CEREZAS – XI

XI.

– ¿Y cuándo piensas volver por aiquí?

– No lo sé. Creo que pronto; en cuanto pueda volveré…pero para quedarme. Me gustaría morirme aquí, que me enterrasen en nuestra tumba, junto a madre, junto a…

– Veña, veña. Nun e momento pra falar de esas cousas…Sube ya no autobús que ya te coloco eu to los bultos no maletero.

Los dos hermanos “paparranes” se funden en un abrazo por iniciativa de Álvaro; Antonio trata de evitar que aquel gesto se prolongue en exceso. Antonio, con los pies en el suelo y los sentimientos en el núcleo incandescente de la Madre Tierra.

– Has de escribirme tú también, eh.

– Sí, ho…si me recuerdo de cómo se fai, que ya sabes que a min as letras…

Pero Antonio sí que contestará de vez en cuando a las numerosas cartas que irá recibiendo de su hermano desde Colombia, aunque le cueste horrores terminar una frase con su trabajosa caligrafía, plagada de faltas de ortografía, con su particular sintaxis, pero perfectamente legible. Le agradecerá a su hermano pequeño, a pesar de sus protestas iniciales, el regalo que éste le había dejado en la finca antes de cruzar el charco por segunda y última vez en su vida. Antonio no sabía nada sobre nuevas tecnologías aplicadas al mundo de la agricultura; es más, desconfiaba de ellas como el obrero de su patrón. Su hermano, que se había instruido pertinentemente allende los mares, sin embargo, sí. No era la primera vez que Álvaro, como si de un mago alquimista se tratase, experimentaba con semillas tratando de crear nuevos frutos transgénicos, como un híbrido exquisito entre tomate y pera que había conseguido hacía ya cuatro años.

La noche antes de partir, permaneció en vela sentado a la mesa de la cocina trajinando muy concentrado con los huesos de unas cerezas y unas semillas pequeñas, de tono oscuro, de las que se había traído de allá dentro de una bolsa de plástico transparente junto con las hojas ya resecas de coca, hasta conseguir un nuevo tipo de cerezas, o, mejor dicho, una nueva semilla que daría, una vez plantada y con el transcurso del tiempo necesario, una cereza nueva, desconocida hasta entonces por aquellos lares…y por todos los lares del planeta: la cocacereza, como el mismo Álvaro la bautizaría entre risas y sonrisas más propias de un chiquillo que acaba de hacer una buena trastada.

Ese día de finales de verano, Álvaro no madrugó porque ni siquiera se había acostado aún. Antes de dirigirse hacia la finca, buscó por todos los rincones de la casa, valientemente y con extraña determinación, a su antigua sombra, a su desterrado alter ego, pero no lo pudo hallar porque aquél se había ido de su vida definitivamente, para siempre. Contento y sintiendo que la misión, su misión, ya estaba más que cumplida, llegó a la finca. Platicó unos minutos con el pobre Augusto, que se encontraba allí más solo que la una, y, acto seguido, plantó las seis semillas que él, como si de la propia diosa Ceres se tratase, había creado. “Con esto se solucionarán tus problemas, querido hermano. Nadie más volverá a robar tus cerezas,…nuestras cerezas”, constituyó su particular bendición del fruto que acababa de sembrar. Ese era el regalo que le dejaba a su hermano.

Los cerezos crecieron muy aprisa, saltándose a la torera todo el proceso biológico de años de crecimiento, el normal en estos casos; tanto crecieron, que para la siguiente cosecha ya se podrían recoger los primeros frutos. Las primeras cocacerezas. Los primeros que disfrutaron de sus inenarrables efectos fueron, ¡quiénes si no!, los chavales de la pandilla del “peidán”, con el mismísimo José Manuel, nieto del primer “peidán”, a la cabeza. Los efectos no se hicieron esperar. Nunca más volvieron a la finca del “paparrán”, lo que disgustó tan profundamente al Augusto, que éste enfermó irremisiblemente hasta morir de pena, ¿o fue por su último atracón de cerezas, o mejor dicho, de cocacerezas…? Por el contrario, a Antonio sí que le parecieron aquéllas las cerezas más exquisitas que jamás había probado. Tanto, que las iba repartiendo jubiloso con todo aquel amigo o conocido que se le ponía por delante. Todo aquél que las probó comentó que aquellas cerezas eran un manjar digno de los dioses. Y así era, porque Álvaro así lo había querido. Porque sabía que nunca jamás regresaría a su tierra, y se sentía en la obligación de dejar que parte de su vida echase definitivamente raíces bajo el manto que le había visto nacer, bajo la tierra en la que ya ni los huesos perduraban de aquél que una vez había osado compartir un mismo útero con él. Álvaro no lo sabe; obviamente, no lo recuerda, pero sí que se vio en la obligada necesidad de recurrir a su instinto de supervivencia incluso antes de haber salido del cuerpo de su madre. “Estaba muy claro. O tú o yo, hermanito. Sólo me defendí de tu constante acoso.”, pensó Álvaro – aún antes de saber que iba a ser Álvaro y “paparrán” – en el instante en que vio por vez primera, aunque de manera ciertamente borrosa, la luz del sol. Eran las dos de la tarde y su padre, Emilio el “paparrán”, comía cerezas mientras esperaba ansioso la buena nueva. Luego sintió Álvaro unas palmadas en su frágil y sonrosado culo y se echó a llorar. “¡Este ta vivo! ¡Ta vivo!”, proclamó con toda la fuerza de sus pulmones la antigua comadrona de Cacabelos, Maruja la “peidana”. Era el día diez de junio de 1938. Una guerra entre hermanos asolaba al país, y en Cacabelos comenzaban a recoger la cosecha de cereza de ese año, porque, a pesar de guerras y conflictos, junio es el mes de la recogida de las cerezas.

Anuncios

CEREZAS – IX

IX.

Álvaro, tras su mítica lucha contra su otro yo, se aferró con fuerza al trabajo. Era capaz de seguir perfectamente el ritmo infernal que imponía su hermano. Antonio no salía de su asombro: el que antaño había destacado por su poco espíritu de trabajo ahora parecía uno más del pueblo, de los que estaban acostumbrados a soportar sobre sus espaldas intensas jornadas de trabajo en época de cerezas, en época también de vendimia, que no sólo de cerezas vivía el pueblo; jornales y más jornales de viñedos se extendían por todos los alrededores de Cacabelos. Pero los “paparranes” no habían heredado ninguna viña. Era una de las pocas familias que no podía presumir de elaborar sus propios caldos, aunque sí que podían disfrutar de aquéllos que tan cuidadosamente elaboraban muchos de sus convecinos. Antonio siempre ayudaba en las tareas de vendimia a todo aquél que se lo proponía, e incluso sin propuesta alguna, él corría presto a colaborar en la vendimia del “barájamelnaipe”, del “asturiano” o de Eleuterio, el carnicero de la plaza, su compañero de siempre el los avatares del mus.

– Te quedarás pra vendimia, ¿no?

– No sé…quizás. Depende de un par de cuestiones.

– Ya sabes que por mí nun hay ningún poblema.

– Ya, eso ya lo sé. Me refiero a cuestiones personales. Vine a buscar mi paz interior y creo que estoy en el buen camino. Por otro lado, tampoco puedo dejar aquello solo, a la buena de Dios.

– Cómo tú veas.

Y Álvaro veía. Veía como se iba librando día tras día de todo su lastre interior, si es que no se había librado ya definitivamente de él. Le apetecía contárselo todo a su hermano mayor, pero quizá sería mejor dejarlo todo tal y como estaba. Algunas cosas no están al alcance de los que no creen, o no quieren creer; y Antonio era de ésos.

Perder de vista a su otro yo, y recuperar al hermano perdido, esos dos hechos parecían satisfacer plenamente sus expectativas previas al viaje, sino plenamente mítico, al menos trascendente. Sabía de sobra que Antonio no aceptaría ningún presente de su parte, pero ya buscaría la manera más apropiada de dejarle algo como regalo sin que éste se diera cuenta. Es más, ya lo tenía pensado y requetepensado. Sabía que no llegaría a la vendimia porque tenía que marcharse pronto para Colombia, antes de que hubiese lugar a una no deseada resurrección de fantasmas por fin superados.

CEREZAS – VII

VII.

Dos días transcurrieron lentos y sin que los dos hermanos apenas se vieran las caras. El uno enfrascado en “la cereza”, y el otro buscándose a sí mismo a años luz de la extensa realidad que le rodeaba. Antonio pensaba desde siempre que su hermano pequeño estaba un poco trastornado; Álvaro, por el contrario, no era capaz ni de pensar siquiera en estos días en los que se debatía gran parte de su ciclo vital. No cruzaron ni palabra. Antonio ya es de por sí poco hablador, y Álvaro, sencillamente, no tenía ganas de platicar. Antonio desayunaba mientras su hermano todavía dormía; Antonio recogía cerezas en la finca mientras su hermano todavía permanecía encerrado consigo mismo en su habitación. Coincidían a la hora del almuerzo, pero con sus respectivos silencios respetaban inconscientemente la paz de cada una de sus fortalezas; fortalezas, sí, aunque no inexpugnables.

Antonio, mañana despiértame cuando tú, que voy ir a trabajar contigo”, fue la frase que rompió la tregua de silencio que se había prolongado durante casi dos días y medio. “Vale”, fue la escueta y aséptica respuesta que Antonio dio a su hermano pequeño, el que aún se cagaba en los paños higiénicos cuando su hermano mayor ya arrancaba de una rama baja de un árbol su primera cereza.

Veinticuatro horas antes, Álvaro trataba de vencer de la manera más digna su prolongada vigilia. De la más pequeña de sus maletas sacó una bolsa de plástico transparente que contenía unas cuantas hojas de alguna extraña planta, ya resecas; introdujo en ella su mano derecha, separó una del resto y se la metió dentro de su boca colocándola suavemente, con un movimiento ascendente de su lengua, en todo lo alto del paladar. Era una hoja de coca; Álvaro parecía recaer en el mal de las alturas; pero ahora ya no estaba en las montañas de Duitama y no tenía excusa para “darle a la coca”. Temía que él regresase. Estaba realmente nervioso: no sabía a ciencia cierta si lo había matado definitivamente o si, por el contrario, éste aún vivía escondido en algún rincón perdido de la casa, de su corazón, de su memoria…

No, su otro yo no había desaparecido del todo, y allí estaba ahora, otra vez visible y con más ganas de guerra que nunca. Álvaro apretó con fuerza la punta de su lengua contra el cielo de su boca. En esta ocasión no cerró los ojos; había que coger al toro por los cuernos y voltearlo de una puta vez y para los restos.

– Tú la mataste, ¿verdad?

– ¿A quién?

– ¡A quién va a ser! ¡A quién coño va a ser…No te hagas el sorprendido conmigo ahora, que te conozco más que a mi propia persona!

– Te equivocas de pleno. No fui yo. Ella murió de forma accidental.

– Ya. Pero tú sabes cómo sucedió, ¿no?

– Sí, claro. Yo estaba allí. Me gustaba mirarla mientras dormía al lado del patán del Antonio. ¡Ella tenía que haber sido nuestra…! ¡¡Y te largaste sin pelear, como un puto cobarde de mierda!!

– ¡No cambies de tema ahora, joder…! Te vio. Ella te vio y la mataste del susto. ¡Dime la verdad!

– ¡Qué no, hostias!………Bueno, sí que pudo haberme visto…¡pero sólo un instante, una décima…una centésima de segundo! Todavía no se había dormido. Esa noche se la veía inquieta, nerviosa. Jugueteaba en su boca con un hueso de cereza. Lo chupaba y lo chupaba…(una fea costumbre que se le había pegado del Antonio). Sus ojos miraron hacia la posición que yo ocupaba, escondido entre el lado derecho del armario y la pared…Yo sabía que el Antonio no podía verme, pero ella…ella……Se atragantó con aquel puto hueso de cereza. Ni siquiera pudo toser. Se taponaron por completo sus vías respiratorias…Se puso roja, luego morada…Se murió allí mismo. Y el Antonio durmiendo a pierna suelta a su lado sin poder siquiera darse cuenta de lo que le estaba sucediendo…Yo…yo…bueno, ya sabes que yo no podía hacer nada. Yo no existía…¡Yo nunca nací…! Y eso fue todo.

– Joder…eso fue todo. ¡Eso fue todo! ¡Qué gilipillez…! ¡Qué muerte tan gilipollas! Y yo allí, tan lejos, sin saberlo. Pero, pero ¿por qué cojones te diste a ver? ¿Por qué?

– No lo sé. No me di ni cuenta. Te habías ido, me habías dejado solo aquí, y ellos no me podían ver; no la madre y el Antonio, tú lo sabes, pero quizá…quizá ella sí…Ella no era como ellos; estaba hecha de otra pasta…No les pertenecía, y tú lo sabes bien. No lo sé, hermano, te juro que no lo sé…No te pudieron avisar a tiempo, aún no tenían ni tus señas ni tu número de teléfono. Te avisaron cuando lo de madre… Antonio te envió un telegrama urgente…pero tampoco viniste.

– No estaba preparado aún. Pero sufrí su muerte, ¡vaya si la sufrí! Yo quería mucho a madre; más de lo que tú puedas llegar nunca a imaginar……Lo de ella me lo había contado madre en su primera carta. Ya habían pasado casi siete meses…Me jodió, me jodió en el alma, por Antonio, también por mí, pero seguí adelante…yo solo…¡Yo solo! ¡¡¡YO SOLO!!! ¡¡¡¡Me cago en Dios!!!!

Y, por fin, Álvaro pudo hablar solo de verdad entre las paredes de aquélla que había sido, durante sus primeros veintidós años de vida, su morada. Él se había volatilizado, había sido abducido para siempre por sus propios pensamientos. Al fin Álvaro había podido cambiar su decorado. Lo había matado, y pensó que en realidad no había resultado tan complicado, aunque eso es fácil de decir después de treinta y cinco años disfrutando a pleno corazón de la soledad elegida conscientemente, después de siete lustros sintiendo la libertad de su propia carne corriendo veloz por sus venas a cada latido de su corazón.

CEREZAS – I

I.

Junio es el mes de la recolección de la cereza. Pero ese año la cosecha parecía ser temprana para la pandilla de José Manuel el “peidán” y sus amigos: después del colegio se dedicaban a hacer una excursión hasta la finca de Antonio el “paparrán”, donde se ponían morados a cerezas con la siempre bienvenida connivencia de Augusto, el pastor alemán que, se suponía, vigilaba la finca de gañanes roba-frutas, y que tenía lo mismo de pastor alemán que su dueño de poeta, ya que en realidad era un cruce entre un Pastor yugoslavo y una Fila brasileira, dos razas que por separado son de lo más agresivas, pero que al cruzarse daban una especie de perro de carácter apacible y algo bobalicón. Augusto siempre jugaba con todos los niños; no era rencoroso. Día tras día, olvidaba las jugarretas que le hacían sus “amiguitos”, las cuales, en época de cerezas, consistían principalmente en empachar del mencionado fruto al pobre animal hasta que, literalmente, le salían a éste los huesos por las orejas. “¡Cómo coño cagará tanto este perro!”, solía proclamar airado el “paparrán” cada vez que por mayo se acercaba a ver in situ los progresos de sus cerezos y, de paso, también a dar buena cuenta de todos los preparativos previos a la recogida del rojo fruto.

Ese año, la cosecha era de órdago: casi triplicaba la del año anterior, y eso ponía muy contento a Antonio el “paparrán”, hijo y nieto de paparranes, pero no padre de otro u otros paparranes. El destino había querido que enviudase al mes y cinco días de haberse casado; y el destino tampoco había querido juntarlo posteriormente con otra mujer que pudiese haberle dado los tan deseados hijos. Y ahora ya estaba demasiado viejo como para empezar una nueva travesía. Se conformaba con sus labores agrícolas y con su diaria partidita de mus en el Hogar del Pensionista.

A principios de junio de ese año llegaba su hermano de Colombia, tierra a la que había emigrado, según creyeron todos, ante la falta de futuro en el pueblo. Álvaro, también “paparrán”, tenía muchas ganas de volver a ver la tierra que lo había cobijado hasta cumplir los veintidós años, más incluso que a su hermano mayor, con el que no se llevaba demasiado bien; si le escribía no era por más motivo que el de mantener un ancla con sus añoradas raíces. Y ahora iba a venir a su pueblo a pasar casi todo el verano. “¿A qué cojones vendrá éste ahora? ¿Qué coño se le habrá perdido por aquí?”, se preguntó malhumorado Antonio tras leer, con la dificultad de siempre, provocada, a la par, por su incipiente y no cuidada miopía y por su casi iletrado estado, la carta que comunicaba la inminente presencia de su hermano.

Antonio ya se había acostumbrado a vivir solo; la soledad era su mejor compañera y aliada en todos y cada uno de los momentos que regían su imperturbable existencia, y lo que más le jodía ahora era tener que compartir, después de tanto tiempo, una porción de vida con su hermano pequeño en la misma casa, que, para ser exactos, también pertenecía a Álvaro, ya que los dos la habían heredado, como todo lo demás, al cincuenta por ciento. Antonio siempre había pensado que Álvaro no se la merecía, no merecía ser copropietario de esa casa, ni de la finca; “¡menudo hijoputa, si ni siquiera tuvo la decencia de aparecer por aquí cuando murió la madre…!” Su innata desconfianza le hacía temer que su hermano venía para usurpar su puesto, todo lo que era suyo. Nada más lejos de la intención del bueno de Álvaro.