CEREZAS – IX

IX.

Álvaro, tras su mítica lucha contra su otro yo, se aferró con fuerza al trabajo. Era capaz de seguir perfectamente el ritmo infernal que imponía su hermano. Antonio no salía de su asombro: el que antaño había destacado por su poco espíritu de trabajo ahora parecía uno más del pueblo, de los que estaban acostumbrados a soportar sobre sus espaldas intensas jornadas de trabajo en época de cerezas, en época también de vendimia, que no sólo de cerezas vivía el pueblo; jornales y más jornales de viñedos se extendían por todos los alrededores de Cacabelos. Pero los “paparranes” no habían heredado ninguna viña. Era una de las pocas familias que no podía presumir de elaborar sus propios caldos, aunque sí que podían disfrutar de aquéllos que tan cuidadosamente elaboraban muchos de sus convecinos. Antonio siempre ayudaba en las tareas de vendimia a todo aquél que se lo proponía, e incluso sin propuesta alguna, él corría presto a colaborar en la vendimia del “barájamelnaipe”, del “asturiano” o de Eleuterio, el carnicero de la plaza, su compañero de siempre el los avatares del mus.

– Te quedarás pra vendimia, ¿no?

– No sé…quizás. Depende de un par de cuestiones.

– Ya sabes que por mí nun hay ningún poblema.

– Ya, eso ya lo sé. Me refiero a cuestiones personales. Vine a buscar mi paz interior y creo que estoy en el buen camino. Por otro lado, tampoco puedo dejar aquello solo, a la buena de Dios.

– Cómo tú veas.

Y Álvaro veía. Veía como se iba librando día tras día de todo su lastre interior, si es que no se había librado ya definitivamente de él. Le apetecía contárselo todo a su hermano mayor, pero quizá sería mejor dejarlo todo tal y como estaba. Algunas cosas no están al alcance de los que no creen, o no quieren creer; y Antonio era de ésos.

Perder de vista a su otro yo, y recuperar al hermano perdido, esos dos hechos parecían satisfacer plenamente sus expectativas previas al viaje, sino plenamente mítico, al menos trascendente. Sabía de sobra que Antonio no aceptaría ningún presente de su parte, pero ya buscaría la manera más apropiada de dejarle algo como regalo sin que éste se diera cuenta. Es más, ya lo tenía pensado y requetepensado. Sabía que no llegaría a la vendimia porque tenía que marcharse pronto para Colombia, antes de que hubiese lugar a una no deseada resurrección de fantasmas por fin superados.

Anuncios

… DE LA VIDA LIX…

LIX.

Hoy, en nuestro buzón, entre publicidad y más publicidad, estaba escondida la hoja parroquial. Por simple curiosidad – y también para reírme un poco -, comencé a leerla. Allí encontré una auténtica joya de la semántica aplicada: ‘Cuando la tentación llama a la puerta, por lo general sale a abrir la imaginación’. Desde luego, no hacen falta muchos comentarios al respecto, pero como sigan utilizando frases lapidarias como ésta pronto habrán terminado de cavarse su propia tumba… o, si no, ¿por qué siempre utilizamos la imaginación ante cualquier situación que se nos plantea en la vida? Lo que nos faltaba, que ahora nos quieran birlar la imaginación esos hijos de puta…

Ingrid casi se ha esfumado por completo de mi imaginación. Tengo que decir, aunque en realidad me cueste creerlo, que casi no la recuerdo… No es por un fallo en mi memoria, que mis recuerdos en general siguen intactos (a pesar de que siempre nos bombardean con el rollo de que la droga mata neuronas… quizá sea que yo tengo una sobresaturación de ellas… de neuronas, me refiero, que no pretendo yo que quede en el aire la ambigüedad). No sé ni cómo coño explicarlo, parece como si algún matasanos hubiese manipulado alguna zona de mi cerebro, como si me hubiesen practicado una lobotomía parcial para borrarme a Ingrid. Casi nunca pienso en ella, sólo cuando alguien la nombra, como hizo Fernando el otro día, o cuando algo la devuelve por unos instantes a mi memoria… No sé, cuando releí ‘Midnight’s Children’, o cada vez que veo esa misma novela en mi estantería, ubicada entre los ‘Versos Satánicos’ y ‘Shame’…

Hace unos tres meses estaba yo viendo la televisión antes de ponerme a preparar un trabajo que debía entregar esa semana – ahora estoy haciendo el primer curso de doctorado en lingüística -. Ponían un documental en ‘La 2’ sobre elefantes africanos (que cómo sé yo distinguir un elefante africano de uno asiático. Muy fácil: si estás en Africa y ves un elefante, entonces éste es africano: y si estás en Asia y ves por allí un elefante cualquiera, entonces ya no hay duda: es asiático) cuando, en una pausa publicitaria, anunciaron para esa misma noche un programa de entrevistas presentado por Angel Casas, ‘Tal Cual’. El propio Ángel Casas anticipó la presencia de una invitada muy especial: Sarah Balabagán. ¡Sorpresa mayúscula! Por supuesto que no me perdí esa entrevista, en la que al fin pude saber quién era la chica cuyo nombre había utilizado Ingrid para firmar su último mensaje. Sarah Balabagán es una criada filipina que estuvo condenada a muerte por haber matado al señor para el que trabajaba; la razón: el susodicho amo y señor había violado repetidas veces a la pobre e indefensa Sarah, una chica, por aquel entonces, de dieciséis años que se encontraba muy lejos de su país, trabajando en los Emiratos Arabes para así poder ayudar económicamente a su familia. Su única declaración en el juicio, cuya sentencia fue la pena capital (castigo más tarde conmutado gracias a la presión internacional sobre los Emiratos Árabes), había sido: ‘Sólo me defendí’. Supongo que Ingrid también se había defendido…”

… DE LA VIDA LIII…

LIII.

No he preguntado a nadie, porque me tomarían por loco. Después de transcurridos unos días desde mi particular periplo investigador, y tras dejarme arrastrar por la corriente del no-quiero-ya-saber-nada-más-del-tema, reencontré la hoja número nueve del libro de Salman Rushdie, la que había encontrado en el interior de la guantera de aquel coche. La había guardado posteriormente en el cajón de mi mesilla de noche – el día aquel en que desapareció de mi vida la foto de Ingrid, la única que podría haber mantenido intacto mi recuerdo sobre ella; me refiero al recuerdo físico: de sus rasgos, de su tipo, de su mirada… es como si se fuesen difuminando en mi interior con el transcurso del tiempo… – Y entonces vi la luz y, ayudado invisiblemente por los ‘monstruos de mil cabezas’, me di cuenta de que aquella hoja había sido arrancada de mi libro, de mi propio ‘Midnight’s Children’; no necesitaba ningún tipo de comprobación, tan sólo rescaté aquella hoja apergaminada del interior del cajón de mi mesilla, deshice todas sus dobleces con un cuidado extremo, como si estuviese planchando la mejor de mis camisetas, y me dirigí hacia la estantería en la que voy acumulando todos y cada uno de los volúmenes de mi particular biblioteca… y la hoja perdida regresó, al fin, a su morada.

Cuando disponga de más tiempo, es decir, después de los exámenes, creo que me apetecerá releer esa novela. No es que lo vaya a hacer con el afán de descubrir leyendo entre líneas sin fin la pista definitiva, la que me diga: esto sucedió así y por estos motivos. No… Recuerdo que, en su momento, cuando la tuve que leer para la asignatura de Literatura Inglesa del Siglo XX – no sé yo qué cojones tendrá Rushdie de inglés, aparte de escribir en tal idioma – me gustó muchísimo, la disfruté con todo el placer que la obligatoriedad puede otorgarle a la lectura. Por ese motivo pienso volver a leerla, porque me da la impresión de que ahora sí que la disfrutaría en toda su plenitud y sin tener que estar pensando continuamente qué coño de parte de aquella larga novela me podría caer en el examen.

¿Cómo pudo llegar esa hoja hasta donde llegó? Sólo se me ocurre una palabra: Ingrid.

Yo nunca subrayo mis libros cuando los leo, ni aunque tenga que recordar luego algún párrafo o alguna de las palabras clave. Siempre que tengo que utilizar algún extracto de un libro, lo que hago previamente es apuntar en mi cuaderno de notas todo lo que necesite…

… ‘But for every snake, there is a ladder’ (pero para cada serpiente hay una escalera), citando una de las frases que recuerdo haber escrito en mi cuaderno de notas; expresión que luego utilicé conscientemente en el examen cuando se nos pidió explicar ‘el realismo mágico’ en ‘Los Hijos de la Medianoche’. Y es verdad, ahora sé que todo eso es verdad. Lo que sucede y lo que no sucede, lo que vivimos y lo que imaginamos; todo, absolutamente todo, forma parte de nuestras vidas. Imaginaos por un solo instante que fuésemos capaces de recordar todos y cada uno de los momentos que hemos vivido, desde el momento en que vemos como las manos del médico, de la comadrona o de lo que fuese, nos saca del vientre de nuestras madres hasta el momento presente… El presente, he dicho ‘el presente’… y no intentéis atraparlo, ya que él siempre gana, siempre nos supera y se escapa de nuestro lado, como hizo Ingrid… como haremos todos.”

… DE LA VIDA XXXIV…

XXXIV.

Como todos los años, el quince de noviembre estaba reservado, era una fecha marcada para siempre en el calendario interior de Pedro. Había ido a su pueblo a visitar a Simón, a hacerle el correspondiente resumen de los acontecimientos del año transcurrido a su viejo amigo.

Allí estaba la madre de su amigo, en el cementerio, colocando un gran ramo de rosas rojas sobre la tumba de su añorado hijo, repitiendo automáticamente cada movimiento que, con el riguroso luto que aún la vestía, parecía, cada año, una nueva toma del mismo plano. Sólo su pelo, poblado ya de canas, y las arrugas que inundaban su cara delataban el paso del tiempo – quince años, cinco mil trescientos setenta y cinco largos e interminables días para una mujer cuyo único hijo se había muerto habiendo cumplido tan sólo seis primaveras -. No tuvo más hijos. Su marido se vio obligado a abandonarla, por pura y dura extenuación – no soportaba ni por un minuto más vivir en un mar de continuo sufrimiento huracanado -. Sólo Simón, el eterno niño preso de por vida en su memoria, la anudaba a la barandilla del puente que, en su caso, separa la vida de la nada.

– Buenas tardes, señora Rosalía.

– Buenas tardes – Ella alza la vista y ve a Pedro de pie, a su lado, tranquilo, con las manos en los bolsillos – ¡Mira Simón, ha venido tu amigo Pedro a verte!

– Sí, claro. Ya sabe que nunca falto a la cita con Simón.

Doña Rosalía se lo queda mirando durante un largo instante, luego se acerca a él y le acaricia el pelo.

– Vaya grande y guapo que estás. Son veintiún años ya, ¿no?

– Si, señora, cumplidos el trece de julio.

– Ya… El de Simón es del dos de febrero… ¿Recuerdas la fiesta de cumpleaños?

Pedro asiente con un gesto. No pretende tirar mucho de la cuerda, y sigue escuchando.

– Estaban también Miguelín, el de “La Frasia”, y aquella niña tan mona… ¿Cómo se llamaba…? Si, hombre, la hija de aquellos que tenían una droguería en la plaza, que habían venido de Foz.

– Merceditas, era Merceditas. Mucho nos metimos con ella aquel día.

– ¿Qué será de ella? Se fueron hace ya nueve años, creo que a Vigo… No sé, no lo recuerdo con exactitud.

Rosalía, como tenía por costumbre cada quince de noviembre, cambió la foto de su hijo, colocada allí en medio de la cruz que presidía la tumba. Abrió el portarretratos de cristal, sacó la descolorida imagen de su retoño, y puso allí una nueva copia de la misma imagen, exactamente igual: el Peter Pan de Cacabelos. Dio un beso muy sonoro a su pequeño hijo, limpió cuidadosamente la marca de sus labios impresa sobre el papel fotográfico, y se despidió de los dos amigos.

– Bueno, os dejo, que así podéis hablar a gusto.

Anochecía con toda la rapidez del otoño. Un cementerio siempre resulta un lugar siniestro: los cipreses que hacen guardia, en fila de a uno, frente a cada sepulcro, el ruidoso crujir de huesos que se van resquebrajando, junto con ese perenne silbido fruto de la gula de miles y miles de gusanos que intentan abrirse paso entre carne putrefacta, pueden provocar pánico al más pintado. Pero Pedro ni se entera. Sigue contándole sus cosas al amigo perdido, mezcla de papel Kodak de Luxe y de losa de mármol granítico. Este último año ha sido especialmente duro.

– Tú que eres amigo de la muerte…Bueno, igual eso suena un poco fuerte, así como a legionario o algo parecido. Me refiero a que, ya que estás en una situación totalmente desconocida para una persona con vida, pues eso, que podías ayudar a mi amigo Javi, para que aguante, para que sobreviva. No creo en fantasmas, y eso que me da la impresión de que me gustaría poder hablar con uno, con el tuyo, con el de mi abuela Dolores… No sé… Tampoco creo que exista una especie de vida después de la muerte… Claro, ahora te preguntarás qué coño hago aquí, hablando solo delante de tu tumba. No sé explicarlo bien, sencillamente crecemos y nos vamos haciendo más y más complejos. Y eso que yo no soy de los mas raros. Ahí tienes a Ingrid, por ejemplo. Ya ves, ahora me siento algo ridículo. Casi es ya noche cerrada y sigo aquí, solo y sin notar aún la más mínima sensación de miedo… ¿O sí? Tengo que despedirme ya, amigo. Vuelvo dentro de un año. ¡Ah! Y no te cortes, si quieres presentarte como aparición fantasmagórica ante mi, no lo dudes ni un instante… Recuerda que todavía me debes unas cuantas canicas.

Y se va caminando despacio sin dejar de mirar al frente, a ese portón metálico que separa a los vivos de los muertos. Decide, mientras, fumarse un cigarrillo porque el miedo empieza a acelerar su ritmo cardíaco. Piensa que quizá no tenía que haber animado a su amigo a convertirse en fantasma, y más aún cuando se da cuenta de que, claro, no dejaría de ser un ánima de seis años. “Sería algo así como Tom Hanks en ‘Big’, sólo que al contrario… Supongo”. De esta forma apura sus últimos pasos, que ya denotan algo más de prisa, hasta empujar el portón y salir del camposanto. Una vez a salvo, da un fuerte resoplido de alivio, y controla con suma avidez que, de puertas afuera, todo sigue en su sitio: la fábrica de cementos en frente, coches que pasan en dirección a Quilós, Canedo o Vega de Espinareda…

A mi que me incineren, y que tiren mis cenizas donde les salga de los cojones”, se dice a sí mismo.

Al día siguiente regresa a Oviedo y, como siempre que viene del pueblo, llega cargado de viandas típicas de la tierra: chorizos, botillos, jamón, y conservas caseras de pimientos, castañas, y cerezas en aguardiente, que, entre los cuatro del piso, no suelen durar más de una semana. Esa misma noche se beberán todo el aguardiente y se comerán también las ricas cerezas, impregnadas de buen orujo hasta el mismísimo hueso; ya aniquilarán medio jamón, así como cinco o seis chorizos. Si sus padres supieran de este consentido y compartido saqueo, no se esforzarían tanto en preparar todos esos manjares para tener bien alimentado a su vástago.

Cargado como una mula, se dirige hacia la salida de la estación de autobuses. Se para cada seis o siete pasos para ir cambiando los paquetes de mano, y así compensar, de alguna manera, tamaño peso. Se va imaginando las caras de hambrienta alegría de estudiantes-en-piso que el contenido de los paquetes provocará en los demás.

Llega hasta el portal del número 36 de Fray Ceferino, posa en el suelo los bultos, y busca las llaves en el bolsillo de su pantalón. Gira su cabeza para tocar el timbre ya que no puede dar con las malditas llaves, y entonces ve, pegada en el cristal de la puerta, una esquela. Centra su vista lo más que puede, al no contar con la inestimable ayuda de sus gafas o de sus lentillas, y lee, bajo la jodida cruz de siempre, el nombre y los apellidos de su amigo: Javier Antonio Carril García. “Me cago en dios, ¡¡NO!!”. Su amigo Simón no debía ser muy amigo de la Vieja Dama. Lógico, con seis años sólo quieres tener amigos de tu edad.