… DE LA VIDA XLIX…

XLIX.

Si tuviese que decidir en este mismo instante cuántos amigos he tenido a lo largo de mi aún corta existencia, con toda seguridad nombraría a tres: Simón, Javi (a pesar de los pesares, y a pesar de sus errores pasados… errores que jamás podrá – ¿podremos? – ya subsanar) y Mariano. (Ingrid fue algo más que una amiga, una simple y pura amiga entendida desde la “sencillez” que se le presupone al concepto de amistad en todas sus vertientes y ramificaciones… por eso no la puedo incluir aquí.) Y al decir ‘amigo’, me refiero al concepto de amistad en toda su extensión: compartirlo todo sin exigencias de ningún tipo, sin intereses creados, compartir hasta una chica si la ocasión lo requiere. Puede que Fernando llegué algún día a ser un gran amigo, pero eso es algo que se acaba forjando con el tiempo, y, realmente, hace poco tiempo que nos tratamos… y, desde luego, lo de compartir una chica con él…¡Cómo para intentar un trío!

De los anteriormente citados, la muerte me ha separado primero de Simón, y luego de Javi, con lo que, aplicada la correspondiente resta, sólo me queda Mariano; aunque tampoco sé realmente si sobrevivirá a su matrimonio… ¡Qué chungo!

Mariano Farelo, ‘Tocinín’ – mote curiosamente no heredado de sus predecesores, a nivel de árbol genealógico, sino que ganado a pulso gracias a sus sempiternas meriendas consistentes en bocadillos de tocino frito -, es un hombre tranquilo, más incluso que el John Wayne que vivió en Innisfree al lado de Maureen O’Hara; demasiado para mi gusto; pero eso no es malo, no, tan sólo un poco atosigante para los que lo conocemos de siempre.

Hace dos años – ¡qué lapidación en vida! – se casó con su última novia, Cristina Polledo, la hija del zapatero de la plaza al que apodan ‘El Túzaro’. Fui a la boda de mi amigo Mariano con ‘La Túzara’, aunque rechacé tajantemente, y con suma alevosía, la proposición indecente que él me había hecho: ser el padrino. No me gustan los protagonismos que generan este tipo de acontecimientos; no me gusta el matrimonio; odio la monogamia como símbolo de continuismo de la sociedad basada en lo que ‘ellos’ llaman la célula familiar. No lo entiendo, ¿por qué tiene que acabar así uno de los mayores folladores de Cacabelos…? ¿Por qué renunciar así, de golpe y porrazo, a uno de los mayores placeres que la vida puede deparar a un hombre: la conquista de una mujer tras otra? No hallo respuesta alguna, aunque puede que el sinfín que nos lleva haya traicionado miserablemente a mi amigo…

Conozco a Mariano desde que íbamos a párvulos, pero empezamos a ser compañeros de pandilla, de juegos, que no amigos (creo que ya he explicado – o intentado al menos – cuales son los pilares que sustentan la amistad), a los doce años. Yo estaba a punto de jubilarme de mi labor como monaguillo, que las nuevas generaciones venían apretando fuerte, y Miguelín, el de ‘La Frasia’, y yo comenzábamos a padecer la llamada de las glándulas en forma de visible bozo entre nuestra nariz y labio superior; vamos, que ya no estábamos presentables, aún sin nombrar el peligro de pecado mortal que nos acechaba sigiloso si aquello que cada poco se ponía tieso, en principio sin razón aparente, se llegaba a hacer perceptible bajo nuestras casullas blancas de castos monaguillos – algo que más de una beata, de las que en continuas misas perdían el tiempo, hubiera deseado, en primer lugar, para escandalizarse a gusto y así descargar toda su rancia adrenalina; y en segundo, para, después del visible escándalo, poder recurrir a alguna parafílica fantasía con la que aprovechar todos esos fluidos malgastados en manchas amarillentas sobre sus bragas.

Mi madre aún me hacía vestir pantalones cortos, de niño, durante todo el año. En verano se agradecía, pero en invierno, con las heladas, suponía un verdadero suplicio que dejaba mis pantorrillas, rodillas y muslos sin apenas circulación sanguínea, al borde incluso de la gangrena en algunas ocasiones. Por suerte, o desgracia para los demás, no era yo el único que padecía esa tortura; era como una especie de tradición secular de los pueblos de la región, que se mantenía, quizá por miedo al cambio, o porque ninguna madre se atrevía a dar el paso inicial, en los primeros años de la transición política. Angustias, mi madre, fue una de las pioneras; ¡con qué satisfacción empecé yo a ir a clase en el colegio con mi primer par de tejanos…! Y todo gracias a ‘Tocinín’…

Solíamos jugar por las tardes, después de salir de la escuela, a algo que llamábamos ‘cintalabrea’, palabra de la cual desconozco exactamente su etimología; aunque pienso que ‘cinta’ se refiere con toda seguridad a cinturón, y ‘brea’ a (valga la redundancia) la ‘brea’ que nos dábamos… los golpes… las hostias; y me explico: en el juego se sortean entre todos los contendientes dos roles, uno el de ‘la madre’(o persona que maneja a su antojo todo el desarrollo del juego), y el otro el de ‘perseguido’ por los demás, el cual cuenta además con unaaa… llamémosla ventaja, que consiste en que puede utilizar un cinturón para defenderse y arrear cintazos (‘brea’, repito) a todo el que se le ponga por delante. Al grito de ‘¡cintalabrea!’, proferido por ‘la madre’ del juego, el ‘perseguido’ podía correr a los demás procurando asestar el mayor número de latigazos con su arma sujeta-pantalones, pero sin descuidarse ni un ápice, ya que al grito de ‘¡oreja!’, que ‘la madre’ corea cuando le viene en gana, el resto de participantes pasaba al ataque intentando capturar al paria para darle unos buenos tirones de oreja; y así sucesivamente hasta que se oía ‘¡oreja pa casa!’, grito que daba paso a la batalla final: uno intentando librarse del acoso corriendo hasta la posición que ocupaba ‘la madre’ y así ganar el juego, y los demás tratando de capturarlo y llevarlo asido de la oreja ante la insigne presencia de ‘la madre’, el dios de ‘cintalabrea’. Un juego cruel, pero divertido. Ni que decir tiene que los que más corrían tenían siempre todas las ventajas; desde luego, yo en ese menester era de los más negados, por no decir el que más…

Una fría tarde de noviembre – la recuerdo bien ya que era el cumpleaños de mi madre -, después de sortear cada misión entre los allí presentes, a Mariano le tocó ser ‘el perseguido’, a Miguelín el papel de ‘madre’, y yo, junto con los cuatro restantes, a esperar órdenes. Pues bien, si Mariano era de los que más rápido corrían, y yo, entre el grupo de supuestos perseguidores era, con diferencia, el de menor punta de velocidad, y teniendo también en cuenta que en aquellos días Miguelín estaba un poco enfadado conmigo por culpa de unas hostias – pan divino – que yo me había comido irresponsablemente antes de que él ayudase en misa, os podéis entonces imaginar como acabó todo aquello: ‘¡cintalabrea!’, gritó Miguelín, y, en menos de cinco segundos, Mariano llegó corriendo hasta mi altura para dejar mis desprotegidas piernas como la espalda de Kunta Kinte cuando intentaba por enésima vez escapar del ‘masa’; todo ello con la complicidad del cabrón de Miguelín, que, para su regocijo, no se dignó a cambiar el rumbo del juego… Dos días más tarde aparecí en clase con un par de tejanos marca ‘Lois’ provocando la sana envidia de todos mis compañeros.

La consecuencia hizo que me olvidase un poco de la causa, que no era otra que Mariano – con el descarado consentimiento de Miguelín, bien es verdad -, el torturador del alelado Pedro. Creo que desde ese día comencé a sentir un cierto aprecio por el causante de mi cambio de aspecto, aunque sin olvidar que, a la larga, tenía que vengar la afrenta sufrida. Ese sentimiento siempre nos queda grabado en alguna neurona que se puede activar cuando menos te lo esperas – si con Tacho, ‘El Mangas’, no se activó en mi interior, creo que se debió a que la situación era totalmente distinta: no es lo mismo un ensañamiento injustificado, sólo por aprovechar la debilidad del oponente, que cantarle las cuarenta al que crees que se ha comportado como un puto chivato -. La venganza siempre tiene un componente pragmático que, de forma inconsciente, aflora cuando ves delante la oportunidad; y yo la tuve… ¡vaya si la tuve!

Como una buena ensalada, la venganza debe servirse fría, bien fría. Habían transcurrido tres meses desde aquel suceso, y el juego de ‘cintalabrea’ había pasado al ostracismo; la moda imperante en los primeros días de la primavera del ’82 era un juego al que en mi pueblo denominábamos ‘pico, pala, puño’ – también conocido como ‘cuchillo, tijera, ojo de buey’ o ‘chorro, morro, pico, taina’ en otras isoglosas. La descripción del juego de las tres ‘pes’ es muy sencilla: se hacen dos equipos con el mismo número de competidores en cada bando – cinco es el número ideal -, luego se sortean los roles, según los cuales, un equipo debe situarse de forma encadenada contra una pared, en la que el árbitro se encarga de sujetar entre sus manos la cabeza del que se coloque en primer lugar; una vez que éste está agachado y situado, los demás, por orden, se van enganchando sucesivamente cada uno al anterior, colocando la cabeza entre las piernas del que le precede, a la vez que, para poder mantener la estabilidad y así poder hacer más fuerza, se agarra con las manos a su cintura; y el otro equipo debe saltar, de uno en uno, sobre ese sucedáneo de plinto. Cuando el equipo receptor está ya preparado, el juez da la orden para que el equipo atacante vaya saltando, como ya he mencionado: uno por uno, a lo largo de ese plinto humano; lo normal es que, llegados a este punto, haya discusiones de poder para establecer quién salta el primero; aunque siempre hay que rendirse a la evidencia: yo, la antítesis de la flexibilidad – desde luego, se puede decir que ‘lo tenía todo’ -, por lo general iba en uno de los últimos turnos. Si alguno de los atacantes tocaba el suelo, o se caía, cosa que ocurría con relativa frecuencia, ya que era muy normal desequilibrarse en el aire al intentar dar un gran impulso para llegar lo más lejos posible y así dejar suficiente sitio para los demás, entonces se perdía el turno de ataque y se cambiaban los papeles entre los dos equipos. Pero, por el contrario, si se hundía el plinto receptor, entonces los perdedores eran estos últimos, y vuelta a empezar. Cuando conseguían saltar todos los de un equipo y el receptor mantenía su estabilidad, uno de los que estaban encima hacía con una de sus manos un gesto que representaba uno de los tres símbolos del juego: ‘pico’, con el dedo índice; ‘pala’, con la mano abierta y extendida; y ‘puño’, con el puño cerrado; todo ello sin que ninguno de los que aguantaban a pie firme bajo todo ese peso pudiese verlo, ya que sólo el árbitro podía tener acceso con su vista a la secreta señal, para, a continuación, preguntar a los sufridos portadores: ‘¿pico, pala, puño?’, a lo que éstos contestaban con suma rapidez cualquiera de los tres. Si acertaban, se cambiaban las tornas; si no era así, pues nada, a seguir padeciendo sobre sus espaldas todo el peso corporal de los rivales.

Ese sábado, el de la ‘venganza’, Mariano estaba en un equipo y yo en el contrario. Nos tocaba saltar a nosotros (ya llevábamos siete turnos seguidos saltando, y todo gracias a Manolín, ‘El Moucho’, que a sus trece años, pesaba ya la friolera de noventa y seis kilos), y lo que hacíamos era muy sencillo: dejábamos que fuese él el iniciador, el primero en tomar carrerilla y abalanzarse con todo su peso y toda su saña – que mala hostia no le faltaba al animal del ‘Moucho’ – sobre el temeroso potro, que no hacía más que desarmarse una vez tras otra ante tal avalancha. Pero, claro, los demás nos estábamos ya aburriendo un poco por no participar, aunque sí que nos habíamos reído un rato largo viendo como se desplomaban los rivales bajo el peso del ‘Moucho’, con lo que decidimos, tras una corta asamblea, cambiar el orden de saltadores. A mí me tocó el tercero. Mariano estaba situado en cuarta posición en la cadena de cinco que formaban la pista de nuestro aterrizaje. Saltó Toño, luego Miguelín – ya nos habíamos amigado -; hasta ese momento todo perfecto, los compañeros estaban bien colocados; habían caído en una posición bastante estable, con lo que los tres restantes contábamos con el espacio suficiente para situarnos a toda la larga sin excesivos agobios. Ya era mi turno… pero antes de empezar mi carrera, como por instinto, recordé el día en que ‘Tocinín’ se había ensañado injustamente conmigo, con mis pobres piernas, utilizando su cinturón negro de cuero. ‘¡Venga Pedro, salta ya, hostia!’, me recordó Toño, que comenzaba a tener serios problemas de sujeción en la parte delantera del potro. Sin más demora, eché a correr como un poseso, con una idea fija en mi mente: venganza. No sé ni cómo lo hice, pero caí a plomo sobre la espalda encorvada de Mariano a la vez que le propinaba una fuerte patada en toda la cara, en la que hice estallar toda mi rabia… y un perro rabioso necesita imperiosamente morder, morder… Ni siquiera me preocupé de asegurar mi propia estabilidad ya que acabé en el suelo, lo mismo que Mariano, sólo que él sangraba abundantemente por su nariz… Joder, ¡se la acababa de romper! Todos vinieron a por mí, a echarme una buena bronca, mientras yo trataba en vano de justificarme: ‘jolines, no pude hacer otra cosa… perdí la estabilidad…’. Nadie me creyó. Sólo Mariano, que agarraba su maltrecho apéndice nasal con el propósito de interrumpir cuanto antes aquella escandalosa hemorragia, dijo que allí no había pasado nada, que aquello no eran más que lances del juego, y punto. Desde ese día nos convertimos en amigos inseparables… Y no penséis que mi pueblo es como el del chiste de Gila, el de ‘pues si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo…’, no; se trata sólo de cuestiones personales e intransferibles, no de que seamos brutos por naturaleza… aunque, bien pensado, sí que lo somos un poco, pero sólo un poco…

Por eso creo que puedo entender, sin entrar en razones o divagaciones varias, el significado de una venganza, la rabia que la provoca, la ‘bacteria’ que la transmite… cómo acaba finalmente por insertarse entre nuestros pensamientos más recónditos, los que pertenecen al mundo del sueño, al mundo de nuestros actos más imprevisibles… al diccionario mental de nuestras conscientemente ajenas psicopatías… Por eso podría llegar a entender a Ingrid, aunque no quiera ni pretenda justificar ante mí ni ante nadie todo lo que sucedió aquel domingo de madrugada, todo lo que nos encaminó (y me incluyo, ¿por qué no había de hacerlo?), como conducidos por mil y un demonios de la medianoche, enloquecidos, hasta aquel fatídico día. Ingrid… Ingrid… … ¡Ay, Ingrid…! ¡Quién te entienda que te compre!

En resumen (y para no ponernos tiernos), cada uno entiende la venganza a su manera… Una vez yo le confesé a Mariano que aquel día le había propinado la patada a propósito con el afán de saldar una vieja cuenta pendiente, la de ‘cintalabrea’. ‘Ya lo sabía, gilipollas’, fue lo que me respondió, a lo que yo, en un alarde de reflejos mentales, contraataqué: ‘también yo sabía que tú lo sabías, ¿o qué te crees…? Sólo quería darte la satisfacción de que pudieses oírlo de mi boca’. No me dio más contestación, aunque sí que me sonrió mientras con su mano derecha se acariciaba levemente su torcida nariz.

… DE LA VIDA XLVII…

XLVII.

Desde los nueve hasta casi los trece años fui monaguillo; me pasaba muchas de las frías tardes del invierno cacabelense en la sacristía, jugando al ajedrez con Don Damián, el cual, por cierto, no tenía una sola gota de compasión: siempre me ganaba; siempre. Yo iba para católico convencido, de los que acaban estudiando en la Universidad de Navarra para luego anudarse de por vida al temible Opus Dei, los fariseos del siglo veinte; pero la vida da muchas vueltas, y la mía dio un giro total de 180 grados: de ser el brazo derecho del cura, a no saludarlo más por puras y simples convicciones anticlericales. Reconozco que Damián es un buen hombre, y como hombre (y hetero), muy mujeriego – se dice de él que tiene dos o tres hijos repartidos por las aldeas de la montaña: supongo que, en esto, habrá parte de palabrería popular y parte de ausencia total de anticoncepción por parte del insigne cura, que se debe predicar con el ejemplo… – Cada vez que paso por su lado se me queda mirando fijamente; en su mirada hay siempre cierto tono de reprobación. ¡Cómo si tuviese yo la culpa de que dios no exista… ! Qué más da, para él no dejo de ser más que una simple oveja descarriada. Como hombre lo respeto, pero como cura no, no puedo… Joder, es que no puedo entrar en vanas argumentaciones con un sacerdote, que ni él me va a convencer a mí ni, por descontado, yo a él.

El caso es que, al poco de haber cumplido yo los diez años, me tocó hacer un trabajo sucio para el insigne párroco (no, no es eso, que sé lo que estáis imaginando, sucios malpensados, morbosos, “hijos” de Nieves Herrero y de Pepe Navarro … ). Sucedió de la siguiente manera: era domingo; me correspondía a mí ayudar en la misa de las doce, la única en la que la iglesia completaba todo su aforo. Una función sin incidencias, como casi todas. Al finalizar recogí el cáliz, las hostias y toda la demás composición de enseres litúrgicos, y me dirigí, acto seguido, hacia la sacristía, abrí la puerta y dejé el grial junto con el resto de mi carga encima de la mesa de Don Damián; nada nuevo. Pero al darme la vuelta vi, para mi asombro, tres pichones descabezados en el suelo, rodeados por un charco de sangre, justo al lado del armario en el que el cura guardaba sus sotanas. Y eso no era todo: encima de la mesa de ping-pong estaba el tablero de ajedrez con todas sus piezas perfectamente colocadas… ¡y las tres cabezas de los pichones encajadas, una en el rey de negras, la otra en el rey opuesto y la tercera en un alfil blanco! Joder, vaya susto; no sabía si salir corriendo de allí y entrar de nuevo en la iglesia, o si escapar por piernas e irme para mi casa… Pero no, aguanté el tipo, y esperé a que Don Damián y el otro monaguillo, Miguelín el de ‘La Frasia’, regresasen hasta mi posición en la sacristía una vez que los devotos feligreses hubiesen ‘podido ir en paz’.

El cabreo del padre fue monumental; ‘¡me cago hasta en Dios Santísimo!’, llegó incluso a jurar. ‘Al que haya hecho esto lo voy a emplumar bien emplumado…’, proclamó tajantemente antes de dirigirse a mí y nombrarme jefe a cargo de todas las operaciones de búsqueda y captura del culpable. Un trabajo sencillo, pensé. Quedaban descartados el propio cura y Miguelín (yo también, por supuesto), con lo cual tan sólo restaba el último de los monaguillos: Tacho, ‘El Mangas’, así conocido por utilizar habitualmente las mismas para solucionar su persistente problema de vegetaciones. Lo único que necesitaba era tener pruebas, pillarlo infraganti.

Visto esto desde la distancia en el tiempo da un poco de miedo, y me explico: Tacho tenía, y tiene, lógicamente, ya que aún no se ha muerto, dos años más que yo, pero no sólo eso, sino que era el líder de una banda temida por su insaciable hambre de fechorías en el colegio ‘Virgen de la Quinta Angustia’. Yo no consideré ese hecho como un atenuante, al contrario, el haber sido nombrado para llevar el caso me convertía, o eso creía yo, en un detective de novela o de serie de televisión inmune a toda clase de peligros, el ‘Starsky’ de Cacabelos.

Sabía que muchas de las palomas que ensuciaban sin cesar los adoquines que componían el suelo de la Plaza Mayor – por aquel entonces aún del Generalísimo – anidaban en lo alto del campanario. De ahí habían salido los tres pichones, ahora sólo quedaba enterarse de cuándo iba a tener Tacho servicio como monaguillo, para lo cual seguí el camino más corto: preguntarle a él directamente. ‘El miércoles’, me respondió; ‘¿y para qué quieres saberlo?’, me inquirió a continuación en un tono casi diríamos que amenazador. Mi respuesta no pudo ser de lo más original: ‘no, por nada, por saberlo’, y me largué de allí antes de que el temible ‘Mangas’ se volviese realmente fiero.

Tacho era monaguillo, no por convicción místico-religiosa, como Miguelín y yo, lo era por simple y puro interés: allí, en la sacristía, disponíamos de un montón de juegos como el ‘Monopoly’, los reunidos de ‘Geyper’, parchís, ajedrez y la gran estrella: una soberbia mesa de ping-pong. Para él y sus secuaces aquello no era más que una sala de juegos en la que pasaban las horas de frío y de lluvia sin dejar jugar a los demás, a los que no pertenecíamos a su ‘selecta’ pandilla. Una auténtica mafia a pequeña escala, vamos. Damián, el cura, no veía, o no quería ver, que todo esto estaba sucediendo en sus dominios. Tacho era un monaguillo de lo más eficiente y punto, no había lugar a ningún tipo de discusión, a ninguna clase de protesta.

Creo que intuí desde el primer momento que Damián sabía de sobra quién había sido el artífice de aquella pequeña masacre, pero decidió, de todos modos, utilizarme para conseguir las pruebas de lo que parecía evidente; o quizás, viéndome tan apocado, tan inútil, en definitiva, me encomendó la misión con la esperanza de que yo obtuviese un estrepitoso fracaso. La gran sorpresa fue que no ocurrió esto último. El miércoles, decidido cual Hercules Poirot, cogí mi cartera de ir a clase, la vacié de cuadernos, libros, estuches y cromos repetidos, y allí metí mi lupa, una linterna, unos prismáticos de juguete y mi grabadora portátil marca ‘Philips’ – último regalo de reyes – para así poder también grabar algún diálogo acusador; a continuación me despedí de mis padres, y me dirigí resuelto hacia la iglesia. Entré sigilosamente, abriendo con sumo cuidado la puerta de la sacristía y sin dejar de tantear el terreno. Por suerte, no había nadie. Repasé todo mi elaboradísimo plan con calma durante unos diez minutos, y sin más dilación encaminé mis pasos hacia la puerta que daba a las escaleras del campanario; una vez allí, subí con cautela abriéndome paso con la luz de la linterna. El hedor era insoportable, estaba todo impregnado de cagadas de paloma. Me preguntaba qué razones impedían a la señora encargada de limpiar y acondicionar la iglesia poder hacer lo propio con aquella empinada escalera de madera bastante carcomida ya. Supuse, enfrascado en mi detectivesco papel, que la banda del ‘Mangas’ no le permitía el acceso al campanario – craso error, ya que, según se pudo saber posteriormente, la pobre no limpiaba allí por miedo a la oscuridad, y también porque había visto ‘Los Pájaros’ de Hitchcock hacía poco, y temía a las ‘salvajes’ palomas que volaban allí a sus anchas -. Cuando llegué por fin a lo alto del campanario, en primer lugar agradecí la presencia de luz natural, y luego busqué un buen rincón en el que esconderme, justo detrás de la campana sin badajo, la ‘campana capada’, como era vulgarmente conocida, la más apartada del acceso a la escalera – no es que la parroquia no dispusiese del dinero para comprar un badajo; lo que ocurría era que el mencionado apéndice de bronce estaba arrestado, condenado a cadena perpetua en el Cuartel Militar de Astorga por haber actuado como lanza justiciera contra un odiado sargento de la Guardia Civil. Se había soltado como por arte de magia, y cayó clavándose materialmente en la espalda del, por aquel entonces, año ’68, jefe local de la benemérita, que murió casi en el acto; hecho que, según cuenta Doña Anuncia, provocó más de un estallido interior de júbilo en muchos de los allí presentes. Como dice la anciana amiga de mi abuela, ‘ese badajo se cayó por el peso de las muchas cornamentas causadas por aquel cabrito de sargento…’ – Mientras esperaba me dediqué a contar el número de palomas y palomos que pululaban por el escenario; llegué a sumar treinta y siete, incluyendo también a los pichones. Transcurrida una media hora, apareció por allí Tacho con su lugarteniente Aníbal, ‘El Peseto’ – apodo heredado de su padre, como era habitual -, para, acto seguido, comenzar a atosigar a las crías que, debido a su corta edad, aún no podían emprender el vuelo de huida.

– Oye, Tacho, ¿cuántos cogemos esta vez? – preguntó Aníbal.

– No sé… cuatro o cinco… ¿Tienes la navaja?

– Sí, además la afilé antes de venir…

Allí estaba yo, escondido, recogiendo en una cinta de audio ‘Tudor’ de sesenta minutos, todo el maquiavélico diálogo entre ‘El Mangas’ y ‘El Peseto’. ¡Los tenía! Ya tenía la evidencia en mi poder, pruebas que, sin duda, me otorgarían la merecida condecoración. Caso resuelto. Esperé pacientemente a que ellos bajasen del campanario con sus presas y, sin más demora, hice yo lo propio a continuación para encaminarme emocionado hacia la casa parroquial, donde entregué a Don Damián la prueba magnetofónica, no sin antes dejar de relatarle personalmente todo lo acontecido entre las campanas de la iglesia de mi pueblo. ‘Buen trabajo, Pedrito’, fue mi única recompensa, pingüe bagaje para lo que yo consideraba como una misión llevada a cabo con toda la profesionalidad y efectividad de un buen investigador privado, de los que salen en las películas y siempre resuelven todos los casos. Me sentí un poco decepcionado; decepción que súbitamente se transformó en pánico aterrador al darme cuenta de que podría haber represalias por parte del ‘Mangas’, que, por cierto, sí que las hubo.

La única medida que nuestro párroco tomó fue la de cesar irremisiblemente a Tacho en sus funciones como monaguillo. No sé cómo, aunque me lo imagino, el torturador asesino de pichones se enteró de lo que él denominó como ‘chivatazo de un pelotillero’. Recibí una buena paliza: ojo derecho amoratado, múltiples hematomas y fisura en una costilla. Yo me defendí, claro que me defendí; cuando ellos se esperaban una reacción por mi parte llena de súplicas salpicadas con mares y mares de lágrimas, se vieron un tanto sorprendidos ante mi encarecida defensa. ¡De eso nada! También pude yo asestarles algún que otro golpe, aunque, lógico, siendo tres contra uno, y además mayores, no había mucho que hacer, la batalla estaba perdida de antemano. Recibí el mensaje, no fui contándole mis penas a nadie, ni a mis padres – para ellos yo me había caído por las escaleras del campanario -, ni a Don Damián… como digo, a nadie, absolutamente a nadie… ni a dios (que, de aquella, aún existía). Tampoco nació en mí interior ningún deseo de venganza personal, que a cada uno ya le llegará su momento cuando más bajo de defensas se encuentre.

Pasadas unas dos semanas, el nido de la pareja de cigüeñas, que ese año había anidado prematuramente encima de la torre del campanario, amaneció destrozado en medio de la Plaza Mayor. Unos meses después, el gato del cura, que respondía por Moisés, fue hallado muerto en la higuera que crecía frente a la casa parroquial, con la particularidad de que estaba colgado boca abajo, atado a una cuerda por el rabo y con un perdigonazo en cada ojo. Y yo, tan tranquilo, recuperándome de mis contusiones y jugando al tenis de mesa con Miguelín. Había aprendido la lección de puta madre.

Todos sabíamos con certeza que el autor material de ambos atentados había sido el temible ‘Mangas’, pero nadie tomó las medidas oportunas; no hubo ninguna represalia… ‘Mejor no meneallo’, que decía siempre Don Damián.

En mi primer día de clase en el Instituto, al entrar en el aula, me topé de bruces con Tacho y sus acémilas. Como se suele decir en estos casos, los tenía en la garganta. No me esperaba aquel encuentro; ¿qué coño hacían aquellos cuatro en mi clase…? Qué iban a hacer, aparte de estar matriculados en 1º de BUP por tercer año consecutivo. ‘Mirad a quién tenemos aquí; si es Pedrito, El Carretón’, vocifero Tacho dirigiéndose triunfal a sus matones. No contesté, seguí caminando como si tal cosa hasta sentarme en uno de los pupitres que aún no estaban ocupados. Me siguieron. ‘¿Te acuerdas de cuando éramos monaguillos con Don Damián?’, me preguntó en un tono casi conciliador. ‘Sí, claro’, contesté yo lo más serio que pude, intentando no mostrar lo acojonado que estaba; (me veía otra vez cubierto de moretones y con algún hueso roto.) ‘Así que estás en mi clase, ¿no?’, seguía insistiendo. ‘Sí’, yo sólo utilizaba monosílabos, que no era menester despertar a la fiera. ‘De puta madre, tío’, me dijo a la vez que estiró su brazo derecho para ofrecerme su mano, la cual yo estreché sintiendo al mismo tiempo el natural alivio que ese simple acto suponía para mi integridad física y moral. ¿Por qué? Siempre me he hecho esa pregunta; ¿por qué me ofrecía su inmunidad…? Mi única explicación se remontaba a la pelea de cuatro años atrás. Pienso que, al defenderme sin caer en ningún momento en la autohumillación, me gané su respeto, ya que él estaba acostumbrado, desde preescolar, a intimidar a otros niños, obteniendo como única respuesta llantos y súplicas, ‘placer’ que yo no le había proporcionado.

En la actualidad, no sé, pero tengo un cariño especial por Anastasio. En el Instituto siempre me protegió contra toda violencia tanto verbal como físicamente amenazadora, porque yo seguía siendo un auténtico alelado, sin duda, pero alelado con bula.

Siempre que voy a Cacabelos me tomo un par de vinos con él, le invito a tabaco, e intento hablar con él tratando de reencontrar la coherencia perdida en un oscuro rincón de su cerebro. Hace ya tres años se pasó de tripis y se quedó anclado desde ese instante en su particular mundo. Vive solo, en la puta indigencia; no le queda ya ningún amigo, con lo que se conforma con conversar consigo mismo. Al verme y, sobre todo, al reconocerme, para lo que siempre necesita al menos una media hora, se alegra, cambia la expresión hierática de su rostro… Puede que sólo sea porque le doy algunos cigarrillos, o alguna que otra moneda rubia para que se tome algún vino, pero a mí me gusta pensar que lo hace porque me considera su amigo, el que lo delató hace ya casi doce años cuando él sólo pretendía divertirse, de una forma macabra, eso hay que reconocerlo, pero divertirse a secas…

Ahora estoy aquí, en mi pueblo de nuevo para pasar otras insulsas Navidades. Acabo de tomar unos vinos con Anastasio, el antiguo rey de los hunos de Cacabelos, por esa, entre otras razones, me he acordado de mi primera investigación. También he terminado de resolver, aunque sin aclararlo por completo, mi segundo caso como detective, como investigador privado autogestionado por mi mismo. ¿Que cuáles son mis sensaciones en estos momentos…? No tengo ni puta idea, pero me da igual, todo me da ya igual. Creer o no creer, ese es mi dilema. Sólo puedo decir que en estos días estoy releyendo ‘Midnight’s Children’, la obra maestra del Salman Rushdie. Es una auténtica delicia, sobre todo ahora que he podido recuperar la hoja que yo ni siquiera sabía que estaba perdida por el mundo, como el típico mensaje dentro de una botella, que cantaría ese ex-policía que responde por ‘aguijón’. Tampoco puedo dejar de pensar en el pobre Salman, en como, sin él comerlo ni beberlo, tan solo por dejar volar su imaginación, mezclada convenientemente con una cierta dosis de autobiografía, se encuentra condenado a muerte desde 1989, año en que el imam Jomeini lanzó su terrible ‘fatwa’ (decreto religioso); por culpa de unos fanáticos integristas que sólo se rigen por los dictados del Corán, ahora Salman se esconde por miedo, por el instinto de supervivencia que a todos nos protege… … También recuerdo a mi amigo Javi; aunque la experiencia pueda llegar a conseguir que yo llegue a mirarlo con otros ojos, nunca podré dejar de recordar los momentos vividos a su lado. Al menos conmigo si supo ser un gran amigo…

Ya no soy Starsky, más podría buscar la similitud con el agente Mulder, que la historia de Ingrid, la de Javi, ¿la de los dos conjuntamente? bien podrían pasar a engordar los archivos secretos de los expedientes X que nuestro amigo del FBI investiga semana tras semana en la pantalla amiga.”

… DE LA VIDA XXXIV…

XXXIV.

Como todos los años, el quince de noviembre estaba reservado, era una fecha marcada para siempre en el calendario interior de Pedro. Había ido a su pueblo a visitar a Simón, a hacerle el correspondiente resumen de los acontecimientos del año transcurrido a su viejo amigo.

Allí estaba la madre de su amigo, en el cementerio, colocando un gran ramo de rosas rojas sobre la tumba de su añorado hijo, repitiendo automáticamente cada movimiento que, con el riguroso luto que aún la vestía, parecía, cada año, una nueva toma del mismo plano. Sólo su pelo, poblado ya de canas, y las arrugas que inundaban su cara delataban el paso del tiempo – quince años, cinco mil trescientos setenta y cinco largos e interminables días para una mujer cuyo único hijo se había muerto habiendo cumplido tan sólo seis primaveras -. No tuvo más hijos. Su marido se vio obligado a abandonarla, por pura y dura extenuación – no soportaba ni por un minuto más vivir en un mar de continuo sufrimiento huracanado -. Sólo Simón, el eterno niño preso de por vida en su memoria, la anudaba a la barandilla del puente que, en su caso, separa la vida de la nada.

– Buenas tardes, señora Rosalía.

– Buenas tardes – Ella alza la vista y ve a Pedro de pie, a su lado, tranquilo, con las manos en los bolsillos – ¡Mira Simón, ha venido tu amigo Pedro a verte!

– Sí, claro. Ya sabe que nunca falto a la cita con Simón.

Doña Rosalía se lo queda mirando durante un largo instante, luego se acerca a él y le acaricia el pelo.

– Vaya grande y guapo que estás. Son veintiún años ya, ¿no?

– Si, señora, cumplidos el trece de julio.

– Ya… El de Simón es del dos de febrero… ¿Recuerdas la fiesta de cumpleaños?

Pedro asiente con un gesto. No pretende tirar mucho de la cuerda, y sigue escuchando.

– Estaban también Miguelín, el de “La Frasia”, y aquella niña tan mona… ¿Cómo se llamaba…? Si, hombre, la hija de aquellos que tenían una droguería en la plaza, que habían venido de Foz.

– Merceditas, era Merceditas. Mucho nos metimos con ella aquel día.

– ¿Qué será de ella? Se fueron hace ya nueve años, creo que a Vigo… No sé, no lo recuerdo con exactitud.

Rosalía, como tenía por costumbre cada quince de noviembre, cambió la foto de su hijo, colocada allí en medio de la cruz que presidía la tumba. Abrió el portarretratos de cristal, sacó la descolorida imagen de su retoño, y puso allí una nueva copia de la misma imagen, exactamente igual: el Peter Pan de Cacabelos. Dio un beso muy sonoro a su pequeño hijo, limpió cuidadosamente la marca de sus labios impresa sobre el papel fotográfico, y se despidió de los dos amigos.

– Bueno, os dejo, que así podéis hablar a gusto.

Anochecía con toda la rapidez del otoño. Un cementerio siempre resulta un lugar siniestro: los cipreses que hacen guardia, en fila de a uno, frente a cada sepulcro, el ruidoso crujir de huesos que se van resquebrajando, junto con ese perenne silbido fruto de la gula de miles y miles de gusanos que intentan abrirse paso entre carne putrefacta, pueden provocar pánico al más pintado. Pero Pedro ni se entera. Sigue contándole sus cosas al amigo perdido, mezcla de papel Kodak de Luxe y de losa de mármol granítico. Este último año ha sido especialmente duro.

– Tú que eres amigo de la muerte…Bueno, igual eso suena un poco fuerte, así como a legionario o algo parecido. Me refiero a que, ya que estás en una situación totalmente desconocida para una persona con vida, pues eso, que podías ayudar a mi amigo Javi, para que aguante, para que sobreviva. No creo en fantasmas, y eso que me da la impresión de que me gustaría poder hablar con uno, con el tuyo, con el de mi abuela Dolores… No sé… Tampoco creo que exista una especie de vida después de la muerte… Claro, ahora te preguntarás qué coño hago aquí, hablando solo delante de tu tumba. No sé explicarlo bien, sencillamente crecemos y nos vamos haciendo más y más complejos. Y eso que yo no soy de los mas raros. Ahí tienes a Ingrid, por ejemplo. Ya ves, ahora me siento algo ridículo. Casi es ya noche cerrada y sigo aquí, solo y sin notar aún la más mínima sensación de miedo… ¿O sí? Tengo que despedirme ya, amigo. Vuelvo dentro de un año. ¡Ah! Y no te cortes, si quieres presentarte como aparición fantasmagórica ante mi, no lo dudes ni un instante… Recuerda que todavía me debes unas cuantas canicas.

Y se va caminando despacio sin dejar de mirar al frente, a ese portón metálico que separa a los vivos de los muertos. Decide, mientras, fumarse un cigarrillo porque el miedo empieza a acelerar su ritmo cardíaco. Piensa que quizá no tenía que haber animado a su amigo a convertirse en fantasma, y más aún cuando se da cuenta de que, claro, no dejaría de ser un ánima de seis años. “Sería algo así como Tom Hanks en ‘Big’, sólo que al contrario… Supongo”. De esta forma apura sus últimos pasos, que ya denotan algo más de prisa, hasta empujar el portón y salir del camposanto. Una vez a salvo, da un fuerte resoplido de alivio, y controla con suma avidez que, de puertas afuera, todo sigue en su sitio: la fábrica de cementos en frente, coches que pasan en dirección a Quilós, Canedo o Vega de Espinareda…

A mi que me incineren, y que tiren mis cenizas donde les salga de los cojones”, se dice a sí mismo.

Al día siguiente regresa a Oviedo y, como siempre que viene del pueblo, llega cargado de viandas típicas de la tierra: chorizos, botillos, jamón, y conservas caseras de pimientos, castañas, y cerezas en aguardiente, que, entre los cuatro del piso, no suelen durar más de una semana. Esa misma noche se beberán todo el aguardiente y se comerán también las ricas cerezas, impregnadas de buen orujo hasta el mismísimo hueso; ya aniquilarán medio jamón, así como cinco o seis chorizos. Si sus padres supieran de este consentido y compartido saqueo, no se esforzarían tanto en preparar todos esos manjares para tener bien alimentado a su vástago.

Cargado como una mula, se dirige hacia la salida de la estación de autobuses. Se para cada seis o siete pasos para ir cambiando los paquetes de mano, y así compensar, de alguna manera, tamaño peso. Se va imaginando las caras de hambrienta alegría de estudiantes-en-piso que el contenido de los paquetes provocará en los demás.

Llega hasta el portal del número 36 de Fray Ceferino, posa en el suelo los bultos, y busca las llaves en el bolsillo de su pantalón. Gira su cabeza para tocar el timbre ya que no puede dar con las malditas llaves, y entonces ve, pegada en el cristal de la puerta, una esquela. Centra su vista lo más que puede, al no contar con la inestimable ayuda de sus gafas o de sus lentillas, y lee, bajo la jodida cruz de siempre, el nombre y los apellidos de su amigo: Javier Antonio Carril García. “Me cago en dios, ¡¡NO!!”. Su amigo Simón no debía ser muy amigo de la Vieja Dama. Lógico, con seis años sólo quieres tener amigos de tu edad.

… DE LA VIDA XVIII…

XVIII.

Pedro estaba a punto de cumplir seis años. Ya estaba en primero de E.G.B., en clase de Don José Tejeiro, maestro por imposición institucional desde el año 41. Se pasaban los primeros diez minutos de la mañana rezando y cantando, a continuación, el “Cara al Sol”, himno entre los himnos durante los años oscuros del franquismo. Los castigos eran ejemplares, aunque a Pedro todavía no le había tocado sentir el dolor que producían los latigazos propinados con una vara de mimbre, perfectamente lijada, en las yemas de sus dedos. Era de los pocos elegidos que podían presumir de esa suerte. Entre los pelotas agraciados, también se encontraba su amigo Simón. Los dos, después de clase, solían jugar a la peonza o a las canicas en buena armonía, sin enfadarse nunca.

Un buen día, Simón no apareció por la escuela. Llegó Don José muy apesadumbrado; no rezaron ni cantaron el himno fascista de rigor. Hubo un momento de silencio que a todos pareció eterno. Todos los niños permanecían inmóviles en sus asientos, callados y notando en el ambiente que algo extraño sucedía.

“Queridos niños, hoy es un día muy triste para mí, para todos vosotros, para el pueblo de Cacabelos en general. Vuestro compañero Simón ha muerto. Ayer se cayó al río desde el puente y se ahogó. Nadie vio cómo sucedió, nadie pudo hacer nada por él… Vamos a rezar un Avemaría y un Padrenuestro por el alma de nuestro querido Simón. Por la tarde no habrá clase, iremos desde el colegio, en formación solemne, hasta la iglesia para posteriormente asistir a la ceremonia religiosa que se oficiará por el alma del pobre Simón. Acto seguido, nos dirigiremos al cementerio para así rendir un último homenaje a nuestro compañero y amigo. Hoy es un día de luto para todos nosotros. Recemos”. De uno de los ojos del anciano maestro, brotó una lágrima que resbaló despacio, muy despacio, por su mejilla hasta morir rebotada contra el borde de su mesa.

Pedro ya había oído con anterioridad la palabra “muerte”, pero esa era la primera vez que sentía cómo esa maldita palabra se contextualizaba.

“¿Qué ocurre, que Simón no va a volver nunca más a clase? ¿No voy a poder jugar más con él? Jolines, si aún me debe tres canicas que le gané la semana pasada…”. Pedro sintió un enorme vacío en sus entrañas. La clase estaba llena de niños, cada uno de ellos ocupando su puesto habitual. Sólo había un pupitre, con su correspondiente silla plegada, desierto. Pedro permanecía justo al lado de ese pupitre, observando atentamente el vacío, recibiendo la primera impresión de la muerte, como una certera pedrada, en todo su pequeño ser.

Desde hace dieciocho años, Pedro nunca falta a la cita con su amigo Simón. El día quince de noviembre se lo había reservado a él. Iba al cementerio, contemplaba la foto de su amigo – “¿cómo serías ahora? ¿Seguiríamos siendo amigos?” -, y le contaba sus historias durante un buen rato para, al final, despedirse, como siempre, hasta el año próximo.

Muerte, siempre acechando y dejando muescas a nuestro paso. Ahora volvía Pedro a sentir cercano el aliento de la dama de la guadaña, demasiado cercano, empañando los cristales de su ventana… Pero esta vez era distinto, quizá esta vez existía algún tipo de justificación.