… DE LA VIDA XXXII…

XXXII.

Viernes, diez de la noche. En la estación de autobuses de Oviedo hay un intenso movimiento: unos que van, otros que vienen, y muchos que esperan. Entre estos últimos se encuentra Pedro. Está nervioso, ciertamente inquieto, no para de fumar, y cada quince o veinte segundos mira de nuevo su reloj. ¡Qué despacio corre el segundero! Se acerca decidido a la ventanilla de información, donde una empleada se lima las uñas con un aire de asumido desdén.

– Buenas. ¿Sabes si el “Alsa” que viene de Madrid lleva retraso?

– Pues no, no lo sé. De Madrid vienen cuatro, creo, pero no tengo ninguna noticia de que lleven retraso.

– Ya. Es que yo, por la hora de salida en Madrid, calculaba que llegaría aquí sobre las diez, y ya son y cinco.

– ¡Qué va! Nunca llegan antes de y media. Quédate tranquilo, que aún tienes que esperar un rato.

– Ah, vale. Muchas gracias.

– No hay de qué.

– Por cierto, ¿en qué andén suelen ponerse?

– Entre el ocho y el doce. Ya te dije que son cuatro los autocares que vienen de Madrid.

– Muy bien. Hasta luego, entonces.

– Adiós… Adiós, chaval.

Casi media hora aún… Aunque al final resultó ser una hora y diez minutos de interminable espera. Primero arribó el de “Clase Supra” – por descontado, Ingrid no viajaba en éste – y luego, en intervalos de entre siete y diez minutos, los tres restantes, del último de los cuales se apeó, con su indomable aire de autosuficiencia y su mirada perdida y triste, Ingrid. Pedro la observó con detenimiento, sin perder ni un sólo detalle de cada uno de los movimientos que la encaminaban hacia el maletero. Ella, ni tan siquiera se había dignado a buscar con su mirada la respuesta del que, se supone, había ido a buscarla. Pedro esperó hasta que Ingrid pudo rescatar su bolsa de viaje de entre una auténtica maraña formada por todo tipo de maletas, mochilas y paquetes. Entonces se acercó a ella y llamó su atención tocando por detrás su hombro con un leve movimiento de su mano derecha.

– ¡Hola, Ingrid!

– ¡Hombre, Pedro! No sabía con certeza si ibas a venir a la estación, aunque me imaginé que no lo harías. Podía haber cogido un taxi, que tengo tu dirección.

– Vaya. No sé porqué tienes que imaginarte algo así. Ya sabes que yo cuando quiero soy un caballero. Además, vivo aquí al lado; hubieras hecho el gilipollas montando en un taxi.

– Mira, todo un detalle por tu parte, sin duda.

– Joder, no creo que tengas que ponerte irónica conmigo. Empezamos bien.

– Perdona, tío. Es que a mi estos viajes, rodeada de gente estúpida, me sacan de quicio. ¿Por dónde está la salida?

La ironía, el punto fuerte de Ingrid, su siempre ácida y mordaz ironía. Pedro carecía de tal virtud pragmática, pero fue conocer a Ingrid, y comenzar su aprendizaje para llegar a ser irónico, que no cínico, detalle que, tal y como pensaba Pedro, podía diferenciar sus personalidades. Ella sí que es cínica, al menos sabe serlo en el contexto adecuado (por ejemplo, ante machos humanos prepotentes, con exceso de testosterona). Sin embargo, no solía emplear ese recurso con Pedro, su confidente, su amigo, su – sin él comerlo ni beberlo – apoyo en el arduo camino de la venganza.

– ¿Por qué no has contestado a mis últimas cartas?

– Pues no lo sé… No tenía ni las ganas ni la inspiración suficiente como para coger papel y boli, y… ¡Qué cojones! Ya sabes que si no tengo nada que contar no escribo ni a dios. No encuentro otra explicación.

– Ya. Por eso me sorprendió que te decidieras a venir así, de repente. Con la cantidad de veces que te he invitado a venir, y tú…

– Me apetecía venir ahora y punto. No conocía Asturias… bueno, sólo por referencias, la conocía por antiguas referencias… ¿Te vale?

– Sí, me vale. Y si no… vale también. Ya verás lo “guapu que ye esto”.

– Joder, ¿y eso? Vaya cambio de acento. Creo que me molaba más el cantarín gallego de antes.

– ¡Joder! ¿Tú crees que ya me ha cambiado el acento? De todas formas, estaba utilizándolo intencionadamente para que fueras aclimatándote a la tierra.

– Bueno, no sé. Supongo que no, pero como hace tanto que no nos vemos…

– ¡Tanto? Sólo ocho meses, en Madrid, ¿lo recuerdas?

– Sí, sí que lo recuerdo, imbécil. ¿Y te parece poco? Yo ya tenía muchas ganas de verte.

– Ya, claro. Y además no conocías Asturias, sólo por referencias, ¿no?

– Venga, va. No te pases. Mejor enterramos el hacha de guerra. Ven, necesito que me des un abrazo muy fuerte, grandullón.

Después de todo lo que había sufrido por su culpa, Pedro estaba decidido a no caer, al menos sentimentalmente, en las afiladas garras de su antaño musa inspiradora. “Bueno, ya que ha venido y tenemos que dormir juntos… ¡Qué le vamos a hacer! Todo está controlado. Puedo follar con ella sin quedar atrapado en su pegajosa tela de araña. ¡Me has oído, corazón! ¡Estás avisado! No me vayas a traicionar ahora”. Fue suficiente con que transcurriese una hora, una mísera hora, para que la traición surtiera efecto. En el apogeo de tan cálido abrazo, el corazón – “Tú también, Bruto” – cabalgaba sin remisión hacia un horizonte en el que sólo se divisaba la silueta de una estupenda mujer.

Esa misma noche no follaron, sino que hicieron el amor durante varias horas y en las posturas más variopintas. El cenicero rebosaba de ceniza, de colillas tanto de cigarrillos rubios como de algún que otro porro, y la botella de “Passport”, desangrada, disfrutaba de sus últimos momentos de existencia antes de ser depositada, al día siguiente, en un contenedor de vidrio para reciclar.

Ya estaba a punto de amanecer. El negro de la profunda noche iba dando paso paulatinamente al tono azulado que precede cada día a la salida del sol. Pedro apagó la luz del flexo, y se sentó en la cama apoyando su espalda contra el frío cabecero de madera que la presidía. Ingrid comenzaba a dejarse vencer por el sueño. Pedro no podía dormir – tanta combinación de droga alcohol y sexo causaban un efecto revitalizador en todo su ser. Abrió el cajón de su mesilla de noche, y sacó sus walkman. Sin preocuparse de comprobar qué cinta habría allí puesta; pulsó la tecla de play para que hasta sus oídos llegase la pérfida voz de Lydia Lunch.

“Joder, justo lo que necesitaba yo ahora para meditar, unos bongos atómicos… Esta ya está casi sopa, y yo no sé qué hacer… Ya sé, voy a fumarme otro peta para ver si así me entra el sueño de una puta vez. ¿Qué estará pensando? Seguro que está alucinando con mi gran mejoría en el terreno sexual. Joder, es que aquella vez… No, si esa mini-sonrisa feliz la delata. ¡Estoy hecho un maquinón de la hostia! Y éstos, joder, se han portado de putísima madre. Vaya un detalle el desaparecer y dejarme toda la casa para mi solo. No, si cuando quieren pueden ser hasta majos. ¿Qué cojones estoy haciendo? Me acabo de sorprender a mi mismo acariciándole el pelo. La hostia. Creí que ya estaba superado, pero puede que no… Y encima este puto porro no tira. Lo apago y ya lo aprovecharemos mañana. ¡Madre mía! ¡Angustias de mi vida! Los apuntes de Crítica allí olvidados. No quiero ni pensarlo…”. Y, por no hacerlo, se unió a su aliada, que ya roncaba profundamente, en el viaje hacia el mundo subconsciente del sueño, con la inestimable colaboración de la “Reina de Siam”, cuya voz se confundía ya con los frutos de la imaginación que, por momentos, se tornaban monstruos alucinantes.

El primer halo de luz que entró por la rendija que quedaba entre la contraventana y el cristal, fue a parar directamente sobre el rostro de la abuela Dolores, que parecía presidir, con su condescendiente gesto de serenidad, toda la estancia.

Anuncios

… DE LA VIDA… XXXI

XXXI.

Esteee, ¿y no tenés ninguna foto de mamá para que pueda shevarme sho una?

– Alguna habrá por ahí, pero eso mejor se lo preguntas a tu sobrino, que es el que lleva el archivo fotográfico de la familia. No veas la perra que le ha dado con las dichosas fotos.

– Muy bien, de acuerdo. Entonses esperaré a que regrese del colegio. Me parese recordar que mamá tenía una frente a la Cooperativa de Tabacos, ¿no es sieeerto?

El tío Carlos llevaba dos días en casa de su hermana. La relación entre ellos, que en principio se suponía iba a ser tensa y tirante, se había mostrado mútuamente agradable, incluso hasta se podría decir que familiar. Angustias pensaba que con la edad su hermano se habría transformado en una persona, si no responsable, al menos coherente y con un mínimo de educación, que sabría estar sin la necesidad de alimentar odios pasados y antiguos reproches no del todo solucionados. Daba igual, sangre de la misma sangre – al menos en lo que a la parte materna corresponde – tiene que acabar por entenderse.

El padre de Carlos – cuyo nombre Dolores nunca quiso pronunciar – abandonó a Dolores a su puñetera suerte, con un recado en sus entrañas, que unos meses después cobraría vida en forma de niño llorón, cagón y meón al que llamarían Carlos, por Carlos Marx; Carlos el querido, el ojito derecho de su mamá.

Corría el año 1927. El otoño se presentaba muy duro, con heladas de hasta seis o siete grados bajo cero, y más aún para Dolores. En un pueblo tan pequeño la presión social sobre una madre soltera podía resultar insostenible; pero no para Lola, la hija de Antonio “El Carretón”. Lola “La Carretona” aguantó el tipo, aunque no sola ya que además contó con el desinteresado apoyo de sus amigas del alma, Hortensia y Anunciación. Juntas lograron montar una Sociedad Cooperativa de Tabacos que en tan sólo dos años estaba funcionando a pleno rendimiento. Casi todos los cosecheros llevaban allí sus hojas de tabaco y, juntas, sin jefes, controlaban desde el secado de la hoja hasta el último movimiento, bien de venta a industrias tabaqueras, o bien de elaboración de cigarros puros propios, al más puro estilo de la propia Habana, CIGARROS PUROS BERCIANOS.

Juntas también ingresaron en el Partido Comunista de España en mayo de 1930. Y juntas de la mano salieron a la calle el 14 de abril del 31, uniéndose a sus compañeros y compañeras al grito de “¡muera la República burguesa, vivan los soviets!”.

Mientras tanto, Carlos iba creciendo, contra lo previsto en estos casos de madre-abandonada-por-padre-angustiado-ante-la-situación, recibiendo todo el cariño posible de su madre. Se estaba convirtiendo en un chavalón gordote y sonrosado, es decir, sanísimo para los cánones estéticos y de salud de la época. Eran tiempos libertarios, puede que incluso felices. Pero Carlos no pudo entender muy bien por qué así, de repente, con casi cinco años de edad, en su casa se había instalado un señor que no cesaba de mostrar aprecio por su queridísima mamá. Con poco más de cinco años y medio tenía ya una hermana, a la que llamaron Angustias, nombre que en el futuro le vendría que ni pintado.

Desde ese instante hasta el momento presente nada había transcurrido con normalidad entre los dos hermanos. Primero se muere su único punto de unión, la madre; comparten luego niñez criados por un padre que sólo ejerce como tal con el fruto de su propia semilla. Carlos, que ya estaba ahí cuando el señor Eutiquio llegó para robarle a su madre, sólo aguantó hasta los diecisiete años en aquel ambiente tan enrarecido, tan hostil para con él – por un lado Eutiquio y Angustias, y por el otro los civiles que le hostigaban con demasiada asiduidad por culpa de sus ideas -. Se fue y se olvidó por completo de todos sus lazos, incluida su hermana. Más adelante, tocado por la acción imprevisible de la conciencia, sintió la necesidad de saber de su única hermana. Comenzó a escribirle cartas que tardaron mucho tiempo en ser contestadas, hasta que un buen día… “Hola, Carlos. Soy tu hermana Angustias, y te escribo estas letras para comunicarte que he tenido un hijo. Me casé hace ya diecisiete meses y…”

– ¡Ya estoy en casa! ¿Qué hay hoy para comer? Que vengo famélico, que el de gimnasia nos dio un tute…

– ¡Hola, hijo! Hoy tenemos lacón con grelos, y de primero una sopa de pita que está para chuparse los dedos.

     El entendimiento madre-hijo prevalecía por encima de los problemas derivados del choque generacional, que cada vez eran más intensos, lo que, como efecto contrario y compensador, también provocaba momentos mucho más afectuosos que antaño entre ellos. Llegar de clase, dar un beso en la mejilla a mamá a la vez que robas una patata frita de la fuente para llevártela a la boca, cuyos labios aún dibujan la forma de un beso, constituía, en estos días, un habitual y sencillo acto de amor materno-filial. Toda esa mutua afectividad resultaba especialmente dura ante los ojos del tío Carlos, allí sentado en una esquina, pasando casi desapercibido. El no tenía hijos, no tuvo nunca padre, y los recuerdos de su madre se habían disipado casi por completo. Por esa razón quería una foto que pudiese activar en su cerebro algún recuerdo oculto entre sus ajadas neuronas.

¡Ché, Pedrito! Parese que venís de una bataaasha.

– Pues sí, tío, sí que vengo de una batalla, porque además del de Gimnasia, aguantar al de Filosofía no deja de ser una batalla psicológica. Aunque sobre temas psicológicos, qué te voy yo a contar, si vienes de la Argentina, patria de la psicología aplicada, ¿no?

– Eso disen, pero sho, un ser sin casi cultura, no nesesito psicólogos de esos, sólo nesesito reconsiliarme con mis raíses.

– Bueno, bueno, tío. No nos pongamos tiernos, que hay que comer ya, y…

– Por sierto, dise tu madre que vos tenés las fotos de mi madre, de tu abueeela.

– ¡Ah! Las fotos. Sí, las guardo dentro de una caja antigua de cartón en mi armario. ¿Quieres verlas?

– Sí, por supuesto. Pero luego, que ahora tu mamá está poniendo sha la meeesa.

– Sí, eso, después, que si no os enrolláis y se me enfría la comida. Que no me paso yo toda la mañana cocinando para que luego nadie aprecie mis guisos.

Justo después de que Pedro y su tío Carlos apagasen sus respectivos cigarrillos casi al unísono – el tío fumador que sirve como apoyo logístico a los inicios de Pedro como Hombre-chimenea evita que haya broncas como consecuencia de su nuevo hábito – se dirigieron a la habitación en la que Pedro, como un gran tesoro, tenía guardadas varias fotografías antiguas que había encontrado, por pura casualidad, ocultas en un cajón del desvencijado escritorio que reposaba plácidamente en el desván. De los personajes retratados en esas fotos, Pedro sólo era capaz de señalar quién era su abuela, y nada más, aunque en aquellos amarillentos y resquebrajados papeles también había quedado reflejada mucha otra gente. ¿Quiénes serían?

Carlos quería una foto. Pedro quería la información que le era reiteradamente negada por parte de su madre. Sin duda alguna, existía una predisposición recíproca para llegar a un acuerdo. Se intercambiarían mútuamente el favor, pero no sin dejar de regatear como buenos comerciantes.

– Me vienes que ni pintado, tío.

– ¿Por qué desís eeeso?

     – Joder, porque mi madre, o no sabe quiénes son los de las fotos, o no quiere decírmelo. Tampoco quiere contarme lo que ocurrió con la abuela. No sé, debe haber algo raro en el pasado de mi abuela, y a mi se me niega el saberlo. ¿Tú estás dispuesto a ayudarme?

– ¿A contarte la historia de mi viejita, y a desirte quiénes son los que aparesen aquí?

– Sí, a eso me refiero.

– Pues claro, pibe. Yo era muy pequeñito cuando se murió mi madre, pero sé bien todo lo que susedió. Pero antes tenés que prometerme una cooosa.

– ¿El qué?

– Quiero que me des una foto de la vieja, de tu abuela, que sho no tengo ninguuuna… Me marché así, tan de repente que…

– De acuerdo. Trato hecho.

– Me acuerdo de que había una en la que estaba enfrente de la Cooperativa de Tabaaacos.

– Sí, mira, es ésta. Pero ésa precisamente no puede ser. Es la que mas me gusta, la que más aprecio. Y, además, no sé, noto muy buenas vibraciones cuando miro esa foto. A veces, cuando las cosas no me salen bien, voy a la caja, saco esa foto y me paso un largo rato mirándola a los ojos… Luego me siento mejor.

Se da cuenta de que su tío siente algo similar ante aquel papel de diez por quince en el que, en un amarillento blanco y negro, se ve a una mujer sonriente señalando con el dedo índice de su mano izquierda un cartel que se distingue al fondo en el que perfectamente se puede leer “Sociedad Cooperativa de Tabacos de Cacabelos”. Carlos no puede evitar que un par de lágrimas reboten violentamente contra el acartonado papel.

– No te preocupes, tío. Tengo la solución. Le diré al fotógrafo que haga un par de copias, y así te llevas una. ¿Vale?

Carlos responde con un pausado movimiento de su cabeza, de arriba a abajo, asintiendo sin poder articular palabra. Pedro no puede, sin embargo, disimular la emoción que le produce el poder conocer, tarde pero a tiempo, qué misterio insondable habría con su abuela Dolores.

… DE LA VIDA XXX…

XXX.

“¡Qué desastre de habitación! Y… ¿dónde estarán todos estos? Seguro que han salido por ahí de copas con cualquier excusa. Coño, ¿y esta nota?”. – 4 a 0. Ha ganado usted la porra. El dinero está encima de la tele. Por cierto, ¿dónde te metiste? Tenías que hacer la cena, cabrón. Nosotros nos vamos para el Antiguo a celebrarlo. Si te animas, ya sabes dónde encontrarnos. Agur -. “Joder, ni me acordaba ya de la puñetera porra. Entonces son… ¡Siete mil pelas! ¡De puta madre!”. La euforia como consecuencia del dinero fácilmente ganado se disipa instantáneamente al levantar la vista y ver a través de su ventana la ventana cerrada de la habitación de Javi, inquilino ahora de las tinieblas. Se acuerda de Black Francis, “¿dónde estará tu mente ahora, amigo mío?”. Cierra la ventana. Se siente cansado, muy cansado. Pone a los Pixies, el ‘Surfer Rosa’, siempre el ‘Surfer Rosa’ a bajo volumen, y se echa a dormir, cosa que no consigue hasta llegar a la envolvente ‘Gigantic’. La voz de Kim Deal hace el resto, y Pedro ya está dormido.

Pedro se despierta, mira la hora en el reloj despertador que preside su mesilla de noche. Las diez y veinticinco. Medita unos momentos. Restriega sus ojos, y se incorpora definitivamente para dar paso a otro día, puede que un día más, o quizás un día que depare alguna nueva sorpresa. Nunca se sabe. Se vuelve a acordar de Javi, también de Ingrid. Recorre toda la habitación con sus ojos, y se para ante la atenta mirada de su abuela Dolores. “Ayúdame. Aún no sé qué coño hacer”. Al cabo de un rato da las gracias a su abuela con un beso directamente plasmado sobre el blanco y negro de su cara. Se ducha, se viste, desayuna copiosamente, y se dispone a visitar a los vecinos. “¿Cómo estará Javi?”. “Estado estacionario dentro de la gravedad del diagnóstico” es la aséptica respuesta que recibe de labios de Juan, el padre de su amigo, que ni siquiera le invita a pasar. “Ayer parecía más amable. No sé, seguro que me considera responsable en parte de lo que le ocurre a su hijo”.

Ya que el día anterior se le había olvidado por completo que le tocaba hacer la cena, decidió preparar la comida. Una comida original; algo que no hubiesen probado nunca esos “idiotas”. A la hora de sentarse a la mesa para comer, existen dos tipos de personas, los que se atreven con todo sin importarles el aspecto o la procedencia de las viandas, y los tiquismiquis que no saben salir de sus cuatro menús de siempre – cocido, fabes, carne, carne, carne… ¡Ah!, y fiambre también -. Pedro estaría enclavado en el primer grupo. Sus compañeros de piso en el segundo. La consecuencia era que Pedro estaba ya un poco harto de filete con patatas, o de bocadillos de jamón , o de chorizo, o de… “Hoy, a ver, a ver… Ya lo tengo: Pollo con mole; y de postre… ¿arroz con leche? No, demasiado evidente. ¡Aquí está! Crema de chocolate casera y artesanal”. Pedro comenzó a apuntar los ingredientes que necesitaba comprar. Cuando concluyó, cerró el libro de Cocina Mundial que había “heredado” de su prima Natalia – a Jesús tampoco le gustaban las “cosas raras” -. En el hipermercado de la esquina encontró todo lo que necesitaba. Subió a casa, y se pasó toda la mañana cocinando muy duramente.

Llegó Iñigo de clase, el primero en aparecer ya que le correspondía a él pelear con las arduas tareas culinarias.

– ¡Coño! ¿Qué haces tú cocinando si me tocaba a mi?

– Ya, pero es que como ayer no hice la cena, pues eso, para compensar.

– Es verdad, ¿dónde te metiste?

– Nada, fui a dar una vuelta por ahí. Me había sentado muy mal el porro, y necesitaba que me diese un poco el aire en la cara.

– Joder. Cada día estás peor, tío.

– Y vosotros de juerga, ¿no?

– Sí, un par de copas y nada más. Volvimos a las dos y media o así. ¿Cómo no te animaste? Por pelas no sería, eh, hijoputa.

– ¡Ah? La porra… Que conste que yo elegí ese resultado porque llegué el último, que si no…

– Ya, claro. Anda que no tienes tú suerte ni nada, eh, cabrón. Por cierto, ¿qué estás cocinando que huele tan raro?

“Sí, menuda es mi suerte…”. Pedro, por puro y simple egoísmo, esperaba tener suerte, que los acontecimientos que rodeaban su existencia reciente llegaran todos a buen puerto; pero que si se hundían en el fondo del océano que no se viera salpicado por las consecuencias. Egoísmo es la palabra.

¡Ah!, que no se me olvide comentar que, dentro del grupo estático de gente-que-come, estarían también enclavados los adictos a la comida basura. Pedro se encontró más tarde, después de la hora del almuerzo, con una cazuela llena de pollo cubierto con una salsa de color marrón oscuro para él solo, algo que podía alimentarlo durante un par de días. Los demás bajaron a pedir unas pizzas, aunque, eso sí, sin dejar de protestar y maldecir al osado chef.

¿Qué hacer con casi tres quilos de pollo en salsa de mole? Recordó que había quedado con Fernando después de clase para seguir hablando. Podía invitarle a cenar,  así podrían charlar más tranquilamente en casa, y por otro lado se iba quitando de encima el problema de tener que comer aquel pollo durante dos o tres días seguidos.

– ¿Está bueno?

– Bueno no, cojonudo. ¿Y dices que es una receta mexicana?

– Sí, sí. Y no veas lo jodido que es preparar el mole, la salsa, vamos.

(Ya, tan jodido como comprar un vaso con mole ya preparado, y mezclarlo con otras tres partes de caldo de pollo para, al final, llevarlo todo a ebullición.)

– Oye, pues eres un auténtico artista cocinando.

– ¡Bah! No se me da  mal, lo que pasa es que casi nunca tengo tiempo.

– Ya ves, mi madre tiene todo el tiempo del mundo, y siempre cocina lo mismo. Todas las semanas la misma rueda de menús: lentejas, fabada, arroz con chipirones, etc., etc.

– Échate más vino, Fernando, que no puede estar el vaso vacío.

En la gloria, Fernando estaba en la gloria. Cena para dos – Pedro y él -, una comida exquisita acompañada por un buen vino del Bierzo… Sólo faltaban las velas encendidas y algo de música romántica de fondo. A fin de cuentas, a Fernando le daba un poco igual lo que le había sucedido al tal Javi. El peso de su felicidad podía más, mucho más que la angustia que desprendían las palabras de su amigo Pedro. Ya llegaría el momento del consuelo, y allí estaría él, en primera línea y dispuesto a todo.

– O sea, que la deducción lógica es que Ingrid se quería cargar a Javi, y por eso lo atropelló. No sé, no me cuadran muy bien los hechos.

– En principio puede parecer así. Pero surgen muchos interrogantes, del tipo ¿por qué a Javi, si no se conocían de nada? O, al menos, eso creo… Y lo que más me corroe por dentro es si no iría a por mi. ¿No se habrá confundido, y habrá atropellado a Javi cuando, en realidad, quería atropellarme a mi?

– ¡No jodas! ¿A ti? ¿Por qué iba a querer atropellarte a ti? Sois buenos amigos, ¿no?

– Creo que sí, que se puede decir que somos amigos. Pero es que el otro día, el sábado de marras, antes de salir, Javi y yo nos intercambiamos las cazadoras; él llevaba puesta la mía, esa negra de cuero que tiene pintado por detrás el nombre de un grupo de rock, MC5.

… DE LA VIDA XXIX…

XXIX.

Pedro había estudiado casi sin pausa hasta las siete de la madrugada. Su primer maratón como estudiante universitario ante la inminente cercanía de un examen parcial de Crítica Literaria dejaba un poso de satisfacción en su conciencia, un poco atacada ya por la intensa acumulación de hojas y más hojas de apuntes sin revisar.

Dormía profundamente hasta que Carlos, el madrugador justiciero, se encargó de despertarlo a voces a eso de las once y cuarto de la mañana. El cartero acababa de depositar una carta en el buzón del 6º C del 36 de Fray Ceferino. Carlos, con la ilusión que tenía por recibir carta de alguna de sus muchas conocidas, bajó raudo y veloz a abrir esa pequeña caja de las sorpresas. Pero la misiva no estaba dirigida a su nombre, con lo que, después de maldecir inútilmente al mensajero, subió a casa.

– ¡Pedro! ¡Pedroooo…! ¡Despierta, que tienes carta de una tal Ingrid! ¡Qué callado te lo tenías, eh cabrón!

Pedro, el previsor, cuando se iba a dormir echaba el cerrojo en la puerta de su habitación. Se había decidido a colocarlo por culpa de las bromas etílico-festivas que solían gastarle sus compañeros de piso a horas más que intempestivas. Sirva como ejemplo una en la que, en plena actividad sexual con una chica a la que había conocido en una fiesta organizada por los estudiantes de Biológicas, cinco energúmenos – entre los que se encontraban Carlos, Andrés e Iñigo, que, se supone, convivían con él – invadieron sus aposentos abalanzándose seguidamente sobre el lecho en el que retozaban sudorosos los dos amantes. Por supuesto, la chica huyó despavorida, no sin antes escuchar toda una sarta de improperios propios de machitos borrachos ante la visión de una mujer desnuda.

– ¡Abre la puerta y recoge tu correo!

No hay respuesta, todavía.

– Vale, pues entonces voy a avisar a Iñigo, y nos vamos a leer la carta los dos juntos.

En ese preciso momento, Pedro abre los ojos, salta de la cama, y corre instintivamente hacia la puerta de su habitación. Ni siquiera se molesta en cubrir su trempada mañanera; (Pedro duerme desnudo desde el día en que leyó en una de esas revistas pseudocientíficas que el dormir con los calzoncillos puestos puede provocar impotencia debido a la presión que estos pueden ejercer sobre el pene erecto.)

– ¡Trae aquí esa carta, mamón!

– ¡Hostia! ¡Iñigo, Iñigo… Ven, mira a este por ahí en pelotas y además empalmao! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, jaaaa!

La persecución pasillo arriba finaliza con Pedro encima de Carlos luchando por cobrar su trofeo, la carta de Ingrid, su Ingrid, que no le escribía desde hacía ya casi dos meses.

– ¡Iñigo, corre, tío, que éste me va a violar!

Iñigo responde presto a la llamada de socorro y, al llegar, no puede contener las carcajadas ante semejante cuadro. Se apresura a ir a por su cámara de fotos; regresa, encuadra con rapidez, y plasma la escena en el número quince de su carrete.

– Esta la amplio. O mejor, hago un póster y así lo puedo pegar en la pared de la cocina, junto al de Marta Sánchez en bolas… Vaya parejita…

Lo que hay que aguantar por conservar un mínimo de intimidad. Pedro se fue malhumorado a su habitación a leer tranquilamente la carta.

“Lo de siempre, reflexiones extrañas enmascaradas en una difícil historia. Que si perdón por no haberte contestado antes a las últimas cartas… y al final, en el posdata, la sorpresa: ¡viene este fin de semana a Oviedo, a pasar unos días conmigo! Joder, que el lunes tengo examen… Y ahora me toca hacer de cicerone para Ingrid. Bien pensado, que le den al examen. Esto hay que celebrarlo… ¡Madre mía!, miedo me dan estos, pánico absoluto. No me va a quedar otro remedio que hablar con ellos, explicarles el asunto, y espero que así se comporten mínimamente”.

Desde la excursión a Madrid que el año anterior habían organizado los de COU – Pedro al frente como gran instigador – no había vuelto a verla. Además en aquella ocasión sólo pudo estar con ella dos horas, dos míseras horas que cundieron poco, muy poco, que había que volver raudos para el pueblín. A punto estuvo Pedro de pasar del autocar, de no regresar al Palacio de Congresos y Exposiciones, donde todos habían quedado a las once en punto. Incluso tenía la excusa pensada y elaborada: “yo había entendido que en el Congreso de Diputados”, diría compungido al llamar por teléfono a sus preocupados padres a casa. Pero Ingrid no pareció dispuesta a quedarse con él; tenía cosas que hacer, sin más explicaciones. “Tengo cosas que hacer, tengo cosas que hacer… ¿Tengo cosas que hacer?”, iba musitando Pedro en el taxi que le llevaba al lugar de reunión con sus compañeros. El atónito taxista no cesaba de mirarle por el retrovisor, que hay mucho pirado suelto por ahí, y Pedro tenía todos los boletos para resultar uno de ellos. En cualquier momento sacaría su recortada y ¡pum!, al carajo con todo. Ambos despertaron de sus ensoñaciones al ver el autocar color sepia matrícula LE – 0789 – E aparcado frente al Palacio de Congresos y Exposiciones.

En dos días Ingrid estaría en Oviedo, hecho que no podía ni imaginarse hace tan sólo dos semanas, o meses, incluso años. Pedro comenzó a planificarlo todo detalladamente: “quedaré con Silvia y Marta, con la pandilla de clase. Verá que amigos tan enrollados tengo. ¡Ah!, y tengo que pillar costo, algo de coca, alguna pastilluca… Pero ando un poco mal de pelas. Tendré que llamar a casa y contarles un bello cuento”.