… DE LA VIDA… VI

VI.

      Las dos gramáticas yacían inertes sobre el asfalto. Comenzaban a formarse grandes charcos, y las hojas se iban empapando con el agua de lluvia. También había nacido un pequeño reguero que se acercaba sin remisión a la obra de Chomsky. Poco antes de que el agua terminase por estropear definitivamente la teoría generativista transformacional publicada por el “M.I.T.” (Instituto de Tecnología de Massachussets) en 1986, unas manos recogieron del suelo los dos volúmenes. Un chico de unos veintidós años, muy extrañado, pasaba las hojas mojadas de ‘Barriers’. “¿Qué coño hacía esto aquí tirado?”, se preguntaba sin poder salir aún de su asombro, hasta que un papel plastificado apareció al pasar de la página 34 a la 35. “¡Anda!, si es el carné de la Facultad de Pedro. Además, estos libros son de la Biblioteca…¡Y tenía que devolverlos hoy!”. Automáticamente, Fernando dirigió sus pasos hacia el piso de Pedro para devolverle los dos libros y el carné. Había dejado ya de llover, y el aire olía a limpio. “¿Era el 6º C ó el D?”, se preguntaba Fernando. Pedro vivía en la calle Fray Ceferino, en el número 36, y el piso, efectivamente, era uno de esos dos, el 6º C.

      Fernando era un compañero de clase de Pedro. No es que fuesen muy amigos, pero se llevaban bien, lo justo para soportarse mútuamente. Fernando era el típico chico serio y responsable, siempre yendo todas las horas, tomando apuntes, y atento a todo lo que allí acontecía: poco durante las clases, y cosas más interesantes en los cambios de clase y en las horas libres. A Fernando le gustaba mucho Pedro, en todos los aspectos; le fascinaba su seguridad y su aire de autosuficiencia, siempre llevando las situaciones como un auténtico líder, pero líder innato, no por imposición externa. Procuraba acercarse a él entre clase y clase, aunque rara era la vez en que Pedro aparecía por la facultad. A Pedro le interesaba también Fernando: tenía muy buenos apuntes, y era de conveniencia tener a mano algún panoli al que pedírselos prestados para fotocopiarlos cada quince días, día más día menos. En la vida, al final, todo se reduce a un simple trueque.

      Ahora Fernando se sentía bien, iba a hacerle un gran favor a Pedro. Se lo imaginaba desesperado, sin poder recordar dónde habría dejado los dichosos libros. Una leve sonrisa delataba su eufórico estado.

      Concluido el camino, apoyó con fuerza la yema de su dedo índice contra el botón que indicaba el piso 6º C. Nadie contestaba. Fernando siguió insistiendo hasta que alguien con una voz como surgida de la profundidad de las cavernas, y de muy mala gana contestó: “Joder, ¿quién hostias llama?”.

– ¿Está Pedro?

– Sí, soy yo. ¿Qué pasa?

– S-so-soy Fernando, el de clase. ¿Me puedes abrir?; es que te traigo los libros de Generativa de la Biblioteca. Estaban tirados en el suelo cerca de…

– ¡Me cago en la hostia! Ni me acordaba ya de los putos libros. Anda, te abro, sube.

     Fernando subía en el ascensor enmascarado por un grave gesto de preocupación. Nunca había notado que Pedro tuviese tan mal humor – bueno, serio siempre se lo había parecido, pero con un punto de seriedad que le otorgaba cierto atractivo, y hasta cierto sentido del humor -. Quizá le estaba sucediendo algo que lo conducía irremisiblemente hacia ese estado de malhumor.

      Sólo había estado un par de veces en ese piso, en dos fiestas en las que casi nadie le había hecho el más mínimo caso, aunque él se conformaba estoicamente con que Pedro le hubiese invitado.

      Llegó hasta la puerta y, antes de que timbrase, Pedro abrió la misma, dijo un simple “pasa, Fernando”, para luego encaminarse pasillo arriba en dirección a su habitación. Fernando le seguía, intuyendo que debía seguirle, sin más. Entraron en una habitación espaciosa, empapelada con carteles de conciertos de grupos de pop y de rock y, sobre todo, desordenada hasta el infinito. Sonaba una música, quizá demasiado alta y estridente para el gusto clásico de Fernando, aunque de pura felicidad comenzó a seguir el ritmo moviendo el dedo índice de su mano derecha contra la parte exterior de la tela vaquera que cubría su muslo derecho. Él no lo sabía, pero era la voz australiana de Chris Bailey, líder de The Saints cantando “Know Your Product” (Conoce tu producto, como si fuese una premonición punk de los 70.) Fernando además observaba todo con extrema curiosidad, y hasta le encontraba cierto encanto a aquel desorden tan caótico, pero tan atrayente al mismo tiempo.

Click to listen to Know Your Product by The Saints

Click to listen to Know Your Product by The Saints

      Pedro se había sentado en la cama, tenía algo entre sus manos, algo que no cesaba de mirar, algo que, para él, parecía ser lo más importante en ese momento.

– OYE, FERNANDO, ¿TÚ CONOCES A INGRID…? (ESPERA, QUE BAJO LA MÚSICA.) No, claro, ¡qué pregunta más idiota…! ¡cómo la ibas a conocer! Pero, ¿te he hablado alguna vez de ella?

Fernando negó con la cabeza mientras se sentaba en la única silla que pudo encontrar entre el caos de aquel cuarto.

– Ahí la tienes – dijo Pedro justo antes de lanzarle como si se tratase de un ‘frisbee’ la fotografía que tanto rato llevaba mirando. Fernando la atrapó al vuelo, la colocó al derecho, la miró intrigado, y se dispuso e escuchar lo que su nuevo amigo le tenía que contar.

Anuncios

… DE LA VIDA… II

II.

Iba caminando despacio, muy despacio, cuesta arriba y con un par de gramáticas del Inglés que debía devolver ese mismo día en la Biblioteca de la Facultad; la cabeza gacha, siempre mirando al suelo y oteando con la vista el camino para así evitar los posibles obstáculos, como, por ejemplo, cagadas de perro y de demás animales de compañía. La música estallaba en su resacoso cerebro; esa sensación cuasi-masoquista  de tener dolor de cabeza con pinchazos intermitentes a cada lado de las sienes – “… Nothing can stop me now” (nada puede pararme ahora), chillaba Trent Reznor, vocalista de “Nine Inch Nails”-, pero algo le frenó en seco: acababa de recordar lo que le había sucedido en la madrugada del último domingo. Palideció. Comenzó a sudar, un sudor frío que hacía resbalar gotas que rebotaban violentamente contra el suelo, y que se oían en su interior como ecos de disparos lejanos…