… DE LA VIDA XXV…

XXV.

La habitación de Pedro se había convertido en un mini-estadio. Quince personas comentaban los primeros lances del encuentro. Pronto serían catorce: Fernando se iba, no se consideraba emocionalmente preparado para soportar dos horas entre semejante jauría. Pedro lo acompañó hasta la puerta.

– Te veo en clase mañana.

– Sí, claro, a las cuatro en Literatura Norteamericana.

– Y luego nos vamos a tomar algo, que no he podido explicarte bien toda la historia, mi dilema, y, como puedes ver, ahora no es el momento.

– Ya… Ya veo que esto se anima mucho cuando hay fútbol.

– Bueno, no te creas, no siempre, sólo en partidos importantes.

– Anda, vete a ver el fútbol, que por lo que están chillando debe suceder algo relevante. Nada, lo dicho, ¡hasta mañana!

– Hasta mañana… Oye, Fernando.

– ¿Sí?

– Gracias por traerme los libros…  y por escucharme.

– Ha sido un placer, aunque la verdad es que aún no me enteré muy bien de lo que te preocupa.

– Ya. Bueno, mañana hablamos, ¿vale?

– Vale.

Mientras espera el ascensor, Fernando recupera la sensación de euforia con la que unas horas antes se encaminaba hacia el piso de su – ahora ya podía denominarlo así – amigo. Al día siguiente irían los dos solos a tomar una cerveza; ¡qué privilegio! Iba a subir un escalón, de compañero de clase a gente de confianza, de observarlo calladamente desde una esquina de la vida, a disfrutar del placer de su compañía… No se podía pedir más, el destino había jugado a su favor.

Entretanto, Pedro aún no había tenido la oportunidad de dar un resultado para la porra; por eso, cuando regresó a su cubículo, todos los demás comenzaron a atosigarlo para que de una puta vez eligiese un marcador final, que sólo faltaba él, que el partido llevaba diez minutos jugándose.

– Pues… No sé, un dos a cero.

– No, no puede ser, ese lo escogió Edu.

– Tres – uno, entonces.

– Nada, ese también está, es de Carlos.

– Joder, ¡qué es, que no me habéis dejado ninguno decente?

– A ver: Empate a uno, a dos, uno – cero…

– Pues venga, para que comerse más el tarro, pon un cuatro a cero a favor del Barça.

– Apuntado queda. Pedro, cuatro – cero. Coño, lo vas a tener jodido…

Pedro deposita sus correspondientes quinientas pesetas en el bote común justo en el preciso instante en que Romario anota el primer gol en el marcador para el equipo blaugrana. Griterío generalizado entre la fiel hinchada que se concentra en los quince metros cuadrados de la habitación de Pedro, a poco más de metro cuadrado por persona.

Le apetece fumarse un porro, y para hacérselo coge de la mesa de estudio una cajita de latón que en sus tiempos contuvo caramelos de viaje; saca de su interior la piedra de costo, y luego, con su mechero de gasolina, quema una esquina para poder separar un buen trozo, sin escatimar en la cantidad, con la ayuda de las uñas del dedo gordo y del índice de su mano diestra. Del librillo rojo de papel de liar obtiene los dos que necesita para hacerse un buen peta, de los llamados “eles” por la forma en que queda el continente al pegar el uno con el otro. A partir de ese instante, hay que esperar unos cinco minutos, más ó menos, para que estén bien unidos. En ese intervalo, Pedro repite, de una manera casi automática, el ritual de la mezcla de los ingredientes que configuran el contenido, formado, en este caso, por una buena china bien quemada y el tabaco extraído de un cigarrillo y medio. La boquilla, hecha con un trozo de uno de los pitillos, reposa, por el momento, sobre el lóbulo de su oreja derecha. Se ha sentado en una esquina, discretamente, alejándose física y mentalmente del partido, así como de la algarabía que éste por momentos provoca en los allí presentes. Cae el segundo gol, Stoitchkov, mientras Pedro se dispone a encender el porro. Unas caladas después, y empieza a notar la relajación que produce el efecto del hachís. Lo pasa, acto seguido, para que los que quieran de los demás fumen de él en perfecta y ceremoniosa armonía.

Finaliza el primer tiempo; se hace cola para ir a mear al baño y, cómo no, también ante la nevera para apropiarse de una o varias cervezas. Pedro no se mueve, no habla, sólo medita alucinado sin poder centrarse en lógicos razonamientos. Los demás van ocupando sus respectivas posiciones para disfrutar de la segunda parte del evento deportivo. De repente, Pedro resucita cuando alguien se dirige a él.

– Oye, Pedro, este tío de la foto, ¿qué eres, tú?

 Pedro gira lo justo su cuello para ver de nuevo la foto; otra vez la fotografía de marras.

– Sí, era yo, pero un yo con dieciséis tacos.

– ¡Joder, mirad que pinta que tenía el colega!

Comentario festivo-jocoso que provoca risas generalizadas ante la visión de aquel ñoño ser que había quedado atrapado en aquel acartonado papel. Pedro ni se inmuta, es más, incluso sonríe ante la retahíla de bromas que se encadenan una tras otra debido al imparable efecto dominó.

– Pues anda que la churri… ¡Vaya cómo está la churri!

– ¡A ver? ¡Hostias, está buenísima! A ésta sí que le echaba yo un buen par de polvos… y sin sacarla.

Como activado por un invisible resorte, Pedro se incorpora, lanza una mirada aniquiladora a Juanjo, el que ha osado hacer semejante comentario, cierra con fuerza su puño derecho, y se dispone a asestarle un buen puñetazo en toda la cara. Se hace un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el comentarista de televisión, que todavía analiza las jugadas más interesantes del primer periodo. A mitad de camino, bajo las atónitas miradas de Juanjo y del resto, Pedro frena en seco. Acababa de cruzarse con su abuela Dolores que, desde su posición en la pared, parecía decirle con su serena mirada: “Mantén la calma, hijo, mantén la calma”.

– Lo siento, tíos. Hoy estoy un poco nervioso; no sé qué coño me pasa…

Y en ese instante decide, aunque ya eran casi las nueve y media de la noche, visitar a Javi, ir al hospital para verlo, para hablarle. No se enterará hasta que regrese a casa, a eso de la una, de que ha ganado la porra.

… DE LA VIDA XIX…

XIX.

Al ver que los invitados comenzaban a irse para sus respectivos hogares, Ingrid y Pedro se unieron al gran grupo, que aún conservaba intacto el ánimo ya que la gente perseveraba y seguía entonando variados cánticos, con la única excusa de prolongar la fiesta, que luego ya vendría la rutina propia de cada una de las moradas.

Pedro no se separaba de Ingrid. Sentía cierto pánico al momento en que tuviese que enfrentarse a sus padres. Podía verlos sentados en una mesa al fondo, charlando animadamente con sus tíos Martín y Laura. Eso podía ser una buena señal, que, de momento, aliviaba un poco la ansiedad que acababa de nacer en Pedro. Miró a los ojos a su nueva amiga y ella le contestó con una sonrisa graciosa, acompañada de un guiño de su ojo derecho. No pasaba nada, todo iba sobre ruedas, al menos hasta ese instante.

– Sonreíd, que va una foto. ¡Pataaaata!

Y ambos semi-posaron para una instantánea, obsequio del primo Jose, que, al final, no había podido ligarse a ninguna chica – la rubia se le había escapado viva -, y ahora se divertía, en su borrachera, sacando fotos con su cámara ‘made in Taiwan’ a todo el mundo. Será la única fotografía que Pedro tendrá de Ingrid… aunque no por mucho tiempo.

– Oye, Pedro, vete a avisar a los tíos, que os hago una foto de familia.

– No, no, yo paso, que ya hicimos una en la iglesia con los novios.

Volvía el pánico a asomarse a través de los cristalinos ojos de Pedro. No soportaba la amarga sensación que le producía la cercana presencia de la misma vida de siempre: de regreso a casa con sus padres, y a capear el temporal como buenamente pudiese. El tiempo comenzaba a correr demasiado aprisa.

– Pedro.

– ¿Sí?

– Voy a darte mis señas y mi número de teléfono, que mis padres me están avisando de que ya nos tenemos que ir. Toma, si quieres me escribes, y si no, pues también lo haces. No me seas vago, ¿vale?

– ¡Ah! Gracias. Espera, que yo también te voy a escribir mi dirección y mi teléfono… Así que vives en Madrid.

– Si, ya ves. Trasladaron a mi padre allí hace seis años, y no me queda otro remedio que estar en esa puta ciudad; pero en cuanto pueda me iré lejos… No sé, a estudiar a cualquier otro sitio, puede que al fin del mundo, o del Universo, quién sabe…

– Yo también me iré a estudiar fuera, probablemente a León, que me queda más cerca de casa. Bueno, yo qué sé. Ya veremos.

– Ya… Voy a despedirme de mi primo Jesús, a hacer un poco la típica escena hipócrita con toda la familia y toda la mierda de siempre. ¡Cómo lo odio, JODER!

– Anda, eres prima de Jesús; pues yo soy primo de Natalia, su desde hoy esposa. Vaya una coincidencia.

– Entonces, esa circunstancia nos convierte en primos… de primos, ¿no?

– Pues igual sí, supongo.

Pedro no había captado ni por asomo la ironía que Ingrid acababa de lanzar al aire, tan sólo se concentraba en anotar su dirección con letra clara y legible.

El cerco enemigo se iba cerrando más y más sobre la trinchera de Pedro. Pocas personas revoloteaban aún por la escena, la inmensa mayoría había abandonado ya las tablas, unos para largarse, y otros para dormitar los distintos grados de intoxicación etílica, con la esperanza de que no hubiese policía de tráfico en el trayecto de vuelta que les hiciese soplar por el alcoholímetro, “bendito” aparato.

Su padre, Aurelio, no cesaba de enviar flechas desde el arco de su mirada, que partían certeras hacia la diana, pero sin que ninguna hubiese hecho aún blanco en las retinas de su retoño. Pedro no había hecho todavía el suficiente acopio de valor como para dirigir su mirada abiertamente hacia la zona del salón en la que estaban ubicados sus padres. Ingrid se iba a marchar ya, y se quedaría como Gary Cooper, solo ante el peligro. Sus únicas alternativas consistían en contar las balas que le quedaban, ajustar bien el revólver en la cartuchera y, sobre todo, no perder de vista al enemigo, controlar cada uno de los movimientos estratégicos de los forajidos Aurelio y Angustias, la temible banda de la doble A.