CEREZAS – VIII

VIII.

(Antonio estaba muy nervioso. La inminencia de su boda tenía más peso en su balanza interna que su propio autocontrol. Doña Asunción, la madre, contó el siguiente secreto de la familia, su secreto, al propio Antonio, que en esos días se mostraba más que desconocido ante sus ojos de madre conocedora del fruto de su sangre:

En su segundo embarazo, Doña Asunción, la del “paparrán”, traía gemelos, pero no sabía por qué extraña razón uno de los dos había nacido muerto, demasiado muerto, como si llevase varios días muerto dentro de su vientre; el otro era Álvaro, lógicamente. La madre, Doña Asunción, contó a su primogénito que ella siempre había sentido vivo a aquél que nació inerte, que notaba como se movían en su interior dos pequeños cuerpos. Los dos lo hacían; se movían, intercambiaban sus posiciones, y, por esa razón, ella sabía que venían dos, (incluso era capaz de distinguir quién de los dos fetos daba alguna que otra patadita. “Ésta de Álvaro o Asunción; esta otra de Anastasio o Ana María.” Doña Asunción quería que los nombres de todos sus hijos empezasen por la primera letra del alfabeto. Era una tradición en su familia, heredada de sus antepasados maternos: Angustias, su madre; Asunción, su abuela; Angustias, su bisabuela; y así hasta la última de sus predecesoras en lo que ella era capaz de recordar ascendiendo con la ayuda de sus neuronas por las ramas de su árbol genealógico. Doña Asunción quería introducir también esa tradición ancestral en los varones. Sin embargo, ella no era “paparrana”; descendiente de “paparranes” lo era su marido, Emilio, el “paparrán”, y sabía que sus hijos o hijas lo serían de por vida. Qué se le iba a hacer; no se podían controlar las intenciones de los habitantes del pueblo. Ellos mandaban, y los apodos prevalecían – y prevalecerán por siempre – sobre los verdaderos nombres). Enterraron al feto del que iba a ser Anastasio el “paparrán” en la tumba familiar; sin ceremonias, sin aspavientos. Iría al limbo de los nonatos y de los que no se habían podido librar, “¡oh, Dios, qué disgusto!”, de la marca del pecado original. Después de oír la historia de su desconocido hermano, Antonio trató de disimular su sorpresa siendo comedido en los gestos, en las respuestas. Un simple “nun sabía nada de eso, madre…Tuviera que ser muy duro pra usted. Eu nun podo recordalo; era demasiao pequeno”, que zanjaba el asunto para siempre. Nunca más volvieron a hablar del tema. No se atreverían a menearlo jamás.

Antonio se casó una semana más tarde con la mujer a la que su hermano Álvaro había pretendido antes que él, aunque sin éxito. Remedios la “morraña” no había elegido al pequeño de los paparranes porque éste le parecía muy voluble, demasiado para su frágil paciencia.)

CEREZAS – VII

VII.

Dos días transcurrieron lentos y sin que los dos hermanos apenas se vieran las caras. El uno enfrascado en “la cereza”, y el otro buscándose a sí mismo a años luz de la extensa realidad que le rodeaba. Antonio pensaba desde siempre que su hermano pequeño estaba un poco trastornado; Álvaro, por el contrario, no era capaz ni de pensar siquiera en estos días en los que se debatía gran parte de su ciclo vital. No cruzaron ni palabra. Antonio ya es de por sí poco hablador, y Álvaro, sencillamente, no tenía ganas de platicar. Antonio desayunaba mientras su hermano todavía dormía; Antonio recogía cerezas en la finca mientras su hermano todavía permanecía encerrado consigo mismo en su habitación. Coincidían a la hora del almuerzo, pero con sus respectivos silencios respetaban inconscientemente la paz de cada una de sus fortalezas; fortalezas, sí, aunque no inexpugnables.

Antonio, mañana despiértame cuando tú, que voy ir a trabajar contigo”, fue la frase que rompió la tregua de silencio que se había prolongado durante casi dos días y medio. “Vale”, fue la escueta y aséptica respuesta que Antonio dio a su hermano pequeño, el que aún se cagaba en los paños higiénicos cuando su hermano mayor ya arrancaba de una rama baja de un árbol su primera cereza.

Veinticuatro horas antes, Álvaro trataba de vencer de la manera más digna su prolongada vigilia. De la más pequeña de sus maletas sacó una bolsa de plástico transparente que contenía unas cuantas hojas de alguna extraña planta, ya resecas; introdujo en ella su mano derecha, separó una del resto y se la metió dentro de su boca colocándola suavemente, con un movimiento ascendente de su lengua, en todo lo alto del paladar. Era una hoja de coca; Álvaro parecía recaer en el mal de las alturas; pero ahora ya no estaba en las montañas de Duitama y no tenía excusa para “darle a la coca”. Temía que él regresase. Estaba realmente nervioso: no sabía a ciencia cierta si lo había matado definitivamente o si, por el contrario, éste aún vivía escondido en algún rincón perdido de la casa, de su corazón, de su memoria…

No, su otro yo no había desaparecido del todo, y allí estaba ahora, otra vez visible y con más ganas de guerra que nunca. Álvaro apretó con fuerza la punta de su lengua contra el cielo de su boca. En esta ocasión no cerró los ojos; había que coger al toro por los cuernos y voltearlo de una puta vez y para los restos.

– Tú la mataste, ¿verdad?

– ¿A quién?

– ¡A quién va a ser! ¡A quién coño va a ser…No te hagas el sorprendido conmigo ahora, que te conozco más que a mi propia persona!

– Te equivocas de pleno. No fui yo. Ella murió de forma accidental.

– Ya. Pero tú sabes cómo sucedió, ¿no?

– Sí, claro. Yo estaba allí. Me gustaba mirarla mientras dormía al lado del patán del Antonio. ¡Ella tenía que haber sido nuestra…! ¡¡Y te largaste sin pelear, como un puto cobarde de mierda!!

– ¡No cambies de tema ahora, joder…! Te vio. Ella te vio y la mataste del susto. ¡Dime la verdad!

– ¡Qué no, hostias!………Bueno, sí que pudo haberme visto…¡pero sólo un instante, una décima…una centésima de segundo! Todavía no se había dormido. Esa noche se la veía inquieta, nerviosa. Jugueteaba en su boca con un hueso de cereza. Lo chupaba y lo chupaba…(una fea costumbre que se le había pegado del Antonio). Sus ojos miraron hacia la posición que yo ocupaba, escondido entre el lado derecho del armario y la pared…Yo sabía que el Antonio no podía verme, pero ella…ella……Se atragantó con aquel puto hueso de cereza. Ni siquiera pudo toser. Se taponaron por completo sus vías respiratorias…Se puso roja, luego morada…Se murió allí mismo. Y el Antonio durmiendo a pierna suelta a su lado sin poder siquiera darse cuenta de lo que le estaba sucediendo…Yo…yo…bueno, ya sabes que yo no podía hacer nada. Yo no existía…¡Yo nunca nací…! Y eso fue todo.

– Joder…eso fue todo. ¡Eso fue todo! ¡Qué gilipillez…! ¡Qué muerte tan gilipollas! Y yo allí, tan lejos, sin saberlo. Pero, pero ¿por qué cojones te diste a ver? ¿Por qué?

– No lo sé. No me di ni cuenta. Te habías ido, me habías dejado solo aquí, y ellos no me podían ver; no la madre y el Antonio, tú lo sabes, pero quizá…quizá ella sí…Ella no era como ellos; estaba hecha de otra pasta…No les pertenecía, y tú lo sabes bien. No lo sé, hermano, te juro que no lo sé…No te pudieron avisar a tiempo, aún no tenían ni tus señas ni tu número de teléfono. Te avisaron cuando lo de madre… Antonio te envió un telegrama urgente…pero tampoco viniste.

– No estaba preparado aún. Pero sufrí su muerte, ¡vaya si la sufrí! Yo quería mucho a madre; más de lo que tú puedas llegar nunca a imaginar……Lo de ella me lo había contado madre en su primera carta. Ya habían pasado casi siete meses…Me jodió, me jodió en el alma, por Antonio, también por mí, pero seguí adelante…yo solo…¡Yo solo! ¡¡¡YO SOLO!!! ¡¡¡¡Me cago en Dios!!!!

Y, por fin, Álvaro pudo hablar solo de verdad entre las paredes de aquélla que había sido, durante sus primeros veintidós años de vida, su morada. Él se había volatilizado, había sido abducido para siempre por sus propios pensamientos. Al fin Álvaro había podido cambiar su decorado. Lo había matado, y pensó que en realidad no había resultado tan complicado, aunque eso es fácil de decir después de treinta y cinco años disfrutando a pleno corazón de la soledad elegida conscientemente, después de siete lustros sintiendo la libertad de su propia carne corriendo veloz por sus venas a cada latido de su corazón.

… DE LA VIDA LII…

LII.

Vaya revuelo había esta noche en casa de mis vecinos, de los padres de Javi. Como casi todas las noches, me estaba costando un huevo coger el sueño, ya no sabía si levantarme y estudiar, o si hacerme una paja para conseguir, al menos, un mínimo de desgaste físico que diese paso a un estado tal de relajación que pudiese disipar mi no deseada vigilia. Por pura y simple eliminación opté por la segunda alternativa, con lo que, automáticamente, di cuerda a mi variada selección de mujeres inaccesibles imaginándomelas rendidas a mis pies y sometiéndose a todas mis sanas perversiones. En éstas estaba – me la estaba chupando Jennifer Tilly, una actriz que últimamente me pone de un burrooo…- cuando un grito seco, aterrador, proveniente de la garganta de una mujer, me sobresaltó. Como consecuencia de ese auténtico aullido, perdí la concentración y dejé mis prácticas de autosatisfacción manual (y a la buena de Jennifer) para mejor ocasión. Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana; subí la persiana y así pude comprobar que había luz en la habitación de Javi. De allí provenían los gritos, que todavía podían oírse, aunque ya más mitigados. Por sana curiosidad, agudicé mi oído intentando escuchar lo que parecía una conversación; pero no pude, por más que lo intenté, distinguir una sola palabra. Por un instante me pareció oír la voz de Javi… aquello no era posible; con toda seguridad sería su padre el que hablaba. De todos modos, llegué a dudarlo, más que nada por la naturaleza de los gritos de Gloria. ¿Por qué razón estaría gritando de esa manera…? Supongo que aún no se habría acostumbrado al vacío existencial que le produjo la muerte de su hijo.

Ellos, los padres de Javi, no me hablan. Procuran evitarme si me ven en el portal; si tenemos que compartir el ascensor esperan, sin dirigirme la palabra, a que yo haga mi correspondiente viaje arriba o abajo para luego hacer ellos lo propio. No sé… esa actitud histérica de Gloria no hacía más que alimentar mi sensación de culpa por lo sucedido con su hijo. Ya, ya sé que no soy responsable más que de mis propios actos, pero es algo inevitable, no puedes dejar de plantearte cuestiones como ¿y si no hubiese llamado ese día a Javi para salir…?

Cuando se apagó la luz en la habitación de mi amigo, me entró un gran ataque de responsabilidad: nada de pajas, a poner al día todos los apuntes que poblaban desordenadamente mi – por así llamarla – mesa de estudio. En ello estuve enfrascado, en un alarde de concentración impropio de mi innata irresponsabilidad, hasta las ocho y media de la madrugada, hasta que, por puro agotamiento, no pude más y tuve que echarme en la cama a dormir plácidamente. Tres horas más tarde sonó el timbre de nuestra puerta, llamada que yo oí entre las tinieblas del más profundo de los sueños, pero que no hizo que me sintiera aludido, ni mucho menos. Iñigo, que preparaba café para todos mientras silbaba melodías harto irreconocibles por lo que de inventadas tenían, se dignó a abrir la puerta y… ¡oh, sorpresa! Allí estaba Gloria, la vecina del ‘D’, la madre de Javi…”

– Buenos días.

– Buenos días, señora.

– ¿Estará Pedro en casa? Me gustaría hablar con él.

– ¡Eh… ! Sí, claro, claro… pero es que está durmiendo. Espere, que yo lo aviso ahora mismo.

– Gracias… si no es molestia.

– No, no; molestia ninguna… pero pase, pase, no se quede ahí de pie en la puerta. ¿Quiere un café? Acabo de hacerlo.

– No, gracias; no puedo tomar café.

– … entonces ¿un té?, ¿una manzanilla? No sé… a ver qué tenemos por aquííí.

– No te molestes, de verdad, que no quiero nada.

– Como usted prefiera. Voy entonces a avisar a Pedro.

Sin poder aún salir de su asombro, Iñigo sale de la cocina con la intención de despertar a Pedro y ponerlo sobre aviso de tan imprevisible visita. No parece que Gloria venga en son de guerra, sino todo lo contrario; por sus gestos, por su tono de voz, parece tranquila…

– ¡Pedro…! ¡Pedrooooo! Ábreme, que tienes visita.

No sin dejar de sospechar que ésta puede ser una de las múltiples bromas de Íñigo, Pedro se levanta y, sin abrir la puerta de su cuarto, por si las moscas, pregunta desde el interior quién era esa supuesta visita.

– Es Gloria, la madre de Javi.

– ¿En serio? ¡No vengas ahora a tocarme los cojones, que estuve estudiando hasta las ocho y media, joder!

– Sí, tío… de verdad, que no es ninguna broma.

– ¡Joder, la hostia…! Dile que ya voy…

Pedro, ante semejante imprevisto, abre por completo los ojos y despierta con los demás sentidos ya activados. Acelera su proceso ritual de recién despertado: se viste deprisa, corre hacia el cuarto de baño para salpicar su cara con chorros de agua fría, se peina, a continuación, frente al espejo, que devuelve aumentadas sus ojeras, las cuales destacan sobre manera entre la normalidad de los demás rasgos faciales, y, sin pensárselo dos veces para no seguir así estimulando su creciente temor ante la duda que le provoca tan inesperada visita, sale del baño en dirección a la cocina, donde le espera la madre de su colega muerto.

– Hola, Gloria.

– Hola, Pedro, buenos días; y perdón por haberte despertado tan… temprano – Todo esto, dicho así, acompañado de una espontánea sonrisa, supone un cambio radical de actitud para con él, algo que no deja de causar la extrañeza lógica en Pedro, pero que al mismo tiempo constituye un gran alivio de conciencia.

– No te preocupes; tendría que levantarme tarde o temprano.

– Bueno, yo os dejo, que tengo que irme para clase. ¡Hasta luego!

Íñigo apura su café solo y se despide premioso al darse cuenta de que está de más en la cocina. Gloria y Pedro se despiden de él sin prestarle excesiva atención, y se quedan solos en el ring, sin jueces… aunque, después de tanto precalentamiento, al final no va a haber pelea, el combate queda anulado hasta nueva orden.

Gloria trae consigo una gran bolsa de plástico que contiene algo que se dispone a sacar de su interior en ese preciso instante.

– Mira, el motivo de mi visita es éste – Y muestra a Pedro una cazadora negra de cuero con una inscripción en la espalda, dos letras en mayúscula y un número: MC5

– ¡Mi chupa!

– Sí… creo que tenía que habértela devuelto antes, pero… no sé… no sé lo que me pasaba; estaba muy confusa y descargaba parte de mi ira echándote a ti la culpa de lo que le ocurrió a mi hijo.

– No era necesario, Gloria… te comprendo perfectamente. Ahora mismo voy por la cazadora de Javi y te la devuelvo.

– ¡No… ! No la quiero, no la necesito. Mejor quédatela tú como recuerdo… como recuerdo de un amigo.

– Como quieras… y gracias, muchas gracias.

– No hay de qué… ¿Sabes? Ayer por la noche hablé con mi hijo… como suelo hacer todas las noches desde que murió… pero esta vez fue distinto: fui a su habitación antes de irme a dormir… y allí estaba él; bueno, no era él, sino su espíritu, su silueta, su forma… Desprendía un aura de un tono como azulado. Al principio me asusté, como es lógico, pero luego noté que trataba de decirme algo, y entonces me calmé. Me dijo algo sobre no sé qué de unas fases en el devenir del Universo… o algo así. La verdad es que yo no entendí nada, pero tampoco me interesaba ese tema lo más mínimo; a continuación me habló de ti… dijo que no debía culparte de lo sucedido, que se lo tenía merecido por lo que había hecho en el pasado… también me transmitió un mensaje para ti; “Dile a Pedro que deje de comerse el coco con lo ocurrido, que yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos. Cuéntale también que yo era amigo de Víctor cuando vivíamos en Madrid… él lo entenderá”, me dijo, y, sin darme tiempo para replicar, desapareció. Sé que no lo volveré a ver… es algo intuitivo… … Pensarás que estoy loca, ¿no?

– No, por supuesto que no.

– ¿Crees en los fantasmas… en que hay otra vida?

– No. No creo que exista una vida distinta a ésta.

– ¡Ves…! Entonces no te has creído ni una sola palabra de lo que te acabo de contar.

– No, no. No es eso… exactamente. Mira, puede que haya algo, algo desconocido, pero yo eso lo atribuyo a un poder de sugestión. Nuestra mente está predispuesta, en determinados momentos, a crear fantasmas, espíritus… o lo que sea, pero sólo con la intención de reconfortarnos interiormente, o de explicarnos lo de por sí inexplicable. No lo sé. La verdad es que no tengo idea…

– Bueno, pero al menos es una bonita teoría.

– Sí, puede que sólo sea eso, una bella teoría. Me aterra todo lo que no se puede explicar racionalmente… ni siquiera creo en que haya un dios o algo parecido. Yo hablo con la foto de mi abuela Dolores, y a veces me da la impresión de que me responde, que me aconseja y me guía.

– Puede que esa sea tu propia fe, ¿no?

– Puede…

De repente se callan; se interrumpe la conversación porque ambos sienten la necesidad de darse un fuerte abrazo mutuo, y eso hacen, dejando a un lado toda actitud represiva que indique que lo mejor sería no haber llegado hasta ese punto. Impulsada por un subliminal instinto escondido, Gloria, en la efusividad del momento, tan eróticamente inexplicable, separa lo justo su cabeza del hombro de Pedro hasta poner su cara frente a la de él. No lo puede evitar, le da un beso, al que Pedro responde instintivamente, sin pararse a pensar en lo que está haciendo. El siguiente paso de Gloria consiste en trasladar su mano derecha hacia la entrepierna del joven amigo de su hijo. Acaricia sus genitales, primero por fuera de la bragueta, y, poco después, tras librarse de la barrera que suponían los botones de los tejanos, así como del siempre impertinente botón de los boxers, agarra con fuerza el miembro viril que, en apenas dos segundos, se pone tan duro como el mármol. Pedro se deja llevar por el calor de la pasión momentánea y también pasa a la acción: en primer lugar, pone al descubierto los pechos de Gloria; luego, con la ayuda de su mano izquierda, y sin dejar al mismo tiempo de chupar sus pezones, se adentra en las profundidades de los muslos de la madre de su amigo. Súbitamente, como si un rayo católico hubiese descargado toda su furia sobre sus espaldas, Pedro se separa de la acción justo en el preciso instante en que comienza a correrse.

– No, Gloria, no. No es justo… no está bien – dice mientras no cesa de manchar con su blanco líquido la negra falda de Gloria, vestida con un riguroso luto.

– ¡Cómo que no… cómo que no está bien… ! Yo lo deseo, quiero que me folles, que me hagas sentir lo que tanto hace que no siento… venga, Pedro, no pares ahora.

– ¡No, no quiero! Es por Javi… ¿No lo entiendes… ? No es justo… por él.

– Pero, ¡qué más te da, ya no nos puede ver! Además, tú no crees en fantasmas, me lo acabas de decir…

– ¡Qué chorrada! Eso no es necesario para respetar la memoria de un amigo. Basta con el recuerdo.

– Pero, ¡tú te has corrido… me has manchado toda la falda! ¡Y yo quiero tener mi orgasmo…! Sabes, mi marido no me hace ni caso, no me folla casi nunca y yo…

– Está bien, de acuerdo. Si yo me acabo de correr, tú también tienes derecho a correrte… Favor por favor.

Y Pedro masturba a Gloria con su dedo anular derecho, moviéndolo acompasadamente de un lado a otro encima del prominente clítoris, que destaca como un pene en miniatura entre los labios vaginales de Gloria. (En su percepción, su propio dedo se confunde con el recuerdo de Ingrid…) Ella acaba obteniendo lo que quería, su orgasmo; pero Pedro no puede dejar de pensar en qué diría Javi si pudiese verlos… Javi, el antiguo colega de instituto de Víctor.

Antes de irse para su casa, Gloria le pregunta a Pedro que si él sabe lo que significa eso que le había dicho su hijo de ‘yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos’. Pedro responde que no tiene ni la más remota idea de lo que Javi habría querido decir con aquella frase tan sentenciosa, mientras su mirada se traslada desde el sujetador negro de Gloria hasta el platero, sobre cuyo estante reposa la edición de 1982 de la editorial inglesa Picador de ‘Midnight’s Children’

… DE LA VIDA L…

L.

La chica regresa a su casa después de haber pasado todo el fin de semana fuera de ella. Es domingo; son las once y veinte de la noche. Su madre está realmente muy preocupada ya que su hija no había dicho que se iba a pasar todo el fin de semana sin aparecer por su casa. La chica ni tan siquiera se ha molestado en realizar una simple llamada telefónica a su madre…

– Me vas a matar de un disgusto, hija. Cualquier día me matas con un disgusto de éstos.

– Perdona, mamá.

– ¡Cómo que perdona…! ¿Crees que con un simple ‘perdona’ ya me voy a quedar tranquila?

– Mañana, mamá… Mañana. Hoy estoy muy cansada… sólo quiero dormir un poco.

– No, si no me extraña. Desde el viernes que te fuiste y hasta hoy… ¡hasta hoy! Duerme, hija, duerme, que mañana ya hablaremos tú y yo largo y tendido… y de todo, absolutamente de todo… y claro, muy claro también. Crees que no sé lo que haces por ahí cuando sales, ¿eh?

– Sí, mamá, lo que tú digas… lo que tú digas.

Y la chica se encierra en su cuarto, lejos de las reprimendas de su progenitora. Está agotada, exhausta, casi al borde del desmayo, pero, aún así, se sienta en su silla de mimbre con ruedas y se acerca a su escritorio. Toma papel y bolígrafo. Todos sus actos los realiza de una manera extremadamente pausada, como si no le quedasen ya energías para moverse a un ritmo normal. Sólo puede actuar a cámara lenta, como en la repetición de un gol… Escribe, por fin, tras haber meditado durante unos minutos.

Querido amigo

No sé ni como empezar… y ya tengo que terminar, que irme de tu lado, que despedirme de todo y de todos… y te elijo a ti por una razón fundamental: tienes que perdonarme; perdóname por haberte utilizado y por haber actuado en tu contra, por haber entrado, sin tu permiso, en el mundo de tus más íntimos sueños… por haberte robado parte de tus sentimientos, de tú buen corazón.

Un beso eterno

INGRID……………………”

Quince segundos después de haber rubricado esa nota, la chica la rompe en mil trocitos que luego tira por la ventana como si se tratase del confeti que unos niños lanzan al aire al paso de un desfile. Su gesto no refleja su verdadero estado de ánimo. Sus ojos no parecen ser ya el espejo de su interior. No es ella, la chica… Se tumba encima de la cama y trata de coger cuanto antes el sueño. Está cansada, cansada… realmente cansada; sus dedos están también muy doloridos: no están acostumbrados a conducir tantas horas, tantos kilómetros… “Bueno, ya está”, susurra Ingrid, la chica, antes de acomodarse en una postura que le permita bucear por los recónditos fondos abisales del sueño. Pero su madre insiste desde el otro lado de la puerta.

– Ingrid, hija, ¿estás ya dormida?

– Sí, mamá, casi lo estoy.

– No te olvides que mañana tienes que madrugar, que tienes la entrevista con los del banco… ya sabes que la entrevista es en inglés, y que ese trabajo te vendría estupendamente para ir centrándote, para ir sentando un poco esa cabeza loca que Dios te ha dado… ¡Ay!… Duerme bien, hija mía, y sueña en inglés, sueña con los colores del arco iris, que eso trae suerte, mucha suerte.

– … … … … – La chica no responde.

– ¿Me estás escuchando, hija? Tienes que poner el despertador para las ocho y media, que la entrevista es a las diez…

– I know, mom… I know – Pero su madre no ha podido oírla porque esas palabras han salido de su boca sin la suficiente fuerza como para poder llegar hasta los oídos de Soledad, la madre ocupada y preocupada.

La chica, Ingrid, adopta una postura que asemeja el estado fetal; así, de esa manera, la neblina de los cenagosos pantanos del mundo del sueño se infiltra por todos sus poros para anestesiarla por completo. Es extraño, realmente extraño que la chica pueda cerrar sus ojos y relajarse en esa postura: ella siempre duerme boca arriba… en ninguna otra posición puede ella conciliar el sueño.

Se acabó.

La luz poderosa vino y se la llevó, y en su lugar dejó, sobre la colcha de ganchillo, una nota hecha con letras de varios tamaños recortadas de periódicos y revistas.

A la mañana siguiente, la madre preocupada se encontrará con el vacío de la habitación de su hija, que le asestara tal bofetada, que no podrá recuperarse de su dolor durante el resto de sus días.

Mientras tanto, la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central de Asturias, en Oviedo, recibe en sus lúgubres aposentos a un nuevo huésped, que, en éste, su último viaje, escucha el eco de la voz de Morrissey cantándole muy suave eso de “sing me to sleep, I’m tired (cántame para dormir, estoy cansado)…”

… DE LA VIDA XXXIX…

XXXIX.

Ese ruido, ese maldito ruido que emite la paleta del albañil contra los bordes del mármol se va haciendo cada vez más y más insoportable. Los invitados al sepelio van huyendo en oleadas de su inevitable predicción de futuro, de toda la parafernalia que la muerte siempre trae consigo. Cuando el nicho de Javi ya está absolutamente precintado tan sólo permanecen allí sus padres, su hermana y, un poco más alejado, observándolo todo desde la distancia, su amigo Pedro.

No es por morbo, ¡qué va!, es sólo una cuestión de supervivencia, de innato apego a la vida: él se ha muerto y Pedro se siente más vivo que nunca… Y con esa sobredosis de vida decide, en ese preciso momento, buscar soluciones, las causas que han llevado a su buen amigo a permanecer para siempre en ese estado inerte en el que ya no podrá hablar más, ni fumarse otro porro, ni correr en bicicleta, ni volver a escuchar a los Pixies…

De acuerdo, te has muerto… Adiós, hasta siempre. Yo seguiré por los dos”, constituye la única oración por su amigo que sale de los labios de Pedro.

Con el transcurso de los días Pedro irá recordando con mayor nitidez lo sucedido aquel fatídico domingo de madrugada, el accidente que nos separó de Javi. Sólo con ejercitar un poco su capacidad de memoria podrá extraer alguna conclusión que conteste salvadora a todos sus interrogantes… De momento, ya no puede soportar ni por un instante más la visión de esos dos padres destrozados. Había previsto darles el pésame, pero no le quedan fuerzas para acercarse a ellos. La madre de Javi se agarra desesperada al nicho sin dejar de gimotear; el padre trata en vano de tirar de ella para poder irse de aquel lugar cuanto antes; y la hermana permanece ajena al dolor paterno mientras llora para sus adentros todo el dolor que la inunda un poco más cada segundo que pasa. “Dantesco espectáculo”, piensa Pedro y, con la venia, da media vuelta para escapar por piernas del hogar de la materia orgánica de los muertos. Mientras busca la puerta de salida de ese laberíntico cementerio, se fija en algo que lama poderosamente su atención: una fosa común presidida por una extraña escultura, rodeada ésta por multitud de ramos de flores como mínimo originales – rosas rojas que forman una estrella de cinco puntas, rosas y claveles rojos que dibujan simbólicamente una hoz y un martillo, composiciones florales tricolores: rojo, amarillo y morado… – “Joder, cuántas banderas republicanas”, piensa Pedro en alto a la vez que empieza a preguntarse intrigado si no estará enterrada allí su abuela Dolores. No hay ni una sola cruz, ningún símbolo católico, sólo un cartel al pie de la escultura que reza: ‘Monumento a los hombres y mujeres torturados y asesinados por la represión franquista’… Da lo mismo, porque aunque la vieja Dolores no descanse en ese mausoleo, para Pedro esa fosa común tan idealista, tan idealizada a partir de ahora, ha supuesto todo un hallazgo: “Supongo que no os importará si vengo aquí de vez en cuando a charlar un poco con mi abuela, ¿verdad?… … Muchas gracias, sois cojonudos”. Pedro sabe que allí hay un sitio para ‘La Carretona’, revolucionaria hasta la médula, y muerta como todos los que yacían bajo aquel suelo por el rodillo de la represión franquista, aunque ésta fuese parte de la represión pre-Guerra Civil… o ¿quién si no había sido el encargado de “limpiar” Asturias de las hordas revolucionarias que osaban “ensuciar” el suelo patrio?

Sale, por fin, del cementerio municipal de Oviedo; y camina con una nueva sensación, algo que hasta le hace sonreír… porque Javi, por el momento, se esconde agazapado en otro rincón de su cerebro no conectado con el pensamiento presente.

En los aledaños del camposanto espera pacientemente Fernando, aunque un poco inquieto ya ante la imprevista tardanza de Pedro.

– ¡Hombre, por fin apareces! ¿Dónde te metiste?

– ¿Qué?

– Que dónde estabas, que llevo media hora aquí esperando. Los padres y la hermana de Javi se fueron hará ya unos diez minutos…

– ¿Tanto? … Joder, pero si acabo de dejarlos allí… en…

– Tú alucinas, colega.

– Es que se me pasó el tiempo mirando una fosa común.

– ¿Una fosa común?

– Sí, una fosa común… … Es una larga historia que ahora no viene a cuento; ya te la contaré otro día, que lo que más deseo en este instante es perder este puto lugar de vista.

– Yo también… Vámonos. Tengo el coche aparcado al lado del tanatorio… ¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

– Sí, sí… no pasa nada… Es extraño, ¿no crees?

– ¿El qué?

– Que se te muera tu mejor amigo, que lo acaben de emparedar ahí dentro para que se pudra para siempre… y nosotros aquí, tan tranquilos, como si tal cosa.

– Ya… es ley divina: unos se van…

– ¡Qué ley divina ni qué hostias! Es el destino, tío, el puto destino…

– No sé… puede… ¿De verdad aún crees que ella iba a por ti?

– ¿Quién?

– Joder, ¿Quién va a ser? ¡¿Quién coño va a ser?! Lo que me contaste del intercambio de cazadoras, el accidente, el coche rojo que conducía ella, Ingrid.

– ¡Ah! Sí, claro… Ingrid. Casi no me acordaba ya del accidente de marras.

– ¿Qué tienes pensado hacer a partir de ahora?

– No lo sé… No tengo ni puta idea… Creo que debería aclarar algunas cosas con ella. De todas formas, puede que ella no haya sido…

– Si estás totalmente seguro de que fue ella deberías denunciarla directamente, y dejarte de rollos.

– ¿Denunciar? ¿Denunciarla yo? ¡Qué va, tío, qué dices…! ¡Ni pa dios! ¿Acaso crees que la puta inepta policía puede solucionar algo?

– Bueno, es lo correcto, lo legal, ¿no?

– Mira: Javi, mi amigo, está tieso, allí encerrado, metido dentro de un puto ataúd… eso ya no lo va a solucionar nadie… La verdadera justicia no tiene porque ser la que nos imponen, la que nos han hecho mamar desde críos… Hay miles de formas…

– Por supuesto que sí, pero sólo una válida: denunciar y que cada uno se encargue de su trabajo.

– Joder, vaya insistencia, tío… Ni que te dieran a ti de comer los ‘maderos’.

– Acabas de hacer diana: mi padre es un ‘puto’ policía.

– … Bueno, ¿y qué? Yo sigo pensando lo mismo; eso no cambia nada…

– Ya. Tú lo que eres es un cabezota… Ya verás, ya verás cuando se lo cuente a mi padre…

Fernando introduce la llave en el contacto y, entre risas y bromas derivadas de su conversación, salen definitivamente de aquel infierno en la Tierra. Fernando comprende en parte a su nuevo amigo: Pedro busca desesperadamente una vía de escape que pueda reconfortarlo internamente de alguna manera; no pretendía, a estas alturas, empezar a jugar a los detectives; sin embargo debe preguntar, indagar, si quiere estar en paz y armonía con su propia conciencia, no ya sólo por Javi, sino también por su propia estabilidad emocional… Vaya un supuesto como punto de partida: la chica de la que está enamorado desde hace unos años, aunque él no lo reconocería abiertamente ni bajo tortura china, se carga así, por las buenas, a su mejor amigo… puede que confundiéndolo con él mismo… O no, quizás lo ideal sería que todo hubiese sido fruto de una extraña casualidad, bien como consecuencia de una imprevista autotraición alucinógena, o bien como causa de una paranoia esquizoide provocada por la interna lucha amor-odio que se vivía, desde el día en que la conoció, en el corazón de Pedro.

¿Ley divina? ¿Destino? ¿Casualidad?… ¡Qué más da! Ya no hay vuelta de hoja, y lo único cierto es que los gusanos afilan ya sus cubiertos para, sin más demora, hincar el diente en la fresca carne joven que acaban de adquirir a precio de saldo, que poca carne joven suele haber de oferta en esta época de longevidad, ya que sólo carne vieja, dura y arrugada, procedente del matadero al que los humanos llaman geriátrico, es distribuida regularmente en el frío país de los gasterópodos…

… DE LA VIDA XXXIV…

XXXIV.

Como todos los años, el quince de noviembre estaba reservado, era una fecha marcada para siempre en el calendario interior de Pedro. Había ido a su pueblo a visitar a Simón, a hacerle el correspondiente resumen de los acontecimientos del año transcurrido a su viejo amigo.

Allí estaba la madre de su amigo, en el cementerio, colocando un gran ramo de rosas rojas sobre la tumba de su añorado hijo, repitiendo automáticamente cada movimiento que, con el riguroso luto que aún la vestía, parecía, cada año, una nueva toma del mismo plano. Sólo su pelo, poblado ya de canas, y las arrugas que inundaban su cara delataban el paso del tiempo – quince años, cinco mil trescientos setenta y cinco largos e interminables días para una mujer cuyo único hijo se había muerto habiendo cumplido tan sólo seis primaveras -. No tuvo más hijos. Su marido se vio obligado a abandonarla, por pura y dura extenuación – no soportaba ni por un minuto más vivir en un mar de continuo sufrimiento huracanado -. Sólo Simón, el eterno niño preso de por vida en su memoria, la anudaba a la barandilla del puente que, en su caso, separa la vida de la nada.

– Buenas tardes, señora Rosalía.

– Buenas tardes – Ella alza la vista y ve a Pedro de pie, a su lado, tranquilo, con las manos en los bolsillos – ¡Mira Simón, ha venido tu amigo Pedro a verte!

– Sí, claro. Ya sabe que nunca falto a la cita con Simón.

Doña Rosalía se lo queda mirando durante un largo instante, luego se acerca a él y le acaricia el pelo.

– Vaya grande y guapo que estás. Son veintiún años ya, ¿no?

– Si, señora, cumplidos el trece de julio.

– Ya… El de Simón es del dos de febrero… ¿Recuerdas la fiesta de cumpleaños?

Pedro asiente con un gesto. No pretende tirar mucho de la cuerda, y sigue escuchando.

– Estaban también Miguelín, el de “La Frasia”, y aquella niña tan mona… ¿Cómo se llamaba…? Si, hombre, la hija de aquellos que tenían una droguería en la plaza, que habían venido de Foz.

– Merceditas, era Merceditas. Mucho nos metimos con ella aquel día.

– ¿Qué será de ella? Se fueron hace ya nueve años, creo que a Vigo… No sé, no lo recuerdo con exactitud.

Rosalía, como tenía por costumbre cada quince de noviembre, cambió la foto de su hijo, colocada allí en medio de la cruz que presidía la tumba. Abrió el portarretratos de cristal, sacó la descolorida imagen de su retoño, y puso allí una nueva copia de la misma imagen, exactamente igual: el Peter Pan de Cacabelos. Dio un beso muy sonoro a su pequeño hijo, limpió cuidadosamente la marca de sus labios impresa sobre el papel fotográfico, y se despidió de los dos amigos.

– Bueno, os dejo, que así podéis hablar a gusto.

Anochecía con toda la rapidez del otoño. Un cementerio siempre resulta un lugar siniestro: los cipreses que hacen guardia, en fila de a uno, frente a cada sepulcro, el ruidoso crujir de huesos que se van resquebrajando, junto con ese perenne silbido fruto de la gula de miles y miles de gusanos que intentan abrirse paso entre carne putrefacta, pueden provocar pánico al más pintado. Pero Pedro ni se entera. Sigue contándole sus cosas al amigo perdido, mezcla de papel Kodak de Luxe y de losa de mármol granítico. Este último año ha sido especialmente duro.

– Tú que eres amigo de la muerte…Bueno, igual eso suena un poco fuerte, así como a legionario o algo parecido. Me refiero a que, ya que estás en una situación totalmente desconocida para una persona con vida, pues eso, que podías ayudar a mi amigo Javi, para que aguante, para que sobreviva. No creo en fantasmas, y eso que me da la impresión de que me gustaría poder hablar con uno, con el tuyo, con el de mi abuela Dolores… No sé… Tampoco creo que exista una especie de vida después de la muerte… Claro, ahora te preguntarás qué coño hago aquí, hablando solo delante de tu tumba. No sé explicarlo bien, sencillamente crecemos y nos vamos haciendo más y más complejos. Y eso que yo no soy de los mas raros. Ahí tienes a Ingrid, por ejemplo. Ya ves, ahora me siento algo ridículo. Casi es ya noche cerrada y sigo aquí, solo y sin notar aún la más mínima sensación de miedo… ¿O sí? Tengo que despedirme ya, amigo. Vuelvo dentro de un año. ¡Ah! Y no te cortes, si quieres presentarte como aparición fantasmagórica ante mi, no lo dudes ni un instante… Recuerda que todavía me debes unas cuantas canicas.

Y se va caminando despacio sin dejar de mirar al frente, a ese portón metálico que separa a los vivos de los muertos. Decide, mientras, fumarse un cigarrillo porque el miedo empieza a acelerar su ritmo cardíaco. Piensa que quizá no tenía que haber animado a su amigo a convertirse en fantasma, y más aún cuando se da cuenta de que, claro, no dejaría de ser un ánima de seis años. “Sería algo así como Tom Hanks en ‘Big’, sólo que al contrario… Supongo”. De esta forma apura sus últimos pasos, que ya denotan algo más de prisa, hasta empujar el portón y salir del camposanto. Una vez a salvo, da un fuerte resoplido de alivio, y controla con suma avidez que, de puertas afuera, todo sigue en su sitio: la fábrica de cementos en frente, coches que pasan en dirección a Quilós, Canedo o Vega de Espinareda…

A mi que me incineren, y que tiren mis cenizas donde les salga de los cojones”, se dice a sí mismo.

Al día siguiente regresa a Oviedo y, como siempre que viene del pueblo, llega cargado de viandas típicas de la tierra: chorizos, botillos, jamón, y conservas caseras de pimientos, castañas, y cerezas en aguardiente, que, entre los cuatro del piso, no suelen durar más de una semana. Esa misma noche se beberán todo el aguardiente y se comerán también las ricas cerezas, impregnadas de buen orujo hasta el mismísimo hueso; ya aniquilarán medio jamón, así como cinco o seis chorizos. Si sus padres supieran de este consentido y compartido saqueo, no se esforzarían tanto en preparar todos esos manjares para tener bien alimentado a su vástago.

Cargado como una mula, se dirige hacia la salida de la estación de autobuses. Se para cada seis o siete pasos para ir cambiando los paquetes de mano, y así compensar, de alguna manera, tamaño peso. Se va imaginando las caras de hambrienta alegría de estudiantes-en-piso que el contenido de los paquetes provocará en los demás.

Llega hasta el portal del número 36 de Fray Ceferino, posa en el suelo los bultos, y busca las llaves en el bolsillo de su pantalón. Gira su cabeza para tocar el timbre ya que no puede dar con las malditas llaves, y entonces ve, pegada en el cristal de la puerta, una esquela. Centra su vista lo más que puede, al no contar con la inestimable ayuda de sus gafas o de sus lentillas, y lee, bajo la jodida cruz de siempre, el nombre y los apellidos de su amigo: Javier Antonio Carril García. “Me cago en dios, ¡¡NO!!”. Su amigo Simón no debía ser muy amigo de la Vieja Dama. Lógico, con seis años sólo quieres tener amigos de tu edad.

… DE LA VIDA XXVIII…

XXVIII.

Muchas veces Pedro se quedaba ensimismado observando las fotografías de su abuela, esas fotos en un rancio blanco y negro retocadas hasta dar un tono angelical a la expresión que emanaba de cada rostro allí plasmado para los restos… esa mirada siempre desafiante, en duro contraste con el amago de sonrisa que estaba presente en todos y cada uno de los retratos. Se imaginaba gestos y, algunas veces, partiendo del fotograma que tenía enfrente, continuaba la acción: Dolores posaba; el estallido de luz daba paso a una ligera conversación entre el retratista de Cacabelos, llamado Honorio, y esa mujer a la que acababa de inmortalizar. En la mayor parte de esas ocasiones, Pedro despertaba de sus ensoñaciones al oír la voz de su madre que requería su presencia para solventar cualquier nimiedad.

– ¡Mamá?

– Dime, hijo

– ¿Cuándo murió la abuela?

– ¡Uf! Hace mucho tiempo ya, en el 34. Yo casi no me acuerdo de ella, de verla, me refiero. Yo era casi un bebé cuando nos dejó.

– Y ¿de qué murió tan joven?

– Ay, hijo, ni me acuerdo. A mi me contaron tantas historias distintas que ya no sé ni cuál de ellas puede ser la verdadera. Además, sabes de sobra que no me gusta hablar de ese tema.

– Pero, es que…

– Ni peros ni nada. Hala, ayúdame a subir la ropa al desván, que ya sabes que yo no puedo con tanto peso, que mi espalda ya no está para estos trotes.

Angustias, aunque disponía de una lavadora de carga superior, gustaba de lavar la ropa blanca a mano, desafiando conscientemente al progreso; y no se iba al río a hacerlo porque le daba vergüenza, que eso sólo “lo hacían ya las gitanas” y, claro está, no le gustaría ser comparada con ellas. Ya se sabe, el racismo amparado por el catolicismo extremo. Pedro, con sus catorce años, estaba ya lo suficientemente fornido como para subir dos pisos con una carga de casi quince kilos de ropa mojada. Las sábanas blancas tendidas en el desván, impregnando todo el ambiente de un penetrante olor a limpio, constituían una de las imágenes preferidas por Pedro, que solía utilizar como fondo para sus lecturas de batallas y demás eventos que aparecían en los libros de historia.

“¿Por qué no hay fotos del abuelo?”, la pregunta tabú, la pregunta que sólo había osado plantear tres años atrás, por pura y simple curiosidad. La respuesta: silencio y miradas entrecruzadas entre Aurelio y Angustias para, acto seguido, cambiar de tema sin molestarse siquiera en decir un simple “no”. Pedro, el gran observador, no se atrevió jamás a repetirla al darse cuenta de que nunca jamás recibiría una respuesta.

Una familia unida se resquebrajaba por momentos. Tres miembros, y dos bandos atrincherados esperando el próximo ataque enemigo. A veces, la situación de tregua se prolongaba durante unos días, llegando, a duras penas, a la semana. Entonces, sin previo aviso, llegaba un ataque por sorpresa del soldado Pedro y todo su ejército unipersonal. Ese día, nada más terminarse el postre, saca del bolsillo izquierdo de su pantalón vaquero un paquete de cigarrillos rubios americanos, extrae uno del interior, se lo coloca entre los labios y lo enciende con la ayuda de su mechero nuevo de gasolina; luego da una calada inhalando el humo con toda la potencia de sus pulmones, lo expulsa a continuación, y mira intrigante a los dos componentes del batallón enemigo. Observa su reacción para poder adelantarse así a su más que previsible contraataque.

– ¿Has visto, Angustias? Tu hijo ya no respeta nada.

– ¡Ay! Este hijo mío se nos pierde, se nos pierde, Aurelio.

– ¡Apaga ese cigarro ahora mismo, que aquí no se fuma!

Pedro se levanta de la mesa para coger uno de esos tan llamativos ceniceros que sólo sirven para decorar las baldas del armario de la cocina, o también para depositar en él los huesos de las aceitunas cuando Angustias las pone como entremés. Se sienta de nuevo, sin dejar de fumar y denotando con su mirada más desafío incluso, sin molestarse siquiera en responder a las advertencias paternas.

– ¡Cagüendiós! ¡Ya estoy hasta los mismísimos cojones! – Aurelio da un manotazo a la altura de la muñeca del brazo izquierdo de su ahora rebelde hijo. El cigarrillo cae al suelo, y Aurelio lo pisotea como un poseso mientras sigue jurando sobre todos los estamentos.

– Papá, ya no respetas nada. En esta casa no se pueden decir tacos, que nos molestan. ¿A qué sí, mamá? – Y enciende otro cigarrillo, esta vez entre unos labios que dibujan una sonrisa demasiado irónica como para poder ser consentida. La batalla parecía ganada. El enemigo no sabe ya que medidas estratégicas tomar; sólo debe dejar que el impulso guerrero dicte los pasos a dar. Aurelio agarra la botella de gaseosa, de un macizo y duro cristal, la levanta amenazante contra su hijo y suelta un bramido casi ultrasónico que hace temblar hasta los pilares de la Tierra. Angustias reacciona y entra en combate con la intención de frenar al kamikaze que se dispone a asestar el golpe definitivo. Le agarra el brazo con todas sus fuerzas.

– ¡Aurelio, no te pierdas! ¿Qué vas a hacer, insensato?

“Muy bien”, piensa Pedro sin inmutarse lo más mínimo ante los movimientos tácticos de sus contrincantes. “Ahora se pelean entre ellos, y yo aprovecho para pirarme”.

Suena el teléfono, justo la excusa que Pedro necesitaba para levantarse definitivamente de la mesa y salir del campo de batalla sin ser perseguido.

– ¿Sí?

– ¡Hola? ¿Quién sos ahí?

– Yo soy Pedro. ¿Con quién hablo?

Ché, Pedrito. Soy tu tío Caaarlos.

– Hombre, tío, ¡qué sorpresa!

Esteee… acabo de shegar. Estoy en Madrid, y mañana mismo voy para el pueeeblo. Desile a tu mamá que se ponga, sha verás vos que contenta se pooone.

– ¡Mamáaaa! ¡Al teléfono!

Carlos, el hermano mayor de Angustias, su único hermano, que con diecisiete años se había ido para la Argentina a buscarse la vida. Vida que en el ‘44 se hacía harto dura en su tierra, sobre todo siendo rojo y bocazas, dos aspectos incompatibles en aquellos tiempos, y que, con toda seguridad, darían con sus huesos en una de las lúgubres cárceles franquistas.

Pedro había conocido a su tío Carlos hacía ya cinco años, cuando éste había venido desde Buenos Aires para solucionar unos pequeños problemas que habían surgido con la herencia de un pariente que había dejado unas fincas para dividir entre dieciséis primos. Guardaba una grata impresión de aquella visita. Le caía bien aquel señor tan parlanchín que no cesaba de meterse sanamente con su madre, lo que, debido a la extrema susceptibilidad de su madre, casi siempre derivaba hacia discusiones un poco subidas de tono.

– Aurelio, mañana llega mi hermano Carlos.

– ¡Joder! El que nos faltaba ahora. Eramos pocos y la abuela en cinta. ¡No te jode!

– Bueno, bueno, ya sabes cómo es. Sólo va a estar unos días, así que vamos a llevarnos todos bien, que no quiero yo disgustos, que luego ya sabes cómo me atacán al corazón ¿De acuerdo? Además, es mi hermano, por mucho que nos pese.

Pedro consideraba la venida del tío Carlos como la inminente llegada de tropas aliadas. No era difícil comprobar que no todo fluía relajadamente entre sus padres y su tío. La situación se presentaba muy, pero que muy interesante. Apagó su cigarrillo, y se fue para clase sin poder evitar una gran sonrisa, tarareando feliz “The Cutter”, de Echo and the Bunnymen, “conquering myself, until I see another hurdle approaching. Say we can, say we will, not just another drop in the ocean.” (Conquistándome a mí mismo hasta que vea como se aproxima otra valla. Di que podemos, di que lo haremos, no – seremos – tan sólo otra gota más en el océano.)