… DE LA VIDA LII…

LII.

Vaya revuelo había esta noche en casa de mis vecinos, de los padres de Javi. Como casi todas las noches, me estaba costando un huevo coger el sueño, ya no sabía si levantarme y estudiar, o si hacerme una paja para conseguir, al menos, un mínimo de desgaste físico que diese paso a un estado tal de relajación que pudiese disipar mi no deseada vigilia. Por pura y simple eliminación opté por la segunda alternativa, con lo que, automáticamente, di cuerda a mi variada selección de mujeres inaccesibles imaginándomelas rendidas a mis pies y sometiéndose a todas mis sanas perversiones. En éstas estaba – me la estaba chupando Jennifer Tilly, una actriz que últimamente me pone de un burrooo…- cuando un grito seco, aterrador, proveniente de la garganta de una mujer, me sobresaltó. Como consecuencia de ese auténtico aullido, perdí la concentración y dejé mis prácticas de autosatisfacción manual (y a la buena de Jennifer) para mejor ocasión. Me levanté de la cama y me dirigí hacia la ventana; subí la persiana y así pude comprobar que había luz en la habitación de Javi. De allí provenían los gritos, que todavía podían oírse, aunque ya más mitigados. Por sana curiosidad, agudicé mi oído intentando escuchar lo que parecía una conversación; pero no pude, por más que lo intenté, distinguir una sola palabra. Por un instante me pareció oír la voz de Javi… aquello no era posible; con toda seguridad sería su padre el que hablaba. De todos modos, llegué a dudarlo, más que nada por la naturaleza de los gritos de Gloria. ¿Por qué razón estaría gritando de esa manera…? Supongo que aún no se habría acostumbrado al vacío existencial que le produjo la muerte de su hijo.

Ellos, los padres de Javi, no me hablan. Procuran evitarme si me ven en el portal; si tenemos que compartir el ascensor esperan, sin dirigirme la palabra, a que yo haga mi correspondiente viaje arriba o abajo para luego hacer ellos lo propio. No sé… esa actitud histérica de Gloria no hacía más que alimentar mi sensación de culpa por lo sucedido con su hijo. Ya, ya sé que no soy responsable más que de mis propios actos, pero es algo inevitable, no puedes dejar de plantearte cuestiones como ¿y si no hubiese llamado ese día a Javi para salir…?

Cuando se apagó la luz en la habitación de mi amigo, me entró un gran ataque de responsabilidad: nada de pajas, a poner al día todos los apuntes que poblaban desordenadamente mi – por así llamarla – mesa de estudio. En ello estuve enfrascado, en un alarde de concentración impropio de mi innata irresponsabilidad, hasta las ocho y media de la madrugada, hasta que, por puro agotamiento, no pude más y tuve que echarme en la cama a dormir plácidamente. Tres horas más tarde sonó el timbre de nuestra puerta, llamada que yo oí entre las tinieblas del más profundo de los sueños, pero que no hizo que me sintiera aludido, ni mucho menos. Iñigo, que preparaba café para todos mientras silbaba melodías harto irreconocibles por lo que de inventadas tenían, se dignó a abrir la puerta y… ¡oh, sorpresa! Allí estaba Gloria, la vecina del ‘D’, la madre de Javi…”

– Buenos días.

– Buenos días, señora.

– ¿Estará Pedro en casa? Me gustaría hablar con él.

– ¡Eh… ! Sí, claro, claro… pero es que está durmiendo. Espere, que yo lo aviso ahora mismo.

– Gracias… si no es molestia.

– No, no; molestia ninguna… pero pase, pase, no se quede ahí de pie en la puerta. ¿Quiere un café? Acabo de hacerlo.

– No, gracias; no puedo tomar café.

– … entonces ¿un té?, ¿una manzanilla? No sé… a ver qué tenemos por aquííí.

– No te molestes, de verdad, que no quiero nada.

– Como usted prefiera. Voy entonces a avisar a Pedro.

Sin poder aún salir de su asombro, Iñigo sale de la cocina con la intención de despertar a Pedro y ponerlo sobre aviso de tan imprevisible visita. No parece que Gloria venga en son de guerra, sino todo lo contrario; por sus gestos, por su tono de voz, parece tranquila…

– ¡Pedro…! ¡Pedrooooo! Ábreme, que tienes visita.

No sin dejar de sospechar que ésta puede ser una de las múltiples bromas de Íñigo, Pedro se levanta y, sin abrir la puerta de su cuarto, por si las moscas, pregunta desde el interior quién era esa supuesta visita.

– Es Gloria, la madre de Javi.

– ¿En serio? ¡No vengas ahora a tocarme los cojones, que estuve estudiando hasta las ocho y media, joder!

– Sí, tío… de verdad, que no es ninguna broma.

– ¡Joder, la hostia…! Dile que ya voy…

Pedro, ante semejante imprevisto, abre por completo los ojos y despierta con los demás sentidos ya activados. Acelera su proceso ritual de recién despertado: se viste deprisa, corre hacia el cuarto de baño para salpicar su cara con chorros de agua fría, se peina, a continuación, frente al espejo, que devuelve aumentadas sus ojeras, las cuales destacan sobre manera entre la normalidad de los demás rasgos faciales, y, sin pensárselo dos veces para no seguir así estimulando su creciente temor ante la duda que le provoca tan inesperada visita, sale del baño en dirección a la cocina, donde le espera la madre de su colega muerto.

– Hola, Gloria.

– Hola, Pedro, buenos días; y perdón por haberte despertado tan… temprano – Todo esto, dicho así, acompañado de una espontánea sonrisa, supone un cambio radical de actitud para con él, algo que no deja de causar la extrañeza lógica en Pedro, pero que al mismo tiempo constituye un gran alivio de conciencia.

– No te preocupes; tendría que levantarme tarde o temprano.

– Bueno, yo os dejo, que tengo que irme para clase. ¡Hasta luego!

Íñigo apura su café solo y se despide premioso al darse cuenta de que está de más en la cocina. Gloria y Pedro se despiden de él sin prestarle excesiva atención, y se quedan solos en el ring, sin jueces… aunque, después de tanto precalentamiento, al final no va a haber pelea, el combate queda anulado hasta nueva orden.

Gloria trae consigo una gran bolsa de plástico que contiene algo que se dispone a sacar de su interior en ese preciso instante.

– Mira, el motivo de mi visita es éste – Y muestra a Pedro una cazadora negra de cuero con una inscripción en la espalda, dos letras en mayúscula y un número: MC5

– ¡Mi chupa!

– Sí… creo que tenía que habértela devuelto antes, pero… no sé… no sé lo que me pasaba; estaba muy confusa y descargaba parte de mi ira echándote a ti la culpa de lo que le ocurrió a mi hijo.

– No era necesario, Gloria… te comprendo perfectamente. Ahora mismo voy por la cazadora de Javi y te la devuelvo.

– ¡No… ! No la quiero, no la necesito. Mejor quédatela tú como recuerdo… como recuerdo de un amigo.

– Como quieras… y gracias, muchas gracias.

– No hay de qué… ¿Sabes? Ayer por la noche hablé con mi hijo… como suelo hacer todas las noches desde que murió… pero esta vez fue distinto: fui a su habitación antes de irme a dormir… y allí estaba él; bueno, no era él, sino su espíritu, su silueta, su forma… Desprendía un aura de un tono como azulado. Al principio me asusté, como es lógico, pero luego noté que trataba de decirme algo, y entonces me calmé. Me dijo algo sobre no sé qué de unas fases en el devenir del Universo… o algo así. La verdad es que yo no entendí nada, pero tampoco me interesaba ese tema lo más mínimo; a continuación me habló de ti… dijo que no debía culparte de lo sucedido, que se lo tenía merecido por lo que había hecho en el pasado… también me transmitió un mensaje para ti; “Dile a Pedro que deje de comerse el coco con lo ocurrido, que yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos. Cuéntale también que yo era amigo de Víctor cuando vivíamos en Madrid… él lo entenderá”, me dijo, y, sin darme tiempo para replicar, desapareció. Sé que no lo volveré a ver… es algo intuitivo… … Pensarás que estoy loca, ¿no?

– No, por supuesto que no.

– ¿Crees en los fantasmas… en que hay otra vida?

– No. No creo que exista una vida distinta a ésta.

– ¡Ves…! Entonces no te has creído ni una sola palabra de lo que te acabo de contar.

– No, no. No es eso… exactamente. Mira, puede que haya algo, algo desconocido, pero yo eso lo atribuyo a un poder de sugestión. Nuestra mente está predispuesta, en determinados momentos, a crear fantasmas, espíritus… o lo que sea, pero sólo con la intención de reconfortarnos interiormente, o de explicarnos lo de por sí inexplicable. No lo sé. La verdad es que no tengo idea…

– Bueno, pero al menos es una bonita teoría.

– Sí, puede que sólo sea eso, una bella teoría. Me aterra todo lo que no se puede explicar racionalmente… ni siquiera creo en que haya un dios o algo parecido. Yo hablo con la foto de mi abuela Dolores, y a veces me da la impresión de que me responde, que me aconseja y me guía.

– Puede que esa sea tu propia fe, ¿no?

– Puede…

De repente se callan; se interrumpe la conversación porque ambos sienten la necesidad de darse un fuerte abrazo mutuo, y eso hacen, dejando a un lado toda actitud represiva que indique que lo mejor sería no haber llegado hasta ese punto. Impulsada por un subliminal instinto escondido, Gloria, en la efusividad del momento, tan eróticamente inexplicable, separa lo justo su cabeza del hombro de Pedro hasta poner su cara frente a la de él. No lo puede evitar, le da un beso, al que Pedro responde instintivamente, sin pararse a pensar en lo que está haciendo. El siguiente paso de Gloria consiste en trasladar su mano derecha hacia la entrepierna del joven amigo de su hijo. Acaricia sus genitales, primero por fuera de la bragueta, y, poco después, tras librarse de la barrera que suponían los botones de los tejanos, así como del siempre impertinente botón de los boxers, agarra con fuerza el miembro viril que, en apenas dos segundos, se pone tan duro como el mármol. Pedro se deja llevar por el calor de la pasión momentánea y también pasa a la acción: en primer lugar, pone al descubierto los pechos de Gloria; luego, con la ayuda de su mano izquierda, y sin dejar al mismo tiempo de chupar sus pezones, se adentra en las profundidades de los muslos de la madre de su amigo. Súbitamente, como si un rayo católico hubiese descargado toda su furia sobre sus espaldas, Pedro se separa de la acción justo en el preciso instante en que comienza a correrse.

– No, Gloria, no. No es justo… no está bien – dice mientras no cesa de manchar con su blanco líquido la negra falda de Gloria, vestida con un riguroso luto.

– ¡Cómo que no… cómo que no está bien… ! Yo lo deseo, quiero que me folles, que me hagas sentir lo que tanto hace que no siento… venga, Pedro, no pares ahora.

– ¡No, no quiero! Es por Javi… ¿No lo entiendes… ? No es justo… por él.

– Pero, ¡qué más te da, ya no nos puede ver! Además, tú no crees en fantasmas, me lo acabas de decir…

– ¡Qué chorrada! Eso no es necesario para respetar la memoria de un amigo. Basta con el recuerdo.

– Pero, ¡tú te has corrido… me has manchado toda la falda! ¡Y yo quiero tener mi orgasmo…! Sabes, mi marido no me hace ni caso, no me folla casi nunca y yo…

– Está bien, de acuerdo. Si yo me acabo de correr, tú también tienes derecho a correrte… Favor por favor.

Y Pedro masturba a Gloria con su dedo anular derecho, moviéndolo acompasadamente de un lado a otro encima del prominente clítoris, que destaca como un pene en miniatura entre los labios vaginales de Gloria. (En su percepción, su propio dedo se confunde con el recuerdo de Ingrid…) Ella acaba obteniendo lo que quería, su orgasmo; pero Pedro no puede dejar de pensar en qué diría Javi si pudiese verlos… Javi, el antiguo colega de instituto de Víctor.

Antes de irse para su casa, Gloria le pregunta a Pedro que si él sabe lo que significa eso que le había dicho su hijo de ‘yo soy culpable de mis actos pasados y he tenido que pagar por ellos’. Pedro responde que no tiene ni la más remota idea de lo que Javi habría querido decir con aquella frase tan sentenciosa, mientras su mirada se traslada desde el sujetador negro de Gloria hasta el platero, sobre cuyo estante reposa la edición de 1982 de la editorial inglesa Picador de ‘Midnight’s Children’

… DE LA VIDA XLIX…

XLIX.

Si tuviese que decidir en este mismo instante cuántos amigos he tenido a lo largo de mi aún corta existencia, con toda seguridad nombraría a tres: Simón, Javi (a pesar de los pesares, y a pesar de sus errores pasados… errores que jamás podrá – ¿podremos? – ya subsanar) y Mariano. (Ingrid fue algo más que una amiga, una simple y pura amiga entendida desde la “sencillez” que se le presupone al concepto de amistad en todas sus vertientes y ramificaciones… por eso no la puedo incluir aquí.) Y al decir ‘amigo’, me refiero al concepto de amistad en toda su extensión: compartirlo todo sin exigencias de ningún tipo, sin intereses creados, compartir hasta una chica si la ocasión lo requiere. Puede que Fernando llegué algún día a ser un gran amigo, pero eso es algo que se acaba forjando con el tiempo, y, realmente, hace poco tiempo que nos tratamos… y, desde luego, lo de compartir una chica con él…¡Cómo para intentar un trío!

De los anteriormente citados, la muerte me ha separado primero de Simón, y luego de Javi, con lo que, aplicada la correspondiente resta, sólo me queda Mariano; aunque tampoco sé realmente si sobrevivirá a su matrimonio… ¡Qué chungo!

Mariano Farelo, ‘Tocinín’ – mote curiosamente no heredado de sus predecesores, a nivel de árbol genealógico, sino que ganado a pulso gracias a sus sempiternas meriendas consistentes en bocadillos de tocino frito -, es un hombre tranquilo, más incluso que el John Wayne que vivió en Innisfree al lado de Maureen O’Hara; demasiado para mi gusto; pero eso no es malo, no, tan sólo un poco atosigante para los que lo conocemos de siempre.

Hace dos años – ¡qué lapidación en vida! – se casó con su última novia, Cristina Polledo, la hija del zapatero de la plaza al que apodan ‘El Túzaro’. Fui a la boda de mi amigo Mariano con ‘La Túzara’, aunque rechacé tajantemente, y con suma alevosía, la proposición indecente que él me había hecho: ser el padrino. No me gustan los protagonismos que generan este tipo de acontecimientos; no me gusta el matrimonio; odio la monogamia como símbolo de continuismo de la sociedad basada en lo que ‘ellos’ llaman la célula familiar. No lo entiendo, ¿por qué tiene que acabar así uno de los mayores folladores de Cacabelos…? ¿Por qué renunciar así, de golpe y porrazo, a uno de los mayores placeres que la vida puede deparar a un hombre: la conquista de una mujer tras otra? No hallo respuesta alguna, aunque puede que el sinfín que nos lleva haya traicionado miserablemente a mi amigo…

Conozco a Mariano desde que íbamos a párvulos, pero empezamos a ser compañeros de pandilla, de juegos, que no amigos (creo que ya he explicado – o intentado al menos – cuales son los pilares que sustentan la amistad), a los doce años. Yo estaba a punto de jubilarme de mi labor como monaguillo, que las nuevas generaciones venían apretando fuerte, y Miguelín, el de ‘La Frasia’, y yo comenzábamos a padecer la llamada de las glándulas en forma de visible bozo entre nuestra nariz y labio superior; vamos, que ya no estábamos presentables, aún sin nombrar el peligro de pecado mortal que nos acechaba sigiloso si aquello que cada poco se ponía tieso, en principio sin razón aparente, se llegaba a hacer perceptible bajo nuestras casullas blancas de castos monaguillos – algo que más de una beata, de las que en continuas misas perdían el tiempo, hubiera deseado, en primer lugar, para escandalizarse a gusto y así descargar toda su rancia adrenalina; y en segundo, para, después del visible escándalo, poder recurrir a alguna parafílica fantasía con la que aprovechar todos esos fluidos malgastados en manchas amarillentas sobre sus bragas.

Mi madre aún me hacía vestir pantalones cortos, de niño, durante todo el año. En verano se agradecía, pero en invierno, con las heladas, suponía un verdadero suplicio que dejaba mis pantorrillas, rodillas y muslos sin apenas circulación sanguínea, al borde incluso de la gangrena en algunas ocasiones. Por suerte, o desgracia para los demás, no era yo el único que padecía esa tortura; era como una especie de tradición secular de los pueblos de la región, que se mantenía, quizá por miedo al cambio, o porque ninguna madre se atrevía a dar el paso inicial, en los primeros años de la transición política. Angustias, mi madre, fue una de las pioneras; ¡con qué satisfacción empecé yo a ir a clase en el colegio con mi primer par de tejanos…! Y todo gracias a ‘Tocinín’…

Solíamos jugar por las tardes, después de salir de la escuela, a algo que llamábamos ‘cintalabrea’, palabra de la cual desconozco exactamente su etimología; aunque pienso que ‘cinta’ se refiere con toda seguridad a cinturón, y ‘brea’ a (valga la redundancia) la ‘brea’ que nos dábamos… los golpes… las hostias; y me explico: en el juego se sortean entre todos los contendientes dos roles, uno el de ‘la madre’(o persona que maneja a su antojo todo el desarrollo del juego), y el otro el de ‘perseguido’ por los demás, el cual cuenta además con unaaa… llamémosla ventaja, que consiste en que puede utilizar un cinturón para defenderse y arrear cintazos (‘brea’, repito) a todo el que se le ponga por delante. Al grito de ‘¡cintalabrea!’, proferido por ‘la madre’ del juego, el ‘perseguido’ podía correr a los demás procurando asestar el mayor número de latigazos con su arma sujeta-pantalones, pero sin descuidarse ni un ápice, ya que al grito de ‘¡oreja!’, que ‘la madre’ corea cuando le viene en gana, el resto de participantes pasaba al ataque intentando capturar al paria para darle unos buenos tirones de oreja; y así sucesivamente hasta que se oía ‘¡oreja pa casa!’, grito que daba paso a la batalla final: uno intentando librarse del acoso corriendo hasta la posición que ocupaba ‘la madre’ y así ganar el juego, y los demás tratando de capturarlo y llevarlo asido de la oreja ante la insigne presencia de ‘la madre’, el dios de ‘cintalabrea’. Un juego cruel, pero divertido. Ni que decir tiene que los que más corrían tenían siempre todas las ventajas; desde luego, yo en ese menester era de los más negados, por no decir el que más…

Una fría tarde de noviembre – la recuerdo bien ya que era el cumpleaños de mi madre -, después de sortear cada misión entre los allí presentes, a Mariano le tocó ser ‘el perseguido’, a Miguelín el papel de ‘madre’, y yo, junto con los cuatro restantes, a esperar órdenes. Pues bien, si Mariano era de los que más rápido corrían, y yo, entre el grupo de supuestos perseguidores era, con diferencia, el de menor punta de velocidad, y teniendo también en cuenta que en aquellos días Miguelín estaba un poco enfadado conmigo por culpa de unas hostias – pan divino – que yo me había comido irresponsablemente antes de que él ayudase en misa, os podéis entonces imaginar como acabó todo aquello: ‘¡cintalabrea!’, gritó Miguelín, y, en menos de cinco segundos, Mariano llegó corriendo hasta mi altura para dejar mis desprotegidas piernas como la espalda de Kunta Kinte cuando intentaba por enésima vez escapar del ‘masa’; todo ello con la complicidad del cabrón de Miguelín, que, para su regocijo, no se dignó a cambiar el rumbo del juego… Dos días más tarde aparecí en clase con un par de tejanos marca ‘Lois’ provocando la sana envidia de todos mis compañeros.

La consecuencia hizo que me olvidase un poco de la causa, que no era otra que Mariano – con el descarado consentimiento de Miguelín, bien es verdad -, el torturador del alelado Pedro. Creo que desde ese día comencé a sentir un cierto aprecio por el causante de mi cambio de aspecto, aunque sin olvidar que, a la larga, tenía que vengar la afrenta sufrida. Ese sentimiento siempre nos queda grabado en alguna neurona que se puede activar cuando menos te lo esperas – si con Tacho, ‘El Mangas’, no se activó en mi interior, creo que se debió a que la situación era totalmente distinta: no es lo mismo un ensañamiento injustificado, sólo por aprovechar la debilidad del oponente, que cantarle las cuarenta al que crees que se ha comportado como un puto chivato -. La venganza siempre tiene un componente pragmático que, de forma inconsciente, aflora cuando ves delante la oportunidad; y yo la tuve… ¡vaya si la tuve!

Como una buena ensalada, la venganza debe servirse fría, bien fría. Habían transcurrido tres meses desde aquel suceso, y el juego de ‘cintalabrea’ había pasado al ostracismo; la moda imperante en los primeros días de la primavera del ’82 era un juego al que en mi pueblo denominábamos ‘pico, pala, puño’ – también conocido como ‘cuchillo, tijera, ojo de buey’ o ‘chorro, morro, pico, taina’ en otras isoglosas. La descripción del juego de las tres ‘pes’ es muy sencilla: se hacen dos equipos con el mismo número de competidores en cada bando – cinco es el número ideal -, luego se sortean los roles, según los cuales, un equipo debe situarse de forma encadenada contra una pared, en la que el árbitro se encarga de sujetar entre sus manos la cabeza del que se coloque en primer lugar; una vez que éste está agachado y situado, los demás, por orden, se van enganchando sucesivamente cada uno al anterior, colocando la cabeza entre las piernas del que le precede, a la vez que, para poder mantener la estabilidad y así poder hacer más fuerza, se agarra con las manos a su cintura; y el otro equipo debe saltar, de uno en uno, sobre ese sucedáneo de plinto. Cuando el equipo receptor está ya preparado, el juez da la orden para que el equipo atacante vaya saltando, como ya he mencionado: uno por uno, a lo largo de ese plinto humano; lo normal es que, llegados a este punto, haya discusiones de poder para establecer quién salta el primero; aunque siempre hay que rendirse a la evidencia: yo, la antítesis de la flexibilidad – desde luego, se puede decir que ‘lo tenía todo’ -, por lo general iba en uno de los últimos turnos. Si alguno de los atacantes tocaba el suelo, o se caía, cosa que ocurría con relativa frecuencia, ya que era muy normal desequilibrarse en el aire al intentar dar un gran impulso para llegar lo más lejos posible y así dejar suficiente sitio para los demás, entonces se perdía el turno de ataque y se cambiaban los papeles entre los dos equipos. Pero, por el contrario, si se hundía el plinto receptor, entonces los perdedores eran estos últimos, y vuelta a empezar. Cuando conseguían saltar todos los de un equipo y el receptor mantenía su estabilidad, uno de los que estaban encima hacía con una de sus manos un gesto que representaba uno de los tres símbolos del juego: ‘pico’, con el dedo índice; ‘pala’, con la mano abierta y extendida; y ‘puño’, con el puño cerrado; todo ello sin que ninguno de los que aguantaban a pie firme bajo todo ese peso pudiese verlo, ya que sólo el árbitro podía tener acceso con su vista a la secreta señal, para, a continuación, preguntar a los sufridos portadores: ‘¿pico, pala, puño?’, a lo que éstos contestaban con suma rapidez cualquiera de los tres. Si acertaban, se cambiaban las tornas; si no era así, pues nada, a seguir padeciendo sobre sus espaldas todo el peso corporal de los rivales.

Ese sábado, el de la ‘venganza’, Mariano estaba en un equipo y yo en el contrario. Nos tocaba saltar a nosotros (ya llevábamos siete turnos seguidos saltando, y todo gracias a Manolín, ‘El Moucho’, que a sus trece años, pesaba ya la friolera de noventa y seis kilos), y lo que hacíamos era muy sencillo: dejábamos que fuese él el iniciador, el primero en tomar carrerilla y abalanzarse con todo su peso y toda su saña – que mala hostia no le faltaba al animal del ‘Moucho’ – sobre el temeroso potro, que no hacía más que desarmarse una vez tras otra ante tal avalancha. Pero, claro, los demás nos estábamos ya aburriendo un poco por no participar, aunque sí que nos habíamos reído un rato largo viendo como se desplomaban los rivales bajo el peso del ‘Moucho’, con lo que decidimos, tras una corta asamblea, cambiar el orden de saltadores. A mí me tocó el tercero. Mariano estaba situado en cuarta posición en la cadena de cinco que formaban la pista de nuestro aterrizaje. Saltó Toño, luego Miguelín – ya nos habíamos amigado -; hasta ese momento todo perfecto, los compañeros estaban bien colocados; habían caído en una posición bastante estable, con lo que los tres restantes contábamos con el espacio suficiente para situarnos a toda la larga sin excesivos agobios. Ya era mi turno… pero antes de empezar mi carrera, como por instinto, recordé el día en que ‘Tocinín’ se había ensañado injustamente conmigo, con mis pobres piernas, utilizando su cinturón negro de cuero. ‘¡Venga Pedro, salta ya, hostia!’, me recordó Toño, que comenzaba a tener serios problemas de sujeción en la parte delantera del potro. Sin más demora, eché a correr como un poseso, con una idea fija en mi mente: venganza. No sé ni cómo lo hice, pero caí a plomo sobre la espalda encorvada de Mariano a la vez que le propinaba una fuerte patada en toda la cara, en la que hice estallar toda mi rabia… y un perro rabioso necesita imperiosamente morder, morder… Ni siquiera me preocupé de asegurar mi propia estabilidad ya que acabé en el suelo, lo mismo que Mariano, sólo que él sangraba abundantemente por su nariz… Joder, ¡se la acababa de romper! Todos vinieron a por mí, a echarme una buena bronca, mientras yo trataba en vano de justificarme: ‘jolines, no pude hacer otra cosa… perdí la estabilidad…’. Nadie me creyó. Sólo Mariano, que agarraba su maltrecho apéndice nasal con el propósito de interrumpir cuanto antes aquella escandalosa hemorragia, dijo que allí no había pasado nada, que aquello no eran más que lances del juego, y punto. Desde ese día nos convertimos en amigos inseparables… Y no penséis que mi pueblo es como el del chiste de Gila, el de ‘pues si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo…’, no; se trata sólo de cuestiones personales e intransferibles, no de que seamos brutos por naturaleza… aunque, bien pensado, sí que lo somos un poco, pero sólo un poco…

Por eso creo que puedo entender, sin entrar en razones o divagaciones varias, el significado de una venganza, la rabia que la provoca, la ‘bacteria’ que la transmite… cómo acaba finalmente por insertarse entre nuestros pensamientos más recónditos, los que pertenecen al mundo del sueño, al mundo de nuestros actos más imprevisibles… al diccionario mental de nuestras conscientemente ajenas psicopatías… Por eso podría llegar a entender a Ingrid, aunque no quiera ni pretenda justificar ante mí ni ante nadie todo lo que sucedió aquel domingo de madrugada, todo lo que nos encaminó (y me incluyo, ¿por qué no había de hacerlo?), como conducidos por mil y un demonios de la medianoche, enloquecidos, hasta aquel fatídico día. Ingrid… Ingrid… … ¡Ay, Ingrid…! ¡Quién te entienda que te compre!

En resumen (y para no ponernos tiernos), cada uno entiende la venganza a su manera… Una vez yo le confesé a Mariano que aquel día le había propinado la patada a propósito con el afán de saldar una vieja cuenta pendiente, la de ‘cintalabrea’. ‘Ya lo sabía, gilipollas’, fue lo que me respondió, a lo que yo, en un alarde de reflejos mentales, contraataqué: ‘también yo sabía que tú lo sabías, ¿o qué te crees…? Sólo quería darte la satisfacción de que pudieses oírlo de mi boca’. No me dio más contestación, aunque sí que me sonrió mientras con su mano derecha se acariciaba levemente su torcida nariz.

… DE LA VIDA… XXIV

XXIV.

Había estudiado, no demasiado, pero sí lo suficiente como para salvar el obstáculo que siempre suponía un examen de Matemáticas de 2º de BUP. Previamente, debería asistir a la clase de Educación Física, que doña Ana era de las que ponían falta, y a Ingrid sólo le quedaba una para completar el cupo que daba paso a la tan temida carta dirigida a los padres.

Llegó al Instituto sobre las nueve y veinte, y se encaminó directamente hacia el vestuario de chicas, donde pudo comprobar que la mayoría de sus compañeras habían optado por no asistir a esa clase, bien por poder dormir un poco más y así estar más despejadas para el examen, bien para apurar en esa última hora y media las últimas dudas sobre derivadas e integrales, que seguro que a más de una le habían surgido.

“Vaya putada, sólo estamos seis. Seguro que ésta se enfada y nos mete un buen tute en el gimnasio”, pensó mientras se ajustaba el pantalón del chandal. Al final, Doña Ana resultó ser más comprensiva de lo que parecía: se pasaron casi toda la clase hablando, con algún que otro chiste de por medio, aunque para cubrir un poco el expediente hicieron algunos estiramientos, así como algún ejercicio de relajación como ayuda para el examen, yéndose diez minutos antes de lo programado para las duchas.

La noche anterior, Ingrid había discutido con Víctor, su novio desde hacía ya casi un año. Estaba un poco harta de la actitud prepotente del tal Víctor, de que siempre que se presentara la ocasión tratara de hacerla de menos delante de los gilipollas de sus amigotes, unas veces metiéndole mano de forma ostentosa, otras dándole cortes cada vez que intentaba dar una opinión sobre cualquier tema, del que “con toda seguridad” los chicos sabrían más, mucho más. Pero Ingrid nunca se dejaba amilanar, nunca se quedaba callada, si no que contestaba descargando toda su agresividad ante lo que ella consideraba como injusto. La evidente consecuencia: el número de discusiones y de situaciones tensas aumentaba día tras día. Ingrid no estaba dispuesta a aguantar más, estaba dispuesta a dejar a Víctor, con el riesgo añadido que suponía el poner en evidencia a uno de los “héroes” del Instituto, que con toda seguridad tendría cola de niñas monas en cuanto se difundiera la noticia. Más de una comenzaría ya a afilar su lápiz de labios para así poder poner unos buenos morritos al más macarra del Instituto.

Se acercaba la hora del dichoso examen, las once en punto de la mañana. Ingrid se estaba duchando, sintiendo el relax que produce el agua caliente a chorro cuando rebota contra la piel. Había tiempo de sobra, no tenía nada que repasar, podía seguir disfrutando allí encerrada por lo menos cinco minutos más. Cinco minutos para el desastre, su desastre particular.

Haciendo suyas las buenas vibraciones que el agua caliente acaba de producirle, Ingrid sale de la ducha canturreando y comienza a secarse de abajo a arriba: primero los pies, el izquierdo, luego el derecho y, cuando alza la vista, ve a Víctor apostado frente a ella, mirándola sin perderse ni un ápice de la desnudez esplendorosa que Ingrid se apresura a tapar con la toalla.

– ¿Qué haces aquí? ¡Sal de aquí ahora mismo!

– ¿Qué pasa, que no puedo ver a mi novia desnuda? Ven aquí, que cada día estás más buena.

– Oye, te lo digo en serio, sal de aquí. No puedes estar aquí. ¡Déjame en paz, cabrón! ¡¡Que grito, eh!!

Ingrid se da cuenta de que está sola. Sus compañeras ya se habían ido hacía un rato. Trata de serenarse, de controlar la situación. Víctor se acerca a ella, le quita la toalla de un tirón y la abraza con fuerza tratando de robarle un beso. Ella se resiste, rechaza los besos, e intenta en vano librarse de él empujándolo, asestándole todos los golpes que su rabia le permite.

– ¡Joder, cabrón! ¡Déjame ya en paz! ¡Lárgate, hijo de puta!

Y le suelta un tortazo en el que imprime toda su ira. Pero Víctor, ante tal desplante, sonríe cínicamente, desabotona sus pantalones, se los baja, y hace luego lo propio con los calzoncillos. La viola. Cuando finaliza entran tres de sus amigos para imitar al pie de la letra lo que antes el otro había hecho, pero tan sólo quedaban ya los despojos de una chica feliz hasta ese momento.

Ingrid no era virgen, había hecho el amor con anterioridad con su ahora violador, con el incitador a la violación, aunque nunca había sentido nada parecido a un orgasmo… y menos en ese instante.

Se fueron, la dejaron allí tirada. Ingrid tardó en reaccionar; se acordó del examen, se levantó parsimoniosamente, sintiendo el profundo dolor que invadía todo su cuerpo, que se había sembrado para siempre en su mente. Se llevó la mano derecha a la vagina, totalmente irritada y llena de semen. Se duchó de nuevo, se vistió, y subió para clase. No habló con nadie, solamente hizo el examen y luego se marchó para su casa.

Encerrada en su habitación, como en un ritual, se desvistió prenda por prenda, muy despacio. Lavó las bragas, empapadas de semen, para luego tirarlas a la basura. De sus entrañas aún salía líquido blanco que se deslizaba sinuoso por el interior de sus muslos en dirección al suelo. Se miró en el espejo y, sin apartar la vista de su inexpresivo rostro, empezó a dar pequeños saltos para vaciarse por completo.

En el silencio de la noche pensó y pensó hasta que su cerebro ya no pudo más. Necesitaba gritar, pero sólo pudo morder con toda la fuerza de sus mandíbulas la esquina de la almohada más cercana a su boca. No contaría nada a nadie, ¿para qué? Seguiría con su vida hasta que llegase su momento de venganza personal e intransferible. Se durmió, no sin antes destrozar a su osito Winnie, su peluche preferido.

… DE LA VIDA XVII…

XVII.

La temperatura ambiente había bajado unos grados debido a la copiosa lluvia caída unas horas antes. Fernando, que siempre tenía las manos frías, trataba de calentárselas apretándolas con fuerza contra la humeante taza de café recién hecho que Pedro le acababa de servir. Pedro, como tenía por costumbre, se había bebido el suyo en un santiamén: dos, tres tragos a lo sumo, y la taza vacía sobre la mesa. En ese momento lo apuró más que nunca, ya que no podía perder el hilo de la historia. Tenía multitud de datos que contar rondando por su cabeza, saltando, como una abeja lo hace de flor en flor, de neurona en neurona, y no era precisamente el momento idóneo para tomarse un café con leche de forma pausada, con un cierto relax que permita ir saboreando todo el aroma del café. Pedro ya había resumido interiormente todo lo que le quedaba por decir.

– Estás situado, ¿no?

– Sí, hombre. Estabais fuera hablando, y la tía te estaba dejando impresionado.

– Eso es. La cuestión es que ella me dio un beso, que yo entendí como un gesto cariñoso sin más. Comentamos lo que había ocurrido mientras nos fumábamos otro canuto. Bueno, el caso es que ella me dejo muy claro que yo no le gustaba, y que lo que había sucedido no significaba nada para ella – algo que yo ya me sospechaba -. ¿Dónde iba yo con aquel aspecto de pardillo?… No, no me mires así; a la foto te remito, ¿tú la has visto bien…? Pues eso.

Pedro enciende su enésimo cigarrillo, da dos caladas muy profundas, expulsando el humo a continuación como si le fuese la vida en ello, y prosigue.

– Luego, trató de aconsejarme. Nada, lo típico, que si empezaba a tomar drogas, a beber, que controlase, que ella llevaba unos años metiéndose caña, pero siempre sabiendo cuando echar el freno. La verdad es que no sé si he seguido al pie de la letra sus consejos, pero yo controlo ese tema mogollón: disfruto de todo cuando tengo que hacerlo, y sé cuando no ha lugar fumarse un peta o meterse una raya. Ya sabes a lo que me refiero, ¿no?

– Buenooo… la verdad es que no mucho. Yo sólo probé un porro una vez, en la última fiesta que distéis. Me lo pasaste tú.

– ¡Ah? Pues ni me acuerdo… … Joder, a mí esto de los resúmenes sólo se me da bien por escrito. Cuando hablo quiero contar tantas cosas al mismo tiempo que, en ocasiones, pierdo un poco el hilo del relato. A ver… Sí. Me puse a morir de nuevo, vomité yo creo que hasta trozos de estómago, pero ella me ayudó, cuidó de mi. Y ahora viene lo más “heavy”: en cuanto me recuperé, va y me dice que antes, en el baño, me había violado.

– ¡Hostias! ¡¿Que te había violado?!

Por fin Fernando se atreve a interrumpir el monólogo de Pedro.

– Sí, sí, así como suena. En ese momento me dijo algo que nunca había dicho a nadie, que casi tres años antes, o por ahí, la habían violado su novio y los colegas de éste en los vestuarios de su Instituto.

– Jodeeeer, ¿y qué hizo luego?

– Nada, ni lo denunció, ni dijo nada en casa. Sólo acumuló odio y más odio, y deseos de venganza en su interior. Supongo que aquel día, al principio, yo formaba parte de esa venganza… pero luego debí darle pena, porque me vio muy indefenso, muy débil ante el palo que podría haberme dado. Joder, sí que era yo una persona nueva: demasiadas impresiones para una sola jornada, aunque, lo más cojonudo, es que las estaba asimilando todas de puta madre.

Posteriormente, me impresionó que llorase a moco tendido durante mucho tiempo, cuando justo unos minutos antes acababa de decirme que nunca había malgastado una lágrima. Cada lágrima no derramada se había transformado en un fragmento de ira contenida; y en aquel momento, a mi lado, estaba expulsando gran parte de esa rabia.

En ese preciso instante alguien entra en casa, camina uno, dos, tres, cuatro pasos y abre la puerta de la cocina. Era Carlos, uno de los compañeros de piso de Pedro. Había pasado de ir a clase de Contabilidad, llegando a casa antes de lo previsto.

– Hombre, ¿qué hacéis aquí? De palique, ¿no?

– Ya ves, nada del otro mundo, charlando y tomándonos un café.

– ¡Coño, qué bien! ¿Queda algo de ese café para un pobre estudiante necesitado de cafeína?

– Pues habrá como para uno, pero ya debe estar frío, lo hice hará una media hora o así. Por cierto, creo que ya os conocéis, ¿no?

Carlos y Fernando se observan y se analizan mútuamente. Fernando se acuerda de Carlos, sin embargo Carlos no acaba de situar al otro, aunque sí que le resulta algo familiar esa cara. Ante esa situación, un poco embarazosa, Fernando se apresura a decir: “Sí, nos presentaste en la fiesta que distéis en el piso antes de las Navidades”, a lo que Carlos responde dándose por aludido: “Claro, tío, ya me acuerdo. ¿Cómo te va?”. Y, aunque suena convincente, lo cierto es que Carlos ni por lo más remoto recuerda a Fernando. En aquella fiesta había mucha gente, y Carlos sólo centró su interés en los invitados de sexo femenino; pero ha podido salir con éxito del compromiso planteado y ya puede prepararse una buena taza de café con leche para sentarse a la tertulia alrededor de la mesa.

– Oye, Carlos.

– ¿Qué pasa?

– Ya puedes ir fregando toda esa cacharrada, que me toca a mí hacer la cena y no tengo ni una puta sartén limpia.