VEN – EPÍLOGO

Pedro, que vivió en Londres siete años, que trabajó allí como profesor de español y francés en un instituto de los considerados duros, en una zona rebosante de refugiados e inmigrantes de todos los lugares imaginables del mundo conocido, es ahora un comprometido profesor de inglés en un instituto del oriente asturiano, vive en pareja y tiene dos hijos; rebosa de inquietudes y siempre quiere aprender más y más. Se puede decir que es una persona feliz.

El día que cumplió 32 años, a su casa de Crystal Palace llegó un mensajero de FedEx con un paquete muy bien envuelto. Sorprendido, lo abrió con calma, con tiento. Dentro se encontró un single, de los de vinilo, “Vem” del grupo portugués Madredeus. “Joder, qué raro”, pensó mientras buscaba inútilmente cualquier atisbo de remitente, pero allí sólo estaba escrito en letras muy grandes “Vem”, y en la parte de abajo, en letra muy pequeña, “te pertenezco hasta el fin del mar, soy como tú, de la misma luz, del mismo amor” “Es raro de cojones, en 1994 sólo sacaban singles en versión CD… creo”. Conocía a Madredeus, pero nunca antes había sucumbido a la mágica y envolvente voz de Teresa Salgueiro. En su viejo tocadiscos Philips puso el single sin antes acordarse de cambiar de 33 a 45 revoluciones por minuto. Vuelta a empezar. Aguja de nuevo al principio.

Vem, além de toda a solidão
perdi a luz do teu viver
perdi o horizonte

Está bem
Prossegue lá até quereres
Mas vem depois iluminar
Um coração que sofre

Pertenço-te
Até ao fim do mar
Sou como tu
Da mesma luz
Do mesmo amar

Por isso vem
Porque te quero
Consolar
Se não está bem
Deixa-te andar a navegar

No tiene ni la más remota de las ideas, pero cada cinco de octubre se acuerda de buscar este single, de escucharlo, de llorar sin sentido a moco tendido cantando con Teresa cada sílaba, cada sonido de la canción. Vem, Vem… Ven, ven, ven…

– Pero, Pedro, ¿qué te pasa? Es muy raro, amor, cada año con este cuento… Yo no entiendo nada.

– No lo sé, vida, no tengo ni puta idea… Es algo raro que me llama y me obliga a escuchar esta canción, a cantarla una y mil veces, a sufrir con ella… Pero, tranquila, no pasa nada, sabes que mañana ya volveré a estar bien, que volveré a tener mil cosas en la cabeza…

LA VISTA ATRÁS – V

V.

El dieciséis de febrero de 1960, Remedios le dijo a Álvaro que no pasara ya más a buscarla, que ya no quería seguir saliendo con él. Álvaro pareció no entender el porqué de aquel repentino y brusco rechazo. Tampoco ella le dio ningún tipo de explicación. Para qué, si nadie, absolutamente nadie en el pueblo, ni hombre ni mujer, daba ninguna explicación a su pareja cuando había llegado el momento de la definitiva despedida. Álvaro volvió a las andadas, a hablar solo, a meterse dentro de su cascarón de acero, el que nadie de fuera podía siquiera llegar a resquebrajar mínimamente. Doña Asunción volvió a sufrir en silencio por su hijo pequeño; y Antonio, sorprendentemente, cuando parecía andar rondando a Eufrasia, la de los “cereixais”, empezó a salir con Remedios la “morraña”. ¿Por qué razón ésta aceptó a Antonio tan solo un mes y unos días después de haber mandado a la mierda a su hermano Álvaro, del que parecía estar más que colada por sus huesos? Muy sencillo, así podía estar cerca de su verdadero amor. No había dejado de amar a Álvaro, pero no podía soportar sus brusquedades, sus repentinos ataques y acosos de tipo sexual. Un día Álvaro era el ser más encantador del mundo, pero al siguiente una fiera en busca de su presa; casi no hablaba, no le interesaba mantener ninguna conversación con ella; en cambio sí que sus dedos iban directos al grano, directos a sus pechos, al límite entre sus bragas y su piel; bajaba su mano y jugueteaba con su coño hasta que éste se humedecía lo suficiente, luego sacaba de allí su mano y olía el dedo impregnado del profundo y excitante olor a hembra. Remedios no sabía por qué ella se ponía así, por qué se encontraba en un estado tal de sofocación y tan fuera de sí cuando su novio se propasaba de aquella manera. Le gustaba y le asustaba al mismo tiempo. El día quince de febrero de 1960, sábado, para más señas, Álvaro cruzó ilegalmente la frontera de su amada. Se encontraban, como casi siempre que salían al baile, en el callejón que había en la Plaza del Generalísimo entre la casa del “pajuela” y la de los “cereros”, familias ricas del pueblo ya venidas un poco a menos. Esa noche, en vez de olisquear su dedo anular después del recorrido de éste por los vericuetos de la vagina de su pretendida, Álvaro dio un importunado paso adelante: se bajó los pantalones, asió con fuerza las piernas de Remedios la “morraña” a la altura de los muslos, las alzó hasta llegar a una altura en la que era posible que ella apoyase las plantas de sus pies en la pared que le quedaba enfrente; calculó con tiento, y sin dejar que ella reaccionase aún de su orgasmo anterior – ella no sabía que aquello que le hacía perder el sentido era, nada más y nada menos, que un simple orgasmo -, y empujó con un certero movimiento de su pelvis hasta que su impaciente mensajero entró de lleno en el jardín prohibido de la muchacha. No hubo violencia. Sólo unas pocas gotas de sangre recorrieron sinuosas el interior de los muslos de Remedios, prueba inequívoca de su pureza hasta ese momento. Luego, Álvaro se disculpó torpemente mientras subía sus pantalones y se los abrochaba con poco tiento. La acompañó, como hacía todos los días desde hacía ya casi dos años, hasta la puerta de su casa. Iba a darle un beso en los labios, pero ella lo rechazó y, sin decir palabra, entró en casa sin pararse siquiera a encender la luz de la escalera. Al día siguiente ya no lo recibió.

Y el resto, entre el sabor de las cerezas y el misterioso ciclo de la vida, que con su mano que obedece a mil cabezas al mismo tiempo, nos va empujando hacia el infinito, ya no es más que historia, pura y simple historia.

LA VISTA ATRÁS – IV

IV.

– Sentí en el alma lo de Remedios, Antonio.

– Ya.

– El destino nos juega a veces estas malas pasadas.

– Supongo.

Quizá Álvaro estaba intentando justificarse ante la opinión de su hermano mayor, pero éste no parecía dispuesto a entrar en detalles, a responder utilizando más de una sola palabra en cada una de sus intervenciones. Álvaro ya conocía al detalle lo ocurrido aquel fatídico día de junio de 1961, el modo en que la pobre Remedios, tan joven y bella, había sucumbido al ritmo cadencioso pero cotidiano de la muerte. No podía ser morboso. No debía hurgar más profundo en la herida que su hermano parecía no haber podido cicatrizar en los casi treinta y cuatro años transcurridos desde la fecha en que se quedó viudo. No había suficientes plaquetas en todo el Universo para hacer postilla de su inmenso dolor.

Álvaro fue el primer pretendiente que rondó a Remedios la “morraña”. Ella no sólo se sentía, como es lógico, halagada, sino que respondía plenamente a todos y cada uno de los pasos que el pequeño de los “paparranes” iba dando en su planteamiento de seducción, no excesivamente románticos, pero sí distintos a los utilizados por el resto de mozos casaderos del pueblo, que consistían, mayormente, en acercarse al patriarca de la familia de la pretendida para pedir permiso. Al menos se besaban y se metían mano a conciencia, a escondidas, protegidos por la falta de iluminación – norma habitual en las noches invernales en los soportales de la Plaza por aquel entonces aún del Generalísimo -. Y eso ya era algo.

Angustias la “carretona” se ponía en evidencia cada vez que su camino se cruzaba con el de Álvaro el “paparrán”. Él lo había notado desde que eran unos críos y compartían juegos con los demás niños del barrio, y siempre se había aprovechado de esa debilidad de su oponente para hacerla sufrir un poquito más cada día. Le parecía raro que una chica mayor que él bebiese por sus vientos tan a la vista de todos. La miraba con ojos que delataban algo más que mutuo respeto, y Angustias vivía y se desvivía con la ilusión de casarse algún día con aquél que constituía su amor platónico. Cuando llegó cabrón el sufrimiento, su padre, Eutiquio el “furraxo”, le dijo que nunca debía haberse puesto en evidencia, que eso sólo lo hacían las mujeres de mala vida. Sufrió en soledad su desgracia. Ya no estaba su hermanastro Carlos a su lado. Él había huido del pueblo a no se sabía aún dónde. Estaba ya resignada Angustias a vestir santos, a ser una más dentro del grupo de solteronas que iban diariamente a misa con un rosario de cuentas negras y un misal entre sus entrelazadas manos. Hasta que apareció Aurelio en escena y la salvó de la quema. Ambos se casaron con la treintena cumplida y bien cumplida. Martín, el mayor de los hermanos de Aurelio hizo las veces de padrino; Anuncia, la mujer del “Stalin”, Ramón de nombre, las de madrina.

Por aquel entonces, Álvaro ya había emigrado, y Remedios la “morraña” ya había fallecido, dejando viudo prematuramente al hermano mayor de Álvaro, Antonio el “paparrán”.

– A ti gustába-che Remedios, ¿non?

– Sí… … Bueno, un poco… pero no congeniábamos del todo, ya sabes.

– Sí, sí, ya sei… ya sei.

Lo sabía, claro que Antonio sabía que Remedios había abandonado a su hermano Álvaro por culpa de los extraños cambios de personalidad de éste último. Pero él no se llegó a sentir jamás plato de segunda mesa. En realidad, no le dio tiempo a sentir casi nada por ella. Estaban empezando a conocerse el uno al otro cuando de repente apareció la Dama de la Guadaña y asestó un certero tajo en el cuello de la joven “morraña”. Ya estaba preñada de la semilla de Antonio cuando murió, pero eso nunca lo llegó a saber nadie. Ni siquiera ella misma había tenido en cuenta aún una falta de tan sólo cuatro días en su ciclo menstrual, por otro lado, muy irregular. Con su ausencia, Remedios se convirtió en la amada, por y para siempre, de Antonio el “paparrán”. El vacío de la casa pesaba como una losa sobre su ánimo, cada día, cada mes, cada año más. Se murió la madre, y eso no le importó tanto. Ya no tenía familia directa a su lado, y se centró en el campo, en su finca de cerezos ubicada a escasos metros de la iglesia de la Virgen de la Quinta Angustia. Llegó a odiar a su hermano Álvaro; llegó a odiarlo de corazón, pero de tanto corazón, ese odio se tornó amor fraterno desde la llegada del hermano pequeño del otro confín del mundo casi treinta y cinco años después de su agria partida. Colombia se había convertido en la segunda patria del menor de los “paparranes”; la primera seguía siendo, en la lejanía pero en el recuerdo constante, Cacabelos, su pueblo del alma. Y ahora estaban los dos hermanos sentados el uno frente al otro, bebiendo chupitos de buen orujo. Treinta y cinco años habían pasado, con sus días, sus noches, sus alegrías y desgracias; separados por miles y miles de kilómetros de agua salada, la mayoría, y también de tierra fértil a ambos lados. Hablaban de sus recuerdos, de todo lo que habían compartido, incluida Remedios la “morraña”.

LA VISTA ATRÁS – III

III.

En la calle misma, entre barro y polvo, jugaban todos los niños y niñas en perfecta armonía. Desde los más pequeños, de cinco o seis años, hasta los que ya habían entrado de lleno en la adolescencia. Estaban los dos “carretones”, Carlos y Angustias; Esteban el hijo del “Stalin”; Alberto y su hermano Aurelio, primos de los “paparranes”, pero sin mote reconocido hasta que Alberto se ganase a pulso, años más tarde, el de “camorro” debido a sus constantes y violentas provocaciones, que casi nunca venían a cuento; los dos primos “cereixais”, Aníbal y Eufrasia; y, por descontado (por último, aunque no los últimos), los dos “paparranes”, Antonio y Álvaro. Unos días tocaba “manro”, otros “tres navíos en el mar”; si hacía mucho frío, “cintalabrea”, que calentaba bien las piernas; y los menos, el “cascallo”, cuando las dos niñas del grupo, Angustias y Eufrasia, podían imponer su ley ante tanto prototipo de buen macho. Los días de lluvia, los niños esperaban impacientes su cese observándose los unos a los otros desde las ventanas a las que estaban literalmente asomados de medio cuerpo. Desde cada una de las casas se podían ver perfectamente las restantes. Todas, en simétrico conjunto, componían un casi uniforme círculo que en su superficie constituía lo que más adelante, con el transcurso del tiempo, se conocería como plaza que sepultaba el barro y los juegos de toda la vida bajo capas de cemento y alquitrán; la Plaza del Campelín.

Nada más que escampaba, ¡zas!, no transcurrían ni diez segundos, y una auténtica horda de rapaces y rapazas, que salían como despedidos por alguna extraña fuerza motriz de cada una de las puertas, invadían el terreno. “¿Dónde ta Álvaro?”, solía preguntar Angustias la “carretona”, la cual sentía una cierta admiración enamoradiza por el menor de los dos “paparranes”, a pesar de ser cinco años mayor que él. “Nun quiere salir hoy”, respondía presto Antonio, pero sin pararse a dar mayores explicaciones, que ya estaba él más pendiente del desarrollo de los preparativos del juego que tocase ese día que de los problemas que pudieran atar a su hermano pequeño a las patas de la silla de su cuarto. Era uno de esos días en los que Álvaro no parecía Álvaro. Era otro. Ya no era el rapaz alegre y dicharachero centro de atención constante del resto del grupo. No. Era una mutación como mínimo extraña. Serio, triste, abandonado a los aleatorios reflejos de su mente. Hablaba solo, y a veces hasta parecía reñir consigo mismo. En Cacabelos, hasta aquel entonces, nadie había oído hablar jamás de un tal Freud, pero doña Asunción, la madre, se preocupaba un poco más si cabe cada día que a su hijo pequeño lo ocurría esto, porque sabía que su mente no regía del todo bien. Intentaba en vano hablar con él:

– Álvaro, filliño meu, ¿qué teis?

– Nada, nun teño nada. ¡Deixame’n paz!

Resultaba a todas luces infructuoso todo intento de acercamiento al bueno de Álvaro en aquellas circunstancias. Parecía que nadie podría jamás cortar de raíz tan extraño mal. “Dios mío, Dios mío… Fala solo, igual que Fonsa”, se le oía cuchichear a su madre mientras pelaba algún pollo o escogía unos garbanzos, o puede que incluso unas lentejas, al calor de la cocina de carbón. Recordaba a su hermana Fonsa, que había acabado con sus huesos en el psiquiátrico de León. A veces hasta lloraba, pero eso sólo sucedía cuando ella sabía a ciencia cierta que estaba completamente sola en la cocina; (aunque sí que se vio sorprendida en más de una ocasión por el propio Álvaro, que de cuando en cuando salía de su abotargado letargo antes de lo previsto.)

Pero un buen día, siendo ya un mozo, Álvaro conoció a Remedios la “morraña” – no es que no la conociese de antes, que en el pueblo todo el mundo se conocía, lo que pasó fue que la conoció de una forma distinta: mirándola de acuerdo con la urgente llamada de sus glándulas más primarias – y ese simple hecho trajo consigo una época de ostracismo para los bruscos cambios de personalidad de Álvaro. Se había enamorado de la chica y ya no hablaba solo. “Eso e o que o miño rapaz necesitaba”, se decía contenta a sí misma doña Asunción entre amplias y limpias sonrisas de satisfacción.

LA VISTA ATRÁS – II

II.

Fue un duro invierno aquel de 1942. Nevó copiosamente durante cuatro días, que incluyeron fastidiosos los dos del velatorio y también el del sepelio. El muñeco de nieve asistió impávido, sonriendo desde su puesto de vigilancia en la calle, a pocos metros de la puerta de la casa del “paparrán”, y ya sin nariz, a las exequias por aquel desgraciado al que habían pillado más que infraganti los picoletos en la estación de ferrocarril de Burgos. El “paparrán”, muerto bajo el peso implacable del yugo del miedo y las flechas – tornadas balas – de la justicia (no del todo justa cuando su aliento nos cae cerca) de los hombres.

– Yo tenía tan sólo cuatro años. Eché mucho de menos al padre y, es curioso, ahora sólo soy capaz de recordar aquel muñeco de nieve.

– Eu tamén. Ficímoslo xuntos… … Pero a madre portóse muy bien. Sacónos adelante sin ningún poblema.

– Es buena verdad esa, Antonio.

– Tú pasástelo mal n’aquel tiempo, hermao. Unos días tabas alegre, e outros nun se te podía nin falar. Nun querías xugar con nos.

– Algunos días no estaba para recibir ni consejo. Tienes toda la razón… Creo que incluso llegué a asustar a nuestros amigos en más de una ocasión.

– Sí, ho. Me recuerdo de Carlos o “carretón”, o que se foi pa la Argentina. Teníate miedo. Y eso que de aquela él xa era un mozo.

– Era mi mejor amigo en la escuela. Me enseñó a leer, las cuentas…

– Un día marchou berrando desta casa. Asustástelo de veras.

– Puede que por eso se largase del pueblo cuatro años más tarde, porque no me soportaba delante. El cura, Don Aquilino, llegó a pensar incluso en el exorcismo.

– Veña, ho. Deixate de caralladas, hermao.

Los “paparranes” eran vecinos, casa con casa, de los “carretones”, aunque de estos últimos ya no quedase con vida la única heredera y portadora de tal apodo, Dolores, Lola la “carretona”. Eutiquio, el viudo de la “carretona”, no era descendiente de “carretones” sino de “furraxos”. Pero, por suerte para los hijos, Carlos y su hermana pequeña (hermanastra, para ser justos, ya que sólo compartían madre) Angustias sí que habían conseguido ligar el concepto de “carretón” a sus respectivas personas, y sin el más mínimo esfuerzo por su parte. No querían ser “furraxos”; no querían conexión alguna – sobre todo Carlos, que además ni siquiera era hijo natural de Eutiquio; ni siquiera sabía a quién debía algunos de sus rasgos físicos… No llegaría nunca a saber quién había sido su padre biológico – con tan despectivo mote. Puede que fuese por respeto hacia Dolores, hacia su memoria. Lola la “carretona” se había convertido en una especie de mito retórico entre una parte muy importante de las gentes del pueblo de Cacabelos desde su violenta muerte, acaecida durante la revolución del ’34 en Asturias.

LA VISTA ATRÁS – I

I.

– ¿Recuerdas aquel invierno que nevó constantemente (y con una fuerza inusitada) durante cuatro días?

– Sí. Cómo nun o voy recordar, ho.

Por supuesto que Antonio lo recordaba perfectamente, como si hubiese sucedido ayer mismo. Su memoria funcionaba a las mil maravillas; era un preciso reloj suizo dentro de su envejecido cerebro. Recordaba sobre todo aquel muñeco de nieve que permaneció sonriente la friolera (nunca mejor aplicado el término) de una semana frente a la puerta de su casa. La nariz de zanahoria sólo resistió como tal un día y unas pocas horas. La madre la necesitaba para reforzar el caldo semanal. No es que hubiese necesidad. No es que pasasen hambre, que legumbres, hortalizas, fruta y algo de cerdo, aunque sólo fuese tocino, nunca faltaban en la mesa. Era un pueblo, ganadero y agrícola. En Cacabelos no necesitaban cartillas de racionamiento para sobrevivir decentemente a la dureza extrema de los primeros años de posguerra. El padre, don Emilio, más conocido entre sus convecinos por el sobrenombre de “paparrán”, había probado fortuna, había tentado a la suerte demasiadas veces, y un día ésta le fue esquiva para siempre. Lo abatieron a tiros en la estación de ferrocarril de Burgos. Se dedicaba al extraperlo; quería que sus dos hijos llegasen a disfrutar de una vida que él no había nunca ni olido. Pero su sangre acabó mezclándose con parte de la harina de trigo que escondía bajo el forro de su raído abrigo de lana. “¡Alto!”, le dio la pareja de la Guardia Civil, y Emilio el “paparrán” no obedeció la voz de la autoridad. Echó a correr instintivamente hacia la zona más oscura de la estación. Era noche cerrada, noche de cuarto menguante. No quería acabar con sus huesos en la cárcel, a morirse de frío, de hambre, de pena, de hostias… Dos tiros a bocajarro, a traición, por la espalda. Emilio el “paparrán” murió casi en el mismo instante en el que el plomo hizo contacto con su piel. Su viuda amortajó el cadáver ayudada por su madre y hermanas. Emilio no tenía ya madre, y nunca había tenido hermanas. Era, por tanto, un asunto exclusivo de la familia política. Doña Angustias, la madre de Asunción, esposa y viuda del “paparrán”, a pesar de su gran destreza en esas artes, no fue capaz de borrar del rostro de su yerno – el rigor mortis había ganado por tiempo a la anciana compostora – aquella mueca de fastidio que delataba misteriosa algo más que un accidente. Porque eso fue lo que les contaron; eso fue lo que trascendió oficialmente: un accidente al saltar del tren en marcha.

Pero si teñe dos bujeros de bala na espalda”, comentó sorprendida Adoración, una de las cuñadas del difunto. “¡Ca la boca, rapaza!”, replicó su madre, “¡nun ves que podes metenos a todos nun buen follón! Trata de vestilo y na más.” Nadie lloraba, que eso no se podía hacer cuando se amortajaba a un difunto; las lágrimas debían asomar a la vista de los ávidos ojos del pueblo en pleno; convenía guardarlas pues. A Asunción sólo le quedaba ya ser una buena, diligente y resignada viuda y cuidar de sus dos pequeños, Antonio y Álvaro, de siete y cuatro años respectivamente. Por fin, tras dos horas de ardua labor, el cadáver quedó sellado con la rúbrica de los dos algodones que taponaban sus fosas nasales. Él podía ya reposar en paz, y ellas podían pasar a hacer compañía a las plañideras más expertas de la comarca, que ya esperaban impacientes en el salón, ensayando cada una su gemido más lastimero.

CEREZAS – XI

XI.

– ¿Y cuándo piensas volver por aiquí?

– No lo sé. Creo que pronto; en cuanto pueda volveré…pero para quedarme. Me gustaría morirme aquí, que me enterrasen en nuestra tumba, junto a madre, junto a…

– Veña, veña. Nun e momento pra falar de esas cousas…Sube ya no autobús que ya te coloco eu to los bultos no maletero.

Los dos hermanos “paparranes” se funden en un abrazo por iniciativa de Álvaro; Antonio trata de evitar que aquel gesto se prolongue en exceso. Antonio, con los pies en el suelo y los sentimientos en el núcleo incandescente de la Madre Tierra.

– Has de escribirme tú también, eh.

– Sí, ho…si me recuerdo de cómo se fai, que ya sabes que a min as letras…

Pero Antonio sí que contestará de vez en cuando a las numerosas cartas que irá recibiendo de su hermano desde Colombia, aunque le cueste horrores terminar una frase con su trabajosa caligrafía, plagada de faltas de ortografía, con su particular sintaxis, pero perfectamente legible. Le agradecerá a su hermano pequeño, a pesar de sus protestas iniciales, el regalo que éste le había dejado en la finca antes de cruzar el charco por segunda y última vez en su vida. Antonio no sabía nada sobre nuevas tecnologías aplicadas al mundo de la agricultura; es más, desconfiaba de ellas como el obrero de su patrón. Su hermano, que se había instruido pertinentemente allende los mares, sin embargo, sí. No era la primera vez que Álvaro, como si de un mago alquimista se tratase, experimentaba con semillas tratando de crear nuevos frutos transgénicos, como un híbrido exquisito entre tomate y pera que había conseguido hacía ya cuatro años.

La noche antes de partir, permaneció en vela sentado a la mesa de la cocina trajinando muy concentrado con los huesos de unas cerezas y unas semillas pequeñas, de tono oscuro, de las que se había traído de allá dentro de una bolsa de plástico transparente junto con las hojas ya resecas de coca, hasta conseguir un nuevo tipo de cerezas, o, mejor dicho, una nueva semilla que daría, una vez plantada y con el transcurso del tiempo necesario, una cereza nueva, desconocida hasta entonces por aquellos lares…y por todos los lares del planeta: la cocacereza, como el mismo Álvaro la bautizaría entre risas y sonrisas más propias de un chiquillo que acaba de hacer una buena trastada.

Ese día de finales de verano, Álvaro no madrugó porque ni siquiera se había acostado aún. Antes de dirigirse hacia la finca, buscó por todos los rincones de la casa, valientemente y con extraña determinación, a su antigua sombra, a su desterrado alter ego, pero no lo pudo hallar porque aquél se había ido de su vida definitivamente, para siempre. Contento y sintiendo que la misión, su misión, ya estaba más que cumplida, llegó a la finca. Platicó unos minutos con el pobre Augusto, que se encontraba allí más solo que la una, y, acto seguido, plantó las seis semillas que él, como si de la propia diosa Ceres se tratase, había creado. “Con esto se solucionarán tus problemas, querido hermano. Nadie más volverá a robar tus cerezas,…nuestras cerezas”, constituyó su particular bendición del fruto que acababa de sembrar. Ese era el regalo que le dejaba a su hermano.

Los cerezos crecieron muy aprisa, saltándose a la torera todo el proceso biológico de años de crecimiento, el normal en estos casos; tanto crecieron, que para la siguiente cosecha ya se podrían recoger los primeros frutos. Las primeras cocacerezas. Los primeros que disfrutaron de sus inenarrables efectos fueron, ¡quiénes si no!, los chavales de la pandilla del “peidán”, con el mismísimo José Manuel, nieto del primer “peidán”, a la cabeza. Los efectos no se hicieron esperar. Nunca más volvieron a la finca del “paparrán”, lo que disgustó tan profundamente al Augusto, que éste enfermó irremisiblemente hasta morir de pena, ¿o fue por su último atracón de cerezas, o mejor dicho, de cocacerezas…? Por el contrario, a Antonio sí que le parecieron aquéllas las cerezas más exquisitas que jamás había probado. Tanto, que las iba repartiendo jubiloso con todo aquel amigo o conocido que se le ponía por delante. Todo aquél que las probó comentó que aquellas cerezas eran un manjar digno de los dioses. Y así era, porque Álvaro así lo había querido. Porque sabía que nunca jamás regresaría a su tierra, y se sentía en la obligación de dejar que parte de su vida echase definitivamente raíces bajo el manto que le había visto nacer, bajo la tierra en la que ya ni los huesos perduraban de aquél que una vez había osado compartir un mismo útero con él. Álvaro no lo sabe; obviamente, no lo recuerda, pero sí que se vio en la obligada necesidad de recurrir a su instinto de supervivencia incluso antes de haber salido del cuerpo de su madre. “Estaba muy claro. O tú o yo, hermanito. Sólo me defendí de tu constante acoso.”, pensó Álvaro – aún antes de saber que iba a ser Álvaro y “paparrán” – en el instante en que vio por vez primera, aunque de manera ciertamente borrosa, la luz del sol. Eran las dos de la tarde y su padre, Emilio el “paparrán”, comía cerezas mientras esperaba ansioso la buena nueva. Luego sintió Álvaro unas palmadas en su frágil y sonrosado culo y se echó a llorar. “¡Este ta vivo! ¡Ta vivo!”, proclamó con toda la fuerza de sus pulmones la antigua comadrona de Cacabelos, Maruja la “peidana”. Era el día diez de junio de 1938. Una guerra entre hermanos asolaba al país, y en Cacabelos comenzaban a recoger la cosecha de cereza de ese año, porque, a pesar de guerras y conflictos, junio es el mes de la recogida de las cerezas.