… DE LA VIDA XXXVII…

XXXVII.

Desde el mismo día en que Pedro decidió sucumbir a la siempre temible maldición de Onán, su obsesión se centró en los grandes pechos, ubres fellinianas que poblaban densas su fértil imaginación. “¡Vaya buena que está Begoña! Sólo le harían falta unas tallas más de sujetador”. Pero eso no constituía ningún impedimento que no permitiese a Pedro hacerse una buena paja en honor de la tal Begoña: bastaba con aumentar en varias tallas las tetas de la chica con la suficiente dosis de fantasía, que no de silicona, que los pechos de las mujeres no tienen porque desafiar premeditadamente a las leyes de Newton sobre la gravedad.

Siempre he buscado explicaciones válidas para esta fijación: no sé, algo freudiano, cronológicamente hablando, dentro de mi existencia hasta el momento presente… Si me paro a analizar mis experiencias con mujeres de grandes protuberancias mamarias podría remontarme a mi época de feliz lactante. (No es que yo lo recuerde, por supuesto que no, pero, según dice mi madre, estuve ‘tirando del teto’ hasta los quince meses… Aunque sí estoy convencido de que, hasta cierto punto, toda mi estrecha relación anterior con el mundo del catolicismo la habría mamado de la leche de mi madre, o puede que tan sólo sea una ardua elucubración para justificar mi oscuro pasado ante mí mismo… Quién sabe.) El caso es que puede existir aquí, en este simple hecho, un indicio de explicación a mis obsesiones mamarias… mi madre supera con creces la talla ciento cuarenta. Pero ahí no se acaba la cosa, digamos que el… sesenta y cinco por ciento, grosso modo, de las mujeres de mi pueblo padecen el mismo problema a la hora de comprar alguna pieza superior de lencería… y eso marca, y mucho.

También tuve que ordeñar alguna que otra vaca, aunque, lógicamente, no pienso recurrir a este tópico porque, la verdad sea dicha, me daba un poco de asco tirar con saña del largo pezón de la ubre de la Pinta, o de la Carmela. No, no; no va por ahí… esa imagen puede sugerir muchas otras cosas. Recuerdo que en “Viridiana” la todavía monja Silvia Pinal Simon of the Desertprotagonista interpretada por Silvia Pinal – ésta si que me sigue poniendo burro cada vez que la veo… ¡En “Simón del Desierto” enseñaba una teta! No excesivamente grande, pero siempre apetecible – acaricia con sutileza el fálico pezón de una vaca. Yo creo que Buñuel habría cambiado, sin ningún tipo de reparo, aquel pezón por su miembro viril… ¿Se cepillaría a la Pinal?

Sin más influencias conscientes, podríamos ya trasladarnos a mis trece años, octavo de E.G.B. – hasta que dejemos de estudiar de una puta vez, los estudiantes siempre medimos los años por el calendario escolar, como si cada curso fuese una temporada de la liga de fútbol -. La aparición de Doña Loli fue algo tremendamente espectacular. En la clase de ciencias naturales todos los repetidores se agolpaban en las primeras filas para así poder seguir de cerca cada uno de los movimientos de la escultural profesora… ¡Ahora lo entiendo…! ¡Vaya forma de alimentar la imaginación para cumplir con las pajas del día…! Y yo a uvas. La verdad es que la tía estaba que se salía de buena: morena, de pelo largo y rizado, ojos verdes, y con unas medidas más cercanas a Silvana Mangano que a… Daryl Hannah, pongo por caso. Yo, dentro de mi natural recato por aquel entonces, procuraba disimular mis fisiológicas reacciones, por otro lado propias del pre-adolescente que empieza a notar la inminente invasión de extraños pelos que, por momentos, rodean amenazantes a la indefensa “pilila” – que absurdo nombre para designar parte de nuestro aparato reproductor… Claro, utilizando por aquel entonces semejante término, ¿para qué la iba yo a usar excepto para mear? “Pilila” es directamente proporcional al noble acto de mingitar, así como “polla”, “picha”, “cipote”, etc., etc. implican la expulsión de algún líquido distinto en densidad y color al casi siempre amarillo pis -. En más de una ocasión salí de la clase de naturales con una erección en toda regla. ¿Qué coño… perdón; qué cojones era aquello? Oía como los demás chicos comentaban cosas sobre ella: que si vaya cómo se le marca toda la raja con esos vaqueros tan ajustados, que si hoy no lleva sujetador y se le notan todos los pezones en pleno apogeo… Me daba la vaga impresión de que me estaba perdiendo algo, que aunque todo aquello pudiera sonar a ofensa no la estaban insultando de manera consciente. Creo que ella provocó mis primeras poluciones nocturnas, semen traumático que pringaba mis sábanas, y que me obligaba a cambiar escaqueadamente de pijama. Mi madre no preguntaba, algo que yo agradecía de veras, tan sólo cambiaba el juego de sábanas y luego colocaba bajo mi almohada un pijama limpio… ¡Vaya un lío!

La excursión de fin de E.G.B., en la que nos fuimos a Torremolinos – ¡vaya una cutrada! – vino a mí como un ligero soplo desinhibidor. Doña Loli y Don Amadeo nos acompañaban; entre los niños el alboroto crecía día tras día a medida que se acercaba la fecha de partir; las niñas, en cambio, componían “bellos” poemas en honor del maestro más guapo de todo el colegio.

Por suerte, nos tocó a los tres más pardillos de todo el viaje, por no decir de toda la escuela: Lucio, Toño Menéndez y, por descontado, Pedro “El Carretón”, que soy yo, instalarnos en la habitación contigua a la de los profesores que, ahora que lo pienso detenidamente, ¡compartían habitación! Joder, menuda suerte la del puto Amadeo de los cojones… ¡Ah! No, no, que me estoy confundiendo. Este Amadeo era el de Inglés, el que daba clase en octavo B, y yo estaba en el A, aunque, coincidencias que depara el destino, sí que había otro Amadeo, que era el de matemáticas, el cual sí me daba clase a mí. Además hasta se parecían un poco… El caso es que al Amadeo de Inglés, al que fue con nosotros a la excursión, lo pillaron infraganti hace más o menos unos tres meses: un chaval de séptimo curso se la estaba chupando alegremente en los lavabos del colegio… Ahora que lo analizo con la calma que da el paso inexorable del tiempo, en aquella excursión los que corríamos verdadero peligro éramos nosotros… Ya da igual… Tempus Fugit. A lo que iba, que se me está yendo un poquitín la olla. El baño teníamos que compartirlo con los profes ya que la habitación trescientos doce, que era la nuestra, y la trescientos catorce, la de los docentes, disponían de un solo aseo al que se accedía bien a través de nuestro cuarto por una puerta situada a la derecha del pasillo que veías nada más entrar, o bien a través de la puerta de la trescientos catorce, que, por pura lógica, debía estar a la izquierda de la puerta de entrada de su habitación. Tú entrabas al baño y una vez allí te encargabas, en aras de preservar la intimidad de tus empujones anti-estreñimiento, de cerrar bien la otra puerta con el correspondiente cerrojo. Fácil, ¿no? Pues yo la vi desnuda, ¡en pelota picada!… Era el último día de nuestro periplo por tierras andaluzas. Bajé a desayunar con mis compañeros, los cuales aparecieron en el comedor con todo su equipaje ya preparado. Yo lo había dejado arriba, que no había excesiva prisa ya que aún quedaba casi una hora para que partiese nuestro autocar. Nada más terminar, subí a mi cuarto a por mi bolsa de viaje y, de paso, a lavarme los dientes. No oí la ducha porque puse el hilo musical para despedirme así de mi nuevo descubrimiento radiofónico. Entré en la habitación, me dirigí al baño, abrí el grifo del lavabo y comencé a echar pasta de dientes en mi cepillo de “La Guerra de las Galaxias”… Al levantar la cabeza para verme en el espejo lo que vi fue a una venus desnuda emergiendo de las profundidades del océano marca “Roca”. Casi me atraganto con el cepillo… Me puse totalmente colorado de – podemos designarlo así – vergüenza ante la situación. No sabía dónde meterme. Ella me vio y como si nada, tan sólo me dijo: “¿Cómo es que no estás abajo con los demás, Pedro?”. Su tono de voz ni siquiera denotaba extrañeza, ¡qué va!… siguió secándose como si tal cosa a la vez que me miraba de reojo en alguna ocasión… No me acordé ni de enjuagarme la boca. ¡Anda que no me habré hecho yo pajas con carácter retrospectivo! ¡Qué oportunidad perdida, madre mía!, al menos a nivel imaginativo…

Durante el trayecto de regreso se lo conté confidencialmente a Lucio, que no tardó ni cinco minutos en chivarse a Mariano, ‘Tocinín’, y a Juanma, los dos macarras del grupo, los cuales, a su vez, no esperaron ni diez segundos para airearlo a viva voz por todo el autocar. Loli, ante mi embarazosa postura, se acercó hasta mi asiento y me tranquilizó, me dijo que no me preocupase, que no pasaba nada, que la desnudez del cuerpo humano era algo muy natural. (Supongo que lo será, que lo sería en aquel caso, pero el mal ya estaba hecho: sus senos acababan de imprimirse para siempre en un chip de mi memoria.) Se despidió con un beso en mi mejilla… ¡Qué bien olía la muy cabrona! Me sentí por primera vez en toda mi vida importante. ¡Ah! Por cierto, se me olvidaba comentar el aspecto lúdico: el prepotente tamaño de sus tetas, dos globos aerostáticos luchando ávidamente por mantener su turgencia… Si he de ser sincero, casi no recuerdo su cara…

Dejando a Ingrid a un lado – ella constituye una historia muy diferente; no consta única y exclusivamente de pechos – podemos pasar página, por no decir teta, claro: Eugenia, una señora madura, de unos cuarenta años, que pasó un verano en mi pueblo.

Dos años antes de Eugenia (dos años A. E., si la tomo yo como mi referente en el tiempo, como otros hacen con Cristo, aquel que sólo fue hombre, pero que acabó por engañar a todo ‘cristo’, valga la redundancia), mis padres habían comprado el piso contiguo al nuestro por un módico precio ya que sus dueños, ya ancianos, decidieron irse a vivir a Málaga para huir así de los fríos inviernos de Cacabelos. Aprovecharon, mis padres, casi todos los muebles; pintaron paredes y techos, arreglaron alguna puerta desvencijada por el paso del tiempo, y decidieron alquilarlo en temporada veraniega.

El mismo verano en que conocí a Ingrid vivían enfrente Eugenia y su marido Alfonso, gente maja y muy agadable venida de Madrid, ciudad de la que habían escapado dejando atrás su caluroso y agobiante estío. Por las noches solían venir a nuestra casa a jugar al julepe o a la pocha. A veces yo me unía a la partida con la sana intención de sacar algo de pasta para alimentar mi nueva afición: las juergas nocturnas. Con asidua facilidad conseguía mil o mil quinientas pelas; nunca perdía… Bueno, alguna que otra mano, pero eso se debía en parte a la pérdida de concentración que me provocaban los dos apéndices mamarios, que hacían del relieve de aquella estupenda señora un imán para mis salidos ojos. Eugenia era, sobre todo, una señora elegante, pero elegante en el amplio sentido de lfaster_pussycat_kill_kill_poster_03a40a palabra: sus gestos, su forma de hablar, de mirar… todo, en definitiva. Algunos podrían ponerle un pero, y es que estaba un poco entradita en carnes, que no gorda, que es distinto. Pero eso a mí, no es que me diese lo mismo, es que incluso me daba más morbo. Gustos de cada uno. Se parecía un poco a Tura Satana, la protagonista de “Faster Pussycat! Kill! Kill!”, la película de Russ Meyer, algo que en realidad descubrí tres años después al ver la película en casa de mi amigo Javi. Desde entonces, para mí, “Faster Pussycat -Tura Satana” es Eugenia.

Quince de Septiembre; el verano tocaba a su fin, (por desgracia, nos lo recordaba el “Dúo Dinámico” desde la radio de la cocina: ‘el finaaal del veranooo llegó y tú partirás…’). Ese día mi madre me despertó mucho antes de lo normal para que arreglase una de las persianas estilo veneciano que protegían del sol la galería del piso de nuestros, ya por pocas horas, vecinos. Regresaban a Madrid después de haber cargado sus baterías en contacto con lo que de Naturaleza pueda quedar en mi pueblo. De muy mala hostia, me levanté diciéndole a mi madre que si no podía esperar a que se marchasen, que me había acostado muy tarde…Después de haberme lavado la cara, de haberme bebido a continuación un buen tazón de Cola-Cao bien frío, ya me sentía yo más animoso, y silbando la puñetera canción del dúo musical antes mencionado (todo se pega, eso sí que es verdad) me dirigí presto a solventar el problema de la dichosa persiana. Me abrió Eugenia la puerta; entré como un autómata en la casa sin reparar para nada en su aspecto, sólo quería desfacer cuanto antes el entuerto persianesco para regresar luego al sobre y cumplir con mis correspondientes ocho horas de sueño. Me subí a un taburete cojo, el que antaño usaba mi padre para apoyar su pierna derecha cuando le daba el ataque de gota; arregle en enganche del cordel que subía y bajaba la persiana – se había soltado – y me dispuse a bajar a suelo firme. Lo que sucedió a continuación fue algo, en principio, espontáneo, fruto de mi caída del taburete cojo. Eugenia, al ver que me iba de bruces contra sus pensamientos recién regados, se abalanzó sobre mí haciéndome un estupendo placaje, digno del mejor pilier. Caí panza arriba con toda aquella señora encima, notando sobre mi torso el grandioso volumen de sus mamas, lo que provocó en mí una repentina y sobresaliente erección. Esperé a ver su reacción mientras intentaba, sin demasiado empeño por mi parte, todo hay que decirlo, incorporarme a una posición más vertical. Ella sonrió, me dio un beso en los labios a la vez que, con su mano izquierda, tanteaba mi zona genital. “¡Qué es lo que tenemos aquí!… ¡Vaya con Pedrito!”, dijo justo antes de levantarse la blusa para dejar al descubierto dos enormes globos que terminaban en dos pezones largos y sonrosados, rodeados por una gran aureola de diámetro incalculable… Yo… pues qué podía hacer yo: chupar y chupar de aquellas dos fuentes de vida; chupar, que no soplar, que seguro que estáis pensando en la inverosimilitud de este hecho, que estoy tomando “Amarcord” como referencia; pero no, todo fue tan real como que el propio Fellini rodó la citada película. Prosigo: Eugenia había tomado el mando de las operaciones. Bajo su larga blusa sólo llevaba puestas unas minúsculas braguitas que no dudó en apartar rápidamente a un lado para así poder frotar, como poseída por el dios de la ninfomanía, su húmedo sexo contra mi tiesa polla. Todo muy bonito, muy instructivo: ella encima de mí, yo feliz debajo de ella… y a punto de correrme, que ella ya había disfrutado de su orgasmo clitoriano… ya nos disponíamos a pasar a la fase de penetración cuando, como alarma que avisa del peligro inminente, sonó un timbre… “¡Coño, mi marido!”, dijo ella antes de descabalgarme para contestar al portero automático. Efectivamente, era Alfonso, el aguafiestas, el que solía tomarse unos vinos antes del almuerzo… ¡Ya podía haber tomado otro par de tintos en la bodega de Rosario! ¿No?… “Venga súbete el bañador y haz como que sigues arreglando la persiana”. Obedecí raudo, pero aquello no bajaba ni a la de tres, lo cual me hizo pasar un muy mal rato mientras simulaba colocar una pieza de la puta persiana bajo la atenta mirada del señor Alfonso. “¡Qué raro! Si ya había yo arreglado la persiana esta por la mañana temprano”, dijo mientras limpiaba sus gafas. No me atreví a buscar con mi mirada le de Eugenia por dos motivos: uno, que tenía que pensar en algo que hiciese retroceder a mis comandos sanguíneos hacia miembros menos comprometedores; y dos, que estaba aterrado pensando que aquel pobre paisano pudiese descubrirnos por medio de un gesto, de una mirada, de una palabra a destiempo…

Después de comer bajamos a despedirlos: intercambiamos todos los dos besos de rigor, los apretones de manos, las buenas intenciones para volver a vernos cuanto antes. (“¡Sí, sí, lo antes posible!”, pensé.) Antes de meterse dentro del coche, ella me envió un gesto de lamento que no hizo más que aumentar mis imperiosas ganas de masturbarme para, de ese modo, expulsar todo ese superávit de semen que ella había contribuido a generar.

Esperaba ansioso que volviesen a Cacabelos al año siguiente, como habían prometido. Se presentaba ante mí un verano no sólo caluroso, sino también caliente entre los senos de Eugenia… Todas mis esperanzas se difuminaron en marzo: como hacían todos los lunes después de la cena, mis padres gastaban sus últimas horas de vigilia del día ante “Quién Sabe Dónde”; mientras tanto, yo leía “Trópico de Cáncer” sentado en un sillón, bajo la luz de la lámpara de pie, hasta que algo interrumpió súbitamente mi lectura: “Anda, ¿no es ese Alfonso, el de Madrid?”, mi padre, siempre presto y dispuesto a comentar todas y cada una de las imágenes que emitía la pantallita de marras. Así era, así de triste por lo que a mí respecta: mi futuro sexual inmediato como aprendiz de jodedor en manos de una experta y necesitada dama se había disipado en la nada… No sé si ella al final volvió al hogar o no, sólo sé que no regresó más a Cacabelos. Una pena, una auténtica pena.

Puedo parecer un obseso – algo que, en realidad, me trae sin cuidado -; alguien podrá decir: “Este sólo distingue dos tipos de mujeres: las matronas de muy curvo perfil y las demás, que ya no le merecen tanto la pena”. ¡Pues no! ¡Falso! Sólo es una cuestión de gustos; me gustan más así, con buen culo y buenas tetas, pero no le haré nunca ascos a una mujer que no cumpla con estos cánones de belleza; mientras me guste…

Odio, por norma, los refranes, pero hay uno que, en cierta medida, podría definir mi afinidad con los pechos meyerianos: ‘teta que la mano no pilla no es teta, es espinilla. Teta que la mano no cubre no es teta, es ubre’. UBRE, que según define el “Pequeño Espasa”, que es el que tengo más a mano en estos momentos, sería ‘cada una de las tetas de la hembra, en los mamíferos’; concisa, pero no hace más que darme la razón, porque la mujer no deja de ser un mamífero, y según este concepto más hembra, en los mamíferos humanos, sería Anita Ekberg que Jane Birkin, por poner un ejemplo… ¿no?

Todavía me queda hablaros de Sharon , mi profesora particular de Fonética Inglesa durante unos meses. Suspendí Fonética de segundo curso de Filología Inglesa en la convocatoria de junio; en septiembre el mismo resultado – un tres con dos me dijeron cuando fui a revisar mi examen -. Había que poner remedio a tal afrenta con prontitud, y eso hice: busqué clases particulares de Fonética, y di con Sharon, profesora nativa especializada en Fonética y Fonología. Una buena amiga de clase me recomendó sus servicios, aunque creo que a Silvia – la amiga que me la recomendó – no la dispensaría con el servicio final que me ofreció a mí…

Con un precio de mil quinientas pelas la hora, que ciertamente dolían, haciendo tambalear sin remisión mi economía hasta el punto de tener que reducir mis salidas nocturnas (¡ni siquiera pillé nada de costo durante esa época!), y con el ánimo de pagarme las clases sin recurrir a la siempre inestimable ayuda paterna – mis padres pensaban que yo había aprobado todo en junio… y con notable de media. ¡Qué ilusos!-, había que aprovecharlas, que exprimirlas al máximo.

Sharon me hacía trabajar muy duro: venga a hacer transcripciones y más transcripciones, una detrás de otra, y unas cuantas de regalo para casa… Para ser sinceros, yo agradecía toda esa cantidad de trabajo ya que así pude llegar a dominar, al fin, todos los entresijos de la pronunciación de la lengua de Shakespeare y de Johnny Rotten, por buscarles algún punto en común a tan insignes bastiones de la “pérfida Albión”, como diría la propaganda fascista – parece que fue el siglo pasado, pero no… no – treinta años atrás.

Un día, a falta de tan sólo doce para la fecha de mi examen de febrero, Sharon me dio una revista llamada “Awake!” (¡Despierta!) para que transcribiese algunos de los artículos allí contenidos. “¿Sabes lo que representa esta revista?”, me preguntó intrigante. “No, ni idea”, contesté yo mentiroso (yo ya sabía de qué iba aquel panfleto porque había visto alguno similar con anterioridad). Entonces ella me explicó muy evangelizadora que aquello estaba editado por los Testigos de Jehová, secta a la que ella pertenecía junto con su marido y sus dos hijas: una familia unida… Prometí transcribir algún que otro texto, pero sólo como práctica científica, ya que dejé muy clara mi postura al respecto: “No creo en ninguna religión, en ningún dios inventado por el hombre”. Cuando quiero puedo ser tan lapidario como el que más; ¡vaya una frasecita!… Lo que yo estaba intentando era intimidarla, reducir sus intenciones de convertirme, algo que suele resultar de por sí vano cuando se trata de un Testigo de Jehová, o de cualquier otro fanático religioso de cualquier otra secta, incluida la católica, por supuesto.

Hice las transcripciones, leí, por curiosidad malsana, algunos de los ridículos artículos publicados en el susodicho panfleto, y volví a su casa para recibir su última lección antes del examen que, por lo sucedido a posteriori, resultó ser la mejor, la más gratificante. Ese día Sharon estaba muy atractiva: el pelo rubio sajón suelto, una camiseta blanca extremadamente ajustada, unas mallas negras que resaltaban su culo y sus caderas… ¡Impresionante!, es la palabra. Como solía llevar ropa muy holgada, nunca habría podido adivinar que Sharon escondía dos pechos tan grandes, un poco separados entre sí, en forma de pera limonera, algo caídos, bien es verdad, pero daba lo mismo… Todo eso me puso un poco nervioso; nerviosismo inquieto que se vio incrementado cuando me contó que su marido y sus dos nenas se habían ido de excursión a los Picos de Europa… y que no regresarían hasta pasadas las once de la noche. Por descontado que no dimos la clase, pero sí que nos pasamos tres horas de lo más salvaje: nunca hasta entonces me habían hecho una cubana y desde luego ella sabía hacerlo; para ello lubricó sus tetas con mantequilla, y luego hizo lo propio con mi polla… ¡Qué sensación! Mi orgasmo llegó incluso a manchar la lámpara estilo victoriano que colgaba del techo de su habitación.

Pero no todo puede ser jauja. Aquella rubia sajona, entregada a todo tipo de prácticas sexuales hacía tan sólo unos minutos, sacó de nuevo a relucir temas escabrosos: “¿Qué te parece si hablamos ahora de Jehová?”, fue la pregunta maldita que me devolvió por completo a la puta realidad. No puede existir nada perfecto. No pude hacer otra cosa que enfadarme ante tal chantaje: “Ya, para que acaben lapidándome por repetir su nombre una pandilla de mujeres judías disfrazadas de hombre con la única ayuda de unas barbas postizas, no te jode”. En determinadas ocasiones, nunca predecibles, puedo llegar a ser un auténtico pedante… Claro está que ella no entendió la supuesta ironía de mi fílmica referencia, porque su siguiente misiva fue de lo más gloriosa: “Si te unes a nosotros te lo vas a pasar muy bien… y no sólo conmigo, que tengo amigas muy guapas en el reino…”. No fui capaz de aguantar ni un segundo más; me vestí a toda prisa y me largué dando un buen portazo… Aprobé la Fonética, por supuesto, y con notable… pero, ¿hice bien? Aún hoy en día, sobre todo en época primaveral, cuando los pajarillos cantan y las glándulas seminales están a rebosar, me acuerdo de ella y, en momentos de debilidad moral, me arrepiento de no haber entrado de lleno en los Testigos del conocido como Jehová… ¿Cómo hubiese sido el hacérmelo con Sharon y una de sus amigas al mismo tiempo? Por desgracia nunca lo sabré, aunque en mi imaginación pre-masturbatoria siempre habrá un hueco para esa fantasía…

¿Ingrid? ¿Qué pasa con Ingrid? Ella también puede presumir de delantera, pero, como ya he dicho antes, a ella no la puedo incluir en este selecto grupo; ella es, o mejor dicho, era y representaba lo que vulgarmente llamamos amor… aunque a veces me quedó mirando fijamente la foto de mi abuela Dolores y me descubro de repente alucinado con mi vista clavada en su prominente busto… No se porqué, pero creo que me recuerda a Ingrid… ¿Será grave, doctores?”.

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… DE LA VIDA XVIII…

XVIII.

Pedro estaba a punto de cumplir seis años. Ya estaba en primero de E.G.B., en clase de Don José Tejeiro, maestro por imposición institucional desde el año 41. Se pasaban los primeros diez minutos de la mañana rezando y cantando, a continuación, el “Cara al Sol”, himno entre los himnos durante los años oscuros del franquismo. Los castigos eran ejemplares, aunque a Pedro todavía no le había tocado sentir el dolor que producían los latigazos propinados con una vara de mimbre, perfectamente lijada, en las yemas de sus dedos. Era de los pocos elegidos que podían presumir de esa suerte. Entre los pelotas agraciados, también se encontraba su amigo Simón. Los dos, después de clase, solían jugar a la peonza o a las canicas en buena armonía, sin enfadarse nunca.

Un buen día, Simón no apareció por la escuela. Llegó Don José muy apesadumbrado; no rezaron ni cantaron el himno fascista de rigor. Hubo un momento de silencio que a todos pareció eterno. Todos los niños permanecían inmóviles en sus asientos, callados y notando en el ambiente que algo extraño sucedía.

“Queridos niños, hoy es un día muy triste para mí, para todos vosotros, para el pueblo de Cacabelos en general. Vuestro compañero Simón ha muerto. Ayer se cayó al río desde el puente y se ahogó. Nadie vio cómo sucedió, nadie pudo hacer nada por él… Vamos a rezar un Avemaría y un Padrenuestro por el alma de nuestro querido Simón. Por la tarde no habrá clase, iremos desde el colegio, en formación solemne, hasta la iglesia para posteriormente asistir a la ceremonia religiosa que se oficiará por el alma del pobre Simón. Acto seguido, nos dirigiremos al cementerio para así rendir un último homenaje a nuestro compañero y amigo. Hoy es un día de luto para todos nosotros. Recemos”. De uno de los ojos del anciano maestro, brotó una lágrima que resbaló despacio, muy despacio, por su mejilla hasta morir rebotada contra el borde de su mesa.

Pedro ya había oído con anterioridad la palabra “muerte”, pero esa era la primera vez que sentía cómo esa maldita palabra se contextualizaba.

“¿Qué ocurre, que Simón no va a volver nunca más a clase? ¿No voy a poder jugar más con él? Jolines, si aún me debe tres canicas que le gané la semana pasada…”. Pedro sintió un enorme vacío en sus entrañas. La clase estaba llena de niños, cada uno de ellos ocupando su puesto habitual. Sólo había un pupitre, con su correspondiente silla plegada, desierto. Pedro permanecía justo al lado de ese pupitre, observando atentamente el vacío, recibiendo la primera impresión de la muerte, como una certera pedrada, en todo su pequeño ser.

Desde hace dieciocho años, Pedro nunca falta a la cita con su amigo Simón. El día quince de noviembre se lo había reservado a él. Iba al cementerio, contemplaba la foto de su amigo – “¿cómo serías ahora? ¿Seguiríamos siendo amigos?” -, y le contaba sus historias durante un buen rato para, al final, despedirse, como siempre, hasta el año próximo.

Muerte, siempre acechando y dejando muescas a nuestro paso. Ahora volvía Pedro a sentir cercano el aliento de la dama de la guadaña, demasiado cercano, empañando los cristales de su ventana… Pero esta vez era distinto, quizá esta vez existía algún tipo de justificación.