… DE LA VIDA XVIII…

XVIII.

Pedro estaba a punto de cumplir seis años. Ya estaba en primero de E.G.B., en clase de Don José Tejeiro, maestro por imposición institucional desde el año 41. Se pasaban los primeros diez minutos de la mañana rezando y cantando, a continuación, el “Cara al Sol”, himno entre los himnos durante los años oscuros del franquismo. Los castigos eran ejemplares, aunque a Pedro todavía no le había tocado sentir el dolor que producían los latigazos propinados con una vara de mimbre, perfectamente lijada, en las yemas de sus dedos. Era de los pocos elegidos que podían presumir de esa suerte. Entre los pelotas agraciados, también se encontraba su amigo Simón. Los dos, después de clase, solían jugar a la peonza o a las canicas en buena armonía, sin enfadarse nunca.

Un buen día, Simón no apareció por la escuela. Llegó Don José muy apesadumbrado; no rezaron ni cantaron el himno fascista de rigor. Hubo un momento de silencio que a todos pareció eterno. Todos los niños permanecían inmóviles en sus asientos, callados y notando en el ambiente que algo extraño sucedía.

“Queridos niños, hoy es un día muy triste para mí, para todos vosotros, para el pueblo de Cacabelos en general. Vuestro compañero Simón ha muerto. Ayer se cayó al río desde el puente y se ahogó. Nadie vio cómo sucedió, nadie pudo hacer nada por él… Vamos a rezar un Avemaría y un Padrenuestro por el alma de nuestro querido Simón. Por la tarde no habrá clase, iremos desde el colegio, en formación solemne, hasta la iglesia para posteriormente asistir a la ceremonia religiosa que se oficiará por el alma del pobre Simón. Acto seguido, nos dirigiremos al cementerio para así rendir un último homenaje a nuestro compañero y amigo. Hoy es un día de luto para todos nosotros. Recemos”. De uno de los ojos del anciano maestro, brotó una lágrima que resbaló despacio, muy despacio, por su mejilla hasta morir rebotada contra el borde de su mesa.

Pedro ya había oído con anterioridad la palabra “muerte”, pero esa era la primera vez que sentía cómo esa maldita palabra se contextualizaba.

“¿Qué ocurre, que Simón no va a volver nunca más a clase? ¿No voy a poder jugar más con él? Jolines, si aún me debe tres canicas que le gané la semana pasada…”. Pedro sintió un enorme vacío en sus entrañas. La clase estaba llena de niños, cada uno de ellos ocupando su puesto habitual. Sólo había un pupitre, con su correspondiente silla plegada, desierto. Pedro permanecía justo al lado de ese pupitre, observando atentamente el vacío, recibiendo la primera impresión de la muerte, como una certera pedrada, en todo su pequeño ser.

Desde hace dieciocho años, Pedro nunca falta a la cita con su amigo Simón. El día quince de noviembre se lo había reservado a él. Iba al cementerio, contemplaba la foto de su amigo – “¿cómo serías ahora? ¿Seguiríamos siendo amigos?” -, y le contaba sus historias durante un buen rato para, al final, despedirse, como siempre, hasta el año próximo.

Muerte, siempre acechando y dejando muescas a nuestro paso. Ahora volvía Pedro a sentir cercano el aliento de la dama de la guadaña, demasiado cercano, empañando los cristales de su ventana… Pero esta vez era distinto, quizá esta vez existía algún tipo de justificación.

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… DE LA VIDA XVI…

XVI.

La fiesta llegaba a su fin. La orquesta apuraba una última pieza: era verano, nada mejor que “Fai un Sol de Carallo” de Os Resentidos. Los pocos que aún aguantaban el tipo, alzaban sus brazos al cielo y, al son del sucedáneo de gaita en forma de cutre teclado, hacían lo que buenamente podían, que, para ser honestos, era más bien poco. Se hacía harto imposible encontrar algún invitado que no estuviese borracho. Los señores componían un grupo de clónicos descamisados luciendo todo tipo de cadenas doradas, así como pelambreras, más o menos pobladas, en sus curtidos pechos. Los cinturones, un nivel por debajo de las ostentosas barrigas, habían retrocedido uno o dos agujeros para no dificultar excesivamente la ya de por sí entrecortada respiración de sus dueños. Todos a una, viejos, jóvenes y medianos, “¡Fai un sooool de caraaaalloooo…! Sólo los recién casados mantenían cierta actitud sobria, casi demasiado seria para reflejar su “hipotética” dicha. Sentados al fondo del salón, parecían coger fuerzas para pasar por el amargo trago de tener que despedir educadamente a todo el mundo, para esbozar la mejor de sus fingidas sonrisas a todos y cada uno de los allí presentes. ¡Qué crueldad! Aunque ellos habían elegido esa opción y, como personas bien educadas, deberían fingir, ser cínicos hasta el límite.

Quince segundos más, y la orquesta “Dátiles” se despediría de todo el personal. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, ¡UNO!, ¡CEROOO…! Aplausos, palmaditas mutuas en la espalda, el sol de carallo que deja paso a la realidad de la noche cerrada; todos parecen felices. Natalia y su ahora ya esposo se levantan de sus respectivas sillas, se miran resignadamente a los ojos, y se van acercando con paso firme hacia el gran grupo. Es ya el epílogo de la obra. El público parece satisfecho y comienza a felicitar efusivamente al primer actor, así como a la gran diva que encabezaba el cartel: “Enlace Natalia-Jesús. Salón Nº 2”.

A unos veinte metros del salón número dos, aún podía verse a una joven pareja en plena conversación, muy entretenidos y ajenos a todo el bullicio.

– Parece que esto se acaba. ¡Por fin! ¿Cómo te encuentras ahora? ¿Estás ya mejor?

– Sí, sí. El mundo vuelve a girar a una velocidad normal para mi cabeza. Ahora tendré que enfrentarme a mis “queridísimos” padres.

– ¡Venga, ánimo! Hoy eres otro, hoy puedes superarlo todo; has resucitado de entre los muermos.

Los dos sonríen muy a gusto. Pedro siente un repentino impulso, y acerca su cara a la de Ingrid para darle un beso, pero ella retira bruscamente la suya.

– ¡No! No me beses.

– Pero, ¿por qué? Hace un rato tú me diste un beso, así, de repente, y yo lo entendí como un gesto cariñoso, sin más.

– Ya, bueno, no sé…Es que no quiero hacerte daño. Hace unas horas me hubiera importado un bledo hacerte daño o no. Pero ahora no, ya no; no quiero que pienses en mí como una posible novia o algo por el estilo. Amigos, sólo amigos.

– Ya sé que no quieres nada conmigo, en el terreno sentimental, me refiero, pero sólo era un beso de amigo… ¡Yo qué sé! No sé nada de estas cosas.

Se callan por un instante, en el que cada uno busca dentro de sí algo que poder decir. Buscan la coherencia, necesitan explicaciones lógicas para que todo quede bien sentado. Ninguno pretende que haya confusiones recíprocas. Pueden oír todo el barullo que proviene del salón: ahora la gente canta las canciones de toda la vida, pronto llegará el “Asturias Patria Querida”.

– Mira, Ingrid, para qué nos vamos a engañar, tú me gustas, e intuyo todo lo que opinas sobre ese hecho… Pero podemos dejarlo en sólo amigos sin ningún problema. ¡Joder, no creo que eso sea tan difícil!

– Vale, amigos, buenos amigos si quieres. Contigo me siento muy relajada, puedo hablar y ser escuchada, sin reproches. Eres demasiado puro. Cambiarás, pero seguirás siendo, en el fondo, el mismo. Me da la sensación de que voy a necesitar amigos como tú en un futuro no muy lejano.

Acto seguido, Ingrid vuelve a robar otro beso de los labios de Pedro. El ya se esperaba algo parecido, y esta vez no se sorprende, sólo acaricia con sus dedos el pelo ensortijado de su amiga.

– Tengo que confesarte algo, Pedro.

– Di lo que te apetezca, que yo te escucho.

– Antes, en el baño, te violé.

– ¡Qué? ¡¿Qué antes qué?!

– Eso, lo que acabas de oír, que te violé. Aunque a ti no te lo pareciera, para mí fue una violación en toda regla.

– No sé qué decir, no entiendo nada… cada vez menos.

– Hace dos años y medio, en los vestuarios de mi Instituto, mi novio por aquel entonces me violó. Bueno, mi novio, primero, y a continuación todos los cabrones de su pandilla. Ni siquiera fui capaz de llorar. Tampoco los denuncié, ni conté nada a nadie. Eres la primera persona a la que cuento todo esto. El caso es que yo, desde ese día, con los tíos actúo en plan vengativo: les echo un polvo, y luego paso de ellos; y si se cuelgan por mí, pues mejor que mejor, así puedo yo maltratarlos de miles de maneras. Es mi propia forma de hacer justicia.

– Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué me cuentas ahora a mi todo esto? ¿Por qué no me vas a maltratar a mi…? ¿No formo yo parte de tu justicia?

– Ya te he dicho que eres la primera persona buena que se cruza en mi camino. Has llegado a tocar mi fibra sensible, y eso es la primera vez que me ocurre en mucho, muchísimo tiempo.

– Lo siento.

– ¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que sientes?

– No lo sé. Quizás lo diga por ser hombre y tener así algo en común con esos hijos de puta… No lo digo por compasión o algo así.

Pedro rodeaba con su brazo izquierdo la espalda de Ingrid, brazo que terminaba en la mano, la cual reposaba sobre el hombro izquierdo de su amiga. Casi por instinto, ella inclina su cabeza dejándola caer suavemente sobre el pecho de Pedro. Ingrid se siente bien, parcialmente bien, ya que nunca podrá tener sensaciones plenas, rebosantes de vida. Muchas veces piensa que debería darse un golpe en la cabeza para volverse amnésica, o incluso para morirse de una puñetera vez…

– Tendrás preguntas que hacerme.

– No, no necesito saber nada. Sé lo suficiente y no creo que tengas que contarme más detalles. No me considero morboso.

     – Bueno, pues al menos voy a contestarte a una: antes me masturbé, en primer lugar, porque sólo consigo placer autosatisfaciéndome, y, segundo, porque de esa manera te estaría fastidiando mucho más de lo que ya lo estabas… a nivel psicológico, quiero decir.

– Te equivocas, yo no haría nunca esa pregunta, primero, porque sobre sexo no tengo ni el más remoto conocimiento y, segundo, porque cada uno puede hacer lo que le de la santa gana. Somos seres libres, ¿o no?

Ingrid rompió a llorar de una forma espontánea, echando gotas y más gotas de amargas lágrimas. Lloró toda la rabia acumulada durante los últimos dos años y medio. Lo único que había necesitado en todo este tiempo era un hombro fiel sobre el que descargar toda su ira contenida, y, al fin, allí lo tenía. Se iniciaba, para ella, un largo proceso de autolimpieza interior… aunque la palabra VENGANZA viajaría siempre con ella, marcada al rojo vivo justo por debajo de su epidermis. Tres veranos antes, a Ingrid le habían hecho dos tatuajes, uno en cada una de sus nalgas: en la izquierda podía leerse RAGE (ira incontrolada), y en la derecha, en rojo fuerte, REVENGE (venganza).