… DE LA VIDA XLIV…

XLIV.

Joder, mira que lo sé de sobra, no lo habré padecido ya montones de veces y siempre se repite la misma historia: estado semi-depresivo más ánimo corroído por vete-tú-a-saber-qué-hostias es igual a Joy Division, pura matemática aplicada. Visto así, desde una posición lejana y neutral, puede parecer masoquistamente agradable: una habitación oscura, sólo alumbrada mínimamente por la acción de cada calada dada a un cigarrillo, la voz del desesperado de Ian Curtis cantando ‘Transmission’ o ‘Disorder’, y yo, más angustiado que nunca y sintiendo en cada segundo que pasa que la vida no es más que un puto rollo, conviviendo los tres juntos en perfecta armonía durante dos, tres o cuatro horas… días, incluso.

Cuando crees que ya no hay salida, cuando la claustrofobia existencial tapa todos los agujeros y estás a punto de gritar desesperado llega, por fin, la tan ansiada luz: Homer Simpson, o bien los Monty python… la risa, que el buen humor puede levantar hasta a los muertos. Pongo en marcha mi aparato de video, inserto allí cualquier episodio de ‘Los Simpson’, ‘La Vida de Brian’ o cualquier cinta de la serie de televisión de los Cleese, Gillian, Idle, Palin, Jones y Chapman ‘Monty Python’s Flying Circus’… y a disfrutar.

¡Cómo me gustaría ser tan feliz como Homer… !, o cantar cuando me venga en gana y a viva voz ‘Isn’t it awfully nice to Have a Penis’ (no es maravilloso tener un pene). Pero como no puedo, ya que sé distinguir perfectamente lo real de lo fantástico, entonces lo que hago es interiorizar todas esas buenas vibraciones que emanan de la maravillosa pantalla de mi televisor y olvidarme del pesado de Ian Curtis – un tío que se suicida después de ver ‘Stroszek’, película de Werner Herzog, tiene que ser como mínimo un poco anormal; aunque a veces soy capaz de comprenderlo, que yo también he visto y padecido esa película y, desde luego, sí que entran unas ganas irrefrenables de suicidarse… pero sólo por lo mala que es, al menos desde mi siempre rebatible punto de vista. Todo esto no implica que no me gusten Joy Division, al contrario: gracias a ellos reviso cada poco toda mi videoteca dedicada al humor ácido y corrosivo, fuente de energía para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.

Y a éste, ¿qué coño le pasa ahora?’, os preguntaréis. Nada, en realidad no me ocurre nada… eso es lo malo, que nunca pasa nada… hasta que te mueres, claro, que entonces sí que ya no pasará nada de nada…

Ingrid se fue hace dos días. Tenía ganas de que se largase de una puta vez para poder recuperar el mando de las operaciones en mi habitación… ¡Y ya veis!

Volví de la estación de autobuses dispuesto a envenenarme con litros de café y con catovit ante los Platón, Aristóteles, Horacio y demás clásicos del pensamiento histórico-universal… pero no pude; no se me iba su imagen de la cabeza; mogollón de preguntas a las que no encontraba una lógica respuesta rondaban por mi cabeza… Esas cosas tan raras que me dijo: que si ‘devoradora de vidas’, que si ‘tantas historias que contar’. No llego a conectar con ella; no la pillo, no soy capaz de seguirla… Como resultado predecible, no me presenté al parcial de Crítica Literaria. ¿Para qué? ¿Para hacer el más absoluto de los ridículos…? ¡Empiezo con buen pie mi carrera universitaria… ! Se me vino el mundo encima – mundo sería, en este caso, igual a ausencia de Ingrid más no presentarse al examen. Llevo dos días y medio aquí encerrado, casi sin comer y sin apenas dormir. Sí que me he hecho alguna que otra paja… y es que creo que debería haber cambiado las sábanas al irse ella. Joder, es que es meterse en la cama, percibir toda su gama de olores, y notar de inmediato ese efecto en mi alterada libido. Claro, al final no queda más remedio que expulsar todo ese semen retenido, que, de lo contrario, supura en el escroto e infecta nuestra psique.

Ahora mismo voy a cambiar las sábanas, a abrir también la ventana, que aquí, aunque yo no lo perciba, ya debe oler a humanidad en peligro, y también a prepararme algo de comer. Espero que mis compañeros de piso sigan viviendo aquí…

¡Quién hostias me mandaría a mí enamorarme… ! Bueno, en realidad creo que ya lo estaba, pero debo sublimar todos mis sentimientos y hacerme fuerte. Voy a ser el Mae West de los hombres: castigador y sin dejarme afectar ni por asomo por las viles tretas femeninas… Es que esa tía puede machacar a cualquiera. ¡No me mires así, abuela, que es la puta verdad!”

La tele, de fondo, envía señales en forma de capítulo de ‘Los Simpson’:

– Hola, soy Michael Jackson, de los Jackson.

– Y yo Homer Simpson, de los Simpson.

Ese es mi héroe… Venga, Homer, levántame el ánimo, que tú sí que puedes…”.

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… DE LA VIDA XXIX…

XXIX.

Pedro había estudiado casi sin pausa hasta las siete de la madrugada. Su primer maratón como estudiante universitario ante la inminente cercanía de un examen parcial de Crítica Literaria dejaba un poso de satisfacción en su conciencia, un poco atacada ya por la intensa acumulación de hojas y más hojas de apuntes sin revisar.

Dormía profundamente hasta que Carlos, el madrugador justiciero, se encargó de despertarlo a voces a eso de las once y cuarto de la mañana. El cartero acababa de depositar una carta en el buzón del 6º C del 36 de Fray Ceferino. Carlos, con la ilusión que tenía por recibir carta de alguna de sus muchas conocidas, bajó raudo y veloz a abrir esa pequeña caja de las sorpresas. Pero la misiva no estaba dirigida a su nombre, con lo que, después de maldecir inútilmente al mensajero, subió a casa.

– ¡Pedro! ¡Pedroooo…! ¡Despierta, que tienes carta de una tal Ingrid! ¡Qué callado te lo tenías, eh cabrón!

Pedro, el previsor, cuando se iba a dormir echaba el cerrojo en la puerta de su habitación. Se había decidido a colocarlo por culpa de las bromas etílico-festivas que solían gastarle sus compañeros de piso a horas más que intempestivas. Sirva como ejemplo una en la que, en plena actividad sexual con una chica a la que había conocido en una fiesta organizada por los estudiantes de Biológicas, cinco energúmenos – entre los que se encontraban Carlos, Andrés e Iñigo, que, se supone, convivían con él – invadieron sus aposentos abalanzándose seguidamente sobre el lecho en el que retozaban sudorosos los dos amantes. Por supuesto, la chica huyó despavorida, no sin antes escuchar toda una sarta de improperios propios de machitos borrachos ante la visión de una mujer desnuda.

– ¡Abre la puerta y recoge tu correo!

No hay respuesta, todavía.

– Vale, pues entonces voy a avisar a Iñigo, y nos vamos a leer la carta los dos juntos.

En ese preciso momento, Pedro abre los ojos, salta de la cama, y corre instintivamente hacia la puerta de su habitación. Ni siquiera se molesta en cubrir su trempada mañanera; (Pedro duerme desnudo desde el día en que leyó en una de esas revistas pseudocientíficas que el dormir con los calzoncillos puestos puede provocar impotencia debido a la presión que estos pueden ejercer sobre el pene erecto.)

– ¡Trae aquí esa carta, mamón!

– ¡Hostia! ¡Iñigo, Iñigo… Ven, mira a este por ahí en pelotas y además empalmao! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, jaaaa!

La persecución pasillo arriba finaliza con Pedro encima de Carlos luchando por cobrar su trofeo, la carta de Ingrid, su Ingrid, que no le escribía desde hacía ya casi dos meses.

– ¡Iñigo, corre, tío, que éste me va a violar!

Iñigo responde presto a la llamada de socorro y, al llegar, no puede contener las carcajadas ante semejante cuadro. Se apresura a ir a por su cámara de fotos; regresa, encuadra con rapidez, y plasma la escena en el número quince de su carrete.

– Esta la amplio. O mejor, hago un póster y así lo puedo pegar en la pared de la cocina, junto al de Marta Sánchez en bolas… Vaya parejita…

Lo que hay que aguantar por conservar un mínimo de intimidad. Pedro se fue malhumorado a su habitación a leer tranquilamente la carta.

“Lo de siempre, reflexiones extrañas enmascaradas en una difícil historia. Que si perdón por no haberte contestado antes a las últimas cartas… y al final, en el posdata, la sorpresa: ¡viene este fin de semana a Oviedo, a pasar unos días conmigo! Joder, que el lunes tengo examen… Y ahora me toca hacer de cicerone para Ingrid. Bien pensado, que le den al examen. Esto hay que celebrarlo… ¡Madre mía!, miedo me dan estos, pánico absoluto. No me va a quedar otro remedio que hablar con ellos, explicarles el asunto, y espero que así se comporten mínimamente”.

Desde la excursión a Madrid que el año anterior habían organizado los de COU – Pedro al frente como gran instigador – no había vuelto a verla. Además en aquella ocasión sólo pudo estar con ella dos horas, dos míseras horas que cundieron poco, muy poco, que había que volver raudos para el pueblín. A punto estuvo Pedro de pasar del autocar, de no regresar al Palacio de Congresos y Exposiciones, donde todos habían quedado a las once en punto. Incluso tenía la excusa pensada y elaborada: “yo había entendido que en el Congreso de Diputados”, diría compungido al llamar por teléfono a sus preocupados padres a casa. Pero Ingrid no pareció dispuesta a quedarse con él; tenía cosas que hacer, sin más explicaciones. “Tengo cosas que hacer, tengo cosas que hacer… ¿Tengo cosas que hacer?”, iba musitando Pedro en el taxi que le llevaba al lugar de reunión con sus compañeros. El atónito taxista no cesaba de mirarle por el retrovisor, que hay mucho pirado suelto por ahí, y Pedro tenía todos los boletos para resultar uno de ellos. En cualquier momento sacaría su recortada y ¡pum!, al carajo con todo. Ambos despertaron de sus ensoñaciones al ver el autocar color sepia matrícula LE – 0789 – E aparcado frente al Palacio de Congresos y Exposiciones.

En dos días Ingrid estaría en Oviedo, hecho que no podía ni imaginarse hace tan sólo dos semanas, o meses, incluso años. Pedro comenzó a planificarlo todo detalladamente: “quedaré con Silvia y Marta, con la pandilla de clase. Verá que amigos tan enrollados tengo. ¡Ah!, y tengo que pillar costo, algo de coca, alguna pastilluca… Pero ando un poco mal de pelas. Tendré que llamar a casa y contarles un bello cuento”.