… DE LA VIDA XLI…

XLI.

El camarero escanciaba el enésimo culín de sidra mientras Ingrid se peleaba, con cierto grado de impaciente nerviosismo, contra una de las patas de su centollo. Pedro la observaba en silencio. El ya había terminado con su crustáceo, y esperaba fumando tranquilamente a que su compañera comensal venciese en su particular batalla contra los frutos del mar para poder luego pedir algún postre. El continuo intercambio de cómplices risitas entre Pedro y el camarero agotó de un certero martillazo la frágil paciencia de Ingrid…

¡Paso de pelearme más…!”, dijo, y estrelló, acto seguido, contra el plato lo que entre sus manos quedaba aún de la pata del centollo, lo cual salió volando rebotado, yendo a aterrizar en la mesa contigua, en la que una feliz familia no cesaba de untar pastel de cabracho con mayonesa en las consiguientes mini-tostadas. La risa no pudo ser contenida ya por más tiempo… Todo ese colegueo entre su amigo y el camarero la llevó irrefrenablemente a un estado de furia casi incontrolada.

– ¡Idos los dos a tomar por culo…! ¡Os vais a descojonar de vuestra puta madre…!- proclamó realmente airada antes de levantarse de la mesa para dirigirse al baño con la intención de eliminar de sus dedos ese asqueroso olor a marisco. Una vez allí intentó calmarse un poco; lavó su cara con agua fría y respiró profundamente unas cuantas veces sin dejar de mirar de frente, a los ojos, su imagen en el espejo…

– ¡Y tú qué coño miras?- se gritó a sí misma

Pedro, sentado a la mesa del comedor, soportaba sobre sus hombros todo el sobrepeso de la escena previa: envió una mirada de trayecto semicircular que recorrió amenazante todas y cada una de las mesas, lo que, como ansiado antídoto, tornó el silencio acusador en murmullo generalizado, como debe ser siempre en cualquier bar.

– Vaya cómo se puso la parienta, ¿eh? – dijo el camarero dirigiéndose con poco tacto a Pedro.

-Ya – fue la única respuesta concluyente que Pedro pudo proferir, más atento, si cabe, al inminente regreso de Ingrid a la mesa que a los posibles comentarios dicharacheros de los allí presentes. No quería confianzas. Sintió alivio al comprobar que Ingrid no estaba aún de regreso del servicio – su reacción si llega a escuchar por boca de aquel camarero, (al que nadie había dado vela en entierro ajeno), la palabra ‘parienta’ podía ser auténticamente predecible… sólo quedará la duda de cuántos destrozos podría haber causado en la sidrería… – Más valía dar respuestas breves y cortantes al camarero con el fin de evitar ese torbellino de rabia desbocada.

Mientras Ingrid volvía del lavabo de señoras, Pedro se apresuró a lanzar a los ojos del osado camarero una mirada que decía: “Ni una sola palabra más, ¿vale, tío?”, y que además surtió el efecto deseado: se fue con viento fresco a echar sidra a otra de las mesas.

– Oye, perdona… pero es que tampoco sabes aguantar una broma.

– No, perdona tú. No sé qué hostias me pasa… estoy bastante alterada.

– Venga, no pasa nada. Vamos a pedirnos algún postre, ¿no?

– Pide tú algo para ti si quieres; yo paso, ya no tengo ganas.

– Como quieras. Yo, desde luego, sí que me voy a pedir un arroz con leche, que el de aquí está de puta madre… casero y además quemado con el gancho de la cocina; tradicional, como debe ser… ¿Estás segura de que no te apetece?

– ¡Qué no, joder! ¿Cómo te lo tengo que decir… ? Cuando quieres puedes llegar a ser muy atorrante.

– … Oye, tía, como sigas así me largo… y te pueden dar mucho por el mismísimo culo, que no hay dios que te aguante hoy… ¿vale?

Más que hablar en un tono de voz normal, Pedro susurró despacito toda su decepción al oído de su desquiciada amiga. Nunca le gustaron las escenas en público, las broncas al más puro estilo italiano … las veía como una forma de hacer teatro gratuitamente para un público dispuesto a succionar las desgracias ajenas. Ingrid, por el contrario, sí que forzaba sus cuerdas vocales a la mínima de cambio sin importarle el aforo en el patio de butacas. Esta contrastada actitud trajo consigo un instante de silencio que se levantó momentáneo como un muro pacificador entre ellos. Pedro aprovechó la tregua para comerse tranquilamente su arroz con leche, saboreando cada cucharada como si ésta constituyese la última de su vida. Ingrid por respeto, que no por ganas, esperó a que Pedro rebañase el cuenco de barro para volver a disparar.

– Joder, tío, contigo no se puede discutir – dijo en un tono ya más relajado.

– ¿Por qué lo dices? ¿Qué crees, que discutir sólo consiste en dar voces…?

– Es que no sabes discutir, no tienes sangre… nunca te alteras por nada; siempre estás ahí, tranquilo, a tu puta bola, como controlándolo todo…

– Sí, por una vez tengo que darte la razón, aunque…

– ¡Ves… ! Ahora me estás dando la razón para quitarme de en medio… Siempre estás a tu rollo, sin contar para nada con los demás. Eres un jodido hijo único egoísta y egocéntrico.

– ¡Joder, que yo no me estaba refiriendo a eso!… Yo me refería a lo de que no sé discutir… Bueno, no es que no sepa, que claro que sé, que no soy gilipollas… es que no me gusta hacerlo a voces; sabes de sobra que lo odio.

– Pues es la única forma de discutir que conozco.

– Yo no… y mira que he discutido mogollón de veces con amigos sobre cualquier tema… no sé, política, música, cine… incluso de fútbol…¡Joder, sobre cualquier cosa… y sin dar voces, tía!

– Eso, como todos los tíos… el dichoso fútbol. Sois de un simple…

– ¡Eh, eh; cuidado…! Ahí te equivocas de pleno, que yo el fútbol lo veo de otra forma, no como la mayoría de fanáticos. Para mí es un arte…

– No pienso hablar de fútbol… Sabes que lo odio. No sigas por ahí…

– Sí… Ya, ya. Lo típico de la imposición de los gustos del macho y bla, bla, bla… Pero si las tías nunca llegaréis a entender lo que significa el fútbol…

– Un juego, no es más que un juego idiota… ¡Es que es la puta verdad! Los hombres tenéis que tener vuestros jueguecitos para ser felices: que si el fútbol, que si las cartas…. Sois pura competición con patas.

– Qué no, que por ese camino no me vas a pillar… En ningún sentido distingo yo hombres de mujeres (bueno… en uno sí, claro… pero por lo demás nada… eeeh, dos, serían dos si incluyo al fútbol…). Me da igual tener presidente o presidenta, que mi padre cocine y mi madre se vaya a currar a la viña… No. No pienso entrar en tu juego, que siempre acabamos en lo mismo.

– ¡Tú empezaste!

– ¿Yooo…?

– Tú, sí, tú… no te hagas el sorprendido.

– Joder, pues será un indicio de falta de memoria, pero no recuerdo en qué momento… además no he sido yo el que se ha enfadado por una simple broma.

– Sí, acuérdate, antes en tu habitación, cuando quisiste imponerme tu música… desde ese momento llevo de mala hostia.

– ¡Qué dices? ¡Si tuvimos que acabar tragando a esos insoportables…!

– ‘… suena antiguo… son unos rancios…’. ¡Ya te vale, joder!

– Oye, no me hagas burla, tía.

– Pues si odias tanto todo lo antiguo, ¿por qué te gustan entonces las películas antiguas?

– Pero… ¿Quién te ha dicho a ti que a mí no me guste más que la música actual…? ¿Has revisado mis discos? Tengo desde madrigales hasta los grandes del ‘blues’: Elmore James, Muddy Waters, Howlin’ Wolf… No sé… Y lo del cine, para qué molestarse en explicarlo, si tú no ves una peli si está rodada en blanco y negro… No merece la pena seguir cuando no hay argumentos válidos…

– Pues no, en blanco y negro no las soporto… No me traen buenos recuerdos. ¿Pasa algo?

– Joder, que osadía. Reniegas de todo… de ‘El Crepúsculo de los Dioses’, de ‘Some Like it hot’, de ‘Intolerancia’, de Chaplin, de Keaton, de Lang, de Von Stroheim… ¡de la historia misma del cine!

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… Pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Si, anda… vámonos a casa que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– …Ya ves: me las recetó mi médico…

– Tú sabrás…No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; como si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche que eran, ¿pastillas para la tos?

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… DE LA VIDA… VIII

VIII.

   –  ¡Qué si tienes condones! Pareces gilipollas, colega.

  –  ¡Eh? ¿Qué? ¿Que si tengo condones? Pues no, no tengo. Pero una vez, Jaime Prado llevó uno a clase de Geografía y, además, ¡lo hinchó!… Aunque yo no me atreví ni a tocarlo. ¡Jodeeer!

     Pedro comenzaba a notar como se exteriorizaban los efectos del tequila, combinados sutilmente con los de la raya de coca que acababa de ponerse. Se había sorprendido a sí mismo diciendo un taco, ¡un puto taco!, hablando como cualquier otro chico de su clase. Se puso serio, pero la seriedad duró justo lo que tardó en mirar a Ingrid a los ojos.

      – ¡Ah, pues yo sin condón no follo, tío! Están las cosas como para andar dejando que se la metan a una sin la dichosa gomita, que paso de quedarme preñada, que luego a ver quién cojones me paga el aborto, que son treinta mil pelas. ¡Ya te digo!

      Pedro alucinaba; no podía salir de su asombro. ¿De dónde habría salido aquella chica? En una ocasión se había dado un beso con María José en el cine, a oscuras; un beso furtivo, robado, un beso que ella le pudo sisar aprovechando el momento de distracción que Pedro estaba viviendo gracias a la película de chinos karatecas que llenaba la pantalla. De eso hacía ya casi tres años, y todo lo que Pedro fue capaz de decir en aquellas circunstancias se limitó a un previsible “pero, ¿qué estás haciendo?”.

      Ahora se encontraba inmerso en una gran encrucijada. Había que actuar con suma rapidez y, en especial, con determinante efectividad.

      “Espérame aquí, que voy a conseguir uno”, proclamó firmemente antes de salir a toda prisa del baño. Se sentía como Lancelot en busca del Santo Grial. Los Caballeros de la Mesa Redonda volverían a reunirse. Camelot volvería a ser un lugar feliz. Arturo reinaría, al fin, pero con una corona de látex en su cogote.

      Pensó en su primo Jose: “Ese seguro que tiene condones; siempre anda por ahí con chicas”. Lo buscó con la mirada, recorriendo uno por uno cada grupo de invitados, hasta que lo divisó, ¡cómo no!, en la barra del bar, apoyado sobre la misma en una postura que delataba su patética chulería y, por supuesto, hablando con una chica, intentando ligársela. Pedro se acercó apresuradamente hasta aquella posición, sin molestarse siquiera en devolver los saludos que algunos de sus familiares le enviaban.

       – Oye, Jose, ¿puedes hacerme un favor?

     – Hombre, primo… (Este es mi primo Pedro, el beato – dijo, dirigiéndose a la chica que lo acompañaba.) Claro que sí. ¿De qué se trata?

       – Es…Es q-que no lo puedo decir así… en público – Le contestó Pedro hablándole en un tono muy bajo.

       – Pues dímelo al oído, entonces.

      -¿Tendrás un condón? – Preguntó acercando su boca a la oreja izquierda de su sorprendido primo mayor.

      -¡¿Que?! Repíteme eso.

      – Un preservativo, es que lo necesito urgentemente.

      Jose se separó de la barra del bar alejándose lo suficiente de la chica rubia que estaba a su lado, no sin antes advertirla convenientemente: “Espera un poco, tía, que ahora mismo vengo”. Y fuera del salón donde se celebraba el baile nupcial, entregó a Pedro su particular grial; y no sólo uno, sino dos, y ofreciéndole, sin recargo adicional, una serie de consejos de primo mayor y vividor; consejos que Pedro ni escuchó, aunque no dejase de asentir con la cabeza para no hacerle un feo a su buen primo, a su salvador.

     Regresó al baño, donde Ingrid aún esperaba tarareando inconscientemente “Stand and Deliver”, esa canción de Adam and the Ants que Pedro ni siquiera conocía aún.

      – Joder, colega, ya me iba a pirar. ¿Cómo has tardado tanto? Me aburría y me hice este porro. ¿Quieres? ¿Lo has conseguido?

      – Sí – Contestó Pedro, respondiendo a las dos cuestiones planteadas previamente, antes de coger el canuto y pegarle una torpe calada plena de tos sin tragar el humo; ni tan siquiera había fumado un cigarrillo con anterioridad.

      – Pues, cojonudo. Estaba ya pensando en hacerme una paja. Voy super-caliente.

      El acto en sí no duró más de medio minuto. Pedro no se encontraba del todo bien: el alcohol, las drogas… todo ello formaba parte del rito iniciático. Todo, para sentirse luego como un idiota por haberse corrido tan pronto; y más todavía cuando, a continuación, observó como Ingrid se frotaba con avidez el clítoris, lo que le llevó un buen rato antes de finalizar entre gemidos y resoplidos varios.

      Pedro dejó resbalar su espalda por el azulejado de la pared del baño hasta quedar sentado en el suelo. Acopló luego su cabeza entre las piernas, y se echó a llorar.

      – Venga, tío, que no es para tanto… Ya aprenderás… supongo.

      Ingrid ya había finalizado su proceso masturbatorio, y se subía ahora los tejanos negros frente al espejo.

      – Es la primera vez que lo hago – Surgió, de forma entrecortada, de las entrañas del pobre Pedro.

      – No, si no hace falta que lo jures.

      Ingrid abrió la puerta y salió del retrete. Pedro levantó la vista, la vio alejarse, y luego se encontró con la atenta mirada de su tía abuela Juliana, que le enviaba una indefinible sonrisa desde el centro del otro espejo. Con el mareo recorriendo el interior de su cabeza y bajando, sin remisión, hacia su estómago, no le quedó más remedio que incorporarse para hundirse en la taza del inodoro a vomitarlo todo.