LA VISTA ATRÁS – V

V.

El dieciséis de febrero de 1960, Remedios le dijo a Álvaro que no pasara ya más a buscarla, que ya no quería seguir saliendo con él. Álvaro pareció no entender el porqué de aquel repentino y brusco rechazo. Tampoco ella le dio ningún tipo de explicación. Para qué, si nadie, absolutamente nadie en el pueblo, ni hombre ni mujer, daba ninguna explicación a su pareja cuando había llegado el momento de la definitiva despedida. Álvaro volvió a las andadas, a hablar solo, a meterse dentro de su cascarón de acero, el que nadie de fuera podía siquiera llegar a resquebrajar mínimamente. Doña Asunción volvió a sufrir en silencio por su hijo pequeño; y Antonio, sorprendentemente, cuando parecía andar rondando a Eufrasia, la de los “cereixais”, empezó a salir con Remedios la “morraña”. ¿Por qué razón ésta aceptó a Antonio tan solo un mes y unos días después de haber mandado a la mierda a su hermano Álvaro, del que parecía estar más que colada por sus huesos? Muy sencillo, así podía estar cerca de su verdadero amor. No había dejado de amar a Álvaro, pero no podía soportar sus brusquedades, sus repentinos ataques y acosos de tipo sexual. Un día Álvaro era el ser más encantador del mundo, pero al siguiente una fiera en busca de su presa; casi no hablaba, no le interesaba mantener ninguna conversación con ella; en cambio sí que sus dedos iban directos al grano, directos a sus pechos, al límite entre sus bragas y su piel; bajaba su mano y jugueteaba con su coño hasta que éste se humedecía lo suficiente, luego sacaba de allí su mano y olía el dedo impregnado del profundo y excitante olor a hembra. Remedios no sabía por qué ella se ponía así, por qué se encontraba en un estado tal de sofocación y tan fuera de sí cuando su novio se propasaba de aquella manera. Le gustaba y le asustaba al mismo tiempo. El día quince de febrero de 1960, sábado, para más señas, Álvaro cruzó ilegalmente la frontera de su amada. Se encontraban, como casi siempre que salían al baile, en el callejón que había en la Plaza del Generalísimo entre la casa del “pajuela” y la de los “cereros”, familias ricas del pueblo ya venidas un poco a menos. Esa noche, en vez de olisquear su dedo anular después del recorrido de éste por los vericuetos de la vagina de su pretendida, Álvaro dio un importunado paso adelante: se bajó los pantalones, asió con fuerza las piernas de Remedios la “morraña” a la altura de los muslos, las alzó hasta llegar a una altura en la que era posible que ella apoyase las plantas de sus pies en la pared que le quedaba enfrente; calculó con tiento, y sin dejar que ella reaccionase aún de su orgasmo anterior – ella no sabía que aquello que le hacía perder el sentido era, nada más y nada menos, que un simple orgasmo -, y empujó con un certero movimiento de su pelvis hasta que su impaciente mensajero entró de lleno en el jardín prohibido de la muchacha. No hubo violencia. Sólo unas pocas gotas de sangre recorrieron sinuosas el interior de los muslos de Remedios, prueba inequívoca de su pureza hasta ese momento. Luego, Álvaro se disculpó torpemente mientras subía sus pantalones y se los abrochaba con poco tiento. La acompañó, como hacía todos los días desde hacía ya casi dos años, hasta la puerta de su casa. Iba a darle un beso en los labios, pero ella lo rechazó y, sin decir palabra, entró en casa sin pararse siquiera a encender la luz de la escalera. Al día siguiente ya no lo recibió.

Y el resto, entre el sabor de las cerezas y el misterioso ciclo de la vida, que con su mano que obedece a mil cabezas al mismo tiempo, nos va empujando hacia el infinito, ya no es más que historia, pura y simple historia.

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… DE LA VIDA LX…

LX.

Escena final: Pedro e Ingrid en una sidrería de Oviedo; es un domingo de resaca, como casi todos; ambos protagonistas discuten en perfecta simbiosis.

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Sí, anda… vámonos a casa, que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– … Ya ves, me las recetó mi médico…

– Tú sabrás… No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; cómo si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche qué eran, ¿pastillas para la tos?

– ¡Anda la hostia…! El que nos tomemos algún ‘equis’ de vez en cuando no significa que seamos unos yonkis, unos adictos. Tú me aconsejaste sobre todo esto cuando te conocí; ¿ lo recuerdas?

– Claro que lo recuerdo, gilipollas. Pero, ¿recuerdas tú cómo eras cuando te conocí?

– Hombre, aún tengo buena memoria. Era un ser tremendamente gris, en un estado de ensimismamiento continuo… un gilipollas, en definitiva, para qué andar con rodeos.

– Tampoco sería para tanto… Tú eres bueno, eres buena persona; en eso sí que no has cambiado.

– Pero sí que ha cambiado mi actitud ante la vida, que es lo más importante… creo yo.

– Sois dos, el Pedro que ya es historia, Pedro uno, y Pedro dos desde los dieciséis hasta ahora… y que dure, ¿no?

– Sí, que dure. Sabes, eso de los dos Pedros me recuerda una historia que me contó hace un año y pico mi tío Carlos. Resulta que, cuando él era un chaval, se le apareció el fantasma de su madre, de mi abuela Dolores, la de la foto de mi habitación… al menos eso dice él.

– ¿Y tú te lo crees?

– Hombre… no, no del todo… No, no me creo ni una palabra. Además mi tío asegura que mantuvieron hasta una conversación y todo. Dice que ella le explicó una teoría sobre la existencia del ser a través del tiempo… No lo puedo recordar con exactitud, aunque sí que me habló sobre un rollo de cuatro fases en el devenir del ser humano: la primera, la vida en la Tierra; la segunda, como espíritu…

– ¡No me digas! – y en ese instante Ingrid se echa a reír a carcajada limpia, sin poder siquiera contener las lágrimas. Desde el hilo musical de la sidrería se puede escuchar a Alison Moyet cantando “I don’t know what’s going on, it scares me, but it won’t be long…” (No sé que está pasando, me da miedo, pero no durará demasiado…)

–  Joder, pues yo no le veo la gracia…

… DE LA VIDA XLI…

XLI.

El camarero escanciaba el enésimo culín de sidra mientras Ingrid se peleaba, con cierto grado de impaciente nerviosismo, contra una de las patas de su centollo. Pedro la observaba en silencio. El ya había terminado con su crustáceo, y esperaba fumando tranquilamente a que su compañera comensal venciese en su particular batalla contra los frutos del mar para poder luego pedir algún postre. El continuo intercambio de cómplices risitas entre Pedro y el camarero agotó de un certero martillazo la frágil paciencia de Ingrid…

¡Paso de pelearme más…!”, dijo, y estrelló, acto seguido, contra el plato lo que entre sus manos quedaba aún de la pata del centollo, lo cual salió volando rebotado, yendo a aterrizar en la mesa contigua, en la que una feliz familia no cesaba de untar pastel de cabracho con mayonesa en las consiguientes mini-tostadas. La risa no pudo ser contenida ya por más tiempo… Todo ese colegueo entre su amigo y el camarero la llevó irrefrenablemente a un estado de furia casi incontrolada.

– ¡Idos los dos a tomar por culo…! ¡Os vais a descojonar de vuestra puta madre…!- proclamó realmente airada antes de levantarse de la mesa para dirigirse al baño con la intención de eliminar de sus dedos ese asqueroso olor a marisco. Una vez allí intentó calmarse un poco; lavó su cara con agua fría y respiró profundamente unas cuantas veces sin dejar de mirar de frente, a los ojos, su imagen en el espejo…

– ¡Y tú qué coño miras?- se gritó a sí misma

Pedro, sentado a la mesa del comedor, soportaba sobre sus hombros todo el sobrepeso de la escena previa: envió una mirada de trayecto semicircular que recorrió amenazante todas y cada una de las mesas, lo que, como ansiado antídoto, tornó el silencio acusador en murmullo generalizado, como debe ser siempre en cualquier bar.

– Vaya cómo se puso la parienta, ¿eh? – dijo el camarero dirigiéndose con poco tacto a Pedro.

-Ya – fue la única respuesta concluyente que Pedro pudo proferir, más atento, si cabe, al inminente regreso de Ingrid a la mesa que a los posibles comentarios dicharacheros de los allí presentes. No quería confianzas. Sintió alivio al comprobar que Ingrid no estaba aún de regreso del servicio – su reacción si llega a escuchar por boca de aquel camarero, (al que nadie había dado vela en entierro ajeno), la palabra ‘parienta’ podía ser auténticamente predecible… sólo quedará la duda de cuántos destrozos podría haber causado en la sidrería… – Más valía dar respuestas breves y cortantes al camarero con el fin de evitar ese torbellino de rabia desbocada.

Mientras Ingrid volvía del lavabo de señoras, Pedro se apresuró a lanzar a los ojos del osado camarero una mirada que decía: “Ni una sola palabra más, ¿vale, tío?”, y que además surtió el efecto deseado: se fue con viento fresco a echar sidra a otra de las mesas.

– Oye, perdona… pero es que tampoco sabes aguantar una broma.

– No, perdona tú. No sé qué hostias me pasa… estoy bastante alterada.

– Venga, no pasa nada. Vamos a pedirnos algún postre, ¿no?

– Pide tú algo para ti si quieres; yo paso, ya no tengo ganas.

– Como quieras. Yo, desde luego, sí que me voy a pedir un arroz con leche, que el de aquí está de puta madre… casero y además quemado con el gancho de la cocina; tradicional, como debe ser… ¿Estás segura de que no te apetece?

– ¡Qué no, joder! ¿Cómo te lo tengo que decir… ? Cuando quieres puedes llegar a ser muy atorrante.

– … Oye, tía, como sigas así me largo… y te pueden dar mucho por el mismísimo culo, que no hay dios que te aguante hoy… ¿vale?

Más que hablar en un tono de voz normal, Pedro susurró despacito toda su decepción al oído de su desquiciada amiga. Nunca le gustaron las escenas en público, las broncas al más puro estilo italiano … las veía como una forma de hacer teatro gratuitamente para un público dispuesto a succionar las desgracias ajenas. Ingrid, por el contrario, sí que forzaba sus cuerdas vocales a la mínima de cambio sin importarle el aforo en el patio de butacas. Esta contrastada actitud trajo consigo un instante de silencio que se levantó momentáneo como un muro pacificador entre ellos. Pedro aprovechó la tregua para comerse tranquilamente su arroz con leche, saboreando cada cucharada como si ésta constituyese la última de su vida. Ingrid por respeto, que no por ganas, esperó a que Pedro rebañase el cuenco de barro para volver a disparar.

– Joder, tío, contigo no se puede discutir – dijo en un tono ya más relajado.

– ¿Por qué lo dices? ¿Qué crees, que discutir sólo consiste en dar voces…?

– Es que no sabes discutir, no tienes sangre… nunca te alteras por nada; siempre estás ahí, tranquilo, a tu puta bola, como controlándolo todo…

– Sí, por una vez tengo que darte la razón, aunque…

– ¡Ves… ! Ahora me estás dando la razón para quitarme de en medio… Siempre estás a tu rollo, sin contar para nada con los demás. Eres un jodido hijo único egoísta y egocéntrico.

– ¡Joder, que yo no me estaba refiriendo a eso!… Yo me refería a lo de que no sé discutir… Bueno, no es que no sepa, que claro que sé, que no soy gilipollas… es que no me gusta hacerlo a voces; sabes de sobra que lo odio.

– Pues es la única forma de discutir que conozco.

– Yo no… y mira que he discutido mogollón de veces con amigos sobre cualquier tema… no sé, política, música, cine… incluso de fútbol…¡Joder, sobre cualquier cosa… y sin dar voces, tía!

– Eso, como todos los tíos… el dichoso fútbol. Sois de un simple…

– ¡Eh, eh; cuidado…! Ahí te equivocas de pleno, que yo el fútbol lo veo de otra forma, no como la mayoría de fanáticos. Para mí es un arte…

– No pienso hablar de fútbol… Sabes que lo odio. No sigas por ahí…

– Sí… Ya, ya. Lo típico de la imposición de los gustos del macho y bla, bla, bla… Pero si las tías nunca llegaréis a entender lo que significa el fútbol…

– Un juego, no es más que un juego idiota… ¡Es que es la puta verdad! Los hombres tenéis que tener vuestros jueguecitos para ser felices: que si el fútbol, que si las cartas…. Sois pura competición con patas.

– Qué no, que por ese camino no me vas a pillar… En ningún sentido distingo yo hombres de mujeres (bueno… en uno sí, claro… pero por lo demás nada… eeeh, dos, serían dos si incluyo al fútbol…). Me da igual tener presidente o presidenta, que mi padre cocine y mi madre se vaya a currar a la viña… No. No pienso entrar en tu juego, que siempre acabamos en lo mismo.

– ¡Tú empezaste!

– ¿Yooo…?

– Tú, sí, tú… no te hagas el sorprendido.

– Joder, pues será un indicio de falta de memoria, pero no recuerdo en qué momento… además no he sido yo el que se ha enfadado por una simple broma.

– Sí, acuérdate, antes en tu habitación, cuando quisiste imponerme tu música… desde ese momento llevo de mala hostia.

– ¡Qué dices? ¡Si tuvimos que acabar tragando a esos insoportables…!

– ‘… suena antiguo… son unos rancios…’. ¡Ya te vale, joder!

– Oye, no me hagas burla, tía.

– Pues si odias tanto todo lo antiguo, ¿por qué te gustan entonces las películas antiguas?

– Pero… ¿Quién te ha dicho a ti que a mí no me guste más que la música actual…? ¿Has revisado mis discos? Tengo desde madrigales hasta los grandes del ‘blues’: Elmore James, Muddy Waters, Howlin’ Wolf… No sé… Y lo del cine, para qué molestarse en explicarlo, si tú no ves una peli si está rodada en blanco y negro… No merece la pena seguir cuando no hay argumentos válidos…

– Pues no, en blanco y negro no las soporto… No me traen buenos recuerdos. ¿Pasa algo?

– Joder, que osadía. Reniegas de todo… de ‘El Crepúsculo de los Dioses’, de ‘Some Like it hot’, de ‘Intolerancia’, de Chaplin, de Keaton, de Lang, de Von Stroheim… ¡de la historia misma del cine!

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… Pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Si, anda… vámonos a casa que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– …Ya ves: me las recetó mi médico…

– Tú sabrás…No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; como si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche que eran, ¿pastillas para la tos?

… DE LA VIDA XL…

XL.

Lo prometido siempre genera deuda, y, tras la alucinante e increíble historia del fantasma de mi abuela, mi tío Carlos se dedicó pacientemente a ponerles nombre a todos y cada uno de los rostros que acompañaban la breve pero intensa vida de ‘La Carretona’. Extraña historia la de mis antepasados: no existe ni una sola foto en la que salga mi abuelo Eutiquio y, sin embargo, ‘El Stalin’ aparece en unas cuantas. Ramón, al que apodaban ‘El Stalin’ por salir siempre en defensa del jefe soviético por aquella época, era el marido de la mejor amiga de mi abuela, Anuncia, pero, en aquellas fotos de juventud idealista, él siempre se situaba a la vera de Dolores ‘La Carretona’. Mi tío Carlos especula con el hecho de que debieron ser novios. Yo no digo nada, tan sólo trataré de ser objetivo a la hora de relatar mi propia versión de los hechos acontecidos entre 1926 y 1934; versión elaborada con partes de aquí y de allí, con la historia según mi tío Carlos, según Doña Anuncia, y aderezado, todo ello, con los significativos silencios de mi madre después de alguna de mis comprometedoras preguntas al respecto. Seré breve.

Cacabelos, otoño de 1926. Mi abuela se queda embarazada de mi tío Carlos. Por aquella época mi abuela no tenía novio, tan sólo pretendientes. Quince días después de que Antonio ‘El Carretón’ cruzase la cara de su hija Dolores de una buena hostia al enterarse de tan ingrata noticia, un hombre desaparece de la faz del pueblo de Cacabelos; era Manuel, el hermano del ‘Stalin’, uno de los que con más ansias pretendía a mi abuela. Poco después del nacimiento de Carlos, fue el propio Ramón el que empezó a acercarse a Dolores – puede que tratando de cargar sobre sus espaldas con la responsabilidad que, se supone, debería haber recaído sobre su hermano Manuel-Anuncia dice que Dolores nunca jamás mencionó el nombre del padre de su hijo Carlos, ni bajo la mayor de las amenazadoras coacciones de su padre. Era el tema tabú entre ellas. Aunque, claro, en un pueblo pequeño siempre acaba por saberse toda la verdad sobre cualquiera de sus habitantes. Eso es lo malo de un pueblo: la puñetera falta de intimidad que te invade, te rodea y te asola a cada paso que das fuera del camino señalado.

Ramón y Dolores se hicieron novios – incluso la propia Anuncia no tiene ningún reparo a la hora de reconocer ese hecho -. Pero aparece Eutiquio en escena, y todo se complica. De repente, Dolores dice que se va a casar con Eutiquio, el de ‘La Furraxa’. ¿Por qué? Puedo especular, y puedo dar en el clavo, pero no lo voy a hacer; no es ese mi estilo… Tan sólo puedo reflejar el gesto de la anciana Anuncia al rechazar contestar a una de las preguntas de mi tío Carlos (al que, luego, desde el primer día en que se instaló en la casa de ‘Los Carretones’, Eutiquio hizo la vida imposible; imposible hasta verse obligado a emigrar lejos, muy lejos): ladeó su cabeza, cerró los ojos con fuerza, hasta que los párpados se perdieron entre tanta arruga, y abrió levemente su boca para emitir un pequeño suspiro de fastidio. “Lógico. A nadie le gusta ser plato de segunda meeesa”, como dijo mi tío Carlos cuando comentamos ese gesto de la vieja Anuncia… Anuncia, la que era capaz de caminar durante horas y horas por los montes de los Ancares sólo para llevar provisiones e información a los maquis que aún hacían la guerra…

Ramón ‘El Stalin’ y Anuncia se hicieron novios cinco meses después de que él hubiese roto sus relaciones con Lola ‘La Carretona’, o, para ser exactos, cinco meses después de que Eutiquio “secuestrase” literalmente los sentimientos de mi abuela – aunque se casaron unos años más tarde, el cinco de Junio de 1935 -. Mi tío Carlos dice que eso tuvo que ser fruto de un vil chantaje, que Eutiquio ‘El Furraxo’ seguro que sabía algo que obligó a mi abuela Dolores a ceder a sus pretensiones de boda. Yo no sé, no contesto; pero, en este punto, todo se complica en demasía… son demasiadas reacciones en cadena y sin un motivo aparente que las justifique.

En Noviembre del ’32 nació mi madre. Casi dos años más tarde, en Octubre del ’34, mataron a mi abuela en Oviedo mientras Eutiquio, su marido, se encargaba de las labores de la vendimia en Cacabelos. Ramón ‘El Stalin’ también estaba en Oviedo aquel día, hecho que puede parecer lógico si tenemos en cuenta que ambos eran compañeros de partido, militantes del Partido Comunista desde 1930; pero, por otro lado, ilógico a todas luces si nos remontamos a su relación de noviazgo entre l927 y 1931…

Yo, con sangre de ‘Carretones’ y con sangre de ‘Furraxos’, habría preferido llevar en mis venas y arterias sangre del ‘Stalin’. El mote de ‘Carretón’ no me molesta lo más mínimo. Se lo pusieron a mi bisabuelo Antonio porque se dedicaba, allá a finales del siglo pasado y principios de éste, a hacer mudanzas con su carreta de bueyes. Sin embargo, no me gusta ser ‘Furraxo’. Es un término absolutamente despectivo; se utiliza en cualquier contexto en el que tengas que decir que algo es totalmente inútil, inservible. “Estos apuntes son una auténtica furraxa”, le dije yo hace poco a Fernando al referirme a unos apuntes que me había dejado una compañera de clase, y que eran realmente malos: mal redactados, con muchas faltas… ¡No quiero ser un ‘Furraxo’ de mierda! He de reconocer también que estoy un poco mediatizado por todo lo que mi tío Carlos me contó sobre él, ya que mi madre no tiene nunca ganas de hablar sobre mis abuelos. Eutiquio murió en 1965, y me da la impresión de que a partir de ahí mi madre comenzó a respirar: comenzó su propia vida, se casó, llegué yo, etc., etc.

El Stalin’ falleció hace tan sólo tres años, el único de los tres – sin olvidarnos de Anuncia, claro está; pero a ella no la estoy incluyendo en ese triángulo… supongo que amoroso, que formaban Dolores, Eutiquio y Ramón – que llegó realmente a viejo. Ahora me acuerdo del anciano ‘Stalin’ con su cayado de roble, caminando muy encorvado y con la pava de un puro siempre colgando del lado izquierdo de su boca. Después de la Guerra Civil estuvieron a punto de matarlo, pero en su defensa salió Eutiquio, que no había luchado en la guerra con ningún bando alegando una falsa diabetes – aunque tampoco tardó demasiado en unirse al tren de los vencedores -, diciendo “ahora hay que sacar esto adelante, y necesitamos buenos panaderos como Ramón”. Se libró gracias al pan. Otros no tuvieron esa suerte: su hermano Manuel, que había regresado al pueblo de Cacabelos tras la contienda, fue fusilado, junto a otros quince ‘rojos’, al pie del muro de la iglesia de la Plaza del Generalísimo, puto Generalísimo. Por él nadie intercedió; ni siquiera su propio hermano abrió la boca para pedir clemencia por él.

Ramón ‘El Stalin’ siempre que me veía por la calle me saludaba con un especial afecto: “¿Cómo va eso, pequeño ‘Carretón’?”. “Bien, va todo bien. Gracias. ¿Y a usted?”, solía responder yo con toda mi buena educación cristiana. “Ya ves, hijo: viejo, muy viejo… más cerca de allí que de aquí… Cada día te pareces más a tu abuela Dolores. Tienes todos sus rasgos… sus gestos”, me comentaba siempre el viejo ‘Stalin’ de Cacabelos. “No lo sé, señor. Yo no la conocí”. “Yo sí, pequeño… Yo sí”, y se alejaba calle arriba en dirección al Hogar del Pensionista donde cada tarde jugaba una o dos partidas de tute…”

… DE LA VIDA XXXVIII…

XXXVIII.

Un domingo como todos los domingos en una casa habitada por aves nocturnas: la una y cuarto de la tarde y ni el más mínimo atisbo de vida en el planeta 6º C del 36 de Fray Ceferino. La noche anterior había sido larga, muy larga y llena de drogas empapadas en diversos tipos de alcohol. Pedro siente cercano su despertar; en ese estado semi-consciente se sorprende a sí mismo repasando la ‘Poética’ de Aristóteles…

– ¿Qué hora es? ¿Qué día es hoy? – vocifera asustado al despertarse temiendo que fuese lunes… En primer lugar comprueba la hora en su reloj: la una y diecisiete minutos; luego enciente el televisor, sin que haya remitido todavía la sensación de angustia que tapona la vía de entrada a su estómago… “¡Menos mal!”, se siente aliviado al ver que en la segunda cadena retransmiten el típico partido de baloncesto de cada mañana invernal de domingo.

– ¡Qué susto, joder! Pensé por un momento que hoy era lunes – se consuela en voz alta.

Ingrid, con tanto trajín – la tele puesta, Pedro hablando solo y sin parar de moverse inquieto en su lado de la cama – abre los ojos, mira a su compañero de catre y comienza a protestar airadamente.

– ¡Qué hostias pasa aquí, joder, que no me dejas dormir!

– Perdona, tía. Me he despertado pensando que hoy era lunes y que se me había pasado la hora del examen.

– ¡Serás mamón! Hoy es domingo, día de dormir a pierna suelta hasta que te salga del chocho.

– Vale, vale. No te pongas así. Tú sigue durmiendo que yo me voy a poner a estudiar un poco.

– ¡De eso nada, monada! Ahora te jodes, que ya me he despertado y cuando me despierto, o me despiertan, ya no puedo volver a conciliar el sueño hasta pasadas al menos unas cinco o seis horas.

– Pero es que yo debería ponerme a estudiar, que mañana tengo mi primer examen en la Facultad y…

– ¡Y nada! Para una puta vez que vengo a Oviedo a verte me aguantas y punto. Ya estudiarás luego toda la noche, que ya sabes que yo me voy en el ‘Alsa’ de las doce y media.

A Pedro le entraron unas ganas locas de agarrar a aquella mujer de un brazo y arrastrarla a empellones hasta la puerta, no ya la de su habitación, sino la de la puta calle para cerrarla, posteriormente, a cal y canto. El único problema surgiría irremisiblemente al no estar la casa debidamente insonorizada contra gritos de mujer histérico-despechada.

Pedro deseaba que ella regresase a Madrid de una puta vez. Ingrid invadía todo su espacio vital, ya no era dueño de su propia habitación (todo hijo único ama la soledad escogida, la soledad que permite tener todo lo que se encuentre al alcance de la vista bajo control)… Pero estaba más que dispuesto a imponerse, a rebelarse contra aquella que osaba conquistar su pequeño país. Ensayó consigo mismo una mirada violentamente acusadora, que fuese capaz de decir: “Cuidado, que aquí estoy yo, ¡eh?”… Llegado el momento de ponerla en práctica no pudo… fue mirarla a los ojos y enternecerse al mismo tiempo.

– Venga, haya paz. Voy a poner algo de música.

– Vale. Mientras, voy al baño a mear y a lavarme un poco la ojera, que debo tener un aspecto de lo más terorífico.

Todo lo contrario, para Pedro estaba guapísima recién levantada, sin nada de maquillaje, sin ningún tipo de máscara. No sé porque las tías se empeñan en arreglarse excesivamente, si a cualquier hombre enamorado le gusta su chica esté como esté…

Pedro revisó de una pasada su discografía, pero aún no tenía muy claro qué le gustaría escuchar en ese preciso instante. Cada momento tiene su música, y, tras barajar cuatro opciones, sacó un vinilo de su correspondiente carátula y lo colocó en el plato de su tocadiscos; limpió a continuación la aguja, ajustó el volumen y el “Daydream Nation” de los Sonic Youth comenzó a sonar llenado de decibelios no sólo su habitación, sino que el ruido de guitarra distorsionada también avanzó desafiante abriéndose paso por el resto de la casa. Ingrid regresó del baño alterada ante la avalancha de vatios que invadía su cerebro, según su propia consideración, de forma premeditada.

– ¡Joder! ¿Estás loco, o qué? ¡Baja eso!… ¿o es que a ti no te duele ni un ápice la cabeza?

– ¡A mi no me duele la cabeza! ¡Al contrario, a mí la música me ayuda a vencer los efectos de la resaca!

– ¡Pero es que vas a despertar a los demás!

– ¡Qué se jodan esos cabrones! ¡Anda que no me habrán despertado ellos a mí cantidad de veces… ! ¡La última me despertó Carlos con Nino Bravo, tía! ¡¡¡Nino Bravo!!!

Ingrid decide pasar directamente a la acción: baja el mando del volumen del siete al dos. Pedro siente como su hipotética autoridad se desmorona. “Esto supone un golpe de estado en toda regla”, piensa indignado. Había tenido, como todo bicho viviente, sus rollos; alguna que otra chica había pasado por su reino sometiéndose en casi todo a su regia voluntad… Pero esto era nuevo, algo inconcebible, sin dejar de ser, por otro lado, moralmente insoportable. Su único consuelo se derivaba de que el estado dictatorial impuesto por la coronela Ingrid tenía sus horas contadas: sólo hasta las doce y media de la noche…

– A estas horas, sin haber desayunado todavía, apetece oír una música menos estridente, ¿no crees?… Además, podías tener algo de consideración con los demás, tío.

– Joder… yo alucino en colores. ¡Si a ti te gustaban los Sonic Youth!

– Sí, sí que me gustan… pero en momentos muy determinados, no ahora. Y tampoco es que me chiflen, la verdad.

– No dejo de salir de mi asombro… De acuerdo. Entonces, ¿qué te apetece escuchar?

– No sé… pon esta cinta mía de El Último de la Fila, por ejemplo.

– ¡No, eso no! ¡Por ahí sí que no paso!

– ¡Ah, no? Pues antes bien que te gustaban también… ya empiezas a contradecirte, como siempre.

– No, si yo no lo niego; pero es que son muy repetitivos… cada disco que sacan es más de lo mismo.

– Y dale… ¿Qué es, que Sonic Youth no se repiten, que en cada disco inventan algo nuevo?

– Pues no, no es eso… Joder, es una mera cuestión de gustos… es ir evolucionando, creciendo con la música y seleccionando lo que consideras realmente bueno.

– Ya, las típicas chorradas de siempre… ¡Ya te digo!

Siguiente operación de Ingrid: quita el disco de Sonic Youth, coloca en la pletina “Como la Cabeza al Sombrero” de El Último de la Fila, y pulsa la tecla de ‘play’.

– Vale, vale… Me rindo. ¡Qué remedio si no…! Además, no tengo ánimo para seguir discutiendo, que tengo un examen mañana… ¡Mi primer examen en la universidad!, y necesito estímulos, concentración, y no discusiones gilipollas sobre este o el otro grupo.

– Yo reconozco que sabes mucho de música, de cine… conoces mogollón de grupos, siempre estás al día en todo… Si es que tu único defecto es que tratas de imponer tus gustos a los demás.

– ¡Yooo? ¡De eso nada!

– Sí, tú, tú… Acuérdate de los rollos sobre música pop que me metes siempre en tus cartas: didácticos e insufribles la mayor parte de las veces, para qué te voy a engañar…

– Joder, me gustan, o mejor dicho, me apasionan la música y el cine… Lamento haberte contado mis rollos de crítico cinematográfico-musical. Ya ves, pensaba que te interesaba todo lo que te contaba en mis cartas, que tenías gustos afines a los míos…

– Y los tengo… muchos de los grupos que me recomendaste me parecieron flipantes: los Pixies, los Dead Kennedys, los Smiths, Joy Division… o incluso los Residents. Lo que ocurre es que no soporto que me des lecciones magistrales de tío listo que lo sabe todo; no soporto la prepotencia masculina…

– ¡No jodas!… … Y eso, ¿qué tiene que ver?

– Mucho, pero mucho que ver. ¿Pero es que no os dais cuenta? Los tíos sois todos como cromos repetidos: os creéis superiores a nosotras; tratáis de mostrarnos continuamente todo lo inteligentes que podéis llegar a ser… joder, es que sois de un paternalista que da asco, ¡puto asco!

– Yo no tengo la culpa de ser inteligente, joder… No cuento las cosas por meter puros y simples rollos, sino porque…

– ¿Por qué?, a ver, ¿por qué? Explícate.

– … … ¡No tengo ni puta idea! Yo sólo quería poner un disco de Sonic Youth, y no tener que soportar a los pesados de El Último de la Fila… Además, el que canta es idéntico al Pajares, ¡y tampoco soporto a Andrés Pajares!

– ¡Bravo! Vaya un señor razonamiento de ‘monsieur’ inteligencia… Pajares… Entonces, según tu nueva teoría sobre gustos musicales a mí no me pueden gustar los Pixies: no soporto a los gordos, y el cantante es una puta bola de grasa…

– Vale, vale, tú ganas… como siempre… Mira, sólo trataba de explicarte que no me apetece escuchar a esos varas; suenan rancio, antiguo, decadente…

– Pasado de moda, querrás decir pasado de moda. ¿Antiguo? Antiguo es el gregoriano, ¡no te digo!

Pedro se tranquiliza: se sienta sobre la cama en actitud relajada y pacificadora, y elabora uno de sus – al menos él lo cree así – brillantes razonamientos.

– Vamos a ver, Ingrid… no es exactamente eso; ‘antiguo’ no define correctamente lo que pretendía explicar, tampoco ‘pasado de moda’… Los Rolling Stones, por ejemplo, tuvieron que hacer montones de canciones, grabar discos año tras año, para convertirse en clásicos y ser reconocidos como tales por todo el mundo… Bueno, por casi todo el mundo.

– ¿Y…?

– No me interrumpas, déjame seguir… ¿No te das cuenta? Ahora todo va muy de prisa, todo gira a más revoluciones: ¿cuántos discos tiene que grabar hoy en día un buen grupo para convertirse en un clásico? Con un par de ellos, ¡con uno, incluso!, puede ser más que suficiente… Por la misma razón, si al tercer o cuarto disco no son capaces de superarse, de introducir variaciones… pues eso, se vuelven antiguos, aburridos, y tú escucharás sus primeras grabaciones, así como pasarás olímpicamente de todo lo nuevo que vayan sacando a la calle. Así de sencillo.

– De acuerdo, sencillísimo, ¡oh! ser supremo del rock’n’roll… ¡Pedro dixit!

– ¡Bah! No me vaciles, tía, que estoy hablando en serio.

– Pues tú no me des lecciones, tío, que no las necesito.

Y se enzarzan en una amistosa pelea que, como suele ocurrir cuando hay deseo, acaba en un buen polvo que sirve de vía de escape a toda la tensión acumulada previamente. La fase post-coito devuelve el silencio, ya no hay música, ya no hay discusiones, tampoco se pueden oír jadeos entrecortados… Toda esa quietud se ve perturbada inconscientemente por el intenso rugir de las entrañas de Ingrid, que no conocen otra forma más discreta de decir que ya está bien, que el hambre aprieta. Pedro se da por aludido: “Oye, ¿por qué no bajamos a la sidrería de enfrente a comernos un buen par de centollos?”, propone, a lo que ella asiente antes de matar contra el compacto vidrio del cenicero el primer canuto del día, el canuto mañanero.

… DE LA VIDA XVI…

XVI.

La fiesta llegaba a su fin. La orquesta apuraba una última pieza: era verano, nada mejor que “Fai un Sol de Carallo” de Os Resentidos. Los pocos que aún aguantaban el tipo, alzaban sus brazos al cielo y, al son del sucedáneo de gaita en forma de cutre teclado, hacían lo que buenamente podían, que, para ser honestos, era más bien poco. Se hacía harto imposible encontrar algún invitado que no estuviese borracho. Los señores componían un grupo de clónicos descamisados luciendo todo tipo de cadenas doradas, así como pelambreras, más o menos pobladas, en sus curtidos pechos. Los cinturones, un nivel por debajo de las ostentosas barrigas, habían retrocedido uno o dos agujeros para no dificultar excesivamente la ya de por sí entrecortada respiración de sus dueños. Todos a una, viejos, jóvenes y medianos, “¡Fai un sooool de caraaaalloooo…! Sólo los recién casados mantenían cierta actitud sobria, casi demasiado seria para reflejar su “hipotética” dicha. Sentados al fondo del salón, parecían coger fuerzas para pasar por el amargo trago de tener que despedir educadamente a todo el mundo, para esbozar la mejor de sus fingidas sonrisas a todos y cada uno de los allí presentes. ¡Qué crueldad! Aunque ellos habían elegido esa opción y, como personas bien educadas, deberían fingir, ser cínicos hasta el límite.

Quince segundos más, y la orquesta “Dátiles” se despediría de todo el personal. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, ¡UNO!, ¡CEROOO…! Aplausos, palmaditas mutuas en la espalda, el sol de carallo que deja paso a la realidad de la noche cerrada; todos parecen felices. Natalia y su ahora ya esposo se levantan de sus respectivas sillas, se miran resignadamente a los ojos, y se van acercando con paso firme hacia el gran grupo. Es ya el epílogo de la obra. El público parece satisfecho y comienza a felicitar efusivamente al primer actor, así como a la gran diva que encabezaba el cartel: “Enlace Natalia-Jesús. Salón Nº 2”.

A unos veinte metros del salón número dos, aún podía verse a una joven pareja en plena conversación, muy entretenidos y ajenos a todo el bullicio.

– Parece que esto se acaba. ¡Por fin! ¿Cómo te encuentras ahora? ¿Estás ya mejor?

– Sí, sí. El mundo vuelve a girar a una velocidad normal para mi cabeza. Ahora tendré que enfrentarme a mis “queridísimos” padres.

– ¡Venga, ánimo! Hoy eres otro, hoy puedes superarlo todo; has resucitado de entre los muermos.

Los dos sonríen muy a gusto. Pedro siente un repentino impulso, y acerca su cara a la de Ingrid para darle un beso, pero ella retira bruscamente la suya.

– ¡No! No me beses.

– Pero, ¿por qué? Hace un rato tú me diste un beso, así, de repente, y yo lo entendí como un gesto cariñoso, sin más.

– Ya, bueno, no sé…Es que no quiero hacerte daño. Hace unas horas me hubiera importado un bledo hacerte daño o no. Pero ahora no, ya no; no quiero que pienses en mí como una posible novia o algo por el estilo. Amigos, sólo amigos.

– Ya sé que no quieres nada conmigo, en el terreno sentimental, me refiero, pero sólo era un beso de amigo… ¡Yo qué sé! No sé nada de estas cosas.

Se callan por un instante, en el que cada uno busca dentro de sí algo que poder decir. Buscan la coherencia, necesitan explicaciones lógicas para que todo quede bien sentado. Ninguno pretende que haya confusiones recíprocas. Pueden oír todo el barullo que proviene del salón: ahora la gente canta las canciones de toda la vida, pronto llegará el “Asturias Patria Querida”.

– Mira, Ingrid, para qué nos vamos a engañar, tú me gustas, e intuyo todo lo que opinas sobre ese hecho… Pero podemos dejarlo en sólo amigos sin ningún problema. ¡Joder, no creo que eso sea tan difícil!

– Vale, amigos, buenos amigos si quieres. Contigo me siento muy relajada, puedo hablar y ser escuchada, sin reproches. Eres demasiado puro. Cambiarás, pero seguirás siendo, en el fondo, el mismo. Me da la sensación de que voy a necesitar amigos como tú en un futuro no muy lejano.

Acto seguido, Ingrid vuelve a robar otro beso de los labios de Pedro. El ya se esperaba algo parecido, y esta vez no se sorprende, sólo acaricia con sus dedos el pelo ensortijado de su amiga.

– Tengo que confesarte algo, Pedro.

– Di lo que te apetezca, que yo te escucho.

– Antes, en el baño, te violé.

– ¡Qué? ¡¿Qué antes qué?!

– Eso, lo que acabas de oír, que te violé. Aunque a ti no te lo pareciera, para mí fue una violación en toda regla.

– No sé qué decir, no entiendo nada… cada vez menos.

– Hace dos años y medio, en los vestuarios de mi Instituto, mi novio por aquel entonces me violó. Bueno, mi novio, primero, y a continuación todos los cabrones de su pandilla. Ni siquiera fui capaz de llorar. Tampoco los denuncié, ni conté nada a nadie. Eres la primera persona a la que cuento todo esto. El caso es que yo, desde ese día, con los tíos actúo en plan vengativo: les echo un polvo, y luego paso de ellos; y si se cuelgan por mí, pues mejor que mejor, así puedo yo maltratarlos de miles de maneras. Es mi propia forma de hacer justicia.

– Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué me cuentas ahora a mi todo esto? ¿Por qué no me vas a maltratar a mi…? ¿No formo yo parte de tu justicia?

– Ya te he dicho que eres la primera persona buena que se cruza en mi camino. Has llegado a tocar mi fibra sensible, y eso es la primera vez que me ocurre en mucho, muchísimo tiempo.

– Lo siento.

– ¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que sientes?

– No lo sé. Quizás lo diga por ser hombre y tener así algo en común con esos hijos de puta… No lo digo por compasión o algo así.

Pedro rodeaba con su brazo izquierdo la espalda de Ingrid, brazo que terminaba en la mano, la cual reposaba sobre el hombro izquierdo de su amiga. Casi por instinto, ella inclina su cabeza dejándola caer suavemente sobre el pecho de Pedro. Ingrid se siente bien, parcialmente bien, ya que nunca podrá tener sensaciones plenas, rebosantes de vida. Muchas veces piensa que debería darse un golpe en la cabeza para volverse amnésica, o incluso para morirse de una puñetera vez…

– Tendrás preguntas que hacerme.

– No, no necesito saber nada. Sé lo suficiente y no creo que tengas que contarme más detalles. No me considero morboso.

     – Bueno, pues al menos voy a contestarte a una: antes me masturbé, en primer lugar, porque sólo consigo placer autosatisfaciéndome, y, segundo, porque de esa manera te estaría fastidiando mucho más de lo que ya lo estabas… a nivel psicológico, quiero decir.

– Te equivocas, yo no haría nunca esa pregunta, primero, porque sobre sexo no tengo ni el más remoto conocimiento y, segundo, porque cada uno puede hacer lo que le de la santa gana. Somos seres libres, ¿o no?

Ingrid rompió a llorar de una forma espontánea, echando gotas y más gotas de amargas lágrimas. Lloró toda la rabia acumulada durante los últimos dos años y medio. Lo único que había necesitado en todo este tiempo era un hombro fiel sobre el que descargar toda su ira contenida, y, al fin, allí lo tenía. Se iniciaba, para ella, un largo proceso de autolimpieza interior… aunque la palabra VENGANZA viajaría siempre con ella, marcada al rojo vivo justo por debajo de su epidermis. Tres veranos antes, a Ingrid le habían hecho dos tatuajes, uno en cada una de sus nalgas: en la izquierda podía leerse RAGE (ira incontrolada), y en la derecha, en rojo fuerte, REVENGE (venganza).

… DE LA VIDA XIII…

XIII.

Pedro apuró las últimas caladas del porro y bebió whisky de la petaca que Ingrid se había traído consigo. Comenzaba a sentirse, de nuevo, un poco mareado. No quería hacer nada, tan sólo dejarse perder en el agujero negro de su interior, y escuchar lo que la chica morena que había conocido hacía unas horas le tenía que decir. Ni siquiera pensaba en sus padres, ni en lo que pudiera ocurrir cuando llegase el momento de marcharse para casa. Sentía, cada vez con más convicción, lo futil que había sido su vida hasta ese momento, no ya por haber probado las drogas, o haberse estrenado, aunque sin éxito, en el terreno sexual. No, lo único que sentía era que hasta ese día había vivido como un caracol, un puto caracol que vive con suma lentitud, y que siempre opta por el camino más fácil, el que contenga menos obstáculos. Ahora estaba decidido a buscar rincones, recovecos de vida nueva que pudieran aportarle sensaciones distintas cada día. Punto final a las aburridas partidas de ajedrez, a las horas malgastadas como ratón de biblioteca rodeado por insulsas novelas históricas y tomos de las más variopintas enciclopedias. Como primer paso a tomar, debería buscarse algún amigo. Sentada a su lado podía estar su primera oportunidad, su nueva amiga , o puede que su primer amor, opción que dependía exclusivamente de ella, ya que él estaba dispuesto a todo, listo para la batalla.

– Cuéntame algo, el silencio me agobia, y llevamos ya un buen rato callados. No sé… qué estudias, si sales con alguna chica… Lo que se te ocurra.

– Pues no se me ocurre nada. Mi vida podría contártela en un par de minutos como máximo, pero prefiero no hacerlo porque entonces pensarías que soy un gilipollas, que lo soy, seguramente… Y tú eres mi primera chica; nunca me había fijado en ninguna… Bueno, María José era mi amiga, y yo debía gustarle y todo eso, pero hace tres años aún no había yo desprecintado mi cerebro… Ni hace dos años, ni hace dos días, hace tan sólo … (Pedro interrumpe su diatriba para mirar la hora en su reloj, y ve que es la una menos cuarto de la madrugada) … unas dos horas, más o menos.

– ¡Joder, qué fuerte! Así que tú eres el típico niño bueno, aplicado en clase y sin ninguna falta de disciplina en su vida. ¡Bah! No creo que sea culpa tuya, aún no te habría llegado el momento de espabilar.

– Nunca es tarde para rectificar. No sé, hay un mundo fuera de las cuatro cosas que yo hago: voy a misa los domingos con mi madre, como un autómata; estudio para sacar buenas notas… pero eso no me sirve, ahora lo veo claro. Nunca me había parado a analizar el porqué de las cosas. Tengo todo ante mis ojos y yo siempre paso de largo…

– Creo que no soy muy buena dando consejos, pero puedo decirte que yo llevo casi tres años viviendo un poco al límite. Dentro de poco cumpliré dieciocho, y no creo que sienta nada especial llegado ese momento. Seré mayor de edad, legalmente hablando, pero me da la impresión de que he madurado antes de tiempo…Tú estás en el momento ideal, procura no pasarte con lo que decidas hacer, controla todos tus actos, todos tus vicios, si es que los vas a tener, claro, y, sobre todo, no te dejes dominar por ellos.

– ¿Qué quieres decir?

– Mira, llevo tres años metiéndome de todo, pero sé cuándo hacerlo y cuándo no. No sé si me entiendes.

– La verdad es que no, no entiendo lo que tratas de decirme.

– A ver… El que yo fume porros no quiere decir que lo tenga que hacer todos los días, ni desde que me levanto hasta que me voy a dormir. Puedo pasarme un mes de vida sana, yendo al monte, a correr en bici… Joder, eso, que si vas a lanzarte al vacío, debes llevar un buen paracaídas mental.

– Vale, lo tendré en cuenta.

Pedro se sentía inferior, a lo que también contribuía el hecho físico de estar sentado en el suelo mientras Ingrid permanecía casi tumbada decubito supino unos escalones más arriba. Notaba toda la fuerza que emanaba de su interior, de cada palabra que ella pronunciaba con ese tono de voz tan envolvente, tan agradable y tan seguro al mismo tiempo. No estaba a su altura, no debía hacerse demasiadas ilusiones. Habían follado, y ella no le estaba dando la menor importancia a ese hecho, lo que le hacía presuponer que ella estaría más que acostumbrada a manejar a los chicos a su antojo; y con él no tenía ni para empezar. Se consideraba a sí mismo como un oponente demasiado fácil, una buena presa, un antílope tullido ante una leona hambrienta.

– ¡Ingrid?

– ¿Qué?

– Sobre lo de antes… Bueno, ya te dije que era la primera vez, en todos los aspectos, vamos.

– ¡Bah! No te preocupes, tío. Sencillamente me apeteció y punto. No vayas a creer que me gustas, o que me estoy enamorando de ti. Me caes bien. Eres un tío raro, de los que quedan pocos. La verdad es que, bien mirado, se puede decir que eres hasta guapo, pero te sacas muy poco partido: ese pelo, esa pinta tan de señor mayor.

Ingrid acarició el pelo de Pedro, luego se incorporó, flexionó su tronco y le dio un beso fugaz, de una décima de segundo, en los labios. Con ese gesto cariñoso, Pedro comprendió que no tenía ninguna opción para enamorar a aquella chica. A él sí que le gustaba Ingrid, se había colado por una chica por vez primera, pero, en un corto intervalo de tiempo, ya comenzaba a notar en sus vísceras los sinsabores de su recién estrenado desengaño amoroso; sensación que hizo aumentar los efectos secundarios del costo fumado y del whisky bebido. La Tierra comenzó a rotar mucho más aprisa. Notó como su estómago empujaba con fuerza hacia arriba e intentaba expulsar de su interior lo poco que aún contenía. Dos arcadas, y se tuvo que poner de pie e irse corriendo a una esquina para vomitar por segunda y última vez. En esta ocasión, Ingrid sí que se ocupó de él. No todo estaba perdido, al menos podrían ser amigos.