… DE LA VIDA LX…

LX.

Escena final: Pedro e Ingrid en una sidrería de Oviedo; es un domingo de resaca, como casi todos; ambos protagonistas discuten en perfecta simbiosis.

– No te cortes, venga, venga, más… sigue. Si quieres pido una libreta en la barra y me apuntas en ella todos tus conocimientos sobre el séptimo arte… y eso de no-sé-qué de “jot”… pero tú, ¿de qué vas? No eres más que un pedante… patético…

– Desisto. Eres imposible, sabes bien cómo joderme… pero es que vas siempre atacando con lo evidente… no hay manera…

– ¡Hala! No te desesperes… Es que me jode un montón que te las des de listo conmigo; eso mejor lo dejas para los impresentables de tus amigotes.

– ¡Nah!… No insistas; paso de seguir con esta discusión.

– Sí, anda… vámonos a casa, que tengo que tomar una pastilla para el dolor de tarro.

– ¿Pero no te ha pasado todavía?

– Pues ya ves, no… y contigo menos, pesao, que no haces más que aumentármelo.

– Si quieres, yo tengo en mi botiquín aspirinas, gelocatil… ¿o prefieres una de las que tú te has traído…? ¿Cómo puedes estar tomando el puto ‘Prozac’ de los cojones?

– … Ya ves, me las recetó mi médico…

– Tú sabrás… No son más que putas anfetas. Crean adicción… lo sabes.

– Joder con el moralista; cómo si tú no tomaras nunca nada… Lo de ayer noche qué eran, ¿pastillas para la tos?

– ¡Anda la hostia…! El que nos tomemos algún ‘equis’ de vez en cuando no significa que seamos unos yonkis, unos adictos. Tú me aconsejaste sobre todo esto cuando te conocí; ¿ lo recuerdas?

– Claro que lo recuerdo, gilipollas. Pero, ¿recuerdas tú cómo eras cuando te conocí?

– Hombre, aún tengo buena memoria. Era un ser tremendamente gris, en un estado de ensimismamiento continuo… un gilipollas, en definitiva, para qué andar con rodeos.

– Tampoco sería para tanto… Tú eres bueno, eres buena persona; en eso sí que no has cambiado.

– Pero sí que ha cambiado mi actitud ante la vida, que es lo más importante… creo yo.

– Sois dos, el Pedro que ya es historia, Pedro uno, y Pedro dos desde los dieciséis hasta ahora… y que dure, ¿no?

– Sí, que dure. Sabes, eso de los dos Pedros me recuerda una historia que me contó hace un año y pico mi tío Carlos. Resulta que, cuando él era un chaval, se le apareció el fantasma de su madre, de mi abuela Dolores, la de la foto de mi habitación… al menos eso dice él.

– ¿Y tú te lo crees?

– Hombre… no, no del todo… No, no me creo ni una palabra. Además mi tío asegura que mantuvieron hasta una conversación y todo. Dice que ella le explicó una teoría sobre la existencia del ser a través del tiempo… No lo puedo recordar con exactitud, aunque sí que me habló sobre un rollo de cuatro fases en el devenir del ser humano: la primera, la vida en la Tierra; la segunda, como espíritu…

– ¡No me digas! – y en ese instante Ingrid se echa a reír a carcajada limpia, sin poder siquiera contener las lágrimas. Desde el hilo musical de la sidrería se puede escuchar a Alison Moyet cantando “I don’t know what’s going on, it scares me, but it won’t be long…” (No sé que está pasando, me da miedo, pero no durará demasiado…)

–  Joder, pues yo no le veo la gracia…

… DE LA VIDA LVII…

LVII.

La música a todo trapo hace que hasta las paredes se tambaleen. Pedro y Javi están escuchando un disco de los Dead Kennedys – ‘Fresh Fruit For Rotting Vegetables’ (fruta fresca para vegetales podridos) -. Fuman un porro antes de salir por ahí de marcha mientras disfrutan de la voz de Jello Biafra y charlan distendidamente. Es un sábado cualquiera… como otros, pero la madre de Ingrid está muy preocupada porque su querida hija salió el día anterior, viernes, a tomarse unas copas y todavía no sabe nada de ella.

-… ‘Quiero a tu hermana en silencio’

– ¿Qué dices?

– ¡Eh? No, nada, nada. Sólo repetía mecánicamente una frase: ‘quiero a tu hermana en silencio’.

– No jodas… ¿a Andrea?

– Justo, lo que yo decía. A ver cómo cojones te lo explico… O sea, tú acabas de entender que yo estoy colado por tu hermana Andrea.

– Sí, tú lo acabas de decir… yo no me estoy inventando nada.

– Esa frase – ‘quiero a tu hermana en silencio’ – tuve que representarla ayer en clase, en el encerado, delante de todo el mundo. Se trata de una asignatura – Sintaxis Transformacional … todo ese rollo que te conté de Chomsky, ¿lo recuerdas?

– Sí, he de reconocer que era un puto rollo macabeo. No entendí un pijo.

– Pero si es muy fácil, Javi.

– No se te estará pasando por la cabeza volver a contarme todo aquel lío del ‘antecesor común’, de…

– Ya verás cómo hoy lo entiendes, tío.

– Joder, que mal rollo que me está dando. Entre el peta y tú vais a acabar con mis pobres neuronas.

– Tú escúchame atentamente y luego opinas, ¿vale?

– Joder, si no me queda más remedio…

– Es una idea de lo más revolucionaria. Tú imagínate, tío, un ‘pavo’ con veintitrés años recién cumplidos que publica su primera gramática, ¡la hostia…! Pero no una gramática al uso en la que sólo se ven estructuras y más estructuras de distintos tipos de oraciones, sino una que basa todo su razonamiento en lo que él denomina como Gramática Universal, común a toda la raza humana. Todas las lenguas se derivan de un único antecesor común. El dice que la capacidad del lenguaje es innata al ser humano…es una idea muy igualitaria, muy comunista en el amplio sentido de la palabra, ¿no crees?

– Yo no creo nada… nada de nada. Todo eso no son más que chorradas.

– No, no son chorradas. Si leyeses algo de lo que Chomsky escribe alucinarías, pero alucinarías de verdad. No es solamente un siniestro lingüista, también investiga a un niveeel… digamos que sociopolítico. A pesar de ser estadounidense, critica con extrema dureza la política exterior de su país, a la CIA, al FBI… Espera un segundo – Pedro se levanta del suelo, sobre el que estaba sentado casi como un yogui, y se acerca a su pequeña biblioteca, compuesta por una sola estantería, aunque, eso sí, rebosante de volúmenes. Coge uno con su mano derecha y regresa a su sitio para sentarse sobre el frío parqué y leer un párrafo a su amigo Javi -. Escucha esto: ‘Como Estados Unidos continuaba con lo que los nazis habían dejado a medias, tenía mucho sentido usar especialistas en actividades contra la resistencia. Más tarde, cuando se hizo difícil o imposible proteger en Europa a esta gente útil, muchos de ellos (incluso Barbie – se refiere a Klaus Barbie, uno que había sido jefe de la Gestapo en Lyon, el Carnicero de Lyon…)

– Sí, ese sí que me suena. Hace poco que salía en la tele por una condena o algo así.

– Sí… algo así. Pues resulta que al tal Barbie, el Ejército de los Estados Unidos le había encargado espiar a los franceses. Para que veas cómo funcionan las cosas en las cloacas del poder… Por dónde iba… ah, sí. ‘…(incluso Barbie) fueron llevados en secreto a Estados Unidos – ves, lo que yo te estaba diciendo – o a Latinoamérica, a menudo con la ayuda del Vaticano y de curas fascistas.’ Ese es Noam Chomsky.

– Bueno… ¿y qué?

– ¡Bueno y qué! ¡Bueno y qué! ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

– Tío, que yo paso de politiqueos. No son más que putos rollos que interesan sólo a los que manejan el poder. A mí ni me van ni me vienen.

– Eso es, configuremos un perfecto rebaño para que todos esos hijos de puta sigan manejando todos y cada uno de nuestros hilos.

– Es mucho más complejo, Pedro… Muchísimo más complejo de lo que tú te puedas llegar nunca a imaginar.

– ¿El qué?

– La vida, tío. La puta vida.

– Tampoco hay porque ponerse trascendentes… no es para tanto… … … … … Si te das cuenta, toda esta conversación deriva de ‘quiero a tu hermana en silencio’. Tan sólo es una oración ambigua, sin más.

– ¿En qué sentido ‘ambigua’?

– Puede tener dos significados: quiero que tu hermana se calle, que esté en silencio, o el que tú habías entendido antes.

– Pues yo sólo veo uno, ese, el que yo había entendido: que te mola mi hermana pero que no se lo dices a nadie.

– A ver, imagínate que ahora Andrea está aquí con nosotros, y que no deja de dar voces y me está molestando un huevo (es algo figurado, eh. No vayas a pensar que tengo algo contra tu hermana) y yo, en vez de dirigirme directamente a ella, te digo a ti en un tono enfadado: ‘¡quiero a tu hermana en silencio!’.

– Pues vaya una cursilada de frase. Conociéndote, seguro que me dirías: ‘¡qué se calle tu jodida hermana de una puta vez, hostia!’

– También es verdad. Por eso no supe responder a la profesora cuando me preguntó allí, frente a toda la clase, por la ambigüedad de esa frase. Por eso la estaba repitiendo de forma mecánica… Yo tampoco era capaz de sacar esa interpretación… me parece, no sé, como muy eufemística aplicada a esa situación.

– Sí.

– Oye, Javi, ¿te encuentras bien? No sé, te veo raro… tienes hasta mala cara.

– No estoy del todo bien. Ultimamente estoy durmiendo fatal, tío.

– ¿Y eso?

– Tengo sueños chungos, pero la hostia de chungos. Puedo estar soñando con una tía, con que juego un partido, con cualquier cosa, y, de repente mi abuelo se introduce en mi sueño y lo jode todo.

– ¡Hostias, como el Freddy Kruger!

– Hombre, no a ese nivel, pero sí que me fastidia.

– Desde luego, sí que es chungo, sí…

– A mí me tiene acojonao… ¿Qué hostias podrá significar…?

– No tengo ni puta idea; no soy Freud. Pero no te preocupes, tío, que ya se irá de tus sueños.

– Espero que sí, porque no creo que lo resista por mucho tiempo… Me da miedo, mucho miedo…

– Tu abuelo murió, ¿no?

– Supongo que sí, porque en mi vida lo he visto.

– Entonces, ¿cómo sabes que es él?

– Por una foto. De mi abuelo, el padre de mi padre, sólo tenemos una foto: está de pie, vestido de miliciano, fumando apoyado en unos sacos que componen una barricada; debe estar tomada en Madrid. Y es esa cara, no tengo la menor duda.

– También yo sólo conozco a mi abuela Dolores a través de fotografías… Me hubiese gustado poder conocerla en persona, aunque sería muy distinto: ahora sería una viejecita refunfuñona, y no esa guapa mujer de aquella fotografía. A lo mejor ella se introduce en mis sueños, como tu abuelo… la diferencia está en que yo nunca recuerdo ni un puto sueño, ¡ni uno!

– Ya me podía pasar eso a mí, joder… ¡Si yo nunca me he interesado por él…! Fue un cabrón de mierda. Le hizo un hijo a mi abuela – mi padre – y desapareció… y digo que fue un cabrón, pero yo no sé si eso es verdad o no. No sé de dónde era, sólo sé que no era de Madrid… pero sí que estaba allí cuando la guerra, resistiendo como uno más… puede que le hubiese ocurrido algo, pero ya es coincidencia que justo el día en que mi abuela Juana le contó que estaba embarazada de él, el tío va y desaparece misteriosamente; se esfuma… Demasiada coincidencia me parece a mí. Creo que se llamaba (o llama, porque igual está vivo aún) Manuel. Tampoco estoy muy seguro… mi padre nunca quiere hablar del tema, y mi abuela murió cuando mi padre tenía ocho años, así que…

– A mi abuela Dolores le ocurrió exactamente lo mismo. Eso si que es una coincidencia… La abandonaron a su suerte con un hijo en su vientre – mi tío Carlos, el que está en Buenos Aires.

– Sí, lo recuerdo… recuerdo toda la historia de tu abuela. Me la contaste el año pasado, un día que había tormenta y que nos quedamos aquí bebiendo y fumando porros.

– Sí, es verdad.

La música ya no suena. Jello Biafra se calló hace ya un cuarto de hora, y el silencio total se hace harto necesario para que cada uno estrangule los recuerdos no vividos, pero que al fin y al cabo pertenecen a su familia, a lo más hondo de cada una de sus conciencias. Pedro enciende un cigarrillo y se atreve luego a romper el muro de silencio que divide su habitación en dos.

– Oye, Javi; si no te apetece salir, aviso a Carlos y nos quedamos aquí.

– No, hombre, tampoco me siento tan mal como para quedarme en casita un sábado, como un gilipollas.

– Cómo quieras.

– ¿Con quién has quedado?

– Bueno, aparte de con Carlos, con Silvia y Marta, las de mi clase.

– Mola, tío. Silvia esta buenísima… y es una tía supermaja. ¿A ti te mola?

– Sí, claro. Pero no es más que una amiga de clase. No quiero yo rollos chungos con ninguna tía de clase, ni de la Facultad, que luego tendría que verla a diario.

– Joder, a buenas horas vienes tú con prejuicios. Yo, cualquier día de estos le entro a saco, tío.

– Bueno; ése es tu problema.

– ¿Qué es, que te parece mal?

– ¡Pero tú eres gilipollas o qué!

– Joder, tío, no tienes porque ponerte así.

– ¡Así cómo?

– Como un puto basilisco.

– Pero si tú no sabes ni lo que es un basilisco, joder.

– ¿Un obispo o algo así?

– ¡Un obispo! ¡ja, ja, ja, ja, jaaaa…!

– Joder, yo lo decía porque me suena así como a basílica… a obelisco, ¿no?. A ver, listo de los cojones, qué coño es entonces un puto basilisco.

– Es un bicho, tío, un reptil pequeñajo parecido a una iguana.

– ¡Dios mío; estoy frente a un diccionario con patas…! ¡Adoremos al sumo gurú de la infinita sabiduría!

– Venga, déjate de gilipolleces y hazte otro peta.

– Sus deseos son órdenes, ¡oh, pontífice del basilisco…! ¿Te cuento un chiste?

– Vale. Pero, mientras, te vas haciendo el peta.

– Pásame el papel… Un sargento de la Guardia Civil, todo uniformado y tal, entra en una farmacia y grita: ‘¡VICKS VAPORUB!’, y el farmaceútico va y reacciona como un sputnik y contesta: ‘¡VICKSVA!’.

… DE LA VIDA LII…

LII.

Vaya revuelo había esta noche en casa de mis vecinos, de los padres de Javi. Como casi todas las noches, me estaba costando un huevo coger el sueño, ya no sabía si levantarme y estudiar, o si hacerme una paja para conseguir, al menos, un mínimo de desgaste físico que diese paso a un estado tal de relajación que pudiese disipar mi no deseada vigilia. Por pura y simple eliminación opté por la segunda alternativa, con lo que, automáticamente, di cuerda a mi variada selección de mujeres inaccesibles imaginándomelas rendidas a mis pies y sometiéndose a todas mis sanas perversiones. En éstas estaba – me la estaba chupando Jennifer Tilly, una actriz que últimamente me pone de un burrooo…- cuando un grito seco, aterrador, proveniente de la garganta de una mujer, me sobresaltó. Como consecuencia de ese auténtico aullido, perdí la concentración y dejé mis prácticas de autosatisfacción manual (y a la buena de Jennifer) para mejor ocasión. Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana; subí la persiana y así pude comprobar que había luz en la habitación de Javi. De allí provenían los gritos, que todavía podían oírse, aunque ya más mitigados. Por sana curiosidad, agudicé mi oído intentando escuchar lo que parecía una conversación; pero no pude, por más que lo intenté, distinguir una sola palabra. Por un instante me pareció oír la voz de Javi… aquello no era posible; con toda seguridad sería su padre el que hablaba. De todos modos, llegué a dudarlo, más que nada por la naturaleza de los gritos de Gloria. ¿Por qué razón estaría gritando de esa manera…? Supongo que aún no se habría acostumbrado al vacío existencial que le produjo la muerte de su hijo.

Ellos, los padres de Javi, no me hablan. Procuran evitarme si me ven en el portal; si tenemos que compartir el ascensor esperan, sin dirigirme la palabra, a que yo haga mi correspondiente viaje arriba o abajo para luego hacer ellos lo propio. No sé… esa actitud histérica de Gloria no hacía más que alimentar mi sensación de culpa por lo sucedido con su hijo. Ya, ya sé que no soy responsable más que de mis propios actos, pero es algo inevitable, no puedes dejar de plantearte cuestiones como ¿y si no hubiese llamado ese día a Javi para salir…?

Cuando se apagó la luz en la habitación de mi amigo, me entró un gran ataque de responsabilidad: nada de pajas, a poner al día todos los apuntes que poblaban desordenadamente mi – por así llamarla – mesa de estudio. En ello estuve enfrascado, en un alarde de concentración impropio de mi innata irresponsabilidad, hasta las ocho y media de la madrugada, hasta que, por puro agotamiento, no pude más y tuve que echarme en la cama a dormir plácidamente. Tres horas más tarde sonó el timbre de nuestra puerta, llamada que yo oí entre las tinieblas del más profundo de los sueños, pero que no hizo que me sintiera aludido, ni mucho menos. Iñigo, que preparaba café para todos mientras silbaba melodías harto irreconocibles por lo que de inventadas tenían, se dignó a abrir la puerta y… ¡oh, sorpresa! Allí estaba Gloria, la vecina del ‘D’, la madre de Javi…”

– Buenos días.

– Buenos días, señora.

– ¿Estará Pedro en casa? Me gustaría hablar con él.

– ¡Eh… ! Sí, claro, claro… pero es que está durmiendo. Espere, que yo lo aviso ahora mismo.

– Gracias… si no es molestia.

– No, no; molestia ninguna… pero pase, pase, no se quede ahí de pie en la puerta. ¿Quiere un café? Acabo de hacerlo.

– No, gracias; no puedo tomar café.

– … entonces ¿un té?, ¿una manzanilla? No sé… a ver qué tenemos por aquííí.

– No te molestes, de verdad, que no quiero nada.

– Como usted prefiera. Voy entonces a avisar a Pedro.

Sin poder aún salir de su asombro, Iñigo sale de la cocina con la intención de despertar a Pedro y ponerlo sobre aviso de tan imprevisible visita. No parece que Gloria venga en son de guerra, sino todo lo contrario; por sus gestos, por su tono de voz, parece tranquila…

– ¡Pedro…! ¡Pedrooooo! Ábreme, que tienes visita.

No sin dejar de sospechar que ésta puede ser una de las múltiples bromas de Íñigo, Pedro se levanta y, sin abrir la puerta de su cuarto, por si las moscas, pregunta desde el interior quién era esa supuesta visita.

– Es Gloria, la madre de Javi.

– ¿En serio? ¡No vengas ahora a tocarme los cojones, que estuve estudiando hasta las ocho y media, joder!

– Sí, tío… de verdad, que no es ninguna broma.

– ¡Joder, la hostia…! Dile que ya voy…

Pedro, ante semejante imprevisto, abre por completo los ojos y despierta con los demás sentidos ya activados. Acelera su proceso ritual de recién despertado: se viste deprisa, corre hacia el cuarto de baño para salpicar su cara con chorros de agua fría, se peina, a continuación, frente al espejo, que devuelve aumentadas sus ojeras, las cuales destacan sobre manera entre la normalidad de los demás rasgos faciales, y, sin pensárselo dos veces para no seguir así estimulando su creciente temor ante la duda que le provoca tan inesperada visita, sale del baño en dirección a la cocina, donde le espera la madre de su colega muerto.

– Hola, Gloria.

– Hola, Pedro, buenos días; y perdón por haberte despertado tan… temprano – Todo esto, dicho así, acompañado de una espontánea sonrisa, supone un cambio radical de actitud para con él, algo que no deja de causar la extrañeza lógica en Pedro, pero que al mismo tiempo constituye un gran alivio de conciencia.

– No te preocupes; tendría que levantarme tarde o temprano.

– Bueno, yo os dejo, que tengo que irme para clase. ¡Hasta luego!

Íñigo apura su café solo y se despide premioso al darse cuenta de que está de más en la cocina. Gloria y Pedro se despiden de él sin prestarle excesiva atención, y se quedan solos en el ring, sin jueces… aunque, después de tanto precalentamiento, al final no va a haber pelea, el combate queda anulado hasta nueva orden.

Gloria trae consigo una gran bolsa de plástico que contiene algo que se dispone a sacar de su interior en ese preciso instante.

– Mira, el motivo de mi visita es éste – Y muestra a Pedro una cazadora negra de cuero con una inscripción en la espalda, dos letras en mayúscula y un número: MC5

– ¡Mi chupa!

– Sí… creo que tenía que habértela devuelto antes, pero… no sé… no sé lo que me pasaba; estaba muy confusa y descargaba parte de mi ira echándote a ti la culpa de lo que le ocurrió a mi hijo.

– No era necesario, Gloria… te comprendo perfectamente. Ahora mismo voy por la cazadora de Javi y te la devuelvo.

– ¡No… ! No la quiero, no la necesito. Mejor quédatela tú como recuerdo… como recuerdo de un amigo.

– Como quieras… y gracias, muchas gracias.

– No hay de qué… ¿Sabes? Ayer por la noche hablé con mi hijo… como suelo hacer todas las noches desde que murió… pero esta vez fue distinto: fui a su habitación antes de irme a dormir… y allí estaba él; bueno, no era él, sino su espíritu, su silueta, su forma… Desprendía un aura de un tono como azulado. Al principio me asusté, como es lógico, pero luego noté que trataba de decirme algo, y entonces me calmé. Me dijo algo sobre no sé qué de unas fases en el devenir del Universo… o algo así. La verdad es que yo no entendí nada, pero tampoco me interesaba ese tema lo más mínimo; a continuación me habló de ti… dijo que no debía culparte de lo sucedido, que se lo tenía merecido por lo que había hecho en el pasado… también me transmitió un mensaje para ti; “Dile a Pedro que deje de comerse el coco con lo ocurrido, que yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos. Cuéntale también que yo era amigo de Víctor cuando vivíamos en Madrid… él lo entenderá”, me dijo, y, sin darme tiempo para replicar, desapareció. Sé que no lo volveré a ver… es algo intuitivo… … Pensarás que estoy loca, ¿no?

– No, por supuesto que no.

– ¿Crees en los fantasmas… en que hay otra vida?

– No. No creo que exista una vida distinta a ésta.

– ¡Ves…! Entonces no te has creído ni una sola palabra de lo que te acabo de contar.

– No, no. No es eso… exactamente. Mira, puede que haya algo, algo desconocido, pero yo eso lo atribuyo a un poder de sugestión. Nuestra mente está predispuesta, en determinados momentos, a crear fantasmas, espíritus… o lo que sea, pero sólo con la intención de reconfortarnos interiormente, o de explicarnos lo de por sí inexplicable. No lo sé. La verdad es que no tengo idea…

– Bueno, pero al menos es una bonita teoría.

– Sí, puede que sólo sea eso, una bella teoría. Me aterra todo lo que no se puede explicar racionalmente… ni siquiera creo en que haya un dios o algo parecido. Yo hablo con la foto de mi abuela Dolores, y a veces me da la impresión de que me responde, que me aconseja y me guía.

– Puede que esa sea tu propia fe, ¿no?

– Puede…

De repente se callan; se interrumpe la conversación porque ambos sienten la necesidad de darse un fuerte abrazo mutuo, y eso hacen, dejando a un lado toda actitud represiva que indique que lo mejor sería no haber llegado hasta ese punto. Impulsada por un subliminal instinto escondido, Gloria, en la efusividad del momento, tan eróticamente inexplicable, separa lo justo su cabeza del hombro de Pedro hasta poner su cara frente a la de él. No lo puede evitar, le da un beso, al que Pedro responde instintivamente, sin pararse a pensar en lo que está haciendo. El siguiente paso de Gloria consiste en trasladar su mano derecha hacia la entrepierna del joven amigo de su hijo. Acaricia sus genitales, primero por fuera de la bragueta, y, poco después, tras librarse de la barrera que suponían los botones de los tejanos, así como del siempre impertinente botón de los boxers, agarra con fuerza el miembro viril que, en apenas dos segundos, se pone tan duro como el mármol. Pedro se deja llevar por el calor de la pasión momentánea y también pasa a la acción: en primer lugar, pone al descubierto los pechos de Gloria; luego, con la ayuda de su mano izquierda, y sin dejar al mismo tiempo de chupar sus pezones, se adentra en las profundidades de los muslos de la madre de su amigo. Súbitamente, como si un rayo católico hubiese descargado toda su furia sobre sus espaldas, Pedro se separa de la acción justo en el preciso instante en que comienza a correrse.

– No, Gloria, no. No es justo… no está bien – dice mientras no cesa de manchar con su blanco líquido la negra falda de Gloria, vestida con un riguroso luto.

– ¡Cómo que no… cómo que no está bien… ! Yo lo deseo, quiero que me folles, que me hagas sentir lo que tanto hace que no siento… venga, Pedro, no pares ahora.

– ¡No, no quiero! Es por Javi… ¿No lo entiendes… ? No es justo… por él.

– Pero, ¡qué más te da, ya no nos puede ver! Además, tú no crees en fantasmas, me lo acabas de decir…

– ¡Qué chorrada! Eso no es necesario para respetar la memoria de un amigo. Basta con el recuerdo.

– Pero, ¡tú te has corrido… me has manchado toda la falda! ¡Y yo quiero tener mi orgasmo…! Sabes, mi marido no me hace ni caso, no me folla casi nunca y yo…

– Está bien, de acuerdo. Si yo me acabo de correr, tú también tienes derecho a correrte… Favor por favor.

Y Pedro masturba a Gloria con su dedo anular derecho, moviéndolo acompasadamente de un lado a otro encima del prominente clítoris, que destaca como un pene en miniatura entre los labios vaginales de Gloria. (En su percepción, su propio dedo se confunde con el recuerdo de Ingrid…) Ella acaba obteniendo lo que quería, su orgasmo; pero Pedro no puede dejar de pensar en qué diría Javi si pudiese verlos… Javi, el antiguo colega de instituto de Víctor.

Antes de irse para su casa, Gloria le pregunta a Pedro que si él sabe lo que significa eso que le había dicho su hijo de ‘yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos’. Pedro responde que no tiene ni la más remota idea de lo que Javi habría querido decir con aquella frase tan sentenciosa, mientras su mirada se traslada desde el sujetador negro de Gloria hasta el platero, sobre cuyo estante reposa la edición de 1982 de la editorial inglesa Picador de ‘Midnight’s Children’

… DE LA VIDA LI…

LI.

Por fin Pedro había regresado de su particular Itaca. Seis días habían transcurrido: dos en Palencia, luego cuatro en Madrid… y sin haber podido aclarar nada, al menos materialmente. Nada tangible que llevarse al subconsciente, excepto una nota extraña que Ingrid había dejado como “testamento de despedida” y el comienzo de “Midnight’s Children” del perseguido Salman Rushdie en forma de hoja arrancada de un libro. Sólo la imaginación permitía elucubraciones un tanto hipotéticas y carentes de todo rigor científico; dicho de otra forma, si tuviese lugar un juicio no habría ni una sola prueba efectiva, tan sólo divagaciones, testimonios claramente subjetivos que podrían llevarnos de un lado a otro sin llegar jamás a una solución definitiva.

Fernando estaba ya al borde de la histeria; no tenía noticias sobre las andanzas de su amigo desde aquella llamada telefónica recibida desde Palencia, por eso reaccionó de una manera harto violenta cuando Pedro llamó para decir que ya estaba de vuelta en casa, que cuándo podía pasar a devolverle el coche, aunque, casi instantáneamente, Fernando dejó paso a la alegría, euforia que mataba de un plumazo la anterior preocupación: el hombre del que estaba enamorado, el oasis de su monotonía, estaba bien, no le había ocurrido ninguna desgracia.

Pedro había tenido la delicadeza de parar en un taller de León para que arreglasen el piloto trasero del coche, que sentía la necesidad obligada de entregar el coche tal y como se lo habían prestado, aunque sí que con unos cuantos kilómetros más bajo sus ruedas. Pero este detalle era de lo más nimio, a Fernando le traía sin cuidado… Preocupación que se transforma en súbita alegría, alegría que se va combinando con la intriga de adentrarse cuanto antes en la aventura de la curiosidad por saber qué había podido aclarar Pedro sobre la muerte de Javi.

– Pues ya ves, tío; tanto viaje, tanto rollo, para encontrarme sólo con contradicciones y más contradicciones. – Pedro parecía cansado, no muy dispuesto a contar en detalle todo lo que, en principio, parecía haber descubierto.

– Venga, relájate de una puta vez. Siéntate a tomar el café con tranquilidad, y me vas contando todo… pero por orden, ¡eh?, que si no, no me voy a enterar… Bueno, si te apetece, claro; porque yo…

– Sí, creo que será lo mejor. Además, puede que tú llegues a alguna conclusión lógica, porque lo que es yo… – Pedro apura el último sorbo de su café cortado, y se dispone a soltar su monólogo ante los atentos oídos del impaciente Fernando – Lo del desguace de Palencia me lo salto, que ya te lo conté.

– Sí, sí, lo del accidente de aquellos tres tíos; ayer, cuando me llamaste.

– Efectivamente. Pues luego me fui a Madrid… Los tres fallecidos en el accidente eran unos tíos de Madrid, y allí tendría que encontrar algún indicio… Joder, yo estoy cada vez más seguro de que ése fue el coche que atropelló a Javi, y resulta que el maldito coche de los cojones llevaba ya una gran temporada en aquel taller, como un puto acordeón… A lo que iba; yo había apuntado los nombres de esos tres tíos del Ford Fiesta: Víctor, Antonio y José Antonio – Pedro omite algunos detalles conscientemente, como el encontrar la hoja del libro de Salman Rushdie, ‘Midnight’s Children’, sin otra intención que la de no implicarse, al menos de forma material, en los hechos acaecidos, que, por lo que de macabros tienen, no deben, de ninguna manera, ramificarse hasta llegar a él mismo -… El coche pertenecía al primero de ellos, Víctor, con lo que desde entonces dirigí mis pesquisas hacia él. En Madrid iba a ser muy difícil encontrarlo, pero yo no me iba a rendir a las primeras de cambio. Compré un plano-guía de Madrid para poder moverme con un poco de soltura, y sin tener que estar preguntando a alguien cada dos por tres; luego llamé a Ingrid a su casa, no sin antes habérmelo pensado bien, concienzudamente… no sabía si estaba preparado para enfrentarme a ella, pero necesitaba ayuda y, bien pensado, ella podría aclarármelo todo… o nada. Lo que ocurrió fue muy extraño: me contestó su madre y, al preguntar por ella, se echó a llorar… yo no sabía qué decir. Por suerte, su hermano Erik cogió el teléfono, y, tras preguntarme intrigado quién era y qué quería, me contó que no sabían nada de ella desde hacía, más o menos, un mes y medio, que se imaginaban que se habría ido lejos ya que se había llevado todas sus cosas, todas sin dejar una, tan sólo una…No sé por qué, pero yo ya me sospechaba algo parecido. Antes de colgar el auricular, Erik me invitó a pasar por su casa, cosa que hice, aunque dos días más tarde.

– Joder, entonces ella no pudo haber sido, ¿no?

– En principio sí. Si recuerdas la fecha en que Javi fue atropellado, te darás cuenta de que sucedió hace un mes y dieciséis días exactamente. Y, además, el hecho de que haya desaparecido no implica que ella no pudiera estar en Oviedo aquel día… ¿no? Es más, ella desapareció un lunes, un día después del accidente… Erik me contó que ella se había pasado todo el fin de semana fuera, sin haber siquiera avisado en casa… ese fin de semana, precisamente ese fin de semana.

– Sí, tienes razón… claro… ¡Entonces ya está! ¡Está clarísimo, tío!

– ¿El qué?

– Fue ella; se lo cargó, no sé si intencionadamente o no, pero se lo cargó y luego se dio a la fuga… es evidente.

– Joder, Fernando, eres de un impaciente de la hostia. Espera, ten calma, colega, que aún te queda mucho por escuchar…Déjame contártelo todo por orden y al final opinas, ¿vale?

– Vale, vale; ya me callo.

– ¿Por dónde iba…? ¡Ah, sí…! Yo sólo disponía de tres nombres con sus respectivos apellidos. Empecé, como ya te he dicho, por Víctor, Víctor Manuel González Ortiz. Ahí tuve que recurrir por cojones a mi primera suposición: el tal Víctor tendría algún hermano o hermana, con lo que me encaminé a una sucursal de Telefónica para apuntar los números de teléfono de todos los apellidados González Ortiz que vivían en Madrid; tuve suerte, en el tomo de la ‘A’ a la ‘K’, en la página 1096 había sobre setenta personas apellidadas así; pocas para lo que yo había previsto.

– Tío, estás como una puta regadera…

Sin decir nada, tan sólo con la mirada reprobatoria que Pedro envió directamente a los ojos de Fernando, éste supo inmediatamente que no debía interrumpir el relato de su amigo con más gilipolleces de ese tipo si quería seguir saciando su curiosidad. Con un gesto, tipo defensa central que acaba de hacer una entrada asesina al delantero del equipo rival y se disculpa ante el árbitro con cara de pero-si-yo-no-lo-he-tocado para de esa manera evitar que le saquen la tarjeta roja, Fernando pidió disculpas, a la vez que dio también a entender que no osaría intervenir ni una sola vez más a destiempo.

– Bien, prosigo. Luego entré en una cabina, no sin antes dejar de avisar a la encargada sobre la cantidad de llamadas que con toda probabilidad necesitaría. Comencé a llamar. La verdad es que resulta un poco desesperante llamar y llamar sin obtener la respuesta esperada. Iba señalando también los teléfonos en los que no me contestaban, o en los que respondía el dichoso contestador automático. Eran casi las diez de la noche, y ya estaban a punto de cerrar, cuando obtuve el premio merecido a mi perseverancia. ‘¿El señor González Ortiz?’, pregunté mecánicamente; ‘No, se confunde. Yo me apellido así, pero soy señora…’, contestó una chica con un tono de voz entre confuso y condescendiente; ‘¡ah!, sí claro, perdone… es que necesito una información; es algo urgente…’, y le pregunté directamente si tenía algún familiar llamado Víctor Manuel; ‘Sí, mi hermano… … pero murió hace dos años y medio… en un accidente de tráfico…’ ¿Te das cuenta? ¡Había conseguido llegar hasta él!

Activé mis neuronas y pensé en algo que pudiese llevarme, sin infundir sospechas, hasta Aurora, que así se llamaba la hermana del tal Víctor, que, por cierto, está buenísima, tiene unas pedazo tetas de la hostia, y un cuerpo…¡vaya cuerpo, tío!… Bueno, pero a ti eso ni te va ni te viene…

– Ya sabes que a mí me llaman más la atención un buen par de bultos muy distintos… aunque no los cate… pero, venga, tío; ¿a qué viene ese inciso ahora? Sigue, joder… no pares ahora, que ya no me quedan uñas.

– Vaaaale… Después de disculparme diciendo que sentía mucho lo de Víctor y todo ese rollo al que se suele recurrir en estos casos fingiendo seriedad y compungimiento, le dije que ya lo sabía, que yo era primo de José Antonio Valero, otro de los que palmaron en el accidente de marras, y que necesitaba urgentemente algunos datos para ver si podía esclarecer de una vez por todas el asunto de aquel misterioso accidente que, como ya sabes, no había quedado nada claro en el informe pericial.

– ¿Yo? ¡Yo qué voy a saber!

– Sí, hombre, te lo conté desde Palencia, ¿no?

– ¡Qué coño me ibas a contar, si sólo me diste detalles por alto…!

– ¿Ah! Yo creía que… pensaba que ya te lo había contado. Pues nada, que no se sabían las causas del accidente; el Ford Fiesta invadió el carril contrario de repente, sin que fuese una maniobra de adelantamiento ni nada, justo cuando venía un camión de frente… y lo mas alucinante es que siguió en línea recta y acelerando durante unos segundos hasta darse de bruces contra el camión. Los posteriores análisis de sangre no dieron señales de consumo de alcohol, ni de ningún tipo de sustancia alucinógena. Nada de nada. El coche, que no era más que un puto montón de chatarra oxidada, no tenía ni seguro, y los papeles se habían extraviado todos, absolutamente todos… Joder, nadie figuraba como propietario del maldito coche rojo. Todo extraño, demasiado extraño como para encontrar una explicación coherente. Pero, bueno, ahí tenía yo mi punto de unión con la hermana de Víctor… Quedamos en vernos al día siguiente, en una cafetería del centro comercial de La Vaguada. Ella llevaría puesta una gorra a cuadros blancos y negros para que así pudiese yo reconocerla. Llegué media hora antes, a las once y media – habíamos quedado a las doce. Sobre las doce y diez, cuando ya comenzaba yo a impacientarme un poquito temiéndome que no viniese, apareció radiante, con su gorra a cuadritos – como ya te he dicho, la tía está más que buena… vamos, capaz de estimular hasta la imaginación más reacia a las practicas masturbatorias, y ya casi se me estaba olvidando el motivo real de aquella entrevista -; mis neuronas comenzaban a trasladarse a pasos agigantados hacia mis genitales… Pero desperté, y llamé de inmediato su atención levantándome del asiento que ocupaba haciéndole gestos ostensibles con mi mano derecha. Al verme, vino muy sonriente hasta mi mesa, nos presentamos y comenzamos a charlar con una fluidez impropia en dos personas que acaban de conocerse… Bueno, espera, que voy a encender un pito… ¿Quieres tú uno?

– No, gracias, no fumo… entre semana.

– ¡Coño! ¿Y eso?

– Pues ya ves, empecé a fumar algún que otro cigarrillo, desde el día aquel en que me contaste la historia de Ingrid… ese día fumé mi primer cigarrillo. Pero nada, sólo fumo cuando salgo de marcha los fines de semana…

– Así se empieza; ya verás, dentro de unos meses serás un fumador en toda regla, como todos los que fumamos… Un cliente más para Philip Morris.

– No sé; ya veremos… aunque creo que lo puedo controlar, al menos de momento.

– ¡Ya te digo!

– ¿Y eso…?

– ¿Eso qué?

– Eso de ‘ya te digo’

– ¡Ah! Te refieres al ‘ya te digo’… Joder, que acabo de llegar de Madrid, y por allí todo el mundo lo dice; es una coletilla muy pegadiza.

– Pues anda que si llegas a estar un mes en Madrid…

– Ya sabes, tío, hay que adaptarse, ¿no?… Venga, sigo, que si no nos van a dar aquí las mil y quinientas… Después de hablar con ella, con Aurora, un buen rato, me contó que su hermano Víctor aún hacía COU cuando ocurrió lo de su accidente, que había dejado de estudiar unos años antes en 3º de BUP, y que había decidido retomar sus estudios ante la agobiante falta de trabajo y todo eso… Por delicadeza no mencionamos mucho lo del accidente – recuerda que yo estaba representando el papel de primo de José Antonio -, sólo me dijo que ella sabía lo mismo que podía saber yo sobre lo ocurrido…Sí que le pregunté si sabía a quién pertenecía el Ford Fiesta. Me contestó que, por lo que ella había oído, conducía su hermano en el momento del accidente, y que el cochecito de marras no era de ninguno de los tres. ‘Ya, ya sé que de mi primo no podía ser’, me di prisa en replicar ante el temor de que ella descubriese mi trama. Quizás me estaba excediendo en mi celo por pasar por primo de José Antonio Valero, pero nunca se sabe, mejor sobreactuar que quedarse corto… aunque, bueno, si se llega a los límites de James Dean, casi es mejor ser entonces Victor Mature, el rostro sin gestos… ¡Mi madre! Vaya una fuga de olla más tremenda…¡Céntrate, Pedro! El caso es que ella me dijo, después de mi lamentable inciso, que a su hermano el coche se lo había prestado una amiga el día antes del accidente, que ellos se dirigían a Llanes para pasar unos días con un amigo de Oviedo. Pero, ¡oh maldita mala suerte!, no sabía ni ella, ni nadie a quien ella conociese, cuál era la identidad de aquella amiga. Una amiga, sin más. La amiga misteriosa. Ya, ya sé lo que estás pensando. Ingrid, ¿no? Who knows, Fernando! Who Knows!… … … … Nos despedimos hasta siempre, ya que ella, palabras textuales, tenía que ir a comer con su marido. ¿Te das cuenta…? ¡Con su marido! ¡Qué putada! Estaba casada la muy zorra… aunque ese simple hecho no hubiera supuesto ningún impedimento para un buen polvo… al menos por lo que a mí respecta… … De este breve encuentro con Aurora, por lo menos pude sacar algo en claro: mi siguiente idea: visitar el instituto en el que había estudiado Víctor, ni más ni menos que el famoso ‘Ramiro de Maeztu’, en Serrano… sí, ho, famoso por lo del baloncesto… el equipo de Estudiantes… ya veo que de baloncesto ni puta idea.

– No, ni puta idea de baloncesto… ni de ningún otro deporte.

– Joder, mira que eres raro… Bueno, pues resulta que ese instituto con nombre de escritor fascista es conocido por estar relacionado con un equipo de baloncesto de Madrid. Joder, eres un auténtico analfabeto del deporte…

Bien, pues después de llenar mi estomago con mogollón de basura en forma de asquerosa pizza, me dirigí al citado instituto para ver si me podían facilitar la lista de alumnos de 3º de BUP del curso 87-88, que, habiéndolo calculado con lo que me había dicho Aurora, debía ser el curso en el que el menda ese dejó de estudiar – aunque no definitivamente, ya que eso sucedió gracias al accidente…- Al principio, en secretaría no querían darme la lista; pero, sobre la marcha, me inventé una buena excusa diciendo que yo era José Antonio Valero Valle (supuse que éste también habría estudiado allí), y que quería reunir a la gente de esa promoción para hacer una cena de reencuentro… todo muy americano, ¿no te parece?

– Sí, desde luego.

– Sí, como viajar a ‘Texasville’ desde ‘The Last Picture Show’.

– ¿Qué…?

– Sí, hombre, las dos pelis de Peter Bogdanovich con Cybil Shepherd, Jeff Bridges, Timothy Hutton… La primera es del ’72 o por ahí, y rodó la secuela veinte años después…

– No sé, ni puta idea… ¿Un futbolista, quizá?

– Joder, tú que eres un fan acérrimo de ‘Doctor en Alaska’, al menos deberías saber quién es Peter Bogdanovich… en el capítulo en el que Maurice encarga a Ed la organización de un festival de cine en Cicely, y éste va y se gasta todas las pelas en traerse al Bogdanovich… que hace de sí mismo…

– Sí, recuerdo ese episodio… pero no vi esas películas, ni sabía quién era ese Bog…

– Bogdanovich… Nada, olvídalo. Ya veo que de cine… El caso es que al final, gracias a mi perseverancia, me entregaron la dichosa lista de alumnos; entre todos los grupos sumarían unos doscientos, más o menos (tampoco me paré a contarlos). Revisé todos los nombres; allí estaban los tres accidentados, normal; pero antes, como iba siguiendo la lista por el orden alfabético de los apellidos, me encontré con mi primera sorpresa: Carril García, Javier Antonio… ¡Javi, tío! ¡Javi…!

– ¡La leche…! Tú amigo, ¿no?

– Ni más ni menos que el propio Javi…

– Oye, perdona un segundo, pero es que te vas a quemar con el pito, que está a punto de llegar a la altura de tus dedos.

– ¡Hostia! Ni me acordaba ya del puto cigarro – Pedro hace un mínimo intervalo para apagar ese cigarrillo consumido por auto-ignición – Pero esa no era la única sorpresa. Una vez que había encontrado al último de los que yo estaba buscando, Vázquez González, Antonio José, por curiosidad continué revisando nombres en la lista… hasta que llegué a Zamudio Frías, Ingrid. ¡También estaba la ínclita Ingrid entre los estudiantes de 3º de BUP de aquel curso…!

– ¡No jodas…! ¡Vaya fuerte! ¿No?

Se hace el silencio entre los dos contertulios, el que cuenta la historia vivida y el paciente receptor. Perece como si lloviesen multitud de preguntas sobre cada una de las dos mentes pensantes que comparten mesa en un solitario café del centro de Oviedo. Fernando siente que él debe ser el que rompa el fuego, para lo cual lanza al aire la más que evidente pregunta.

– Entonces, ¿qué relación podrían tener Javi e Ingrid entre ellos… y con los del accidente? Porque lo que sí que está muy claro es que todos se conocían… Seguro que ella es la amiga que les dejó el coche. Yo creo que ya casi se podría asegurar con rotundidad.

– Hombre, Javi… no sé, era un tío muy cerrado, casi nunca quería hablar sobre su pasado… no parecía haber dejado muchos amigos en Madrid… Joder, ni siquiera me había contado que había estudiado en el ‘Ramiro de Maeztu’… y eso que vimos juntos algún partido del Estudiantes… … Sobre Ingrid y los otros tres he llegado a elaborar mi propia teoría: creo que fueron los que la habían violado en los vestuarios del instituto. Por lo que puedo recordar con claridad, ella me había dicho que su novio, el primero en actuar y luego instigador de los otros, se llamaba Víctor… No sé, es sólo una mera intuición, en la lista había otros cuatro o cinco llamados Víctor… puede que el coche sea una señal, un lazo de unión entre ellos. Pero si fueron esos tres los que la violaron, no creo que Ingrid les hubiese dejado prestado el coche… no creo que pudiese considerarse más como una amiga de ellos. O puede que sí, que les hubiese prestado el coche… y que de ahí se derivase el accidente… ¡Joder de dios, yo qué sé!

– Puede que alguna de esas conjeturas tuyas esconda la verdad de lo ocurrido… pero eso sólo lo podría aclarar Ingrid; por cierto, ¿qué pasó, aparte de lo que ya me contaste que te dijo Erik, cuando fuiste a visitar a su familia?

– Es que eso es lo mas acojonante de todo… es como si Ingrid no hubiese existido nunca, como si nunca hubiese vivido en aquella casa; no había ni rastro de ella … … ¡Hostias, la foto!

– ¿Qué foto?

Y sin dar contestación, Pedro se levanta de la mesa y sale corriendo de la cafetería. Fernando, una vez repuesto del sobresalto inicial, sale tras la estela de su amigo. Ninguno de los dos se acuerda de pagar las consumiciones, pero el camarero tampoco puede reaccionar a tiempo, tan sólo se queda allí de pie, tras la barra del bar, secando tazas de café recién salidas del lavavajillas. Fernando observa, al salir, que Pedro ya ha cruzado la calzada y que se dirige hacia su casa; él, en cambio, tiene que esperar a que el señor verde del semáforo se digne a aparecer de nuevo para poder cruzar… Transcurridos diez minutos, Fernando llega a la altura del portal número treinta y seis de la Calle Fray Ceferino y, aprovechando que salía una vecina, entra y sube en el ascensor hasta el sexto piso para comprobar, una vez que el elevador se ha parado en su punto de destino, que la puerta del piso con la letra C está abierta de par en par. Duda por un instante, pero al final decide adentrarse sin dar señales sobre su presencia en la jungla de aquella intriga. Recorre todo el pasillo hasta llegar a la habitación de su liado amigo; vuelve a dudar, aunque menos en esta ocasión, y da dos pasos, con lentitud, hasta llegar a una posición desde la que puede ver el interior. Allí está Pedro, sentado sobre la cama, en actitud relajada y riéndose con sus labios, que no con sus ojos, ya que éstos se encuentran mirando al infinito.

– Pedro, ¿qué pasa?

No recibe respuesta todavía.

– Vale, si quieres estar solo entonces me voy. Ya te paso a buscar mañana para ir a clase.

– No, espera un momento.

– No, hombre, que me da igual. Ya me contarás lo que te sucede… si te apetece, claro.

– ¿Recuerdas aquella foto, la única que tenía de Ingrid… la de la boda de mi prima?

– Sí, claro que la recuerdo.

– Pues ha desaparecido… sencillamente ha desaparecido… porque sí… ¡¡Joder!!

– ¿Cómo…?

– Que se ha volatilizado… La guardaba en este cajón de mi mesilla y, como podrás observar, están todas mis cosas menos la maldita foto. Esto se va complicando cada vez más.

– ¿No te la habrá cogido alguno de éstos para gastarte alguna broma o algo así?

– No, no creo. Esto es como una reacción en cadena, pero una reacción sin ningún tipo de lógica científica… tampoco están las cartas que ella me había escrito… ni una sola, ni una…

De nuevo reina el silencio compartido, que sólo se interrumpe cada vez que Pedro enciende un pitillo. Fernando piensa que, total, por una foto y unas cartas, tampoco hay porque ponerse así; de la foto ya hará una copia, que sólo es cuestión de pedir el negativo a quien la hubiera tomado… lo de las cartas ya resulta un poco más complicado… pero, en definitiva, tan sólo supone una complicación más, una más que añadir a todo el cúmulo de ellas que se iban presentando una tras otra, una tras otra… y sin previo aviso.

… DE LA VIDA L…

L.

La chica regresa a su casa después de haber pasado todo el fin de semana fuera de ella. Es domingo; son las once y veinte de la noche. Su madre está realmente muy preocupada ya que su hija no había dicho que se iba a pasar todo el fin de semana sin aparecer por su casa. La chica ni tan siquiera se ha molestado en realizar una simple llamada telefónica a su madre…

– Me vas a matar de un disgusto, hija. Cualquier día me matas con un disgusto de éstos.

– Perdona, mamá.

– ¡Cómo que perdona…! ¿Crees que con un simple ‘perdona’ ya me voy a quedar tranquila?

– Mañana, mamá… Mañana. Hoy estoy muy cansada… sólo quiero dormir un poco.

– No, si no me extraña. Desde el viernes que te fuiste y hasta hoy… ¡hasta hoy! Duerme, hija, duerme, que mañana ya hablaremos tú y yo largo y tendido… y de todo, absolutamente de todo… y claro, muy claro también. Crees que no sé lo que haces por ahí cuando sales, ¿eh?

– Sí, mamá, lo que tú digas… lo que tú digas.

Y la chica se encierra en su cuarto, lejos de las reprimendas de su progenitora. Está agotada, exhausta, casi al borde del desmayo, pero, aún así, se sienta en su silla de mimbre con ruedas y se acerca a su escritorio. Toma papel y bolígrafo. Todos sus actos los realiza de una manera extremadamente pausada, como si no le quedasen ya energías para moverse a un ritmo normal. Sólo puede actuar a cámara lenta, como en la repetición de un gol… Escribe, por fin, tras haber meditado durante unos minutos.

Querido amigo

No sé ni como empezar… y ya tengo que terminar, que irme de tu lado, que despedirme de todo y de todos… y te elijo a ti por una razón fundamental: tienes que perdonarme; perdóname por haberte utilizado y por haber actuado en tu contra, por haber entrado, sin tu permiso, en el mundo de tus más íntimos sueños… por haberte robado parte de tus sentimientos, de tú buen corazón.

Un beso eterno

INGRID……………………”

Quince segundos después de haber rubricado esa nota, la chica la rompe en mil trocitos que luego tira por la ventana como si se tratase del confeti que unos niños lanzan al aire al paso de un desfile. Su gesto no refleja su verdadero estado de ánimo. Sus ojos no parecen ser ya el espejo de su interior. No es ella, la chica… Se tumba encima de la cama y trata de coger cuanto antes el sueño. Está cansada, cansada… realmente cansada; sus dedos están también muy doloridos: no están acostumbrados a conducir tantas horas, tantos kilómetros… “Bueno, ya está”, susurra Ingrid, la chica, antes de acomodarse en una postura que le permita bucear por los recónditos fondos abisales del sueño. Pero su madre insiste desde el otro lado de la puerta.

– Ingrid, hija, ¿estás ya dormida?

– Sí, mamá, casi lo estoy.

– No te olvides que mañana tienes que madrugar, que tienes la entrevista con los del banco… ya sabes que la entrevista es en inglés, y que ese trabajo te vendría estupendamente para ir centrándote, para ir sentando un poco esa cabeza loca que Dios te ha dado… ¡Ay!… Duerme bien, hija mía, y sueña en inglés, sueña con los colores del arco iris, que eso trae suerte, mucha suerte.

– … … … … – La chica no responde.

– ¿Me estás escuchando, hija? Tienes que poner el despertador para las ocho y media, que la entrevista es a las diez…

– I know, mom… I know – Pero su madre no ha podido oírla porque esas palabras han salido de su boca sin la suficiente fuerza como para poder llegar hasta los oídos de Soledad, la madre ocupada y preocupada.

La chica, Ingrid, adopta una postura que asemeja el estado fetal; así, de esa manera, la neblina de los cenagosos pantanos del mundo del sueño se infiltra por todos sus poros para anestesiarla por completo. Es extraño, realmente extraño que la chica pueda cerrar sus ojos y relajarse en esa postura: ella siempre duerme boca arriba… en ninguna otra posición puede ella conciliar el sueño.

Se acabó.

La luz poderosa vino y se la llevó, y en su lugar dejó, sobre la colcha de ganchillo, una nota hecha con letras de varios tamaños recortadas de periódicos y revistas.

A la mañana siguiente, la madre preocupada se encontrará con el vacío de la habitación de su hija, que le asestara tal bofetada, que no podrá recuperarse de su dolor durante el resto de sus días.

Mientras tanto, la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central de Asturias, en Oviedo, recibe en sus lúgubres aposentos a un nuevo huésped, que, en éste, su último viaje, escucha el eco de la voz de Morrissey cantándole muy suave eso de “sing me to sleep, I’m tired (cántame para dormir, estoy cansado)…”

… DE LA VIDA XLII…

XLII.

De pequeño me gustaba mucho coleccionar cromos; era mi pasatiempo favorito: iba casi todos los días a la librería de la esquina con la paga semanal, o con las monedas que había podido sisar a mi madre de la vuelta del pan o de la leche… mi corazón latía cada vez más aprisa – ¡pum, pum! ¡pum, pum! – a medida que me acercaba al templo del tesoro; una vez allí pedía cuatro, cinco… no sé, los paquetes de cromos que fuese posible en relación proporcional con el número de monedas que llevase. Los abría uno a uno nada mas salir, unas veces despacio y pasando, a continuación, cada cromo con sumo cuidado: “lo tengo, lo tengo, lo tengo… ¡No! ¡Bieeeen!”. Otras, cuando la colección no era una de mis preferidas, los pasaba rápido, casi hasta con desdén…

Los cromos daban mucha cancha: el acto comunicativo de intercambiarlos – no sin antes llegar a un buen acuerdo, que un cromo difícil valía muchos otros, puede que hasta cien en el mercado negro; un juego al que llamábamos ‘montar’, que implicaba una vigilancia extrema a las posibles trampas del contrincante – aunque yo no estoy para dar lecciones, que me engañaba cualquier imbécil a la mínima de cambio…

La dinámica de ‘montar’ era en sí muy sencilla: dos o mas jugadores, cada uno con su respectivo montón de cromos; después dibujábamos una raya en la pared (a la altura del pecho, más o menos) y desde esa línea, por riguroso orden de sorteo, uno a uno íbamos dejando caer un cromo de cada vez apoyándolo primero contra la pared para luego soltarlo, procurando, si eras realmente hábil, dirigirlo un poco, hasta que un cromo caía justo encima de otro. “¡Monta!”, decía el que tenía esa suerte, y se llevaba como premio todos los cromos que estaban esparcidos por el suelo en ese momento. Si ‘picaba’ un poco no era válido, había que seguir tirando. ‘Picar’ ocurría cuando la esquina de un cromo tocaba ligeramente a otro sin llegar a cubrir, al menos, la tercera parte del total de la superficie de éste, más o menos. Ahí radicaba la madre de todas las discusiones: “¡Qué sí!”… “¡Qué no!”… “¡Monta claramente!”… “¡Qué dices, si sólo pica un poco…! ¿No lo ves?”… En estas circunstancias un niño tan alelado como yo tenía todas las de perder. Nunca llegué a ganar un cromo de los considerados importantes jugando a ‘montar’…

Aún conservo todas mis colecciones; están guardadas dentro de una caja de cartón en el desván de la casa de mis padres: “Heidi”, “Un, Dos, Tres”, “La Guerra de las Galaxias” (recuerdo como si fuera ayer mismo estar pegando el último cromo que me quedaba, uno de la Estrella de la Muerte, mientras las Baccara cantaban en Aplauso ‘Yes Sir, I can Boogie – bat ai nid a serten song’),

“Spiderman” y, por supuesto, todas las ligas de fútbol desde la temporada 74/75 hasta la 83/84, junto con los Mundiales del ’74, ’78 y ’82; y no es por presumir, pero las completé todas… bueno, miento, casi todas: Mundial del ’78, Argentina; precisamente de la selección del país anfitrión me faltaba el único cromo para completar el álbum: Daniel Passarella. En una ocasión estuve a punto de cambiárselo a Lázaro, el hijo del panadero, por Hansi Krankl, un delantero austríaco que venía al Barça después del campeonato del Mundo, y que no sé por qué razón, a mí me salía repetidas veces, aunque era uno de los difíciles, de los que les faltaba a muchos otros coleccionistas. Pues no, al final no pudo ser: en el momento más “oportuno” apareció el cabrón de Jorge, el del molino, y me hizo una opa de lo más hostil para conseguir a Passarella, al ansiado capitán de la albiceleste. Ofreció como intercambio al citado Krankl, sumado éste a otros dos jugadores de la selección de Irán de los cuales, lógicamente, no recuerdo sus nombres.

Ayer mismo recibí carta de mi tío Carlos; con la misiva me enviaba también una foto suya con Passarella, además – ¡SORPRESA! – del anteriormente mencionado cromo, dedicado y firmado: “Un saludo muy fuerte para Pedrito. El seleccionador de Argentina, Daniel Passarella”. Es curioso, ¿cómo habrá sabido mi tío lo del cromo…? ¿Cómo cojones lo habrá conseguido…? En la carta me cuenta que se enteró por mi abuela Dolores, que ella le había dicho que me faltaba ese cromo para completar la colección del Mundial ’78… que desde que le di la foto habla mucho con ella, casi cada noche… ¡Ay!, mi tío y sus historias paranormales. Desde luego, imaginación no le falta, no.”

… DE LA VIDA… XXXVI – EL FANTASMA DE LOLA, LA CARRETONA

XXXVI.

EL FANTASMA DE LOLA, “LA CARRETONA”

Febrero de 1944. Un invierno especialmente crudo en el pueblo
de Cacabelos cubría con su blanco manto de hielo y escarcha cada calle, cada acera, cada tejado, cada carro que, por no tener sitio en la cuadra, dormía a la intemperie.
Poco había ya que trabajar en los viñedos, ya podados y con su alfombra de arcillosa tierra recién arada. El vino fermentaba pacientemente en las barricas de roble. Cada familia elaboraba sus propios caldos, de la manera tradicional, y, por supuesto, según las necesidades, bien de consumo personal, o bien de venta en el caso de aquellos que regentaban una de las muchas bodegas que se sucedían a lo largo de la Calle Santa María.
Carlos, “El Carretón”, ayudaba a su padrastro en la bodega, a la vez que aprendía los múltiples secretos del arte de la enología. A sus dieciséis años había superado con creces a Don Eutiquio, famoso en toda la región por sus tintos jóvenes con aroma afrutado, dignos del mejor bodeguero, pero siempre reacio a vender al por mayor para evitar, de esa manera, el disfrute de sus convecinos.
Eutiquio era un hombre huraño, de carácter reservado y frío; un ser anti-social, un punki de los años cuarenta… Sólo tenía ojos para su hija Angustias. Para Carlos sólo quedaba trabajo y más trabajo a cambio de cama y comida. Y gracias.
Una tarde, Carlos comprobaba la fermentación del orujo, licor que los más osados expertos también elaboraban. Fuera, en la calle, tres grados bajo cero; dentro, en la bodega contigua a la cuadra, un agradable calorcillo que emanaba vaporoso de cada una de las humeantes barricas. Decidió sentarse al calor, no sólo de la uva fermentando, sino también de una botellita de aguardiente de tres cuartos de litro de la cosecha de dos años atrás; doble efecto calorífico – etílico que acaba por cerrar sus cansados ojos.
Transcurridas unas dos horas, una luz cegadora despierta súbitamente a Carlos. Todavía adormecido, no es capaz de distinguir nada, tan sólo tapa sus ojos con las manos para evitar instintivamente que semejante resplandor dañe su vista, recién llegada del desconocido mundo de los sueños. Restriega sus ojos procurando no presionar en demasía los párpados. Aunque realmente asustado, decide afrontar con decisión la presencia de aquel resplandor, para lo cual separa los dedos anular y corazón de su mano derecha, dejando así el hueco suficiente como para poder ver a través de él… La luz, de un tono azulado, se ha vuelto más tenue, ya no resulta tan molesta. Carlos se lamenta, “joder, no tenía que haberme bebido todo el orujo… ¡Puto frío de los cojones!”. Llegado a este punto, se siente capaz de abrir también su otro ojo; fija bien su vista para distinguir entre los halos de luz que aún permanecen ante él, una silueta que parece humana. Automáticamente, sin darse apenas cuenta de sus actos, estira su brazo derecho hasta una altura en la que puede asir, con toda la fuerza posible, el mango de una pala que, hasta ese momento, reposaba verticalmente apoyada contra el cubeto del blanco.
– ¡¿Quién anda ahí?! – Su voz suena firme, aunque sí que denota cierto tono de nerviosa impaciencia.
No hay respuesta, sólo un ligero acercamiento de la luminosa silueta hacia la posición que ocupa Carlos.
– ¡No te muevas, que te meto un palazo que te dejo ahí seco, cagondiós! – Por un instante piensa que aquello puede ser una especie de aparición mariana… o marciana.
La extraña presencia sigue acercándose, a la vez que comienza a mover una extremidad parecida a un brazo con un gesto tranquilizador. Se sitúa a un metro escaso de Carlos, que, no soportando ya por más tiempo la sensación de pánico, decide descargar toda su adrenalina asestando un buen golpe de pala al intruso.
– ¡¡Me cago en tu puta madre… toma, hijo de puta!!
El golpe seco contra el duro suelo, debido al efecto de retroceso, se vuelve contra él autodescargando toda la fuerza antes empleada sobre la extrema tensión muscular de sus brazos. Como respuesta al calambrazo suelta la pala, que cae justo a los pies de su supuesta víctima… No puede salir de su asombro. ¿Cómo ha podido fallar el golpe?
– ¿Q-q-quién eres? ¿Qué quieres de mi? ¡No me hagas daño!
No le queda otro remedio que intentar una negociación. Sus pulsaciones han llegado al límite de lo humano… Esos rasgos que ahora puede distinguir casi perfectamente le resultan familiares, a pesar de estar muy difuminados. Se da cuenta de que a través de esa cara puede ver la portezuela de acceso a la corripa de los cerdos. “¡Madre mía, es transparente! ¡Es un fantasma!”, piensa aterrado mientras cede humillado toda la iniciativa a “aquello”. Comienza también a notar como la orina caliente moja sus pantalones y se desliza por entre sus piernas en dirección a sus pies…
– No tengas miedo, Carlos, que soy yo.
– Pero… ¿y quién es usted?
– Soy Dolores, tu madre.
– ¿Mi madre? Mentira. Eso no puede ser. Mi madre murió hace ya once años y cuatro meses… ¡Lárguese! ¡Déjeme en paz!
– Soy yo, Carlitos… Claro, no puedes reconocerme… ¡Ay! Eras tan pequeño… ¿Aún conservas la cadenita de plata con la imagen de San Antonio que te regaló tu madrina?
– ¿Mamá…? Pero, ¿de verdad eres tú?
– Sí, hijo, sí. Perdona por haberte asustado, pero no me quedaba otra alternativa. Es necesario…
– ¿El qué? ¿Qué es necesario?
– Esto… el aparecerme así, de repente, ante ti, sin poderte avisar. Es nuestra obligación.
– Ya, todo lo que tú quieras, pero casi me cago de miedo.
– ¡Qué va! Si has sido muy valiente. Muchos otros escapan o se desmayan…
– ¿Muchos? Joder, ¿qué es, que vas apareciéndote por ahí a todo el mundo?
– No hombre, no. No me refiero a mí. Lo digo por lo que me han contado otras ánimas. Esta es mi primera y también última presencia ante un ser vivo, de los que estáis en la fase uno.
– ¿Y por qué a mí? ¿Por qué me has elegido a mí?
– Porque eres mi hijo… Veo que tienes una vida muy difícil, que Eutiquio no sabe, o no quiere, ser tu padre.
– Es un auténtico hijo de puta. Me la armaste buena, madre, al traerlo a casa…
– Ya lo sé, hijo, ya lo sé. Si tú supieras todo lo que he sufrido por ti… No sería capaz ni de explicarlo… Pero ahora escúchame con atención, Carlos: Va a ser mejor que te vayas del pueblo, que te alejes lo más posible de tus problemas aquí… Además… además aquí tu vida corre peligro.
– Ya me lo imaginaba. Si sigo aquí por mucho tiempo, o mato al cabrón del Eutiquio, o me empluman por rojo. Soy comunista, como tú.
– Sigue mi consejo, hijo. Hazme caso… Mírame a mí, que estoy donde estoy por defender mis ideas; aunque no reniego y no renegaré nunca de ser lo que he sido en mi fase uno, mejor hubiese estado a vuestro lado, cuidándoos.
– Ya no hay vuelta de hoja, mamá. Lo hecho, hecho está.
– Tienes razón; ése es otro de los motivos por los que estoy aquí ahora.
– Pero… ¿Dónde estás en realidad? ¿Qué haces?
– Me encuentro en la segunda fase de la existencia cósmica. La primera para mí se acabó el cinco de octubre de 1934… Perdí mi cuerpo.
– Y ahora, ¿te queda sólo el alma?
– No, no es exactamente lo que entendéis por alma. No existe el cielo, tampoco el infierno… Sólo existe un único Universo en el que estamos todos, los vivos y los no-vivos.
– O sea, que todos los fantasmas andáis por aquí, dando sustos por el mundo, ¿no?
– No, todos no. Los de la cuarta fase pueden estar en cualquier otro rincón del Universo, después de haber realizado su viaje interestelar.
– ¡Ah! Muy curioso… Mira, aunque seas el espíritu de mi propia madre no me creo ni una sola palabra… Eso de las fases, no sé, suena a chino…
– No, si yo no pretendo convencerte; mi misión consiste tan sólo en avisarte del peligro que corres si te quedas. Vete lejos, muy lejos, lo más que puedas… ¡Ah!, y ten mucho cuidado con el color rojo.
– ¡Pero yo soy comunista y no…!
– No, bobo. Me refiero al rojo perceptible, al color de… de… del mango de esta pala, por ejemplo, no al matiz político, que ese está bien. Ten en cuenta que cualquier cosa de color rojo puede causar muchos quebraderos de cabeza a nuestra familia…
– Ya. Creo que ya lo entiendo: si veo algo de color rojo desconfío, ¿no?
– Eso es, hijo, eso es… Bueno, no tengo más tiempo… debo irme ya.
– ¿A la siguiente fase?
– No, todavía no. Debo esperar pacientemente a que nazca la siguiente generación de nuestra familia… A ver si no me hacéis esperar mucho… No me está permitido explicar nada más sobre este tema.
– No entiendo nada, absolutamente nada… De todas formas, madre, haré todo lo que esté en mi mano…
– No lo olvides: el color rojo es el contrapunto negativo de nuestra familia… ¡Vaya una contradicción!
– Lo tendré siempre en cuenta. Oye, ¿y cómo es la tercera fase? No me has contado nada sobre ella.
– Ni yo sé muy bien en qué consiste esa fase… Creo que tiene algo que ver con el ciclo de la vida.
– ¡Madre! ¡Qué yo dejé de estudiar a los diez años! ¿Qué coño es eso del ciclo de la vida?
– La materia no se crea, tan sólo se transforma.
– Pues muy bien, cojonudo… en tu fase debéis ser todos listísimos…
– Ten paciencia, hijo mío, que ya te enterarás cuando llegue el momento… Terminó mi tiempo. ¡Adiós, Carlos! ¡Te quiero! ¡Cuídate mucho!
– ¡Adios, madre! ¡Hasta siempre!
El espectro se va alejando lentamente hasta convertirse en un punto de luz casi imperceptible. Carlos se despierta de nuevo y se da cuenta de que todo ha sido un sueño. “¡Menos mal!”, piensa antes de comenzar a notar los efectos de la aguardentosa resaca. Se incorpora, sacude el polvo arcilloso de sus pantalones negros de pana, acto con el que descubre que está completamente mojado por la zona de su entrepierna. “¡Joder, me he meado! Vaya borrachera, coño”, se dice mientras echa a andar en dirección a la puerta de la bodega, aunque sin dejar aún de quitar su vista del húmedo cerco de sus pantalones. Oye entonces la voz de su padrastro que lo está buscando para que vaya con él a recoger unos cántaros de vino. Carlos, al apresurarse para darse pronto a ver y que así la bronca sea mínima, dentro de la supuesta gravedad de su falta, se tropieza con el rojo mango de la pala de remover el estiércol en la pocilga. “¿Quién cojones habrá puesto ahí esta pala?”, se pregunta extrañado justo antes de contestar al impaciente Eutiquio con un sonoro “¡ya va! ¡Ya vaaa!”.