… DE LA VIDA LVII…

LVII.

La música a todo trapo hace que hasta las paredes se tambaleen. Pedro y Javi están escuchando un disco de los Dead Kennedys – ‘Fresh Fruit For Rotting Vegetables’ (fruta fresca para vegetales podridos) -. Fuman un porro antes de salir por ahí de marcha mientras disfrutan de la voz de Jello Biafra y charlan distendidamente. Es un sábado cualquiera… como otros, pero la madre de Ingrid está muy preocupada porque su querida hija salió el día anterior, viernes, a tomarse unas copas y todavía no sabe nada de ella.

-… ‘Quiero a tu hermana en silencio’

– ¿Qué dices?

– ¡Eh? No, nada, nada. Sólo repetía mecánicamente una frase: ‘quiero a tu hermana en silencio’.

– No jodas… ¿a Andrea?

– Justo, lo que yo decía. A ver cómo cojones te lo explico… O sea, tú acabas de entender que yo estoy colado por tu hermana Andrea.

– Sí, tú lo acabas de decir… yo no me estoy inventando nada.

– Esa frase – ‘quiero a tu hermana en silencio’ – tuve que representarla ayer en clase, en el encerado, delante de todo el mundo. Se trata de una asignatura – Sintaxis Transformacional … todo ese rollo que te conté de Chomsky, ¿lo recuerdas?

– Sí, he de reconocer que era un puto rollo macabeo. No entendí un pijo.

– Pero si es muy fácil, Javi.

– No se te estará pasando por la cabeza volver a contarme todo aquel lío del ‘antecesor común’, de…

– Ya verás cómo hoy lo entiendes, tío.

– Joder, que mal rollo que me está dando. Entre el peta y tú vais a acabar con mis pobres neuronas.

– Tú escúchame atentamente y luego opinas, ¿vale?

– Joder, si no me queda más remedio…

– Es una idea de lo más revolucionaria. Tú imagínate, tío, un ‘pavo’ con veintitrés años recién cumplidos que publica su primera gramática, ¡la hostia…! Pero no una gramática al uso en la que sólo se ven estructuras y más estructuras de distintos tipos de oraciones, sino una que basa todo su razonamiento en lo que él denomina como Gramática Universal, común a toda la raza humana. Todas las lenguas se derivan de un único antecesor común. El dice que la capacidad del lenguaje es innata al ser humano…es una idea muy igualitaria, muy comunista en el amplio sentido de la palabra, ¿no crees?

– Yo no creo nada… nada de nada. Todo eso no son más que chorradas.

– No, no son chorradas. Si leyeses algo de lo que Chomsky escribe alucinarías, pero alucinarías de verdad. No es solamente un siniestro lingüista, también investiga a un niveeel… digamos que sociopolítico. A pesar de ser estadounidense, critica con extrema dureza la política exterior de su país, a la CIA, al FBI… Espera un segundo – Pedro se levanta del suelo, sobre el que estaba sentado casi como un yogui, y se acerca a su pequeña biblioteca, compuesta por una sola estantería, aunque, eso sí, rebosante de volúmenes. Coge uno con su mano derecha y regresa a su sitio para sentarse sobre el frío parqué y leer un párrafo a su amigo Javi -. Escucha esto: ‘Como Estados Unidos continuaba con lo que los nazis habían dejado a medias, tenía mucho sentido usar especialistas en actividades contra la resistencia. Más tarde, cuando se hizo difícil o imposible proteger en Europa a esta gente útil, muchos de ellos (incluso Barbie – se refiere a Klaus Barbie, uno que había sido jefe de la Gestapo en Lyon, el Carnicero de Lyon…)

– Sí, ese sí que me suena. Hace poco que salía en la tele por una condena o algo así.

– Sí… algo así. Pues resulta que al tal Barbie, el Ejército de los Estados Unidos le había encargado espiar a los franceses. Para que veas cómo funcionan las cosas en las cloacas del poder… Por dónde iba… ah, sí. ‘…(incluso Barbie) fueron llevados en secreto a Estados Unidos – ves, lo que yo te estaba diciendo – o a Latinoamérica, a menudo con la ayuda del Vaticano y de curas fascistas.’ Ese es Noam Chomsky.

– Bueno… ¿y qué?

– ¡Bueno y qué! ¡Bueno y qué! ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

– Tío, que yo paso de politiqueos. No son más que putos rollos que interesan sólo a los que manejan el poder. A mí ni me van ni me vienen.

– Eso es, configuremos un perfecto rebaño para que todos esos hijos de puta sigan manejando todos y cada uno de nuestros hilos.

– Es mucho más complejo, Pedro… Muchísimo más complejo de lo que tú te puedas llegar nunca a imaginar.

– ¿El qué?

– La vida, tío. La puta vida.

– Tampoco hay porque ponerse trascendentes… no es para tanto… … … … … Si te das cuenta, toda esta conversación deriva de ‘quiero a tu hermana en silencio’. Tan sólo es una oración ambigua, sin más.

– ¿En qué sentido ‘ambigua’?

– Puede tener dos significados: quiero que tu hermana se calle, que esté en silencio, o el que tú habías entendido antes.

– Pues yo sólo veo uno, ese, el que yo había entendido: que te mola mi hermana pero que no se lo dices a nadie.

– A ver, imagínate que ahora Andrea está aquí con nosotros, y que no deja de dar voces y me está molestando un huevo (es algo figurado, eh. No vayas a pensar que tengo algo contra tu hermana) y yo, en vez de dirigirme directamente a ella, te digo a ti en un tono enfadado: ‘¡quiero a tu hermana en silencio!’.

– Pues vaya una cursilada de frase. Conociéndote, seguro que me dirías: ‘¡qué se calle tu jodida hermana de una puta vez, hostia!’

– También es verdad. Por eso no supe responder a la profesora cuando me preguntó allí, frente a toda la clase, por la ambigüedad de esa frase. Por eso la estaba repitiendo de forma mecánica… Yo tampoco era capaz de sacar esa interpretación… me parece, no sé, como muy eufemística aplicada a esa situación.

– Sí.

– Oye, Javi, ¿te encuentras bien? No sé, te veo raro… tienes hasta mala cara.

– No estoy del todo bien. Ultimamente estoy durmiendo fatal, tío.

– ¿Y eso?

– Tengo sueños chungos, pero la hostia de chungos. Puedo estar soñando con una tía, con que juego un partido, con cualquier cosa, y, de repente mi abuelo se introduce en mi sueño y lo jode todo.

– ¡Hostias, como el Freddy Kruger!

– Hombre, no a ese nivel, pero sí que me fastidia.

– Desde luego, sí que es chungo, sí…

– A mí me tiene acojonao… ¿Qué hostias podrá significar…?

– No tengo ni puta idea; no soy Freud. Pero no te preocupes, tío, que ya se irá de tus sueños.

– Espero que sí, porque no creo que lo resista por mucho tiempo… Me da miedo, mucho miedo…

– Tu abuelo murió, ¿no?

– Supongo que sí, porque en mi vida lo he visto.

– Entonces, ¿cómo sabes que es él?

– Por una foto. De mi abuelo, el padre de mi padre, sólo tenemos una foto: está de pie, vestido de miliciano, fumando apoyado en unos sacos que componen una barricada; debe estar tomada en Madrid. Y es esa cara, no tengo la menor duda.

– También yo sólo conozco a mi abuela Dolores a través de fotografías… Me hubiese gustado poder conocerla en persona, aunque sería muy distinto: ahora sería una viejecita refunfuñona, y no esa guapa mujer de aquella fotografía. A lo mejor ella se introduce en mis sueños, como tu abuelo… la diferencia está en que yo nunca recuerdo ni un puto sueño, ¡ni uno!

– Ya me podía pasar eso a mí, joder… ¡Si yo nunca me he interesado por él…! Fue un cabrón de mierda. Le hizo un hijo a mi abuela – mi padre – y desapareció… y digo que fue un cabrón, pero yo no sé si eso es verdad o no. No sé de dónde era, sólo sé que no era de Madrid… pero sí que estaba allí cuando la guerra, resistiendo como uno más… puede que le hubiese ocurrido algo, pero ya es coincidencia que justo el día en que mi abuela Juana le contó que estaba embarazada de él, el tío va y desaparece misteriosamente; se esfuma… Demasiada coincidencia me parece a mí. Creo que se llamaba (o llama, porque igual está vivo aún) Manuel. Tampoco estoy muy seguro… mi padre nunca quiere hablar del tema, y mi abuela murió cuando mi padre tenía ocho años, así que…

– A mi abuela Dolores le ocurrió exactamente lo mismo. Eso si que es una coincidencia… La abandonaron a su suerte con un hijo en su vientre – mi tío Carlos, el que está en Buenos Aires.

– Sí, lo recuerdo… recuerdo toda la historia de tu abuela. Me la contaste el año pasado, un día que había tormenta y que nos quedamos aquí bebiendo y fumando porros.

– Sí, es verdad.

La música ya no suena. Jello Biafra se calló hace ya un cuarto de hora, y el silencio total se hace harto necesario para que cada uno estrangule los recuerdos no vividos, pero que al fin y al cabo pertenecen a su familia, a lo más hondo de cada una de sus conciencias. Pedro enciende un cigarrillo y se atreve luego a romper el muro de silencio que divide su habitación en dos.

– Oye, Javi; si no te apetece salir, aviso a Carlos y nos quedamos aquí.

– No, hombre, tampoco me siento tan mal como para quedarme en casita un sábado, como un gilipollas.

– Cómo quieras.

– ¿Con quién has quedado?

– Bueno, aparte de con Carlos, con Silvia y Marta, las de mi clase.

– Mola, tío. Silvia esta buenísima… y es una tía supermaja. ¿A ti te mola?

– Sí, claro. Pero no es más que una amiga de clase. No quiero yo rollos chungos con ninguna tía de clase, ni de la Facultad, que luego tendría que verla a diario.

– Joder, a buenas horas vienes tú con prejuicios. Yo, cualquier día de estos le entro a saco, tío.

– Bueno; ése es tu problema.

– ¿Qué es, que te parece mal?

– ¡Pero tú eres gilipollas o qué!

– Joder, tío, no tienes porque ponerte así.

– ¡Así cómo?

– Como un puto basilisco.

– Pero si tú no sabes ni lo que es un basilisco, joder.

– ¿Un obispo o algo así?

– ¡Un obispo! ¡ja, ja, ja, ja, jaaaa…!

– Joder, yo lo decía porque me suena así como a basílica… a obelisco, ¿no?. A ver, listo de los cojones, qué coño es entonces un puto basilisco.

– Es un bicho, tío, un reptil pequeñajo parecido a una iguana.

– ¡Dios mío; estoy frente a un diccionario con patas…! ¡Adoremos al sumo gurú de la infinita sabiduría!

– Venga, déjate de gilipolleces y hazte otro peta.

– Sus deseos son órdenes, ¡oh, pontífice del basilisco…! ¿Te cuento un chiste?

– Vale. Pero, mientras, te vas haciendo el peta.

– Pásame el papel… Un sargento de la Guardia Civil, todo uniformado y tal, entra en una farmacia y grita: ‘¡VICKS VAPORUB!’, y el farmaceútico va y reacciona como un sputnik y contesta: ‘¡VICKSVA!’.

… DE LA VIDA LII…

LII.

Vaya revuelo había esta noche en casa de mis vecinos, de los padres de Javi. Como casi todas las noches, me estaba costando un huevo coger el sueño, ya no sabía si levantarme y estudiar, o si hacerme una paja para conseguir, al menos, un mínimo de desgaste físico que diese paso a un estado tal de relajación que pudiese disipar mi no deseada vigilia. Por pura y simple eliminación opté por la segunda alternativa, con lo que, automáticamente, di cuerda a mi variada selección de mujeres inaccesibles imaginándomelas rendidas a mis pies y sometiéndose a todas mis sanas perversiones. En éstas estaba – me la estaba chupando Jennifer Tilly, una actriz que últimamente me pone de un burrooo…- cuando un grito seco, aterrador, proveniente de la garganta de una mujer, me sobresaltó. Como consecuencia de ese auténtico aullido, perdí la concentración y dejé mis prácticas de autosatisfacción manual (y a la buena de Jennifer) para mejor ocasión. Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana; subí la persiana y así pude comprobar que había luz en la habitación de Javi. De allí provenían los gritos, que todavía podían oírse, aunque ya más mitigados. Por sana curiosidad, agudicé mi oído intentando escuchar lo que parecía una conversación; pero no pude, por más que lo intenté, distinguir una sola palabra. Por un instante me pareció oír la voz de Javi… aquello no era posible; con toda seguridad sería su padre el que hablaba. De todos modos, llegué a dudarlo, más que nada por la naturaleza de los gritos de Gloria. ¿Por qué razón estaría gritando de esa manera…? Supongo que aún no se habría acostumbrado al vacío existencial que le produjo la muerte de su hijo.

Ellos, los padres de Javi, no me hablan. Procuran evitarme si me ven en el portal; si tenemos que compartir el ascensor esperan, sin dirigirme la palabra, a que yo haga mi correspondiente viaje arriba o abajo para luego hacer ellos lo propio. No sé… esa actitud histérica de Gloria no hacía más que alimentar mi sensación de culpa por lo sucedido con su hijo. Ya, ya sé que no soy responsable más que de mis propios actos, pero es algo inevitable, no puedes dejar de plantearte cuestiones como ¿y si no hubiese llamado ese día a Javi para salir…?

Cuando se apagó la luz en la habitación de mi amigo, me entró un gran ataque de responsabilidad: nada de pajas, a poner al día todos los apuntes que poblaban desordenadamente mi – por así llamarla – mesa de estudio. En ello estuve enfrascado, en un alarde de concentración impropio de mi innata irresponsabilidad, hasta las ocho y media de la madrugada, hasta que, por puro agotamiento, no pude más y tuve que echarme en la cama a dormir plácidamente. Tres horas más tarde sonó el timbre de nuestra puerta, llamada que yo oí entre las tinieblas del más profundo de los sueños, pero que no hizo que me sintiera aludido, ni mucho menos. Iñigo, que preparaba café para todos mientras silbaba melodías harto irreconocibles por lo que de inventadas tenían, se dignó a abrir la puerta y… ¡oh, sorpresa! Allí estaba Gloria, la vecina del ‘D’, la madre de Javi…”

– Buenos días.

– Buenos días, señora.

– ¿Estará Pedro en casa? Me gustaría hablar con él.

– ¡Eh… ! Sí, claro, claro… pero es que está durmiendo. Espere, que yo lo aviso ahora mismo.

– Gracias… si no es molestia.

– No, no; molestia ninguna… pero pase, pase, no se quede ahí de pie en la puerta. ¿Quiere un café? Acabo de hacerlo.

– No, gracias; no puedo tomar café.

– … entonces ¿un té?, ¿una manzanilla? No sé… a ver qué tenemos por aquííí.

– No te molestes, de verdad, que no quiero nada.

– Como usted prefiera. Voy entonces a avisar a Pedro.

Sin poder aún salir de su asombro, Iñigo sale de la cocina con la intención de despertar a Pedro y ponerlo sobre aviso de tan imprevisible visita. No parece que Gloria venga en son de guerra, sino todo lo contrario; por sus gestos, por su tono de voz, parece tranquila…

– ¡Pedro…! ¡Pedrooooo! Ábreme, que tienes visita.

No sin dejar de sospechar que ésta puede ser una de las múltiples bromas de Íñigo, Pedro se levanta y, sin abrir la puerta de su cuarto, por si las moscas, pregunta desde el interior quién era esa supuesta visita.

– Es Gloria, la madre de Javi.

– ¿En serio? ¡No vengas ahora a tocarme los cojones, que estuve estudiando hasta las ocho y media, joder!

– Sí, tío… de verdad, que no es ninguna broma.

– ¡Joder, la hostia…! Dile que ya voy…

Pedro, ante semejante imprevisto, abre por completo los ojos y despierta con los demás sentidos ya activados. Acelera su proceso ritual de recién despertado: se viste deprisa, corre hacia el cuarto de baño para salpicar su cara con chorros de agua fría, se peina, a continuación, frente al espejo, que devuelve aumentadas sus ojeras, las cuales destacan sobre manera entre la normalidad de los demás rasgos faciales, y, sin pensárselo dos veces para no seguir así estimulando su creciente temor ante la duda que le provoca tan inesperada visita, sale del baño en dirección a la cocina, donde le espera la madre de su colega muerto.

– Hola, Gloria.

– Hola, Pedro, buenos días; y perdón por haberte despertado tan… temprano – Todo esto, dicho así, acompañado de una espontánea sonrisa, supone un cambio radical de actitud para con él, algo que no deja de causar la extrañeza lógica en Pedro, pero que al mismo tiempo constituye un gran alivio de conciencia.

– No te preocupes; tendría que levantarme tarde o temprano.

– Bueno, yo os dejo, que tengo que irme para clase. ¡Hasta luego!

Íñigo apura su café solo y se despide premioso al darse cuenta de que está de más en la cocina. Gloria y Pedro se despiden de él sin prestarle excesiva atención, y se quedan solos en el ring, sin jueces… aunque, después de tanto precalentamiento, al final no va a haber pelea, el combate queda anulado hasta nueva orden.

Gloria trae consigo una gran bolsa de plástico que contiene algo que se dispone a sacar de su interior en ese preciso instante.

– Mira, el motivo de mi visita es éste – Y muestra a Pedro una cazadora negra de cuero con una inscripción en la espalda, dos letras en mayúscula y un número: MC5

– ¡Mi chupa!

– Sí… creo que tenía que habértela devuelto antes, pero… no sé… no sé lo que me pasaba; estaba muy confusa y descargaba parte de mi ira echándote a ti la culpa de lo que le ocurrió a mi hijo.

– No era necesario, Gloria… te comprendo perfectamente. Ahora mismo voy por la cazadora de Javi y te la devuelvo.

– ¡No… ! No la quiero, no la necesito. Mejor quédatela tú como recuerdo… como recuerdo de un amigo.

– Como quieras… y gracias, muchas gracias.

– No hay de qué… ¿Sabes? Ayer por la noche hablé con mi hijo… como suelo hacer todas las noches desde que murió… pero esta vez fue distinto: fui a su habitación antes de irme a dormir… y allí estaba él; bueno, no era él, sino su espíritu, su silueta, su forma… Desprendía un aura de un tono como azulado. Al principio me asusté, como es lógico, pero luego noté que trataba de decirme algo, y entonces me calmé. Me dijo algo sobre no sé qué de unas fases en el devenir del Universo… o algo así. La verdad es que yo no entendí nada, pero tampoco me interesaba ese tema lo más mínimo; a continuación me habló de ti… dijo que no debía culparte de lo sucedido, que se lo tenía merecido por lo que había hecho en el pasado… también me transmitió un mensaje para ti; “Dile a Pedro que deje de comerse el coco con lo ocurrido, que yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos. Cuéntale también que yo era amigo de Víctor cuando vivíamos en Madrid… él lo entenderá”, me dijo, y, sin darme tiempo para replicar, desapareció. Sé que no lo volveré a ver… es algo intuitivo… … Pensarás que estoy loca, ¿no?

– No, por supuesto que no.

– ¿Crees en los fantasmas… en que hay otra vida?

– No. No creo que exista una vida distinta a ésta.

– ¡Ves…! Entonces no te has creído ni una sola palabra de lo que te acabo de contar.

– No, no. No es eso… exactamente. Mira, puede que haya algo, algo desconocido, pero yo eso lo atribuyo a un poder de sugestión. Nuestra mente está predispuesta, en determinados momentos, a crear fantasmas, espíritus… o lo que sea, pero sólo con la intención de reconfortarnos interiormente, o de explicarnos lo de por sí inexplicable. No lo sé. La verdad es que no tengo idea…

– Bueno, pero al menos es una bonita teoría.

– Sí, puede que sólo sea eso, una bella teoría. Me aterra todo lo que no se puede explicar racionalmente… ni siquiera creo en que haya un dios o algo parecido. Yo hablo con la foto de mi abuela Dolores, y a veces me da la impresión de que me responde, que me aconseja y me guía.

– Puede que esa sea tu propia fe, ¿no?

– Puede…

De repente se callan; se interrumpe la conversación porque ambos sienten la necesidad de darse un fuerte abrazo mutuo, y eso hacen, dejando a un lado toda actitud represiva que indique que lo mejor sería no haber llegado hasta ese punto. Impulsada por un subliminal instinto escondido, Gloria, en la efusividad del momento, tan eróticamente inexplicable, separa lo justo su cabeza del hombro de Pedro hasta poner su cara frente a la de él. No lo puede evitar, le da un beso, al que Pedro responde instintivamente, sin pararse a pensar en lo que está haciendo. El siguiente paso de Gloria consiste en trasladar su mano derecha hacia la entrepierna del joven amigo de su hijo. Acaricia sus genitales, primero por fuera de la bragueta, y, poco después, tras librarse de la barrera que suponían los botones de los tejanos, así como del siempre impertinente botón de los boxers, agarra con fuerza el miembro viril que, en apenas dos segundos, se pone tan duro como el mármol. Pedro se deja llevar por el calor de la pasión momentánea y también pasa a la acción: en primer lugar, pone al descubierto los pechos de Gloria; luego, con la ayuda de su mano izquierda, y sin dejar al mismo tiempo de chupar sus pezones, se adentra en las profundidades de los muslos de la madre de su amigo. Súbitamente, como si un rayo católico hubiese descargado toda su furia sobre sus espaldas, Pedro se separa de la acción justo en el preciso instante en que comienza a correrse.

– No, Gloria, no. No es justo… no está bien – dice mientras no cesa de manchar con su blanco líquido la negra falda de Gloria, vestida con un riguroso luto.

– ¡Cómo que no… cómo que no está bien… ! Yo lo deseo, quiero que me folles, que me hagas sentir lo que tanto hace que no siento… venga, Pedro, no pares ahora.

– ¡No, no quiero! Es por Javi… ¿No lo entiendes… ? No es justo… por él.

– Pero, ¡qué más te da, ya no nos puede ver! Además, tú no crees en fantasmas, me lo acabas de decir…

– ¡Qué chorrada! Eso no es necesario para respetar la memoria de un amigo. Basta con el recuerdo.

– Pero, ¡tú te has corrido… me has manchado toda la falda! ¡Y yo quiero tener mi orgasmo…! Sabes, mi marido no me hace ni caso, no me folla casi nunca y yo…

– Está bien, de acuerdo. Si yo me acabo de correr, tú también tienes derecho a correrte… Favor por favor.

Y Pedro masturba a Gloria con su dedo anular derecho, moviéndolo acompasadamente de un lado a otro encima del prominente clítoris, que destaca como un pene en miniatura entre los labios vaginales de Gloria. (En su percepción, su propio dedo se confunde con el recuerdo de Ingrid…) Ella acaba obteniendo lo que quería, su orgasmo; pero Pedro no puede dejar de pensar en qué diría Javi si pudiese verlos… Javi, el antiguo colega de instituto de Víctor.

Antes de irse para su casa, Gloria le pregunta a Pedro que si él sabe lo que significa eso que le había dicho su hijo de ‘yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos’. Pedro responde que no tiene ni la más remota idea de lo que Javi habría querido decir con aquella frase tan sentenciosa, mientras su mirada se traslada desde el sujetador negro de Gloria hasta el platero, sobre cuyo estante reposa la edición de 1982 de la editorial inglesa Picador de ‘Midnight’s Children’

… DE LA VIDA XXXII…

XXXII.

Viernes, diez de la noche. En la estación de autobuses de Oviedo hay un intenso movimiento: unos que van, otros que vienen, y muchos que esperan. Entre estos últimos se encuentra Pedro. Está nervioso, ciertamente inquieto, no para de fumar, y cada quince o veinte segundos mira de nuevo su reloj. ¡Qué despacio corre el segundero! Se acerca decidido a la ventanilla de información, donde una empleada se lima las uñas con un aire de asumido desdén.

– Buenas. ¿Sabes si el “Alsa” que viene de Madrid lleva retraso?

– Pues no, no lo sé. De Madrid vienen cuatro, creo, pero no tengo ninguna noticia de que lleven retraso.

– Ya. Es que yo, por la hora de salida en Madrid, calculaba que llegaría aquí sobre las diez, y ya son y cinco.

– ¡Qué va! Nunca llegan antes de y media. Quédate tranquilo, que aún tienes que esperar un rato.

– Ah, vale. Muchas gracias.

– No hay de qué.

– Por cierto, ¿en qué andén suelen ponerse?

– Entre el ocho y el doce. Ya te dije que son cuatro los autocares que vienen de Madrid.

– Muy bien. Hasta luego, entonces.

– Adiós… Adiós, chaval.

Casi media hora aún… Aunque al final resultó ser una hora y diez minutos de interminable espera. Primero arribó el de “Clase Supra” – por descontado, Ingrid no viajaba en éste – y luego, en intervalos de entre siete y diez minutos, los tres restantes, del último de los cuales se apeó, con su indomable aire de autosuficiencia y su mirada perdida y triste, Ingrid. Pedro la observó con detenimiento, sin perder ni un sólo detalle de cada uno de los movimientos que la encaminaban hacia el maletero. Ella, ni tan siquiera se había dignado a buscar con su mirada la respuesta del que, se supone, había ido a buscarla. Pedro esperó hasta que Ingrid pudo rescatar su bolsa de viaje de entre una auténtica maraña formada por todo tipo de maletas, mochilas y paquetes. Entonces se acercó a ella y llamó su atención tocando por detrás su hombro con un leve movimiento de su mano derecha.

– ¡Hola, Ingrid!

– ¡Hombre, Pedro! No sabía con certeza si ibas a venir a la estación, aunque me imaginé que no lo harías. Podía haber cogido un taxi, que tengo tu dirección.

– Vaya. No sé porqué tienes que imaginarte algo así. Ya sabes que yo cuando quiero soy un caballero. Además, vivo aquí al lado; hubieras hecho el gilipollas montando en un taxi.

– Mira, todo un detalle por tu parte, sin duda.

– Joder, no creo que tengas que ponerte irónica conmigo. Empezamos bien.

– Perdona, tío. Es que a mi estos viajes, rodeada de gente estúpida, me sacan de quicio. ¿Por dónde está la salida?

La ironía, el punto fuerte de Ingrid, su siempre ácida y mordaz ironía. Pedro carecía de tal virtud pragmática, pero fue conocer a Ingrid, y comenzar su aprendizaje para llegar a ser irónico, que no cínico, detalle que, tal y como pensaba Pedro, podía diferenciar sus personalidades. Ella sí que es cínica, al menos sabe serlo en el contexto adecuado (por ejemplo, ante machos humanos prepotentes, con exceso de testosterona). Sin embargo, no solía emplear ese recurso con Pedro, su confidente, su amigo, su – sin él comerlo ni beberlo – apoyo en el arduo camino de la venganza.

– ¿Por qué no has contestado a mis últimas cartas?

– Pues no lo sé… No tenía ni las ganas ni la inspiración suficiente como para coger papel y boli, y… ¡Qué cojones! Ya sabes que si no tengo nada que contar no escribo ni a dios. No encuentro otra explicación.

– Ya. Por eso me sorprendió que te decidieras a venir así, de repente. Con la cantidad de veces que te he invitado a venir, y tú…

– Me apetecía venir ahora y punto. No conocía Asturias… bueno, sólo por referencias, la conocía por antiguas referencias… ¿Te vale?

– Sí, me vale. Y si no… vale también. Ya verás lo “guapu que ye esto”.

– Joder, ¿y eso? Vaya cambio de acento. Creo que me molaba más el cantarín gallego de antes.

– ¡Joder! ¿Tú crees que ya me ha cambiado el acento? De todas formas, estaba utilizándolo intencionadamente para que fueras aclimatándote a la tierra.

– Bueno, no sé. Supongo que no, pero como hace tanto que no nos vemos…

– ¡Tanto? Sólo ocho meses, en Madrid, ¿lo recuerdas?

– Sí, sí que lo recuerdo, imbécil. ¿Y te parece poco? Yo ya tenía muchas ganas de verte.

– Ya, claro. Y además no conocías Asturias, sólo por referencias, ¿no?

– Venga, va. No te pases. Mejor enterramos el hacha de guerra. Ven, necesito que me des un abrazo muy fuerte, grandullón.

Después de todo lo que había sufrido por su culpa, Pedro estaba decidido a no caer, al menos sentimentalmente, en las afiladas garras de su antaño musa inspiradora. “Bueno, ya que ha venido y tenemos que dormir juntos… ¡Qué le vamos a hacer! Todo está controlado. Puedo follar con ella sin quedar atrapado en su pegajosa tela de araña. ¡Me has oído, corazón! ¡Estás avisado! No me vayas a traicionar ahora”. Fue suficiente con que transcurriese una hora, una mísera hora, para que la traición surtiera efecto. En el apogeo de tan cálido abrazo, el corazón – “Tú también, Bruto” – cabalgaba sin remisión hacia un horizonte en el que sólo se divisaba la silueta de una estupenda mujer.

Esa misma noche no follaron, sino que hicieron el amor durante varias horas y en las posturas más variopintas. El cenicero rebosaba de ceniza, de colillas tanto de cigarrillos rubios como de algún que otro porro, y la botella de “Passport”, desangrada, disfrutaba de sus últimos momentos de existencia antes de ser depositada, al día siguiente, en un contenedor de vidrio para reciclar.

Ya estaba a punto de amanecer. El negro de la profunda noche iba dando paso paulatinamente al tono azulado que precede cada día a la salida del sol. Pedro apagó la luz del flexo, y se sentó en la cama apoyando su espalda contra el frío cabecero de madera que la presidía. Ingrid comenzaba a dejarse vencer por el sueño. Pedro no podía dormir – tanta combinación de droga alcohol y sexo causaban un efecto revitalizador en todo su ser. Abrió el cajón de su mesilla de noche, y sacó sus walkman. Sin preocuparse de comprobar qué cinta habría allí puesta; pulsó la tecla de play para que hasta sus oídos llegase la pérfida voz de Lydia Lunch.

“Joder, justo lo que necesitaba yo ahora para meditar, unos bongos atómicos… Esta ya está casi sopa, y yo no sé qué hacer… Ya sé, voy a fumarme otro peta para ver si así me entra el sueño de una puta vez. ¿Qué estará pensando? Seguro que está alucinando con mi gran mejoría en el terreno sexual. Joder, es que aquella vez… No, si esa mini-sonrisa feliz la delata. ¡Estoy hecho un maquinón de la hostia! Y éstos, joder, se han portado de putísima madre. Vaya un detalle el desaparecer y dejarme toda la casa para mi solo. No, si cuando quieren pueden ser hasta majos. ¿Qué cojones estoy haciendo? Me acabo de sorprender a mi mismo acariciándole el pelo. La hostia. Creí que ya estaba superado, pero puede que no… Y encima este puto porro no tira. Lo apago y ya lo aprovecharemos mañana. ¡Madre mía! ¡Angustias de mi vida! Los apuntes de Crítica allí olvidados. No quiero ni pensarlo…”. Y, por no hacerlo, se unió a su aliada, que ya roncaba profundamente, en el viaje hacia el mundo subconsciente del sueño, con la inestimable colaboración de la “Reina de Siam”, cuya voz se confundía ya con los frutos de la imaginación que, por momentos, se tornaban monstruos alucinantes.

El primer halo de luz que entró por la rendija que quedaba entre la contraventana y el cristal, fue a parar directamente sobre el rostro de la abuela Dolores, que parecía presidir, con su condescendiente gesto de serenidad, toda la estancia.

… DE LA VIDA XXX…

XXX.

“¡Qué desastre de habitación! Y… ¿dónde estarán todos estos? Seguro que han salido por ahí de copas con cualquier excusa. Coño, ¿y esta nota?”. – 4 a 0. Ha ganado usted la porra. El dinero está encima de la tele. Por cierto, ¿dónde te metiste? Tenías que hacer la cena, cabrón. Nosotros nos vamos para el Antiguo a celebrarlo. Si te animas, ya sabes dónde encontrarnos. Agur -. “Joder, ni me acordaba ya de la puñetera porra. Entonces son… ¡Siete mil pelas! ¡De puta madre!”. La euforia como consecuencia del dinero fácilmente ganado se disipa instantáneamente al levantar la vista y ver a través de su ventana la ventana cerrada de la habitación de Javi, inquilino ahora de las tinieblas. Se acuerda de Black Francis, “¿dónde estará tu mente ahora, amigo mío?”. Cierra la ventana. Se siente cansado, muy cansado. Pone a los Pixies, el ‘Surfer Rosa’, siempre el ‘Surfer Rosa’ a bajo volumen, y se echa a dormir, cosa que no consigue hasta llegar a la envolvente ‘Gigantic’. La voz de Kim Deal hace el resto, y Pedro ya está dormido.

Pedro se despierta, mira la hora en el reloj despertador que preside su mesilla de noche. Las diez y veinticinco. Medita unos momentos. Restriega sus ojos, y se incorpora definitivamente para dar paso a otro día, puede que un día más, o quizás un día que depare alguna nueva sorpresa. Nunca se sabe. Se vuelve a acordar de Javi, también de Ingrid. Recorre toda la habitación con sus ojos, y se para ante la atenta mirada de su abuela Dolores. “Ayúdame. Aún no sé qué coño hacer”. Al cabo de un rato da las gracias a su abuela con un beso directamente plasmado sobre el blanco y negro de su cara. Se ducha, se viste, desayuna copiosamente, y se dispone a visitar a los vecinos. “¿Cómo estará Javi?”. “Estado estacionario dentro de la gravedad del diagnóstico” es la aséptica respuesta que recibe de labios de Juan, el padre de su amigo, que ni siquiera le invita a pasar. “Ayer parecía más amable. No sé, seguro que me considera responsable en parte de lo que le ocurre a su hijo”.

Ya que el día anterior se le había olvidado por completo que le tocaba hacer la cena, decidió preparar la comida. Una comida original; algo que no hubiesen probado nunca esos “idiotas”. A la hora de sentarse a la mesa para comer, existen dos tipos de personas, los que se atreven con todo sin importarles el aspecto o la procedencia de las viandas, y los tiquismiquis que no saben salir de sus cuatro menús de siempre – cocido, fabes, carne, carne, carne… ¡Ah!, y fiambre también -. Pedro estaría enclavado en el primer grupo. Sus compañeros de piso en el segundo. La consecuencia era que Pedro estaba ya un poco harto de filete con patatas, o de bocadillos de jamón , o de chorizo, o de… “Hoy, a ver, a ver… Ya lo tengo: Pollo con mole; y de postre… ¿arroz con leche? No, demasiado evidente. ¡Aquí está! Crema de chocolate casera y artesanal”. Pedro comenzó a apuntar los ingredientes que necesitaba comprar. Cuando concluyó, cerró el libro de Cocina Mundial que había “heredado” de su prima Natalia – a Jesús tampoco le gustaban las “cosas raras” -. En el hipermercado de la esquina encontró todo lo que necesitaba. Subió a casa, y se pasó toda la mañana cocinando muy duramente.

Llegó Iñigo de clase, el primero en aparecer ya que le correspondía a él pelear con las arduas tareas culinarias.

– ¡Coño! ¿Qué haces tú cocinando si me tocaba a mi?

– Ya, pero es que como ayer no hice la cena, pues eso, para compensar.

– Es verdad, ¿dónde te metiste?

– Nada, fui a dar una vuelta por ahí. Me había sentado muy mal el porro, y necesitaba que me diese un poco el aire en la cara.

– Joder. Cada día estás peor, tío.

– Y vosotros de juerga, ¿no?

– Sí, un par de copas y nada más. Volvimos a las dos y media o así. ¿Cómo no te animaste? Por pelas no sería, eh, hijoputa.

– ¡Ah? La porra… Que conste que yo elegí ese resultado porque llegué el último, que si no…

– Ya, claro. Anda que no tienes tú suerte ni nada, eh, cabrón. Por cierto, ¿qué estás cocinando que huele tan raro?

“Sí, menuda es mi suerte…”. Pedro, por puro y simple egoísmo, esperaba tener suerte, que los acontecimientos que rodeaban su existencia reciente llegaran todos a buen puerto; pero que si se hundían en el fondo del océano que no se viera salpicado por las consecuencias. Egoísmo es la palabra.

¡Ah!, que no se me olvide comentar que, dentro del grupo estático de gente-que-come, estarían también enclavados los adictos a la comida basura. Pedro se encontró más tarde, después de la hora del almuerzo, con una cazuela llena de pollo cubierto con una salsa de color marrón oscuro para él solo, algo que podía alimentarlo durante un par de días. Los demás bajaron a pedir unas pizzas, aunque, eso sí, sin dejar de protestar y maldecir al osado chef.

¿Qué hacer con casi tres quilos de pollo en salsa de mole? Recordó que había quedado con Fernando después de clase para seguir hablando. Podía invitarle a cenar,  así podrían charlar más tranquilamente en casa, y por otro lado se iba quitando de encima el problema de tener que comer aquel pollo durante dos o tres días seguidos.

– ¿Está bueno?

– Bueno no, cojonudo. ¿Y dices que es una receta mexicana?

– Sí, sí. Y no veas lo jodido que es preparar el mole, la salsa, vamos.

(Ya, tan jodido como comprar un vaso con mole ya preparado, y mezclarlo con otras tres partes de caldo de pollo para, al final, llevarlo todo a ebullición.)

– Oye, pues eres un auténtico artista cocinando.

– ¡Bah! No se me da  mal, lo que pasa es que casi nunca tengo tiempo.

– Ya ves, mi madre tiene todo el tiempo del mundo, y siempre cocina lo mismo. Todas las semanas la misma rueda de menús: lentejas, fabada, arroz con chipirones, etc., etc.

– Échate más vino, Fernando, que no puede estar el vaso vacío.

En la gloria, Fernando estaba en la gloria. Cena para dos – Pedro y él -, una comida exquisita acompañada por un buen vino del Bierzo… Sólo faltaban las velas encendidas y algo de música romántica de fondo. A fin de cuentas, a Fernando le daba un poco igual lo que le había sucedido al tal Javi. El peso de su felicidad podía más, mucho más que la angustia que desprendían las palabras de su amigo Pedro. Ya llegaría el momento del consuelo, y allí estaría él, en primera línea y dispuesto a todo.

– O sea, que la deducción lógica es que Ingrid se quería cargar a Javi, y por eso lo atropelló. No sé, no me cuadran muy bien los hechos.

– En principio puede parecer así. Pero surgen muchos interrogantes, del tipo ¿por qué a Javi, si no se conocían de nada? O, al menos, eso creo… Y lo que más me corroe por dentro es si no iría a por mi. ¿No se habrá confundido, y habrá atropellado a Javi cuando, en realidad, quería atropellarme a mi?

– ¡No jodas! ¿A ti? ¿Por qué iba a querer atropellarte a ti? Sois buenos amigos, ¿no?

– Creo que sí, que se puede decir que somos amigos. Pero es que el otro día, el sábado de marras, antes de salir, Javi y yo nos intercambiamos las cazadoras; él llevaba puesta la mía, esa negra de cuero que tiene pintado por detrás el nombre de un grupo de rock, MC5.

… DE LA VIDA XXIX…

XXIX.

Pedro había estudiado casi sin pausa hasta las siete de la madrugada. Su primer maratón como estudiante universitario ante la inminente cercanía de un examen parcial de Crítica Literaria dejaba un poso de satisfacción en su conciencia, un poco atacada ya por la intensa acumulación de hojas y más hojas de apuntes sin revisar.

Dormía profundamente hasta que Carlos, el madrugador justiciero, se encargó de despertarlo a voces a eso de las once y cuarto de la mañana. El cartero acababa de depositar una carta en el buzón del 6º C del 36 de Fray Ceferino. Carlos, con la ilusión que tenía por recibir carta de alguna de sus muchas conocidas, bajó raudo y veloz a abrir esa pequeña caja de las sorpresas. Pero la misiva no estaba dirigida a su nombre, con lo que, después de maldecir inútilmente al mensajero, subió a casa.

– ¡Pedro! ¡Pedroooo…! ¡Despierta, que tienes carta de una tal Ingrid! ¡Qué callado te lo tenías, eh cabrón!

Pedro, el previsor, cuando se iba a dormir echaba el cerrojo en la puerta de su habitación. Se había decidido a colocarlo por culpa de las bromas etílico-festivas que solían gastarle sus compañeros de piso a horas más que intempestivas. Sirva como ejemplo una en la que, en plena actividad sexual con una chica a la que había conocido en una fiesta organizada por los estudiantes de Biológicas, cinco energúmenos – entre los que se encontraban Carlos, Andrés e Iñigo, que, se supone, convivían con él – invadieron sus aposentos abalanzándose seguidamente sobre el lecho en el que retozaban sudorosos los dos amantes. Por supuesto, la chica huyó despavorida, no sin antes escuchar toda una sarta de improperios propios de machitos borrachos ante la visión de una mujer desnuda.

– ¡Abre la puerta y recoge tu correo!

No hay respuesta, todavía.

– Vale, pues entonces voy a avisar a Iñigo, y nos vamos a leer la carta los dos juntos.

En ese preciso momento, Pedro abre los ojos, salta de la cama, y corre instintivamente hacia la puerta de su habitación. Ni siquiera se molesta en cubrir su trempada mañanera; (Pedro duerme desnudo desde el día en que leyó en una de esas revistas pseudocientíficas que el dormir con los calzoncillos puestos puede provocar impotencia debido a la presión que estos pueden ejercer sobre el pene erecto.)

– ¡Trae aquí esa carta, mamón!

– ¡Hostia! ¡Iñigo, Iñigo… Ven, mira a este por ahí en pelotas y además empalmao! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, jaaaa!

La persecución pasillo arriba finaliza con Pedro encima de Carlos luchando por cobrar su trofeo, la carta de Ingrid, su Ingrid, que no le escribía desde hacía ya casi dos meses.

– ¡Iñigo, corre, tío, que éste me va a violar!

Iñigo responde presto a la llamada de socorro y, al llegar, no puede contener las carcajadas ante semejante cuadro. Se apresura a ir a por su cámara de fotos; regresa, encuadra con rapidez, y plasma la escena en el número quince de su carrete.

– Esta la amplio. O mejor, hago un póster y así lo puedo pegar en la pared de la cocina, junto al de Marta Sánchez en bolas… Vaya parejita…

Lo que hay que aguantar por conservar un mínimo de intimidad. Pedro se fue malhumorado a su habitación a leer tranquilamente la carta.

“Lo de siempre, reflexiones extrañas enmascaradas en una difícil historia. Que si perdón por no haberte contestado antes a las últimas cartas… y al final, en el posdata, la sorpresa: ¡viene este fin de semana a Oviedo, a pasar unos días conmigo! Joder, que el lunes tengo examen… Y ahora me toca hacer de cicerone para Ingrid. Bien pensado, que le den al examen. Esto hay que celebrarlo… ¡Madre mía!, miedo me dan estos, pánico absoluto. No me va a quedar otro remedio que hablar con ellos, explicarles el asunto, y espero que así se comporten mínimamente”.

Desde la excursión a Madrid que el año anterior habían organizado los de COU – Pedro al frente como gran instigador – no había vuelto a verla. Además en aquella ocasión sólo pudo estar con ella dos horas, dos míseras horas que cundieron poco, muy poco, que había que volver raudos para el pueblín. A punto estuvo Pedro de pasar del autocar, de no regresar al Palacio de Congresos y Exposiciones, donde todos habían quedado a las once en punto. Incluso tenía la excusa pensada y elaborada: “yo había entendido que en el Congreso de Diputados”, diría compungido al llamar por teléfono a sus preocupados padres a casa. Pero Ingrid no pareció dispuesta a quedarse con él; tenía cosas que hacer, sin más explicaciones. “Tengo cosas que hacer, tengo cosas que hacer… ¿Tengo cosas que hacer?”, iba musitando Pedro en el taxi que le llevaba al lugar de reunión con sus compañeros. El atónito taxista no cesaba de mirarle por el retrovisor, que hay mucho pirado suelto por ahí, y Pedro tenía todos los boletos para resultar uno de ellos. En cualquier momento sacaría su recortada y ¡pum!, al carajo con todo. Ambos despertaron de sus ensoñaciones al ver el autocar color sepia matrícula LE – 0789 – E aparcado frente al Palacio de Congresos y Exposiciones.

En dos días Ingrid estaría en Oviedo, hecho que no podía ni imaginarse hace tan sólo dos semanas, o meses, incluso años. Pedro comenzó a planificarlo todo detalladamente: “quedaré con Silvia y Marta, con la pandilla de clase. Verá que amigos tan enrollados tengo. ¡Ah!, y tengo que pillar costo, algo de coca, alguna pastilluca… Pero ando un poco mal de pelas. Tendré que llamar a casa y contarles un bello cuento”.

… DE LA VIDA XV…

XV.

“Hoy he pasado mi primer día en Asturias. He buscado piso, lo que me ha llevado casi todo el día. El piso está bien, me gusta mi habitación: amplia, no da a la calle, ¡pero sí que tiene una cama de matrimonio para mí solo! Ni siquiera he deshecho aún las maletas, y eso que aquí empieza a oler a chorizo que tira para atrás. Me da igual. Mis compañeros de piso parecen majos; tendré que ir tanteándolos, no quiero yo problemas de convivencia, aunque, eso sí, cada uno a lo suyo.

Sólo he pegado en la pared una vieja foto de mi abuela Dolores. ¡Qué guapa era! Murió joven, en la plenitud de su belleza, aquí en esta misma ciudad.

Abuela Dolores, estoy aquí; vengo a rescatarte, a salvar tu espíritu de las cadenas del tirano. ¡Salve al pueblo soberano que lucha por derrocar al tirano!

Mañana comienzo las clases, y todavía no sé cómo se llega a la Facultad de Filología; pero no pasa nada, ya le preguntaré a alguno de éstos, que ellos sabrán el camino ya que llevan viviendo aquí tres años.

Esta misma noche – dentro de un rato, para ser exactos – quieren sacarme por ahí de copas. Pues nada, habrá que estrenar mi nueva ciudad.

¡Hola, Oviedo! Ya estoy aquí; me tienes en tus entrañas. ¿Acaso me esperabas?”

Este fue el primer y último día que Pedro escribió algo similar a un diario.

La hoja reposaba plácidamente dentro de una carpeta clasificadora con las tapas verdes, entre muchas de las cartas que Ingrid le había escrito, todas ordenadas cronológicamente, leídas y releídas en multitud de ocasiones de autocrítica depresión, incluso subrayadas en un vano intento de buscar indicios, señales que pudiesen mostrar algo más que una simple, aunque sólida amistad.

… DE LA VIDA… XIV

XIV.

– Comenzamos a hablar después de haber permanecido unos minutos en el más absoluto de los silencios. A mi lado, ella parecía un gigante (como el rey de su cuento…), cada cosa que me contaba sonaba a nuevo para mí. Estaba aprendiendo, tomando buena nota para comenzar de nuevo mi vida desde cero. Todo lo que para mí era antes perfectamente válido, se destruía… Para más cojones, me sentía fascinado por ella. ¡Jodeeeer!…

Pedro vuelve a iniciar una de sus pausas. Parece que sigue recordando para sí mismo y contándose el resto de la historia.

Fernando sigue respetando todos y cada uno de los silencios; deja que su amigo exprese todo lo que siente en cada momento. No se ve capaz ni de preguntar por no interrumpir la conexión establecida entre Pedro y su musa inspiradora.

– Perdona, tío. Me he quedado ensimismado, en blanco. Es la primera vez que hablo sobre mi historia con ella. No sé, el recuerdo de su cara, de su voz, de todo su ser, me deja totalmente aplatanado.

– Nada, hombre. Tómate el tiempo que necesites, que no hay prisa, ¿no?

– No, claro que no. Joder, ahora que me doy cuenta, no te he ofrecido nada. ¿Te apetece un café?

– Por mí no te molestes.

– Yo, por lo menos, voy a prepararme uno. Lo mismo me da hacer para dos.

– Vale, de acuerdo, tomaré un café con leche.

Y se dirigen a la cocina. Una cocina en la que destaca el relieve de todos los cacharros amontonados en el bañal y sin fregar, el suelo pegajoso, y unas cuatro o cinco bolsas de basura descansando libremente en una esquina muerta.

– Hoy le tocaba fregar a Carlos. ¿Conoces a Carlos?

– Si, en la última fiesta me lo presentaste.

– ¡Ah! Si, claro. Pues eso, el tío se tenía que pirar a toda hostia para clase, y se ha dejado todo esto acumulado para cuando vuelva. La consiguiente putada, es que  ahora tengo que hacer una inmersión manual en el fregadero para buscar la cafetera y un par de tazas, que no queda ninguna limpia.

Pedro hunde su mano y antebrazo derechos entre la montaña de platos, sartenes, ollas y demás utensilios de cocina, hasta que va descubriendo los ansiados tesoros: una taza, otra taza, una cucharilla y, ¡por fin!, la cafetera, sucia y, como era más que previsible, sin desmontar.

– Voy al baño a fregar esto, que aquí no hay dios que se desenvuelva.

Fernando sigue recorriendo con su hambrienta mirada toda la estancia. Ese anárquico desorden tiene mucho encanto para él, para una persona acostumbrada hasta a que le planchen los calcetines… ¡Cómo le apetecería vivir lejos de la impuesta compañía de sus padres!

– ¡Pedro!

– ¿Sí?

– ¿Te ayudo con algo?

– No, no hace falta… Bueno, sí, ya que te ofreces tráeme un rodillo para secar esto, anda. Están en el cajón del platero, en el de la derecha.

Abrió el mencionado cajón, pero allí dentro sólo pudo encontrar dos barajas, un libro de recetas “forrado” con todo tipo de manchas de distintas variedades de grasa, y unas tijeras de quirófano.

– ¡Aquí no están! ¿Miro en otro sitio?

– ¡No, no hace falta! Seguro que están todos en el cubo de la ropa sucia; hace ya casi tres semanas que no se pone una lavadora en esta casa. Joder, llevamos un descontrol…¡Déjalo, anda, que los seco con una toalla!

Fernando esboza una sonrisa cuando Pedro aparece en la cocina, con una toalla blanca entre sus manos, secando una de las piezas de la cafetera. Al finalizar el proceso de secado, los dos se dan cuenta de que la toalla ha adquirido un ligero tono marrón. No pueden evitar reírse a carcajada limpia. Empezaban, de alguna manera, a entenderse.

– Voy a resumirte un poco la historia, que se me está yendo un poco la olla. Para mí, ese día es muy trascendente. Ahí comenzó mi particular salto al vacío, en el que aún estoy… sin comerlo ni beberlo.

Ahora estaban sentados a la mesa de la cocina, el uno frente al otro, mirándose a los ojos al hablar, siendo inconscientes de que comenzaba a surgir un aura de complicidad entre ellos.