… DE LA VIDA LVII…

LVII.

La música a todo trapo hace que hasta las paredes se tambaleen. Pedro y Javi están escuchando un disco de los Dead Kennedys – ‘Fresh Fruit For Rotting Vegetables’ (fruta fresca para vegetales podridos) -. Fuman un porro antes de salir por ahí de marcha mientras disfrutan de la voz de Jello Biafra y charlan distendidamente. Es un sábado cualquiera… como otros, pero la madre de Ingrid está muy preocupada porque su querida hija salió el día anterior, viernes, a tomarse unas copas y todavía no sabe nada de ella.

-… ‘Quiero a tu hermana en silencio’

– ¿Qué dices?

– ¡Eh? No, nada, nada. Sólo repetía mecánicamente una frase: ‘quiero a tu hermana en silencio’.

– No jodas… ¿a Andrea?

– Justo, lo que yo decía. A ver cómo cojones te lo explico… O sea, tú acabas de entender que yo estoy colado por tu hermana Andrea.

– Sí, tú lo acabas de decir… yo no me estoy inventando nada.

– Esa frase – ‘quiero a tu hermana en silencio’ – tuve que representarla ayer en clase, en el encerado, delante de todo el mundo. Se trata de una asignatura – Sintaxis Transformacional … todo ese rollo que te conté de Chomsky, ¿lo recuerdas?

– Sí, he de reconocer que era un puto rollo macabeo. No entendí un pijo.

– Pero si es muy fácil, Javi.

– No se te estará pasando por la cabeza volver a contarme todo aquel lío del ‘antecesor común’, de…

– Ya verás cómo hoy lo entiendes, tío.

– Joder, que mal rollo que me está dando. Entre el peta y tú vais a acabar con mis pobres neuronas.

– Tú escúchame atentamente y luego opinas, ¿vale?

– Joder, si no me queda más remedio…

– Es una idea de lo más revolucionaria. Tú imagínate, tío, un ‘pavo’ con veintitrés años recién cumplidos que publica su primera gramática, ¡la hostia…! Pero no una gramática al uso en la que sólo se ven estructuras y más estructuras de distintos tipos de oraciones, sino una que basa todo su razonamiento en lo que él denomina como Gramática Universal, común a toda la raza humana. Todas las lenguas se derivan de un único antecesor común. El dice que la capacidad del lenguaje es innata al ser humano…es una idea muy igualitaria, muy comunista en el amplio sentido de la palabra, ¿no crees?

– Yo no creo nada… nada de nada. Todo eso no son más que chorradas.

– No, no son chorradas. Si leyeses algo de lo que Chomsky escribe alucinarías, pero alucinarías de verdad. No es solamente un siniestro lingüista, también investiga a un niveeel… digamos que sociopolítico. A pesar de ser estadounidense, critica con extrema dureza la política exterior de su país, a la CIA, al FBI… Espera un segundo – Pedro se levanta del suelo, sobre el que estaba sentado casi como un yogui, y se acerca a su pequeña biblioteca, compuesta por una sola estantería, aunque, eso sí, rebosante de volúmenes. Coge uno con su mano derecha y regresa a su sitio para sentarse sobre el frío parqué y leer un párrafo a su amigo Javi -. Escucha esto: ‘Como Estados Unidos continuaba con lo que los nazis habían dejado a medias, tenía mucho sentido usar especialistas en actividades contra la resistencia. Más tarde, cuando se hizo difícil o imposible proteger en Europa a esta gente útil, muchos de ellos (incluso Barbie – se refiere a Klaus Barbie, uno que había sido jefe de la Gestapo en Lyon, el Carnicero de Lyon…)

– Sí, ese sí que me suena. Hace poco que salía en la tele por una condena o algo así.

– Sí… algo así. Pues resulta que al tal Barbie, el Ejército de los Estados Unidos le había encargado espiar a los franceses. Para que veas cómo funcionan las cosas en las cloacas del poder… Por dónde iba… ah, sí. ‘…(incluso Barbie) fueron llevados en secreto a Estados Unidos – ves, lo que yo te estaba diciendo – o a Latinoamérica, a menudo con la ayuda del Vaticano y de curas fascistas.’ Ese es Noam Chomsky.

– Bueno… ¿y qué?

– ¡Bueno y qué! ¡Bueno y qué! ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

– Tío, que yo paso de politiqueos. No son más que putos rollos que interesan sólo a los que manejan el poder. A mí ni me van ni me vienen.

– Eso es, configuremos un perfecto rebaño para que todos esos hijos de puta sigan manejando todos y cada uno de nuestros hilos.

– Es mucho más complejo, Pedro… Muchísimo más complejo de lo que tú te puedas llegar nunca a imaginar.

– ¿El qué?

– La vida, tío. La puta vida.

– Tampoco hay porque ponerse trascendentes… no es para tanto… … … … … Si te das cuenta, toda esta conversación deriva de ‘quiero a tu hermana en silencio’. Tan sólo es una oración ambigua, sin más.

– ¿En qué sentido ‘ambigua’?

– Puede tener dos significados: quiero que tu hermana se calle, que esté en silencio, o el que tú habías entendido antes.

– Pues yo sólo veo uno, ese, el que yo había entendido: que te mola mi hermana pero que no se lo dices a nadie.

– A ver, imagínate que ahora Andrea está aquí con nosotros, y que no deja de dar voces y me está molestando un huevo (es algo figurado, eh. No vayas a pensar que tengo algo contra tu hermana) y yo, en vez de dirigirme directamente a ella, te digo a ti en un tono enfadado: ‘¡quiero a tu hermana en silencio!’.

– Pues vaya una cursilada de frase. Conociéndote, seguro que me dirías: ‘¡qué se calle tu jodida hermana de una puta vez, hostia!’

– También es verdad. Por eso no supe responder a la profesora cuando me preguntó allí, frente a toda la clase, por la ambigüedad de esa frase. Por eso la estaba repitiendo de forma mecánica… Yo tampoco era capaz de sacar esa interpretación… me parece, no sé, como muy eufemística aplicada a esa situación.

– Sí.

– Oye, Javi, ¿te encuentras bien? No sé, te veo raro… tienes hasta mala cara.

– No estoy del todo bien. Ultimamente estoy durmiendo fatal, tío.

– ¿Y eso?

– Tengo sueños chungos, pero la hostia de chungos. Puedo estar soñando con una tía, con que juego un partido, con cualquier cosa, y, de repente mi abuelo se introduce en mi sueño y lo jode todo.

– ¡Hostias, como el Freddy Kruger!

– Hombre, no a ese nivel, pero sí que me fastidia.

– Desde luego, sí que es chungo, sí…

– A mí me tiene acojonao… ¿Qué hostias podrá significar…?

– No tengo ni puta idea; no soy Freud. Pero no te preocupes, tío, que ya se irá de tus sueños.

– Espero que sí, porque no creo que lo resista por mucho tiempo… Me da miedo, mucho miedo…

– Tu abuelo murió, ¿no?

– Supongo que sí, porque en mi vida lo he visto.

– Entonces, ¿cómo sabes que es él?

– Por una foto. De mi abuelo, el padre de mi padre, sólo tenemos una foto: está de pie, vestido de miliciano, fumando apoyado en unos sacos que componen una barricada; debe estar tomada en Madrid. Y es esa cara, no tengo la menor duda.

– También yo sólo conozco a mi abuela Dolores a través de fotografías… Me hubiese gustado poder conocerla en persona, aunque sería muy distinto: ahora sería una viejecita refunfuñona, y no esa guapa mujer de aquella fotografía. A lo mejor ella se introduce en mis sueños, como tu abuelo… la diferencia está en que yo nunca recuerdo ni un puto sueño, ¡ni uno!

– Ya me podía pasar eso a mí, joder… ¡Si yo nunca me he interesado por él…! Fue un cabrón de mierda. Le hizo un hijo a mi abuela – mi padre – y desapareció… y digo que fue un cabrón, pero yo no sé si eso es verdad o no. No sé de dónde era, sólo sé que no era de Madrid… pero sí que estaba allí cuando la guerra, resistiendo como uno más… puede que le hubiese ocurrido algo, pero ya es coincidencia que justo el día en que mi abuela Juana le contó que estaba embarazada de él, el tío va y desaparece misteriosamente; se esfuma… Demasiada coincidencia me parece a mí. Creo que se llamaba (o llama, porque igual está vivo aún) Manuel. Tampoco estoy muy seguro… mi padre nunca quiere hablar del tema, y mi abuela murió cuando mi padre tenía ocho años, así que…

– A mi abuela Dolores le ocurrió exactamente lo mismo. Eso si que es una coincidencia… La abandonaron a su suerte con un hijo en su vientre – mi tío Carlos, el que está en Buenos Aires.

– Sí, lo recuerdo… recuerdo toda la historia de tu abuela. Me la contaste el año pasado, un día que había tormenta y que nos quedamos aquí bebiendo y fumando porros.

– Sí, es verdad.

La música ya no suena. Jello Biafra se calló hace ya un cuarto de hora, y el silencio total se hace harto necesario para que cada uno estrangule los recuerdos no vividos, pero que al fin y al cabo pertenecen a su familia, a lo más hondo de cada una de sus conciencias. Pedro enciende un cigarrillo y se atreve luego a romper el muro de silencio que divide su habitación en dos.

– Oye, Javi; si no te apetece salir, aviso a Carlos y nos quedamos aquí.

– No, hombre, tampoco me siento tan mal como para quedarme en casita un sábado, como un gilipollas.

– Cómo quieras.

– ¿Con quién has quedado?

– Bueno, aparte de con Carlos, con Silvia y Marta, las de mi clase.

– Mola, tío. Silvia esta buenísima… y es una tía supermaja. ¿A ti te mola?

– Sí, claro. Pero no es más que una amiga de clase. No quiero yo rollos chungos con ninguna tía de clase, ni de la Facultad, que luego tendría que verla a diario.

– Joder, a buenas horas vienes tú con prejuicios. Yo, cualquier día de estos le entro a saco, tío.

– Bueno; ése es tu problema.

– ¿Qué es, que te parece mal?

– ¡Pero tú eres gilipollas o qué!

– Joder, tío, no tienes porque ponerte así.

– ¡Así cómo?

– Como un puto basilisco.

– Pero si tú no sabes ni lo que es un basilisco, joder.

– ¿Un obispo o algo así?

– ¡Un obispo! ¡ja, ja, ja, ja, jaaaa…!

– Joder, yo lo decía porque me suena así como a basílica… a obelisco, ¿no?. A ver, listo de los cojones, qué coño es entonces un puto basilisco.

– Es un bicho, tío, un reptil pequeñajo parecido a una iguana.

– ¡Dios mío; estoy frente a un diccionario con patas…! ¡Adoremos al sumo gurú de la infinita sabiduría!

– Venga, déjate de gilipolleces y hazte otro peta.

– Sus deseos son órdenes, ¡oh, pontífice del basilisco…! ¿Te cuento un chiste?

– Vale. Pero, mientras, te vas haciendo el peta.

– Pásame el papel… Un sargento de la Guardia Civil, todo uniformado y tal, entra en una farmacia y grita: ‘¡VICKS VAPORUB!’, y el farmaceútico va y reacciona como un sputnik y contesta: ‘¡VICKSVA!’.

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… DE LA VIDA LVI…

LVI.

Era superior a sus fuerzas, la curiosidad arrastraba irremisiblemente a Pedro hacia la búsqueda de alguna explicación sino posible, al menos plausible. En casa de la familia Zamudio Frías no quedaba ni un solo recuerdo palpable de la travesía por la vida de la primogénita. La única instantánea que Pedro conservaba de Ingrid también se había volatilizado misteriosamente. Todos sus compañeros de piso aseguraban y reaseguraban infinidad de veces que ellos no habían cogido la dichosa fotografía. ¿Qué cojones quedaba entonces…? Pedro se estaba planteando incluso si alguna vez había poseído aquella foto, y habría llegado a esa conclusión de no ser por los testimonios de Fernando, de sus propios compañeros de piso, hasta del propio Juanjo, el que había osado en una ocasión hacer un comentario fuera de tono sobre las voluptuosas formas de Ingrid. Todos confirmaron, sin dejar lugar a la menor de las dudas, que una vez existió, aunque sólo fuese plasmada en papel fotográfico, la imagen de una guapa chica morena al lado de un bisoño adolescente con cara de despiste inherente. “De todos modos, alguien podría haber hecho un buen montaje… ¿o no?”, llegó incluso a afirmar el cachondo de Iñigo, un fanático hincha de los Expedientes X.

A Fernando, en ocasiones agudo con su ingenio, un día se le ocurrió una última alternativa. “Recuerdo que me dijiste que la foto aquella la había hecho un primo tuyo, ¿no?”, preguntó Fernando súbitamente eufórico debido a la supuesta brillantez de su idea. “Sí, mi primo Jose”, le respondió Pedro sin darle mayor relevancia al contenido de la afirmación de su amigo – ya le daba todo igual, ya no sentía la desesperación de los días previos, sólo tenía ganas de pasar página cuanto antes -. “Pues ya está, asunto arreglado. Él conservará el negativo, supongo… haces una copia, o varias copias por si acaso…” Pedro tomó nota y, sin más demora, ese mismo día hizo una llamada telefónica a su primo Jose a Cacabelos para que le hiciese el favor de copiar la foto de los negativos de la boda de la prima Natalia en la que él salía con una chica morena muy guapa. La respuesta de Jose surgió contundente como un misil tierra-aire: extrañamente, Jose había extraviado los negativos de las fotos de aquella boda – “ya ves, tengo guardados todos los negativos de todas las fotos que he hecho en toda mi vida, y ésos, precisamente ésos, no están. Y mira que los he buscado para dejárselos al tío Martín, que no hace más que pedírmelos, y fotos, lo que son la fotos que saqué, no me quedan ni la mitad, el resto, pues ha desaparecido no sé aún ni cómo…” – A pesar de la decepción inicial, semejante respuesta (puede que hasta esperada) no causó la menor mella en el apaciguado ánimo de Pedro. Estaba dejando de ser Mulder, el ‘siniestro’, para ir convirtiéndose paso a paso en la escéptica Scully; “no me voy a creer nada, ninguna explicación fuera del mundo pragmático… pero seguiré insistiendo… por lo menos unos días más. La muerte de Javi no puede quedar así, impune… Era mi amigo, y creo que se merece un último esfuerzo por mi parte.”

Siguiendo la línea que la boda-despertador trazaba, a Pedro se le ocurrió indagar en casa de sus primos Jesús y Natalia. En una de las visitas a Cacabelos fue a visitarlos. Después de conversar sobre los mismos temas triviales de siempre, que si este año vendrás para la matanza, que si se estaban planteando ya tener descendencia ahora que estaban estabilizados (“¡qué triste!”, pensó Pedro ante la angustia existencial que le provocaba el hecho de pensar que alguna vez pudiese llegar a tener un hijo; “joder, un enano invadiendo toda mi intimidad y sin dejarme vivir a mis anchas… ¡no! ¡Y una mierda…! ¡Ni pa dios!”), etc., etc.

Pedro comenzó a hablar de Ingrid, sobre la repentina desaparición de la chica; se dirigía especialmente a Jesús, que, como primo de Ingrid, puede que supiera algo, que conociese algún dato nuevo que le acercase a su paradero actual. (Pedro no mencionó el accidente que había acabado con los huesos de su amigo Javi en el camposanto de Oviedo, no fuera a ser que esa información coartase de alguna manera la respuesta de Jesús.) Jesús sí sabía que su prima se había largado de casa sin dejar rastro, acto que, a pesar de lo que opinaba su familia, a él le parecía lógico; “no, si mi prima siempre estuvo un poco pirada. Es una tía muy rara, yo nunca llegué a tener una relación muy estrecha con ella… es más, se podría decir que ninguna, salvo en las típicas reuniones familiares. No tengo ni puta idea de dónde puede estar… Pero, ¿a qué se debe tanto interés por tu parte?”. “No, nada en particular; es que me enteré de su desaparición porque en Madrid me encontré por casualidad con su hermano… con tu primo, vamos”, contestó Pedro a la pregunta enviada por Jesús, cuando en realidad le hubiese apetecido decirle “¡y a ti qué cojones te importa! Son asuntos míos, solo míos; ¿vale?”. Pedro intentó una última cuestión: “oye, Jesús, ¿tú sabes si Ingrid tenía un Ford Fiesta de color rojo… o quizá su padre, o su madre?” “No, que yo sepa tenían un Polo; luego se compraron un BMW. Pero un Fiesta, no, de eso sí que estoy seguro.” Era imposible seguir; los caminos se bifurcaban una y otra vez, una y otra vez hasta hacer que los cruces, con infinidad de opciones a elegir, superasen la capacidad de Pedro para poder discernir cuál era el válido y cuál no. Pedro cambió repentinamente de tema; no quería que se le notara en exceso su delicado interés por la ‘tía rara’ aquella, pero llegado un momento en el que volvían a hablar cíclicamente de las mismas cosas una y otra vez, una y otra vez, ya no pudo resistirlo más y preguntó si podía ver al álbum de fotos de la boda, algo que hizo sentado entre el matrimonio de primos. Resultado negativo: Ingrid sólo aparecía en una foto, pero nada más se podía ver una pequeña parte de las botas Doctor Martens que llevaba puestas aquel día, el resto de su ser estaba tapado por su hermano Erik. Eso era a lo que se había reducido Ingrid, su recuerdo, a unos centímetros cuadrados de piel de bota Doctor Martens de color negro, ni mate ni brillante. Y ya metidos en materia, también se dispuso, esta vez a propuesta de su prima Natalia, a ver el insufrible vídeo ‘artístico’ de la boda entre planos innecesariamente alargados de flores del parque y de horteras sombrillas estilo victoriano. Nada, Ingrid parecía no haber actuado en aquella película: no estaba entre los presentes en la ceremonia religiosa, tampoco había bailado mientras el fotógrafo – el nieto de Honorio, el retratista, el que había inmortalizado a la abuela Dolores…el que había muerto en la Guerra Civil, en el frente de Aragón – grababa el vals que iniciaba el baile nupcial; su sitio en una de las mesas de invitados se presentaba vacío ante la videocámara cuando estuvieron tomando planos de todos y cada uno de los invitados al banquete. Daba la impresión de que Ingrid se había ocupado con extrema precisión de no dejar pruebas de su existencia hasta ese momento.

Aquello ya no daba para mas, con lo cual se despidió de Natalia y del marido de ésta envuelto por la cortina de humo formada por frases supuestamente efusivas del tipo “a ver si vienes a vernos más a menudo, que parece que no tienes primos…” Al entrar en casa de sus padres llegó a una firme determinación: “Paso. Desisto por completo; ya no pienso indagar más… Si ella mató a Javi, que sobre su conciencia recaiga su muerte, y si no lo hizo… ¿qué hostias hago yo entonces perdiendo el tiempo con estas pijadas, si dentro de nada comienzan lo exámenes…?”.

Si una persona no cree en la existencia de ningún dios, ni en ningún otro tipo de superstición, ni en nada que se salga lo más mínimo de la línea impuesta por las leyes de la ciencia, entonces no puede seguir buscando soluciones cuando cada paso dado, en vez de ir respondiendo lógicamente al planteamiento inicial, genera por sí mismo montañas y más montañas de enormes interrogantes. “Mejor no saber, no ver, no oír, no hablar más… Sigo con mi vida, como siempre, y puede que algún día, cuando menos las necesite, lleguen hasta mí las respuestas a tanto embrollo”, se dijo Pedro a sí mismo la misma noche en que regresó de su pueblo, tras haber visitado, sin resultados evidentes, a sus primos, y antes de ponerse a estudiar duramente para un examen final de Sintaxis Generativa Transformacional de cuarto curso de Filología Inglesa.

La expresión de la abuela Dolores parecía haber cambiado, parecía incluso más serena, más segura de sí misma que antes… pero se trata de una simple fotografía pegada en la pared de un cuarto en penumbra, y Pedro no se dejará nunca llevar por ese tipo de impresiones. Puede que no le den más que miedo… puede que, de todas formas, la verdad no esté ahí fuera…

… DE LA VIDA… VI

VI.

      Las dos gramáticas yacían inertes sobre el asfalto. Comenzaban a formarse grandes charcos, y las hojas se iban empapando con el agua de lluvia. También había nacido un pequeño reguero que se acercaba sin remisión a la obra de Chomsky. Poco antes de que el agua terminase por estropear definitivamente la teoría generativista transformacional publicada por el “M.I.T.” (Instituto de Tecnología de Massachussets) en 1986, unas manos recogieron del suelo los dos volúmenes. Un chico de unos veintidós años, muy extrañado, pasaba las hojas mojadas de ‘Barriers’. “¿Qué coño hacía esto aquí tirado?”, se preguntaba sin poder salir aún de su asombro, hasta que un papel plastificado apareció al pasar de la página 34 a la 35. “¡Anda!, si es el carné de la Facultad de Pedro. Además, estos libros son de la Biblioteca…¡Y tenía que devolverlos hoy!”. Automáticamente, Fernando dirigió sus pasos hacia el piso de Pedro para devolverle los dos libros y el carné. Había dejado ya de llover, y el aire olía a limpio. “¿Era el 6º C ó el D?”, se preguntaba Fernando. Pedro vivía en la calle Fray Ceferino, en el número 36, y el piso, efectivamente, era uno de esos dos, el 6º C.

      Fernando era un compañero de clase de Pedro. No es que fuesen muy amigos, pero se llevaban bien, lo justo para soportarse mútuamente. Fernando era el típico chico serio y responsable, siempre yendo todas las horas, tomando apuntes, y atento a todo lo que allí acontecía: poco durante las clases, y cosas más interesantes en los cambios de clase y en las horas libres. A Fernando le gustaba mucho Pedro, en todos los aspectos; le fascinaba su seguridad y su aire de autosuficiencia, siempre llevando las situaciones como un auténtico líder, pero líder innato, no por imposición externa. Procuraba acercarse a él entre clase y clase, aunque rara era la vez en que Pedro aparecía por la facultad. A Pedro le interesaba también Fernando: tenía muy buenos apuntes, y era de conveniencia tener a mano algún panoli al que pedírselos prestados para fotocopiarlos cada quince días, día más día menos. En la vida, al final, todo se reduce a un simple trueque.

      Ahora Fernando se sentía bien, iba a hacerle un gran favor a Pedro. Se lo imaginaba desesperado, sin poder recordar dónde habría dejado los dichosos libros. Una leve sonrisa delataba su eufórico estado.

      Concluido el camino, apoyó con fuerza la yema de su dedo índice contra el botón que indicaba el piso 6º C. Nadie contestaba. Fernando siguió insistiendo hasta que alguien con una voz como surgida de la profundidad de las cavernas, y de muy mala gana contestó: “Joder, ¿quién hostias llama?”.

– ¿Está Pedro?

– Sí, soy yo. ¿Qué pasa?

– S-so-soy Fernando, el de clase. ¿Me puedes abrir?; es que te traigo los libros de Generativa de la Biblioteca. Estaban tirados en el suelo cerca de…

– ¡Me cago en la hostia! Ni me acordaba ya de los putos libros. Anda, te abro, sube.

     Fernando subía en el ascensor enmascarado por un grave gesto de preocupación. Nunca había notado que Pedro tuviese tan mal humor – bueno, serio siempre se lo había parecido, pero con un punto de seriedad que le otorgaba cierto atractivo, y hasta cierto sentido del humor -. Quizá le estaba sucediendo algo que lo conducía irremisiblemente hacia ese estado de malhumor.

      Sólo había estado un par de veces en ese piso, en dos fiestas en las que casi nadie le había hecho el más mínimo caso, aunque él se conformaba estoicamente con que Pedro le hubiese invitado.

      Llegó hasta la puerta y, antes de que timbrase, Pedro abrió la misma, dijo un simple “pasa, Fernando”, para luego encaminarse pasillo arriba en dirección a su habitación. Fernando le seguía, intuyendo que debía seguirle, sin más. Entraron en una habitación espaciosa, empapelada con carteles de conciertos de grupos de pop y de rock y, sobre todo, desordenada hasta el infinito. Sonaba una música, quizá demasiado alta y estridente para el gusto clásico de Fernando, aunque de pura felicidad comenzó a seguir el ritmo moviendo el dedo índice de su mano derecha contra la parte exterior de la tela vaquera que cubría su muslo derecho. Él no lo sabía, pero era la voz australiana de Chris Bailey, líder de The Saints cantando “Know Your Product” (Conoce tu producto, como si fuese una premonición punk de los 70.) Fernando además observaba todo con extrema curiosidad, y hasta le encontraba cierto encanto a aquel desorden tan caótico, pero tan atrayente al mismo tiempo.

Click to listen to Know Your Product by The Saints

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      Pedro se había sentado en la cama, tenía algo entre sus manos, algo que no cesaba de mirar, algo que, para él, parecía ser lo más importante en ese momento.

– OYE, FERNANDO, ¿TÚ CONOCES A INGRID…? (ESPERA, QUE BAJO LA MÚSICA.) No, claro, ¡qué pregunta más idiota…! ¡cómo la ibas a conocer! Pero, ¿te he hablado alguna vez de ella?

Fernando negó con la cabeza mientras se sentaba en la única silla que pudo encontrar entre el caos de aquel cuarto.

– Ahí la tienes – dijo Pedro justo antes de lanzarle como si se tratase de un ‘frisbee’ la fotografía que tanto rato llevaba mirando. Fernando la atrapó al vuelo, la colocó al derecho, la miró intrigado, y se dispuso e escuchar lo que su nuevo amigo le tenía que contar.

… DE LA VIDA… IV

IV.

Los dos volúmenes de gramática se precipitaron contra el suelo, quedando uno de ellos abierto por el punto número siete: “Island Violations” (violaciones de una isla). De repente, como sacudido por una descarga, Pedro echó a correr en dirección a su casa. Tenía que comprobarlo, cerciorarse de si lo que acababa de recordar tenía sentido; había que encajar pieza tras pieza hasta que el puzzle pudiera completarse. No reparaba en el tráfico ni en los semáforos, tampoco en la gente que chocaba contra él, sólo imprimía más y más ritmo a su caminar mientras se repetía en voz baja, casi imperceptible, a sí mismo: “No; no puede ser, no puede ser. ¡¡Cagondiós!!”. Y comenzó a llorar justo en el mismo instante en que se oyó un trueno, al que siguió una tromba de agua de las que después se mencionan en las noticias: “Cuarenta litros por metro cuadrado ayer en Oviedo…”. El sabor salado de las lágrimas se podía distinguir entre los mares de agua de lluvia que se colaban por su entreabierta boca. Era el sabor de su propia amargura, de su sentido de culpa.

Abrió la puerta, entró en el portal; el ascensor estaba ocupado, con lo que, sin paciencia para esperar, corrió escaleras arriba hasta el 6º C. Ese era el piso en el que vivía, un piso de estudiantes lleno de cosas inútiles por todos lados, y sucio, aunque sin llegar al extremo de la inhabitabilidad. Siguió, a continuación, por el pasillo, abrió la puerta de su cuarto y, como poseído, se dirigió automáticamente al cajón de su mesilla de noche, lo desencajó de un tirón y lo volteó, cayendo así al suelo todo lo que hasta hacía un instante reposaba plácidamente dentro de él: condones, unos auriculares para sus ‘walkman’, un pin del Celta de Vigo, unas tiritas y una fotografía que quedó tendida boca abajo. “¡Aquí está!”. Pero Pedro frenó en seco su euforia, tomó aire unas cuantas veces, miró instintivamente al techo, bajó luego su cabeza y extendió su brazo derecho lenta, muy lentamente hasta que las yemas de sus dedos hicieron contacto con el frío papel de la fotografía. Con el índice y el pulgar la sujetó y la fue subiendo despacio hasta llegar a una altura en la que era posible distinguir con la vista aquella escena atrapada en un instante preciso de un tiempo ya pasado.

Cerró los ojos, sacó sus gafas del bolsillo interior de la cazadora, y se las puso con mucha parsimonia. Ya podía enfrentarse a la imagen: un chico de unos quince o dieciséis años, con una 0 army_07expresión un poco bobalicona y vestido de manera elegante, pero con un gusto horrible, y a su lado, una chica morena, luciendo un extraño corte de pelo, unos tejanos negros ajustados y,
cubriendo sus pies, unas Doctor Martens de un burdeos muy brillante; ambas miradas cristalinas, acompañadas de sendas sonrisas que delataban un estado algo más que ebrio. Pedro clavó sus ojos en aquella chica, y así estuvo durante casi diez minutos hasta que se dejó caer a plomo sobre la cama, sin hacer desde hacía doce o trece días. En el patio de luces sonaba ahora una canción. Era “Maid of Orleans” de Orchestal Manoeuvres in the Dark. Justo lo que le faltaba.

“She cared so muuuuuuch, she offered uuuuup her bodyyyyyy to the graaaaaave”

(Le importaba tanto, que ofreció su cuerpo a la tumba – a la muerte.)

Cubrió su rostro con las dos manos, en un gesto innato de desesperación, a la vez que comenzó a susurrar en un tono bajo e hipnótico: “Hostiaputa… Hostiaputa, ¿y qué hago yo ahora?… ¿Qué cojones puedo hacer?”.

…DE LA VIDA…

I.

                                   La vida se escapa en cada segundo que pasa.

                                   ¡Ni Dioses, ni hostias! ¿Para qué quiero la razón?

                                   ¿Por qué estoy aquí sentado, aburrido?

                                   No hay respuestas, ni verdaderas ni falsas,

                                   ni de ninguna condición.

                                   Os voy a contar una historia que os trasladará al infinito.

“Todos los días camino solo y me cruzo con mucha gente. De vez en cuando me veo en la siniestra obligación de contestar ‘¡Hola!’ o ‘¡Hasta luego!’. Otras, sin embargo, me paro a hablar con alguien.

– ¿Qué tal, tío?

– Yo bien, ¿y tú?

– ¿Qué haces por aquí?

– Nada, voy a comprar pan y leche y, de paso, a tomar un café aquí al lado. ¿Te animas?

– ¡Qué va! Llevo mogollón de prisa, que me están esperando unos colegas.

Etcétera, etcétera, etcétera… (En este punto podéis utilizar como banda sonora la parte final de “Sweet and Tender Hooligan” de los Smiths. ‘In the midst of life we are in death, etcetera’ ‘En mitad de la vida estamos en la muerte, etcétera’)

      A veces me gustaría poder decirle a éste, así como a muchos otros, ‘¡Qué te den por el puto culo!’, y seguir caminando a mi aire, poder elegir con quién quiero hablar, pero hablar con personas a las que tengas algo interesante que contar, o escuchar a alguien que sea capaz de plantearte algo mínimamente trascendente, no sólo gilipolleces banas. No pido mucho. Por cierto, me llamo Pedro y estoy aquí en Oviedo, estudiando y viviendo de la beneficencia paterna. No quiero trabajar. ¿Por qué tengo que trabajar? ¿Para producir cosas inservibles o para atosigar a otros y sentirme agobiado por lo que me manden hacer? Siempre hay alguien que manda, siempre se estrecha la pirámide más y más, cada vez más… Joder, cómo me estoy enrollando. Me voy a coger estas dos gramáticas – “Transformational Grammar” y “Barriers”, este último de Noam Chomsky, un tío majo, de los que dan auténtica caña a la CIA y a toda esa panda de hijos de puta – y me piro para clase. Estudio Filología Inglesa – cuarto curso, concretamente -, hoy es miércoles y tengo resaca. No es muy aconsejable salir de copas entre semana”.