LA VISTA ATRÁS – II

II.

Fue un duro invierno aquel de 1942. Nevó copiosamente durante cuatro días, que incluyeron fastidiosos los dos del velatorio y también el del sepelio. El muñeco de nieve asistió impávido, sonriendo desde su puesto de vigilancia en la calle, a pocos metros de la puerta de la casa del “paparrán”, y ya sin nariz, a las exequias por aquel desgraciado al que habían pillado más que infraganti los picoletos en la estación de ferrocarril de Burgos. El “paparrán”, muerto bajo el peso implacable del yugo del miedo y las flechas – tornadas balas – de la justicia (no del todo justa cuando su aliento nos cae cerca) de los hombres.

– Yo tenía tan sólo cuatro años. Eché mucho de menos al padre y, es curioso, ahora sólo soy capaz de recordar aquel muñeco de nieve.

– Eu tamén. Ficímoslo xuntos… … Pero a madre portóse muy bien. Sacónos adelante sin ningún poblema.

– Es buena verdad esa, Antonio.

– Tú pasástelo mal n’aquel tiempo, hermao. Unos días tabas alegre, e outros nun se te podía nin falar. Nun querías xugar con nos.

– Algunos días no estaba para recibir ni consejo. Tienes toda la razón… Creo que incluso llegué a asustar a nuestros amigos en más de una ocasión.

– Sí, ho. Me recuerdo de Carlos o “carretón”, o que se foi pa la Argentina. Teníate miedo. Y eso que de aquela él xa era un mozo.

– Era mi mejor amigo en la escuela. Me enseñó a leer, las cuentas…

– Un día marchou berrando desta casa. Asustástelo de veras.

– Puede que por eso se largase del pueblo cuatro años más tarde, porque no me soportaba delante. El cura, Don Aquilino, llegó a pensar incluso en el exorcismo.

– Veña, ho. Deixate de caralladas, hermao.

Los “paparranes” eran vecinos, casa con casa, de los “carretones”, aunque de estos últimos ya no quedase con vida la única heredera y portadora de tal apodo, Dolores, Lola la “carretona”. Eutiquio, el viudo de la “carretona”, no era descendiente de “carretones” sino de “furraxos”. Pero, por suerte para los hijos, Carlos y su hermana pequeña (hermanastra, para ser justos, ya que sólo compartían madre) Angustias sí que habían conseguido ligar el concepto de “carretón” a sus respectivas personas, y sin el más mínimo esfuerzo por su parte. No querían ser “furraxos”; no querían conexión alguna – sobre todo Carlos, que además ni siquiera era hijo natural de Eutiquio; ni siquiera sabía a quién debía algunos de sus rasgos físicos… No llegaría nunca a saber quién había sido su padre biológico – con tan despectivo mote. Puede que fuese por respeto hacia Dolores, hacia su memoria. Lola la “carretona” se había convertido en una especie de mito retórico entre una parte muy importante de las gentes del pueblo de Cacabelos desde su violenta muerte, acaecida durante la revolución del ’34 en Asturias.

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CEREZAS – VI

VI.

Por la tarde Álvaro se quedó descansando en su habitación, o al menos eso fue lo que contó a su hermano mayor como justificación para no ir a recoger cerezas a la finca. Antonio no pensó nada; ya se lo temía: su hermano siempre había sido un poco holgazán. No como él, que era capaz de hacerse jornadas de hasta dieciocho horas casi sin descanso. Pero lo que en verdad ataba en ese momento al pequeño de los “paparranes” a su morada era su alter ego, su proyección olvidada y, sin él quererlo ni pretenderlo, recuperada espontáneamente del más oscuro rincón de sus alterados recuerdos. Tenía que matarlo. Como fuese. Daba igual el método, tan sólo importaba el resultado final. Dos habitantes en una sola personalidad pueden llegar a ser demasiados. Y en este caso lo eran, ¡vaya si lo eran! Se odiaban a muerte y no lo podían disimular ya más. Álvaro se tumbó sobre la cama, con cuidado de no manchar la colcha de ganchillo que con tanta ilusión su madre había tejido durante casi tres años, tarde sí y tarde también, dispuesto a escapar de una vez por todas del encierro de su propia individualidad. Quería cambiar el decorado de su vida en el pueblo, y aquél ya no pertenecía a ese decorado. No tardó en aparecer el joven. Hoy sí parecía dispuesto a hablar.

– Sigues siendo el mismo mentiroso de siempre.

– Sólo ha sido una mentira piadosa.

– Es increíble, viejo, te has llegado a creer tu propio juego.

– ¡Pues si te parece, mejor le hubiese contado al Antonio que me dedico al cultivo de la coca…! ¡No te jode!

– Sería lo más justo, ser sincero con él después de haberlo abandonado; después de marcharte tan repentinamente de aquí, sin haber tenido siquiera la decencia de habérselo comentado.

– No podía hacerlo. Y tú lo sabes…Tú tampoco habrías querido venir conmigo. Es más, yo creo sinceramente que tú tenías que quedarte aquí. Era tu destino,…nuestro destino.

– ¡Qué bonito! Ahora me dirás eso de “aunque me haya ido de mi tierra una parte de mí se quedó allí…”! ¡¡Vete a tomar por culo!!

– ¡Ya no te necesito…! ¿Lo entiendes? ¡No te necesito para nada! ¡No te he necesitado en estos últimos treinta y cinco años! ¡Me hacías daño,…mucho daño, y ahora quieres seguir con lo mismo! ¡Muérete ya, cabrón! ¡Esfúmate y déjame vivir en paz de una puta vez! ¡No sé por qué tuve que cargar contigo hasta los veintidós años!

Álvaro cerró sus ojos con fuerza. Comenzó a pensar en su madre sentada al lado de la vieja cocina de carbón una fría mañana de invierno. Estaba pelando un pollo dentro de un balde de agua hirviendo y el humo hacía que soltase alguna que otra lágrima, o puede que estuviese escogiendo unos garbanzos o unas lentejas, pero también llorando. Su madre le sonrió. Él estaba en la cuna, de pie, aferrado a los barrotes de madera. Solo. Le transmitió un poco de paz, que Álvaro agradeció. Álvaro también sonrió, y con esa sonrisa mantuvo todavía sus ojos cerrados durante unos segundos más, tratando de conservar en su mente ese daguerrotipo de su madre. Los abrió y él había desaparecido de su presencia. Entonces decidió echar una siesta. La marea estaba ya baja y podía relajarse al penetrante y peculiar olor de su viejo colchón de lana. Respiró muy profundamente, durante un par de minutos, y se durmió en un santiamén. Sobre la mesa de la cocina yacían todos los huesos de las cerezas que media hora antes se habían comido al unísono su hermano Antonio y él. Ya los recogería cuando despertase, que no había ninguna prisa.

Antonio, mientras tanto, cargaba sobre sus espaldas con un cesto a medio llenar de cerezas. Estaba trabajando a gusto, pensando que quizá por la mañana se había mostrado un poco nervioso, pero que ahora podía disfrutar cómodamente dentro de su tan envolvente soledad. Escuchaba como en la finca de al lado una pandilla de niños se atiborraba de cerezas entre las ramas de los árboles. La finca era de su primo Alberto; ¡qué mas daba! Total, con el primo Alberto no se llevaba excesivamente bien. Era un poco engreído para el gusto de Antonio, y para el de casi todo el pueblo, por qué no decirlo. “¡Está el “paparran”! ¡Qué está el “paparran!”, oyó gritar un par de veces a algún rapaz de los de la camada del nieto del “peidán”. “Pero hoy vos jodéis, que vos vais quedar sin probar as miñas”, se consolaba Antonio en voz baja mientras seguía arrancando cerezas, una a una, con cuidado de que no se separase el rabo del fruto para que luego no se estropeasen con excesiva celeridad. A pesar de haberlas tomado como postre una hora antes, alguna que otra iba directa a su boca. Su destreza era tal, que no necesitaba de ninguna de sus manos para ayudarse en esa labor. Mordisqueaba con suma precisión alrededor del hueso, y, en cuanto tragaba el último trocito de pulpa, jugueteaba con el corazón del rojo fruto, se lo pasaba de un lado a otro de su boca y hacía rechinar sus molares superiores contra el hueso hasta que éste quedaba pelado y bien pelado; al final, lo escupía con fuerza, y listo para plantar otro cerezo si se terciaba. Pensaba en su hermano, en que tal vez lo había juzgado con excesiva dureza. La imagen de su hermano en su cinematógrafo cerebral trajo consigo unas irrefrenables ansias de fumarse un Celtas sin boquilla; pero, “¡cagüenlaputa!”, se había dejado el tabaco en casa. Nunca fumaba al trabajar. (Antonio es de los que evitan cualquier distracción, por liviana que ésta sea, que impida trabajar a pleno rendimiento.) Desechó momentáneamente la idea de fumar. Momentáneamente, ya que, haciendo caso omiso de sus perennes principios, decidió buscar desesperadamente algo que fumar. “Joder de Dios. Como cuando era eu un rapaciño y buscaba as pavas que deixaban os mayores p’ol suelo…”, se lamentaba (y consolaba en cierta medida) Antonio el “paparrán”. Bajó del cerezo saltando con firmeza de un escalón al siguiente. Al pisar suelo firme reequilibró con mucho tiento la vieja escalera de madera que llevaba en sus escalones más de cuarenta cosechas de cereza. Volvió a oír las voces de los críos, que llegaban desde la finca del primo Alberto. Quizá no les hubiese llegado aún a esos aprendices de muchachos la edad de echarse un “trujas”, pero era la única oportunidad que le quedaba de recibir un poco de nicotina por vía pulmonar. Se acercó ya inquieto hasta el muro que separaba su finca de la del “inaguantable” de su primo. El muro no era excesivamente alto, tan sólo servía para marcar territorios propios, y Antonio no encontró dificultad alguna para encaramarse al mismo y asomar su cabeza con boina negra al otro lado. En ese otro lado pudo ver como se lo estaban pasando de bien aquellos rapaces: unos comían cerezas, otros ya se habían empachado y reposaban su hartura tumbados al sol, y un último grupo permanecía un poco alejado del resto en actitud casi controladora, como si de los jefes del clan se tratase. Dos de los chiquillos de este grupo parecían estar fumando. Ninguno de ellos sobrepasaría los catorce años. A Antonio, lejos de parecerle mal ese hecho (él echó sus primeras caladas a los ocho años), lo que sí le proporcionó fue una oportunidad para acercarse de alguna manera a aquéllos que le arrasaban la finca cuando él no estaba allí, y, de paso, ¡por qué no!, les pediría también un cigarrillo. Antonio hizo notar su presencia al otro lado del muro con la ayuda de un potente silbido. Se hizo el silencio al otro lado hasta que al nieto del “peidán”, el cabecilla del grupo para lo bueno y para lo malo, se le ocurrió una débil explicación: “No estábamos haciendo nada malo, señor Antonio”; negativa que delataba a todas luces que sí que estaban haciendo algo no del todo “bueno”. Antonio respondió en tono pacificador.

– No, no…Eu sólo viña pidir un cigarro, que acabóseme o miño paquete de Celtas y…

– Ah, bueno. Espere ahí que ahora mismo le alcanzo uno. – Contestó diligente el nieto del “peidán” mientras se acercaba con paso firme hasta la posición del “paparrán”. Los demás continuaron su variada algarabía sin mayor problema. – Aquí tiene. Es rubio, no tenemos Celtas.

– Da igual, por un día podese uno sacrificar, ¿nun e verdá?

– Sí, claro.

– ¿Nun te parece que eres un pouco rapaz pra andar ya fumando? – Preguntó Antonio justo antes de colocarse el pitillo entre los labios y darse fuego con el mechero que el chaval le había dejado.

– ¡Qué va…! Dentro de poco cumpliré los catorce, y mi padre dice que él empezó a los nueve, así que…

– Pero seguro que nun hay güevos a facelo delante de él, ¿o me equivoco?

– No, no se equivoca usted…Oiga, no vaya usted a pensar que venimos a sus cerezas. – Cambio radical de tema que evita de un plumazo más cuestiones sobre sus hábitos fumatorios y que, de paso, trata de justificar lo injustificable. ¡Cómo si el mayor de los “paparranes” no supiese qué acontece y qué no acontece dentro de su finca cuando llegan estas fechas!

– Entós eso quiere dicir que sólo venís a comer as do miño primo el “camorro”. – (mote que Alberto se había ganado a pulso tras unas cuantas broncas con varias de las gentes del pueblo).

– Sí…y no muchas veces, no se crea,…una o dos, puede que tres.

– No, si a mí nun me da mas que vengáis a finca do miño primo; sólo quiero que tengáis más cuidao y que nun me empachéis al pobre Augusto, que e un perro mu viello y delicao, y nun tá ya p’a esas farturas.

Y el “paparrán” se dirige de nuevo a su labor de recogida de cerezas sin esperar siquiera una posible réplica del chaval, que no es que considerase que el bueno de Antonio fuese también tonto, pero sí que no se temía ni por asomo, cuando creía tener más que controlada la situación, una respuesta similar en ese preciso momento.

Antes de situar de nuevo correctamente la escalera – torcida y peligrosa otra vez gracias a un pequeño empujón del Augusto -, Antonio se acercó cariñoso hasta su perro y acarició su cabeza durante unos segundos, tras los cuales, el perro lameteó muy agradecido la mano derecha de su amo. “Vamos, vamos, Augusto; nun hay por qué ponese tiernos”, dijo Antonio en el momento en que se alejaba de la refrescante sombra que protegía al Augusto para adentrarse diligente en las horas que aún le quedaban de trabajo.

CEREZAS – III

III.

– Antonio…¡cuánto tiempo!

– Sí, muito. Muito tiempo. ¿Has tenido bon viaxe?

– Sí, sí, gracias.

– Podes deixar as maletas na habitación do fondo…na de siempre…na tua, vamos.

– Sí, sí, claro.

– Eu me voy pra cama. Estuve na finca y estou mu cansao. Ta mañana.

– …Hasta mañana, Antonio. Buenas noches.

Y Álvaro se encerró en su antiguo dormitorio tragándose para sus adentros todas las preguntas que tenía que hacerle a su hermano. La habitación no había cambiado ni un ápice su aspecto: la vieja cama de hierro forjado; sobre ella, el colchón de lana que su madre vareaba todos los veranos; la vieja mesilla de noche, de madera de castaño, barnizada en tonos oscuros, y ya carcomida por el inexorable paso del tiempo…Toda, absolutamente toda la estancia le devolvía al pasado, a su ya lejano pasado en Cacabelos. Esa particular regresión en el tiempo empezaba a asustarlo. Se miró en el espejo del viejo ropero de nogal y, a pesar de que allí se reflejaba un señor canoso, de unos cincuenta y cinco años, de mediana estatura y con algún que otro problema de obesidad, él no vio más que a un joven de veintidós años, delgado, con la cara de despabilado que da el hambre y una mirada triste que delataba traidora su estado interior.

– Viejo amigo…mi viejo y buen amigo. ¿Cómo te ha ido?

– ………………

– No puedo reprocharte nada. No me contestes si no te apetece, pero al menos escúchame, ten el valor de escucharme.

– ¡No me sale de los cojones escucharte ahora! ¿Por qué me dejaste aquí, eh, por qué?

– Sabes que tenía que irme. Tú lo sabes.

– Esa no es razón suficiente como para dejarme aquí, abandonado a mi suerte, viendo como el Antonio iba haciéndose más y más viejo cada día, cada mes, cada año…treinta y cinco años, hijo de puta…No, hoy no pienso escucharte, tragarme tus cínicas y miserables explicaciones…Me largo, pero volveré, volveremos a vernos las caras; de eso sí que puedes estar seguro.

– Está bien, hermano. Por lo visto hoy nadie tiene ganas de hablar conmigo…

Álvaro se acostó vestido en la cama. Trató de conciliar el sueño, de adaptar su cuerpo y su mente al nuevo horario. “Son las once de la noche, no las cinco de la tarde; son las once de la noche, no las cinco de la tarde…”, se estuvo repitiendo en voz baja durante un largo cuarto de hora, como un relajante mantra que permitiese trasladar las intenciones de su activo cerebro hasta los intransitables bajos fondos del sueño. Pero sus ojos permanecían abiertos como bocas de cráteres. Sin él pretenderlo, su mirada no cesaba de buscar a su otro yo, al amigo invisible, al que había abandonado a su oscura suerte en el verano de 1960…al que ni siquiera pudo llegar a nacer de veras. Se había ido, era verdad que se había ido de la habitación en la que ahora moraba el “Álvaro” desconocido, por el que el tiempo sí que había ido dejando todas y cada una de sus muescas. Y no soportaba que aquél, desde los veintidós años, hubiese vivido una sola vida por los dos. No era justo.

Antonio pensó que su hermano no había cambiado. “Ese cabrón sigue falando solo, como cuando éramos unos rapaciños”, se dijo justo antes de dar media vuelta en la cama para buscar su postura preferida, la que siempre lo encaminaba aceleradamente hacia el más profundo de los sueños, el que había sido capaz de atraparlo entre sus densas redes hasta no llegar a notar los temblores que había provocado el terremoto del ’69 – 5,2 en la escala Richter.

Álvaro no fue capaz de conciliar el sueño en casi toda la noche, pero eso le daba exactamente igual, no era muy dormilón, con cuatro horitas bien dormidas bastaba. Pero esa noche tenía algo que la distinguía de muchas otras: estaba en casa, al cobijo de su techo de siempre; su hermano y su pasado compartían con él el mismo oxígeno… y eso era bueno.

Cuando Álvaro se levantó, Antonio ya estaba recogiendo el tazón del desayuno y guardando la hogaza de pan recién hecho.

– Buenos días, hermano – dijo Álvaro en tono conciliador.

– Bos días. Ahí teis leite y pan recién feito. Si nun te gusta la nata, la apartas con una cuchara antes de echar a leite no tazón, que nun teño colador – De sobra sabía Antonio que su hermano no soportaba la nata de la leche, pero utilizaba el condicional intencionadamente: “Aquí confianzas las mínimas”, pensaba.

– Ah, muy bien, muy bien. Cuántas ganas tenía ya de volver a comer de este pan. ¡Qué bien huele! ¿Sigue siendo el de Chas?

– Si, claro, ¡por qué iba a cambiar eu de panadería?

– No sé, como ahora hay tantas…está todo tan cambiado.

– Tá todo como siempre. Nada ha cambiao…al menos n’esta casa nos últimos treinta y cinco años.

Antonio cortaba igual que una cuchilla de afeitar. Álvaro entendía perfectamente cada mensaje, cada gesto de su hermano. Lo conocía como a la vida misma y sabía que con paciencia podría llegar hasta el fondo de sus sentimientos. Sabía más que de sobra que su hermano iba a ser lo más telegráfico posible con él; sabía que no haría ni una sola pregunta, como antes había sabido que no le iba a contestar ni a una sola de sus cartas. Se habían criado juntos; habían chupado de los mismos pezones y eso, por cojones, tiene que terminar uniendo. Es como el pegamento. Pura cola de contacto fraterno. Pero Álvaro no necesitaba que nadie le preguntase nada para contar una historia, una anécdota; detalles, en definitiva, de su desconocida vida allá en Colombia, ¡de lo que fuese! La curiosidad acabaría por matar al gato que con tanto celo guardaba dentro de sus vísceras Antonio el “paparrán”.

– Eu vou pra finca, que ainda teño c’acabar de preparar as jaulas.

– Ah, muy bien; pues entonces me voy contigo.

– Cómo quieras. Pero a la finca vase a traballar, nun a dar la lata. ¿Comprendido?

CEREZAS – II

II.

El día que Álvaro llegó a la estación de autobuses de Ponferrada, su hermano no se dignó a ir allí a recibirlo. “Empezamos con buen pie”, pensó el menor de los paparranes. Esperó pacientemente, cargado con todos los bultos que componían su extenso equipaje, a que saliese un autobús para su pueblo. Al llegar a Cacabelos se dirigió directamente hacia su casa, pero allí tampoco se encontraba su hermano. Dejó todas sus maletas en casa de los vecinos y se fue al bar del “barajamelnaipe” a tomar unos vinos. A pesar de la cizaña que algunos de los presentes intentaban meter – puyazos del tipo: “…parece que a los paparranes no les fue muy bien al otro lado del charco…”, o “Vaya sorpresa se va a llevar el Antonio, con lo que quiere a su hermanito del alma…” – , Álvaro no llegó ni por un solo momento a perder la paciencia. Estaba feliz. Estaba por fin pisando tierra de su tierra, y nada ni nadie podía siquiera fastidiar su ansia por retener en su memoria todos y cada uno de los instantes de los que iba a disfrutar durante los tres meses siguientes.

Antonio, aunque de sobra sabía que ese mismo día llegaba su hermano de América, se encontraba en la finca ultimando todos los detalles previos a la recogida de la cereza: apilando las cajas de madera, los cestos también; revisando las escaleras de madera para que no hubiese ningún escalón astillado a última hora…Lo de todos los años por estas fechas, en definitiva. “¡Cagüen la crica que parió al niño éste! Un día de éstos voy ir avisar al ‘peidán’…Cada año que pasa vienen más críos a saquearme las cerezas”, gritó Antonio al ver la cantidad de huesos de cereza que poblaban la tierra bajo cada cerezo mientras miraba inquisitoriamente al Augusto; “¡y tú qué! ¿eh? Menuda fiera tás tú feito…más valía tener un espantapájaros.” Agua de borrajas, pura agua de borrajas, ya que al pobre Antonio toda la fuerza se le iba siempre por la boca. En más de una ocasión había pillado infraganti a una auténtica horda de chiquillos que se movían alegremente entre las ramas de sus cerezos, a la vez que se atiborraban de cerezas a manos llenas. Pero no decía ni mu; permanecía escondido, callado, en el cobertizo, esperando pacientemente al crepúsculo, hasta que los niños se dignasen a irse para sus respectivas casas. Alguna que otra vez había brotado una lágrima de sus ojos que le recordaba, con su salada amargura, su mal nacida soledad. ¡Cuánto habría deseado tener un hijo! Pero tan sólo contaba con su hermano pequeño. De repente se acordó de Álvaro, y su conciencia hizo que un mínimo sentimiento de culpa comenzase a rascarle traidor el interior de su estómago. Después de dar unas palmaditas de ánimo en la cabeza del Augusto, se encaminó hacia su casa. “Al fin y al cabo, pode que sólo sea un pouco de fame…”, pensó mientras encendía uno de los cinco Celtas sin boquilla que se fumaba cada día.

Antes de abrir la puerta de su casa, Antonio dudó por unos instantes. No sabía qué decirle a su hermano. ¿Debía darle únicamente un apretón de manos o era mejor un abrazo? ¿Debía ser frío con él o tratar de mostrarse lo más cordial posible…? “¡Qué coño! O que teña que ser, será…”, se dijo en voz muy baja en el preciso instante en que metía la llave por el ojo de la cerradura, una de esas llaves largas y pesadas que abren portones desproporcionados. Su hermano no estaba en casa. “Joder, si él teñe a sua propia chave…Ya, pero igual nun a guardou. Tampoco se habrá imaginao que en tos estes años eu nun he cambiao a cerradura. ¡Bah! Tá todo bien tal y como tá.” Miedo, miedo atroz a cada cambio, a cada nuevo invento que pudiera invadir y estropear su perenne escenario de la vida, su limitado conocimiento de las cosas; limitado, sí, pero rico al mismo tiempo; y rico, porque a través de él podía subsistir sin ningún tipo de problemas. Era lo que sus padres le habían enseñado. Era lo que sus abuelos habían enseñado a sus padres…Era lo real, lo verdadero, lo que le permitía acabar un día y comenzar sin mayor dilación el siguiente. Por eso no había cambiado la cerradura de la puerta de su casa, ni tampoco ninguno de los muebles, ni las cortinas, ni los utensilios de cocina, ni la vieja cocina de carbón – aunque cada verano se repetía a sí mismo que aquel calor era insoportable, que no había quien cocinase, y que en otoño iría a la tienda de electrodomésticos del “asturiano” a comprarse una cocina de gas; pero en otoño regresaban las frías noches, y como Antonio amanecía con todas y cada una de las heladas…pues ya no hacía falta tal cocina moderna, bastaba con abastecerse de la suficiente dosis de carbón como para aguantar otra temporada otoño-invierno. Ni siquiera se podía explicar como la vieja radio del ’33 podía seguir funcionando. Por ella habían pasado desde La Pasionaria hablando desde la Radio Pirenaica hasta el mítico gol de Zarra. “Os de ahora nun valen p’a nah. Escuchas al Herrero, al Del Olmo o al Gabilondo esos, y piensas que calquiera de los de antes lo haría muchísimo mellor.” Nunca se le había pasado por la imaginación comprar un aparato de televisión. Los partidos importantes ya los veía en el Hogar del Pensionista y, total, de las películas y telediarios pasaba, (aunque, de vez en cuando, sí que se disipaba su concentración ante una chica semidesnuda que se paseaba tranquilamente por la pantalla, y, con toda su atención puesta en las curvas de esa chica, se olvidaba de envidar o de pasar a ‘chicas’ ante la desesperación de su compañero, Eleuterio, el antiguo carnicero de la plaza). Por eso ahora su hermano tenía que dar golpes al picaporte de la puerta para que así Antonio pudiese oírlo, si es que se había dignado a regresar “de dónde coños estuviese”.

CEREZAS – I

I.

Junio es el mes de la recolección de la cereza. Pero ese año la cosecha parecía ser temprana para la pandilla de José Manuel el “peidán” y sus amigos: después del colegio se dedicaban a hacer una excursión hasta la finca de Antonio el “paparrán”, donde se ponían morados a cerezas con la siempre bienvenida connivencia de Augusto, el pastor alemán que, se suponía, vigilaba la finca de gañanes roba-frutas, y que tenía lo mismo de pastor alemán que su dueño de poeta, ya que en realidad era un cruce entre un Pastor yugoslavo y una Fila brasileira, dos razas que por separado son de lo más agresivas, pero que al cruzarse daban una especie de perro de carácter apacible y algo bobalicón. Augusto siempre jugaba con todos los niños; no era rencoroso. Día tras día, olvidaba las jugarretas que le hacían sus “amiguitos”, las cuales, en época de cerezas, consistían principalmente en empachar del mencionado fruto al pobre animal hasta que, literalmente, le salían a éste los huesos por las orejas. “¡Cómo coño cagará tanto este perro!”, solía proclamar airado el “paparrán” cada vez que por mayo se acercaba a ver in situ los progresos de sus cerezos y, de paso, también a dar buena cuenta de todos los preparativos previos a la recogida del rojo fruto.

Ese año, la cosecha era de órdago: casi triplicaba la del año anterior, y eso ponía muy contento a Antonio el “paparrán”, hijo y nieto de paparranes, pero no padre de otro u otros paparranes. El destino había querido que enviudase al mes y cinco días de haberse casado; y el destino tampoco había querido juntarlo posteriormente con otra mujer que pudiese haberle dado los tan deseados hijos. Y ahora ya estaba demasiado viejo como para empezar una nueva travesía. Se conformaba con sus labores agrícolas y con su diaria partidita de mus en el Hogar del Pensionista.

A principios de junio de ese año llegaba su hermano de Colombia, tierra a la que había emigrado, según creyeron todos, ante la falta de futuro en el pueblo. Álvaro, también “paparrán”, tenía muchas ganas de volver a ver la tierra que lo había cobijado hasta cumplir los veintidós años, más incluso que a su hermano mayor, con el que no se llevaba demasiado bien; si le escribía no era por más motivo que el de mantener un ancla con sus añoradas raíces. Y ahora iba a venir a su pueblo a pasar casi todo el verano. “¿A qué cojones vendrá éste ahora? ¿Qué coño se le habrá perdido por aquí?”, se preguntó malhumorado Antonio tras leer, con la dificultad de siempre, provocada, a la par, por su incipiente y no cuidada miopía y por su casi iletrado estado, la carta que comunicaba la inminente presencia de su hermano.

Antonio ya se había acostumbrado a vivir solo; la soledad era su mejor compañera y aliada en todos y cada uno de los momentos que regían su imperturbable existencia, y lo que más le jodía ahora era tener que compartir, después de tanto tiempo, una porción de vida con su hermano pequeño en la misma casa, que, para ser exactos, también pertenecía a Álvaro, ya que los dos la habían heredado, como todo lo demás, al cincuenta por ciento. Antonio siempre había pensado que Álvaro no se la merecía, no merecía ser copropietario de esa casa, ni de la finca; “¡menudo hijoputa, si ni siquiera tuvo la decencia de aparecer por aquí cuando murió la madre…!” Su innata desconfianza le hacía temer que su hermano venía para usurpar su puesto, todo lo que era suyo. Nada más lejos de la intención del bueno de Álvaro.

… DE LA VIDA XXXV…

XXXV.

El tío Carlos preparaba sus maletas colocando cada prenda con sumo cuidado. Los pantalones bien dobladitos, en perfecta simetría con la raya de cada pernera; las camisas, bien planchadas, ocupando cada una su lugar la una encima de la otra hasta formar una consistente pila, no superior al ancho de la maleta… Pedro observaba atento la escena desde la puerta del cuarto. Carlos era una persona casi desconocida para él hasta hace tan sólo unos días. Siempre existen referencias familiares sobre los que se van, los que emigran a tierras lejanas y se convierten, sin ellos quererlo, en seres pertenecientes a la mitología de la familia. No había sucedido eso con Carlos, el paria, el desterrado por propia iniciativa. Carlos, el argentino en su tierra, y el gallego, como tantos otros, en el Río de la Plata.

Pedro supo que su madre tenía un hermano al hacer la Primera Comunión, al recibir un regalo sorpresa (una camiseta del “River Plate”), enviado desde Buenos Aires por correo aéreo urgente. Desde entonces hasta el momento presente, poca información había llegado a oídos de Pedro acerca de su tío, salvo el viaje sorpresa de hace unos años con la excusa de una pequeña herencia, aunque Pedro, en aquella ocasión, era demasiado pequeño como para poder entablar una consistente relación con su tío.

Carlos seguía con sus preparativos. Sólo restaba ya cerrar las maletas, pero antes de hacerlo, guardó la foto de su madre con mucho mimo en uno de los bolsillos laterales de uno de los bártulos.

– Por fin estás conmigo, viejita. – Susurró

– Quedó bien la foto, eh, tío.

La intervención de Pedro sobresalta a Carlos, que se creía en la más absoluta de las intimidades.

¡Ché! Pero vos que hasés acá. ¿Cómo es que no estás en misa con tus papás?

– ¡En misa yo? ¡Que va hombre! Renegué de toda religión hace más de un año. Ya te he dicho en otra ocasión que soy ateo, pero por puro convencimiento, después de reflexionar a conciencia sobre el tema.

Pucha con Pedrito. Recuerdo cuando mi hermana me desía en sus cartas que vos eras un niño modélico: obediente, cariñoso, sentadito cada domingo en el banco de la igleeeesia… Además, cuando vine hase seis años, vos no salías de la sacristía.

– Ya, es cierto. Pero no te creas, que lo mío me ha costado llegar donde estoy. Buenas riñas he tenido que aguantar. Y lo que me queda…

– No te preocupés, seguro que tenés una vida fásil; al menos mucho más de lo que lo ha sido la mííía.

– Ya, claro. Siempre decís lo mismo… Oye, ¿por qué no nos vamos a tomar unos vinos para abrir el apetito?

– Por supuesto, sobrino. Nada mejor que un tinto de criaaansa para abrir el apetito. ¿Sabés? Sho sé mucho de viiinos…

– ¿En serio?

El pueblo había cambiado totalmente ante los ávidos ojos de Carlos. No reconocía ni sus casas ni a sus gentes. Pocos amigos de su infancia vivían ya en él. Sólo la gratificante visita a Doña Anunciación, una antigua amiga de su madre, había satisfecho por completo sus ansias de recuerdo.

Para Pedro, que conocía de vista a la anciana señora, al igual que a todos los habitantes del lugar, aquella visita había sido, sin embargo, toda una revelación. El poder conocer la historia de su abuela por boca de una de las compañeras de fatigas de Dolores, contribuyó especialmente a la creación de un referente imaginario en el mundo de las ideas de Pedro. Si no hay dioses, al menos tienen que existir símbolos que santifiquen y justifiquen, en cierta medida, algunas de las acciones ante las que la indecisión puede llegar a volvernos completamente chiflados.

Pero el plato fuerte, el más inverosímil, aún no había sido desvelado. Esa misma noche, después de la visita a la vieja Anuncia, Pedro y el tío Carlos se quedaron solos en la cocina al calor que desprendían el brasero recién encendido, y la yerba mate que Carlos acababa de preparar.

Conversaban plácidamente, en buena armonía, como si fuesen dos amigos de toda la vida.

Sabés, pibe: Hay algo sobre mi vieja que nunca he contado a naaaadie, absolutamente a naaaadie; y hoy te lo voy a contar a vos.

– Vaya, me siento privilegiado

– No te lo tomés a chirigota. Escuchame atentamente. ¿Vos creés en los espíritus?

– ¿En los espíritus? ¿En que existen fantasmas o algo así?

– Eso es, en las aparisiones, en que hay una vida, o algo paresido, después de la mueeerte.

– Pues la verdad, no, no mucho. Soy bastante escéptico al respecto. Sólo creo en lo que pueda percibir con mis cinco sentidos; y aún así…

Sho pensaba como vos, hasta que la vi; y la vista es un sentiiiido, ¿no? Pero es que no sólo la vi, platiqué con eeesha largo y tendido.

– ¿Con ella?

– Sí, con esha, con mi viejita… con tu abueeeela.

– ¡Con la abuela? ¡Venga ya!

– Vos escuchame, y luego opinás.

– Vale, vale; no te enfades, tío, que soy todo oídos.