… DE LA VIDA LVI…

LVI.

Era superior a sus fuerzas, la curiosidad arrastraba irremisiblemente a Pedro hacia la búsqueda de alguna explicación sino posible, al menos plausible. En casa de la familia Zamudio Frías no quedaba ni un solo recuerdo palpable de la travesía por la vida de la primogénita. La única instantánea que Pedro conservaba de Ingrid también se había volatilizado misteriosamente. Todos sus compañeros de piso aseguraban y reaseguraban infinidad de veces que ellos no habían cogido la dichosa fotografía. ¿Qué cojones quedaba entonces…? Pedro se estaba planteando incluso si alguna vez había poseído aquella foto, y habría llegado a esa conclusión de no ser por los testimonios de Fernando, de sus propios compañeros de piso, hasta del propio Juanjo, el que había osado en una ocasión hacer un comentario fuera de tono sobre las voluptuosas formas de Ingrid. Todos confirmaron, sin dejar lugar a la menor de las dudas, que una vez existió, aunque sólo fuese plasmada en papel fotográfico, la imagen de una guapa chica morena al lado de un bisoño adolescente con cara de despiste inherente. “De todos modos, alguien podría haber hecho un buen montaje… ¿o no?”, llegó incluso a afirmar el cachondo de Iñigo, un fanático hincha de los Expedientes X.

A Fernando, en ocasiones agudo con su ingenio, un día se le ocurrió una última alternativa. “Recuerdo que me dijiste que la foto aquella la había hecho un primo tuyo, ¿no?”, preguntó Fernando súbitamente eufórico debido a la supuesta brillantez de su idea. “Sí, mi primo Jose”, le respondió Pedro sin darle mayor relevancia al contenido de la afirmación de su amigo – ya le daba todo igual, ya no sentía la desesperación de los días previos, sólo tenía ganas de pasar página cuanto antes -. “Pues ya está, asunto arreglado. Él conservará el negativo, supongo… haces una copia, o varias copias por si acaso…” Pedro tomó nota y, sin más demora, ese mismo día hizo una llamada telefónica a su primo Jose a Cacabelos para que le hiciese el favor de copiar la foto de los negativos de la boda de la prima Natalia en la que él salía con una chica morena muy guapa. La respuesta de Jose surgió contundente como un misil tierra-aire: extrañamente, Jose había extraviado los negativos de las fotos de aquella boda – “ya ves, tengo guardados todos los negativos de todas las fotos que he hecho en toda mi vida, y ésos, precisamente ésos, no están. Y mira que los he buscado para dejárselos al tío Martín, que no hace más que pedírmelos, y fotos, lo que son la fotos que saqué, no me quedan ni la mitad, el resto, pues ha desaparecido no sé aún ni cómo…” – A pesar de la decepción inicial, semejante respuesta (puede que hasta esperada) no causó la menor mella en el apaciguado ánimo de Pedro. Estaba dejando de ser Mulder, el ‘siniestro’, para ir convirtiéndose paso a paso en la escéptica Scully; “no me voy a creer nada, ninguna explicación fuera del mundo pragmático… pero seguiré insistiendo… por lo menos unos días más. La muerte de Javi no puede quedar así, impune… Era mi amigo, y creo que se merece un último esfuerzo por mi parte.”

Siguiendo la línea que la boda-despertador trazaba, a Pedro se le ocurrió indagar en casa de sus primos Jesús y Natalia. En una de las visitas a Cacabelos fue a visitarlos. Después de conversar sobre los mismos temas triviales de siempre, que si este año vendrás para la matanza, que si se estaban planteando ya tener descendencia ahora que estaban estabilizados (“¡qué triste!”, pensó Pedro ante la angustia existencial que le provocaba el hecho de pensar que alguna vez pudiese llegar a tener un hijo; “joder, un enano invadiendo toda mi intimidad y sin dejarme vivir a mis anchas… ¡no! ¡Y una mierda…! ¡Ni pa dios!”), etc., etc.

Pedro comenzó a hablar de Ingrid, sobre la repentina desaparición de la chica; se dirigía especialmente a Jesús, que, como primo de Ingrid, puede que supiera algo, que conociese algún dato nuevo que le acercase a su paradero actual. (Pedro no mencionó el accidente que había acabado con los huesos de su amigo Javi en el camposanto de Oviedo, no fuera a ser que esa información coartase de alguna manera la respuesta de Jesús.) Jesús sí sabía que su prima se había largado de casa sin dejar rastro, acto que, a pesar de lo que opinaba su familia, a él le parecía lógico; “no, si mi prima siempre estuvo un poco pirada. Es una tía muy rara, yo nunca llegué a tener una relación muy estrecha con ella… es más, se podría decir que ninguna, salvo en las típicas reuniones familiares. No tengo ni puta idea de dónde puede estar… Pero, ¿a qué se debe tanto interés por tu parte?”. “No, nada en particular; es que me enteré de su desaparición porque en Madrid me encontré por casualidad con su hermano… con tu primo, vamos”, contestó Pedro a la pregunta enviada por Jesús, cuando en realidad le hubiese apetecido decirle “¡y a ti qué cojones te importa! Son asuntos míos, solo míos; ¿vale?”. Pedro intentó una última cuestión: “oye, Jesús, ¿tú sabes si Ingrid tenía un Ford Fiesta de color rojo… o quizá su padre, o su madre?” “No, que yo sepa tenían un Polo; luego se compraron un BMW. Pero un Fiesta, no, de eso sí que estoy seguro.” Era imposible seguir; los caminos se bifurcaban una y otra vez, una y otra vez hasta hacer que los cruces, con infinidad de opciones a elegir, superasen la capacidad de Pedro para poder discernir cuál era el válido y cuál no. Pedro cambió repentinamente de tema; no quería que se le notara en exceso su delicado interés por la ‘tía rara’ aquella, pero llegado un momento en el que volvían a hablar cíclicamente de las mismas cosas una y otra vez, una y otra vez, ya no pudo resistirlo más y preguntó si podía ver al álbum de fotos de la boda, algo que hizo sentado entre el matrimonio de primos. Resultado negativo: Ingrid sólo aparecía en una foto, pero nada más se podía ver una pequeña parte de las botas Doctor Martens que llevaba puestas aquel día, el resto de su ser estaba tapado por su hermano Erik. Eso era a lo que se había reducido Ingrid, su recuerdo, a unos centímetros cuadrados de piel de bota Doctor Martens de color negro, ni mate ni brillante. Y ya metidos en materia, también se dispuso, esta vez a propuesta de su prima Natalia, a ver el insufrible vídeo ‘artístico’ de la boda entre planos innecesariamente alargados de flores del parque y de horteras sombrillas estilo victoriano. Nada, Ingrid parecía no haber actuado en aquella película: no estaba entre los presentes en la ceremonia religiosa, tampoco había bailado mientras el fotógrafo – el nieto de Honorio, el retratista, el que había inmortalizado a la abuela Dolores…el que había muerto en la Guerra Civil, en el frente de Aragón – grababa el vals que iniciaba el baile nupcial; su sitio en una de las mesas de invitados se presentaba vacío ante la videocámara cuando estuvieron tomando planos de todos y cada uno de los invitados al banquete. Daba la impresión de que Ingrid se había ocupado con extrema precisión de no dejar pruebas de su existencia hasta ese momento.

Aquello ya no daba para mas, con lo cual se despidió de Natalia y del marido de ésta envuelto por la cortina de humo formada por frases supuestamente efusivas del tipo “a ver si vienes a vernos más a menudo, que parece que no tienes primos…” Al entrar en casa de sus padres llegó a una firme determinación: “Paso. Desisto por completo; ya no pienso indagar más… Si ella mató a Javi, que sobre su conciencia recaiga su muerte, y si no lo hizo… ¿qué hostias hago yo entonces perdiendo el tiempo con estas pijadas, si dentro de nada comienzan lo exámenes…?”.

Si una persona no cree en la existencia de ningún dios, ni en ningún otro tipo de superstición, ni en nada que se salga lo más mínimo de la línea impuesta por las leyes de la ciencia, entonces no puede seguir buscando soluciones cuando cada paso dado, en vez de ir respondiendo lógicamente al planteamiento inicial, genera por sí mismo montañas y más montañas de enormes interrogantes. “Mejor no saber, no ver, no oír, no hablar más… Sigo con mi vida, como siempre, y puede que algún día, cuando menos las necesite, lleguen hasta mí las respuestas a tanto embrollo”, se dijo Pedro a sí mismo la misma noche en que regresó de su pueblo, tras haber visitado, sin resultados evidentes, a sus primos, y antes de ponerse a estudiar duramente para un examen final de Sintaxis Generativa Transformacional de cuarto curso de Filología Inglesa.

La expresión de la abuela Dolores parecía haber cambiado, parecía incluso más serena, más segura de sí misma que antes… pero se trata de una simple fotografía pegada en la pared de un cuarto en penumbra, y Pedro no se dejará nunca llevar por ese tipo de impresiones. Puede que no le den más que miedo… puede que, de todas formas, la verdad no esté ahí fuera…

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… DE LA VIDA LIII…

LIII.

No he preguntado a nadie, porque me tomarían por loco. Después de transcurridos unos días desde mi particular periplo investigador, y tras dejarme arrastrar por la corriente del no-quiero-ya-saber-nada-más-del-tema, reencontré la hoja número nueve del libro de Salman Rushdie, la que había encontrado en el interior de la guantera de aquel coche. La había guardado posteriormente en el cajón de mi mesilla de noche – el día aquel en que desapareció de mi vida la foto de Ingrid, la única que podría haber mantenido intacto mi recuerdo sobre ella; me refiero al recuerdo físico: de sus rasgos, de su tipo, de su mirada… es como si se fuesen difuminando en mi interior con el transcurso del tiempo… – Y entonces vi la luz y, ayudado invisiblemente por los ‘monstruos de mil cabezas’, me di cuenta de que aquella hoja había sido arrancada de mi libro, de mi propio ‘Midnight’s Children’; no necesitaba ningún tipo de comprobación, tan sólo rescaté aquella hoja apergaminada del interior del cajón de mi mesilla, deshice todas sus dobleces con un cuidado extremo, como si estuviese planchando la mejor de mis camisetas, y me dirigí hacia la estantería en la que voy acumulando todos y cada uno de los volúmenes de mi particular biblioteca… y la hoja perdida regresó, al fin, a su morada.

Cuando disponga de más tiempo, es decir, después de los exámenes, creo que me apetecerá releer esa novela. No es que lo vaya a hacer con el afán de descubrir leyendo entre líneas sin fin la pista definitiva, la que me diga: esto sucedió así y por estos motivos. No… Recuerdo que, en su momento, cuando la tuve que leer para la asignatura de Literatura Inglesa del Siglo XX – no sé yo qué cojones tendrá Rushdie de inglés, aparte de escribir en tal idioma – me gustó muchísimo, la disfruté con todo el placer que la obligatoriedad puede otorgarle a la lectura. Por ese motivo pienso volver a leerla, porque me da la impresión de que ahora sí que la disfrutaría en toda su plenitud y sin tener que estar pensando continuamente qué coño de parte de aquella larga novela me podría caer en el examen.

¿Cómo pudo llegar esa hoja hasta donde llegó? Sólo se me ocurre una palabra: Ingrid.

Yo nunca subrayo mis libros cuando los leo, ni aunque tenga que recordar luego algún párrafo o alguna de las palabras clave. Siempre que tengo que utilizar algún extracto de un libro, lo que hago previamente es apuntar en mi cuaderno de notas todo lo que necesite…

… ‘But for every snake, there is a ladder’ (pero para cada serpiente hay una escalera), citando una de las frases que recuerdo haber escrito en mi cuaderno de notas; expresión que luego utilicé conscientemente en el examen cuando se nos pidió explicar ‘el realismo mágico’ en ‘Los Hijos de la Medianoche’. Y es verdad, ahora sé que todo eso es verdad. Lo que sucede y lo que no sucede, lo que vivimos y lo que imaginamos; todo, absolutamente todo, forma parte de nuestras vidas. Imaginaos por un solo instante que fuésemos capaces de recordar todos y cada uno de los momentos que hemos vivido, desde el momento en que vemos como las manos del médico, de la comadrona o de lo que fuese, nos saca del vientre de nuestras madres hasta el momento presente… El presente, he dicho ‘el presente’… y no intentéis atraparlo, ya que él siempre gana, siempre nos supera y se escapa de nuestro lado, como hizo Ingrid… como haremos todos.”

… DE LA VIDA XXXVIII…

XXXVIII.

Un domingo como todos los domingos en una casa habitada por aves nocturnas: la una y cuarto de la tarde y ni el más mínimo atisbo de vida en el planeta 6º C del 36 de Fray Ceferino. La noche anterior había sido larga, muy larga y llena de drogas empapadas en diversos tipos de alcohol. Pedro siente cercano su despertar; en ese estado semi-consciente se sorprende a sí mismo repasando la ‘Poética’ de Aristóteles…

– ¿Qué hora es? ¿Qué día es hoy? – vocifera asustado al despertarse temiendo que fuese lunes… En primer lugar comprueba la hora en su reloj: la una y diecisiete minutos; luego enciente el televisor, sin que haya remitido todavía la sensación de angustia que tapona la vía de entrada a su estómago… “¡Menos mal!”, se siente aliviado al ver que en la segunda cadena retransmiten el típico partido de baloncesto de cada mañana invernal de domingo.

– ¡Qué susto, joder! Pensé por un momento que hoy era lunes – se consuela en voz alta.

Ingrid, con tanto trajín – la tele puesta, Pedro hablando solo y sin parar de moverse inquieto en su lado de la cama – abre los ojos, mira a su compañero de catre y comienza a protestar airadamente.

– ¡Qué hostias pasa aquí, joder, que no me dejas dormir!

– Perdona, tía. Me he despertado pensando que hoy era lunes y que se me había pasado la hora del examen.

– ¡Serás mamón! Hoy es domingo, día de dormir a pierna suelta hasta que te salga del chocho.

– Vale, vale. No te pongas así. Tú sigue durmiendo que yo me voy a poner a estudiar un poco.

– ¡De eso nada, monada! Ahora te jodes, que ya me he despertado y cuando me despierto, o me despiertan, ya no puedo volver a conciliar el sueño hasta pasadas al menos unas cinco o seis horas.

– Pero es que yo debería ponerme a estudiar, que mañana tengo mi primer examen en la Facultad y…

– ¡Y nada! Para una puta vez que vengo a Oviedo a verte me aguantas y punto. Ya estudiarás luego toda la noche, que ya sabes que yo me voy en el ‘Alsa’ de las doce y media.

A Pedro le entraron unas ganas locas de agarrar a aquella mujer de un brazo y arrastrarla a empellones hasta la puerta, no ya la de su habitación, sino la de la puta calle para cerrarla, posteriormente, a cal y canto. El único problema surgiría irremisiblemente al no estar la casa debidamente insonorizada contra gritos de mujer histérico-despechada.

Pedro deseaba que ella regresase a Madrid de una puta vez. Ingrid invadía todo su espacio vital, ya no era dueño de su propia habitación (todo hijo único ama la soledad escogida, la soledad que permite tener todo lo que se encuentre al alcance de la vista bajo control)… Pero estaba más que dispuesto a imponerse, a rebelarse contra aquella que osaba conquistar su pequeño país. Ensayó consigo mismo una mirada violentamente acusadora, que fuese capaz de decir: “Cuidado, que aquí estoy yo, ¡eh?”… Llegado el momento de ponerla en práctica no pudo… fue mirarla a los ojos y enternecerse al mismo tiempo.

– Venga, haya paz. Voy a poner algo de música.

– Vale. Mientras, voy al baño a mear y a lavarme un poco la ojera, que debo tener un aspecto de lo más terorífico.

Todo lo contrario, para Pedro estaba guapísima recién levantada, sin nada de maquillaje, sin ningún tipo de máscara. No sé porque las tías se empeñan en arreglarse excesivamente, si a cualquier hombre enamorado le gusta su chica esté como esté…

Pedro revisó de una pasada su discografía, pero aún no tenía muy claro qué le gustaría escuchar en ese preciso instante. Cada momento tiene su música, y, tras barajar cuatro opciones, sacó un vinilo de su correspondiente carátula y lo colocó en el plato de su tocadiscos; limpió a continuación la aguja, ajustó el volumen y el “Daydream Nation” de los Sonic Youth comenzó a sonar llenado de decibelios no sólo su habitación, sino que el ruido de guitarra distorsionada también avanzó desafiante abriéndose paso por el resto de la casa. Ingrid regresó del baño alterada ante la avalancha de vatios que invadía su cerebro, según su propia consideración, de forma premeditada.

– ¡Joder! ¿Estás loco, o qué? ¡Baja eso!… ¿o es que a ti no te duele ni un ápice la cabeza?

– ¡A mi no me duele la cabeza! ¡Al contrario, a mí la música me ayuda a vencer los efectos de la resaca!

– ¡Pero es que vas a despertar a los demás!

– ¡Qué se jodan esos cabrones! ¡Anda que no me habrán despertado ellos a mí cantidad de veces… ! ¡La última me despertó Carlos con Nino Bravo, tía! ¡¡¡Nino Bravo!!!

Ingrid decide pasar directamente a la acción: baja el mando del volumen del siete al dos. Pedro siente como su hipotética autoridad se desmorona. “Esto supone un golpe de estado en toda regla”, piensa indignado. Había tenido, como todo bicho viviente, sus rollos; alguna que otra chica había pasado por su reino sometiéndose en casi todo a su regia voluntad… Pero esto era nuevo, algo inconcebible, sin dejar de ser, por otro lado, moralmente insoportable. Su único consuelo se derivaba de que el estado dictatorial impuesto por la coronela Ingrid tenía sus horas contadas: sólo hasta las doce y media de la noche…

– A estas horas, sin haber desayunado todavía, apetece oír una música menos estridente, ¿no crees?… Además, podías tener algo de consideración con los demás, tío.

– Joder… yo alucino en colores. ¡Si a ti te gustaban los Sonic Youth!

– Sí, sí que me gustan… pero en momentos muy determinados, no ahora. Y tampoco es que me chiflen, la verdad.

– No dejo de salir de mi asombro… De acuerdo. Entonces, ¿qué te apetece escuchar?

– No sé… pon esta cinta mía de El Último de la Fila, por ejemplo.

– ¡No, eso no! ¡Por ahí sí que no paso!

– ¡Ah, no? Pues antes bien que te gustaban también… ya empiezas a contradecirte, como siempre.

– No, si yo no lo niego; pero es que son muy repetitivos… cada disco que sacan es más de lo mismo.

– Y dale… ¿Qué es, que Sonic Youth no se repiten, que en cada disco inventan algo nuevo?

– Pues no, no es eso… Joder, es una mera cuestión de gustos… es ir evolucionando, creciendo con la música y seleccionando lo que consideras realmente bueno.

– Ya, las típicas chorradas de siempre… ¡Ya te digo!

Siguiente operación de Ingrid: quita el disco de Sonic Youth, coloca en la pletina “Como la Cabeza al Sombrero” de El Último de la Fila, y pulsa la tecla de ‘play’.

– Vale, vale… Me rindo. ¡Qué remedio si no…! Además, no tengo ánimo para seguir discutiendo, que tengo un examen mañana… ¡Mi primer examen en la universidad!, y necesito estímulos, concentración, y no discusiones gilipollas sobre este o el otro grupo.

– Yo reconozco que sabes mucho de música, de cine… conoces mogollón de grupos, siempre estás al día en todo… Si es que tu único defecto es que tratas de imponer tus gustos a los demás.

– ¡Yooo? ¡De eso nada!

– Sí, tú, tú… Acuérdate de los rollos sobre música pop que me metes siempre en tus cartas: didácticos e insufribles la mayor parte de las veces, para qué te voy a engañar…

– Joder, me gustan, o mejor dicho, me apasionan la música y el cine… Lamento haberte contado mis rollos de crítico cinematográfico-musical. Ya ves, pensaba que te interesaba todo lo que te contaba en mis cartas, que tenías gustos afines a los míos…

– Y los tengo… muchos de los grupos que me recomendaste me parecieron flipantes: los Pixies, los Dead Kennedys, los Smiths, Joy Division… o incluso los Residents. Lo que ocurre es que no soporto que me des lecciones magistrales de tío listo que lo sabe todo; no soporto la prepotencia masculina…

– ¡No jodas!… … Y eso, ¿qué tiene que ver?

– Mucho, pero mucho que ver. ¿Pero es que no os dais cuenta? Los tíos sois todos como cromos repetidos: os creéis superiores a nosotras; tratáis de mostrarnos continuamente todo lo inteligentes que podéis llegar a ser… joder, es que sois de un paternalista que da asco, ¡puto asco!

– Yo no tengo la culpa de ser inteligente, joder… No cuento las cosas por meter puros y simples rollos, sino porque…

– ¿Por qué?, a ver, ¿por qué? Explícate.

– … … ¡No tengo ni puta idea! Yo sólo quería poner un disco de Sonic Youth, y no tener que soportar a los pesados de El Último de la Fila… Además, el que canta es idéntico al Pajares, ¡y tampoco soporto a Andrés Pajares!

– ¡Bravo! Vaya un señor razonamiento de ‘monsieur’ inteligencia… Pajares… Entonces, según tu nueva teoría sobre gustos musicales a mí no me pueden gustar los Pixies: no soporto a los gordos, y el cantante es una puta bola de grasa…

– Vale, vale, tú ganas… como siempre… Mira, sólo trataba de explicarte que no me apetece escuchar a esos varas; suenan rancio, antiguo, decadente…

– Pasado de moda, querrás decir pasado de moda. ¿Antiguo? Antiguo es el gregoriano, ¡no te digo!

Pedro se tranquiliza: se sienta sobre la cama en actitud relajada y pacificadora, y elabora uno de sus – al menos él lo cree así – brillantes razonamientos.

– Vamos a ver, Ingrid… no es exactamente eso; ‘antiguo’ no define correctamente lo que pretendía explicar, tampoco ‘pasado de moda’… Los Rolling Stones, por ejemplo, tuvieron que hacer montones de canciones, grabar discos año tras año, para convertirse en clásicos y ser reconocidos como tales por todo el mundo… Bueno, por casi todo el mundo.

– ¿Y…?

– No me interrumpas, déjame seguir… ¿No te das cuenta? Ahora todo va muy de prisa, todo gira a más revoluciones: ¿cuántos discos tiene que grabar hoy en día un buen grupo para convertirse en un clásico? Con un par de ellos, ¡con uno, incluso!, puede ser más que suficiente… Por la misma razón, si al tercer o cuarto disco no son capaces de superarse, de introducir variaciones… pues eso, se vuelven antiguos, aburridos, y tú escucharás sus primeras grabaciones, así como pasarás olímpicamente de todo lo nuevo que vayan sacando a la calle. Así de sencillo.

– De acuerdo, sencillísimo, ¡oh! ser supremo del rock’n’roll… ¡Pedro dixit!

– ¡Bah! No me vaciles, tía, que estoy hablando en serio.

– Pues tú no me des lecciones, tío, que no las necesito.

Y se enzarzan en una amistosa pelea que, como suele ocurrir cuando hay deseo, acaba en un buen polvo que sirve de vía de escape a toda la tensión acumulada previamente. La fase post-coito devuelve el silencio, ya no hay música, ya no hay discusiones, tampoco se pueden oír jadeos entrecortados… Toda esa quietud se ve perturbada inconscientemente por el intenso rugir de las entrañas de Ingrid, que no conocen otra forma más discreta de decir que ya está bien, que el hambre aprieta. Pedro se da por aludido: “Oye, ¿por qué no bajamos a la sidrería de enfrente a comernos un buen par de centollos?”, propone, a lo que ella asiente antes de matar contra el compacto vidrio del cenicero el primer canuto del día, el canuto mañanero.