a ser?! Lo que me contaste del intercambio de cazadoras, el accidente, el coche rojo que conducía ella, Ingrid.

– ¡Ah! Sí, claro… Ingrid. Casi no me acordaba ya del accidente de marras.

– ¿Qué tienes pensado hacer a partir de ahora?

– No lo sé… No tengo ni puta idea… Creo que debería aclarar algunas cosas con ella. De todas formas, puede que ella no haya sido…

– Si estás totalmente seguro de que fue ella deberías denunciarla directamente, y dejarte de rollos.

– ¿Denunciar? ¿Denunciarla yo? ¡Qué va, tío, qué dices…! ¡Ni pa dios! ¿Acaso crees que la puta inepta policía puede solucionar algo?

– Bueno, es lo correcto, lo legal, ¿no?

– Mira: Javi, mi amigo, está tieso, allí encerrado, metido dentro de un puto ataúd… eso ya no lo va a solucionar nadie… La verdadera justicia no tiene porque ser la que nos imponen, la que nos han hecho mamar desde críos… Hay miles de formas…

– Por supuesto que sí, pero sólo una válida: denunciar y que cada uno se encargue de su trabajo.

– Joder, vaya insistencia, tío… Ni que te dieran a ti de comer los ‘maderos’.

– Acabas de hacer diana: mi padre es un ‘puto’ policía.

– … Bueno, ¿y qué? Yo sigo pensando lo mismo; eso no cambia nada…

– Ya. Tú lo que eres es un cabezota… Ya verás, ya verás cuando se lo cuente a mi padre…

Fernando introduce la llave en el contacto y, entre risas y bromas derivadas de su conversación, salen definitivamente de aquel infierno en la Tierra. Fernando comprende en parte a su nuevo amigo: Pedro busca desesperadamente una vía de escape que pueda reconfortarlo internamente de alguna manera; no pretendía, a estas alturas, empezar a jugar a los detectives; sin embargo debe preguntar, indagar, si quiere estar en paz y armonía con su propia conciencia, no ya sólo por Javi, sino también por su propia estabilidad emocional… Vaya un supuesto como punto de partida: la chica de la que está enamorado desde hace unos años, aunque él no lo reconocería abiertamente ni bajo tortura china, se carga así, por las buenas, a su mejor amigo… puede que confundiéndolo con él mismo… O no, quizás lo ideal sería que todo hubiese sido fruto de una extraña casualidad, bien como consecuencia de una imprevista autotraición alucinógena, o bien como causa de una paranoia esquizoide provocada por la interna lucha amor-odio que se vivía, desde el día en que la conoció, en el corazón de Pedro.

¿Ley divina? ¿Destino? ¿Casualidad?… ¡Qué más da! Ya no hay vuelta de hoja, y lo único cierto es que los gusanos afilan ya sus cubiertos para, sin más demora, hincar el diente en la fresca carne joven que acaban de adquirir a precio de saldo, que poca carne joven suele haber de oferta en esta época de longevidad, ya que sólo carne vieja, dura y arrugada, procedente del matadero al que los humanos llaman geriátrico, es distribuida regularmente en el frío país de los gasterópodos…

… DE LA VIDA XXXIV…

XXXIV.

Como todos los años, el quince de noviembre estaba reservado, era una fecha marcada para siempre en el calendario interior de Pedro. Había ido a su pueblo a visitar a Simón, a hacerle el correspondiente resumen de los acontecimientos del año transcurrido a su viejo amigo.

Allí estaba la madre de su amigo, en el cementerio, colocando un gran ramo de rosas rojas sobre la tumba de su añorado hijo, repitiendo automáticamente cada movimiento que, con el riguroso luto que aún la vestía, parecía, cada año, una nueva toma del mismo plano. Sólo su pelo, poblado ya de canas, y las arrugas que inundaban su cara delataban el paso del tiempo – quince años, cinco mil trescientos setenta y cinco largos e interminables días para una mujer cuyo único hijo se había muerto habiendo cumplido tan sólo seis primaveras -. No tuvo más hijos. Su marido se vio obligado a abandonarla, por pura y dura extenuación – no soportaba ni por un minuto más vivir en un mar de continuo sufrimiento huracanado -. Sólo Simón, el eterno niño preso de por vida en su memoria, la anudaba a la barandilla del puente que, en su caso, separa la vida de la nada.

– Buenas tardes, señora Rosalía.

– Buenas tardes – Ella alza la vista y ve a Pedro de pie, a su lado, tranquilo, con las manos en los bolsillos – ¡Mira Simón, ha venido tu amigo Pedro a verte!

– Sí, claro. Ya sabe que nunca falto a la cita con Simón.

Doña Rosalía se lo queda mirando durante un largo instante, luego se acerca a él y le acaricia el pelo.

– Vaya grande y guapo que estás. Son veintiún años ya, ¿no?

– Si, señora, cumplidos el trece de julio.

– Ya… El de Simón es del dos de febrero… ¿Recuerdas la fiesta de cumpleaños?

Pedro asiente con un gesto. No pretende tirar mucho de la cuerda, y sigue escuchando.

– Estaban también Miguelín, el de “La Frasia”, y aquella niña tan mona… ¿Cómo se llamaba…? Si, hombre, la hija de aquellos que tenían una droguería en la plaza, que habían venido de Foz.

– Merceditas, era Merceditas. Mucho nos metimos con ella aquel día.

– ¿Qué será de ella? Se fueron hace ya nueve años, creo que a Vigo… No sé, no lo recuerdo con exactitud.

Rosalía, como tenía por costumbre cada quince de noviembre, cambió la foto de su hijo, colocada allí en medio de la cruz que presidía la tumba. Abrió el portarretratos de cristal, sacó la descolorida imagen de su retoño, y puso allí una nueva copia de la misma imagen, exactamente igual: el Peter Pan de Cacabelos. Dio un beso muy sonoro a su pequeño hijo, limpió cuidadosamente la marca de sus labios impresa sobre el papel fotográfico, y se despidió de los dos amigos.

– Bueno, os dejo, que así podéis hablar a gusto.

Anochecía con toda la rapidez del otoño. Un cementerio siempre resulta un lugar siniestro: los cipreses que hacen guardia, en fila de a uno, frente a cada sepulcro, el ruidoso crujir de huesos que se van resquebrajando, junto con ese perenne silbido fruto de la gula de miles y miles de gusanos que intentan abrirse paso entre carne putrefacta, pueden provocar pánico al más pintado. Pero Pedro ni se entera. Sigue contándole sus cosas al amigo perdido, mezcla de papel Kodak de Luxe y de losa de mármol granítico. Este último año ha sido especialmente duro.

– Tú que eres amigo de la muerte…Bueno, igual eso suena un poco fuerte, así como a legionario o algo parecido. Me refiero a que, ya que estás en una situación totalmente desconocida para una persona con vida, pues eso, que podías ayudar a mi amigo Javi, para que aguante, para que sobreviva. No creo en fantasmas, y eso que me da la impresión de que me gustaría poder hablar con uno, con el tuyo, con el de mi abuela Dolores… No sé… Tampoco creo que exista una especie de vida después de la muerte… Claro, ahora te preguntarás qué coño hago aquí, hablando solo delante de tu tumba. No sé explicarlo bien, sencillamente crecemos y nos vamos haciendo más y más complejos. Y eso que yo no soy de los mas raros. Ahí tienes a Ingrid, por ejemplo. Ya ves, ahora me siento algo ridículo. Casi es ya noche cerrada y sigo aquí, solo y sin notar aún la más mínima sensación de miedo… ¿O sí? Tengo que despedirme ya, amigo. Vuelvo dentro de un año. ¡Ah! Y no te cortes, si quieres presentarte como aparición fantasmagórica ante mi, no lo dudes ni un instante… Recuerda que todavía me debes unas cuantas canicas.

Y se va caminando despacio sin dejar de mirar al frente, a ese portón metálico que separa a los vivos de los muertos. Decide, mientras, fumarse un cigarrillo porque el miedo empieza a acelerar su ritmo cardíaco. Piensa que quizá no tenía que haber animado a su amigo a convertirse en fantasma, y más aún cuando se da cuenta de que, claro, no dejaría de ser un ánima de seis años. “Sería algo así como Tom Hanks en ‘Big’, sólo que al contrario… Supongo”. De esta forma apura sus últimos pasos, que ya denotan algo más de prisa, hasta empujar el portón y salir del camposanto. Una vez a salvo, da un fuerte resoplido de alivio, y controla con suma avidez que, de puertas afuera, todo sigue en su sitio: la fábrica de cementos en frente, coches que pasan en dirección a Quilós, Canedo o Vega de Espinareda…

A mi que me incineren, y que tiren mis cenizas donde les salga de los cojones”, se dice a sí mismo.

Al día siguiente regresa a Oviedo y, como siempre que viene del pueblo, llega cargado de viandas típicas de la tierra: chorizos, botillos, jamón, y conservas caseras de pimientos, castañas, y cerezas en aguardiente, que, entre los cuatro del piso, no suelen durar más de una semana. Esa misma noche se beberán todo el aguardiente y se comerán también las ricas cerezas, impregnadas de buen orujo hasta el mismísimo hueso; ya aniquilarán medio jamón, así como cinco o seis chorizos. Si sus padres supieran de este consentido y compartido saqueo, no se esforzarían tanto en preparar todos esos manjares para tener bien alimentado a su vástago.

Cargado como una mula, se dirige hacia la salida de la estación de autobuses. Se para cada seis o siete pasos para ir cambiando los paquetes de mano, y así compensar, de alguna manera, tamaño peso. Se va imaginando las caras de hambrienta alegría de estudiantes-en-piso que el contenido de los paquetes provocará en los demás.

Llega hasta el portal del número 36 de Fray Ceferino, posa en el suelo los bultos, y busca las llaves en el bolsillo de su pantalón. Gira su cabeza para tocar el timbre ya que no puede dar con las malditas llaves, y entonces ve, pegada en el cristal de la puerta, una esquela. Centra su vista lo más que puede, al no contar con la inestimable ayuda de sus gafas o de sus lentillas, y lee, bajo la jodida cruz de siempre, el nombre y los apellidos de su amigo: Javier Antonio Carril García. “Me cago en dios, ¡¡NO!!”. Su amigo Simón no debía ser muy amigo de la Vieja Dama. Lógico, con seis años sólo quieres tener amigos de tu edad.