… DE LA VIDA LI…

LI.

Por fin Pedro había regresado de su particular Itaca. Seis días habían transcurrido: dos en Palencia, luego cuatro en Madrid… y sin haber podido aclarar nada, al menos materialmente. Nada tangible que llevarse al subconsciente, excepto una nota extraña que Ingrid había dejado como “testamento de despedida” y el comienzo de “Midnight’s Children” del perseguido Salman Rushdie en forma de hoja arrancada de un libro. Sólo la imaginación permitía elucubraciones un tanto hipotéticas y carentes de todo rigor científico; dicho de otra forma, si tuviese lugar un juicio no habría ni una sola prueba efectiva, tan sólo divagaciones, testimonios claramente subjetivos que podrían llevarnos de un lado a otro sin llegar jamás a una solución definitiva.

Fernando estaba ya al borde de la histeria; no tenía noticias sobre las andanzas de su amigo desde aquella llamada telefónica recibida desde Palencia, por eso reaccionó de una manera harto violenta cuando Pedro llamó para decir que ya estaba de vuelta en casa, que cuándo podía pasar a devolverle el coche, aunque, casi instantáneamente, Fernando dejó paso a la alegría, euforia que mataba de un plumazo la anterior preocupación: el hombre del que estaba enamorado, el oasis de su monotonía, estaba bien, no le había ocurrido ninguna desgracia.

Pedro había tenido la delicadeza de parar en un taller de León para que arreglasen el piloto trasero del coche, que sentía la necesidad obligada de entregar el coche tal y como se lo habían prestado, aunque sí que con unos cuantos kilómetros más bajo sus ruedas. Pero este detalle era de lo más nimio, a Fernando le traía sin cuidado… Preocupación que se transforma en súbita alegría, alegría que se va combinando con la intriga de adentrarse cuanto antes en la aventura de la curiosidad por saber qué había podido aclarar Pedro sobre la muerte de Javi.

– Pues ya ves, tío; tanto viaje, tanto rollo, para encontrarme sólo con contradicciones y más contradicciones. – Pedro parecía cansado, no muy dispuesto a contar en detalle todo lo que, en principio, parecía haber descubierto.

– Venga, relájate de una puta vez. Siéntate a tomar el café con tranquilidad, y me vas contando todo… pero por orden, ¡eh?, que si no, no me voy a enterar… Bueno, si te apetece, claro; porque yo…

– Sí, creo que será lo mejor. Además, puede que tú llegues a alguna conclusión lógica, porque lo que es yo… – Pedro apura el último sorbo de su café cortado, y se dispone a soltar su monólogo ante los atentos oídos del impaciente Fernando – Lo del desguace de Palencia me lo salto, que ya te lo conté.

– Sí, sí, lo del accidente de aquellos tres tíos; ayer, cuando me llamaste.

– Efectivamente. Pues luego me fui a Madrid… Los tres fallecidos en el accidente eran unos tíos de Madrid, y allí tendría que encontrar algún indicio… Joder, yo estoy cada vez más seguro de que ése fue el coche que atropelló a Javi, y resulta que el maldito coche de los cojones llevaba ya una gran temporada en aquel taller, como un puto acordeón… A lo que iba; yo había apuntado los nombres de esos tres tíos del Ford Fiesta: Víctor, Antonio y José Antonio – Pedro omite algunos detalles conscientemente, como el encontrar la hoja del libro de Salman Rushdie, ‘Midnight’s Children’, sin otra intención que la de no implicarse, al menos de forma material, en los hechos acaecidos, que, por lo que de macabros tienen, no deben, de ninguna manera, ramificarse hasta llegar a él mismo -… El coche pertenecía al primero de ellos, Víctor, con lo que desde entonces dirigí mis pesquisas hacia él. En Madrid iba a ser muy difícil encontrarlo, pero yo no me iba a rendir a las primeras de cambio. Compré un plano-guía de Madrid para poder moverme con un poco de soltura, y sin tener que estar preguntando a alguien cada dos por tres; luego llamé a Ingrid a su casa, no sin antes habérmelo pensado bien, concienzudamente… no sabía si estaba preparado para enfrentarme a ella, pero necesitaba ayuda y, bien pensado, ella podría aclarármelo todo… o nada. Lo que ocurrió fue muy extraño: me contestó su madre y, al preguntar por ella, se echó a llorar… yo no sabía qué decir. Por suerte, su hermano Erik cogió el teléfono, y, tras preguntarme intrigado quién era y qué quería, me contó que no sabían nada de ella desde hacía, más o menos, un mes y medio, que se imaginaban que se habría ido lejos ya que se había llevado todas sus cosas, todas sin dejar una, tan sólo una…No sé por qué, pero yo ya me sospechaba algo parecido. Antes de colgar el auricular, Erik me invitó a pasar por su casa, cosa que hice, aunque dos días más tarde.

– Joder, entonces ella no pudo haber sido, ¿no?

– En principio sí. Si recuerdas la fecha en que Javi fue atropellado, te darás cuenta de que sucedió hace un mes y dieciséis días exactamente. Y, además, el hecho de que haya desaparecido no implica que ella no pudiera estar en Oviedo aquel día… ¿no? Es más, ella desapareció un lunes, un día después del accidente… Erik me contó que ella se había pasado todo el fin de semana fuera, sin haber siquiera avisado en casa… ese fin de semana, precisamente ese fin de semana.

– Sí, tienes razón… claro… ¡Entonces ya está! ¡Está clarísimo, tío!

– ¿El qué?

– Fue ella; se lo cargó, no sé si intencionadamente o no, pero se lo cargó y luego se dio a la fuga… es evidente.

– Joder, Fernando, eres de un impaciente de la hostia. Espera, ten calma, colega, que aún te queda mucho por escuchar…Déjame contártelo todo por orden y al final opinas, ¿vale?

– Vale, vale; ya me callo.

– ¿Por dónde iba…? ¡Ah, sí…! Yo sólo disponía de tres nombres con sus respectivos apellidos. Empecé, como ya te he dicho, por Víctor, Víctor Manuel González Ortiz. Ahí tuve que recurrir por cojones a mi primera suposición: el tal Víctor tendría algún hermano o hermana, con lo que me encaminé a una sucursal de Telefónica para apuntar los números de teléfono de todos los apellidados González Ortiz que vivían en Madrid; tuve suerte, en el tomo de la ‘A’ a la ‘K’, en la página 1096 había sobre setenta personas apellidadas así; pocas para lo que yo había previsto.

– Tío, estás como una puta regadera…

Sin decir nada, tan sólo con la mirada reprobatoria que Pedro envió directamente a los ojos de Fernando, éste supo inmediatamente que no debía interrumpir el relato de su amigo con más gilipolleces de ese tipo si quería seguir saciando su curiosidad. Con un gesto, tipo defensa central que acaba de hacer una entrada asesina al delantero del equipo rival y se disculpa ante el árbitro con cara de pero-si-yo-no-lo-he-tocado para de esa manera evitar que le saquen la tarjeta roja, Fernando pidió disculpas, a la vez que dio también a entender que no osaría intervenir ni una sola vez más a destiempo.

– Bien, prosigo. Luego entré en una cabina, no sin antes dejar de avisar a la encargada sobre la cantidad de llamadas que con toda probabilidad necesitaría. Comencé a llamar. La verdad es que resulta un poco desesperante llamar y llamar sin obtener la respuesta esperada. Iba señalando también los teléfonos en los que no me contestaban, o en los que respondía el dichoso contestador automático. Eran casi las diez de la noche, y ya estaban a punto de cerrar, cuando obtuve el premio merecido a mi perseverancia. ‘¿El señor González Ortiz?’, pregunté mecánicamente; ‘No, se confunde. Yo me apellido así, pero soy señora…’, contestó una chica con un tono de voz entre confuso y condescendiente; ‘¡ah!, sí claro, perdone… es que necesito una información; es algo urgente…’, y le pregunté directamente si tenía algún familiar llamado Víctor Manuel; ‘Sí, mi hermano… … pero murió hace dos años y medio… en un accidente de tráfico…’ ¿Te das cuenta? ¡Había conseguido llegar hasta él!

Activé mis neuronas y pensé en algo que pudiese llevarme, sin infundir sospechas, hasta Aurora, que así se llamaba la hermana del tal Víctor, que, por cierto, está buenísima, tiene unas pedazo tetas de la hostia, y un cuerpo…¡vaya cuerpo, tío!… Bueno, pero a ti eso ni te va ni te viene…

– Ya sabes que a mí me llaman más la atención un buen par de bultos muy distintos… aunque no los cate… pero, venga, tío; ¿a qué viene ese inciso ahora? Sigue, joder… no pares ahora, que ya no me quedan uñas.

– Vaaaale… Después de disculparme diciendo que sentía mucho lo de Víctor y todo ese rollo al que se suele recurrir en estos casos fingiendo seriedad y compungimiento, le dije que ya lo sabía, que yo era primo de José Antonio Valero, otro de los que palmaron en el accidente de marras, y que necesitaba urgentemente algunos datos para ver si podía esclarecer de una vez por todas el asunto de aquel misterioso accidente que, como ya sabes, no había quedado nada claro en el informe pericial.

– ¿Yo? ¡Yo qué voy a saber!

– Sí, hombre, te lo conté desde Palencia, ¿no?

– ¡Qué coño me ibas a contar, si sólo me diste detalles por alto…!

– ¿Ah! Yo creía que… pensaba que ya te lo había contado. Pues nada, que no se sabían las causas del accidente; el Ford Fiesta invadió el carril contrario de repente, sin que fuese una maniobra de adelantamiento ni nada, justo cuando venía un camión de frente… y lo mas alucinante es que siguió en línea recta y acelerando durante unos segundos hasta darse de bruces contra el camión. Los posteriores análisis de sangre no dieron señales de consumo de alcohol, ni de ningún tipo de sustancia alucinógena. Nada de nada. El coche, que no era más que un puto montón de chatarra oxidada, no tenía ni seguro, y los papeles se habían extraviado todos, absolutamente todos… Joder, nadie figuraba como propietario del maldito coche rojo. Todo extraño, demasiado extraño como para encontrar una explicación coherente. Pero, bueno, ahí tenía yo mi punto de unión con la hermana de Víctor… Quedamos en vernos al día siguiente, en una cafetería del centro comercial de La Vaguada. Ella llevaría puesta una gorra a cuadros blancos y negros para que así pudiese yo reconocerla. Llegué media hora antes, a las once y media – habíamos quedado a las doce. Sobre las doce y diez, cuando ya comenzaba yo a impacientarme un poquito temiéndome que no viniese, apareció radiante, con su gorra a cuadritos – como ya te he dicho, la tía está más que buena… vamos, capaz de estimular hasta la imaginación más reacia a las practicas masturbatorias, y ya casi se me estaba olvidando el motivo real de aquella entrevista -; mis neuronas comenzaban a trasladarse a pasos agigantados hacia mis genitales… Pero desperté, y llamé de inmediato su atención levantándome del asiento que ocupaba haciéndole gestos ostensibles con mi mano derecha. Al verme, vino muy sonriente hasta mi mesa, nos presentamos y comenzamos a charlar con una fluidez impropia en dos personas que acaban de conocerse… Bueno, espera, que voy a encender un pito… ¿Quieres tú uno?

– No, gracias, no fumo… entre semana.

– ¡Coño! ¿Y eso?

– Pues ya ves, empecé a fumar algún que otro cigarrillo, desde el día aquel en que me contaste la historia de Ingrid… ese día fumé mi primer cigarrillo. Pero nada, sólo fumo cuando salgo de marcha los fines de semana…

– Así se empieza; ya verás, dentro de unos meses serás un fumador en toda regla, como todos los que fumamos… Un cliente más para Philip Morris.

– No sé; ya veremos… aunque creo que lo puedo controlar, al menos de momento.

– ¡Ya te digo!

– ¿Y eso…?

– ¿Eso qué?

– Eso de ‘ya te digo’

– ¡Ah! Te refieres al ‘ya te digo’… Joder, que acabo de llegar de Madrid, y por allí todo el mundo lo dice; es una coletilla muy pegadiza.

– Pues anda que si llegas a estar un mes en Madrid…

– Ya sabes, tío, hay que adaptarse, ¿no?… Venga, sigo, que si no nos van a dar aquí las mil y quinientas… Después de hablar con ella, con Aurora, un buen rato, me contó que su hermano Víctor aún hacía COU cuando ocurrió lo de su accidente, que había dejado de estudiar unos años antes en 3º de BUP, y que había decidido retomar sus estudios ante la agobiante falta de trabajo y todo eso… Por delicadeza no mencionamos mucho lo del accidente – recuerda que yo estaba representando el papel de primo de José Antonio -, sólo me dijo que ella sabía lo mismo que podía saber yo sobre lo ocurrido…Sí que le pregunté si sabía a quién pertenecía el Ford Fiesta. Me contestó que, por lo que ella había oído, conducía su hermano en el momento del accidente, y que el cochecito de marras no era de ninguno de los tres. ‘Ya, ya sé que de mi primo no podía ser’, me di prisa en replicar ante el temor de que ella descubriese mi trama. Quizás me estaba excediendo en mi celo por pasar por primo de José Antonio Valero, pero nunca se sabe, mejor sobreactuar que quedarse corto… aunque, bueno, si se llega a los límites de James Dean, casi es mejor ser entonces Victor Mature, el rostro sin gestos… ¡Mi madre! Vaya una fuga de olla más tremenda…¡Céntrate, Pedro! El caso es que ella me dijo, después de mi lamentable inciso, que a su hermano el coche se lo había prestado una amiga el día antes del accidente, que ellos se dirigían a Llanes para pasar unos días con un amigo de Oviedo. Pero, ¡oh maldita mala suerte!, no sabía ni ella, ni nadie a quien ella conociese, cuál era la identidad de aquella amiga. Una amiga, sin más. La amiga misteriosa. Ya, ya sé lo que estás pensando. Ingrid, ¿no? Who knows, Fernando! Who Knows!… … … … Nos despedimos hasta siempre, ya que ella, palabras textuales, tenía que ir a comer con su marido. ¿Te das cuenta…? ¡Con su marido! ¡Qué putada! Estaba casada la muy zorra… aunque ese simple hecho no hubiera supuesto ningún impedimento para un buen polvo… al menos por lo que a mí respecta… … De este breve encuentro con Aurora, por lo menos pude sacar algo en claro: mi siguiente idea: visitar el instituto en el que había estudiado Víctor, ni más ni menos que el famoso ‘Ramiro de Maeztu’, en Serrano… sí, ho, famoso por lo del baloncesto… el equipo de Estudiantes… ya veo que de baloncesto ni puta idea.

– No, ni puta idea de baloncesto… ni de ningún otro deporte.

– Joder, mira que eres raro… Bueno, pues resulta que ese instituto con nombre de escritor fascista es conocido por estar relacionado con un equipo de baloncesto de Madrid. Joder, eres un auténtico analfabeto del deporte…

Bien, pues después de llenar mi estomago con mogollón de basura en forma de asquerosa pizza, me dirigí al citado instituto para ver si me podían facilitar la lista de alumnos de 3º de BUP del curso 87-88, que, habiéndolo calculado con lo que me había dicho Aurora, debía ser el curso en el que el menda ese dejó de estudiar – aunque no definitivamente, ya que eso sucedió gracias al accidente…- Al principio, en secretaría no querían darme la lista; pero, sobre la marcha, me inventé una buena excusa diciendo que yo era José Antonio Valero Valle (supuse que éste también habría estudiado allí), y que quería reunir a la gente de esa promoción para hacer una cena de reencuentro… todo muy americano, ¿no te parece?

– Sí, desde luego.

– Sí, como viajar a ‘Texasville’ desde ‘The Last Picture Show’.

– ¿Qué…?

– Sí, hombre, las dos pelis de Peter Bogdanovich con Cybil Shepherd, Jeff Bridges, Timothy Hutton… La primera es del ’72 o por ahí, y rodó la secuela veinte años después…

– No sé, ni puta idea… ¿Un futbolista, quizá?

– Joder, tú que eres un fan acérrimo de ‘Doctor en Alaska’, al menos deberías saber quién es Peter Bogdanovich… en el capítulo en el que Maurice encarga a Ed la organización de un festival de cine en Cicely, y éste va y se gasta todas las pelas en traerse al Bogdanovich… que hace de sí mismo…

– Sí, recuerdo ese episodio… pero no vi esas películas, ni sabía quién era ese Bog…

– Bogdanovich… Nada, olvídalo. Ya veo que de cine… El caso es que al final, gracias a mi perseverancia, me entregaron la dichosa lista de alumnos; entre todos los grupos sumarían unos doscientos, más o menos (tampoco me paré a contarlos). Revisé todos los nombres; allí estaban los tres accidentados, normal; pero antes, como iba siguiendo la lista por el orden alfabético de los apellidos, me encontré con mi primera sorpresa: Carril García, Javier Antonio… ¡Javi, tío! ¡Javi…!

– ¡La leche…! Tú amigo, ¿no?

– Ni más ni menos que el propio Javi…

– Oye, perdona un segundo, pero es que te vas a quemar con el pito, que está a punto de llegar a la altura de tus dedos.

– ¡Hostia! Ni me acordaba ya del puto cigarro – Pedro hace un mínimo intervalo para apagar ese cigarrillo consumido por auto-ignición – Pero esa no era la única sorpresa. Una vez que había encontrado al último de los que yo estaba buscando, Vázquez González, Antonio José, por curiosidad continué revisando nombres en la lista… hasta que llegué a Zamudio Frías, Ingrid. ¡También estaba la ínclita Ingrid entre los estudiantes de 3º de BUP de aquel curso…!

– ¡No jodas…! ¡Vaya fuerte! ¿No?

Se hace el silencio entre los dos contertulios, el que cuenta la historia vivida y el paciente receptor. Perece como si lloviesen multitud de preguntas sobre cada una de las dos mentes pensantes que comparten mesa en un solitario café del centro de Oviedo. Fernando siente que él debe ser el que rompa el fuego, para lo cual lanza al aire la más que evidente pregunta.

– Entonces, ¿qué relación podrían tener Javi e Ingrid entre ellos… y con los del accidente? Porque lo que sí que está muy claro es que todos se conocían… Seguro que ella es la amiga que les dejó el coche. Yo creo que ya casi se podría asegurar con rotundidad.

– Hombre, Javi… no sé, era un tío muy cerrado, casi nunca quería hablar sobre su pasado… no parecía haber dejado muchos amigos en Madrid… Joder, ni siquiera me había contado que había estudiado en el ‘Ramiro de Maeztu’… y eso que vimos juntos algún partido del Estudiantes… … Sobre Ingrid y los otros tres he llegado a elaborar mi propia teoría: creo que fueron los que la habían violado en los vestuarios del instituto. Por lo que puedo recordar con claridad, ella me había dicho que su novio, el primero en actuar y luego instigador de los otros, se llamaba Víctor… No sé, es sólo una mera intuición, en la lista había otros cuatro o cinco llamados Víctor… puede que el coche sea una señal, un lazo de unión entre ellos. Pero si fueron esos tres los que la violaron, no creo que Ingrid les hubiese dejado prestado el coche… no creo que pudiese considerarse más como una amiga de ellos. O puede que sí, que les hubiese prestado el coche… y que de ahí se derivase el accidente… ¡Joder de dios, yo qué sé!

– Puede que alguna de esas conjeturas tuyas esconda la verdad de lo ocurrido… pero eso sólo lo podría aclarar Ingrid; por cierto, ¿qué pasó, aparte de lo que ya me contaste que te dijo Erik, cuando fuiste a visitar a su familia?

– Es que eso es lo mas acojonante de todo… es como si Ingrid no hubiese existido nunca, como si nunca hubiese vivido en aquella casa; no había ni rastro de ella … … ¡Hostias, la foto!

– ¿Qué foto?

Y sin dar contestación, Pedro se levanta de la mesa y sale corriendo de la cafetería. Fernando, una vez repuesto del sobresalto inicial, sale tras la estela de su amigo. Ninguno de los dos se acuerda de pagar las consumiciones, pero el camarero tampoco puede reaccionar a tiempo, tan sólo se queda allí de pie, tras la barra del bar, secando tazas de café recién salidas del lavavajillas. Fernando observa, al salir, que Pedro ya ha cruzado la calzada y que se dirige hacia su casa; él, en cambio, tiene que esperar a que el señor verde del semáforo se digne a aparecer de nuevo para poder cruzar… Transcurridos diez minutos, Fernando llega a la altura del portal número treinta y seis de la Calle Fray Ceferino y, aprovechando que salía una vecina, entra y sube en el ascensor hasta el sexto piso para comprobar, una vez que el elevador se ha parado en su punto de destino, que la puerta del piso con la letra C está abierta de par en par. Duda por un instante, pero al final decide adentrarse sin dar señales sobre su presencia en la jungla de aquella intriga. Recorre todo el pasillo hasta llegar a la habitación de su liado amigo; vuelve a dudar, aunque menos en esta ocasión, y da dos pasos, con lentitud, hasta llegar a una posición desde la que puede ver el interior. Allí está Pedro, sentado sobre la cama, en actitud relajada y riéndose con sus labios, que no con sus ojos, ya que éstos se encuentran mirando al infinito.

– Pedro, ¿qué pasa?

No recibe respuesta todavía.

– Vale, si quieres estar solo entonces me voy. Ya te paso a buscar mañana para ir a clase.

– No, espera un momento.

– No, hombre, que me da igual. Ya me contarás lo que te sucede… si te apetece, claro.

– ¿Recuerdas aquella foto, la única que tenía de Ingrid… la de la boda de mi prima?

– Sí, claro que la recuerdo.

– Pues ha desaparecido… sencillamente ha desaparecido… porque sí… ¡¡Joder!!

– ¿Cómo…?

– Que se ha volatilizado… La guardaba en este cajón de mi mesilla y, como podrás observar, están todas mis cosas menos la maldita foto. Esto se va complicando cada vez más.

– ¿No te la habrá cogido alguno de éstos para gastarte alguna broma o algo así?

– No, no creo. Esto es como una reacción en cadena, pero una reacción sin ningún tipo de lógica científica… tampoco están las cartas que ella me había escrito… ni una sola, ni una…

De nuevo reina el silencio compartido, que sólo se interrumpe cada vez que Pedro enciende un pitillo. Fernando piensa que, total, por una foto y unas cartas, tampoco hay porque ponerse así; de la foto ya hará una copia, que sólo es cuestión de pedir el negativo a quien la hubiera tomado… lo de las cartas ya resulta un poco más complicado… pero, en definitiva, tan sólo supone una complicación más, una más que añadir a todo el cúmulo de ellas que se iban presentando una tras otra, una tras otra… y sin previo aviso.

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… DE LA VIDA… XLVIII

XLVIII.

– Sí, ¡Digame?

– Hola. ¿Está Fernando?

– Sí, ¿de parte de quién?

– de Pedro; Pedro el de clase.

– ¡Fernandoooo… ! ¡Al teléfono, que te llama un tal Pedro!

– ¡Ya vooooy…! … … … … … … … … … Sí, dime Pedro.

– Oye, ¿vas a ir hoy a clase?

– Claro, ¿por qué razón no iba a ir?

– Ya… Vaya una pregunta más idiota. Nada, sólo lo decía por si puedes pasar antes por mi casa.

– ¿Para recogerte…?

– No exactamente; es para hablar un poco y, sobre todo… Mira, Fernando, tienes que hacerme un gran favor…

– ¿Qué favor?

– Mejor vienes y te cuento, tío… Esta mañana conseguí en la Dirección General de Tráfico toda la información sobre la matrícula del coche que aparecía en mi sueño… y, efectivamente, era un Fiesta de color rojo.

– ¿Sí? Joder, qué fuerte, ¿no?

– Sí, ya ves… – Suena el pitido en el teléfono de la cabina que indica la apremiante necesidad de insertar alguna moneda más – Oye, que no tengo más suelto, tío… Vienes ahora, ¿no?

– Sí, sí. Ahora mismo salgo para tu casa…

¡Cómo iba Fernando a negarle un favor a Pedro? Evidentemente, de ninguna manera. Fernando es un ser carente de toda malicia; la palabra ‘no’ rara vez sale de su boca cuando se trata de ayudar a alguien; de ahí que casi toda la promoción del ‘94 disfrutase desde el primer curso de sus elaboradísimos apuntes, acto que tampoco le había reportado hasta la fecha ninguna amistad seria dentro de la Facultad, aunque sí reconocimiento generalizado y alguna que otra palmadita en la espalda, como cuando sacas a mear al perro y lo premias porque éste mea y caga todo lo que puede, ahorrándote de esa forma una más que segura labor de limpieza en casa. Así de simple. Tampoco Fernando esperaba nunca nada a cambio: dar por dar sin esperar que te devuelvan el favor; un cristiano perfecto, en definitiva.

Ahora Pedro dormía plácidamente en un hotel de las afueras de Palencia – ciudad a la que la información obtenida en la DGT lo había “enviado” -. Las llaves del 205 de Fernando reposaban en uno de los ceniceros de la mesilla de noche, mientras el otro rebosaba de colillas y ceniza, molesto ambientador que impide respirar en condiciones. Pero eso a Pedro le importaba hoy un carajo. Dentro de una hora y media interrumpirán su sueño, que queda mucho por descubrir aún y no se puede perder el tiempo en los brazos del otrora bienvenido Morfeo.

Al menos Fernando se había tranquilizado un poco después de la llamada de Pedro; llevaba todo el día nervioso, sin saber de él, incluso había llegado a pensar en todo tipo de desgracias en forma de accidente automovilístico. Pero no, sólo tenía que lamentar la pérdida de uno de los pilotos traseros de su coche, a la vez que compartía con su amigo la ansiedad ante la posible inminencia de un desenlace. Nada más colgar el teléfono, Fernando comenzó a sentirse mucho mejor. No se explicaba todavía por qué su amigo le había pedido prestado el coche y se había largado sin dar apenas explicaciones, sólo un simple ‘ya te llamo cuando sepa algo, ¿vale?’, antes de ver como Pedro se alejaba saltándose un semáforo en rojo. ‘¡Dios mío!’, pensó asustado Fernando, dándose cuenta al mismo tiempo de lo que acababa de hacer. ‘Joder, ¿y qué les cuento yo ahora a mis padres…?’. Pues nada, justo lo que hizo después, decirles la verdad y aguantar de labios de sus progenitores todo tipo de improperios referidos a lo gilipollas que era.

Fernando seguía sin entender por qué Pedro tenía que meterse por su cuenta y riesgo a las labores de detective propias de un policía o de un investigador privado, que para eso vivían de ello, pero, desde la distancia, le ofrecía todo su apoyo, todo su aliento, todo lo que, en definitiva, pudiese ofrecerle; aunque, por descontado, sin dejar de actuar como un Pepito Grillo que no deja de bombardear la conciencia del amigo en apuros. Si los dos se aceptaban así, no había porque efectuar ningún cambio. De todos modos, Fernando sabía que por fin comenzaba a mudar esa piel tan pegada a su cuerpo, tan gruesa que no dejaba aflorar su verdadero yo… y ahora Fernando notaba que Pedro empezaba a formar parte de su primera persona de singular.

Suena el teléfono en la habitación número diecisiete del hotel Rey Sancho de Castilla; Pedro descuelga el auricular al tercer tono.

– ¿Sí?

– Buenos días, Don Pedro; son las siete y media de la mañana.

– ¿Ya? Jodeeer… si me acabo de dormir… Pues nada, muchas gracias.

– No hay de qué; estamos a su disposición.

– Vale, vale… Hasta luego.

Y cuelga pensando en lo servil que era el recepcionista, en lo odiosa que resulta esa cínica amabilidad, presunto servicio de atención al cliente. “¿Por qué cojones no puede decirme ‘¡despiértate ya, hostia, que son las siete y media!’? No sé, algo así, que al menos suene natural”, se dice mientras busca con su todavía borrosa vista la toalla para darse una buena ducha antes de desayunar.

Perder de vista el hotel, que se va haciendo cada vez más pequeño en el espejo del retrovisor, produce en Pedro un efecto de alivio; alivio previo al nerviosismo que va notando crecer en sus entrañas a medida que se va acercando al punto de destino: ‘Desguaces López’. Ahora lamenta haber sido tan maleducado con el recepcionista; aunque, bien pensado, eso le da exactamente igual; qué más da haberse comportado inadecuadamente con una persona a la que probablemente nunca más vas a volver a ver…

Como impulsado por la mano inconsciente del pánico, Pedro aparca en el arcén al divisar el taller carroñero, que aprovecha las vísceras de los cadáveres metálicos que se apilan en una explanada frente a lo que parecen ser unas oficinas. Por unos momentos duda, y casi decide dar marcha atrás al coche… y a toda la operación. “Puede que sea mejor no preguntar, no saber…”, piensa antes de dejar sus gafas en la guantera para poder así restregar sus ojos y, de paso, dar un masaje a sus agotadas neuronas. Pero no, no puede ser; un detective debe ser inmune a los sentimientos, no se puede dejar vencer por impulsos pasajeros. Se mira en el espejo retrovisor y se ve fumando, con el cigarrillo colgando del lado izquierdo de sus labios y dando una calada sin sujetarlo siquiera con los dedos; “a fin de cuentas, sí que puedo parecer un detective: fumando, como lo hacen los hombres y con expresión de duro… Philip Marlowe… ¡Eso es, Philip Marlowe!” Arranca de nuevo el coche, mete la primera y sale a la carretera para devorar los apenas doscientos cincuenta metros que le separan de su primera comprobación. Ya no es Pedro, el amigo de Javi, ni tampoco el de Ingrid, tan sólo es el agente Frade en misión secreta, un agente que debe cumplir con su cometido.

Después de preguntar a un mecánico con quién podía hablar sobre un coche de los que allí yacían, entra en una lóbrega y sucia oficina, en la que un orondo señor, con pinta de ser muy feliz dentro de su más que presumible ignorancia, devora literalmente una palmera de chocolate. Pedro se dirige a él, y éste le responde sin dejar de masticar el gran bocado que acaba de asestarle a su pastel.

– Joder, chaval, aquí hay muchos coches.

– Pero a mí sólo me interesa uno en particular: un Ford Fiesta rojo, matrícula de Madrid, 20, 67, B, M.

– Bueno, pues entonces espera a que me coma esto, y te busco en el archivo alguna información; aunque no te prometo nada… no tenemos información sobre todos los coches que hay en el taller.

– Está bien; no tengo prisa.

Mientras espera, Pedro saca un café con leche de la máquina situada a la derecha de la puerta de acceso a la oficina, y regresa, acto seguido, a la oficina, presa ya de la impaciencia. El encargado está colocando sobre la mesa una serie de carpetas azules que ha logrado rescatar de entre el desorden que reina en la estantería contigua a la mesa; ni siquiera se molesta en limpiar las migas de chocolate ya casi impregnadas en el barniz que pinta su mesa, tan sólo abre la primera de las carpetas clasificadoras y comienza a pasar hojas y más hojas.

-¡Hombre, aquí está! Mira chaval, es una copia de atestados e informes de la DGT… … Accidente a la altura del kilómetro 277 de la nacional VI; choque frontal al invadir el carril contrario… Los tres ocupantes fallecieron casi en el acto… ¡Ah, sí; ya me acuerdo…! Fue un accidente muy comentado, muy extraño… ¡Salió hasta en los telediarios…! No sé, invadir así, de repente, el carril contrario, y sin causa justificada…

– A ver, déjeme ver…

Pedro lee atentamente todo el informe mientras el encargado de ‘Desguaces López’ hurga con fuerza entre sus dientes con la ayuda de un palillo, y sin dejar de hacer comentarios que ni siquiera llegan a los oídos del supuesto receptor, concentrado ya en su labor investigadora.

– ¡Joder…! ¡Es imposible, absolutamente imposible!

– ¿El qué, chaval?

– La fecha; aquí dice que el accidente ocurrió hace dos años y medio…

– A ver… No, no, chaval, la fecha está bien; fue por esa época. Ya te he dicho que fue muy comentado…

– Pero el coche… el Ford Fiesta… Yo lo vi en Oviedo hace muy poco tiempo… hace un mes y pico.

– Eso sí que no es posible; si quieres te lo enseño… es puro siniestro total, sólo pudimos aprovechar cuatro piezas de nada.

– No, no. No hace falta. Yo sé lo que vi, y recuerdo perfectamente que ese mismo coche atropelló y mató a mi mejor amigo…

– Bueno, hombre, no hace falta que te pongas así. Puede que te hayas confundido en algún número, o en alguna de las letras…

– No, perdóneme usted… Es que es todo muy extraño… y con esto el lío ya es monumental… ¿Le importa si tomo alguna nota del informe?

– No, hombre, no; apunta todo lo que quieras. Mira, ahí, en ese cajón, tienes papel, y puedes también coger un boli de los de propaganda… Quédatelo si quieres.

Tres nombres quedan apuntados en una hoja que Pedro guarda cuidadosamente en el bolsillo trasero izquierdo de sus vaqueros: Victor Manuel González Ortiz, Antonio José Vázquez González y José Antonio Valero Valle. Los tres habían muerto en el interior del supuesto coche que supuestamente también conducía Ingrid aquel fatídico sábado. Absurdo, totalmente absurdo y carente de toda lógica para una mente que sólo se alimenta de hechos reales, y cuya competencia pragmática desecha, sin reciclar nada, todo lo inexplicable. Decide, después del primer y fallido intento, buscar más pistas, nuevos indicios que le lleven a una solución definitiva… o quizá a un agujero negro, a un callejón sin ningún tipo de salida. Además, uno de los lemas de Pedro es no dejar nunca ningún trabajo a medias. Su – en estos días – detectivesca mente le avisa del error que acaba de cometer.

– Bien pensado, casi que me acerco a ver el coche… puede que eso me aclare algo.

– Por supuesto, chaval, sin ningún problema. Espera aquí que ahora te llamo al Emilio. (Es un poco retrasado… ya me entiendes, pero con esto de la ONCE hay que dar trabajo a esa gente… aparte de todas las ventajas que te da la Seguridad Social; y la verdad es que el chico se porta, ¡vaya si se porta!) ¡¡¡Emiliooo!!!

Emilio aparece raudo en la oficina, y Pedro sigue su estela después de que el encargado haya explicado al tal Emilio lo que tiene que hacer. Tras recorrer unos sesenta metros, llegan a una zona en la que los coches más bien parecen latas de sardinas apisonadas.

– Es éste – dice Emilio señalando con su dedo índice de la mano derecha al Ford Fiesta rojo… o a lo que quedaba de él.

Pedro se lo queda mirando un rato, como analizando cómo puede acceder a su interior. Luego se decide, e introduce su mano derecha por uno de los pocos huecos a través de los cuales eso es posible. Acaricia la guantera, como si le diese miedo romper algo, e intenta abrirla, lo que no le resulta muy complicado ya que el mecanismo de cierre y apertura aún funciona correctamente. Tantea con la punta de sus dedos toda la superficie interior hasta que da con lo que al tacto parece un papel. Con sumo cuidado lo rescata de las entrañas de aquel coche muerto. Atónito, Pedro se queda absolutamente atónito cuando lee el título en una página supuestamente arrancada de un libro: Book One. The Perforated Sheet (Libro Primero. La Sábana Perforada). La página le resulta, como mínimo, familiar. En la esquina inferior derecha está el número de esa página, el nueve… Pedro, sin pestañear siquiera debido a su estado casi catatónico provocado por semejante sorpresa, se fija en un párrafo subrayado: de la línea veintisiete a la treinta y uno, casi al final del papel amarillento, con cierto olor a rancio, compuesto por treinta y dos líneas. Es la primera página de una novela escrita en Inglés… Pedro lee detenidamente ese párrafo marcado, subrayado a lápiz por una mano temblorosa – las rayas distan mucho de la perfección de una línea recta:

20160315_181714And there are so many stories to tell, too many, such an excess of intertwined lives events miracles places rumours, so dense a commingling of the improbable and the mundane! I have been a swallower of lives; and to know me, just the one of me, you’ll have to swallow the lot as well.’ (‘¡Y hay tantas historias que contar, tantas, tal exceso de vidas eventos milagros lugares rumores entrelazados, tal densa combinación de lo improbable y lo mundano! Yo he sido un devorador de vidas; y para conocerme a mí, al verdadero yo, tendréis que tragaros todo el conjunto también.’)

¡Hostias; pero si esto es… es el ‘Midnight’s Children’ de Salman Rushdie… ¿Qué cojones significa todo esto…? ¿Dónde cojones me estoy metiendo…? ¡Me cago hasta en la puta madre que parió a Cristo…!” Pedro guarda esa hoja junto con todas sus notas sobre el informe del accidente, en el mismo bolsillo trasero de su pantalón en el que tres nombres de tres chicos muertos esperan para ser contextualizados; a continuación, vuelve a introducir su mano diestra en el interior de la guantera del ‘coche maldito’… pero allí ya no queda nada más. Decide releer con más detenimiento la parte subrayada de la hoja arrancada de un libro que acaba de hallar imprevisiblemente dentro de la guantera del Ford Fiesta rojo, matrícula de Madrid, número de serie 2067, letras B y M. “… ‘Devorador de vidas’… ¿Devorador de vidas? Joder, ¿la de Javi… una de ellas?… ‘Para conocerme debes tragarte el conjunto, el todo’. ¿Debo seguir, entonces, con todo esto? ¿Sabré algún día qué fue lo que ocurrió en realidad…? Me da la impresión de que yo he escuchado todo esto con anterioridad, pero sólo es una impresión, vaga, como casi todas las mías. No soy capaz de recordar quién pronunció esas palabras, ni en qué contexto… ¿Ingrid, quizá? ¿o tal vez Javi en alguna de nuestras últimas charlas? Mi memoria parece fallar por momentos… justo cuando más necesito de ella…”; el cuchicheo de Pedro se ve interrumpido repentinamente por la voz de Emilio, el ayudante de taller aquejado de cierto grado de idiocia desde su más tierna infancia (por culpa de una hostia de su madre, que no soportaba ni por un instante más los llantos hambrientos de su no deseado hijo).

– Que dice mi jefe que si deseaba usted algo más.

– ¡Eh? No, no. Muchas gracias… … Bueno, espera, sí que quería hacerle a tu jefe una última pregunta.

Pero para tal pregunta no hubo respuesta. Nadie figuraba como dueño o dueña del Fiesta colorado. No existían papeles del seguro del coche. Según el informe de Tráfico, la última cuota del seguro había sido pagada once años antes, pero, sin razones aparentes, se habían extraviado todos los papeles en algún camino intermedio, en algún cruce, en alguna bifurcación… entre el alba de lo desconocido y el crepúsculo de la venganza cumplida.

Ahora tocaba ir a Madrid, a seguirles la pista a los tres accidentados dentro de aquel siniestro coche; no quedaban otras alternativas; tampoco Salman, el viejo Salman, podría ayudar en demasía… los Hijos de la Medianoche tan sólo aportaban confusión y más confusión sobre todo el asunto, que se iba enturbiando y solidificando un poco más después de cada nueva pista – por llamarlas de alguna manera. Pero antes sería necesario echar más gasolina en el 205, aunque, debido a la apremiante necesidad de dinero en efectivo, había que acordarse de llamar a papá para pedirle un buen crédito con cualquier buena excusa: unos libros que necesitaba para un examen, por ejemplo.