… DE LA VIDA LV…

LV.

Madrid, la capital del reino, una ciudad plagada de seres solitarios que casi siempre viven y padecen con prisa. Pedro en tan sólo dos días se movía ya en perfecta simbiosis con el ritmo de la gran urbe: visitas a museos – El Reina Sofía y la Galería Thyssen -, algo de cine en versión original, opción que en Oviedo se antojaba realmente utópica, y ‘Riff – Raff’ de Ken Loach suponía una buena alternativa para saciar su ansia de cine sin adulterar y su espíritu proletario al mismo tiempo, no porque fuese un trabajador, sino por afinidad ideológico-revolucionaria de salón, que se diría…

Pedro sentía cierta necesidad de entretenerse para que los nombres de Javi e Ingrid en la lista de 3er curso dejasen de revolotear estruendosamente entre sus conexiones neuronales, sin dejar de mencionar, por otra parte, el extraño mensaje “rushdiano”; sin embargo, la contradicción que rige nuestro devenir obligó a Pedro a realizar la visita prometida a casa de los padres de Ingrid. “¡Qué sensación más rara…! Es como alguien desconocido para mí; no noto su presencia en mi interior como antes…”, pensó Pedro antes de emprender camino hacia su destino inmediato: los padres y hermano de la supuesta extraña. No consideraba esa visita ya como parte de su investigación, que esos menesteres agonizaban en el limbo de su hipotálamo, aunque sí que había algo de morbosa curiosidad por saber qué cojones la habría impulsado a desaparecer de la vista de sus seres queridos.

Lo que en aquella casa pudo ver y comprobar personalmente, con sus cinco sentidos, tan sólo pudo provocarle una especie de mueca parecida a una sonrisa, que Pedro mantuvo inconscientemente durante todo el trayecto de vuelta a Oviedo. No había el menor rastro de Ingrid. Sole, la madre, le había enseñado a Pedro la habitación de Ingrid, y en su interior no había nada de nada, ni una sola de sus pertenencias, ni una mísera foto, ni una carta, ni tan siquiera un par de bragas… nada, vacía de contenido humano, carente de años y años de vida en sus entrañas… impersonal, a secas. Lo único que Sole había podido encontrar era una nota que reposaba sobre la cama de Ingrid; nota construida con letras de distintos tamaños recortadas de periódicos y revistas, como las utilizadas por los secuestradores en las películas de cine negro; el mensaje: ‘Tan sólo me defendí’, y al pie un nombre, Sara Balabán. Soledad estaba al borde de la histeria; “… pero, ¿tú sabes quién es esa Sara no-sé-qué?”, le  preguntó la madre de Ingrid a Pedro para ver si éste sabía algo que pudiese aclarar aquel embrollo. “No, ni idea”, respondió Pedro, tan alucinado como su interlocutora, y era verdad: era la primera vez en toda su vida que oía ese nombre de mujer. Pedro apuntó ese nombre para poder indagar más adelante sobre la identidad de la tal Balabán; misión imposible: no pudo encontrar nada, no existía nadie famoso o conocido que respondiese por semejante nombre; la conclusión a la que llegó Pedro fue que Sara Balabán sería un seudónimo que adoptó Ingrid para despistar… pero, ¿por qué?

Erik le contó, una vez que Soledad se había retirado a su cuarto ahogada entre profundos sollozos, que su hermana había desaparecido entre las doce menos cuarto de la noche de un domingo y las ocho y media de la madrugada del lunes siguiente, y que se había pasado todo ese fin de semana de juerga por ahí sin dar señales de vida en casa. “Una pena, porque además ese mismo lunes tenía una entrevista de trabajo en un banco”, dijo Erik muy serio, embargado por la emoción que le provocaba el haber “perdido” así a su propia hermana. Pedro sólo hizo una pregunta a Erik: “¿no sabes dónde pasó Ingrid ese fin de semana?”. “No, nadie lo sabe… sólo ella”, fue la decepcionante respuesta de Erik. Decepcionante porque no aclaraba las cosas ni en un sentido ni en el contrario. Sólo un dato era válido: ese fin de semana oscuro de Ingrid coincidía con la fecha en la que Javi había sido salvajemente atropellado por un Ford Fiesta de color rojo. Por lo demás, no había – aparte de haber estudiado juntos en el mismo instituto – ningún otro punto de unión entre ellos…

A Ingrid se la había tragado la tierra junto con todas sus pertenencias, como si nunca hubiese nacido… Ingrid Zamudio como George Bailey en ‘Qué Bello es Vivir’. Probablemente se encontraría en Pottersville, perdida entre sus cambiadas calles y sin que ninguno de los que habían compartido con ella un pedazo de vida la pudiese reconocer, mientras todos nosotros seguíamos viviendo en Bedford Falls, manteniendo íntegro el espíritu de la eterna e hipócrita Navidad… ¿o sería al revés? La estamos buscando desde Pottersville mientras ella vive ‘feliz’ en la dimensión Bedford Falls. Hipótesis, nada más que putas hipótesis. Pedro le estuvo dando vueltas a esta idea, trasladando toda la moralina de esa película a su mundo particular – incluso comenzaba a recordar a Ingrid con la cara del bueno de James Stewart – mientras conducía el coche de su amigo Fernando por la N-VI de regreso al hogar, dulce y almibarado hogar. Tratando de vencerle la batalla al sueño, no paraba de elaborar teorías de lo más disparatadas con las que luego se autorregocijaba; teorías que seguían tomando como referente la citada película navideña del ‘siempre americanísimo’ Frank Capra. “Cada vez que suena una campana, un ángel acaba de ganarse sus alas”, decía Clarence Oddboddy, A. S. 2 (ángel de segunda clase), el ángel sin alas que salva a George Bailey del suicidio; “No, no, no… Eso suena como muy simple, ¿no? Mejor sería: cada vez que alguien muere atropellado por un coche, un ángel consigue sus alas… pero, ¿para qué coño las quiere?”; la obsesión comparativa entre realidad cinematográfica y realidad a secas hacía divagar en exceso a Pedro. Pedro es de los que siempre comenta: “Vaya cursilada de película” para acabar luego, como todos (bueno, casi todos), viéndola en televisión una Navidad tras otra, pero ‘viéndola’ con los cinco sentidos en acción y dejándose, como todos… los sensibles, embargar por la emoción que desprende la terrible y mentirosa humanidad del feliz final.

El sueño iba ganando a Pedro en la prórroga, y no le quedó otro remedio que pararse a tomar un café bien cargado para no dormirse al volante, alucinado por la mezcla explosiva entre Jimmy Zamudio e Ingrid Stewart. Cada sorbo de café, junto con el humo que recorre veloz todo su sistema respiratorio hasta quedar impregnado en los alvéolos pulmonares, estimulan su imaginación más aún si cabe, ya que de pie, en la barra de un impersonal bar de carretera, solo y sin poder entablar conversación con nadie, lo único que le queda en ese momento son sus propias elucubraciones. Ahora se ha adentrado en una profunda conclusión sobre todo lo que ha sucedido en las últimas siete semanas: “Ingrid era un ángel, una aparición, de eso estoy casi seguro. Víctor y los demás la habían violado, (¡vaya atrevimiento violar a un ángel!). Todo lo demás está constituido por una parte de venganza, según llevaba ella tatuado en la parte derecha de su culo, y otra parte de viaje mítico en pos de sus esperadas alas… pero, ¿qué cojones son las alas…? ¿Qué representan…? No tengo ni puta idea. Aún hay algo para lo que no soy capaz de encontrar ningún tipo de explicación: ¿por qué Javi? ¿Por qué no atropelló a cualquier otro ‘pringao’ para conseguir su hipotética redención? No sé… ella dice que sólo se defendía; y luego ese alias tan raro que le ha dado por utilizar… Paso, paso ya de todo; no me voy a comer más la cabeza por culpa de este puto rollo; además, nada tiene lógica… ¡vaya una puta mierda de conclusiones…! Estamos como para viajar desde Capra hasta Rushdie, con escala en Sara Balabán. ¿Y quién hostias es esa Sara Balabán? Seguro que no he acertado nada. Desisto, no me lo están poniendo nada fácil; y, además, no he nacido para ser detective… si acaso, mezcla de detective y poeta, como el inefable Adam Dalgleish.”

… DE LA VIDA LI…

LI.

Por fin Pedro había regresado de su particular Itaca. Seis días habían transcurrido: dos en Palencia, luego cuatro en Madrid… y sin haber podido aclarar nada, al menos materialmente. Nada tangible que llevarse al subconsciente, excepto una nota extraña que Ingrid había dejado como “testamento de despedida” y el comienzo de “Midnight’s Children” del perseguido Salman Rushdie en forma de hoja arrancada de un libro. Sólo la imaginación permitía elucubraciones un tanto hipotéticas y carentes de todo rigor científico; dicho de otra forma, si tuviese lugar un juicio no habría ni una sola prueba efectiva, tan sólo divagaciones, testimonios claramente subjetivos que podrían llevarnos de un lado a otro sin llegar jamás a una solución definitiva.

Fernando estaba ya al borde de la histeria; no tenía noticias sobre las andanzas de su amigo desde aquella llamada telefónica recibida desde Palencia, por eso reaccionó de una manera harto violenta cuando Pedro llamó para decir que ya estaba de vuelta en casa, que cuándo podía pasar a devolverle el coche, aunque, casi instantáneamente, Fernando dejó paso a la alegría, euforia que mataba de un plumazo la anterior preocupación: el hombre del que estaba enamorado, el oasis de su monotonía, estaba bien, no le había ocurrido ninguna desgracia.

Pedro había tenido la delicadeza de parar en un taller de León para que arreglasen el piloto trasero del coche, que sentía la necesidad obligada de entregar el coche tal y como se lo habían prestado, aunque sí que con unos cuantos kilómetros más bajo sus ruedas. Pero este detalle era de lo más nimio, a Fernando le traía sin cuidado… Preocupación que se transforma en súbita alegría, alegría que se va combinando con la intriga de adentrarse cuanto antes en la aventura de la curiosidad por saber qué había podido aclarar Pedro sobre la muerte de Javi.

– Pues ya ves, tío; tanto viaje, tanto rollo, para encontrarme sólo con contradicciones y más contradicciones. – Pedro parecía cansado, no muy dispuesto a contar en detalle todo lo que, en principio, parecía haber descubierto.

– Venga, relájate de una puta vez. Siéntate a tomar el café con tranquilidad, y me vas contando todo… pero por orden, ¡eh?, que si no, no me voy a enterar… Bueno, si te apetece, claro; porque yo…

– Sí, creo que será lo mejor. Además, puede que tú llegues a alguna conclusión lógica, porque lo que es yo… – Pedro apura el último sorbo de su café cortado, y se dispone a soltar su monólogo ante los atentos oídos del impaciente Fernando – Lo del desguace de Palencia me lo salto, que ya te lo conté.

– Sí, sí, lo del accidente de aquellos tres tíos; ayer, cuando me llamaste.

– Efectivamente. Pues luego me fui a Madrid… Los tres fallecidos en el accidente eran unos tíos de Madrid, y allí tendría que encontrar algún indicio… Joder, yo estoy cada vez más seguro de que ése fue el coche que atropelló a Javi, y resulta que el maldito coche de los cojones llevaba ya una gran temporada en aquel taller, como un puto acordeón… A lo que iba; yo había apuntado los nombres de esos tres tíos del Ford Fiesta: Víctor, Antonio y José Antonio – Pedro omite algunos detalles conscientemente, como el encontrar la hoja del libro de Salman Rushdie, ‘Midnight’s Children’, sin otra intención que la de no implicarse, al menos de forma material, en los hechos acaecidos, que, por lo que de macabros tienen, no deben, de ninguna manera, ramificarse hasta llegar a él mismo -… El coche pertenecía al primero de ellos, Víctor, con lo que desde entonces dirigí mis pesquisas hacia él. En Madrid iba a ser muy difícil encontrarlo, pero yo no me iba a rendir a las primeras de cambio. Compré un plano-guía de Madrid para poder moverme con un poco de soltura, y sin tener que estar preguntando a alguien cada dos por tres; luego llamé a Ingrid a su casa, no sin antes habérmelo pensado bien, concienzudamente… no sabía si estaba preparado para enfrentarme a ella, pero necesitaba ayuda y, bien pensado, ella podría aclarármelo todo… o nada. Lo que ocurrió fue muy extraño: me contestó su madre y, al preguntar por ella, se echó a llorar… yo no sabía qué decir. Por suerte, su hermano Erik cogió el teléfono, y, tras preguntarme intrigado quién era y qué quería, me contó que no sabían nada de ella desde hacía, más o menos, un mes y medio, que se imaginaban que se habría ido lejos ya que se había llevado todas sus cosas, todas sin dejar una, tan sólo una…No sé por qué, pero yo ya me sospechaba algo parecido. Antes de colgar el auricular, Erik me invitó a pasar por su casa, cosa que hice, aunque dos días más tarde.

– Joder, entonces ella no pudo haber sido, ¿no?

– En principio sí. Si recuerdas la fecha en que Javi fue atropellado, te darás cuenta de que sucedió hace un mes y dieciséis días exactamente. Y, además, el hecho de que haya desaparecido no implica que ella no pudiera estar en Oviedo aquel día… ¿no? Es más, ella desapareció un lunes, un día después del accidente… Erik me contó que ella se había pasado todo el fin de semana fuera, sin haber siquiera avisado en casa… ese fin de semana, precisamente ese fin de semana.

– Sí, tienes razón… claro… ¡Entonces ya está! ¡Está clarísimo, tío!

– ¿El qué?

– Fue ella; se lo cargó, no sé si intencionadamente o no, pero se lo cargó y luego se dio a la fuga… es evidente.

– Joder, Fernando, eres de un impaciente de la hostia. Espera, ten calma, colega, que aún te queda mucho por escuchar…Déjame contártelo todo por orden y al final opinas, ¿vale?

– Vale, vale; ya me callo.

– ¿Por dónde iba…? ¡Ah, sí…! Yo sólo disponía de tres nombres con sus respectivos apellidos. Empecé, como ya te he dicho, por Víctor, Víctor Manuel González Ortiz. Ahí tuve que recurrir por cojones a mi primera suposición: el tal Víctor tendría algún hermano o hermana, con lo que me encaminé a una sucursal de Telefónica para apuntar los números de teléfono de todos los apellidados González Ortiz que vivían en Madrid; tuve suerte, en el tomo de la ‘A’ a la ‘K’, en la página 1096 había sobre setenta personas apellidadas así; pocas para lo que yo había previsto.

– Tío, estás como una puta regadera…

Sin decir nada, tan sólo con la mirada reprobatoria que Pedro envió directamente a los ojos de Fernando, éste supo inmediatamente que no debía interrumpir el relato de su amigo con más gilipolleces de ese tipo si quería seguir saciando su curiosidad. Con un gesto, tipo defensa central que acaba de hacer una entrada asesina al delantero del equipo rival y se disculpa ante el árbitro con cara de pero-si-yo-no-lo-he-tocado para de esa manera evitar que le saquen la tarjeta roja, Fernando pidió disculpas, a la vez que dio también a entender que no osaría intervenir ni una sola vez más a destiempo.

– Bien, prosigo. Luego entré en una cabina, no sin antes dejar de avisar a la encargada sobre la cantidad de llamadas que con toda probabilidad necesitaría. Comencé a llamar. La verdad es que resulta un poco desesperante llamar y llamar sin obtener la respuesta esperada. Iba señalando también los teléfonos en los que no me contestaban, o en los que respondía el dichoso contestador automático. Eran casi las diez de la noche, y ya estaban a punto de cerrar, cuando obtuve el premio merecido a mi perseverancia. ‘¿El señor González Ortiz?’, pregunté mecánicamente; ‘No, se confunde. Yo me apellido así, pero soy señora…’, contestó una chica con un tono de voz entre confuso y condescendiente; ‘¡ah!, sí claro, perdone… es que necesito una información; es algo urgente…’, y le pregunté directamente si tenía algún familiar llamado Víctor Manuel; ‘Sí, mi hermano… … pero murió hace dos años y medio… en un accidente de tráfico…’ ¿Te das cuenta? ¡Había conseguido llegar hasta él!

Activé mis neuronas y pensé en algo que pudiese llevarme, sin infundir sospechas, hasta Aurora, que así se llamaba la hermana del tal Víctor, que, por cierto, está buenísima, tiene unas pedazo tetas de la hostia, y un cuerpo…¡vaya cuerpo, tío!… Bueno, pero a ti eso ni te va ni te viene…

– Ya sabes que a mí me llaman más la atención un buen par de bultos muy distintos… aunque no los cate… pero, venga, tío; ¿a qué viene ese inciso ahora? Sigue, joder… no pares ahora, que ya no me quedan uñas.

– Vaaaale… Después de disculparme diciendo que sentía mucho lo de Víctor y todo ese rollo al que se suele recurrir en estos casos fingiendo seriedad y compungimiento, le dije que ya lo sabía, que yo era primo de José Antonio Valero, otro de los que palmaron en el accidente de marras, y que necesitaba urgentemente algunos datos para ver si podía esclarecer de una vez por todas el asunto de aquel misterioso accidente que, como ya sabes, no había quedado nada claro en el informe pericial.

– ¿Yo? ¡Yo qué voy a saber!

– Sí, hombre, te lo conté desde Palencia, ¿no?

– ¡Qué coño me ibas a contar, si sólo me diste detalles por alto…!

– ¿Ah! Yo creía que… pensaba que ya te lo había contado. Pues nada, que no se sabían las causas del accidente; el Ford Fiesta invadió el carril contrario de repente, sin que fuese una maniobra de adelantamiento ni nada, justo cuando venía un camión de frente… y lo mas alucinante es que siguió en línea recta y acelerando durante unos segundos hasta darse de bruces contra el camión. Los posteriores análisis de sangre no dieron señales de consumo de alcohol, ni de ningún tipo de sustancia alucinógena. Nada de nada. El coche, que no era más que un puto montón de chatarra oxidada, no tenía ni seguro, y los papeles se habían extraviado todos, absolutamente todos… Joder, nadie figuraba como propietario del maldito coche rojo. Todo extraño, demasiado extraño como para encontrar una explicación coherente. Pero, bueno, ahí tenía yo mi punto de unión con la hermana de Víctor… Quedamos en vernos al día siguiente, en una cafetería del centro comercial de La Vaguada. Ella llevaría puesta una gorra a cuadros blancos y negros para que así pudiese yo reconocerla. Llegué media hora antes, a las once y media – habíamos quedado a las doce. Sobre las doce y diez, cuando ya comenzaba yo a impacientarme un poquito temiéndome que no viniese, apareció radiante, con su gorra a cuadritos – como ya te he dicho, la tía está más que buena… vamos, capaz de estimular hasta la imaginación más reacia a las practicas masturbatorias, y ya casi se me estaba olvidando el motivo real de aquella entrevista -; mis neuronas comenzaban a trasladarse a pasos agigantados hacia mis genitales… Pero desperté, y llamé de inmediato su atención levantándome del asiento que ocupaba haciéndole gestos ostensibles con mi mano derecha. Al verme, vino muy sonriente hasta mi mesa, nos presentamos y comenzamos a charlar con una fluidez impropia en dos personas que acaban de conocerse… Bueno, espera, que voy a encender un pito… ¿Quieres tú uno?

– No, gracias, no fumo… entre semana.

– ¡Coño! ¿Y eso?

– Pues ya ves, empecé a fumar algún que otro cigarrillo, desde el día aquel en que me contaste la historia de Ingrid… ese día fumé mi primer cigarrillo. Pero nada, sólo fumo cuando salgo de marcha los fines de semana…

– Así se empieza; ya verás, dentro de unos meses serás un fumador en toda regla, como todos los que fumamos… Un cliente más para Philip Morris.

– No sé; ya veremos… aunque creo que lo puedo controlar, al menos de momento.

– ¡Ya te digo!

– ¿Y eso…?

– ¿Eso qué?

– Eso de ‘ya te digo’

– ¡Ah! Te refieres al ‘ya te digo’… Joder, que acabo de llegar de Madrid, y por allí todo el mundo lo dice; es una coletilla muy pegadiza.

– Pues anda que si llegas a estar un mes en Madrid…

– Ya sabes, tío, hay que adaptarse, ¿no?… Venga, sigo, que si no nos van a dar aquí las mil y quinientas… Después de hablar con ella, con Aurora, un buen rato, me contó que su hermano Víctor aún hacía COU cuando ocurrió lo de su accidente, que había dejado de estudiar unos años antes en 3º de BUP, y que había decidido retomar sus estudios ante la agobiante falta de trabajo y todo eso… Por delicadeza no mencionamos mucho lo del accidente – recuerda que yo estaba representando el papel de primo de José Antonio -, sólo me dijo que ella sabía lo mismo que podía saber yo sobre lo ocurrido…Sí que le pregunté si sabía a quién pertenecía el Ford Fiesta. Me contestó que, por lo que ella había oído, conducía su hermano en el momento del accidente, y que el cochecito de marras no era de ninguno de los tres. ‘Ya, ya sé que de mi primo no podía ser’, me di prisa en replicar ante el temor de que ella descubriese mi trama. Quizás me estaba excediendo en mi celo por pasar por primo de José Antonio Valero, pero nunca se sabe, mejor sobreactuar que quedarse corto… aunque, bueno, si se llega a los límites de James Dean, casi es mejor ser entonces Victor Mature, el rostro sin gestos… ¡Mi madre! Vaya una fuga de olla más tremenda…¡Céntrate, Pedro! El caso es que ella me dijo, después de mi lamentable inciso, que a su hermano el coche se lo había prestado una amiga el día antes del accidente, que ellos se dirigían a Llanes para pasar unos días con un amigo de Oviedo. Pero, ¡oh maldita mala suerte!, no sabía ni ella, ni nadie a quien ella conociese, cuál era la identidad de aquella amiga. Una amiga, sin más. La amiga misteriosa. Ya, ya sé lo que estás pensando. Ingrid, ¿no? Who knows, Fernando! Who Knows!… … … … Nos despedimos hasta siempre, ya que ella, palabras textuales, tenía que ir a comer con su marido. ¿Te das cuenta…? ¡Con su marido! ¡Qué putada! Estaba casada la muy zorra… aunque ese simple hecho no hubiera supuesto ningún impedimento para un buen polvo… al menos por lo que a mí respecta… … De este breve encuentro con Aurora, por lo menos pude sacar algo en claro: mi siguiente idea: visitar el instituto en el que había estudiado Víctor, ni más ni menos que el famoso ‘Ramiro de Maeztu’, en Serrano… sí, ho, famoso por lo del baloncesto… el equipo de Estudiantes… ya veo que de baloncesto ni puta idea.

– No, ni puta idea de baloncesto… ni de ningún otro deporte.

– Joder, mira que eres raro… Bueno, pues resulta que ese instituto con nombre de escritor fascista es conocido por estar relacionado con un equipo de baloncesto de Madrid. Joder, eres un auténtico analfabeto del deporte…

Bien, pues después de llenar mi estomago con mogollón de basura en forma de asquerosa pizza, me dirigí al citado instituto para ver si me podían facilitar la lista de alumnos de 3º de BUP del curso 87-88, que, habiéndolo calculado con lo que me había dicho Aurora, debía ser el curso en el que el menda ese dejó de estudiar – aunque no definitivamente, ya que eso sucedió gracias al accidente…- Al principio, en secretaría no querían darme la lista; pero, sobre la marcha, me inventé una buena excusa diciendo que yo era José Antonio Valero Valle (supuse que éste también habría estudiado allí), y que quería reunir a la gente de esa promoción para hacer una cena de reencuentro… todo muy americano, ¿no te parece?

– Sí, desde luego.

– Sí, como viajar a ‘Texasville’ desde ‘The Last Picture Show’.

– ¿Qué…?

– Sí, hombre, las dos pelis de Peter Bogdanovich con Cybil Shepherd, Jeff Bridges, Timothy Hutton… La primera es del ’72 o por ahí, y rodó la secuela veinte años después…

– No sé, ni puta idea… ¿Un futbolista, quizá?

– Joder, tú que eres un fan acérrimo de ‘Doctor en Alaska’, al menos deberías saber quién es Peter Bogdanovich… en el capítulo en el que Maurice encarga a Ed la organización de un festival de cine en Cicely, y éste va y se gasta todas las pelas en traerse al Bogdanovich… que hace de sí mismo…

– Sí, recuerdo ese episodio… pero no vi esas películas, ni sabía quién era ese Bog…

– Bogdanovich… Nada, olvídalo. Ya veo que de cine… El caso es que al final, gracias a mi perseverancia, me entregaron la dichosa lista de alumnos; entre todos los grupos sumarían unos doscientos, más o menos (tampoco me paré a contarlos). Revisé todos los nombres; allí estaban los tres accidentados, normal; pero antes, como iba siguiendo la lista por el orden alfabético de los apellidos, me encontré con mi primera sorpresa: Carril García, Javier Antonio… ¡Javi, tío! ¡Javi…!

– ¡La leche…! Tú amigo, ¿no?

– Ni más ni menos que el propio Javi…

– Oye, perdona un segundo, pero es que te vas a quemar con el pito, que está a punto de llegar a la altura de tus dedos.

– ¡Hostia! Ni me acordaba ya del puto cigarro – Pedro hace un mínimo intervalo para apagar ese cigarrillo consumido por auto-ignición – Pero esa no era la única sorpresa. Una vez que había encontrado al último de los que yo estaba buscando, Vázquez González, Antonio José, por curiosidad continué revisando nombres en la lista… hasta que llegué a Zamudio Frías, Ingrid. ¡También estaba la ínclita Ingrid entre los estudiantes de 3º de BUP de aquel curso…!

– ¡No jodas…! ¡Vaya fuerte! ¿No?

Se hace el silencio entre los dos contertulios, el que cuenta la historia vivida y el paciente receptor. Perece como si lloviesen multitud de preguntas sobre cada una de las dos mentes pensantes que comparten mesa en un solitario café del centro de Oviedo. Fernando siente que él debe ser el que rompa el fuego, para lo cual lanza al aire la más que evidente pregunta.

– Entonces, ¿qué relación podrían tener Javi e Ingrid entre ellos… y con los del accidente? Porque lo que sí que está muy claro es que todos se conocían… Seguro que ella es la amiga que les dejó el coche. Yo creo que ya casi se podría asegurar con rotundidad.

– Hombre, Javi… no sé, era un tío muy cerrado, casi nunca quería hablar sobre su pasado… no parecía haber dejado muchos amigos en Madrid… Joder, ni siquiera me había contado que había estudiado en el ‘Ramiro de Maeztu’… y eso que vimos juntos algún partido del Estudiantes… … Sobre Ingrid y los otros tres he llegado a elaborar mi propia teoría: creo que fueron los que la habían violado en los vestuarios del instituto. Por lo que puedo recordar con claridad, ella me había dicho que su novio, el primero en actuar y luego instigador de los otros, se llamaba Víctor… No sé, es sólo una mera intuición, en la lista había otros cuatro o cinco llamados Víctor… puede que el coche sea una señal, un lazo de unión entre ellos. Pero si fueron esos tres los que la violaron, no creo que Ingrid les hubiese dejado prestado el coche… no creo que pudiese considerarse más como una amiga de ellos. O puede que sí, que les hubiese prestado el coche… y que de ahí se derivase el accidente… ¡Joder de dios, yo qué sé!

– Puede que alguna de esas conjeturas tuyas esconda la verdad de lo ocurrido… pero eso sólo lo podría aclarar Ingrid; por cierto, ¿qué pasó, aparte de lo que ya me contaste que te dijo Erik, cuando fuiste a visitar a su familia?

– Es que eso es lo mas acojonante de todo… es como si Ingrid no hubiese existido nunca, como si nunca hubiese vivido en aquella casa; no había ni rastro de ella … … ¡Hostias, la foto!

– ¿Qué foto?

Y sin dar contestación, Pedro se levanta de la mesa y sale corriendo de la cafetería. Fernando, una vez repuesto del sobresalto inicial, sale tras la estela de su amigo. Ninguno de los dos se acuerda de pagar las consumiciones, pero el camarero tampoco puede reaccionar a tiempo, tan sólo se queda allí de pie, tras la barra del bar, secando tazas de café recién salidas del lavavajillas. Fernando observa, al salir, que Pedro ya ha cruzado la calzada y que se dirige hacia su casa; él, en cambio, tiene que esperar a que el señor verde del semáforo se digne a aparecer de nuevo para poder cruzar… Transcurridos diez minutos, Fernando llega a la altura del portal número treinta y seis de la Calle Fray Ceferino y, aprovechando que salía una vecina, entra y sube en el ascensor hasta el sexto piso para comprobar, una vez que el elevador se ha parado en su punto de destino, que la puerta del piso con la letra C está abierta de par en par. Duda por un instante, pero al final decide adentrarse sin dar señales sobre su presencia en la jungla de aquella intriga. Recorre todo el pasillo hasta llegar a la habitación de su liado amigo; vuelve a dudar, aunque menos en esta ocasión, y da dos pasos, con lentitud, hasta llegar a una posición desde la que puede ver el interior. Allí está Pedro, sentado sobre la cama, en actitud relajada y riéndose con sus labios, que no con sus ojos, ya que éstos se encuentran mirando al infinito.

– Pedro, ¿qué pasa?

No recibe respuesta todavía.

– Vale, si quieres estar solo entonces me voy. Ya te paso a buscar mañana para ir a clase.

– No, espera un momento.

– No, hombre, que me da igual. Ya me contarás lo que te sucede… si te apetece, claro.

– ¿Recuerdas aquella foto, la única que tenía de Ingrid… la de la boda de mi prima?

– Sí, claro que la recuerdo.

– Pues ha desaparecido… sencillamente ha desaparecido… porque sí… ¡¡Joder!!

– ¿Cómo…?

– Que se ha volatilizado… La guardaba en este cajón de mi mesilla y, como podrás observar, están todas mis cosas menos la maldita foto. Esto se va complicando cada vez más.

– ¿No te la habrá cogido alguno de éstos para gastarte alguna broma o algo así?

– No, no creo. Esto es como una reacción en cadena, pero una reacción sin ningún tipo de lógica científica… tampoco están las cartas que ella me había escrito… ni una sola, ni una…

De nuevo reina el silencio compartido, que sólo se interrumpe cada vez que Pedro enciende un pitillo. Fernando piensa que, total, por una foto y unas cartas, tampoco hay porque ponerse así; de la foto ya hará una copia, que sólo es cuestión de pedir el negativo a quien la hubiera tomado… lo de las cartas ya resulta un poco más complicado… pero, en definitiva, tan sólo supone una complicación más, una más que añadir a todo el cúmulo de ellas que se iban presentando una tras otra, una tras otra… y sin previo aviso.

… DE LA VIDA XXXVII…

XXXVII.

Desde el mismo día en que Pedro decidió sucumbir a la siempre temible maldición de Onán, su obsesión se centró en los grandes pechos, ubres fellinianas que poblaban densas su fértil imaginación. “¡Vaya buena que está Begoña! Sólo le harían falta unas tallas más de sujetador”. Pero eso no constituía ningún impedimento que no permitiese a Pedro hacerse una buena paja en honor de la tal Begoña: bastaba con aumentar en varias tallas las tetas de la chica con la suficiente dosis de fantasía, que no de silicona, que los pechos de las mujeres no tienen porque desafiar premeditadamente a las leyes de Newton sobre la gravedad.

Siempre he buscado explicaciones válidas para esta fijación: no sé, algo freudiano, cronológicamente hablando, dentro de mi existencia hasta el momento presente… Si me paro a analizar mis experiencias con mujeres de grandes protuberancias mamarias podría remontarme a mi época de feliz lactante. (No es que yo lo recuerde, por supuesto que no, pero, según dice mi madre, estuve ‘tirando del teto’ hasta los quince meses… Aunque sí estoy convencido de que, hasta cierto punto, toda mi estrecha relación anterior con el mundo del catolicismo la habría mamado de la leche de mi madre, o puede que tan sólo sea una ardua elucubración para justificar mi oscuro pasado ante mí mismo… Quién sabe.) El caso es que puede existir aquí, en este simple hecho, un indicio de explicación a mis obsesiones mamarias… mi madre supera con creces la talla ciento cuarenta. Pero ahí no se acaba la cosa, digamos que el… sesenta y cinco por ciento, grosso modo, de las mujeres de mi pueblo padecen el mismo problema a la hora de comprar alguna pieza superior de lencería… y eso marca, y mucho.

También tuve que ordeñar alguna que otra vaca, aunque, lógicamente, no pienso recurrir a este tópico porque, la verdad sea dicha, me daba un poco de asco tirar con saña del largo pezón de la ubre de la Pinta, o de la Carmela. No, no; no va por ahí… esa imagen puede sugerir muchas otras cosas. Recuerdo que en “Viridiana” la todavía monja Silvia Pinal Simon of the Desertprotagonista interpretada por Silvia Pinal – ésta si que me sigue poniendo burro cada vez que la veo… ¡En “Simón del Desierto” enseñaba una teta! No excesivamente grande, pero siempre apetecible – acaricia con sutileza el fálico pezón de una vaca. Yo creo que Buñuel habría cambiado, sin ningún tipo de reparo, aquel pezón por su miembro viril… ¿Se cepillaría a la Pinal?

Sin más influencias conscientes, podríamos ya trasladarnos a mis trece años, octavo de E.G.B. – hasta que dejemos de estudiar de una puta vez, los estudiantes siempre medimos los años por el calendario escolar, como si cada curso fuese una temporada de la liga de fútbol -. La aparición de Doña Loli fue algo tremendamente espectacular. En la clase de ciencias naturales todos los repetidores se agolpaban en las primeras filas para así poder seguir de cerca cada uno de los movimientos de la escultural profesora… ¡Ahora lo entiendo…! ¡Vaya forma de alimentar la imaginación para cumplir con las pajas del día…! Y yo a uvas. La verdad es que la tía estaba que se salía de buena: morena, de pelo largo y rizado, ojos verdes, y con unas medidas más cercanas a Silvana Mangano que a… Daryl Hannah, pongo por caso. Yo, dentro de mi natural recato por aquel entonces, procuraba disimular mis fisiológicas reacciones, por otro lado propias del pre-adolescente que empieza a notar la inminente invasión de extraños pelos que, por momentos, rodean amenazantes a la indefensa “pilila” – que absurdo nombre para designar parte de nuestro aparato reproductor… Claro, utilizando por aquel entonces semejante término, ¿para qué la iba yo a usar excepto para mear? “Pilila” es directamente proporcional al noble acto de mingitar, así como “polla”, “picha”, “cipote”, etc., etc. implican la expulsión de algún líquido distinto en densidad y color al casi siempre amarillo pis -. En más de una ocasión salí de la clase de naturales con una erección en toda regla. ¿Qué coño… perdón; qué cojones era aquello? Oía como los demás chicos comentaban cosas sobre ella: que si vaya cómo se le marca toda la raja con esos vaqueros tan ajustados, que si hoy no lleva sujetador y se le notan todos los pezones en pleno apogeo… Me daba la vaga impresión de que me estaba perdiendo algo, que aunque todo aquello pudiera sonar a ofensa no la estaban insultando de manera consciente. Creo que ella provocó mis primeras poluciones nocturnas, semen traumático que pringaba mis sábanas, y que me obligaba a cambiar escaqueadamente de pijama. Mi madre no preguntaba, algo que yo agradecía de veras, tan sólo cambiaba el juego de sábanas y luego colocaba bajo mi almohada un pijama limpio… ¡Vaya un lío!

La excursión de fin de E.G.B., en la que nos fuimos a Torremolinos – ¡vaya una cutrada! – vino a mí como un ligero soplo desinhibidor. Doña Loli y Don Amadeo nos acompañaban; entre los niños el alboroto crecía día tras día a medida que se acercaba la fecha de partir; las niñas, en cambio, componían “bellos” poemas en honor del maestro más guapo de todo el colegio.

Por suerte, nos tocó a los tres más pardillos de todo el viaje, por no decir de toda la escuela: Lucio, Toño Menéndez y, por descontado, Pedro “El Carretón”, que soy yo, instalarnos en la habitación contigua a la de los profesores que, ahora que lo pienso detenidamente, ¡compartían habitación! Joder, menuda suerte la del puto Amadeo de los cojones… ¡Ah! No, no, que me estoy confundiendo. Este Amadeo era el de Inglés, el que daba clase en octavo B, y yo estaba en el A, aunque, coincidencias que depara el destino, sí que había otro Amadeo, que era el de matemáticas, el cual sí me daba clase a mí. Además hasta se parecían un poco… El caso es que al Amadeo de Inglés, al que fue con nosotros a la excursión, lo pillaron infraganti hace más o menos unos tres meses: un chaval de séptimo curso se la estaba chupando alegremente en los lavabos del colegio… Ahora que lo analizo con la calma que da el paso inexorable del tiempo, en aquella excursión los que corríamos verdadero peligro éramos nosotros… Ya da igual… Tempus Fugit. A lo que iba, que se me está yendo un poquitín la olla. El baño teníamos que compartirlo con los profes ya que la habitación trescientos doce, que era la nuestra, y la trescientos catorce, la de los docentes, disponían de un solo aseo al que se accedía bien a través de nuestro cuarto por una puerta situada a la derecha del pasillo que veías nada más entrar, o bien a través de la puerta de la trescientos catorce, que, por pura lógica, debía estar a la izquierda de la puerta de entrada de su habitación. Tú entrabas al baño y una vez allí te encargabas, en aras de preservar la intimidad de tus empujones anti-estreñimiento, de cerrar bien la otra puerta con el correspondiente cerrojo. Fácil, ¿no? Pues yo la vi desnuda, ¡en pelota picada!… Era el último día de nuestro periplo por tierras andaluzas. Bajé a desayunar con mis compañeros, los cuales aparecieron en el comedor con todo su equipaje ya preparado. Yo lo había dejado arriba, que no había excesiva prisa ya que aún quedaba casi una hora para que partiese nuestro autocar. Nada más terminar, subí a mi cuarto a por mi bolsa de viaje y, de paso, a lavarme los dientes. No oí la ducha porque puse el hilo musical para despedirme así de mi nuevo descubrimiento radiofónico. Entré en la habitación, me dirigí al baño, abrí el grifo del lavabo y comencé a echar pasta de dientes en mi cepillo de “La Guerra de las Galaxias”… Al levantar la cabeza para verme en el espejo lo que vi fue a una venus desnuda emergiendo de las profundidades del océano marca “Roca”. Casi me atraganto con el cepillo… Me puse totalmente colorado de – podemos designarlo así – vergüenza ante la situación. No sabía dónde meterme. Ella me vio y como si nada, tan sólo me dijo: “¿Cómo es que no estás abajo con los demás, Pedro?”. Su tono de voz ni siquiera denotaba extrañeza, ¡qué va!… siguió secándose como si tal cosa a la vez que me miraba de reojo en alguna ocasión… No me acordé ni de enjuagarme la boca. ¡Anda que no me habré hecho yo pajas con carácter retrospectivo! ¡Qué oportunidad perdida, madre mía!, al menos a nivel imaginativo…

Durante el trayecto de regreso se lo conté confidencialmente a Lucio, que no tardó ni cinco minutos en chivarse a Mariano, ‘Tocinín’, y a Juanma, los dos macarras del grupo, los cuales, a su vez, no esperaron ni diez segundos para airearlo a viva voz por todo el autocar. Loli, ante mi embarazosa postura, se acercó hasta mi asiento y me tranquilizó, me dijo que no me preocupase, que no pasaba nada, que la desnudez del cuerpo humano era algo muy natural. (Supongo que lo será, que lo sería en aquel caso, pero el mal ya estaba hecho: sus senos acababan de imprimirse para siempre en un chip de mi memoria.) Se despidió con un beso en mi mejilla… ¡Qué bien olía la muy cabrona! Me sentí por primera vez en toda mi vida importante. ¡Ah! Por cierto, se me olvidaba comentar el aspecto lúdico: el prepotente tamaño de sus tetas, dos globos aerostáticos luchando ávidamente por mantener su turgencia… Si he de ser sincero, casi no recuerdo su cara…

Dejando a Ingrid a un lado – ella constituye una historia muy diferente; no consta única y exclusivamente de pechos – podemos pasar página, por no decir teta, claro: Eugenia, una señora madura, de unos cuarenta años, que pasó un verano en mi pueblo.

Dos años antes de Eugenia (dos años A. E., si la tomo yo como mi referente en el tiempo, como otros hacen con Cristo, aquel que sólo fue hombre, pero que acabó por engañar a todo ‘cristo’, valga la redundancia), mis padres habían comprado el piso contiguo al nuestro por un módico precio ya que sus dueños, ya ancianos, decidieron irse a vivir a Málaga para huir así de los fríos inviernos de Cacabelos. Aprovecharon, mis padres, casi todos los muebles; pintaron paredes y techos, arreglaron alguna puerta desvencijada por el paso del tiempo, y decidieron alquilarlo en temporada veraniega.

El mismo verano en que conocí a Ingrid vivían enfrente Eugenia y su marido Alfonso, gente maja y muy agadable venida de Madrid, ciudad de la que habían escapado dejando atrás su caluroso y agobiante estío. Por las noches solían venir a nuestra casa a jugar al julepe o a la pocha. A veces yo me unía a la partida con la sana intención de sacar algo de pasta para alimentar mi nueva afición: las juergas nocturnas. Con asidua facilidad conseguía mil o mil quinientas pelas; nunca perdía… Bueno, alguna que otra mano, pero eso se debía en parte a la pérdida de concentración que me provocaban los dos apéndices mamarios, que hacían del relieve de aquella estupenda señora un imán para mis salidos ojos. Eugenia era, sobre todo, una señora elegante, pero elegante en el amplio sentido de lfaster_pussycat_kill_kill_poster_03a40a palabra: sus gestos, su forma de hablar, de mirar… todo, en definitiva. Algunos podrían ponerle un pero, y es que estaba un poco entradita en carnes, que no gorda, que es distinto. Pero eso a mí, no es que me diese lo mismo, es que incluso me daba más morbo. Gustos de cada uno. Se parecía un poco a Tura Satana, la protagonista de “Faster Pussycat! Kill! Kill!”, la película de Russ Meyer, algo que en realidad descubrí tres años después al ver la película en casa de mi amigo Javi. Desde entonces, para mí, “Faster Pussycat -Tura Satana” es Eugenia.

Quince de Septiembre; el verano tocaba a su fin, (por desgracia, nos lo recordaba el “Dúo Dinámico” desde la radio de la cocina: ‘el finaaal del veranooo llegó y tú partirás…’). Ese día mi madre me despertó mucho antes de lo normal para que arreglase una de las persianas estilo veneciano que protegían del sol la galería del piso de nuestros, ya por pocas horas, vecinos. Regresaban a Madrid después de haber cargado sus baterías en contacto con lo que de Naturaleza pueda quedar en mi pueblo. De muy mala hostia, me levanté diciéndole a mi madre que si no podía esperar a que se marchasen, que me había acostado muy tarde…Después de haberme lavado la cara, de haberme bebido a continuación un buen tazón de Cola-Cao bien frío, ya me sentía yo más animoso, y silbando la puñetera canción del dúo musical antes mencionado (todo se pega, eso sí que es verdad) me dirigí presto a solventar el problema de la dichosa persiana. Me abrió Eugenia la puerta; entré como un autómata en la casa sin reparar para nada en su aspecto, sólo quería desfacer cuanto antes el entuerto persianesco para regresar luego al sobre y cumplir con mis correspondientes ocho horas de sueño. Me subí a un taburete cojo, el que antaño usaba mi padre para apoyar su pierna derecha cuando le daba el ataque de gota; arregle en enganche del cordel que subía y bajaba la persiana – se había soltado – y me dispuse a bajar a suelo firme. Lo que sucedió a continuación fue algo, en principio, espontáneo, fruto de mi caída del taburete cojo. Eugenia, al ver que me iba de bruces contra sus pensamientos recién regados, se abalanzó sobre mí haciéndome un estupendo placaje, digno del mejor pilier. Caí panza arriba con toda aquella señora encima, notando sobre mi torso el grandioso volumen de sus mamas, lo que provocó en mí una repentina y sobresaliente erección. Esperé a ver su reacción mientras intentaba, sin demasiado empeño por mi parte, todo hay que decirlo, incorporarme a una posición más vertical. Ella sonrió, me dio un beso en los labios a la vez que, con su mano izquierda, tanteaba mi zona genital. “¡Qué es lo que tenemos aquí!… ¡Vaya con Pedrito!”, dijo justo antes de levantarse la blusa para dejar al descubierto dos enormes globos que terminaban en dos pezones largos y sonrosados, rodeados por una gran aureola de diámetro incalculable… Yo… pues qué podía hacer yo: chupar y chupar de aquellas dos fuentes de vida; chupar, que no soplar, que seguro que estáis pensando en la inverosimilitud de este hecho, que estoy tomando “Amarcord” como referencia; pero no, todo fue tan real como que el propio Fellini rodó la citada película. Prosigo: Eugenia había tomado el mando de las operaciones. Bajo su larga blusa sólo llevaba puestas unas minúsculas braguitas que no dudó en apartar rápidamente a un lado para así poder frotar, como poseída por el dios de la ninfomanía, su húmedo sexo contra mi tiesa polla. Todo muy bonito, muy instructivo: ella encima de mí, yo feliz debajo de ella… y a punto de correrme, que ella ya había disfrutado de su orgasmo clitoriano… ya nos disponíamos a pasar a la fase de penetración cuando, como alarma que avisa del peligro inminente, sonó un timbre… “¡Coño, mi marido!”, dijo ella antes de descabalgarme para contestar al portero automático. Efectivamente, era Alfonso, el aguafiestas, el que solía tomarse unos vinos antes del almuerzo… ¡Ya podía haber tomado otro par de tintos en la bodega de Rosario! ¿No?… “Venga súbete el bañador y haz como que sigues arreglando la persiana”. Obedecí raudo, pero aquello no bajaba ni a la de tres, lo cual me hizo pasar un muy mal rato mientras simulaba colocar una pieza de la puta persiana bajo la atenta mirada del señor Alfonso. “¡Qué raro! Si ya había yo arreglado la persiana esta por la mañana temprano”, dijo mientras limpiaba sus gafas. No me atreví a buscar con mi mirada le de Eugenia por dos motivos: uno, que tenía que pensar en algo que hiciese retroceder a mis comandos sanguíneos hacia miembros menos comprometedores; y dos, que estaba aterrado pensando que aquel pobre paisano pudiese descubrirnos por medio de un gesto, de una mirada, de una palabra a destiempo…

Después de comer bajamos a despedirlos: intercambiamos todos los dos besos de rigor, los apretones de manos, las buenas intenciones para volver a vernos cuanto antes. (“¡Sí, sí, lo antes posible!”, pensé.) Antes de meterse dentro del coche, ella me envió un gesto de lamento que no hizo más que aumentar mis imperiosas ganas de masturbarme para, de ese modo, expulsar todo ese superávit de semen que ella había contribuido a generar.

Esperaba ansioso que volviesen a Cacabelos al año siguiente, como habían prometido. Se presentaba ante mí un verano no sólo caluroso, sino también caliente entre los senos de Eugenia… Todas mis esperanzas se difuminaron en marzo: como hacían todos los lunes después de la cena, mis padres gastaban sus últimas horas de vigilia del día ante “Quién Sabe Dónde”; mientras tanto, yo leía “Trópico de Cáncer” sentado en un sillón, bajo la luz de la lámpara de pie, hasta que algo interrumpió súbitamente mi lectura: “Anda, ¿no es ese Alfonso, el de Madrid?”, mi padre, siempre presto y dispuesto a comentar todas y cada una de las imágenes que emitía la pantallita de marras. Así era, así de triste por lo que a mí respecta: mi futuro sexual inmediato como aprendiz de jodedor en manos de una experta y necesitada dama se había disipado en la nada… No sé si ella al final volvió al hogar o no, sólo sé que no regresó más a Cacabelos. Una pena, una auténtica pena.

Puedo parecer un obseso – algo que, en realidad, me trae sin cuidado -; alguien podrá decir: “Este sólo distingue dos tipos de mujeres: las matronas de muy curvo perfil y las demás, que ya no le merecen tanto la pena”. ¡Pues no! ¡Falso! Sólo es una cuestión de gustos; me gustan más así, con buen culo y buenas tetas, pero no le haré nunca ascos a una mujer que no cumpla con estos cánones de belleza; mientras me guste…

Odio, por norma, los refranes, pero hay uno que, en cierta medida, podría definir mi afinidad con los pechos meyerianos: ‘teta que la mano no pilla no es teta, es espinilla. Teta que la mano no cubre no es teta, es ubre’. UBRE, que según define el “Pequeño Espasa”, que es el que tengo más a mano en estos momentos, sería ‘cada una de las tetas de la hembra, en los mamíferos’; concisa, pero no hace más que darme la razón, porque la mujer no deja de ser un mamífero, y según este concepto más hembra, en los mamíferos humanos, sería Anita Ekberg que Jane Birkin, por poner un ejemplo… ¿no?

Todavía me queda hablaros de Sharon , mi profesora particular de Fonética Inglesa durante unos meses. Suspendí Fonética de segundo curso de Filología Inglesa en la convocatoria de junio; en septiembre el mismo resultado – un tres con dos me dijeron cuando fui a revisar mi examen -. Había que poner remedio a tal afrenta con prontitud, y eso hice: busqué clases particulares de Fonética, y di con Sharon, profesora nativa especializada en Fonética y Fonología. Una buena amiga de clase me recomendó sus servicios, aunque creo que a Silvia – la amiga que me la recomendó – no la dispensaría con el servicio final que me ofreció a mí…

Con un precio de mil quinientas pelas la hora, que ciertamente dolían, haciendo tambalear sin remisión mi economía hasta el punto de tener que reducir mis salidas nocturnas (¡ni siquiera pillé nada de costo durante esa época!), y con el ánimo de pagarme las clases sin recurrir a la siempre inestimable ayuda paterna – mis padres pensaban que yo había aprobado todo en junio… y con notable de media. ¡Qué ilusos!-, había que aprovecharlas, que exprimirlas al máximo.

Sharon me hacía trabajar muy duro: venga a hacer transcripciones y más transcripciones, una detrás de otra, y unas cuantas de regalo para casa… Para ser sinceros, yo agradecía toda esa cantidad de trabajo ya que así pude llegar a dominar, al fin, todos los entresijos de la pronunciación de la lengua de Shakespeare y de Johnny Rotten, por buscarles algún punto en común a tan insignes bastiones de la “pérfida Albión”, como diría la propaganda fascista – parece que fue el siglo pasado, pero no… no – treinta años atrás.

Un día, a falta de tan sólo doce para la fecha de mi examen de febrero, Sharon me dio una revista llamada “Awake!” (¡Despierta!) para que transcribiese algunos de los artículos allí contenidos. “¿Sabes lo que representa esta revista?”, me preguntó intrigante. “No, ni idea”, contesté yo mentiroso (yo ya sabía de qué iba aquel panfleto porque había visto alguno similar con anterioridad). Entonces ella me explicó muy evangelizadora que aquello estaba editado por los Testigos de Jehová, secta a la que ella pertenecía junto con su marido y sus dos hijas: una familia unida… Prometí transcribir algún que otro texto, pero sólo como práctica científica, ya que dejé muy clara mi postura al respecto: “No creo en ninguna religión, en ningún dios inventado por el hombre”. Cuando quiero puedo ser tan lapidario como el que más; ¡vaya una frasecita!… Lo que yo estaba intentando era intimidarla, reducir sus intenciones de convertirme, algo que suele resultar de por sí vano cuando se trata de un Testigo de Jehová, o de cualquier otro fanático religioso de cualquier otra secta, incluida la católica, por supuesto.

Hice las transcripciones, leí, por curiosidad malsana, algunos de los ridículos artículos publicados en el susodicho panfleto, y volví a su casa para recibir su última lección antes del examen que, por lo sucedido a posteriori, resultó ser la mejor, la más gratificante. Ese día Sharon estaba muy atractiva: el pelo rubio sajón suelto, una camiseta blanca extremadamente ajustada, unas mallas negras que resaltaban su culo y sus caderas… ¡Impresionante!, es la palabra. Como solía llevar ropa muy holgada, nunca habría podido adivinar que Sharon escondía dos pechos tan grandes, un poco separados entre sí, en forma de pera limonera, algo caídos, bien es verdad, pero daba lo mismo… Todo eso me puso un poco nervioso; nerviosismo inquieto que se vio incrementado cuando me contó que su marido y sus dos nenas se habían ido de excursión a los Picos de Europa… y que no regresarían hasta pasadas las once de la noche. Por descontado que no dimos la clase, pero sí que nos pasamos tres horas de lo más salvaje: nunca hasta entonces me habían hecho una cubana y desde luego ella sabía hacerlo; para ello lubricó sus tetas con mantequilla, y luego hizo lo propio con mi polla… ¡Qué sensación! Mi orgasmo llegó incluso a manchar la lámpara estilo victoriano que colgaba del techo de su habitación.

Pero no todo puede ser jauja. Aquella rubia sajona, entregada a todo tipo de prácticas sexuales hacía tan sólo unos minutos, sacó de nuevo a relucir temas escabrosos: “¿Qué te parece si hablamos ahora de Jehová?”, fue la pregunta maldita que me devolvió por completo a la puta realidad. No puede existir nada perfecto. No pude hacer otra cosa que enfadarme ante tal chantaje: “Ya, para que acaben lapidándome por repetir su nombre una pandilla de mujeres judías disfrazadas de hombre con la única ayuda de unas barbas postizas, no te jode”. En determinadas ocasiones, nunca predecibles, puedo llegar a ser un auténtico pedante… Claro está que ella no entendió la supuesta ironía de mi fílmica referencia, porque su siguiente misiva fue de lo más gloriosa: “Si te unes a nosotros te lo vas a pasar muy bien… y no sólo conmigo, que tengo amigas muy guapas en el reino…”. No fui capaz de aguantar ni un segundo más; me vestí a toda prisa y me largué dando un buen portazo… Aprobé la Fonética, por supuesto, y con notable… pero, ¿hice bien? Aún hoy en día, sobre todo en época primaveral, cuando los pajarillos cantan y las glándulas seminales están a rebosar, me acuerdo de ella y, en momentos de debilidad moral, me arrepiento de no haber entrado de lleno en los Testigos del conocido como Jehová… ¿Cómo hubiese sido el hacérmelo con Sharon y una de sus amigas al mismo tiempo? Por desgracia nunca lo sabré, aunque en mi imaginación pre-masturbatoria siempre habrá un hueco para esa fantasía…

¿Ingrid? ¿Qué pasa con Ingrid? Ella también puede presumir de delantera, pero, como ya he dicho antes, a ella no la puedo incluir en este selecto grupo; ella es, o mejor dicho, era y representaba lo que vulgarmente llamamos amor… aunque a veces me quedó mirando fijamente la foto de mi abuela Dolores y me descubro de repente alucinado con mi vista clavada en su prominente busto… No se porqué, pero creo que me recuerda a Ingrid… ¿Será grave, doctores?”.

… DE LA VIDA… XXIV

XXIV.

Había estudiado, no demasiado, pero sí lo suficiente como para salvar el obstáculo que siempre suponía un examen de Matemáticas de 2º de BUP. Previamente, debería asistir a la clase de Educación Física, que doña Ana era de las que ponían falta, y a Ingrid sólo le quedaba una para completar el cupo que daba paso a la tan temida carta dirigida a los padres.

Llegó al Instituto sobre las nueve y veinte, y se encaminó directamente hacia el vestuario de chicas, donde pudo comprobar que la mayoría de sus compañeras habían optado por no asistir a esa clase, bien por poder dormir un poco más y así estar más despejadas para el examen, bien para apurar en esa última hora y media las últimas dudas sobre derivadas e integrales, que seguro que a más de una le habían surgido.

“Vaya putada, sólo estamos seis. Seguro que ésta se enfada y nos mete un buen tute en el gimnasio”, pensó mientras se ajustaba el pantalón del chandal. Al final, Doña Ana resultó ser más comprensiva de lo que parecía: se pasaron casi toda la clase hablando, con algún que otro chiste de por medio, aunque para cubrir un poco el expediente hicieron algunos estiramientos, así como algún ejercicio de relajación como ayuda para el examen, yéndose diez minutos antes de lo programado para las duchas.

La noche anterior, Ingrid había discutido con Víctor, su novio desde hacía ya casi un año. Estaba un poco harta de la actitud prepotente del tal Víctor, de que siempre que se presentara la ocasión tratara de hacerla de menos delante de los gilipollas de sus amigotes, unas veces metiéndole mano de forma ostentosa, otras dándole cortes cada vez que intentaba dar una opinión sobre cualquier tema, del que “con toda seguridad” los chicos sabrían más, mucho más. Pero Ingrid nunca se dejaba amilanar, nunca se quedaba callada, si no que contestaba descargando toda su agresividad ante lo que ella consideraba como injusto. La evidente consecuencia: el número de discusiones y de situaciones tensas aumentaba día tras día. Ingrid no estaba dispuesta a aguantar más, estaba dispuesta a dejar a Víctor, con el riesgo añadido que suponía el poner en evidencia a uno de los “héroes” del Instituto, que con toda seguridad tendría cola de niñas monas en cuanto se difundiera la noticia. Más de una comenzaría ya a afilar su lápiz de labios para así poder poner unos buenos morritos al más macarra del Instituto.

Se acercaba la hora del dichoso examen, las once en punto de la mañana. Ingrid se estaba duchando, sintiendo el relax que produce el agua caliente a chorro cuando rebota contra la piel. Había tiempo de sobra, no tenía nada que repasar, podía seguir disfrutando allí encerrada por lo menos cinco minutos más. Cinco minutos para el desastre, su desastre particular.

Haciendo suyas las buenas vibraciones que el agua caliente acaba de producirle, Ingrid sale de la ducha canturreando y comienza a secarse de abajo a arriba: primero los pies, el izquierdo, luego el derecho y, cuando alza la vista, ve a Víctor apostado frente a ella, mirándola sin perderse ni un ápice de la desnudez esplendorosa que Ingrid se apresura a tapar con la toalla.

– ¿Qué haces aquí? ¡Sal de aquí ahora mismo!

– ¿Qué pasa, que no puedo ver a mi novia desnuda? Ven aquí, que cada día estás más buena.

– Oye, te lo digo en serio, sal de aquí. No puedes estar aquí. ¡Déjame en paz, cabrón! ¡¡Que grito, eh!!

Ingrid se da cuenta de que está sola. Sus compañeras ya se habían ido hacía un rato. Trata de serenarse, de controlar la situación. Víctor se acerca a ella, le quita la toalla de un tirón y la abraza con fuerza tratando de robarle un beso. Ella se resiste, rechaza los besos, e intenta en vano librarse de él empujándolo, asestándole todos los golpes que su rabia le permite.

– ¡Joder, cabrón! ¡Déjame ya en paz! ¡Lárgate, hijo de puta!

Y le suelta un tortazo en el que imprime toda su ira. Pero Víctor, ante tal desplante, sonríe cínicamente, desabotona sus pantalones, se los baja, y hace luego lo propio con los calzoncillos. La viola. Cuando finaliza entran tres de sus amigos para imitar al pie de la letra lo que antes el otro había hecho, pero tan sólo quedaban ya los despojos de una chica feliz hasta ese momento.

Ingrid no era virgen, había hecho el amor con anterioridad con su ahora violador, con el incitador a la violación, aunque nunca había sentido nada parecido a un orgasmo… y menos en ese instante.

Se fueron, la dejaron allí tirada. Ingrid tardó en reaccionar; se acordó del examen, se levantó parsimoniosamente, sintiendo el profundo dolor que invadía todo su cuerpo, que se había sembrado para siempre en su mente. Se llevó la mano derecha a la vagina, totalmente irritada y llena de semen. Se duchó de nuevo, se vistió, y subió para clase. No habló con nadie, solamente hizo el examen y luego se marchó para su casa.

Encerrada en su habitación, como en un ritual, se desvistió prenda por prenda, muy despacio. Lavó las bragas, empapadas de semen, para luego tirarlas a la basura. De sus entrañas aún salía líquido blanco que se deslizaba sinuoso por el interior de sus muslos en dirección al suelo. Se miró en el espejo y, sin apartar la vista de su inexpresivo rostro, empezó a dar pequeños saltos para vaciarse por completo.

En el silencio de la noche pensó y pensó hasta que su cerebro ya no pudo más. Necesitaba gritar, pero sólo pudo morder con toda la fuerza de sus mandíbulas la esquina de la almohada más cercana a su boca. No contaría nada a nadie, ¿para qué? Seguiría con su vida hasta que llegase su momento de venganza personal e intransferible. Se durmió, no sin antes destrozar a su osito Winnie, su peluche preferido.