… ENCADENADA

LXI.

– Nunca me has contado por qué te hiciste esos tatuajes, ni qué significan para ti ‘rage’ y ‘revenge’.

– Ira y venganza, significan ira y venganza.

– Joder, que eso ya lo sé, que estudio Inglés. Me refiero a las razones que te han impulsado a tatuarte en el culo esas dos palabras, y ¿por qué en inglés?

– Mira que eres varas, tío. Me has hecho esa misma pregunta en todas y cada una de tus cartas y, como ya sabrás si has leído detenidamente mis misivas, nunca te la he contestado. No quiero, no tengo porque contestar.

– Vale, vale, tía… no hace falta que te pongas así. Sólo es por pura curiosidad… por conocerte un poco mejor… Si alguna vez yo me hago un tatuaje, lo haré porque para mí aquello tendrá un significado especial. Sólo quería saber eso, lo que significan personalmente para ti.

– Me los hicieron el cinco de octubre de 1984 en Benidorm. Estaba allí de vacaciones con mis padres… y me los hice por razones personales, muy personales. Lo del inglés es porque el tatuador era australiano, y tampoco quería que, si alguna vez me los veían mis padres, pudiesen entender su significado. Lo siento, pero no te puedo explicar más… puede que algún día lo entiendas.

– Joder. A veces me da la impresión de que no te acabo de conocer del todo. Siempre estás a la defensiva conmigo.

– Ya ves… Hay tantas historias que contar, tantas, tal exceso de vidas eventos milagros lugares rumores, todos combinados… tal densa condensación de lo que nunca será y de lo mundano…

– ¡La hostia! Vaya un rollo más raro que me estás metiendo, tía. Yo sólo quiero saber quién eres, joder, y tú me sales por peteneras.

– ¿Que quién soy yo, tú quieres saber quién soy yo en realidad…? Pues yo he sido una devoradora de vidas; y para conocerme, para saber quién soy yo, tendrás que tragarte todo el conjunto también.

– No sé ni para qué pregunto…

Y la chica monta en el autocar que la llevará desde Oviedo hasta su destino final. Sabe que ha pasado un buen fin de semana en compañía de su amigo Pedro; también sabe que nunca más lo volverá a ver… porque sabe muy bien cuál es su futuro, y éste estará lejos de la estela de aquel muchacho cariñoso y cabezota que ahora la despide entre grandes aspavientos, entre gestos que parecen de desproporcionado amor. Lo que ella no puede saber es que, aunque aquel chico sí que la quiere, tanta efusividad se debe también al hecho de que por fin podrá estudiar tranquilamente para su examen de Crítica Literaria… aunque al llegar a casa no podrá estudiar, tampoco podrá dormir. “Joder, yo siempre he pensado que esos tatuajes se los habría hecho después de la violación… Es lo lógico. Y ahora va y me dice que se los hizo el cinco de octubre del ’84… Yo alucino. ¿Por qué cojones se habría tatuado esas dos palabras antes de que la violaran…? No tiene sentido… ¡Pues anda que todo ese rollo que me metió al final sobre ‘la devoradora de vidas’ y todo eso…! Mira que es rara esta tía.”

Media vuelta en dirección a casa; no sabe ni por qué, pero sus pasos van acompañados del tarareo inconsciente de una canción de Big Country, Just a Shadow (Tan sólo una Sombra):

It’s just a shadow of the woman you should be
Like a garden in the forest that the world will never see
You have no thought of answers only questions to be filled
And it feels like hell

(Es tan sólo una sombra de la mujer que deberías ser / como un jardín en medio del bosque que el mundo nunca verá / No piensas en respuestas, sólo en preguntas que formular/ Y te sientes como en el infierno.)

ANTES…

“Aquellos cíclopes saldrán esta noche y mañana de las entrañas de la tierra, y con sus barrenos, con sus picos, con sus cartuchos de dinamita, intentarán hacer saltar la Historia”- Joaquín Maurín, dirigente comunista del P.O.U.M., Octubre de 1934.

– … ¡Vamos, Dolores, corre que nos alcanzan esos hijos de puta!

– Ya no puedo más… creo que me he roto un tobillo. Sigue tú ¡Ánimo compañero…! Hasta siempre, mi amor…

– ¡Toma, coge esta pistola y dispara si es necesario!

El compañero de Dolores lanza el arma a los pies de su amiga. Ella, dolorida, agotada de puro cansancio, no duda ni un instante en recoger el arma del suelo. Ramón, que así se llamaba el compañero de partido de Dolores, también venido desde El Bierzo, como ella, a luchar por la Revolución, se encamina hacia la Calle Cimadevilla. Están escapando de los regulares y de la policía gubernamental, que los persiguen con saña para hacerlos prisioneros… o, en el peor de los casos, para matarlos. Tras ese primer instante en el que prevalecía el propio instinto de conservación, Ramón da marcha atrás a su veloz carrera, y regresa hasta la posición en la que había dejado abandonada a su amiga y compañera. Teme por su vida. Pero sólo tuvo tiempo para llegar y ver como un regular apuntaba desde bastante cerca a Dolores, disparaba y la hería en su muslo derecho, rematándola justo después clavando con saña su bayoneta calada en el estómago de aquella mujer indefensa que no había sabido manejar la pistola, y que sólo dispone ahora de un instante de vida, el suficiente para escupir en la cara al regular y llamarle ‘¡hijoputa fascista!’. Ramón mata al asesino antes de proseguir con su huida. No se le había pasado ni por la imaginación que alguno de aquellos que los perseguían podía actuar de forma tan rastrera, tan cobarde… Ya es demasiado tarde y no hay tiempo para las lágrimas, para lamentar la impune pérdida de su amiga, de su compañera, de su amante, de la esposa de uno de sus mejores amigos de adolescencia, aunque ya no se dirigían la palabra el uno al otro. “A ver cómo le cuento yo esto a Eutiquio… y esos dos niños, qué van a hacer ahora sin su madre…”, iba pensando Ramón mientras aceleraba su paso y cargaba al mismo tiempo el fusil arrancado de los brazos de aquel regular. De la bayoneta todavía chorreaba la sangre roja de su compañera. Era el día cinco de octubre de 1934, comenzaba la Revolución en Asturias.

“Las estadísticas oficiales publicadas por el régimen que acabó con la República estimaron en 4.336 el total de las bajas habidas en los sucesos de octubre, distinguiendo entre muertos, heridos y desaparecidos, así como entre paisanos y militares. La cifra más alta de muertos (1.051) y heridos (2.051) correspondía a los civiles, naturalmente”. – David Ruíz, INTRODUCCIÓN A OCTUBRE DE 1934.