VEN – EPÍLOGO

Pedro, que vivió en Londres siete años, que trabajó allí como profesor de español y francés en un instituto de los considerados duros, en una zona rebosante de refugiados e inmigrantes de todos los lugares imaginables del mundo conocido, es ahora un comprometido profesor de inglés en un instituto del oriente asturiano, vive en pareja y tiene dos hijos; rebosa de inquietudes y siempre quiere aprender más y más. Se puede decir que es una persona feliz.

El día que cumplió 32 años, a su casa de Crystal Palace llegó un mensajero de FedEx con un paquete muy bien envuelto. Sorprendido, lo abrió con calma, con tiento. Dentro se encontró un single, de los de vinilo, “Vem” del grupo portugués Madredeus. “Joder, qué raro”, pensó mientras buscaba inútilmente cualquier atisbo de remitente, pero allí sólo estaba escrito en letras muy grandes “Vem”, y en la parte de abajo, en letra muy pequeña, “te pertenezco hasta el fin del mar, soy como tú, de la misma luz, del mismo amor” “Es raro de cojones, en 1994 sólo sacaban singles en versión CD… creo”. Conocía a Madredeus, pero nunca antes había sucumbido a la mágica y envolvente voz de Teresa Salgueiro. En su viejo tocadiscos Philips puso el single sin antes acordarse de cambiar de 33 a 45 revoluciones por minuto. Vuelta a empezar. Aguja de nuevo al principio.

Vem, além de toda a solidão
perdi a luz do teu viver
perdi o horizonte

Está bem
Prossegue lá até quereres
Mas vem depois iluminar
Um coração que sofre

Pertenço-te
Até ao fim do mar
Sou como tu
Da mesma luz
Do mesmo amar

Por isso vem
Porque te quero
Consolar
Se não está bem
Deixa-te andar a navegar

No tiene ni la más remota de las ideas, pero cada cinco de octubre se acuerda de buscar este single, de escucharlo, de llorar sin sentido a moco tendido cantando con Teresa cada sílaba, cada sonido de la canción. Vem, Vem… Ven, ven, ven…

– Pero, Pedro, ¿qué te pasa? Es muy raro, amor, cada año con este cuento… Yo no entiendo nada.

– No lo sé, vida, no tengo ni puta idea… Es algo raro que me llama y me obliga a escuchar esta canción, a cantarla una y mil veces, a sufrir con ella… Pero, tranquila, no pasa nada, sabes que mañana ya volveré a estar bien, que volveré a tener mil cosas en la cabeza…

… DE LA VIDA LVI…

LVI.

Era superior a sus fuerzas, la curiosidad arrastraba irremisiblemente a Pedro hacia la búsqueda de alguna explicación sino posible, al menos plausible. En casa de la familia Zamudio Frías no quedaba ni un solo recuerdo palpable de la travesía por la vida de la primogénita. La única instantánea que Pedro conservaba de Ingrid también se había volatilizado misteriosamente. Todos sus compañeros de piso aseguraban y reaseguraban infinidad de veces que ellos no habían cogido la dichosa fotografía. ¿Qué cojones quedaba entonces…? Pedro se estaba planteando incluso si alguna vez había poseído aquella foto, y habría llegado a esa conclusión de no ser por los testimonios de Fernando, de sus propios compañeros de piso, hasta del propio Juanjo, el que había osado en una ocasión hacer un comentario fuera de tono sobre las voluptuosas formas de Ingrid. Todos confirmaron, sin dejar lugar a la menor de las dudas, que una vez existió, aunque sólo fuese plasmada en papel fotográfico, la imagen de una guapa chica morena al lado de un bisoño adolescente con cara de despiste inherente. “De todos modos, alguien podría haber hecho un buen montaje… ¿o no?”, llegó incluso a afirmar el cachondo de Iñigo, un fanático hincha de los Expedientes X.

A Fernando, en ocasiones agudo con su ingenio, un día se le ocurrió una última alternativa. “Recuerdo que me dijiste que la foto aquella la había hecho un primo tuyo, ¿no?”, preguntó Fernando súbitamente eufórico debido a la supuesta brillantez de su idea. “Sí, mi primo Jose”, le respondió Pedro sin darle mayor relevancia al contenido de la afirmación de su amigo – ya le daba todo igual, ya no sentía la desesperación de los días previos, sólo tenía ganas de pasar página cuanto antes -. “Pues ya está, asunto arreglado. Él conservará el negativo, supongo… haces una copia, o varias copias por si acaso…” Pedro tomó nota y, sin más demora, ese mismo día hizo una llamada telefónica a su primo Jose a Cacabelos para que le hiciese el favor de copiar la foto de los negativos de la boda de la prima Natalia en la que él salía con una chica morena muy guapa. La respuesta de Jose surgió contundente como un misil tierra-aire: extrañamente, Jose había extraviado los negativos de las fotos de aquella boda – “ya ves, tengo guardados todos los negativos de todas las fotos que he hecho en toda mi vida, y ésos, precisamente ésos, no están. Y mira que los he buscado para dejárselos al tío Martín, que no hace más que pedírmelos, y fotos, lo que son la fotos que saqué, no me quedan ni la mitad, el resto, pues ha desaparecido no sé aún ni cómo…” – A pesar de la decepción inicial, semejante respuesta (puede que hasta esperada) no causó la menor mella en el apaciguado ánimo de Pedro. Estaba dejando de ser Mulder, el ‘siniestro’, para ir convirtiéndose paso a paso en la escéptica Scully; “no me voy a creer nada, ninguna explicación fuera del mundo pragmático… pero seguiré insistiendo… por lo menos unos días más. La muerte de Javi no puede quedar así, impune… Era mi amigo, y creo que se merece un último esfuerzo por mi parte.”

Siguiendo la línea que la boda-despertador trazaba, a Pedro se le ocurrió indagar en casa de sus primos Jesús y Natalia. En una de las visitas a Cacabelos fue a visitarlos. Después de conversar sobre los mismos temas triviales de siempre, que si este año vendrás para la matanza, que si se estaban planteando ya tener descendencia ahora que estaban estabilizados (“¡qué triste!”, pensó Pedro ante la angustia existencial que le provocaba el hecho de pensar que alguna vez pudiese llegar a tener un hijo; “joder, un enano invadiendo toda mi intimidad y sin dejarme vivir a mis anchas… ¡no! ¡Y una mierda…! ¡Ni pa dios!”), etc., etc.

Pedro comenzó a hablar de Ingrid, sobre la repentina desaparición de la chica; se dirigía especialmente a Jesús, que, como primo de Ingrid, puede que supiera algo, que conociese algún dato nuevo que le acercase a su paradero actual. (Pedro no mencionó el accidente que había acabado con los huesos de su amigo Javi en el camposanto de Oviedo, no fuera a ser que esa información coartase de alguna manera la respuesta de Jesús.) Jesús sí sabía que su prima se había largado de casa sin dejar rastro, acto que, a pesar de lo que opinaba su familia, a él le parecía lógico; “no, si mi prima siempre estuvo un poco pirada. Es una tía muy rara, yo nunca llegué a tener una relación muy estrecha con ella… es más, se podría decir que ninguna, salvo en las típicas reuniones familiares. No tengo ni puta idea de dónde puede estar… Pero, ¿a qué se debe tanto interés por tu parte?”. “No, nada en particular; es que me enteré de su desaparición porque en Madrid me encontré por casualidad con su hermano… con tu primo, vamos”, contestó Pedro a la pregunta enviada por Jesús, cuando en realidad le hubiese apetecido decirle “¡y a ti qué cojones te importa! Son asuntos míos, solo míos; ¿vale?”. Pedro intentó una última cuestión: “oye, Jesús, ¿tú sabes si Ingrid tenía un Ford Fiesta de color rojo… o quizá su padre, o su madre?” “No, que yo sepa tenían un Polo; luego se compraron un BMW. Pero un Fiesta, no, de eso sí que estoy seguro.” Era imposible seguir; los caminos se bifurcaban una y otra vez, una y otra vez hasta hacer que los cruces, con infinidad de opciones a elegir, superasen la capacidad de Pedro para poder discernir cuál era el válido y cuál no. Pedro cambió repentinamente de tema; no quería que se le notara en exceso su delicado interés por la ‘tía rara’ aquella, pero llegado un momento en el que volvían a hablar cíclicamente de las mismas cosas una y otra vez, una y otra vez, ya no pudo resistirlo más y preguntó si podía ver al álbum de fotos de la boda, algo que hizo sentado entre el matrimonio de primos. Resultado negativo: Ingrid sólo aparecía en una foto, pero nada más se podía ver una pequeña parte de las botas Doctor Martens que llevaba puestas aquel día, el resto de su ser estaba tapado por su hermano Erik. Eso era a lo que se había reducido Ingrid, su recuerdo, a unos centímetros cuadrados de piel de bota Doctor Martens de color negro, ni mate ni brillante. Y ya metidos en materia, también se dispuso, esta vez a propuesta de su prima Natalia, a ver el insufrible vídeo ‘artístico’ de la boda entre planos innecesariamente alargados de flores del parque y de horteras sombrillas estilo victoriano. Nada, Ingrid parecía no haber actuado en aquella película: no estaba entre los presentes en la ceremonia religiosa, tampoco había bailado mientras el fotógrafo – el nieto de Honorio, el retratista, el que había inmortalizado a la abuela Dolores…el que había muerto en la Guerra Civil, en el frente de Aragón – grababa el vals que iniciaba el baile nupcial; su sitio en una de las mesas de invitados se presentaba vacío ante la videocámara cuando estuvieron tomando planos de todos y cada uno de los invitados al banquete. Daba la impresión de que Ingrid se había ocupado con extrema precisión de no dejar pruebas de su existencia hasta ese momento.

Aquello ya no daba para mas, con lo cual se despidió de Natalia y del marido de ésta envuelto por la cortina de humo formada por frases supuestamente efusivas del tipo “a ver si vienes a vernos más a menudo, que parece que no tienes primos…” Al entrar en casa de sus padres llegó a una firme determinación: “Paso. Desisto por completo; ya no pienso indagar más… Si ella mató a Javi, que sobre su conciencia recaiga su muerte, y si no lo hizo… ¿qué hostias hago yo entonces perdiendo el tiempo con estas pijadas, si dentro de nada comienzan lo exámenes…?”.

Si una persona no cree en la existencia de ningún dios, ni en ningún otro tipo de superstición, ni en nada que se salga lo más mínimo de la línea impuesta por las leyes de la ciencia, entonces no puede seguir buscando soluciones cuando cada paso dado, en vez de ir respondiendo lógicamente al planteamiento inicial, genera por sí mismo montañas y más montañas de enormes interrogantes. “Mejor no saber, no ver, no oír, no hablar más… Sigo con mi vida, como siempre, y puede que algún día, cuando menos las necesite, lleguen hasta mí las respuestas a tanto embrollo”, se dijo Pedro a sí mismo la misma noche en que regresó de su pueblo, tras haber visitado, sin resultados evidentes, a sus primos, y antes de ponerse a estudiar duramente para un examen final de Sintaxis Generativa Transformacional de cuarto curso de Filología Inglesa.

La expresión de la abuela Dolores parecía haber cambiado, parecía incluso más serena, más segura de sí misma que antes… pero se trata de una simple fotografía pegada en la pared de un cuarto en penumbra, y Pedro no se dejará nunca llevar por ese tipo de impresiones. Puede que no le den más que miedo… puede que, de todas formas, la verdad no esté ahí fuera…

… DE LA VIDA XXXIII…

XXXIII.

“Me parece increíble que ése que está ahí postrado, entubado hasta la médula, sea yo. Joder, ¿estaré muerto?… No, no me lo parece: aún tengo respiración, aunque sea asistida. Pero si no estoy muerto, ¿entonces qué coño hago yo aquí, observando mi propio cuerpo? ¡Qué sensación más extraña… ! ¿Dónde estoy? ¿Por qué sigo pensando, sintiendo…? Alguien se acerca; parece un doctor… no, son dos. Mejor me escondo, aunque no creo que sea necesario… ¡Qué tontería!”.

– ¿Qué opina usted, doctor Hevia?

– Creo que es inútil seguir manteniéndolo así. Fíjese: encefalograma plano, muerte cerebral… ya no queda nada por hacer. Deberíamos pedir permiso a la familia para desconectar el respirador… y que la naturaleza siga su curso.

– Sí, sí, opino exactamente lo mismo: ya no queda otro remedio… Le acompaño, entonces.

“Bueno, ¡ya está!, me da la impresión de que he muerto. Ahora mismo no soy capaz de recordar las causas que me condujeron hasta aquí. Sé que había salido el sábado por la noche con Pedro, con Silvia… estábamos en el ‘Chanel’, Poty estaba poniendo ‘Here Comes Trouble’ de los Lazy Cowgirls… no sé, es lo último que recuerdo con claridad.

Como casi siempre, nos metimos de todo: farlopa, pastis, whiskies, cervezas… Mi memoria se pierde en un punto de la noche, y a partir de ahí todo se difumina… ¡Qué más da! La cuestión es que yo ya no me encuentro entre los vivos. ¿Y mis padres? Joder, mis padres deben de estar hechos polvo… Lo que más me jode es que mi hermana se quede con todos mis discos, con todos mis libros; ya no tendrá que pedirme permiso para ponerse mi chupa de cuero negro, pero, por otro lado, ahora seguro que sufrirá por todo que injustamente discutió conmigo… pobre.

Se acerca gente de nuevo… ¡Hostia, si son mis padres con uno de los médicos de antes… !”.

– … les repito que no hay nada más que hacer por nuestra parte, su hijo está clínicamente muerto.

– Pero mire: respira, su corazón sigue latiendo…

– Sí, tiene usted razón, señor. Javier puede permanecer así, como un vegetal, durante meses, incluso años… Pero su cerebro ya no le pertenece. La muerte cerebral no es otra cosa que la muerte misma… Hágase a la idea de que nunca más podrá hablar, ni caminar, ni…

– ¡Basta, no siga! No tiene usted corazón… ¿Cómo puede hablar así de mi hijo? No ve que está vivo… ¡¡ESTÁ VIVO!!

– Vuelvo a repetirle que la medicina ya no puede hacer nada más por su hijo. Está en las manos de Dios… o de lo que sea… aunque la decisión final depende exclusivamente de ustedes. Les dejo a solas para que puedan hablar tranquilamente y llegar a una determinación. Si al final deciden que sea desconectado… bueno, esto es realmente duro de decir, pero como ustedes ya sabrán, hay mucha gente esperando, gente que puede seguir viviendo gracias a los órganos de su hijo…

– ¡Lárguese de aquí! ¡Quítese de nuestra vista…!

– Está bien, está bien… comprendan que es mi obligación como médico… De acuerdo, estaré en mi despacho por si me necesitan.

“¡Joder, qué fuerte! Si mi madre dejase de llorar, de exteriorizar su amargura se me haría todo mucho más fácil. Yo estoy bien, me siento a gusto… Si fuese posible comunicárselo a ellos de alguna manera… Si es que es lo mejor, ¿para qué van a rendir culto a un cuerpo inerte durante años…? Yo ya no soy ese que está postrado en esa fría cama de hospital…

Nunca habría podido imaginarme que morirse consistiese en esto: tu cuerpo se queda ahí, pero tú sigues adelante… piensas, hablas contigo mismo ¿Será el alma? ¿Habrá un cielo o algo similar? ¡Bah!, no creo… sigo siendo ateo, sigo pensando como antes, y además supongo que si hubiese un paraíso al que ir o algo parecido ya me habrían enviado alguna señal, ¿no?”

– ¡Está aquí, Juan! Te digo que siento que vive, que quiere vivir, que me necesita.

– Claro que está aquí, yo también lo estoy viendo… pero no es él, nunca más volverá a ser él, ¡nunca más! ¿Para que le vamos a hacer sufrir? ¿Con qué razón nos vamos a mortificar día tras día…? Se ha muerto, Gloria, se ha ido para siempre.

  – ¡Qué fácil lo ves todo…! ¡Qué fácil!

– No llores… Venga, ven aquí. Tenemos que ser fuertes, apoyarnos el uno en el otro, y dar a partir de ahora todo nuestro cariño a la nena.

– Entonces crees que lo mejor…

– Sí, ahora mismo aviso al doctor para que lo desconecten. También creo que es mejor que donemos sus órganos… así, al menos, vivirá en alguna otra persona que los necesite.

– ¡Ay, Dios mío! ¡Mi hijo, mi hijo… ! Y todo por culpa de ese cabrón… Nunca me gustó que saliera por ahí con ese Pedro… Esas juergas que se corrían viniendo a casa tan tarde…

– Venga, mujer, no culpes así a Pedro. Es un buen chico, son jóvenes…

– ¡Qué no le culpe, qué no le culpe… ! Pero tú viste lo que dijo el doctor el otro día: toda la cantidad de droga y alcohol que llevaba en la sangre… Antes de conocer a los del ‘C’ nuestro hijo no era así; en Madrid casi nunca salía… era un chico más introvertido…

– Anda, cálmate, mujer. Despídete de él mientras yo me acerco a avisar al doctor Hevia.

“¡No, no es justo! No debéis responsabilizar a Pedro. Estáis recurriendo a una postura simplona… no busquéis el camino más evidente… Además, yo soy libre y hago lo que me da la puta gana, ¡joder!, que nadie me ha obligado nunca a hacer nada que yo no quisiera… Y menos mal que han optado por desenchufarme de todos estos horribles aparatos, porque me da la impresión de que mientras sigan manteniendo mis constantes vitales yo no podré salir de aquí, irme a donde tenga que irme. Estoy impaciente ya; ¡qué nervios!… A ver si muero rápido…

Me gustaría poder echarle un cable a Pedro; no quisiera que mi madre lo atosigara de ninguna manera… Bueno, ya pensaré en algo… Y mi madre sigue ahí, llorándome, despidiéndose de mí. ¡Qué raro! ¿Cómo puede ser que el llanto amargo de mi madre no llegue siquiera a tocar mi fibra sensible? Claro, debe ser porque yo ya no poseo ningún tipo de fibra ni nada material… ¡La hostia!”

… DE LA VIDA… XXXI

XXXI.

Esteee, ¿y no tenés ninguna foto de mamá para que pueda shevarme sho una?

– Alguna habrá por ahí, pero eso mejor se lo preguntas a tu sobrino, que es el que lleva el archivo fotográfico de la familia. No veas la perra que le ha dado con las dichosas fotos.

– Muy bien, de acuerdo. Entonses esperaré a que regrese del colegio. Me parese recordar que mamá tenía una frente a la Cooperativa de Tabacos, ¿no es sieeerto?

El tío Carlos llevaba dos días en casa de su hermana. La relación entre ellos, que en principio se suponía iba a ser tensa y tirante, se había mostrado mútuamente agradable, incluso hasta se podría decir que familiar. Angustias pensaba que con la edad su hermano se habría transformado en una persona, si no responsable, al menos coherente y con un mínimo de educación, que sabría estar sin la necesidad de alimentar odios pasados y antiguos reproches no del todo solucionados. Daba igual, sangre de la misma sangre – al menos en lo que a la parte materna corresponde – tiene que acabar por entenderse.

El padre de Carlos – cuyo nombre Dolores nunca quiso pronunciar – abandonó a Dolores a su puñetera suerte, con un recado en sus entrañas, que unos meses después cobraría vida en forma de niño llorón, cagón y meón al que llamarían Carlos, por Carlos Marx; Carlos el querido, el ojito derecho de su mamá.

Corría el año 1927. El otoño se presentaba muy duro, con heladas de hasta seis o siete grados bajo cero, y más aún para Dolores. En un pueblo tan pequeño la presión social sobre una madre soltera podía resultar insostenible; pero no para Lola, la hija de Antonio “El Carretón”. Lola “La Carretona” aguantó el tipo, aunque no sola ya que además contó con el desinteresado apoyo de sus amigas del alma, Hortensia y Anunciación. Juntas lograron montar una Sociedad Cooperativa de Tabacos que en tan sólo dos años estaba funcionando a pleno rendimiento. Casi todos los cosecheros llevaban allí sus hojas de tabaco y, juntas, sin jefes, controlaban desde el secado de la hoja hasta el último movimiento, bien de venta a industrias tabaqueras, o bien de elaboración de cigarros puros propios, al más puro estilo de la propia Habana, CIGARROS PUROS BERCIANOS.

Juntas también ingresaron en el Partido Comunista de España en mayo de 1930. Y juntas de la mano salieron a la calle el 14 de abril del 31, uniéndose a sus compañeros y compañeras al grito de “¡muera la República burguesa, vivan los soviets!”.

Mientras tanto, Carlos iba creciendo, contra lo previsto en estos casos de madre-abandonada-por-padre-angustiado-ante-la-situación, recibiendo todo el cariño posible de su madre. Se estaba convirtiendo en un chavalón gordote y sonrosado, es decir, sanísimo para los cánones estéticos y de salud de la época. Eran tiempos libertarios, puede que incluso felices. Pero Carlos no pudo entender muy bien por qué así, de repente, con casi cinco años de edad, en su casa se había instalado un señor que no cesaba de mostrar aprecio por su queridísima mamá. Con poco más de cinco años y medio tenía ya una hermana, a la que llamaron Angustias, nombre que en el futuro le vendría que ni pintado.

Desde ese instante hasta el momento presente nada había transcurrido con normalidad entre los dos hermanos. Primero se muere su único punto de unión, la madre; comparten luego niñez criados por un padre que sólo ejerce como tal con el fruto de su propia semilla. Carlos, que ya estaba ahí cuando el señor Eutiquio llegó para robarle a su madre, sólo aguantó hasta los diecisiete años en aquel ambiente tan enrarecido, tan hostil para con él – por un lado Eutiquio y Angustias, y por el otro los civiles que le hostigaban con demasiada asiduidad por culpa de sus ideas -. Se fue y se olvidó por completo de todos sus lazos, incluida su hermana. Más adelante, tocado por la acción imprevisible de la conciencia, sintió la necesidad de saber de su única hermana. Comenzó a escribirle cartas que tardaron mucho tiempo en ser contestadas, hasta que un buen día… “Hola, Carlos. Soy tu hermana Angustias, y te escribo estas letras para comunicarte que he tenido un hijo. Me casé hace ya diecisiete meses y…”

– ¡Ya estoy en casa! ¿Qué hay hoy para comer? Que vengo famélico, que el de gimnasia nos dio un tute…

– ¡Hola, hijo! Hoy tenemos lacón con grelos, y de primero una sopa de pita que está para chuparse los dedos.

     El entendimiento madre-hijo prevalecía por encima de los problemas derivados del choque generacional, que cada vez eran más intensos, lo que, como efecto contrario y compensador, también provocaba momentos mucho más afectuosos que antaño entre ellos. Llegar de clase, dar un beso en la mejilla a mamá a la vez que robas una patata frita de la fuente para llevártela a la boca, cuyos labios aún dibujan la forma de un beso, constituía, en estos días, un habitual y sencillo acto de amor materno-filial. Toda esa mutua afectividad resultaba especialmente dura ante los ojos del tío Carlos, allí sentado en una esquina, pasando casi desapercibido. El no tenía hijos, no tuvo nunca padre, y los recuerdos de su madre se habían disipado casi por completo. Por esa razón quería una foto que pudiese activar en su cerebro algún recuerdo oculto entre sus ajadas neuronas.

¡Ché, Pedrito! Parese que venís de una bataaasha.

– Pues sí, tío, sí que vengo de una batalla, porque además del de Gimnasia, aguantar al de Filosofía no deja de ser una batalla psicológica. Aunque sobre temas psicológicos, qué te voy yo a contar, si vienes de la Argentina, patria de la psicología aplicada, ¿no?

– Eso disen, pero sho, un ser sin casi cultura, no nesesito psicólogos de esos, sólo nesesito reconsiliarme con mis raíses.

– Bueno, bueno, tío. No nos pongamos tiernos, que hay que comer ya, y…

– Por sierto, dise tu madre que vos tenés las fotos de mi madre, de tu abueeela.

– ¡Ah! Las fotos. Sí, las guardo dentro de una caja antigua de cartón en mi armario. ¿Quieres verlas?

– Sí, por supuesto. Pero luego, que ahora tu mamá está poniendo sha la meeesa.

– Sí, eso, después, que si no os enrolláis y se me enfría la comida. Que no me paso yo toda la mañana cocinando para que luego nadie aprecie mis guisos.

Justo después de que Pedro y su tío Carlos apagasen sus respectivos cigarrillos casi al unísono – el tío fumador que sirve como apoyo logístico a los inicios de Pedro como Hombre-chimenea evita que haya broncas como consecuencia de su nuevo hábito – se dirigieron a la habitación en la que Pedro, como un gran tesoro, tenía guardadas varias fotografías antiguas que había encontrado, por pura casualidad, ocultas en un cajón del desvencijado escritorio que reposaba plácidamente en el desván. De los personajes retratados en esas fotos, Pedro sólo era capaz de señalar quién era su abuela, y nada más, aunque en aquellos amarillentos y resquebrajados papeles también había quedado reflejada mucha otra gente. ¿Quiénes serían?

Carlos quería una foto. Pedro quería la información que le era reiteradamente negada por parte de su madre. Sin duda alguna, existía una predisposición recíproca para llegar a un acuerdo. Se intercambiarían mútuamente el favor, pero no sin dejar de regatear como buenos comerciantes.

– Me vienes que ni pintado, tío.

– ¿Por qué desís eeeso?

     – Joder, porque mi madre, o no sabe quiénes son los de las fotos, o no quiere decírmelo. Tampoco quiere contarme lo que ocurrió con la abuela. No sé, debe haber algo raro en el pasado de mi abuela, y a mi se me niega el saberlo. ¿Tú estás dispuesto a ayudarme?

– ¿A contarte la historia de mi viejita, y a desirte quiénes son los que aparesen aquí?

– Sí, a eso me refiero.

– Pues claro, pibe. Yo era muy pequeñito cuando se murió mi madre, pero sé bien todo lo que susedió. Pero antes tenés que prometerme una cooosa.

– ¿El qué?

– Quiero que me des una foto de la vieja, de tu abuela, que sho no tengo ninguuuna… Me marché así, tan de repente que…

– De acuerdo. Trato hecho.

– Me acuerdo de que había una en la que estaba enfrente de la Cooperativa de Tabaaacos.

– Sí, mira, es ésta. Pero ésa precisamente no puede ser. Es la que mas me gusta, la que más aprecio. Y, además, no sé, noto muy buenas vibraciones cuando miro esa foto. A veces, cuando las cosas no me salen bien, voy a la caja, saco esa foto y me paso un largo rato mirándola a los ojos… Luego me siento mejor.

Se da cuenta de que su tío siente algo similar ante aquel papel de diez por quince en el que, en un amarillento blanco y negro, se ve a una mujer sonriente señalando con el dedo índice de su mano izquierda un cartel que se distingue al fondo en el que perfectamente se puede leer “Sociedad Cooperativa de Tabacos de Cacabelos”. Carlos no puede evitar que un par de lágrimas reboten violentamente contra el acartonado papel.

– No te preocupes, tío. Tengo la solución. Le diré al fotógrafo que haga un par de copias, y así te llevas una. ¿Vale?

Carlos responde con un pausado movimiento de su cabeza, de arriba a abajo, asintiendo sin poder articular palabra. Pedro no puede, sin embargo, disimular la emoción que le produce el poder conocer, tarde pero a tiempo, qué misterio insondable habría con su abuela Dolores.

… DE LA VIDA XXVIII…

XXVIII.

Muchas veces Pedro se quedaba ensimismado observando las fotografías de su abuela, esas fotos en un rancio blanco y negro retocadas hasta dar un tono angelical a la expresión que emanaba de cada rostro allí plasmado para los restos… esa mirada siempre desafiante, en duro contraste con el amago de sonrisa que estaba presente en todos y cada uno de los retratos. Se imaginaba gestos y, algunas veces, partiendo del fotograma que tenía enfrente, continuaba la acción: Dolores posaba; el estallido de luz daba paso a una ligera conversación entre el retratista de Cacabelos, llamado Honorio, y esa mujer a la que acababa de inmortalizar. En la mayor parte de esas ocasiones, Pedro despertaba de sus ensoñaciones al oír la voz de su madre que requería su presencia para solventar cualquier nimiedad.

– ¡Mamá?

– Dime, hijo

– ¿Cuándo murió la abuela?

– ¡Uf! Hace mucho tiempo ya, en el 34. Yo casi no me acuerdo de ella, de verla, me refiero. Yo era casi un bebé cuando nos dejó.

– Y ¿de qué murió tan joven?

– Ay, hijo, ni me acuerdo. A mi me contaron tantas historias distintas que ya no sé ni cuál de ellas puede ser la verdadera. Además, sabes de sobra que no me gusta hablar de ese tema.

– Pero, es que…

– Ni peros ni nada. Hala, ayúdame a subir la ropa al desván, que ya sabes que yo no puedo con tanto peso, que mi espalda ya no está para estos trotes.

Angustias, aunque disponía de una lavadora de carga superior, gustaba de lavar la ropa blanca a mano, desafiando conscientemente al progreso; y no se iba al río a hacerlo porque le daba vergüenza, que eso sólo “lo hacían ya las gitanas” y, claro está, no le gustaría ser comparada con ellas. Ya se sabe, el racismo amparado por el catolicismo extremo. Pedro, con sus catorce años, estaba ya lo suficientemente fornido como para subir dos pisos con una carga de casi quince kilos de ropa mojada. Las sábanas blancas tendidas en el desván, impregnando todo el ambiente de un penetrante olor a limpio, constituían una de las imágenes preferidas por Pedro, que solía utilizar como fondo para sus lecturas de batallas y demás eventos que aparecían en los libros de historia.

“¿Por qué no hay fotos del abuelo?”, la pregunta tabú, la pregunta que sólo había osado plantear tres años atrás, por pura y simple curiosidad. La respuesta: silencio y miradas entrecruzadas entre Aurelio y Angustias para, acto seguido, cambiar de tema sin molestarse siquiera en decir un simple “no”. Pedro, el gran observador, no se atrevió jamás a repetirla al darse cuenta de que nunca jamás recibiría una respuesta.

Una familia unida se resquebrajaba por momentos. Tres miembros, y dos bandos atrincherados esperando el próximo ataque enemigo. A veces, la situación de tregua se prolongaba durante unos días, llegando, a duras penas, a la semana. Entonces, sin previo aviso, llegaba un ataque por sorpresa del soldado Pedro y todo su ejército unipersonal. Ese día, nada más terminarse el postre, saca del bolsillo izquierdo de su pantalón vaquero un paquete de cigarrillos rubios americanos, extrae uno del interior, se lo coloca entre los labios y lo enciende con la ayuda de su mechero nuevo de gasolina; luego da una calada inhalando el humo con toda la potencia de sus pulmones, lo expulsa a continuación, y mira intrigante a los dos componentes del batallón enemigo. Observa su reacción para poder adelantarse así a su más que previsible contraataque.

– ¿Has visto, Angustias? Tu hijo ya no respeta nada.

– ¡Ay! Este hijo mío se nos pierde, se nos pierde, Aurelio.

– ¡Apaga ese cigarro ahora mismo, que aquí no se fuma!

Pedro se levanta de la mesa para coger uno de esos tan llamativos ceniceros que sólo sirven para decorar las baldas del armario de la cocina, o también para depositar en él los huesos de las aceitunas cuando Angustias las pone como entremés. Se sienta de nuevo, sin dejar de fumar y denotando con su mirada más desafío incluso, sin molestarse siquiera en responder a las advertencias paternas.

– ¡Cagüendiós! ¡Ya estoy hasta los mismísimos cojones! – Aurelio da un manotazo a la altura de la muñeca del brazo izquierdo de su ahora rebelde hijo. El cigarrillo cae al suelo, y Aurelio lo pisotea como un poseso mientras sigue jurando sobre todos los estamentos.

– Papá, ya no respetas nada. En esta casa no se pueden decir tacos, que nos molestan. ¿A qué sí, mamá? – Y enciende otro cigarrillo, esta vez entre unos labios que dibujan una sonrisa demasiado irónica como para poder ser consentida. La batalla parecía ganada. El enemigo no sabe ya que medidas estratégicas tomar; sólo debe dejar que el impulso guerrero dicte los pasos a dar. Aurelio agarra la botella de gaseosa, de un macizo y duro cristal, la levanta amenazante contra su hijo y suelta un bramido casi ultrasónico que hace temblar hasta los pilares de la Tierra. Angustias reacciona y entra en combate con la intención de frenar al kamikaze que se dispone a asestar el golpe definitivo. Le agarra el brazo con todas sus fuerzas.

– ¡Aurelio, no te pierdas! ¿Qué vas a hacer, insensato?

“Muy bien”, piensa Pedro sin inmutarse lo más mínimo ante los movimientos tácticos de sus contrincantes. “Ahora se pelean entre ellos, y yo aprovecho para pirarme”.

Suena el teléfono, justo la excusa que Pedro necesitaba para levantarse definitivamente de la mesa y salir del campo de batalla sin ser perseguido.

– ¿Sí?

– ¡Hola? ¿Quién sos ahí?

– Yo soy Pedro. ¿Con quién hablo?

Ché, Pedrito. Soy tu tío Caaarlos.

– Hombre, tío, ¡qué sorpresa!

Esteee… acabo de shegar. Estoy en Madrid, y mañana mismo voy para el pueeeblo. Desile a tu mamá que se ponga, sha verás vos que contenta se pooone.

– ¡Mamáaaa! ¡Al teléfono!

Carlos, el hermano mayor de Angustias, su único hermano, que con diecisiete años se había ido para la Argentina a buscarse la vida. Vida que en el ‘44 se hacía harto dura en su tierra, sobre todo siendo rojo y bocazas, dos aspectos incompatibles en aquellos tiempos, y que, con toda seguridad, darían con sus huesos en una de las lúgubres cárceles franquistas.

Pedro había conocido a su tío Carlos hacía ya cinco años, cuando éste había venido desde Buenos Aires para solucionar unos pequeños problemas que habían surgido con la herencia de un pariente que había dejado unas fincas para dividir entre dieciséis primos. Guardaba una grata impresión de aquella visita. Le caía bien aquel señor tan parlanchín que no cesaba de meterse sanamente con su madre, lo que, debido a la extrema susceptibilidad de su madre, casi siempre derivaba hacia discusiones un poco subidas de tono.

– Aurelio, mañana llega mi hermano Carlos.

– ¡Joder! El que nos faltaba ahora. Eramos pocos y la abuela en cinta. ¡No te jode!

– Bueno, bueno, ya sabes cómo es. Sólo va a estar unos días, así que vamos a llevarnos todos bien, que no quiero yo disgustos, que luego ya sabes cómo me atacán al corazón ¿De acuerdo? Además, es mi hermano, por mucho que nos pese.

Pedro consideraba la venida del tío Carlos como la inminente llegada de tropas aliadas. No era difícil comprobar que no todo fluía relajadamente entre sus padres y su tío. La situación se presentaba muy, pero que muy interesante. Apagó su cigarrillo, y se fue para clase sin poder evitar una gran sonrisa, tarareando feliz “The Cutter”, de Echo and the Bunnymen, “conquering myself, until I see another hurdle approaching. Say we can, say we will, not just another drop in the ocean.” (Conquistándome a mí mismo hasta que vea como se aproxima otra valla. Di que podemos, di que lo haremos, no – seremos – tan sólo otra gota más en el océano.)

… DE LA VIDA XXVII…

XXVII.

“Siempre he odiado los autobuses, sobre todo estos armatrostes de la línea urbana, aunque ahora mismo voy cómodo. He pillado un sitio libre en la última fila y no hay demasiada gente. Mejor. Menudo fastidio supone ir de pie soportando toda una gama de olores corporales que se van concentrando justo en la parte media. La gente debería asearse más, al menos los días que tengan que viajar en autobús.

Las malditas paradas, los semáforos, que siempre lucen el color rojo cuando más los necesitas… Son ya las diez, y no sé si me dejarán entrar en el hospital. Bueno, si no es así, ya me las arreglaré de alguna manera… Tengo que verlo; necesito saber cómo está mi amigo… ¡Joder, cómo odio los putos hospitales! Pero sobre todo odio que mi amigo esté allí, rodeado de médicos y de enfermeras chupapollas. Hijos de puta, siempre tan seguros de sí mismos, diagnosticando a todas horas, juzgando y delimitando la vida de los demás… Deben ser un poco masoquistas por querer saber cuáles son las causas de la muerte para así tratar de evitarla, de postergarla… baldío trabajo, la Vieja Dama siempre gana. Pero Javi es muy fuerte; creo que podrá esquivarla… al menos por esta vez. Lo que suceda después… ¡Joder! ¿Cuál es mi parte de culpa?…”.

El autobús azul de la línea dos lleva a Pedro hasta el Hospital Central de Asturias. Tantas paradas acaban por ponerlo nervioso. Ansiedad, ganas de ver cómo se encuentra su amigo. Ganas de tranquilizarse, de comprobar que Javi está bien, que de ésta va a salir sin ningún problema. Al llegar a la última de las paradas, Pedro tarda en reaccionar, se apea el último después del amable aviso del conductor, que parece estar más pendiente de la radio, de enterarse, sin perderse ni un solo comentario, de lo que

acontece en el Nou Camp, que de cobrar los billetes a los viajeros que suben ahora para hacer el mismo recorrido, aunque esta vez en dirección contraria, hacia Lugones. Pedro se planta ante la marquesina donde la gente espera pacientemente para subir al autobús. Enciende un cigarrillo, y decide entrar en el lúgubre hospital una vez que éste se haya consumido. Tiene miedo, miedo de saber, miedo a lo desconocido, miedo a no recordar… a no librarse del marcaje implacable del destino.

Los efectos del hachís no se han ido aún del todo. Su mente retrocede unos instantes en el tiempo: “Joder, no debía haberme puesto en evidencia como lo he hecho. Qué culpa tendrá Juanjo de lo que me pasa… Joder, ese tipo de comentarios son normales entre colegas”. Sigue dando a la palanca de marcha atrás en su máquina mental del tiempo. Retrocede uno, dos, tres, hasta cuatro días… Como cada sábado había salido de marcha con su grupo de confianza – Javi, Carlos, Silvia y Marta -. Una noche de sábado como la de todas las semanas: cierto grado de monotonía agridulce, algún comentario ocurrente entre humo, cerveza y buena música. El humo, con la inestimable ayuda de alguna sustancia de color blanco, bien en forma de polvo, o bien en forma de compacta pastilla, se torna en neblina, y más tarde en densa niebla que se disipa repentinamente cuando aparece el coche rojo que se lleva por delante a Javi. “Joder, Ingrid… Ingrid” se dice a sí mismo antes de tirar la colilla al suelo y pisarla a continuación para asegurarse de que el cigarrillo queda bien apagado. Acto seguido, levanta la vista y comienza a caminar con determinación hacia la puerta principal del hospital. Debe preguntar en información dónde se encuentra la Unidad de Cuidados Intensivos.

“Estos pasillos solitarios, tan anchos y tan poco iluminados dan un poco de miedo. La hostia, esto parece el decorado de una película de George Romero… Venga, dejémonos de coñas y centrémonos; una vez que llegue al final de este pasillo tengo que torcer a la derecha, caminar un poco, y entonces ya veré el cartel que indica como llegar a la UCI”.

La UCI, la antesala de la muerte para unos; la tensa espera, la esperanza y, al final, la ansiada salvación para otros. Pedro se pregunta en cuál de estas dos disyuntivas se debatirá la vida de Javi.

El último de los interminables pasillos, y ya estará allí, lejos de los ficticios muertos vivientes que persiguen su imaginación. Ya puede distinguir perfectamente que por aquella zona pulula bastante gente. Gente que expresa su preocupación de muy diversas maneras: fumando compulsivamente, caminando cuatro o cinco pasos y volviendo a repetir el mismo proceso en dirección contraria; algunos lloran en silencio… Pedro se para. “Joder, la hostia bendita… No había yo contado con la familia de Javi. ¿Qué les digo yo ahora? ¿Qué me dirán ellos a mi?”. Traga saliva y decide enfrentarse con templanza a la situación. Echa un primer vistazo en el que no distingue a nadie que le resulte conocido. Observa también que de la zona izquierda de la sala de espera parte un nuevo pasillo que va a dar a otra puerta. Se acerca a esa puerta para leer los distintos carteles indicativos que hay allí pegados. “Sala número cuatro, Javier Antonio Carril García”. Ha encontrado, por fin, a su amigo. Sin pensárselo dos veces, agarra la manilla de esa puerta, la abre, busca con su mirada el número cuatro, lo ve, y se dispone a entrar en la habitación. Sin embargo, una voz femenina, que denota un cierto grado de enfado, devuelve a Pedro a la realidad de un hospital.

– ¡Qué haces ahí? ¡Ahora no se puede entrar! – La enfermera ajusta bien sus gafas para así poder ver con exactitud al joven que osa interrumpir la relativa quietud de su guardia. Los demás visitantes, ante el sonido de una voz que se acaba de elevar por encima del sibilante murmullo, se apresuran a acercarse para ver qué es lo que ocurre.

– Perdone. Sólo quería entrar a ver cómo está mi amigo Javi.

– Mira que lo tengo dicho mil veces: sólo se puede entrar aquí cada dos horas, las horas pares, cuando el médico viene a dar los últimos informes a los familiares. Además, tiene usted un cartel que lo pone bien clarito, ahí, en el tablón: las ho-ras pa-res, pa-res…

– Reitero mis disculpas. No he visto, o no me he fijado en el tablón. Lo siento. Ya  salgo – El traductor simultáneo de sus verdaderos pensamientos nos dice: “¡Vete a la puta mierda, enfermera sebosa, repelente, come-rabos de médicos adiposos, y déjame entrar, que no tengo ganas de perder el tiempo hablando con una puta enfermera pendenciera!”

La enfermera regresa a su puesto farfullando algo sobre las normas de no sé qué. Pedro, a continuación, se encuentra con unas diez personas que le miran desde el fondo del pasillo. Ahora reconoce entre los presentes a los padres de Javi. Seca el sudor frío que empapa su frente y, haciendo acopio de entereza y valor, saluda a los padres de su amigo con un gesto un poco forzado, levantando levemente su brazo izquierdo para hacer un movimiento idiota con la mano, a la vez que de su boca sale un “¡hola!” entrecortado que sólo él puede oír. No se sentía tan gilipollas desde hacía al menos tres años, cuando, después de hacer el amor con Ingrid, no dejó de meter la pata cada vez que intervenía en la conversación. Esta situación requería otro tipo de soluciones: hablar con los padres… claro, eso era; así de fácil. Además, aún son las once menos veinticinco, con lo cual tendrá que esperar hasta las doce si quiere saber qué va a suceder con el cuerpo de su amigo.

Se imagina la conversación con ellos:

– ¡Hola! ¿Qué hay? Venía a ver cómo se encuentra Javi.

– Ya ves, sigue igual, lo que equivale a decir mal, muy mal.

– Lo siento en el alma ( ¿qué alma, hipócrita? Si tú no crees en el concepto de “alma”).

– Cuéntanos, ¿qué pasó? Tú estabas con él, ¿no?

– “… …” (Me lo temía, me lo temía).

En este punto, Pedro frena en seco; se para su mente, sus piernas no responden órdenes. Otra vez vuelve el sudor frío; otra vez le invade el sentido de culpa. “¿Acaso tengo yo la culpa de lo que le sucede a Javi? Tengo yo alguna culpa por no acordarme de lo que pasó. Soy culpable de beber y drogarme hasta sobrepasar el límite de la consciencia, y eso ¿qué tiene de malo?… Y, con respecto a la pregunta anterior, la respuesta debería ser . Soy el intermediario del destino, el nexo de unión entre Javi e Ingrid. Acúsenme pues”.

Vuelve a caminar con la intención de saludar a esos dos seres que están pendientes de la vida de su hijo. La conversación real difiere un montón de la anteriormente imaginada. No hay reproches, no surge el tan temido interrogatorio, tan sólo un esbozo de mutuo consuelo. Esperan en silencio hasta las doce, cuando el adocenado doctor llega a leer el parte médico como si fuese el presentador de un macabro telediario. Seguro que la maleducada enfermera de guardia se la acaba de chupar muy alegremente… Seguro que trae buenas noticias, o puede que esa cara de feliz gilipollez la tenga siempre.

… DE LA VIDA XXVI…

XXVI.

– Pedro, hijo, despiértate, que ya es la hora de comer. Venga, que tu padre ya está sentado a la mesa.

A duras penas, Pedro consigue abrir su ojo derecho para notar, a continuación, el efecto en forma de cefalea de su primera resaca. Va despertándose poco a poco. Se incorpora, y se mira extrañado en el espejo del armario ropero. “Normalmente, de una crisálida debería salir una mariposa, y no esta babosa… Joder, además poeta…” manifiesta en voz baja, y esboza un intento de sonrisa que se ve contestada por la complicidad de su reflejo.

– ¡Ya voooy! – grita a su madre.

La verdad, es que Pedro tenía hambre, acentuada más, si cabe, por el aroma del cocido que impregnaba arrebatador todas las estancias de la casa. Ante la cercana presencia de un buen plato de cocido, se olvidó por completo del dolor de cabeza, y se preparó mentalmente para comer, para devorar un gran plato rebosante de garbanzos, patatas, chorizo, panceta, botillo y lacón, no sin antes olvidarse de beber casi un litro de agua, como intuitivo antídoto anti-resaca, directamente del grifo del lavabo del baño. Se lavó, intentó disimular su mal aspecto, sobre todo por culpa de esos ojos tan extremadamente enrojecidos, y se dirigió a la cocina, donde le esperaban papá y mamá para empezar el copioso almuerzo de los domingos.

Piezas de información de lo ocurrido el día anterior iban llegando hasta su base de datos; aunque decidió ensamblar las mismas después de haber llenado su vacío estómago.

– Buenos días – dijo.

– ¡Qué buenos días ni que ocho cuartos! Son casi las tres de la tarde, y ya sabes que no nos gusta esperar, que en esta casa se come, lo más tardar, a las dos.

– Pues vale. ¡Buenas tardes!, entonces.

Se había despertado, levantado, y ahora se sentía irónico. Sólo esperaba que “El Octavo Pasajero” que anidaba en sus entrañas no tuviese la desfachatez de salir repentinamente para amenazar el orden establecido, y menos aún antes de haberse zampado su ración de cocido, porque lo mejor sería asimilar primero ese ‘alien’ con el Pedro pre-boda-de-su-prima-Natalia para, posteriormente y sin excesiva prisa, ir descubriendo por sí mismo cuál era el resultado de esa aparente mutación. Inconscientemente, Pedro canturreaba para sus adentros esa canción que tanto le gustaba a María, la punki de su clase, “Tengo un pasajero, dentro de mi cuerpo”, sin saber aún que era de Parálisis Permanente, lo que tampoco ayudaba demasiado a solventar la escena.

Aurelio y Angustias no sabían que decir ante ese nuevo personaje que se sentaba amenazante frente a ellos. También decidieron esperar a que finalizase el almuerzo para luego ir actuando sobre la marcha. Había que preparar una buena estrategia de defensa ante el invasor, (aunque, desde luego, el presupuesto no daba como para contratar a Sigourney Weaver, y la vecina no pegaba demasiado como la Teniente Ripley). De momento, los tres deglutían en el más absoluto de los silencios, sin levantar la vista del plato, por si alguno se convertía de repente en estatua de sal. “Dios mío, vaya usted a saber”, pensaba Angustias.

Acabada la comida, Aurelio se levanta de la mesa; dice que se va al bar a tomar el café con el correspondiente ‘sol y sombra’, y a jugar la partida de subastao. “Es lo mejor”, piensa, “quedándose madre e hijo solos seguro que hablan más a gusto, que una madre entiende mejor a un hijo, y yo me conozco…”. Coge su chaqueta, y sale, sin más dilación, de su casa.

– Hijo.

– ¿Qué?

– No sé… te noto un poco raro. Ayer…

– Ayer, ¿qué?

– Vaya agresivo que estás con tu madre. Pero, ¿qué te he hecho yo?

– Nada, tú no me has hecho nada. ¿O sí? Tú sabrás.

– Saber, sabrás tú lo que hiciste ayer, que no te vi el pelo, y cuando te vi… ¡Madre mía, cómo estabas… cómo estabas!

La voz de Angustias se entrecorta, se emociona, y sus ojos comienzan a llenarse de agua. Va a soltar alguna que otra lágrima, haciendo un poco de honor a su nombre.

– ¡Hala, a llorar un poquitín! Siempre estás llorando por todo, eres una auténtica agonías; todo te parece mal, todo te lo tomas a la tremenda. Nada, mujer, nada. Que ayer sufrí una especie de aparición divina que me despertó de mi letargo, que llevo dieciséis años dormido, sin querer ver lo que pasa en el mundo, sin agarrarme a la vida que se me va ofreciendo día tras día.

– ¿Aparición? O sea que esa pendanga fue una aparición.

Desaparece el compungimiento que parecía invadir a Angustias para dar paso a una actitud mucho más beligerante. Ya no hay lágrimas, empiezan los reproches.

– Pues sí, creo que se la puede denominar así.

– Entonces es una pendanga. Ves, si ya lo decía yo, con esas pintas…

– ¡Qué no, joder! Me refiero al término “aparición”, que Ingrid no es ninguna puta, mamá.

– ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo le hablas así a tu madre? ¿Qué son esas palabrotas? Vaya una…

– Palabras, son palabras, sin más; palabras que definen conceptos, como casi todas las palabras semánticamente relevantes de un idioma.

– ¡Pues en esta casa no se usa ese vocabulario! ¿O es que acaso nos oyes a tu padre y a mi decir palabras feas? No si…

– No, a ti nunca, lo reconozco. Pero a papá sí. ¿Qué te crees, que ahora en el bar con sus amigotes de partida está diciendo “córcholis” o “cáspita”? Joder, mamá, de “cagondiós” para arriba, que ya lo he oído yo alguna que otra vez en el bar.

– Pues me da igual, exactamente igual. Te repito que en esta casa no se dicen. Si él quiere usarlas fuera es su problema, pero aquí dentro hay un respeto, unas normas de convivencia.

– ¡Aquí más que respeto, lo que hay es mierda, mucha mierda! Mierda tapada por vuestra hipocresía, por la hipocresía reinante en este puto pueblo de mierda.

– ¡Lárgate ahora mismo de aquí! ¡No quiero oírte más! Ya verás cuando venga tu padre.

– Vaya, vaya. Con amenazas andamos. Pues estamos bien. Pero yo las amenazas… ¡¡¡me las paso por el forro de los putos cojones!!!

Da un manotazo en la mesa y se va para su cuarto. Angustias aún tardará un rato en reaccionar. Se ha destruido un mito, el mito del hijo pródigo que siempre complace a sus padres en todo: buen comportamiento, educado, estudiante aplicado, con notas excelentes… Todo, absolutamente todo, derribado así, de un certero plumazo, y por culpa de una “pendanga”. No puede hallar respuestas, aunque al final le queda el mínimo consuelo de que “seguro que esto es algo pasajero, que mi hijo tiene muy buen fondo, sólo se ha dejado malear un poco. Pero, ¿de dónde habrá sacado todas esas expresiones? Ay, Dios mío, esta juventud…”

Pedro, a pesar de haber sido como había sido: una persona gris, sin ningún tipo de originalidad, sin gracia inherente, siempre se había caracterizado por su gran capacidad de observación y asimilación. Oía a los chicos en clase hablar, insultarse, recurrir a toda clase de improperios ante cualquier eventualidad, por mínima que esta fuese. Ahora sólo tenía que dejarse ir. Todo estaba insertado en su léxico mental, lo había adquirido sin apenas darse cuenta; ya sólo tenía que dar paso a una actuación inconsciente, innata. Por eso, quizás no se sorprendía ante el repentino cambio que se había producido en su personalidad. En realidad, estaba deseando que un día esto ocurriera, y de esa forma. Tumbado en la cama, comenzó a recordar los acontecimientos del día previo, enlazándolos con pensamientos sobre lo que podría deparararle el futuro. Al día siguiente iría a clase, como siempre, pero también como nunca. Sus compañeros iban a flipar con él, había decidido utilizar su inteligencia con fines muy distintos a los que hasta ese momento habían regido su existencia. Muy en el fondo sentía un poco de pena por su madre, aunque bien pensado, “que se joda, que tengo un universo fuera de estas cuatro paredes que me está esperando ansioso”.