… DE LA VIDA XXXIII…

XXXIII.

“Me parece increíble que ése que está ahí postrado, entubado hasta la médula, sea yo. Joder, ¿estaré muerto?… No, no me lo parece: aún tengo respiración, aunque sea asistida. Pero si no estoy muerto, ¿entonces qué coño hago yo aquí, observando mi propio cuerpo? ¡Qué sensación más extraña… ! ¿Dónde estoy? ¿Por qué sigo pensando, sintiendo…? Alguien se acerca; parece un doctor… no, son dos. Mejor me escondo, aunque no creo que sea necesario… ¡Qué tontería!”.

– ¿Qué opina usted, doctor Hevia?

– Creo que es inútil seguir manteniéndolo así. Fíjese: encefalograma plano, muerte cerebral… ya no queda nada por hacer. Deberíamos pedir permiso a la familia para desconectar el respirador… y que la naturaleza siga su curso.

– Sí, sí, opino exactamente lo mismo: ya no queda otro remedio… Le acompaño, entonces.

“Bueno, ¡ya está!, me da la impresión de que he muerto. Ahora mismo no soy capaz de recordar las causas que me condujeron hasta aquí. Sé que había salido el sábado por la noche con Pedro, con Silvia… estábamos en el ‘Chanel’, Poty estaba poniendo ‘Here Comes Trouble’ de los Lazy Cowgirls… no sé, es lo último que recuerdo con claridad.

Como casi siempre, nos metimos de todo: farlopa, pastis, whiskies, cervezas… Mi memoria se pierde en un punto de la noche, y a partir de ahí todo se difumina… ¡Qué más da! La cuestión es que yo ya no me encuentro entre los vivos. ¿Y mis padres? Joder, mis padres deben de estar hechos polvo… Lo que más me jode es que mi hermana se quede con todos mis discos, con todos mis libros; ya no tendrá que pedirme permiso para ponerse mi chupa de cuero negro, pero, por otro lado, ahora seguro que sufrirá por todo que injustamente discutió conmigo… pobre.

Se acerca gente de nuevo… ¡Hostia, si son mis padres con uno de los médicos de antes… !”.

– … les repito que no hay nada más que hacer por nuestra parte, su hijo está clínicamente muerto.

– Pero mire: respira, su corazón sigue latiendo…

– Sí, tiene usted razón, señor. Javier puede permanecer así, como un vegetal, durante meses, incluso años… Pero su cerebro ya no le pertenece. La muerte cerebral no es otra cosa que la muerte misma… Hágase a la idea de que nunca más podrá hablar, ni caminar, ni…

– ¡Basta, no siga! No tiene usted corazón… ¿Cómo puede hablar así de mi hijo? No ve que está vivo… ¡¡ESTÁ VIVO!!

– Vuelvo a repetirle que la medicina ya no puede hacer nada más por su hijo. Está en las manos de Dios… o de lo que sea… aunque la decisión final depende exclusivamente de ustedes. Les dejo a solas para que puedan hablar tranquilamente y llegar a una determinación. Si al final deciden que sea desconectado… bueno, esto es realmente duro de decir, pero como ustedes ya sabrán, hay mucha gente esperando, gente que puede seguir viviendo gracias a los órganos de su hijo…

– ¡Lárguese de aquí! ¡Quítese de nuestra vista…!

– Está bien, está bien… comprendan que es mi obligación como médico… De acuerdo, estaré en mi despacho por si me necesitan.

“¡Joder, qué fuerte! Si mi madre dejase de llorar, de exteriorizar su amargura se me haría todo mucho más fácil. Yo estoy bien, me siento a gusto… Si fuese posible comunicárselo a ellos de alguna manera… Si es que es lo mejor, ¿para qué van a rendir culto a un cuerpo inerte durante años…? Yo ya no soy ese que está postrado en esa fría cama de hospital…

Nunca habría podido imaginarme que morirse consistiese en esto: tu cuerpo se queda ahí, pero tú sigues adelante… piensas, hablas contigo mismo ¿Será el alma? ¿Habrá un cielo o algo similar? ¡Bah!, no creo… sigo siendo ateo, sigo pensando como antes, y además supongo que si hubiese un paraíso al que ir o algo parecido ya me habrían enviado alguna señal, ¿no?”

– ¡Está aquí, Juan! Te digo que siento que vive, que quiere vivir, que me necesita.

– Claro que está aquí, yo también lo estoy viendo… pero no es él, nunca más volverá a ser él, ¡nunca más! ¿Para que le vamos a hacer sufrir? ¿Con qué razón nos vamos a mortificar día tras día…? Se ha muerto, Gloria, se ha ido para siempre.

  – ¡Qué fácil lo ves todo…! ¡Qué fácil!

– No llores… Venga, ven aquí. Tenemos que ser fuertes, apoyarnos el uno en el otro, y dar a partir de ahora todo nuestro cariño a la nena.

– Entonces crees que lo mejor…

– Sí, ahora mismo aviso al doctor para que lo desconecten. También creo que es mejor que donemos sus órganos… así, al menos, vivirá en alguna otra persona que los necesite.

– ¡Ay, Dios mío! ¡Mi hijo, mi hijo… ! Y todo por culpa de ese cabrón… Nunca me gustó que saliera por ahí con ese Pedro… Esas juergas que se corrían viniendo a casa tan tarde…

– Venga, mujer, no culpes así a Pedro. Es un buen chico, son jóvenes…

– ¡Qué no le culpe, qué no le culpe… ! Pero tú viste lo que dijo el doctor el otro día: toda la cantidad de droga y alcohol que llevaba en la sangre… Antes de conocer a los del ‘C’ nuestro hijo no era así; en Madrid casi nunca salía… era un chico más introvertido…

– Anda, cálmate, mujer. Despídete de él mientras yo me acerco a avisar al doctor Hevia.

“¡No, no es justo! No debéis responsabilizar a Pedro. Estáis recurriendo a una postura simplona… no busquéis el camino más evidente… Además, yo soy libre y hago lo que me da la puta gana, ¡joder!, que nadie me ha obligado nunca a hacer nada que yo no quisiera… Y menos mal que han optado por desenchufarme de todos estos horribles aparatos, porque me da la impresión de que mientras sigan manteniendo mis constantes vitales yo no podré salir de aquí, irme a donde tenga que irme. Estoy impaciente ya; ¡qué nervios!… A ver si muero rápido…

Me gustaría poder echarle un cable a Pedro; no quisiera que mi madre lo atosigara de ninguna manera… Bueno, ya pensaré en algo… Y mi madre sigue ahí, llorándome, despidiéndose de mí. ¡Qué raro! ¿Cómo puede ser que el llanto amargo de mi madre no llegue siquiera a tocar mi fibra sensible? Claro, debe ser porque yo ya no poseo ningún tipo de fibra ni nada material… ¡La hostia!”

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… DE LA VIDA… X

X.

    Pedro salió del lavabo ayudado por su tía abuela Juliana, en la cual se apoyaba como buenamente podía. Casi no podía ni subir las escaleras de acceso a la pista de baile. Juliana lo dejó sentado en un sillón, y se dirigió a avisar a su sobrina Angustias, la madre de Pedro. Pedro aún no se enteraba de casi nada, pero estaba resucitando poco a poco, a la vez que iba encajando cada pieza, cada acción encadenada que había conducido su mente a semejante estado. La gente pasaba por delante de él como seres de otra dimensión, aunque algunos buenos samaritanos se paraban para interesarse por su estado. Pedro sólo atinó a soltar un buen eructo cuando su madre llegó y le preguntó cómo se encontraba.

      – ¡Dios mío, qué disgusto más grande! ¿Cómo has llegado a ese estado? – Angustias estaba realmente impresionada por ver a su hijo, a su buen retoño, al obediente de Pedrito, en esas etílicas circunstancias y, para más inri, delante de toda la familia. “¿Qué pensarán?”, constituía la principal preocupación de Angustias y, más que cuidar de su hijo, lo que hacía era esconderlo, que nadie viese a Pedro con una curda semejante; sobre todo Aurelio, su marido y, al fin y a la postre, padre de Pedro.

     Angustias pidió un café con sal para ver si así reanimaba a aquel ser casi inerte que no podía articular ni una sola palabra, aquél que había destrozado sus entrañas al nacer, aquél que la había hecho engordar quince kilos durante el embarazo, y que había provocado la pérdida de todo su encanto físico como pura y simple hembra de buen ver; pero también aquél al que más quería, aquél por el que sería capaz de matar al propio rey sin pensar siquiera en las consecuencias.

      Pedro iba, poco a poco, recobrando la consciencia, iba recuperando el color en sus mejillas y, por fin, pudo hablar de forma inteligible dirigiéndose a su progenitora:

      – Mamá, ¿has visto a Ingrid? ¿Sabes dónde está?

      – ¿Quién?

      – Ingrid; una chica morena con unos vaqueros negros ajustados.

    – Así que es ésa. Así que ésa te emborrachó y te dejó en este estado; y encima ahora me preguntas por ella… quieres estar con ella. ¡Es increíble!

     Angustias se había fijado en el sucedáneo de  baile que su hijo se había marcado con aquella chica, la cual, por cierto, le había dado muy mala espina.

    – ¡Mamá?

    – Dime, hijo. Dime.

    – ¡Vete a tomar por culo!

    Y se levantó, sintiéndose otra vez persona, para buscar a Ingrid por toda la fiesta. Con un gesto de desesperación, Pedro comenzaba a darse cuenta de que ella ya no pululaba por el salón de baile. De reojo, tampoco cesaba de controlar que su padre lo perseguía con cara de pocos amigos, mientras su madre lloraba desconsolada sentada en el sillón en el que anteriormente él había estado reposando su embriaguez.

    Decidió echar a correr en dirección a la puerta de salida, y eso hizo, y sin parar hasta encontrar un rincón lo suficientemente escondido como para que no lo encontrasen, pero no demasiado apartado de la puerta de acceso al salón donde se seguía celebrando el baile. Ingrid tendría que regresar en cualquier momento, no podía ser que se hubiese ido ya, que no se hubiese ni despedido de él. No se podía ser tan hijaputa.

    Se apoyó en una columna, estiró las piernas y, por un instante, se sintió a gusto, cómodo consigo mismo. Ya casi había despejado la borrachera. De repente, siente una mano que toca por detrás su hombro derecho. Pedro se gira, y ve a Ingrid acompañada de un chico alto, guapo y de aspecto moderno, a su espalda. La sensación de amargura, de celos, de impotencia, que embarga a Pedro en ese momento es indescriptible. El castillo se construye y se derrumba antes de que una princesa azul pueda habitarlo.

    Ingrid, dándose perfecta cuenta de la cara que se le había quedado al infeliz de Pedro, se apresuró a decir: “Pedro, éste es mi hermano Erik.”

      Se ve que a los padres de Ingrid les había dado por los nombres escandinavos. “Allá cada uno”, pensó Pedro.

    – Venimos de meternos unos tiros de coca. Erik pilló casi dos gramos. Por cierto, ¿cómo te encuentras? Antes parecías un poco jodido… con un buen moco, vamos.

     – Ahora ya estoy mejor. Acabo de escaparme de mis padres. Creo que voy a tener una buena bronca cuando todo esto acabe.

    – Oye, hermanita, yo me piro que he dejado sola a Paula, y hoy hay mucho buitre suelto – Interrumpió Erik.

    Pedro pensó casi instintivamente en su primo Jose, y en que se podía montar una buena si Paula resultaba ser la rubia con la que su primo estaba intentando ligar. Pero todo eso le dio exactamente igual, ante sí tenía a su recientemente adquirida musa, y no podía haber nada más importante en toda la Vía Láctea.

    – Joder, una bronca – Prosiguió Ingrid – ¿Qué es, que se enteraron del rollo, de lo que ha pasado?

    – No, no, qué va. Tan sólo he contestado mal a mi madre por primera vez en toda mi vida, y ¿sabes?, lo más gracioso es que me siento mejor que nunca… … ¿Te haces otro porro? Es que el de antes no me supo a nada.

    – Vale, creo que aún me queda alguna china por la cartera.

… DE LA VIDA… V

V.

   “Dios mío, no sé si estaré haciendo las cosas del todo bien. Esa chica me gusta mucho, muchísimo, y yo creo que ella también se ha fijado en mí. Ahí están mis padres, tan tranquilos, confiando en mí, como siempre, y a mí me parece que Ingrid va a drogarse… y me siento un poco arrastrado. Bueno, total, por un día no va a pasar nada. En tus manos quedo, Padre mío. ¡Madre mía!, y ahora estamos yendo al baño de las chicas…”

      Ingrid echa el cerrojo; están los dos encerrados. Solos los dos. Ella saca de su cartera una papelina que contiene un polvo blanco.

– ¿Tienes un billete?

– ¡Eh?

– ¡Un billete de mil, de lo que sea!

– ¡Aaah! Sí. ¿Cuánto te tengo que pagar?

– Joder, serás bobo. Es para enrollarlo y luego aspirar por la nariz. No tienes que pagarme nada, yo te invito.

      Con su navaja preparó dos copiosas rayas de coca que destacaban, casi brillaban sobre el fondo negro de la cartera de piel de vaca que su ex-novio, Víctor, le había regalado hacía ya más de un año. Pedro observa lo que hace Ingrid y luego repite los mismos pasos: acerca su cabeza a la cartera, introduce el billete en el orificio derecho de su nariz, y aspira con fuerza siguiendo la línea blanca ; se para casi en el medio, y traslada el billete a su orificio izquierdo, pero en ese instante se le escapa un pequeño e inevitable soplido que esparce por la cartera casi todo el inmaculado polvo; mira de reojo y, como se da cuenta de que Ingrid no lo está mirando, se apresura a esnifar el resto moviendo en zig-zag el billete enroscado.

– Oye, Pedro.

– ¿Qué?

– ¿Habrás traído condones, no? Es que a mí se me olvidaron en el hotel…

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… DE LA VIDA… III

III.

Pedro siempre había sido un ser humano muy correcto, muy educado, muy obediente; muy gilipollas, en definitiva. Era el orgullo de sus padres, que no cesaban de cantar sus alabanzas y sus actos de buena persona. Nadie podía odiarlo, ni tan siquiera quererlo. Su vida era una línea demasiado recta para ser una vida. No se atrevía ni a masturbarse porque aún se creía esos cuentos católico-populares, leyendas urbanas de sacristía, que dicen que te salen pelos en las palmas de las manos si osas sucumbir a la maldición de Onán (eso sí, las poluciones nocturnas eran inevitables, que la Madre Naturaleza manda y obliga, y más en este lugar: el Universo reducido a un pueblo de cuatro mil  y pico habitantes). Pedro no tenía intención de abandonarlo nunca; quizás sólo para estudiar una carrera con el firme propósito de ejercer posteriormente de lo aprendido, a ser posible, en su villa natal o, en su defecto más cercano, por la región.

Se daban todas las condiciones para que se produjese un despertar; brutal, pero clarificador; enigmático, pero tan sencillo como dejar de observar el mundo desde la superficie para meterse de lleno dentro de él. Su prima Natalia se casaba; una boda más, como todas: insufriblemente clónica. Su madre le había comprado una muda completa: pantalón gris, chaqueta de traje de un tono azul demasiado marino, camisa blanca y zapatos negros de cordones, conjunto anodino en perfecta sintonía con su personalidad. Todo transcurría con normalidad. ¿Todo? Extrañamente, llevaba un buen rato fijándose en una chica vestida un poco estrafalariamente para su gusto (y quizá para una boda también), pero eso le daba lo mismo, ya que era guapa a rabiar. Cada uno de sus gestos desprendía vida, y Pedro los vampirizaba todos uno a uno, de lejos, extrañado al principio y, poco a poco, fascinado y sin poder evitar que su mirada siguiese continuamente a la bella diosa que había hecho despertar un bicharraco en sus entrañas, algo desconocido aún, pero que escudriñaba insistentemente en su curiosidad provocando sensaciones tan nuevas como gratificantes.

Nunca había osado acercarse a una chica, a no ser que esa chica fuese cualquier dependienta de una tienda con la que no queda más remedio que efectuar una simple transacción dinero – objeto comprado. Y ahora, sin darse apenas cuenta, estaba a unos cinco pasos de Ingrid. La orquesta se deshacía en un típico pasodoble mientras los invitados bailaban, curiosamente, todos desemparejados. Se podían observar algunos rostros desencajados gracias al efecto etílico del vino, mezclado con los demás licores; los menos, disfrutando del cambio de pareja, y el resto deseando que el pasodoble no se prolongase excesiva e innecesariamente.

De una forma harto increíble, como si Pedro hubiese sido alcanzado por un rayo cupidiano, avanza firme esos cinco pasos… La orquesta se arranca ahora con el pasodoble “En Er Mundo”, de Juan Quintero Muñoz. Ha llegado al fin ese momento.

– ¿Bailas?

– No sé, tío. Esta música me da un poco de mal rollo.

– “………” – Pedro no sabe qué contestar.

– Joder, no te quedes así de pasmao. Lo intentaremos al menos. Vamos.

Parece una típica escena de película; “West Side Story”, por poner un ejemplo. María acercándose a Tony, y Tony acercándose a María, mientras el resto del elenco y de la figuración desaparece en la penumbra del gimnasio, convertido por un día en pista de baile. Ellos se miran fijamente sintiendo el flechazo, el impulso repentino que los atrae sin remisión; magnetismo heterosexual: polo positivo – polo negativo. Sí, todo muy hermoso, pero la realidad de Pedro e Ingrid es muy distinta a la del celuloide; en su caso sólo existe atracción unilateral: Pedro aún no lo sabe pero está enamorado, Ingrid tan sólo trata de vencer el aburrimiento que el festejo nupcial le provoca.

– Oye, casi que lo dejamos, que somos un par de patosos…

– Cómo tú quieras.

– Anda, vamos a tomarnos algo fuerte a la barra.

– ¿Algo fuerte?

– Sí, bobo, un tequila o algo que nos despierte. No sé, lo que a cada uno le apetezca.

– Vale. Por cierto, yo me llamo Pedro.

– Y yo Ingrid.

Y avanza en dirección al bar sin darse cuenta de que Pedro esperaba una presentación formal, con los dos besos de rigor en las mejillas y la sonrisa final que, en teoría, avala todo primer encuentro. Pedro la sigue en cuanto se le pasa el despiste.

– Acabo de pedir unos golpes de tequila. ¿Los quieres con sal y limón?

– ¡Eeeh?… Sí, sí, claro.

– Con esto empezaremos a animarnos, porque esta boda es un puto muermo. Estoy de tíos, primos, abuelos y demás familia hasta los mismísimos ovarios, joder.

– “………” Pedro sigue sin saber que decir.

– Me quedan algunas rayas de farlopa, y para dos o tres canutos. ¿Tú te has traído algo de material?

– ¿Qué es “farlopa”?

– ¡Hostias, tío! ¡Qué estás, de coña?

– No, no, nunca bromeo. Creo que ni siquiera sé hacer bromas.

– ¡Mi maaaadre! Estás hablando en serio. Claro, con esa pinta que llevas debes de ser un pureta de mucho cuidao. El Perales a tu lado podría parecer Charles Manson. ¡Ja, ja, ja, ja, ja…!

Pedro sonríe, aunque sin saber por qué. Se dejará llevar por ese ángel que acaba de conocer. Ha sonado, por fin, el despertador del tiempo en su cuadriculado cerebro. Comienza a comprender por qué es necesario el surrealismo.