… DE LA VIDA XXVI…

XXVI.

– Pedro, hijo, despiértate, que ya es la hora de comer. Venga, que tu padre ya está sentado a la mesa.

A duras penas, Pedro consigue abrir su ojo derecho para notar, a continuación, el efecto en forma de cefalea de su primera resaca. Va despertándose poco a poco. Se incorpora, y se mira extrañado en el espejo del armario ropero. “Normalmente, de una crisálida debería salir una mariposa, y no esta babosa… Joder, además poeta…” manifiesta en voz baja, y esboza un intento de sonrisa que se ve contestada por la complicidad de su reflejo.

– ¡Ya voooy! – grita a su madre.

La verdad, es que Pedro tenía hambre, acentuada más, si cabe, por el aroma del cocido que impregnaba arrebatador todas las estancias de la casa. Ante la cercana presencia de un buen plato de cocido, se olvidó por completo del dolor de cabeza, y se preparó mentalmente para comer, para devorar un gran plato rebosante de garbanzos, patatas, chorizo, panceta, botillo y lacón, no sin antes olvidarse de beber casi un litro de agua, como intuitivo antídoto anti-resaca, directamente del grifo del lavabo del baño. Se lavó, intentó disimular su mal aspecto, sobre todo por culpa de esos ojos tan extremadamente enrojecidos, y se dirigió a la cocina, donde le esperaban papá y mamá para empezar el copioso almuerzo de los domingos.

Piezas de información de lo ocurrido el día anterior iban llegando hasta su base de datos; aunque decidió ensamblar las mismas después de haber llenado su vacío estómago.

– Buenos días – dijo.

– ¡Qué buenos días ni que ocho cuartos! Son casi las tres de la tarde, y ya sabes que no nos gusta esperar, que en esta casa se come, lo más tardar, a las dos.

– Pues vale. ¡Buenas tardes!, entonces.

Se había despertado, levantado, y ahora se sentía irónico. Sólo esperaba que “El Octavo Pasajero” que anidaba en sus entrañas no tuviese la desfachatez de salir repentinamente para amenazar el orden establecido, y menos aún antes de haberse zampado su ración de cocido, porque lo mejor sería asimilar primero ese ‘alien’ con el Pedro pre-boda-de-su-prima-Natalia para, posteriormente y sin excesiva prisa, ir descubriendo por sí mismo cuál era el resultado de esa aparente mutación. Inconscientemente, Pedro canturreaba para sus adentros esa canción que tanto le gustaba a María, la punki de su clase, “Tengo un pasajero, dentro de mi cuerpo”, sin saber aún que era de Parálisis Permanente, lo que tampoco ayudaba demasiado a solventar la escena.

Aurelio y Angustias no sabían que decir ante ese nuevo personaje que se sentaba amenazante frente a ellos. También decidieron esperar a que finalizase el almuerzo para luego ir actuando sobre la marcha. Había que preparar una buena estrategia de defensa ante el invasor, (aunque, desde luego, el presupuesto no daba como para contratar a Sigourney Weaver, y la vecina no pegaba demasiado como la Teniente Ripley). De momento, los tres deglutían en el más absoluto de los silencios, sin levantar la vista del plato, por si alguno se convertía de repente en estatua de sal. “Dios mío, vaya usted a saber”, pensaba Angustias.

Acabada la comida, Aurelio se levanta de la mesa; dice que se va al bar a tomar el café con el correspondiente ‘sol y sombra’, y a jugar la partida de subastao. “Es lo mejor”, piensa, “quedándose madre e hijo solos seguro que hablan más a gusto, que una madre entiende mejor a un hijo, y yo me conozco…”. Coge su chaqueta, y sale, sin más dilación, de su casa.

– Hijo.

– ¿Qué?

– No sé… te noto un poco raro. Ayer…

– Ayer, ¿qué?

– Vaya agresivo que estás con tu madre. Pero, ¿qué te he hecho yo?

– Nada, tú no me has hecho nada. ¿O sí? Tú sabrás.

– Saber, sabrás tú lo que hiciste ayer, que no te vi el pelo, y cuando te vi… ¡Madre mía, cómo estabas… cómo estabas!

La voz de Angustias se entrecorta, se emociona, y sus ojos comienzan a llenarse de agua. Va a soltar alguna que otra lágrima, haciendo un poco de honor a su nombre.

– ¡Hala, a llorar un poquitín! Siempre estás llorando por todo, eres una auténtica agonías; todo te parece mal, todo te lo tomas a la tremenda. Nada, mujer, nada. Que ayer sufrí una especie de aparición divina que me despertó de mi letargo, que llevo dieciséis años dormido, sin querer ver lo que pasa en el mundo, sin agarrarme a la vida que se me va ofreciendo día tras día.

– ¿Aparición? O sea que esa pendanga fue una aparición.

Desaparece el compungimiento que parecía invadir a Angustias para dar paso a una actitud mucho más beligerante. Ya no hay lágrimas, empiezan los reproches.

– Pues sí, creo que se la puede denominar así.

– Entonces es una pendanga. Ves, si ya lo decía yo, con esas pintas…

– ¡Qué no, joder! Me refiero al término “aparición”, que Ingrid no es ninguna puta, mamá.

– ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo le hablas así a tu madre? ¿Qué son esas palabrotas? Vaya una…

– Palabras, son palabras, sin más; palabras que definen conceptos, como casi todas las palabras semánticamente relevantes de un idioma.

– ¡Pues en esta casa no se usa ese vocabulario! ¿O es que acaso nos oyes a tu padre y a mi decir palabras feas? No si…

– No, a ti nunca, lo reconozco. Pero a papá sí. ¿Qué te crees, que ahora en el bar con sus amigotes de partida está diciendo “córcholis” o “cáspita”? Joder, mamá, de “cagondiós” para arriba, que ya lo he oído yo alguna que otra vez en el bar.

– Pues me da igual, exactamente igual. Te repito que en esta casa no se dicen. Si él quiere usarlas fuera es su problema, pero aquí dentro hay un respeto, unas normas de convivencia.

– ¡Aquí más que respeto, lo que hay es mierda, mucha mierda! Mierda tapada por vuestra hipocresía, por la hipocresía reinante en este puto pueblo de mierda.

– ¡Lárgate ahora mismo de aquí! ¡No quiero oírte más! Ya verás cuando venga tu padre.

– Vaya, vaya. Con amenazas andamos. Pues estamos bien. Pero yo las amenazas… ¡¡¡me las paso por el forro de los putos cojones!!!

Da un manotazo en la mesa y se va para su cuarto. Angustias aún tardará un rato en reaccionar. Se ha destruido un mito, el mito del hijo pródigo que siempre complace a sus padres en todo: buen comportamiento, educado, estudiante aplicado, con notas excelentes… Todo, absolutamente todo, derribado así, de un certero plumazo, y por culpa de una “pendanga”. No puede hallar respuestas, aunque al final le queda el mínimo consuelo de que “seguro que esto es algo pasajero, que mi hijo tiene muy buen fondo, sólo se ha dejado malear un poco. Pero, ¿de dónde habrá sacado todas esas expresiones? Ay, Dios mío, esta juventud…”

Pedro, a pesar de haber sido como había sido: una persona gris, sin ningún tipo de originalidad, sin gracia inherente, siempre se había caracterizado por su gran capacidad de observación y asimilación. Oía a los chicos en clase hablar, insultarse, recurrir a toda clase de improperios ante cualquier eventualidad, por mínima que esta fuese. Ahora sólo tenía que dejarse ir. Todo estaba insertado en su léxico mental, lo había adquirido sin apenas darse cuenta; ya sólo tenía que dar paso a una actuación inconsciente, innata. Por eso, quizás no se sorprendía ante el repentino cambio que se había producido en su personalidad. En realidad, estaba deseando que un día esto ocurriera, y de esa forma. Tumbado en la cama, comenzó a recordar los acontecimientos del día previo, enlazándolos con pensamientos sobre lo que podría deparararle el futuro. Al día siguiente iría a clase, como siempre, pero también como nunca. Sus compañeros iban a flipar con él, había decidido utilizar su inteligencia con fines muy distintos a los que hasta ese momento habían regido su existencia. Muy en el fondo sentía un poco de pena por su madre, aunque bien pensado, “que se joda, que tengo un universo fuera de estas cuatro paredes que me está esperando ansioso”.

… DE LA VIDA XXIII

XXIII.

Después de despedirse de Ingrid, Pedro había entrado de lleno en un agujero negro. Sentado en la barra del bar, se vio reflejado en el espejo: su rostro cambiado entre una botella de ron cubano y otra de bourbon. “De vuelta a la realidad”, se dijo mientras uno de los camareros se acercaba hasta su posición para preguntarle qué deseaba tomar. “Una coca-cola”, respondió Pedro, el Pedro abstemio, el Pedro de ayer que no soportaba el alcohol, ni el humo del tabaco, ni las palabrotas que los compañeros de clase utilizaban a la mínima de cambio. “Cagondiós, vaya de puta madre que esta la jodida chocolatina ésta”, suponía la última frase que llegó a escandalizarle. Su fe católica, llevada hasta extremos que rayaban casi con el más puro integrismo sectario, había levantado más y más barrotes cada día, que acabaron por construir una celda unipersonal que no le permitía salir al mundo exterior. Ingrid se encargó de abrir la puerta de esa cárcel; Pedro salió, restregó con saña sus ojos, y recorrió el mundo durante unas horas, pero su carcelera se había ido ya, y el dilema existencial planeaba ahora sobre su cabeza: “¿Vuelvo a la cárcel, o la destruyo definitivamente para ser libre? Pues no, no pienso regresar. Conoceré el exterior, Sí señor”. Apresuró su decisión al percatarse de que sus padres se acercaban peligrosamente a su trinchera. Ya no había marcha atrás. Bebió apresurada y nerviosamente el último trago de su refresco de cola y se dio la vuelta encarándose desafiante a Aurelio. “Vámonos, hijo, que ya va siendo hora de retirarse”, fue todo lo que oyó por boca de su padre. Pedro no era capaz de salir de su asombro. “¿Estás ya bien, hijo? ¡Hala!, despídete de los tíos y de los primos mientras yo voy a recoger la chaqueta del guardarropa”. Increíble, ¿su madre también en tono conciliador? No quedaba más remedio que separar las yemas de los dedos del Colt 45 que había estado a punto de desenfundar.

Durante el camino de vuelta a casa sólo se comentaron detalles sobre la boda, que si vaya buena que estaba la crema de nécoras, que si el novio parecía un poco “pailán”, etc., etc. Ni siquiera al entrar ya en casa, donde el qué dirán pierde toda su razón de ser, hubo el más mínimo comentario sobre el incidente acaecido. En un tris estuvo Pedro de pedir perdón, pero no, no podía debilitar a las primeras de cambio su nueva actitud vital: había comenzado el diario de un rebelde, único e intransferible, aunque, al mismo tiempo, idéntico a todos los demás. Dio un simple “Buenas Noches” antes de encerrarse en su cuarto. Por primera vez su habitación le pareció una habitación extraña, decorada con muy mal gusto – “tanto crucifijo… Pues anda que esos trípticos de San Antonio… ¡Vaya una mierda!” -. Al meterse en la cama se acordó de Ingrid, lo que le hizo sentir unas irrefrenables ganas de masturbarse. Se masturbó muy despacio, en una auténtica ceremonia de iniciación, recorriendo lentamente con su pensamiento cada uno de los rincones del cuerpo de la muchacha morena que acababa de desvirgarle aquella misma noche, haciendo paradas especiales en los grandes y duros pezones que resaltaban como dos balas entre la masa de sus enormes tetas, y, sobre manera, en el depilado coño, en los labios vaginales y en el clítoris, apéndice que recordaba con la grata compañía de un fino dedo anular que se movía bruscamente de arriba a abajo sobre él. No pudo más; se corrió; manchó las sábanas… pero nada de eso le importó. Se sentía muy relajado, como nunca anteriormente lo había estado. Antes de entrar de lleno en el estado alfa del sueño, decidió que al día siguiente escribiría una carta a su nueva amiga, a su único y displicente amor.