… DE LA VIDA LVII…

LVII.

La música a todo trapo hace que hasta las paredes se tambaleen. Pedro y Javi están escuchando un disco de los Dead Kennedys – ‘Fresh Fruit For Rotting Vegetables’ (fruta fresca para vegetales podridos) -. Fuman un porro antes de salir por ahí de marcha mientras disfrutan de la voz de Jello Biafra y charlan distendidamente. Es un sábado cualquiera… como otros, pero la madre de Ingrid está muy preocupada porque su querida hija salió el día anterior, viernes, a tomarse unas copas y todavía no sabe nada de ella.

-… ‘Quiero a tu hermana en silencio’

– ¿Qué dices?

– ¡Eh? No, nada, nada. Sólo repetía mecánicamente una frase: ‘quiero a tu hermana en silencio’.

– No jodas… ¿a Andrea?

– Justo, lo que yo decía. A ver cómo cojones te lo explico… O sea, tú acabas de entender que yo estoy colado por tu hermana Andrea.

– Sí, tú lo acabas de decir… yo no me estoy inventando nada.

– Esa frase – ‘quiero a tu hermana en silencio’ – tuve que representarla ayer en clase, en el encerado, delante de todo el mundo. Se trata de una asignatura – Sintaxis Transformacional … todo ese rollo que te conté de Chomsky, ¿lo recuerdas?

– Sí, he de reconocer que era un puto rollo macabeo. No entendí un pijo.

– Pero si es muy fácil, Javi.

– No se te estará pasando por la cabeza volver a contarme todo aquel lío del ‘antecesor común’, de…

– Ya verás cómo hoy lo entiendes, tío.

– Joder, que mal rollo que me está dando. Entre el peta y tú vais a acabar con mis pobres neuronas.

– Tú escúchame atentamente y luego opinas, ¿vale?

– Joder, si no me queda más remedio…

– Es una idea de lo más revolucionaria. Tú imagínate, tío, un ‘pavo’ con veintitrés años recién cumplidos que publica su primera gramática, ¡la hostia…! Pero no una gramática al uso en la que sólo se ven estructuras y más estructuras de distintos tipos de oraciones, sino una que basa todo su razonamiento en lo que él denomina como Gramática Universal, común a toda la raza humana. Todas las lenguas se derivan de un único antecesor común. El dice que la capacidad del lenguaje es innata al ser humano…es una idea muy igualitaria, muy comunista en el amplio sentido de la palabra, ¿no crees?

– Yo no creo nada… nada de nada. Todo eso no son más que chorradas.

– No, no son chorradas. Si leyeses algo de lo que Chomsky escribe alucinarías, pero alucinarías de verdad. No es solamente un siniestro lingüista, también investiga a un niveeel… digamos que sociopolítico. A pesar de ser estadounidense, critica con extrema dureza la política exterior de su país, a la CIA, al FBI… Espera un segundo – Pedro se levanta del suelo, sobre el que estaba sentado casi como un yogui, y se acerca a su pequeña biblioteca, compuesta por una sola estantería, aunque, eso sí, rebosante de volúmenes. Coge uno con su mano derecha y regresa a su sitio para sentarse sobre el frío parqué y leer un párrafo a su amigo Javi -. Escucha esto: ‘Como Estados Unidos continuaba con lo que los nazis habían dejado a medias, tenía mucho sentido usar especialistas en actividades contra la resistencia. Más tarde, cuando se hizo difícil o imposible proteger en Europa a esta gente útil, muchos de ellos (incluso Barbie – se refiere a Klaus Barbie, uno que había sido jefe de la Gestapo en Lyon, el Carnicero de Lyon…)

– Sí, ese sí que me suena. Hace poco que salía en la tele por una condena o algo así.

– Sí… algo así. Pues resulta que al tal Barbie, el Ejército de los Estados Unidos le había encargado espiar a los franceses. Para que veas cómo funcionan las cosas en las cloacas del poder… Por dónde iba… ah, sí. ‘…(incluso Barbie) fueron llevados en secreto a Estados Unidos – ves, lo que yo te estaba diciendo – o a Latinoamérica, a menudo con la ayuda del Vaticano y de curas fascistas.’ Ese es Noam Chomsky.

– Bueno… ¿y qué?

– ¡Bueno y qué! ¡Bueno y qué! ¿Eso es todo lo que se te ocurre?

– Tío, que yo paso de politiqueos. No son más que putos rollos que interesan sólo a los que manejan el poder. A mí ni me van ni me vienen.

– Eso es, configuremos un perfecto rebaño para que todos esos hijos de puta sigan manejando todos y cada uno de nuestros hilos.

– Es mucho más complejo, Pedro… Muchísimo más complejo de lo que tú te puedas llegar nunca a imaginar.

– ¿El qué?

– La vida, tío. La puta vida.

– Tampoco hay porque ponerse trascendentes… no es para tanto… … … … … Si te das cuenta, toda esta conversación deriva de ‘quiero a tu hermana en silencio’. Tan sólo es una oración ambigua, sin más.

– ¿En qué sentido ‘ambigua’?

– Puede tener dos significados: quiero que tu hermana se calle, que esté en silencio, o el que tú habías entendido antes.

– Pues yo sólo veo uno, ese, el que yo había entendido: que te mola mi hermana pero que no se lo dices a nadie.

– A ver, imagínate que ahora Andrea está aquí con nosotros, y que no deja de dar voces y me está molestando un huevo (es algo figurado, eh. No vayas a pensar que tengo algo contra tu hermana) y yo, en vez de dirigirme directamente a ella, te digo a ti en un tono enfadado: ‘¡quiero a tu hermana en silencio!’.

– Pues vaya una cursilada de frase. Conociéndote, seguro que me dirías: ‘¡qué se calle tu jodida hermana de una puta vez, hostia!’

– También es verdad. Por eso no supe responder a la profesora cuando me preguntó allí, frente a toda la clase, por la ambigüedad de esa frase. Por eso la estaba repitiendo de forma mecánica… Yo tampoco era capaz de sacar esa interpretación… me parece, no sé, como muy eufemística aplicada a esa situación.

– Sí.

– Oye, Javi, ¿te encuentras bien? No sé, te veo raro… tienes hasta mala cara.

– No estoy del todo bien. Ultimamente estoy durmiendo fatal, tío.

– ¿Y eso?

– Tengo sueños chungos, pero la hostia de chungos. Puedo estar soñando con una tía, con que juego un partido, con cualquier cosa, y, de repente mi abuelo se introduce en mi sueño y lo jode todo.

– ¡Hostias, como el Freddy Kruger!

– Hombre, no a ese nivel, pero sí que me fastidia.

– Desde luego, sí que es chungo, sí…

– A mí me tiene acojonao… ¿Qué hostias podrá significar…?

– No tengo ni puta idea; no soy Freud. Pero no te preocupes, tío, que ya se irá de tus sueños.

– Espero que sí, porque no creo que lo resista por mucho tiempo… Me da miedo, mucho miedo…

– Tu abuelo murió, ¿no?

– Supongo que sí, porque en mi vida lo he visto.

– Entonces, ¿cómo sabes que es él?

– Por una foto. De mi abuelo, el padre de mi padre, sólo tenemos una foto: está de pie, vestido de miliciano, fumando apoyado en unos sacos que componen una barricada; debe estar tomada en Madrid. Y es esa cara, no tengo la menor duda.

– También yo sólo conozco a mi abuela Dolores a través de fotografías… Me hubiese gustado poder conocerla en persona, aunque sería muy distinto: ahora sería una viejecita refunfuñona, y no esa guapa mujer de aquella fotografía. A lo mejor ella se introduce en mis sueños, como tu abuelo… la diferencia está en que yo nunca recuerdo ni un puto sueño, ¡ni uno!

– Ya me podía pasar eso a mí, joder… ¡Si yo nunca me he interesado por él…! Fue un cabrón de mierda. Le hizo un hijo a mi abuela – mi padre – y desapareció… y digo que fue un cabrón, pero yo no sé si eso es verdad o no. No sé de dónde era, sólo sé que no era de Madrid… pero sí que estaba allí cuando la guerra, resistiendo como uno más… puede que le hubiese ocurrido algo, pero ya es coincidencia que justo el día en que mi abuela Juana le contó que estaba embarazada de él, el tío va y desaparece misteriosamente; se esfuma… Demasiada coincidencia me parece a mí. Creo que se llamaba (o llama, porque igual está vivo aún) Manuel. Tampoco estoy muy seguro… mi padre nunca quiere hablar del tema, y mi abuela murió cuando mi padre tenía ocho años, así que…

– A mi abuela Dolores le ocurrió exactamente lo mismo. Eso si que es una coincidencia… La abandonaron a su suerte con un hijo en su vientre – mi tío Carlos, el que está en Buenos Aires.

– Sí, lo recuerdo… recuerdo toda la historia de tu abuela. Me la contaste el año pasado, un día que había tormenta y que nos quedamos aquí bebiendo y fumando porros.

– Sí, es verdad.

La música ya no suena. Jello Biafra se calló hace ya un cuarto de hora, y el silencio total se hace harto necesario para que cada uno estrangule los recuerdos no vividos, pero que al fin y al cabo pertenecen a su familia, a lo más hondo de cada una de sus conciencias. Pedro enciende un cigarrillo y se atreve luego a romper el muro de silencio que divide su habitación en dos.

– Oye, Javi; si no te apetece salir, aviso a Carlos y nos quedamos aquí.

– No, hombre, tampoco me siento tan mal como para quedarme en casita un sábado, como un gilipollas.

– Cómo quieras.

– ¿Con quién has quedado?

– Bueno, aparte de con Carlos, con Silvia y Marta, las de mi clase.

– Mola, tío. Silvia esta buenísima… y es una tía supermaja. ¿A ti te mola?

– Sí, claro. Pero no es más que una amiga de clase. No quiero yo rollos chungos con ninguna tía de clase, ni de la Facultad, que luego tendría que verla a diario.

– Joder, a buenas horas vienes tú con prejuicios. Yo, cualquier día de estos le entro a saco, tío.

– Bueno; ése es tu problema.

– ¿Qué es, que te parece mal?

– ¡Pero tú eres gilipollas o qué!

– Joder, tío, no tienes porque ponerte así.

– ¡Así cómo?

– Como un puto basilisco.

– Pero si tú no sabes ni lo que es un basilisco, joder.

– ¿Un obispo o algo así?

– ¡Un obispo! ¡ja, ja, ja, ja, jaaaa…!

– Joder, yo lo decía porque me suena así como a basílica… a obelisco, ¿no?. A ver, listo de los cojones, qué coño es entonces un puto basilisco.

– Es un bicho, tío, un reptil pequeñajo parecido a una iguana.

– ¡Dios mío; estoy frente a un diccionario con patas…! ¡Adoremos al sumo gurú de la infinita sabiduría!

– Venga, déjate de gilipolleces y hazte otro peta.

– Sus deseos son órdenes, ¡oh, pontífice del basilisco…! ¿Te cuento un chiste?

– Vale. Pero, mientras, te vas haciendo el peta.

– Pásame el papel… Un sargento de la Guardia Civil, todo uniformado y tal, entra en una farmacia y grita: ‘¡VICKS VAPORUB!’, y el farmaceútico va y reacciona como un sputnik y contesta: ‘¡VICKSVA!’.

… DE LA VIDA XXXII…

XXXII.

Viernes, diez de la noche. En la estación de autobuses de Oviedo hay un intenso movimiento: unos que van, otros que vienen, y muchos que esperan. Entre estos últimos se encuentra Pedro. Está nervioso, ciertamente inquieto, no para de fumar, y cada quince o veinte segundos mira de nuevo su reloj. ¡Qué despacio corre el segundero! Se acerca decidido a la ventanilla de información, donde una empleada se lima las uñas con un aire de asumido desdén.

– Buenas. ¿Sabes si el “Alsa” que viene de Madrid lleva retraso?

– Pues no, no lo sé. De Madrid vienen cuatro, creo, pero no tengo ninguna noticia de que lleven retraso.

– Ya. Es que yo, por la hora de salida en Madrid, calculaba que llegaría aquí sobre las diez, y ya son y cinco.

– ¡Qué va! Nunca llegan antes de y media. Quédate tranquilo, que aún tienes que esperar un rato.

– Ah, vale. Muchas gracias.

– No hay de qué.

– Por cierto, ¿en qué andén suelen ponerse?

– Entre el ocho y el doce. Ya te dije que son cuatro los autocares que vienen de Madrid.

– Muy bien. Hasta luego, entonces.

– Adiós… Adiós, chaval.

Casi media hora aún… Aunque al final resultó ser una hora y diez minutos de interminable espera. Primero arribó el de “Clase Supra” – por descontado, Ingrid no viajaba en éste – y luego, en intervalos de entre siete y diez minutos, los tres restantes, del último de los cuales se apeó, con su indomable aire de autosuficiencia y su mirada perdida y triste, Ingrid. Pedro la observó con detenimiento, sin perder ni un sólo detalle de cada uno de los movimientos que la encaminaban hacia el maletero. Ella, ni tan siquiera se había dignado a buscar con su mirada la respuesta del que, se supone, había ido a buscarla. Pedro esperó hasta que Ingrid pudo rescatar su bolsa de viaje de entre una auténtica maraña formada por todo tipo de maletas, mochilas y paquetes. Entonces se acercó a ella y llamó su atención tocando por detrás su hombro con un leve movimiento de su mano derecha.

– ¡Hola, Ingrid!

– ¡Hombre, Pedro! No sabía con certeza si ibas a venir a la estación, aunque me imaginé que no lo harías. Podía haber cogido un taxi, que tengo tu dirección.

– Vaya. No sé porqué tienes que imaginarte algo así. Ya sabes que yo cuando quiero soy un caballero. Además, vivo aquí al lado; hubieras hecho el gilipollas montando en un taxi.

– Mira, todo un detalle por tu parte, sin duda.

– Joder, no creo que tengas que ponerte irónica conmigo. Empezamos bien.

– Perdona, tío. Es que a mi estos viajes, rodeada de gente estúpida, me sacan de quicio. ¿Por dónde está la salida?

La ironía, el punto fuerte de Ingrid, su siempre ácida y mordaz ironía. Pedro carecía de tal virtud pragmática, pero fue conocer a Ingrid, y comenzar su aprendizaje para llegar a ser irónico, que no cínico, detalle que, tal y como pensaba Pedro, podía diferenciar sus personalidades. Ella sí que es cínica, al menos sabe serlo en el contexto adecuado (por ejemplo, ante machos humanos prepotentes, con exceso de testosterona). Sin embargo, no solía emplear ese recurso con Pedro, su confidente, su amigo, su – sin él comerlo ni beberlo – apoyo en el arduo camino de la venganza.

– ¿Por qué no has contestado a mis últimas cartas?

– Pues no lo sé… No tenía ni las ganas ni la inspiración suficiente como para coger papel y boli, y… ¡Qué cojones! Ya sabes que si no tengo nada que contar no escribo ni a dios. No encuentro otra explicación.

– Ya. Por eso me sorprendió que te decidieras a venir así, de repente. Con la cantidad de veces que te he invitado a venir, y tú…

– Me apetecía venir ahora y punto. No conocía Asturias… bueno, sólo por referencias, la conocía por antiguas referencias… ¿Te vale?

– Sí, me vale. Y si no… vale también. Ya verás lo “guapu que ye esto”.

– Joder, ¿y eso? Vaya cambio de acento. Creo que me molaba más el cantarín gallego de antes.

– ¡Joder! ¿Tú crees que ya me ha cambiado el acento? De todas formas, estaba utilizándolo intencionadamente para que fueras aclimatándote a la tierra.

– Bueno, no sé. Supongo que no, pero como hace tanto que no nos vemos…

– ¡Tanto? Sólo ocho meses, en Madrid, ¿lo recuerdas?

– Sí, sí que lo recuerdo, imbécil. ¿Y te parece poco? Yo ya tenía muchas ganas de verte.

– Ya, claro. Y además no conocías Asturias, sólo por referencias, ¿no?

– Venga, va. No te pases. Mejor enterramos el hacha de guerra. Ven, necesito que me des un abrazo muy fuerte, grandullón.

Después de todo lo que había sufrido por su culpa, Pedro estaba decidido a no caer, al menos sentimentalmente, en las afiladas garras de su antaño musa inspiradora. “Bueno, ya que ha venido y tenemos que dormir juntos… ¡Qué le vamos a hacer! Todo está controlado. Puedo follar con ella sin quedar atrapado en su pegajosa tela de araña. ¡Me has oído, corazón! ¡Estás avisado! No me vayas a traicionar ahora”. Fue suficiente con que transcurriese una hora, una mísera hora, para que la traición surtiera efecto. En el apogeo de tan cálido abrazo, el corazón – “Tú también, Bruto” – cabalgaba sin remisión hacia un horizonte en el que sólo se divisaba la silueta de una estupenda mujer.

Esa misma noche no follaron, sino que hicieron el amor durante varias horas y en las posturas más variopintas. El cenicero rebosaba de ceniza, de colillas tanto de cigarrillos rubios como de algún que otro porro, y la botella de “Passport”, desangrada, disfrutaba de sus últimos momentos de existencia antes de ser depositada, al día siguiente, en un contenedor de vidrio para reciclar.

Ya estaba a punto de amanecer. El negro de la profunda noche iba dando paso paulatinamente al tono azulado que precede cada día a la salida del sol. Pedro apagó la luz del flexo, y se sentó en la cama apoyando su espalda contra el frío cabecero de madera que la presidía. Ingrid comenzaba a dejarse vencer por el sueño. Pedro no podía dormir – tanta combinación de droga alcohol y sexo causaban un efecto revitalizador en todo su ser. Abrió el cajón de su mesilla de noche, y sacó sus walkman. Sin preocuparse de comprobar qué cinta habría allí puesta; pulsó la tecla de play para que hasta sus oídos llegase la pérfida voz de Lydia Lunch.

“Joder, justo lo que necesitaba yo ahora para meditar, unos bongos atómicos… Esta ya está casi sopa, y yo no sé qué hacer… Ya sé, voy a fumarme otro peta para ver si así me entra el sueño de una puta vez. ¿Qué estará pensando? Seguro que está alucinando con mi gran mejoría en el terreno sexual. Joder, es que aquella vez… No, si esa mini-sonrisa feliz la delata. ¡Estoy hecho un maquinón de la hostia! Y éstos, joder, se han portado de putísima madre. Vaya un detalle el desaparecer y dejarme toda la casa para mi solo. No, si cuando quieren pueden ser hasta majos. ¿Qué cojones estoy haciendo? Me acabo de sorprender a mi mismo acariciándole el pelo. La hostia. Creí que ya estaba superado, pero puede que no… Y encima este puto porro no tira. Lo apago y ya lo aprovecharemos mañana. ¡Madre mía! ¡Angustias de mi vida! Los apuntes de Crítica allí olvidados. No quiero ni pensarlo…”. Y, por no hacerlo, se unió a su aliada, que ya roncaba profundamente, en el viaje hacia el mundo subconsciente del sueño, con la inestimable colaboración de la “Reina de Siam”, cuya voz se confundía ya con los frutos de la imaginación que, por momentos, se tornaban monstruos alucinantes.

El primer halo de luz que entró por la rendija que quedaba entre la contraventana y el cristal, fue a parar directamente sobre el rostro de la abuela Dolores, que parecía presidir, con su condescendiente gesto de serenidad, toda la estancia.

… DE LA VIDA XXV…

XXV.

La habitación de Pedro se había convertido en un mini-estadio. Quince personas comentaban los primeros lances del encuentro. Pronto serían catorce: Fernando se iba, no se consideraba emocionalmente preparado para soportar dos horas entre semejante jauría. Pedro lo acompañó hasta la puerta.

– Te veo en clase mañana.

– Sí, claro, a las cuatro en Literatura Norteamericana.

– Y luego nos vamos a tomar algo, que no he podido explicarte bien toda la historia, mi dilema, y, como puedes ver, ahora no es el momento.

– Ya… Ya veo que esto se anima mucho cuando hay fútbol.

– Bueno, no te creas, no siempre, sólo en partidos importantes.

– Anda, vete a ver el fútbol, que por lo que están chillando debe suceder algo relevante. Nada, lo dicho, ¡hasta mañana!

– Hasta mañana… Oye, Fernando.

– ¿Sí?

– Gracias por traerme los libros…  y por escucharme.

– Ha sido un placer, aunque la verdad es que aún no me enteré muy bien de lo que te preocupa.

– Ya. Bueno, mañana hablamos, ¿vale?

– Vale.

Mientras espera el ascensor, Fernando recupera la sensación de euforia con la que unas horas antes se encaminaba hacia el piso de su – ahora ya podía denominarlo así – amigo. Al día siguiente irían los dos solos a tomar una cerveza; ¡qué privilegio! Iba a subir un escalón, de compañero de clase a gente de confianza, de observarlo calladamente desde una esquina de la vida, a disfrutar del placer de su compañía… No se podía pedir más, el destino había jugado a su favor.

Entretanto, Pedro aún no había tenido la oportunidad de dar un resultado para la porra; por eso, cuando regresó a su cubículo, todos los demás comenzaron a atosigarlo para que de una puta vez eligiese un marcador final, que sólo faltaba él, que el partido llevaba diez minutos jugándose.

– Pues… No sé, un dos a cero.

– No, no puede ser, ese lo escogió Edu.

– Tres – uno, entonces.

– Nada, ese también está, es de Carlos.

– Joder, ¡qué es, que no me habéis dejado ninguno decente?

– A ver: Empate a uno, a dos, uno – cero…

– Pues venga, para que comerse más el tarro, pon un cuatro a cero a favor del Barça.

– Apuntado queda. Pedro, cuatro – cero. Coño, lo vas a tener jodido…

Pedro deposita sus correspondientes quinientas pesetas en el bote común justo en el preciso instante en que Romario anota el primer gol en el marcador para el equipo blaugrana. Griterío generalizado entre la fiel hinchada que se concentra en los quince metros cuadrados de la habitación de Pedro, a poco más de metro cuadrado por persona.

Le apetece fumarse un porro, y para hacérselo coge de la mesa de estudio una cajita de latón que en sus tiempos contuvo caramelos de viaje; saca de su interior la piedra de costo, y luego, con su mechero de gasolina, quema una esquina para poder separar un buen trozo, sin escatimar en la cantidad, con la ayuda de las uñas del dedo gordo y del índice de su mano diestra. Del librillo rojo de papel de liar obtiene los dos que necesita para hacerse un buen peta, de los llamados “eles” por la forma en que queda el continente al pegar el uno con el otro. A partir de ese instante, hay que esperar unos cinco minutos, más ó menos, para que estén bien unidos. En ese intervalo, Pedro repite, de una manera casi automática, el ritual de la mezcla de los ingredientes que configuran el contenido, formado, en este caso, por una buena china bien quemada y el tabaco extraído de un cigarrillo y medio. La boquilla, hecha con un trozo de uno de los pitillos, reposa, por el momento, sobre el lóbulo de su oreja derecha. Se ha sentado en una esquina, discretamente, alejándose física y mentalmente del partido, así como de la algarabía que éste por momentos provoca en los allí presentes. Cae el segundo gol, Stoitchkov, mientras Pedro se dispone a encender el porro. Unas caladas después, y empieza a notar la relajación que produce el efecto del hachís. Lo pasa, acto seguido, para que los que quieran de los demás fumen de él en perfecta y ceremoniosa armonía.

Finaliza el primer tiempo; se hace cola para ir a mear al baño y, cómo no, también ante la nevera para apropiarse de una o varias cervezas. Pedro no se mueve, no habla, sólo medita alucinado sin poder centrarse en lógicos razonamientos. Los demás van ocupando sus respectivas posiciones para disfrutar de la segunda parte del evento deportivo. De repente, Pedro resucita cuando alguien se dirige a él.

– Oye, Pedro, este tío de la foto, ¿qué eres, tú?

 Pedro gira lo justo su cuello para ver de nuevo la foto; otra vez la fotografía de marras.

– Sí, era yo, pero un yo con dieciséis tacos.

– ¡Joder, mirad que pinta que tenía el colega!

Comentario festivo-jocoso que provoca risas generalizadas ante la visión de aquel ñoño ser que había quedado atrapado en aquel acartonado papel. Pedro ni se inmuta, es más, incluso sonríe ante la retahíla de bromas que se encadenan una tras otra debido al imparable efecto dominó.

– Pues anda que la churri… ¡Vaya cómo está la churri!

– ¡A ver? ¡Hostias, está buenísima! A ésta sí que le echaba yo un buen par de polvos… y sin sacarla.

Como activado por un invisible resorte, Pedro se incorpora, lanza una mirada aniquiladora a Juanjo, el que ha osado hacer semejante comentario, cierra con fuerza su puño derecho, y se dispone a asestarle un buen puñetazo en toda la cara. Se hace un silencio sepulcral, sólo interrumpido por el comentarista de televisión, que todavía analiza las jugadas más interesantes del primer periodo. A mitad de camino, bajo las atónitas miradas de Juanjo y del resto, Pedro frena en seco. Acababa de cruzarse con su abuela Dolores que, desde su posición en la pared, parecía decirle con su serena mirada: “Mantén la calma, hijo, mantén la calma”.

– Lo siento, tíos. Hoy estoy un poco nervioso; no sé qué coño me pasa…

Y en ese instante decide, aunque ya eran casi las nueve y media de la noche, visitar a Javi, ir al hospital para verlo, para hablarle. No se enterará hasta que regrese a casa, a eso de la una, de que ha ganado la porra.

… DE LA VIDA XIII…

XIII.

Pedro apuró las últimas caladas del porro y bebió whisky de la petaca que Ingrid se había traído consigo. Comenzaba a sentirse, de nuevo, un poco mareado. No quería hacer nada, tan sólo dejarse perder en el agujero negro de su interior, y escuchar lo que la chica morena que había conocido hacía unas horas le tenía que decir. Ni siquiera pensaba en sus padres, ni en lo que pudiera ocurrir cuando llegase el momento de marcharse para casa. Sentía, cada vez con más convicción, lo futil que había sido su vida hasta ese momento, no ya por haber probado las drogas, o haberse estrenado, aunque sin éxito, en el terreno sexual. No, lo único que sentía era que hasta ese día había vivido como un caracol, un puto caracol que vive con suma lentitud, y que siempre opta por el camino más fácil, el que contenga menos obstáculos. Ahora estaba decidido a buscar rincones, recovecos de vida nueva que pudieran aportarle sensaciones distintas cada día. Punto final a las aburridas partidas de ajedrez, a las horas malgastadas como ratón de biblioteca rodeado por insulsas novelas históricas y tomos de las más variopintas enciclopedias. Como primer paso a tomar, debería buscarse algún amigo. Sentada a su lado podía estar su primera oportunidad, su nueva amiga , o puede que su primer amor, opción que dependía exclusivamente de ella, ya que él estaba dispuesto a todo, listo para la batalla.

– Cuéntame algo, el silencio me agobia, y llevamos ya un buen rato callados. No sé… qué estudias, si sales con alguna chica… Lo que se te ocurra.

– Pues no se me ocurre nada. Mi vida podría contártela en un par de minutos como máximo, pero prefiero no hacerlo porque entonces pensarías que soy un gilipollas, que lo soy, seguramente… Y tú eres mi primera chica; nunca me había fijado en ninguna… Bueno, María José era mi amiga, y yo debía gustarle y todo eso, pero hace tres años aún no había yo desprecintado mi cerebro… Ni hace dos años, ni hace dos días, hace tan sólo … (Pedro interrumpe su diatriba para mirar la hora en su reloj, y ve que es la una menos cuarto de la madrugada) … unas dos horas, más o menos.

– ¡Joder, qué fuerte! Así que tú eres el típico niño bueno, aplicado en clase y sin ninguna falta de disciplina en su vida. ¡Bah! No creo que sea culpa tuya, aún no te habría llegado el momento de espabilar.

– Nunca es tarde para rectificar. No sé, hay un mundo fuera de las cuatro cosas que yo hago: voy a misa los domingos con mi madre, como un autómata; estudio para sacar buenas notas… pero eso no me sirve, ahora lo veo claro. Nunca me había parado a analizar el porqué de las cosas. Tengo todo ante mis ojos y yo siempre paso de largo…

– Creo que no soy muy buena dando consejos, pero puedo decirte que yo llevo casi tres años viviendo un poco al límite. Dentro de poco cumpliré dieciocho, y no creo que sienta nada especial llegado ese momento. Seré mayor de edad, legalmente hablando, pero me da la impresión de que he madurado antes de tiempo…Tú estás en el momento ideal, procura no pasarte con lo que decidas hacer, controla todos tus actos, todos tus vicios, si es que los vas a tener, claro, y, sobre todo, no te dejes dominar por ellos.

– ¿Qué quieres decir?

– Mira, llevo tres años metiéndome de todo, pero sé cuándo hacerlo y cuándo no. No sé si me entiendes.

– La verdad es que no, no entiendo lo que tratas de decirme.

– A ver… El que yo fume porros no quiere decir que lo tenga que hacer todos los días, ni desde que me levanto hasta que me voy a dormir. Puedo pasarme un mes de vida sana, yendo al monte, a correr en bici… Joder, eso, que si vas a lanzarte al vacío, debes llevar un buen paracaídas mental.

– Vale, lo tendré en cuenta.

Pedro se sentía inferior, a lo que también contribuía el hecho físico de estar sentado en el suelo mientras Ingrid permanecía casi tumbada decubito supino unos escalones más arriba. Notaba toda la fuerza que emanaba de su interior, de cada palabra que ella pronunciaba con ese tono de voz tan envolvente, tan agradable y tan seguro al mismo tiempo. No estaba a su altura, no debía hacerse demasiadas ilusiones. Habían follado, y ella no le estaba dando la menor importancia a ese hecho, lo que le hacía presuponer que ella estaría más que acostumbrada a manejar a los chicos a su antojo; y con él no tenía ni para empezar. Se consideraba a sí mismo como un oponente demasiado fácil, una buena presa, un antílope tullido ante una leona hambrienta.

– ¡Ingrid?

– ¿Qué?

– Sobre lo de antes… Bueno, ya te dije que era la primera vez, en todos los aspectos, vamos.

– ¡Bah! No te preocupes, tío. Sencillamente me apeteció y punto. No vayas a creer que me gustas, o que me estoy enamorando de ti. Me caes bien. Eres un tío raro, de los que quedan pocos. La verdad es que, bien mirado, se puede decir que eres hasta guapo, pero te sacas muy poco partido: ese pelo, esa pinta tan de señor mayor.

Ingrid acarició el pelo de Pedro, luego se incorporó, flexionó su tronco y le dio un beso fugaz, de una décima de segundo, en los labios. Con ese gesto cariñoso, Pedro comprendió que no tenía ninguna opción para enamorar a aquella chica. A él sí que le gustaba Ingrid, se había colado por una chica por vez primera, pero, en un corto intervalo de tiempo, ya comenzaba a notar en sus vísceras los sinsabores de su recién estrenado desengaño amoroso; sensación que hizo aumentar los efectos secundarios del costo fumado y del whisky bebido. La Tierra comenzó a rotar mucho más aprisa. Notó como su estómago empujaba con fuerza hacia arriba e intentaba expulsar de su interior lo poco que aún contenía. Dos arcadas, y se tuvo que poner de pie e irse corriendo a una esquina para vomitar por segunda y última vez. En esta ocasión, Ingrid sí que se ocupó de él. No todo estaba perdido, al menos podrían ser amigos.

… DE LA VIDA… X

X.

    Pedro salió del lavabo ayudado por su tía abuela Juliana, en la cual se apoyaba como buenamente podía. Casi no podía ni subir las escaleras de acceso a la pista de baile. Juliana lo dejó sentado en un sillón, y se dirigió a avisar a su sobrina Angustias, la madre de Pedro. Pedro aún no se enteraba de casi nada, pero estaba resucitando poco a poco, a la vez que iba encajando cada pieza, cada acción encadenada que había conducido su mente a semejante estado. La gente pasaba por delante de él como seres de otra dimensión, aunque algunos buenos samaritanos se paraban para interesarse por su estado. Pedro sólo atinó a soltar un buen eructo cuando su madre llegó y le preguntó cómo se encontraba.

      – ¡Dios mío, qué disgusto más grande! ¿Cómo has llegado a ese estado? – Angustias estaba realmente impresionada por ver a su hijo, a su buen retoño, al obediente de Pedrito, en esas etílicas circunstancias y, para más inri, delante de toda la familia. “¿Qué pensarán?”, constituía la principal preocupación de Angustias y, más que cuidar de su hijo, lo que hacía era esconderlo, que nadie viese a Pedro con una curda semejante; sobre todo Aurelio, su marido y, al fin y a la postre, padre de Pedro.

     Angustias pidió un café con sal para ver si así reanimaba a aquel ser casi inerte que no podía articular ni una sola palabra, aquél que había destrozado sus entrañas al nacer, aquél que la había hecho engordar quince kilos durante el embarazo, y que había provocado la pérdida de todo su encanto físico como pura y simple hembra de buen ver; pero también aquél al que más quería, aquél por el que sería capaz de matar al propio rey sin pensar siquiera en las consecuencias.

      Pedro iba, poco a poco, recobrando la consciencia, iba recuperando el color en sus mejillas y, por fin, pudo hablar de forma inteligible dirigiéndose a su progenitora:

      – Mamá, ¿has visto a Ingrid? ¿Sabes dónde está?

      – ¿Quién?

      – Ingrid; una chica morena con unos vaqueros negros ajustados.

    – Así que es ésa. Así que ésa te emborrachó y te dejó en este estado; y encima ahora me preguntas por ella… quieres estar con ella. ¡Es increíble!

     Angustias se había fijado en el sucedáneo de  baile que su hijo se había marcado con aquella chica, la cual, por cierto, le había dado muy mala espina.

    – ¡Mamá?

    – Dime, hijo. Dime.

    – ¡Vete a tomar por culo!

    Y se levantó, sintiéndose otra vez persona, para buscar a Ingrid por toda la fiesta. Con un gesto de desesperación, Pedro comenzaba a darse cuenta de que ella ya no pululaba por el salón de baile. De reojo, tampoco cesaba de controlar que su padre lo perseguía con cara de pocos amigos, mientras su madre lloraba desconsolada sentada en el sillón en el que anteriormente él había estado reposando su embriaguez.

    Decidió echar a correr en dirección a la puerta de salida, y eso hizo, y sin parar hasta encontrar un rincón lo suficientemente escondido como para que no lo encontrasen, pero no demasiado apartado de la puerta de acceso al salón donde se seguía celebrando el baile. Ingrid tendría que regresar en cualquier momento, no podía ser que se hubiese ido ya, que no se hubiese ni despedido de él. No se podía ser tan hijaputa.

    Se apoyó en una columna, estiró las piernas y, por un instante, se sintió a gusto, cómodo consigo mismo. Ya casi había despejado la borrachera. De repente, siente una mano que toca por detrás su hombro derecho. Pedro se gira, y ve a Ingrid acompañada de un chico alto, guapo y de aspecto moderno, a su espalda. La sensación de amargura, de celos, de impotencia, que embarga a Pedro en ese momento es indescriptible. El castillo se construye y se derrumba antes de que una princesa azul pueda habitarlo.

    Ingrid, dándose perfecta cuenta de la cara que se le había quedado al infeliz de Pedro, se apresuró a decir: “Pedro, éste es mi hermano Erik.”

      Se ve que a los padres de Ingrid les había dado por los nombres escandinavos. “Allá cada uno”, pensó Pedro.

    – Venimos de meternos unos tiros de coca. Erik pilló casi dos gramos. Por cierto, ¿cómo te encuentras? Antes parecías un poco jodido… con un buen moco, vamos.

     – Ahora ya estoy mejor. Acabo de escaparme de mis padres. Creo que voy a tener una buena bronca cuando todo esto acabe.

    – Oye, hermanita, yo me piro que he dejado sola a Paula, y hoy hay mucho buitre suelto – Interrumpió Erik.

    Pedro pensó casi instintivamente en su primo Jose, y en que se podía montar una buena si Paula resultaba ser la rubia con la que su primo estaba intentando ligar. Pero todo eso le dio exactamente igual, ante sí tenía a su recientemente adquirida musa, y no podía haber nada más importante en toda la Vía Láctea.

    – Joder, una bronca – Prosiguió Ingrid – ¿Qué es, que se enteraron del rollo, de lo que ha pasado?

    – No, no, qué va. Tan sólo he contestado mal a mi madre por primera vez en toda mi vida, y ¿sabes?, lo más gracioso es que me siento mejor que nunca… … ¿Te haces otro porro? Es que el de antes no me supo a nada.

    – Vale, creo que aún me queda alguna china por la cartera.

… DE LA VIDA… VIII

VIII.

   –  ¡Qué si tienes condones! Pareces gilipollas, colega.

  –  ¡Eh? ¿Qué? ¿Que si tengo condones? Pues no, no tengo. Pero una vez, Jaime Prado llevó uno a clase de Geografía y, además, ¡lo hinchó!… Aunque yo no me atreví ni a tocarlo. ¡Jodeeer!

     Pedro comenzaba a notar como se exteriorizaban los efectos del tequila, combinados sutilmente con los de la raya de coca que acababa de ponerse. Se había sorprendido a sí mismo diciendo un taco, ¡un puto taco!, hablando como cualquier otro chico de su clase. Se puso serio, pero la seriedad duró justo lo que tardó en mirar a Ingrid a los ojos.

      – ¡Ah, pues yo sin condón no follo, tío! Están las cosas como para andar dejando que se la metan a una sin la dichosa gomita, que paso de quedarme preñada, que luego a ver quién cojones me paga el aborto, que son treinta mil pelas. ¡Ya te digo!

      Pedro alucinaba; no podía salir de su asombro. ¿De dónde habría salido aquella chica? En una ocasión se había dado un beso con María José en el cine, a oscuras; un beso furtivo, robado, un beso que ella le pudo sisar aprovechando el momento de distracción que Pedro estaba viviendo gracias a la película de chinos karatecas que llenaba la pantalla. De eso hacía ya casi tres años, y todo lo que Pedro fue capaz de decir en aquellas circunstancias se limitó a un previsible “pero, ¿qué estás haciendo?”.

      Ahora se encontraba inmerso en una gran encrucijada. Había que actuar con suma rapidez y, en especial, con determinante efectividad.

      “Espérame aquí, que voy a conseguir uno”, proclamó firmemente antes de salir a toda prisa del baño. Se sentía como Lancelot en busca del Santo Grial. Los Caballeros de la Mesa Redonda volverían a reunirse. Camelot volvería a ser un lugar feliz. Arturo reinaría, al fin, pero con una corona de látex en su cogote.

      Pensó en su primo Jose: “Ese seguro que tiene condones; siempre anda por ahí con chicas”. Lo buscó con la mirada, recorriendo uno por uno cada grupo de invitados, hasta que lo divisó, ¡cómo no!, en la barra del bar, apoyado sobre la misma en una postura que delataba su patética chulería y, por supuesto, hablando con una chica, intentando ligársela. Pedro se acercó apresuradamente hasta aquella posición, sin molestarse siquiera en devolver los saludos que algunos de sus familiares le enviaban.

       – Oye, Jose, ¿puedes hacerme un favor?

     – Hombre, primo… (Este es mi primo Pedro, el beato – dijo, dirigiéndose a la chica que lo acompañaba.) Claro que sí. ¿De qué se trata?

       – Es…Es q-que no lo puedo decir así… en público – Le contestó Pedro hablándole en un tono muy bajo.

       – Pues dímelo al oído, entonces.

      -¿Tendrás un condón? – Preguntó acercando su boca a la oreja izquierda de su sorprendido primo mayor.

      -¡¿Que?! Repíteme eso.

      – Un preservativo, es que lo necesito urgentemente.

      Jose se separó de la barra del bar alejándose lo suficiente de la chica rubia que estaba a su lado, no sin antes advertirla convenientemente: “Espera un poco, tía, que ahora mismo vengo”. Y fuera del salón donde se celebraba el baile nupcial, entregó a Pedro su particular grial; y no sólo uno, sino dos, y ofreciéndole, sin recargo adicional, una serie de consejos de primo mayor y vividor; consejos que Pedro ni escuchó, aunque no dejase de asentir con la cabeza para no hacerle un feo a su buen primo, a su salvador.

     Regresó al baño, donde Ingrid aún esperaba tarareando inconscientemente “Stand and Deliver”, esa canción de Adam and the Ants que Pedro ni siquiera conocía aún.

      – Joder, colega, ya me iba a pirar. ¿Cómo has tardado tanto? Me aburría y me hice este porro. ¿Quieres? ¿Lo has conseguido?

      – Sí – Contestó Pedro, respondiendo a las dos cuestiones planteadas previamente, antes de coger el canuto y pegarle una torpe calada plena de tos sin tragar el humo; ni tan siquiera había fumado un cigarrillo con anterioridad.

      – Pues, cojonudo. Estaba ya pensando en hacerme una paja. Voy super-caliente.

      El acto en sí no duró más de medio minuto. Pedro no se encontraba del todo bien: el alcohol, las drogas… todo ello formaba parte del rito iniciático. Todo, para sentirse luego como un idiota por haberse corrido tan pronto; y más todavía cuando, a continuación, observó como Ingrid se frotaba con avidez el clítoris, lo que le llevó un buen rato antes de finalizar entre gemidos y resoplidos varios.

      Pedro dejó resbalar su espalda por el azulejado de la pared del baño hasta quedar sentado en el suelo. Acopló luego su cabeza entre las piernas, y se echó a llorar.

      – Venga, tío, que no es para tanto… Ya aprenderás… supongo.

      Ingrid ya había finalizado su proceso masturbatorio, y se subía ahora los tejanos negros frente al espejo.

      – Es la primera vez que lo hago – Surgió, de forma entrecortada, de las entrañas del pobre Pedro.

      – No, si no hace falta que lo jures.

      Ingrid abrió la puerta y salió del retrete. Pedro levantó la vista, la vio alejarse, y luego se encontró con la atenta mirada de su tía abuela Juliana, que le enviaba una indefinible sonrisa desde el centro del otro espejo. Con el mareo recorriendo el interior de su cabeza y bajando, sin remisión, hacia su estómago, no le quedó más remedio que incorporarse para hundirse en la taza del inodoro a vomitarlo todo.